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Sí sé por qué: Novela

Chapter 9: VII
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About This Book

Un narrador aquejado de neurastenia emprende un viaje marítimo y se ve forzado a la convivencia con compañeros que alternan la jolgorio y la franqueza con la incomprensión. Entre cenas, conversaciones sobre mujeres y sucesos de prensa y las vistas del mar, surgen meditaciones sobre la piedad frente al sufrimiento humano, la angustia existencial y la tentación del suicidio, así como la tensión entre una sensibilidad extrema y la banalidad social. La narración combina introspección y observación social, mientras la noticia de un escandaloso crimen en la prensa introduce un elemento de intriga y juicio público en la experiencia del protagonista.

—Marte está allí, aquél de brillo rojo; y aquél Mercurio; no se ven por este lado más planetas. Venus sale á media noche. Mire, vea: Cástor y Polux; á la izquierda, Alderabán; allá Rigel, en el cinturón de Orion; en la Lira, Vega; y luego, por todo éso, Enif, Antarés, Sirio, que es azul y que titila; Altair..., Sirrach..., las Pléyades...

El asombro de esta familiaridad con los astros impídeme continuar mirando el firmamento, para fijarme en Rocío; al advertirlo, se recoge ruborosa, dejando de indicar. Sonríe con una ideal sonrisa que Júpiter alumbra.

Maravillado de la niña que sin conocer el mundo en que vive conoce los mundos con que sueña, se lo manifiesto así, y suspira deliciosa:

—¡Las estrellas son amigas mías!

¡Ah, sí! Por eso, porque Rocío, hasta por su nombre, es algo del cielo, es algo de ángel o de estrella, es algo del espacio, una mañana, que en nuestro despertar de almas tardó en salir, tuve la impresión de que al alba le faltase algo tan del alba como Venus ó un celaje..., tuve la impresión de que se hubiera perturbado el Universo.

—¿Dónde aprendió usted—la pregunto—los nombres de sus amigas las estrellas?

—¡Oh!... En Nueva Orleans; en el colegio.

—Pero en los colegios, en los libros, esas cosas se aprenden... y se olvidan.

Cruza á la colegiala una evocación de melancolías, y añade con dolorosa timidez:

—En mi colegio de Nueva Orleans había una alta terraza adonde me gustaba subir sola por las noches; á fuerza de mirar las estrellas quise conocer sus nombres en una carta de la clase. ¡No sé, muerto mi padre, creía que pudiéndolas nombrar estaba yo más cerca, estaba él menos lejos!

Esta vez, con el talento de la joven, me sorprende su ternura. Siento una enorme gana de decírselo, y ante el nuevo silencio de ella me violento por no hablar.

Mas no logro dominarme.

—Rocío, no puede imaginar en cuántas ocasiones he estado tentado de decirla, de la diafanidad profunda de sus ojos, algo que no es precisamente de sus ojos, que no la he dicho por miedo, y que ahora, sin embargo, digo á usted: que tiene usted mucho talento.

—¡Ah!

—Mucho talento y una gran sensibilidad.

—¡Oh, gracias! Y... ¿por qué no quiso usted decirlo?

—Por miedo..., por miedo de parecerla un fatuo.

—No comprendo.

—Pues, sí. El reconocerle expresamente á otra persona cualidades estimables, y, sobre todo, cuando á la inteligencia se refieren, implica para el que lo hace una especie de afirmación de superioridad, una como tácita reclamación de reciprocidad y gratitud.

Ríese leve, con una de sus carcajadas arpégicas. Yo persisto en aclararla mis ideas.

—Fíjese; si tras de elogiarle á alguien su alta inteligencia, él, sincero, nos replicase ó siquiera nos dejase sospechar que no le merecemos igual concepto, ¿no rectificaríamos inmediatamente tachándole de tonto?... Luego elogiar á una mujer por sus méritos mentales es más peligroso que florearla por sus ojos..., porque no es, en rigor, decirla: «¡Qué inteligente es usted!»..., sino: «¡Vea, vea lo inteligente y perspicaz que soy, que acaso yo sólo puedo comprenderlo!» Perdóneme, pues, si á esta flor que á mi pesar acabo de ofrecerla, no acierto á quitarle matices de vanidad que me sonrojan.

