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Sí sé por qué: Novela

Chapter 24: V
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About This Book

Un narrador aquejado de neurastenia emprende un viaje marítimo y se ve forzado a la convivencia con compañeros que alternan la jolgorio y la franqueza con la incomprensión. Entre cenas, conversaciones sobre mujeres y sucesos de prensa y las vistas del mar, surgen meditaciones sobre la piedad frente al sufrimiento humano, la angustia existencial y la tentación del suicidio, así como la tensión entre una sensibilidad extrema y la banalidad social. La narración combina introspección y observación social, mientras la noticia de un escandaloso crimen en la prensa introduce un elemento de intriga y juicio público en la experiencia del protagonista.

III

«Debiese haber pintores de albas»—le oí una vez á Rocío—. Y según puedo, torpemente, no mal del todo, sin embargo, á fuerza de paciencia, desde hace días me levanto con estrellas y voy fijando en un gran lienzo la impresión del amanecer primaveral en nuestro bello paraíso. Pero sale pronto el sol, la veo en el silencio de sueño de la casa aparecer blanca, eucarística como una imagen de altar que pudiese andar corriendo por su templo, y dejo los pinceles. En la misma terraza, sobre una mesita de flores, devoramos la manteca y el café. Acuden los tres gatos á subírsenos encima. Con ellos juegan Centella, un galgo, y Nínive, una setter. Poco á poco van sonando fuera los balidos de los rebaños, los cencerros de las vacas, de las yuntas. La vida se despierta alrededor.

Leopolda vigila á las criadas. Nosotros cogemos cestas, y cruzando el jardín, y seguidos por los gatos y los perros, le aportamos á la volatería su provisión. Rocío está ensayando una granja avícola, para instalar otra en regla, ya experimentada. Abre las alambradas, y capitaneadas por sus gallos van saliendo al centro del corral las Prat, las Guineas pintadas, las rubias Wiendot, las negras castellanas de roja cresta, las gigantescas Horpington. Un mar de vidas de pluma que nos acosan, que no nos dejan movernos, y al que llegan los voraces pavos, los patos, los gansos, más torpes y tardíos..., las palomas á densísimas bandadas, aposándosenos en los brazos y los hombros... Arrojándoles al fin todo el trigo, tenemos que huír del escándalo de cacareos y picotazos.

¡Oh, sí, nuestros pobres animales son felices! Su felicidad forja algo de la nuestra, como la lozanía, de las bien cuidadas flores. Estas pagan calladamente nuestro amor con sus aromas. Perdidos por los macizos, Rocío párase á regar; el sol pinta el iris en la lluvia de la manga; y yo la encuentro á veces tan idealmente bella contra los fondos de rosas á través de los policromas velos de cristal..., que abandonando mis podas corro por el veráscopo y en placas de color obtengo espléndidos retratos de la divina jardinera.

—¡Quieta! ¡Quieta!—la sorprendo.

Y me sonríe de gratitud de verme preocupado en cuanto es su adoración.

Guardo suyas más de mil fotografías. Prosigue su tarea, y á menudo el éxtasis me obliga á sentarme en un escondido banco á contemplarla. Tengo un amor, tengo el amor. No sabrían comprender lo que tal cosa significa aquellos para quienes el amor representa algo socialmente accesorio, como una esposa de hastío, frívolamente elegante como una linda querida, ó al revés, trágicamente brutal como las lujurias que asesinan ó la ciega pasión por la cual serían capaces de matar y de matarse. Mi amor es la clave de todas las grandezas y dulzuras de la vida, y él me impregna de la eternidad de la ventura capaz de desbordarse á todo en torno nuestro. ¡Ah, Rocío, dulce compañera amada, esposa-amante en perpetua luna de mieles de la gloria!... Tu belleza, tu talento, tu bondad, complementan la humana, vida que Dios quiso partir entre el hombre y la mujer á fin de que, sólo fundiéndose, pueda integrarse encendida en la luz de amor del Universo. En tu ingenuidad de niña salvada del dolor aprendieron los dolores míos á gozar, á reír, á adorar igual lo inmenso que lo nimio.

Hasta materialmente parece nuestro hogar una expansión de nuestro ser. Todo está calculado para la comodidad sencilla, en una armonía casi rústica, sin lujos ni abrumos de suntuosos muebles que sólo servirían para estorbarnos. Camas y lavabos y divanes rectos, claros, en los dormitorios, de gusto inglés; anchas mesas en el comedor y en los despachos, una biblioteca-salón de butacas y de amable chimenea para el invierno, que es casi cocina, y por el hall, por el billar, por mi galería fotográfica y por todas partes flores, luz, alegría de anchos ventanales abiertos hacia el campo.

Advierte al fin mi feliz contemplación la animosa jardinera, y, llamándome holgazán, me invita á llenar los cestitos de fresones. Otras veces se sienta conmigo y me besa. Charlamos, entonces. Y nuestras charlas, nuestra labor del jardín, en que continuaríamos perdidamente como en cualesquiera otras de nuestra dicha sin tiempo ni medida, interrúmpelas Leopolda al avisarnos que despierta nuestro hijo. Corremos, á ver quién lo saca de la cuna; llego antes; paséole victorioso sin querer soltarle, y enojada la mamá-niña nos castiga con besos á los dos. El goza luego en la bañera. Manoteando, nos salpica. Le sujetamos por un brazo cada uno: es un rollo de alabastro, de carne tan fina que se escapa como un pez. El último antojo de Rocío, antes de ir á su inteligente trabajo con las belgas, cífrase en vestir y adornar al pequeño Jaime, que tiene el nombre del padre de ella, y de ella la belleza de ojos claros. Nos lo disputamos tanto, que ya en estos besos, y hasta delante de Leopolda, le vamos pensando el nombre á otro..., á otra, que quiere la siempre apasionada.

—Será niña, ¿sabes?—me previene.

Nos riñe cómicamente púdica Leopolda, alarmada de oírnos, á besos, decir á toda hora que habremos de tener muchos chiquillos..., y yo salgo con una dichosísima sensación que aun más me dulcifica, pensando en las inmensas noches de amor de la amorosa, mis dulces trabajos de la granja.

Actualmente construímos un molino de harinas á vapor, porque no basta el del río, y ampliamos los hornos de pan, el matadero, el botiquín, al frente del cual hemos puesto á un farmacéutico, y la especie de cooperativa, que regenta el cura. Es que se extiende fuera de La Joyosa nuestra acción. No debíamos negar la ventaja de los bajos precios á los que, al saber nuestro esplendor, iban viniendo de los pueblos inmediatos á surtirse, y los sábados, en especial, fórmase una feria de gentes que se llevan incluso la carne y el pan para toda la semana.

 

Pero el trabajo, las cinco horas de trabajo aparte consagradas al ajeno bien tanto como al propio, el noble trabajo que tampoco al lado nuestro pesa en nadie abrumador, nos vuelve siempre, y vuelve á muchos de los demás, el gusto loco de las campestres expansiones.

Nos hemos hecho cazadores de perdiz. Desde que se acaba de comer, á prisa, porque tal manía llega á pasión en varios, empieza, al bello sol de las encinas, una extraña animación. El médico cruza el primero, con el reclamo á la espalda, en su jaca; á Rocío y á mí nos esperan los caballos y los mozos; en una mula roja el maestro, y en una yegua blanca el cura, se pierden hacia buenos sitios, que ellos presumen de conocer únicamente, y Mary y Emma, que han de unirse con nosotros á la puerta de su casa, preparan las pacíficas borricas de mantas, escopetas y trebejos.

—¡Hala!... ¡Aire!... ¡Emma, niña!... ¡Vamos!—grítala Rocío, impaciente, por un sport que halaga sus aficiones selváticas y su habilidad de tiradora.

Ni á mí me aguarda si tardo en ordenar cartuchos y correas. Monta y aléjase á esperarnos en mitad del encinar. Solemos encontrarla jugueteando desde el potro con Careto, el negro novillo, ya casi un toro, de rizada testuz y finas astas.

Solíamos encontrarla jugueteando con él, mejor dicho; porque una tarde el pobre Careto no acudió á las voces de su amiga. Le había tocado el turno de morir para abastecer á la colonia. No comimos carne aquella noche. Hubiésemos creído devorar algo de nosotros mismos, de nuestra piedad tendida al mísero animal, tan mimado y tan dichoso. «¡Cómo pensar que fuesen á matarle!»—«¡Claro, mujer, como á los otros! ¡Si al menos hubiésemos cuidado de avisar que le dejaran!»... Cómicamente afligidos, nos cruzaba el recelo ingenuo de estar siendo, en mitad de la Naturaleza bondadosa, unos bárbaros hipócritas que criasen á las bestias con cariño sin otro objeto que su muerte. Y ogros, monstruos los dos, nos sonreímos, nos sonreímos; mas no hemos podido volver á poner tantos fervores de inocencia en nuestra comunión de vida santa con las ovejas, con las cabras, con los toros.