Vuelve á reír la colegiala, la niña que tiene dentro una mujer, y exclama, al retirar su intensa mirada del fondo de mis ojos:

—¡Es usted sutil!

—¿Lo cree?

—Indudablemente.

—Bien...; no sé si dar á usted las gracias, porque ignoro hasta qué punto no sea ello un defecto.

—Cuando menos, un castigo.

—¿La sutileza?—inquiero yo, que soy quien ahora, no comprende.

—La sutileza. Para quien la posee y para quien habla con el sutil. Por ejemplo, sus razones, innegables, arrojan sobre mí, porque le escucho, porque le contesto, porque le reconozco una cualidad, el recelo de «reciprocidades».

—En el sentido de que también sería usted sutil, al entender de sutilezas.

—¡Claro!... Y note usted, Adamar, que de tal modo fuese imposible conversar de nada, de absolutamente nada, sin estarle advirtiendo á cada frase designios de inversión.

—Por eso, quizá, Rocío, habla usted poco.

—Es posible. Como usted.

—Porque tienen las almas fronteras de desconfianza y de malicia.

—Exacto—me concede—. Y el ideal fuese poder decirlo todo de alma á alma, desde lo nimio hasta lo enorme, sin malicias ni recelos.

¿Qué horizontes de luz clarea, al decirme esto, la vida de aparente paz de la criatura?... No lo sé. Tomada de recóndita tristeza, pónese á juguetear con la medalla de la Pura que pende en su garganta. Seducción de misterio divinamente humano para la torpeza de mis ojos, que no saben penetrar lo que, como en mí, en el destrozado por todas las brutalidades y rigores del mundo, con ansias perpetuas de expansión y con condena de perpetua inconfesión pudiese también guardar de «enorme» la niña ruborosa. ¡Oh!, pero la torpeza de mis ojos la ve entera palpitar; el corazón me grita, al menos, que su ansia de cándidas sinceridades difíciles es la misma que mi difícil ansia de sinceridades miserables, y en otro impulso de vehemencias, y en la creciente admiración á su espíritu exquisito, cierto de que nada podrá quedar fuera de la comprensión de ella, le pido á la mujer que ocultábaseme en el ángel:

—¿La placería á usted poder hablar así... conmigo? ¿Ser mi inmensa amiga del alma siempre, siempre... siempre?

Y tiemblo, en seguida. He sido imbécilmente impetuoso. A la rara mariposa que estaba oculta en la crisálida, tímida de todos, por nadie sospechada, quizá ni por su madre..., la he asustado. Rehácese en un suspiro que es casi un sollozo, y tornada á la faz la inconsciencia indiferente de la niña, con su grácil andar de minué se vuelve á la tertulia de su madre y de los curas.

Yo, como si me hubiese quedado un rayo de la luz etérea de su alma en proyección á los abismos, sigo contemplando el fulgor de plata que Júpiter derrama por el mar.

VI

No sólo porque les iban saliendo caras (cuentas terribles, en el bar—de champaña, chartrés, jamón, cigarros turcos), sino también porque los trasnocheos con trueque final de camarotes tomaban proporciones de escándalos, acerca de los cuales les hubo de llamar la atención el capitán, mis amigos abandonaron á Placer y á Eyllin hace días.

Pero á las que por sorda imposición de las damas honorables y orden del sobrecargo fueron expulsadas del comedor, ahora, á la semana, casi las reverencian las damas honorables. Así, para oirlas cantar, el pasaje entero está recluído en el salón. A iniciativas de Lambea se ensaya la magna fiesta con que se solemnizará el paso de la Línea.