¿Subsistirá en Rocío el mismo remordimiento de traición cuando se monta en el caballo y le acaricia á palmaditas?... No lo sé. Dos candorosas bestias más rendidas contra su voluntad á nuestro arbitrio. El terrible problema de saber por qué debieran estar excluídos del humano corazón el despotismo y la crueldad hacia todo, vuelve á nuestras almas, un poco avergonzadas de no acertar ó no poder seguir á la Naturaleza en su plácida religión del bien. Seríamos los humanos perversos, entre todos los seres, por excepción, aun siendo, asimismo, por excepción, inteligentes...; y la inteligencia, pues, resultaría castigo mejor que excelsitud. ¿Por qué no podemos ser buenos? ¿Por qué nuestra superioridad ha de emplearse en lo tirano ó lo feroz?... Cierto estoy de que si la dirigiese á la piadosa estas preguntas, de nuevo veríase constreñida á confesar igual que yo:—«¡No sé por qué! ¡No sé por qué!»

Pero... dejamos pesar en la esclavitud de las caballos la vaga pesadumbre de habernos descubierto menos buenos que creíamos, y con la evidencia también de que la piedad, la piedad, la piedad que hubiese querido desbordársenos desde las gentes á las bestias y á las aves, ha encontrado un límite..., procuramos, charlando con los demás, olvidar estas torturas, en la media hora de camino por los vergeles de la dehesa hacia nuestra bella diversión.

Internándonos al fin otra media hora en la abrupta soledad de las montañas, echamos pie á tierra. Sería siniestro el abandono de los bravíos parajes de lobos si no fuese tanta su hermosura. Tal vez Mary mata poca caza por su inquietud á la eventualidad de un lobo en cuanto se ve sola, desamparada de nosotros, y á menudo la invito á acompañarme—ya que su hermana y Rocío son irreductiblemente independientes.

—¿Vamos, Mary?

Nos despiden las dos bravas Dianas, burlándose. Partimos, cada cual hacia su sitio. El jaral nos traga, azotándonos con la miel de sus hojas y sus flores. A los veinte pasos no nos vemos. A los diez minutos, al llegar al puesto, diríase que nos hemos alejado unos de otros muchas leguas. Situamos sobre una lentisca la jaula; tendemos una manta, acomodándonos lo mejor posible en el estrecho púlpito de romeros y chaparros, abierto al cielo nada más, y Mary procura mantenerse correcta al lado mío.—Sin embargo, al desafío del de la jaula tardan, poco en responder los perdigones del campo, cerca, lejos, por todas partes..., y, al sentir que se aproximan, ella inclínase á espiar por la mirilla el instante en que habrán de aparecer para verlos rodar entre el humo del disparo. La alegría nos vuelve enteramente niños, en un total descuido de si se tocan nuestros hombros ó me rozan los rizos rubios de su frente. «¡Una!», «¡dos!», «¡cinco!»—va contando, según tumbo las perdices; y hay ratos en que la trémula zozobra hacia otras que van á entrar nos petrifica de tal modo en la violenta posición que une nuestros cuerpos cuando cargo á escape la escopeta, que por no espantarlas ella no se mueve.

La idea de la comodidad, no la del pudor intempestivo, impúlsala después á rectificar sus abandonos. Apártase, tiéndese la falda á la pierna, tal vez hasta la mitad advertida al aire..., y la tarde continúa transcurriendo con un infinito dulzor en cuya calma suenan siempre el cantar de las perdices y los tiros lejanos de las otras cazadoras... Contándolos también, el afán de Mary es que no nos aventajen. No siempre la suerte lo permite. Ahuyentan la caza con facilidad un leñador que pasa, un zorro que se acerca hipando, un águila que se cierne por el cielo. Cada ruido engaña en la distancia y toma en las soledades de la sierra proporciones monstruosas. Cazando al salto se nos echó encima el administrador una tarde, con sus perros, y el trasteo que en las malezas armaban nos pareció el de veinte jabalíes... Nos alzamos alarmados, y él se asombró de vernos surgir del nido de ramaje como de una caja de sorpresas...

El retorno á través de la noche fría, es de animadísimos comentarios, que luego proseguimos con los demás en las cinegéticas veladas que ahora sustituyen á las del cine y de los bailes. Arde la leña en el salón, duermen al calor Centella y Nínive, quedan los rincones llenos de cananas y escopetas, y bien visibles en la campana de la chimenea cuelga Rocío las ringleras de perdices. Don Luis, el médico, el maestro, van llegando. La concurrencia neutral se apercibe al griterío de las polémicas, y cada cual, acusando al otro de «comprarle la caza en el camino á los corsarios», exageramos ó mentimos, que es una bendición, nuestras proezas.

Pero una noche tomó la discusión sesgos inquietantes. Se nos tildaba de «asesinos». Gran rondador de reses uno de los maestros de la granja, oponíale sus luchas con los jabalíes y con los lobos á nuestras matanzas de perdices. Argüíamos que precisamente el riesgo le quitaba á aquéllo el carácter de inocente y noble diversión, y él, sobre encontrar la nuestra monótona, aburrida, negábale hasta la inocencia y la nobleza: matando lobos se descastaban los campos de feroces alimañas..., ¿qué nobleza, en cambio, habría en atraer con engaño á una perdiz? ¿Qué inocencia en matarla á mansalva, cuando acudía dichosa al amor del macho prisionero?

No nos parecía tampoco muy salvado en noblezas el maestro de la granja porque esperase á los lobos, que no tienen, como él, un fusil; mas no por esto, al retirarnos á dormir y besar en la cuna á nuestro hijo, Rocío dejó de lamentarse:

—La verdad es, Alvaro, que... ¡cuántos nidos de polluelos habrá ahora sin padres por nosotros!

Y en los días siguientes, no ha podido ser tan loco nuestro encanto de las tardes.



La lluvia ha interrumpido la caza en estos días. Provistos de impermeables y botas recias, harto avezados á la intemperie, Rocío y yo no la tememos. Regresando de la granja por el borde de un arroyo espantamos un zorzal, que, al querer volar, abátese y se arrastra hacia unos juncos. Le cogemos; está herido... ¡Infeliz! Rocío le suelta horrorizada. Una municionada tremenda le ha saltado un ojo, le ha segado el pico y una pata, le ha partido las alas y le ha hecho un boquete enorme en la pechuga. Calado de agua, siniestro, abandonado quién sepa desde cuándo á su agonía, sin posible socorro de los suyos, ha quedado al fin inmóvil junto á un tronco, y nos mira como un espectro acusador. Sobre su dolor caen, tal que un llanto elegíaco, las gotas del ramaje.

Llanto que es de amargura del cielo para nuestra tardía piedad, más inicua. Así habrá por el campo muchas perdices mal heridas por nosotros, y nos las figuramos arrastradas también hasta sus nidos, muriendo lentamente al pie de los hijuelos en la tragedia de su sangre.

—¡Mátale!—suplícame Rocío.

No acierto á obedecer. Al ir ella otra vez á cogerle para, considerar si podría salvarle, el zorzal salta y cae al arroyo. La corriente se le lleva; más impávidamente compasiva que nosotros le ahogará.

Nos miramos é intentamos sonreír disimulándonos la angustia que puede ser sensiblería...; mas, ¡ah!..., están solas nuestras conciencias, capaces de todos los remordimientos infinitos, y el alarde de sonrisas deshácese en la pena de una lágrima.


Inútilmente vuelve con el buen tiempo la animación de cazadores. Disculpados de cualquier modo, no formamos ya en las gozosas cabalgatas. Se reirían si supiesen el motivo, como nosotros mismos nos reímos de nuestra perpleja envidia viéndoles partir; porque, en verdad, la cordial repugnancia á un placer que se funda en la crueldad, no evita que algo quizá implacablemente salvaje de nuestro ser añore las alegrías de las tardes en la sierra, de las locas matanzas de perdices.

¿Cómo con ello podíamos sentir el gozo de una diversión sencilla, casi patriarcal, casi santa, y quién nos habría dicho que la lágrima de duelo ante un pobre pajarillo hubiese de persistir en nuestras almas como minúscula lente á cuyo través hemos visto enturbiarse no sólo aquel placer, sino toda la serenidad de nuestra dicha?

Inmensa la que respiramos, no ha podido destruírse; pero está desorientada sobre el fondo doloroso descubierto en ella propia. Creíamosla forjada del amor que nuestros corazones vertiésenle á todo alrededor, y aquellas lágrimas piadosas, por contradicción incomprensible, han venido á amargarla tal que las gotas de un veneno las linfas de una fuente.

No podemos mirar nada ahora sin percibir el daño que á pesar nuestro repartimos. Pensando trocar la mansa ferocidad de aquellas cacerías por la sencilla distracción de los paseos con Mary y Emma, en cuanto ellas se entraban á pescar en los charcos comprendimos que no son las ranas y los peces menos dignos de compasión que las perdices.

En todo así y en todas partes nos va acosando la visión de lo siniestro. Como el día en que el sacrificio del novillo le restó candor á la comunión de nuestras idílicas caricias á los toros, una sombra de perfidia vela al fin nuestro cándido recreo de cuidar á las aves del corral, de verlas cebadas y felices, no para que su felicidad sea parte de nuestra felicidad, sino para que vayan más sabrosas humeando á nuestra mesa ó valgan más en el mercado.

El corral, la granja, la dehesa toda, no son, pues, sino un criadero perenne de gallinas, de pavos, de palomas, de rebaños de corderos, de hatajos de cabras, de piaras de vacas y de cerdos, que á pesar del amor que por cuidarlos nos desvela pasarán en sangrientos mataderos á montones de cadáveres... Y cadáveres comemos; de cadáveres es nuestra comodidad, nuestra alegría, nuestra riqueza; de espectros y despojos de cadáveres están hechas nuestras ropas, nuestras botas y nuestros abrigos de piel..., y hasta no son sino cadáveres las flores del jardín que Rocío cultiva para cortarlas (matarlas) y adornar en nuestro comedor ó en nuestro lecho festines de la vida.

A veces intentamos hablar seriamente de estas cosas por encima de la desorientación de una felicidad que ya sabemos no formada por la de todo lo demás, y que, sin embargo, subsiste. A veces, no obstante, lo hallamos preferible, y bromeamos desde detrás del íntimo rubor que nos causa la contradicción, la incertidumbre.—«Toma—sonríeme Rocío—ese pedazo de cadáver de ternera, ese pedazo de cadáver de perdiz.»—Yo la sonrío prendiéndola en el pecho «el rojo cadáver de una rosa».—Pero ni la indulgencia de nuestro sonreír acierta siempre á dejar de contener el instintivo ímpetu que nos lanza á lo mejor tras una mariposa, ó el descuido con que marchamos por las sendas aplastando las orugas, las hormigas. Sólo con movernos dejamos la muerte bajo el pie.

Hemos perdido la ingenuidad, ya que no hemos perdido la ventura. Dijérase que un exceso de curiosidades del corazón nos ha forzado á morder el fruto de la ciencia del bien y del mal y que nuestro paraíso ya no tiene su inocencia.

Y esclavos del dolor de una piedad estéril, convictos reos de involuntaria brutalidad en medio de la Naturaleza, no logramos entender de qué modo su eterna y dulce religión de amor hubiera de seguirse.

 

—¿Qué es eso?

Como yo, como Leopolda, Mary y Emma, que almuerzan con nosotros, quedan suspensas en atención á la alarma de Rocío. Hemos oído estampidos y lejanos rumores formidables.

Suenan otra vez, y vamos á las ventanas. El sol luce en la pesada calma del ambiente; limpio el cielo, divisamos por encima del encinar una densa veladura que crece, que sube..., lúgubre polvareda de no se sabe qué ejército infernal que se acerca galopando.

Pero con tal arrollador ímpetu de furias, que, en menos que puede concebirlo nuestro asombro, por el fondo del valle se aproxima inundándolo todo, subiendo á los espacios, borrando las montañas. Vemos hacia nosotros correr despavoridas las vacas, las yeguas, en fuga insensata del peligro que presienten, y el aire levantado delante de lo horrible sacude la quietud de las hojas de los árboles, de las flores del jardín; primero es un estremecimiento, cual si también las flores y las hojas fueran despertándose al terror; luego un embate de vendaval que retuerce las ramas y las troncha, haciéndolas saltar de las encinas...; y árboles, casas, animales, pronto alcanzados, confúndense para no ser más que algo perdido sin remedio en el caos de negrura y de violencia que ya nos nubla el sol, que ya llega también á nosotros azotando bárbaramente en una lluvia de tierra la ventana.

Tenemos que cerrar. Se han arrancado los estores, y el vuelo de un lado del mantel ha lanzado al suelo la vajilla. Tiembla y se conmueve la casa y retumban los portazos en estrépito de cosas que se hunden ó se rompen. Los cristales trepidan á la granizada de arena y polvo que antes nos cegó, y á su través vemos un momento aun entre el turbio huracán volar por las alturas alambres y palos del teléfono, ramas desgajadas, tejas y persianas y tubos de chimenea arrancados de las viviendas de enfrente. Pero ya no divisamos nada en la luz de eclipse, de tinieblas. Se ha echado encima el ciclón y la fragorosa confusión de lo espantoso nos envuelve, zumbando, zumbando, sucia marea de piedras y de troncos que baten como arietes formidables los muros, los cuales gimen protegiéndonos de cuanto es ruina alrededor. Rocío ha ido á recogerse en un rincón, abrazada á nuestro hijo. Leopolda reza en otro fondo de la estancia...

Diez minutos después, el sol, en medio del cielo azul, alumbra con una calma de ironía la desolación de nuestros campos. Encinas y frutales tumbados, caídos los postes del teléfono y la luz, arrasada la huerta, casas con desperfectos. El hundimiento de una nave de la granja ha cogido á cinco operarios, fracturándole á uno las costillas; y sorprendidos sin amparo, hay más hombres y niños heridos, leves, por fortuna, y muertos muchos animales.

 

La Naturaleza ha querido mostrársenos, al fin, tal como ella es: bella, inmensa é impasiblemente bella; inmensa é impasiblemente feroz, también, si se pone á serlo. La sonrisa con que crea las hermosuras de sí propia sin cesar, puede trocarse en la siniestra insensatez con que á sí propia se destruye para volverlas á crear entre sonrisas.

Pero hasta la sonrisa de su amor oculta su impávida impiedad. Rocío y yo hemos aprendido á ver esto con nuestra atención ya despierta hasta á lo íntimo y fugaz de las más pequeñas cosas. Y ahora, cuando en los dulces días de paraíso nos sentamos bajo un árbol á descansar, á dejarnos penetrar por todos los poros de la vida en los aromas de las flores y las delicias serenas de las frondas y los aires, asimismo nos penetra la impresión de que todo es crimen, de que todo es muerte entre las mismas divinas y como santas armonías del aire, de las frondas, de las flores. Una abeja que liba una corola, roba, mata; mata, riendo sus trinos de alegría, el pájaro que busca abejas y larvas en la yerba; mata al pájaro un águila en las purezas del espacio, ó el gato montes en el ramaje de la encina donde le sorprende cantando sus amores, y acaso el gato montés no vuelva á sus guaridas de la sierra sino para ser la víctima de un lobo.

Un día, un hermoso día de la Naturaleza, alza sus triunfales himnos, pues, sobre la muda y perenne renovación de juventud que le constituye la incesante lucha de la vida y de la muerte.

La Naturaleza es cruel. Nuestras ansias persistentes de piedad han visto deshacerse en ella el templo de la religión de las piedades.

¿Dónde prendiéramos de nuevo aquellas ansias?

Hemos gustado demás las amplitudes de la vida, Rocío y yo; está asentada nuestra dicha demasiadamente en esa amplitud que se nos tiende por el alma y por la carne, que la hace á ella glorificar desnuda su amor en oraciones excelsas á la Virgen..., para que nuestro Dios y el de la Virgen que sonríe al amor de la pagana, pueda volver á ser aquel que en nuestra niñez adivinábamos oculto en un rincón del cielo, invisible contemplador irritado de su obra...; para que nuestro Dios pueda ya dejar de ser otro gran Dios espaciado con su bien y su alegría por los aires, por los ríos, por las montañas, estando igual en la piedad y la crueldad de nuestro corazón que en la piedad y la crueldad del Universo.

IV

Armonizados con la crueldad que nuestro paraíso nos impone, y que desde hace tiempo nos permite otra vez cortar flores, coger ranas y tirar tiros y cazar, seguros de que la perdiz herida por nosotros no tardará un gavilán, en devorarla abreviando su agonía (forma de piedad de la cruel Naturaleza), nuestra piedad, apartada de los brutos, concéntrase hacia nuestros semejantes más intensa.

Nada con ellos nos fuerza á ser crueles; ni la torpeza que se nos revuelve alrededor agresiva, y aun de algunos que sólo nos debían pagar en gratitud. Un día, por ejemplo, Rocío recibió un anónimo; lo leyó y me lo alargó sonriendo:

—¡Qué estupidez!

«Tu marido y Mary se entienden. Se ocupan más uno de otro que de la caza, en los puestos de perdiz. Fíjate en qué poco la importa á Mary enseñarle los muslos metiéndose en el río.»—Llegábanos en el correo, y procedería de cerca de nosotros. De Matilde, de la administradora, á no dudar. Dos semanas antes un conyugal escándalo que, en demanda de socorro, hízola escapar campo traviesa con la cara llena de arañazos, había dejado públicamente maltrecha su virtud. Parece que durante la época en que dominaron aquí como señores, tratándose á gran prosopopeya con los de los pueblos inmediatos, ella «se entendió» con el cacique del Palmar...; y el marido acababa de encontrar en un armario cartas y pruebas de que uno de los hijos no es suyo. Parece también que por hallarse el administrador con el rival no muy limpio de conciencia en lo respectivo á arriendos y negocios (lo que explicaría sus actuales desahogos de rentista), pasado el arrebato prefirió echarle tierra á la cuestión y perdonar á la traidora. Mas ya resultaba tarde para devolverla los prestigios. Rabiosa, pues, Matilde; perdidas en la consideración ajena las intachables aureolas de que tanto blasonó, con el anónimo á Rocío, y quizá con malignas insinuaciones sobre Mary á todo el mundo, buscaría nuevos escándalos que les igualase en tosca desvergüenza á los que no habían querido igualarla en virtuosa ostentación.

Tal suele ser la virtud de las rígidas burguesas..., lo mismo por los campos que por los aristocráticos salones...; ¡pobres Ineses que, muy honestamente baja la falda á los tobillos, esperan siempre á su Don Juan en el sofá!

Y claro es que Rocío y yo, delante de la grave Matilde, que más ó menos procesionalmente nos sigue acompañando en los paseos, seguimos sin tener por qué ocultarla que Mary va sola conmigo á los puestos y seguimos viéndola á Mary las piernas tantas veces como lo exigen sus inocentes distracciones.