La cupletista española y la francesa actriz, luciendo sendos anillos que antes fueron del attaché y del dramaturgo, comen y cenan con dos jovencitos bonaerenses que las han tomado á todo lujo de restorán y de cautelas nocturnas; y con los demás, con las damas y señores honorables, gracias á la necesidad que parece haber habido de su artístico concurso, se tratan muy compuestas de burguesa dignidad el resto de la tarde. Las señoras envidian sus joyas é inquieren qué sastres de París las hacen los vestidos...; las encuentran gentiles y simpáticas..., no menos que al húsar y al cónsul, que declamarán poesías y galantean á las hijas de un rico personaje (el que dió mil pesos para la rifa de la Virgen), y no menos tampoco que á Victoria, de quien es la honesta obra teatral que se va á poner en el festejo.

Hemos comentado estas cosas Rocío y yo. Para la «buena sociedad» importa poco la cruda realidad de dos descocadas artistas y de un célebre autor, si el uno sabe ser casto en sus comedias y todos, en el oportuno instante, disfrazarse bien de hipocresía. Recordando el cuento Boule de Suif, de Maupassant, la he referido su asunto..., atrevido para la niña, pero lleno de nobilísima ironía para la mujer excelsa que en la niña, menos á mí, se le sigue ocultando á todo el mundo.

Y la niña ó la mujer que está leyendo junto á mí, me pregunta divagadora, de improviso:

—¿Conoce usted Buenos Aires?

—No.

—Dicen que es una ciudad hermosa.

—Creo que sí.

—¿Lleva usted ganas de llegar?

—No. ¿Y usted?

Me mira dulcemente; aparta luego los ojos, sonríe y dice:

—Tampoco. El mar me encanta. Debería perder el rumbo el buque y tenerme en esta calma deliciosa no sé cuánto tiempo.

A pesar de que con el ademán indica la extensión azul, donde empieza á declinar el sol tras un espléndido celaje, en la dedicación de su mirada quiero entender que no es completamente ajena mi amistad á su calma deliciosa.

Estamos sentados en el abandono de la cubierta. El P. Reims y el P. Ranelahg, consagran á sus oraciones esta hora, por la otra banda, y Leopolda, la madre de Rocío, dormita, mareada; al contrario que á su hija, el mar, aunque apacible, cáusala gran daño. Es una enferma que nunca puede andar á bordo con el total dominio de sí misma; apenas si medio echada en el canapé, y con el socorro de las sales y la brisa, logra conversar algunos ratos. La temperatura la sofoca, según nos vamos acercando al Ecuador. Y esto acaba de explicarme la «tertulia sin tertulia», el ansia de expansiones de Rocío en sus paseos matinales por el buque, y la sistemática ausencia de ambas en los conciertos, en los bailes, en cuanto signifique reclusión del aire libre.

Cantan otra vez, con voz más armoniosa. Es la actriz de la Cigale. Vuelve Rocío á interrumpir la lectura del Kempis; yo también dejo caer mi libro, y unida la atención en el lejano canto, parece sentir mejor la indolencia de nuestra mutua compañía, de nuestro ya hondo afecto fraternal.

Porque, sí; sin necesidad de una expresa aceptación por su parte, que hubiese implicado la de una especie de amorosa declaración impertinente por la mía, Rocío y yo vamos llegando á la franqueza ideal de las almas hermanas que se lo dicen todo sin recelo.

Hablándola una vez de mi soledad, de la espantosa soledad que me tiene en medio de la barbarie del mundo sin amigos, sin afectos, la he evocado mi infancia provinciana y mi educación en el hogar á la antigua de mis padres,—que me apercibían tan bien para una vida de cariños como mal para el áspero Madrid que en la horrenda libertad de mi orfandad y mi juventud había de recibirme. Rezaba antes de dormir, al confesarme temblaba de fervor, escondiéndome echaba casi todo mi dinero en la mano de un mendigo y en los cepillos de la Virgen, y muchas noches, pensando en los niños que tendrían frío y hambre mientras yo gozaba la caricia de mi lecho, por sufrir por ellos siquiera un poco, como Cristo, hasta hacer brotar la sangre clavábame las uñas en las manos.