¡Oh, las nobles desnudeces de las que pueden con un poco de inocencia desnudarse! ¡El cándido impudor de las que así saben perdonarlas hasta el torpe intento de la extensión de su maldad á las mujeres ruborosas...! Lo menos la mitad de los retratos que tengo de Rocío son de su desnudo, unas veces porque dentro de nuestras habitaciones la sorprendo en gentiles actitudes al bañarse, ó al salir del lecho y de mis brazos y postrarse en saludo de oraciones á la Virgen, ó al traerla Leopolda al niño, también sin ropas, y tenderse ella en el mullido de una alfombra á darle paganamente juguetona y perezosa de mamar...; otras veces, porque encerrado en la galería fotográfica hágola posar de viva estatua...; y estos retratos, cuando después los miramos al estereóscopo como vidas pequeñitas petrificadas en gracia y en belleza, dijérase que, á la plena gloria de su carne, son las imágenes del culto que desde la armonía de nuestro amor le puede tender incluso al odio de por fuera de nosotros la gracia y la belleza de todas las piedades.

Sí, sí, beben mis ojos y mi alma en la armónica belleza del alma y de la carne de Rocío el misterio de una nueva y humana religión inmensa de la vida, que á veces sube como inmortal desde mi corazón al cielo mismo por encima de la muerte.

—Mira—he llegado á concretarla uno de esos días en que ella le reza desnuda á la Virgen, que por algo tuvo entrañas de las que salió otra religión—, si el poco de materia que forma mi ser y forma tu beldad nos forma una conciencia, la totalidad material del Universo debe de formar otra conciencia: la de Dios. Al ser del Universo, cuyo alma es Dios, seríamos dioses; nuestro corazón es Dios; nuestra vida es Dios; y porque nuestra vida besa y ama es divina nuestra vida.

 

Con la emoción de que nuestro templo se nos reduce al alma, al corazón, á la humana vida que quiere y puede gozar su cielo de la tierra, nuestro cielo de la tierra, nuestro paraíso va rodeándose de otros paraísos. Aparte la colonia autónoma, que en las parcelas descuajadas de las rañas constituyen ya muchas familias convertidas en propietarios desde el último otoño, funcionan asociados, bajo mis auspicios, dos grupos de importantes labradores cuyas fincas lindan con la nuestra. Las máquinas y el capital de iniciación se los facilitamos mediante contratos de fácil cumplimiento.

Esto, y las peticiones de préstamos y socorros que se multiplicaban y llevábamos en un desorden que habría acabado por ser perturbador, nos ha inducido á instituír una suerte de pequeño Banco Agrario, cuyo objeto es proporcionar á mínimo interés semillas y dinero á cuantos, en relación ó no con nosotros, antes quedaban presos de la usura. Muchas veces, viendo la afluencia de gentes que por tan varios motivos acuden á La Joyosa, Rocío y yo nos hacemos notar de qué modo el trabajo, venturoso de sí mismo, en cuanto de él haya de porvenir nos garantiza una ventura indestructible; no ciframos su empeño en ambiciones expuestas al desastre; al revés, somos unos capitalistas cuya fácil tarea, cuya obsesión principal encamínase á la prosperidad de los extraños; y si mis técnicas iniciativas acrecen los rendimientos que han de aprovechar también á los demás, los cálculos y las numéricas prudencias de Rocío vigilan contra toda posibilidad de nuestra ruina. Ni un negocio ampliamos sin que la excelentísima comptable haya medido bien sus contingencias. Con el exceso del último balance hemos encargado máquinas más perfectas á Berlín. ¡Capitalizaciones de ganancias que extenderán á los demás el beneficio, sin dejar de quedar para nosotros! ¡Aritméticas del corazón de las cuales nada más sabe su maravilloso resultado el corazón!

Verdad es que á la creciente ola de gratitud no le faltan en torno, y aun dentro de ella misma (como los de Matilde) los enojos de los envidiosos y los de los soberbios y torpes egoístas que se creen perjudicados: tenderos que vendían el bacalao y el arroz á triple precio que en Madrid; prestamistas al mil por ciento y á la vista de ejecuciones judiciales; granjeros y labradores que ven despreciados sus malos productos por los nuestros; caciques que temen perder más cada día su influjo para el mal... Las amenazas nos llueven; los hechos en que muchas de ellas se resuelven, también. Hemos sido víctimas de una descomunal asignación en el reparto de Consumos (que al cabo me forzó á recurrir á las influencias de mi hermana para que el Gobierno provincial no lo aprobase), y la impunidad en que uno de estos jueces rurales va dejando á tres malvados que una tarde robaron á nuestro peatón del correo, camino del Palmar, acaba de obligarme á valerme asimismo de mi hermana para sustituír á dicho juez por un amigo.

¿Enconaré así la lucha que contra los odios y par mi parte yo quería que fuese de amor únicamente...? Lo ignoro. Las violencias, sin embargo, llegan á un punto que exige toda clase de defensas. Si oficial y descaradamente hay quien pretende arrollarnos con esas tropelías, aun son más numerosas y más graves, quizá, las que nos atacan sin cesar desde la sombra. De seis meses á la fecha, ó lo que es igual, á partir de la época en que empezaron las colonias nuevas, coincidiendo para el silvestre reyezuelo del Palmar con su derrota del reparto de Consumos, hemos tenido fuego tres veces: en los pinos de la sierra, era un almacén de máquinas y en los depósitos de corcho; hemos visto amanecer asolados un campo de mieses y una viña, y nos han destruído dos canales. Además, y muy particularmente, nos ha causado pena seguir descubriendo la ingratitud y la traición rastrera en nuestras gentes mismas. Aprovechándose del equívoco de las circunstancias anormales, ha fingido un día el administrador que tres facinerosos le robaron el caballo y una suma importante cobrada en una feria—burda farsa desvelada por las pesquisas con que la guardia civil averiguó que él propio le había vendido el caballo á unos gitanos—, y en la destrucción de los canales, imposible de realizar de otra manera, intervino un guarda nuestro, cuya pasividad fué comprada por soborno.

—¡No importa!—solemos convenir Rocío y yo á cada una de estas hazañas que de tarde en tarde nos turban la alegría—. Igual fueron nuestros enemigos esos labradores, esos otros caciques de Valdeleón y de Palmar, que ya son nuestros fieles aliados.

Siete pueblecillos nos circundan. Dos se han rendido en la dulce lucha del amor. Los más pequeños. Quedan cinco, formando un cantón, donde van exacerbándose y reconcentrándose los odios, y de los cuales el Palmar viene á ser la cabeza y el cacique del Palmar su irritado tiranuelo.

—¡No importa! ¡No importa!—repetimos.

Y con la fe de la bondad de nuestra obra contra toda clase de obcecadas rebeldías, con el perdón de nuestro amor dentro de la edénica belleza de los campos, que nos hace olvidar pronto las injurias, seguimos, seguimos por ellos gozando y amándonos y amándolo todo y riendo... sobre el mismo pesar de haber tenido que despedir al administrador y su familia, al guarda que consintió la destrucción de los canales y á otro que después sorprendimos vendiendo corcho de las pilas por su cuenta.

¡Ah, son tantas ya las vidas buenas que están junto á nosotros y que se podrían dañar de mal ejemplo!

 

—¿Qué pasa? ¿Qué es eso? ¿Qué suena?

Como Mary el día del ciclón, Rocío queda hoy en la mesa, escuchando.

Un tiro, y en seguida otro, y otro, y más, con un vago rumor de griterío. Los tiros siguen unos minutos; luego, cesan; pero sigue la algazara. Es en la vega. Un guarda ha cruzado á todo el correr de su jaca. Recordamos que ayer pasaron dos ciervas, fugitivas de algunos cazadores. Tranquilamente continuamos el almuerzo. Habrán vuelto á aparecer y las persiguen.

Otra idea nos había sobresaltado. Es sábado, día de gran concurrencia al economato; día de verdadera feria de todas las pobres gentes de alrededor, que ya por los caminos han sufrido recientemente vejaciones por parte de los mismos grupos mal fachados, de los mismos pagados infelices que sin duda incendian y asolan nuestros campos, y se comprende que al pronto sintiéramos el temor de cualquier nuevo atropello.

Porque los atentados á la propiedad de las cosas y á la seguridad de las personas, desde que, al fin, hace un mes, fué sustituído por otro el juez indigno de Palmar, menudean, lejos de ir cediendo. El lunes estalló otro fuego en una era; no pasa semana sin que nuestros pastores tengan que sostener peleas á estacazos y pedradas con las siniestras patrullas, que vienen á insultarles procazmente, y anteayer mismo nos faltaron al trabajo, por expresa imposición del cacique de Palmar bajo pena de no ocuparlos más en el pueblo, los braceros que de un modo eventual en esta época de estío ayudan á las máquinas.

Mas... ¡oh! Tórnanos la alarma. Apenas transcurrido un cuarto de hora sin que cese el vocerío que pudimos creer de diversión, unos desgarradores gritos de mujeres que se acercan nos atraen á la ventana. Consternadas, corriendo delante de un disperso tumulto que aparece entre los árboles, conducen á un niño ensangrentado.—¿Qué pasa?—tenemos que interrogarnos—. Y como, sea lo que sea, es grave, porque vemos también á un hombre á quien los guardas aprisionan, al mismo tiempo que procuran defenderle de la agresión de varios armados de palos y navajas, y á otros hombres que transportan á uno exánime, tendido..., yo cojo al paso mi rifle, y escapo hacia el trágico barullo, sin poder impedir que Rocío venga tras de mí.

¿Qué pasa?... ¡Ah! Lo que pasa, lo que acaba de pasar rápida y brutalmente junto al río, en la alameda que aun está dentro de la dehesa, no tardan en decírnoslo las rabias ó los lamentos y las lágrimas de todos: una emboscada de miserables que aguardaban á los que regresaban de sus compras, para insultarlos, para escarnecerlos, para entablar, por último, una lucha á tiros, á puñaladas, á palos y mordiscos y patadas, de la cual han resultado dos de ellos heridos, heridos muchos más, niños y mujeres, y un muerto.

Día de horrible duelo. La sala de consulta que el médico tiene en la farmacia se convierte en hospital; otro departamento en cárcel de tres malvados, hasta que llega la guardia civil á recogerlos. Mary, Emma, María Teresa, todos, con Rocío, ayudan á las curas. El muerto era un honradísimo padre de familia, cuya mujer y una hija de trece años le velan como locas. El niño herido muere también..., poco antes de presentarse el Juzgado.

Día de horrible duelo, sí; días también de horrible pena los que siguen. Se nos ha ofrecido esta vez, desgraciadamente, ancho campo en que ejercer nuestra piedad. Pero la tristeza, la tristeza, casi el espanto, queda indeleble en nuestra alma. Nada importa que hallamos remediado con esplendidez el porvenir de los que han quedado sin padre, sin hijo, de los que sufren y no podrían por algún tiempo trabajar ó subvenir con su trabajo á cuidar bien á sus heridos, ante la horrenda verdad indudable, absurda, sin embargo, de que «nuestra obra de amor» haya producido dos muertos.

 

Los ojos cuajados de los muertos, los del niño sobre todo, mártir inocente, creyérase que nos persiguen acusándonos de haber venido con nuestra piedad á estas comarcas para emprender no una obra de amor, sino de torpeza. Esas dos existencias tronchadas, ¿de cuántas más para la expectativa del luctuoso porvenir serán el prólogo?

Nuestras ansias de bien y de paz han desencadenado los rencores que dormían bajo el dolor; han encendido la guerra. En vano la misma enorme impresión de los últimos sucesos parece haber mágicamente suspendido hacia La Joyosa toda hostilidad. Se trata de una tregua. Levantadas en masa las gentes del Palmar ante la inicua bestialidad del crimen, y comprendiendo que su culpa es del cacique que no sólo había lanzado á realizarlo á los diez ex presidiarios que él tenía mimados como guardas rurales y serenos, sino que además intenta sustraerlos á la acción de la justicia, hay públicos disturbios y diarias manifestaciones colectivas contra él, con amenazas de arrastrarlo; y la guardia civil reconcentrada para velar por el orden y favorecer la recta acción del juez especial, no siempre puede impedir las diarias colisiones en que van resultando más heridos.



La Naturaleza, la salvaje Naturaleza, que es impasiblemente bella, es también impasiblemente cruel; la humana vida debe serlo tanto más cuanto más persista con ella identificada, en salvajismo. Unicamente de tal modo logramos explicarnos en estas gentes la feroz crueldad, la grosera y torpe envidia y los criminales egoísmos que no es capaz de contener ninguna suerte de respetos: ni los humanos de la vida, ni los divinos de la gratitud, ni los sociales de las leyes. No contemplamos Rocío y yo con cobardía, en modo alguno, desde nuestra desorientación, el largo porvenir de lucha; pero sí con el desaliento de la posible inutilidad de nuestras quizá insensatas caridades.

¿Nos habríamos equivocado buscándoles á nuestras ansias de amor mayores perfecciones en la imitación de la cruel Naturaleza, huyendo del que nos pareció artificio de la vida ciudadana—donde bajo el miedo á arbitrarias leyes vive siquiera la impiedad suavizada en buenas formas?

A veces, departiendo con Herman Ferac y sus hijas, cuyo recuerdo de la dulce Bélgica no les permite entender el salvajismo de este rincón de España, llegamos á pensar si no debiéramos buscarle á nuestra empresa de amor un más propicio ambiente en otras tierras. Ellos nos hablan de Visé, en donde nacieron, y nosotros evocamos nuestras gratas memorias del Berlín monumental del orden y de las educaciones exquisitas, y de la Suiza, y de la misma Bélgica, cuyos verdes valles cuajados de hotelillos, de fábricas, de granjas, de puentes y telégrafos, hubieron de impresionarnos al correr de los trenes como olimpos ideales en que hubiéranse fundido los bienes del progreso á la sencillez idílica del campo.

Allí, sin haber la corrupción de las grandes urbes, no habría tampoco estos salvajismos del crimen bruto, cien veces peor que el crimen de guante blanco de París—domados los salvajes hombres y la salvaje Naturaleza por cuanto irradian de noble la cultura, la educación, la inteligencia—: allí, pues, serían posibles las santas prosperidades del trabajo sin tener que temer á cada instante, ni jamás, el vandálico atropello.

V

Los periódicos traen alarmas de una guerra europea, inminente.

No las creemos.

Herman Ferac, porque opina que la impediría el internacionalismo socialista. Los demás, bien avenidos con el statu quo de su trabajo, porque rechazan toda intervención social de lo violento. Yo, porque pienso que la misión de Europa, en el ciclo progresivo, habríase alzado muy por encima de las guerras cuyo objeto fuese el destrozo de sí misma; vasta y nobilísima labor de sus Ejércitos la difusión civilizadora, que sólo ella ha realizado y deberá acabar en el mundo, faltaríale la razón de los altos ideales, que siempre presidieron á las guerras de la Historia, al lanzar esos formidables Ejércitos unos contra otros entre próceres naciones que gozan de la misma civilización, de la misma religión, de la misma amplia libertad industrial y comercial, de idénticas costumbres y hasta del máximum de felicidad posible hoy sobre la tierra. El gesto de Austria hacia Servia, á la cual le pide cuentas del asesinato de un príncipe, provocando los enojos de Rusia, que á su vez suscitarían, en guerra de odios, los de Alemania, Francia é Inglaterra..., parécese demasiadamente al «si tú le pegas á ése, yo te pegaré á ti, y todos nos pegaremos» de los chiquillos díscolos ó de los bravos de profesión. Vengar la muerte de un hombre, habría de costar la vida de millones de hombres. No, no creemos las bélicas alarmas; no las creen tampoco esos millones y millones de hombres pacíficos que habrían de guerrear, que habrían de matarse, porque uno mató á otro.

 

Y sin embargo, pocos días después, la guerra estalla. Su verdad se impone como las furias de las tormentas estivales que llenan el cielo azul de truenos y de rayos.

¡¡La guerra!!

Austriacos sobre Belgrado. Rusos y franceses en las fronteras alemanas. Trombas de alemanes lanzadas hacia Rusia, hacia Francia, violando leyes y derechos con el fragor de las granadas á través de la Bélgica neutral. La guerra, la guerra llegando con su trastorno á todas partes, llegando con su dolor hasta nosotros. Una orden de la Legación de su país, hace partir como soldado de reserva á Herman Ferac, sin tiempo más que para llorar en los brazos de ellas y en los brazos nuestros el abandono de sus hijas.

¡¡La guerra!!

En un mes, Inglaterra y el Japón hunden doscientos buques de gran porte y Alemania sesenta; ha quedado sembrado de medio millón de cadáveres el camino de París, y se derrumban Lieja, Reims, Lovaina bajo la metralla y el incendio; porque el horrible fuego con que la civilización lo destruye todo, destruyéndose á sí propia, con sus submarinos y sus aeroplanos y sus acorazados y sus minas y sus cañones y sus gases asfixiantes arde igual en los aires que en el mar y en los fondos del mar y en la tierra y en los senos de la tierra. Como en los tiempos más bárbaros, se saquean al paso las ciudades, se abusa de las mujeres, se fusila á los ancianos y á los niños..., y rotos los armónicos hilos de la Vida, restan sólo abiertas las esclusas de la Muerte.

 

¡Oh! Ya sí que esperamos Rocío y yo con ansia los periódicos. Imposible hablar en nuestras tertulias de otra cosa que la guerra.

Alguien, que lee alto cada noche para la atención de los demás, hace correr lágrimas por las mejillas, al ver los llantos de las pobres Mary y Emma, que no saben de su padre. Ambas nos han hablado de una familia pariente suya, de Visé, á la cual escriben sin tener contestación, y cuyo jefe era un hombre que en fuerza de trabajo había logrado reunir un capital y construírse un hotelito, donde viviera feliz con su mujer y sus hijos, tres gentiles rubias, las mayores, entre ellos, de las cuales tienen y nos han mostrado los retratos; y una noche, cuando al azar de la lectura hemos escuchado los relatos de la toma de Visé, donde los invasores habían hundido á cañonazos las casas y fusilado á uno de cada tres vecinos, encarcelando á todos los demás para consagrarse mejor á una orgía de la que habrían resultado enloquecidas por la deshonra y la desesperación muchas madres, muchas vírgenes, y aun muertas las que sólo consintieron entregarles la vida con el honor á los asesinos de sus padres ó de sus esposos..., el frío del espanto y la piedad nos ha ahogado de congoja, al tiempo que hacía caer á Mary accidentada.