Oyéndome, se le saltó á Rocío una lágrima; y hube de añadir:

—Nunca hubiese sabido nadie ésto..., porque hay cosas del eterno niño que no puede confesar el hombre sin rubor..., y no sé por qué sin rubor á usted acabo de decírselo. Quizá porque sea niña también.—«O porque para decirlas, si hay á quién decirlas—comentó—, hagan falta además estos infinitos reposos del mar y de los cielos.»—Y enjugándose los ojos, asimismo sin rubores de dejarme ver cómo lloraba, me habló á su vez de su aún más espantosa soledad..., porque es la soledad de una chiquilla presentida desde antes que el vivir la llegue á ofrecer sus ilusiones. Si la mía está al lado acá del desengaño, la suya está sencilla y horriblemente enfrente del dolor, junto á una madre afecta desde hace mucho tiempo de un mal que limitó su voluntad, y la cual, lejos de dárselos á ella, necesita sus amparos. El padre la educó también en la religión de lo delicado y de lo bello; mas no permitiéndole luego sus viajes y negocios continuar consagrándose á la adorada hija, con aquel germen de purezas en el corazón tuvo que enviarla á la vida no tan noble de un colegio donde la niña de bondad empezó á sentirse herida por las pasiones infantiles de otras niñas. Había salido de la fe y la recogió la doblez y la falsía: porque estaba triste, se le burlaban y no querían jugar con ella las alegres; porque era seria, la tachaban de orgullosa; porque estudiaba é iba á confesarse con fervor, sin esperar cartas de novios por las tapias, las demás pensaban que descubríalas á las madres, y poníanla hortigas en el lecho... Confirmando así del modo más cruel, puesto que veíanlo sus ojos en juveniles almas, las prevenciones de maldad que su padre habíala repetido tanto acerca de las gentes, la ganaban más y más los miedos á la vida que, ya su padre muerto, acecharíala indefensa.—Por eso mira ella los mundos del espacio, y por eso en los santos libros y en no sabe qué aislamientos quiere poner su esperanza de otros mundos.

No me lo expresó completamente; pero sus palabras, sus hábitos, sus lecturas y su simpatía hacia los dos viejos sacerdotes, dejan comprender que no acaricia otra esperanza que los cuidados de su madre, mientras viva, y después la clausura de un convento.

Desde entonces, idénticos nuestros seres y nuestras penas, y tan distintas en su misma semejanza nuestras desesperaciones (la mía desgarrada por todos los desengaños y manchada por todos los cienos del vivir, la suya sublimada por todas las previsiones de la delicadeza aun antes de haber vivido)..., cuando la hablo, á la vez que envidia, siento el miedo de que mis pensamientos de mundana queja lleguen á turbar la fe con que ella al menos se fía al último consuelo de entregarle intactas á Dios las purezas de su alma.

Sólo con mirarla, sin embargo, una amargura se me ofrece—puesto que no va ella por una suave y mística atracción directa al amor de Dios..., sino por amparo, por refugio, por dolorosísimo rechazo de los amores de la vida, que la hace adivinar innobles el instinto de bondad. En esa misma amargura recojo la suficiente tranquilidad para no apartarme de su trato al modo de un infestado peligroso á quien le queda siquiera la conciencia del daño que puede producir. O mostrándola la sinceridad de mis dolores, de mis arrepentimientos del pasado bruto, soy capaz de brindarla en mí mismo la prueba de la no imposibilidad de encontrar otros hombres nobles como yo, como mi padre, como su padre, para librarla un poco de la horrenda persuasión de haber nacido á un mundo de belleza que por maldición no fuese más que infierno..., ó reposando en su fe de ángel las negruras de mi enorme pesadumbre yo me limpiaré de ellas y llegaré también á ser un poco ángel. El juego de nuestra redención está entablado con lealtad igual desde la tierra, desde el cielo... ¡Cuán poco importaría que lo ganase ella, ganándome para otro convento, al pie de su convento, donde hubiera de seguirse hablando nuestra fraternidad por la oración de metal de las campanas!

Y me estremezco de pronto. Terminado el canto de Eyllin rato hace, el sarcasmo que preside mi existencia, entre trágica y ridícula, complácese en romperme las etéreas ilusiones: la orquesta de zíngaros ha comenzado á tocar El conde de Luxemburgo...

Es el vals de mi obsesión, de mi bufo y brutal martirio, tantas veces clavado en mis sesos y repetido en los antiguos insomnios de mis noches. Desde que embarqué, no había vuelto á oirlo. Me aterra su cadencia, su nueva imposición, como la de una tortura de burla maldita que yo habría dejado en tierra, y que en mitad del mar se me aparece, porque, minúsculo y alado Mefistófeles, hubiese venido persiguiéndome tras el buque con las aves. Acométeme el impulso de escapar adonde no pueda escucharlo, y me contiene la sorpresa... ¡No! ¡No! Pasado el horror del ímpetu primero, advierto que lo escucho, que lo soporto, sin que vierta hiel el temblor de mis entrañas... Soy ya, pues, el hombre que duerme y come, el hombre fuerte, libre del estúpido desequilibrio de mis nervios..., y trato de serenarme ante la bella hermana que advirtió mi sobresalto.

Pero éste ha sido tan manifiesto en el impulso de fuga que hubo de incorporarme en el sillón y en la expresión que me había anublado el rostro, que ella me pregunta:

—¿Qué tiene usted? ¿Qué le sucede?

Me está observando, y sufro la vergüenza de un chiquillo que para contestarla debiese declarar sus cobardías.

—¿Qué tiene usted, Adamar?

Continúa observándome, piadosa, y sufro el bochorno de un vil que para responderla debiese desvelarla sus engaños.

Porque, ¡ah!, la odiosa sonatilla está ligada al tiempo en que más se ahondaron de mi mujer á mí los abismos del olvido. Debo empezar confesándole á Rocío que... soy casado.

Una montaña de indecisiones complejísima me impide semejante confesión; y repentina y miserablemente resuelvo falsear un poco la verdad, antes que renunciar á las «sinceridades con la hermana»; antes, al menos, que esquivarle el fondo de mi confidencia de dolor á la que se ha establecido el derecho á ellas con las suyas.

E interroga á su vez el farsante en el sincero:

—Rocío, ¿conoce usted por algún momento de su vida la fuerza evocadora de la música? ¿Guarda su alma algún ritmo que la recuerde intensas cosas de su infancia, de su padre, del colegio?

—Tal vez.

—Tristes ó serenas cosas, ¿verdad?..., é implacablemente unidas á la memoria del oído con plena independencia del posible inverso valor del ritmo musical que las incrusta. Pues ese vals que tocan los zíngaros, ligero, baladí, encanallado además por su populachería, levanta en mí el recuerdo de la tragedia de ilusiones más grande que pudo sufrir un corazón.

—El de usted.

—El mío.

Brilla en sus ojos bajos la curiosidad, y con voz trémula y velada me incita á proseguir, diciendo:

—Tan grande, que sólo el recordarla aún parece impresionarle de tal modo!

—Tan grande—insisto—, que aquel desastre, que únicamente pudo ser contemplado por mi propia compasión, selló para siempre mi lúgubre destino.

Marco también un silencio, á fin de concentrar mis emociones, á fin de ponerlas con la posible verosimilitud los frisos de mentira, y continúo:

—Hubo una mujer á quien yo adoraba lo mismo que adoré á la Virgen cuando niño. Era rubia, y se llamaba Laura. Era mi novia, y en el hogar de sencillez que soñé con ella puse mi afán de redención. Mas era al mismo tiempo, quizá, demasiado joven, demasiado inocente con su cándida alegría en medio del espectáculo del mundo, al lado del amargor de mi tormentosa experiencia casi infame, y muchas veces, Rocío, mirándola sonreír al embeleso de un lazo ó un adorno, ajena á las recónditas tristezas que no podía comunicarla, yo, que peregrino maldito llegaba á ella como á otra humana Virgen que me hubiera de salvar incluso del sacrílego olvido de la que veneró mi niñez en los altares, sufría el temor, en verdad, de verla demasiado niña, demasiado pura para mí.