Están las dos hermanas con nosotros desde que las dejó el ausente, y retirada Mary á su habitación, la asistimos sin poder olvidar el cuadro de Visé, símbolo de todas las fierezas de la guerra.

Nos obsesiona, á través de la trágica incertidumbre, la suerte que les haya podido caber á ese honrado jefe de familia y á esas hijas cuyos retratos conocemos. Si viven, las infelices, compañeras y mártires con su propia madre, tal vez, de la obscena brutalidad de una noche del infierno; si no han perdido para siempre al menos el corazón y la razón en forma tal que no las quede sino el reír y el delirar de lo insensato; si por las humeantes ruinas de la ciudad, y entre los cadáveres podridos de las calles, con los espectros dolorosos de otras sacrificadas vírgenes, siguen aún buscando á su padre y sus hermanos..., ¿qué pensarán de la virtud, del pudor, de la bondad, de la dulzura y de la piedad para los niños..., de aquellas tantas cosas delicadas, dulces, nobles, que con tanto afán y por tantos años inculcáronlas sus padres desde la cuna misma, los sacerdotes en los templos y los maestros y los libros santos en la escuela...? ¿Que pensarán de la pureza inmaculada y de aquel aliento de respetos para todo y para todos con que educáronse sus almas en su hogar...? ¿Qué pensarán de la tremenda mentira que hiciéronlas creer acerca de la hidalguía de los hombres educados...? ¡Oh! ¡Si siquiera los que acaban de pasar rugiendo odio por encima de sus vidas y lujuria por encima de sus cuerpos hubiesen sido cafres y no europeos de un próximo país que á ellas en el colegio las mostraron como colmo y arquetipo de cultura y perfección...!

Y si vive aquel padre infeliz, que asistió á los rápidos desmoronamientos absolutos é implacables de su bien, cosa por cosa..., de su dicha y sus respetos, de su fortuna y su hogar, de su honra y de la honra y la vida de sus hijos...; si en su humillamiento y execración totales de vencido, mirando entre el desastre general el desastre de los que son carne de su carne y alma de su alma, y tienen pena, y tienen frío, y no tienen ni tendrán para comer y cobijarse, ha encontrado el esfuerzo que no le haga sucumbir, con otros como él, en la sima de ignominia..., ¿qué pensará de la ilustración, de la fraternidad, de la propiedad, de la sandez de los contratos y las leyes...? ¿Qué pensará de la honradez y de la eficacia del trabajo, y del amor á la sabiduría y al bien, que hubieron de infundirle los sabios y los libros...? ¿Qué pensará de las cándidas altezas del arte y de la ciencia, de la filosofía y de la poesía...? El y los otros desgraciados, si no mueren al bochorno de haber nacido á una vida tan inmunda; y los desgraciados honestos padres del mundo entero, que con el martirio de ellos se hayan estremecido de estupor, cuando puedan reflexionar habrá cada uno de creer amargamente que todos vivieron engañados en la farsa de los sabios y las leyes, que la bestia humanidad es irredimible y que el bien y la civilización no serán jamás sino dos embustes colosales en la bola de barbarie que habrá siempre de ser nuestro planeta.


Al volver ahora melancólicamente de la calma de estos campos, donde sabemos que se esconde el salvajismo, Rocío y yo no podemos contemplar nuestro chalet, riente con su blanca alegría de palos verdes, como una jaula entre las frondas, sin pensar que ya se encontraría destrozado á estar en Bélgica. Un miserable consuelo el de ese mayor salvajismo del mundo que se decía civilizado. No sólo no habríamos hallado en él ambiente propicio á nuestra obra de piedades, que ni siquiera el pequeño rincón de respeto para nuestro hogar, limitado á nuestro amor y nuestro hijo.

 

Un singular fenómeno registran los periódicos. Aquella indignación que por todas partes hubo de levantar la sorpresa de la guerra, alrededor de ella, y por todas partes también, se va cambiando en apasionado partidismo. Contágianse de ferocidad hasta los más pacíficos, y no queda de la lucha sino su aspecto teatral, su trágico interés.

En nuestra misma tertulia, y aun por encima de los compasivos sentimientos hacia Emma y Mary, se habla y se discute al fin de la catástrofe horrorosa como de algo natural que no mereciese ni extrañeza. El señor cura ha acabado por creerla el aviso con que la Providencia querría llamar la atención de la Humanidad acerca de las miserias de la vida, cuyo único reino fuese el cielo; sin embargo, contradictorias sus cristianas esperanzas y sus visiones terrenales, se declara germanófilo, por entender que así la vida mundial se deslizaría mejor bajo férreas férulas de orden y de fuerza. El médico, el farmacéutico, el maestro de escuela, anglófilos y francófilos en nombre de la libertad, piensan que únicamente por la obra previsora de tener que atacar, de tener que defenderse, tal que ahora Francia é Inglaterra, se habrían inventado, con tantos individuales sacrificios, los acorazados, los submarinos, los aeroplanos, los gigantescos cañones del 42, las maravillas químicas de los gases asfixiantes y las mil perfecciones industriales en que para ser ricas y poder soportar en cualquier momento el costo enorme de las modernas luchas se esfuerzan y rivalizan las naciones; en cambio, sin el ansia perenne de la dominación, ó lo que es lo mismo, de la guerra, el trabajo derivaría hacia la comodidad liviana, y el mundo estancaríase en esos lagos de molicie que arrastran á la perversión á las grandes capitales: la guerra sería, pues, la gran purificadora de la vida y espuela de la moral y del progreso; el maestro de la granja, en cambio, más rotundamente lógico con su independiente selvatismo, sostiene que la guerra no es más que la brutal consecuencia lógica de la brutalidad del mundo, donde nada hay ni habrá jamás que no signifique el odio y la pelea perpetua de todo contra todo; por eso él ama el peligro de sus cazas, en un completo desdén á la vida de las fieras y á la propia, que vienen á ser iguales, y por eso los hombres de Europa, á la sazón, se dedican al placer de matar y destruír, pasando sobre el abandono de sus muertos con la misma indiferencia que la bandada de pájaros ó la manada de lobos pasarían sobre los suyos.

Y oyéndolos, oyendo á don Luis, al cura, que á pesar de sus contradicciones recoge la realidad de miserias de esta vida, que no podría ser de bien más que en el cielo; oyendo al boticario y al maestro y al doctor, que no obstante sus incongruencias encierran también exactitudes indudables en su dilema acerca de que el destino del mundo no pueda ser sino estar saltando incesantemente desde las perversiones de la paz á las destrucciones de la guerra...; oyendo, en especial, al maestro de la granja, que con su ruda sinceridad de pensamiento (ya que no con la de su espíritu, puesto que, lejos de odiarnos y mordernos, adora á sus niñitos y ayuda con todas las fuerzas de su fe á nuestra obra de bondades) suele tener la virtud de impresionarnos más que los demás..., como en aquella noche en que nos acusó de «asesinos de perdices»—nos retiramos muchas de estas noches á dormir pensando en la triste verdad de sus palabras.

El orbe entero ardiendo en odio, parece darle la razón, igual, aunque con más estrépito, que no tardó en dársela, ante el estupor de nuestros ojos, aquel zorzal abandonado á su agonía. No le faltarían al pajarillo infeliz hijos ó hermanos ó una hembra compañera que, en vez de quedarse al lado suyo, seguían dichosos volando por los aires. Así, en el salvajismo de los hombres, más cruel, ellos propios son los que van matando y pasando, con la satánica alegría del triunfo, por encima de los montones de heridos, por encima de montañas de cadáveres. ¡Oh, sí! ¿Cómo negarlo...? Es demasiado grande la confirmación de brutalidad que Europa está haciendo en nombre de la Tierra toda, y este hombre, quizá, tiene razón.

Pero, si la tiene..., ¿adónde habría ido á parar el templo que nuestra religión de la piedad trasladó desde la cruel Naturaleza al corazón de los humanos...? Nuestro amor, nuestras piedades se contemplan, y sentimos á veces Rocío y yo la vergüenza y la enorme confusión de no saber siquiera, al fin, si no seremos una ridícula excepción entre las gentes...; si no sería nuestro amor un bruto instinto más, lujuria hipócritamente disfrazada de excelsitud por la pasión mía, por la belleza de ella..., y si no habrían de ser nuestras piedades más que las morbosas y estúpidas y cobardes sensiblerías de un histerismo.

Más desorientados que nunca, quedamos sobre la misma emoción de nuestra noble dicha al besar á nuestro hijo en una especie de acorchamiento de imbéciles que fuesen buenos y felices por su amor y su ternura, aunque no quisiesen serlo.

 

Recibimos en el mismo día noticias de dos sucesos que nos afectan: unas, proceden de la guerra: el hundimiento, por un submarino inglés, del buque en que venían nuestras máquinas encargadas á Berlín; otras, llegan de cerca, y se refieren al traslado, á la fuga del cacique del Palmar á otro pueblo lejano, en vista de que los riesgos personales corridos en el suyo, y el término del proceso con la condena á presidio de los once delincuentes (habiendo estado á punto él de acompañarlos) le han probado también la terminación total de sus influjos.

Pero, aunque esto es ya un iris de paz para nuestro incierto porvenir, así, libres siquiera de los más osados malhechores y del más terco enemigo, y la pérdida de las máquinas nos representa un daño de ciento cincuenta mil pesetas, ni la alegría egoísta de aquel bien, ni el egoísta dolor de tal daño, han podido impedir que nuestra piedad, nuestra piedad, ¡siempre y á pesar de todo nuestra piedad!, saliendo fuera de nosotros se acongoje por el rigor cruel que concédenos favor echando á unos desdichados á presidio ó al destierro, y se acongoje, preferentemente, en casi olvido de nuestro mal, por las trescientas vidas de hombres y mujeres y niños que han ido al fondo del mar con nuestras máquinas.

 

Me buscan en la granja, á escape. Corro, y encuentro en su despacho á Rocío y á Emma sobre el cuerpo de Mary tendido en un diván.

Un periódico francés yace por tierra.

En él han leído las dos hermanas la muerte de su padre.

VI

Una semana—durante la cual ha quedado interrumpida toda ocupación que no sea cuidar á Mary.

Yace en el lecho, sin conciencia, en un sopor que apenas interrumpen los delirios cuando renovamos las compresas heladas de su frente ó la inyectamos cafeína ó éter para reanimarla el corazón. Sobrepuesta á su tormento, Emma la vela unas noches con Leopolda y las amigas, y otras la velamos nosotros, obligando á Emma á retirarse á la contigua habitación, donde llora más que duerme. El médico creyó ayer que Mary moriría.

Pero se ha iniciado hoy una reacción, y Rocío y yo esta noche hemos hecho que todo el mundo se recoja á descansar. La enferma quiso á media tarde como reconocer á Emma y hablarla; ha abierto desde entonces los ojos, girándolos vagamente por la estancia, y al ponerla Rocío la última inyección en un hombro, sin inquietarse de que los desnudos pechos virginales (que de tan bellos la obligaron á decirme: «¡Mira, qué bella es!») pudieran sufrir agravio de mis ojos, ella, fijándose en nosotros, y como si me reconociese y con la conciencia volviésela el pudor, á un inseguro movimiento de la mano trató de protegérselos.

Sí, se salvará. Encuéntrase mejor.

Ahora duerme tranquila por primera vez, hace tres horas.

Son las dos. Estamos en sendas butacas junto al lecho, y mientras yo mirándola y mirando á Rocío y recordando á Herman pienso con desconsuelo infinito que la brutalidad que nos acosa desde todas partes acabará por embrutecernos también, por arrastrarnos en su oleaje de crueldades..., Rocío, quieta, muda, inclinada sobre el codo al almohadón, contempla este benéfico sueño absorta en no sé qué hondas reflexiones.

Tan hondas, que al advertir al fin cómo la intensidad del pensamiento críspala la faz, tal que ante un misterio que se la estuviese desvelando en su alma y en la enferma, y que á mí mismo me quisiera transmitir, la excito:

—¿Qué piensas?

Me mira, recogida, en su enigmática abstracción. Va á hablar. Temerosa de que Mary despierte, levántase y me invita hacia el bay window, al fondo de la alcoba.

Nos sentamos en la otomana.

Tibia la noche, por las vidrieras abiertas la luna nos inunda, y nos llega el trinar de ruiseñores y el perfume de nardos del jardín.

Un momento aún queda Rocío suspensa en sus concentraciones, perdida la mirada por el cielo, y últimamente se gira á mí sonriéndome humildad:

—Lo que pensaba, lo que querría decirte, es difícil. Yo misma he querido decírmelo á mí misma, y no sé. Pero, verás...: mirando á Mary recordaba el zorzal de aquella tarde, y recordando á los que le habían abandonado moribundo, recordaba también nuestro temor del otro día sobre que fuese nuestra piedad una excepción, una vergüenza. ¡Oh, no! Si fuese vergüenza, nuestra piedad, no habría de ser excepción, al menos; y si hubiera de ser orgullo, tampoco tendría por qué excepcionalmente envanecernos. Ni esa pobre niña enferma es el zorzal que vimos recogido por el único consuelo de la muerte, ó el lobo herido de que habló el maestro de la granja, ni nosotros ni Leopolda, ni Emma, ni nadie de La Joyosa, somos los otros zorzales ó los otros lobos que la hayan visto caer herida de dolor para dejarla sin socorro, aun á costa del propio sacrificio. Fíjate: imposible mayor sinceridad que la de la pena de esas jóvenes amigas que aquí han renunciado á su sueño por velarla con nosotros; de ese don Luis, de ese médico, de esos hombres que por ayudarnos á todas horas á cuidarla, y aun llorando muchas veces, olvidan igual sus comodidades, sus casas y sus teorías divina ó humanamente desdeñosas de la vida, ante el simple hecho de una humana vida que se rompe; de esos pastores y zagalas que, despreciando su descanso, desde todas partes de la dehesa y de fuera de la dehesa, no han dejado de venir á llorar por la que fué ángel de dulzura para ellos... El dolor de Mary estaba, pues, haciéndome pensar que la piedad existe de tal modo, y tan fuerte, era las gentes que nos rodean y en las gentes todas de la tierra, que así como en el Palmar pudo revolverse contra los desafueros de un malvado, ni la guerra que asola á Europa es capaz de ahogarla en el fragor de sus crueldades: tal que á Mary, aquí, con nosotros, entre extraños, al fin, que la recogerán para siempre, con su hermana, como á dos hermanas más, no le habrá faltado al pobre Herman la abnegación de otros extraños, de un médico que querría salvarle y de una enfermera que llorase sobre su infortunio en un lecho de hospital, si á él llegó con vida; y no le habrán faltado, no le faltan á los que caen bajo el cañón ó la desdicha, por muchos que puedan ser, esas mismas abnegaciones y socorros, esos mismos hospitales en que transforman los ricos sus palacios, y esos mismos llantos y caricias de la compasión universal que acude con un poco de ciencia á cada herido, con un poco de pan á cada hambre, y con una cruz siquiera á cada tumba...

Calla, un instante; calla la maga, que me está cruzando el ser de glorias de luz ante las cuales se me borran las nieblas sombrías del pesimismo... y cuando voy á agradecerla, no sé si á besos ó á palabras, la fe que me devuelve, sonríe y me pregunta humilde, cogiéndome las manos:

—Y di, Alvaro..., tú lo has de decir, puesto que esto era lo que mirando á Mary no he acertado yo misma á decírmelo á mí misma: si la piedad es una realidad indudable en los demás y en nosotros, si al lado de la brutalidad y la fiereza no habría de ser en la Humanidad entera un inútil histerismo, sino al revés, algo tan extraño que, diferenciándonos de las fieras, de los brutos, sobrepónese al egoísmo para hacernos amar el ajeno sufrimiento antes que el propio bienestar..., ¿qué sería la piedad y qué cosa podría engendrarla de la humana vida, que no tengan los brutos?

Queda ansiosa contemplándome tan bella que al contestarla sólo tengo que robar la respuesta en ella misma:

—Tus ojos. Tu belleza... ¡El amor!

—¡No!—rechaza la que ya habrá medido esto—. También aman las fieras á sus hembras que son bellas, y no saben de piedades.

Vacilo; pero insisto, tomando igual de otro resplandor de ella la contestación:

—¡La inteligencia!

—¡No!—vuelve veloz á protestar—, los más inteligentes son todos esos hombres que en la guerra se destrozan.

Tiene razón. No sé qué más responderla. El desánimo la hace soltarme las manos, para girar la cabeza al cristal y suspirar mirando al cielo:

—¡Oh, Alvaro, somos buenos y no sabemos por qué ni para qué!

«No sabe por qué somos buenos.» «No sé por qué somos buenos.» «No sabemos por qué ni para qué somos buenos y son buenas las gentes.» Acaba así de plantearme el problema que cien veces creímos tener resuelto, restituído por su delicadísima perspicacia á la indudable exactitud de la piedad que guarda cada corazón como un sagrario, y ni aun con revelársenos esa piedad tan fuerte y tan extensa, puede borrarnos la penosa duda de que su fuerza no sea más que una apariencia vana destinada nuevamente á sepultarse en las mansas brutalidades de la paz ó en las fieras brutalidades de la guerra.

Triste y absurda suerte, entonces, la del mundo, que Rocío y yo, con nuestros amores á la Vida, y á pesar de toda la tremenda imposición de todas las crueldades implacables, no queremos admitir; pero, desde ese absurdo, nuestras ansias vienen á estrellarse no menos implacablemente en los hermetismos del enigma: ¿qué es, qué puede ser la piedad; qué puede engendrarla con su tenacidad persistente á través de los dolores, como una fuerza eficaz brotada de algo noble y como inmortal de la vida misma...; qué sentido y qué valor debe concedérsele..., si no hubiera de representar una tan terca como estéril sensiblería en medio de la crueldad humana y en medio de la crueldad del Universo?

¡Ah!, quiere saberlo, quiere saberlo Rocío, que alumbrada por la luna se lo demanda con angustia á las estrellas; quiero, quiero saberlo, contemplando á la que en vano me oyó decirla un día que este mundo pudiera ser estrella y no lo es, y en el afán, como mortal, de averiguarlo, y de averiguarlo, aún, en ella misma, pues no acierto á entender cómo no dejé encerrada toda la razón de la bondad del mundo en cada una de las dos respuestas que me dictaron su amor y su talento..., clávanse mis ojos en la luz fosfórea de sus ojos, miran la sobrenatural belleza de su frente y de su boca y de su cuerpo que es divino..., pasan un punto á la contemplación del cuadro excelso que sírvela de fondo, con el cielo azul, con los astros de la noche soberana, con los perfumes y el trinar de ruiseñores del paraíso de hermosura que, á pesar de su crueldad, es nuestro inmenso y dulce paraíso..., y cayendo otra vez á ella el afán de mis ojos, la contemplo, la contemplo convencido de que sólo en la armónica verdad de la que por ser mi bien y mi ternura fué mi fe y mi salvación, puede estar la razón de todas las razones, de toda la Armonía.

La contemplo con tal aguda y ardiente intensidad, que creo á ratos que mis miradas la quemen como dardos encendidos que se hundiesen por su carne y por su alma en pos de la mariposa del misterio que dentro de ella revuela y se me escapa. Por su alma, por su carne..., por su boca y por sus ojos..., por su vida de pagana divina amante de la Vida que no puede admitir la suya en mentira gentil de la lujuria, si no fuera más nuestro amor que el de dos fieras. Por su vida, de tal modo diáfana y purísima á la pureza blanca de la luna, de tal modo sagrada junto á mí en mitad de las sagradas grandezas de la noche y de los campos y los cielos, que..., ¡oh, al fin!, la mariposa de ilusión de la pureza de todas las purezas que persigo y se me esconde en sus entrañas, sube una vez, salta en un destello ó en un suspiro desde la frente á los labios de la amorosa pensativa, y rápida mi angustia la aprisiona con un grito, con un beso.

He sorprendido y casi asustado á la inmóvil con el beso y el grito de mi triunfo.

—¡Sí sé por qué! ¡ Sí sé, Rocío—la he dicho—qué es la humana piedad y por qué en la Humanidad será su redención! ¡No el amor! ¡No la inteligencia...! Pero ¡sí el sentimiento que sólo puede nacer de la inteligencia y del amor cuando se funden!

Vuelvo á dejar un beso de infinita fe en su boca, otro beso en su frente; y como la clave del misterio, que ya es mía, que ya es nuestra y estaba en nuestro ser, alumbra desde ella y desde mí cuanto de paradoja enorme de piedades y crueldades nos rodea en el mundo y los espacios, me bastan unos segundos más de contemplación dentro de mí mismo para poder decirla á la divina que tanto todo lo sabe comprender:

—Mira, Rocío, la Naturaleza, ni piadosa ni cruel, es tan sólo impávidamente bella y perfecta con una perfección que impúsola su alma, Dios, y que está por encima de nosotros; pero la Naturaleza es cambio y renovación, la Naturaleza es lucha, y la vida, su creación, tiene que serlo. Así la vida humana, con la lucha por condición inevitable, tiende á la violencia; así la vida humana, hecha, como la de los brutos, de sangre, de entrañas, de instintos, de corazón, tiende á la sensualidad brutal; así también la vida humana, hecha, además, de inteligencia, avergonzada de aquellas ferocidad y brutalidad, ha maldecido muchas veces de sí misma y del mundo, sin pensar que maldice la obra de Dios, porque no la entiende. El instinto fiero de la lucha, condición de la existencia de la especie entre las demás especies; el instinto animal de la sensualidad, razón de la especie misma, y la inteligencia, son, pues, tres cosas esenciales y aparentemente contradictorias de la vida, cada una de las cuales parece impulsarla en una opuesta dirección, y á las cuales, sin embargo, no les falta más que armonizarse. Todos tienen razón, los que se abandonan á los instintos contra la inteligencia que parece detestarlos, y los que, confiándose á la inteligencia, torpemente los detestan; y, sin embargo, ninguno tiene la razón. Aquéllos por el contrasentido de su amor á la vida en nombre de una brutalidad y una fiereza que hubieran de convertirla en algo exclusivamente destinado á nacer para matar ó morir, y cuya barbarie no necesitaría pedirle á la inteligencia medios destructores, ya que igual diese morir ó matar antes que después contra un lobo ó contra un hombre y peleando con una porra ó un cañón. Estos, por el contrasentido de su odio á la vida en nombre de la inteligencia, que querría darla destinos exclusivos en el cielo ó en el éter, sin perjuicio de estar proporcionándola progresos y comodidades materiales que aumentan su odiada sensualidad, y defensas y civilizados adelantos que acrecen su fiereza aborrecida. Quiere esto decir que mientras subsistan los contrasentidos de la vida, será un contrasentido la civilización, la tendencia al humano progreso material que la inteligencia realiza, completamente innecesario para el cielo, y no puede por menos de querer decir también que sólo cuando la inteligencia (como siempre y á pesar de ella hácelo su obra) se vuelva hacia aquellos instintos fundiéndose con ellos..., la vida misma, integrada, quedaría capacitada para considerarse como un armónico tesoro. ¡Sí, Rocío...! Unicamente la inteligencia, cayendo á la sensualidad y ennobleciéndola, puede hacer que la sensualidad se alce convertida en sentimiento de amor que á su vez la impregne de ternura, de caricia; y únicamente de la fusión del amor intelectuado con la enamorada inteligencia surge la piedad capaz de hacer que las entrañas sepan decirle á la inteligencia que todas las sabidurías sin amor no son más que crueles é inútiles orgullos, y de hacer que la inteligencia sepa agradecerlos á las entrañas que sean el veneno de la vida que á ella misma la engendra y perpetúa para que en vez de odiarla la guíe y la ampare generosamente con su divino resplandor.

Estrecho más á la bella vida que me escucha con el corazón y con el alma, y prosigo—cierto de que me entiende de inmenso modo y de que igual pudiese ella proseguir:

—¿Comprendes ya lo que representa la piedad...? Toda la incoherencia de la Humanidad á lo largo de los siglos se encuentra informada por esa tenaz y lamentable irreconciliación de los tres elementos esenciales de la vida Hay una historia profana del mundo, como hay una Historia Sagrada, y si en la una lo instintos que por naturaleza nos hunden en la animalidad, aferrándonos al amor de la vida no han acertado, por equivocación á la vez en su abandono, sino á que la vida salte desde la perversiones sensuales de la paz á las destrucciones de la guerra, que algunos llaman purificación (¡extraño modo de purificar la vida hundiéndola en la muerte!), en la otra la artificiosa creación de códigos morales depreciadores de la vida, y de religiosas piedades y virtudes que habrían precisamente de fundarse en tal desprecio, no han logrado impedir que continúe la vida debatiéndose entre sus crueldades de la guerra y sus abyecciones de la paz, cuando no por propio influjo provocando las más sangrientas matanzas con las guerras más crueles. Es que la vida, indestructible y poderosa con sus alientos de lucha y de sensualidad y de espiritualidad, rectifica siempre á cuanto en vano intenta cercenarla ó deformarla, derrumbándole sus aislados absurdos con un simple desperezo; y por eso la piedad, y sólo la piedad, conciencia y sentimiento de su plena integración, al concederles desde la armónica fusión de todos ellos su armónico valor á cada uno, será la fuerza, que en lo porvenir rectifique el tremendo error de los que, á su vez rectificando á Dios, creen que no se pueda amar á Dios amando al mundo en los altares de la Vida; será la fuerza que rectifique el tremendo error de los que no pueden creer que la humana vida sea una cosa divina de carne y alma que debemos adorar como el único bien recibido del Dios que quiso crearla así para el reino de la Tierra, pedazo ó estrella más de su infinito reino de estrellas, de su infinito reino de amor del Universo..., y será la fuerza, en fin, que rectificando el terrible error de los que al obedecer á la Naturaleza en su ley de lucha no aciertan á verla otra finalidad que la ferocidad y la destrucción, le dé á la lucha el sentido racional del triunfo, el sentido racional del gozo de lo conquistado noblemente. ¿A qué ni para quiénes, si no, triunfos ni máquinas, ni sabidurías, ni civilización, si lejos de subordinarse al dominio soberano del hombre que los crea hubiesen eternamente de servir para su muerte...? Sí, sí, ¡oh, sí Rocío...! Luchó ya demás la Humanidad, tiene ya sobradas máquinas, sobrados medios para constituirse inteligentemente en el gozo de la victoria de sí misma, definitiva, garantizándola en su reinado absoluto del cielo de la tierra contra toda clase de barbaries, y á la civilización de la mecánica, que nos concedió tantos prodigios, le falta solamente completarse con la civilización del corazón. Ceda un poco por todas partes la inteligencia en su manía de los talleres, de las fábricas, de los fríos gabinetes de los sabios, de la yerta pequeñez cerrada de los templos, de donde sale el odio porque se adoran imágenes del hombre en vez de adorar al Alma Universal en el misterio de la sagrada inmensidad de la creación; caiga al altar del corazón, á la beldad de la mujer, tan excelsa que la propia inteligencia no supo encontrarles otras formas á Venus y á María..., y en las entrañas mismas de la carne, que dicen que es bestialidad y sensualidad, hará nacer la piedad, y por todas partes, también, y en todos, como en nosotros, porque supimos besarnos con fervor igual en la frente y en la boca, surgirá la piedad, que no es más que el amor tendido á la Humanidad entera desde las entrañas, y que más fuerte que todas las crueldades le impondrá al mundo alguna vez la religión divinamente humana de la Vida, que está tan bella, en tus labios y en tu frente!