Rocío me mira, y no puede menos de extrañar:

—¿Demasiado pura!...

—Sí—contesto decisivo—; y con tanto miedo temía eso el que conocía, toda la impureza..., que, ¡yo no sé, Rocío!, á ser posible hubiese mi deseo cambiado á aquella niña por otra con alma de arrepentimiento y de amargura que asimismo, al ser santa de nuevo, hubiera sido, sin quererlo, incluso infame.

—¡Oh!—exclama horrorizada Rocío, cubriéndose los ojos.

Pero se domina, y no la queda más que un poco de ansiedad para decirme:

—¡No comprendo!

Y como el susto de su bondad la ha puesto tan divinamente bella que por contemplarla pierdo la noción de lo que hablo, ella me dice de indefinible modo:

—¡No le creo á usted, Adamar! ¡No puedo creerle!

¡Ah!

¿De qué es su gesto? ¿De reproche? ¿De asombro, simplemente?... Incapaz de discernirlo, me doy cuenta, nada más, de haber rebasado en mis franquezas el límite de las comprensiones de la mujer niña, de la mujer ángel...; sino que como esa franqueza es la menos innoble de las que le estoy mezclando con mentiras, no quiero cometer la nueva cobardía de retirarla.

—Se lo juro á usted por mi honor; se lo juro por mi madre: antes que de tanto infantil candor irreflexivo, habría querido á aquella alma, en santa regresión hasta de lo infame y lo perverso.

Severa mi actitud al formular el juramento, y enorme la emoción que á ella le causa; derríbase al respaldo del sillón, y vuelve á cubrirse los ojos con la mano. La enormidad, si lo ha sido, está hecha. La un poco inconsciente temeridad que acaso haya de apartarme de esta hermana como un indigno monstruo, y con harta más razón que la para ella, al fin indiferente noticia, de si soy ó no casado, queda entre los dos irrecogible.

No me resta otro recurso que explicarla, y lo intento:

—Laura, mi novia, habría formado una vez más el vulgar y constante absurdo de todos los matrimonios, y conmigo de un modo singular: ella, no siquiera pensativa y triste como usted, inocente, confiada, tan ganosa de mi amor como del fausto de Madrid, tan ansiosa de parecerme bella y buena como de parecerlo á los demás, ignorante siempre del alma de aquél con quien habría de formársela á sus hijos, y entregada siempre más de la mitad al exterior, á las perfidias de la vida...; yo, taciturno y arrastrando solo el peso de mi miseria inconfesada, ansioso de noblezas y ternuras infinitas que únicamente pueden saber bien los mártires del dolor y de lo horrendo, deseoso del retiro eterno de un campo bajo el cielo y entre flores y entre aromas del amor..., y así, ella, yo, los dos juntos, condenados al mortal tormento de la mutua incomprensión de sus almas y sus vidas. A tiempo, y por suerte, la catástrofe moral que el frívolo vals me evoca... vino á evitarlo.

Guardo un digno silencio esta vez, y espero. He dicho lo bastante para merecer la maldición ó el perdón de la que escucha torvamente.

Y la que escucha torvamente, sepárase, por último, de los ojos la mano, gira lenta la cabeza y me sonríe. ¡Sonrisa que me abre rosados fondos de la gloria! Es mi hermana, y puede y quiere no dejar de ser mi hermana.

—¿Me cree usted ahora?

—¡Sí!

—¿Y me comprende usted ahora?

—¡Sí!... Prosiga su evocación.

La obedezco. Pareciéndome, no obstante, que en esta incidencia de lo que proponíame referirla ha querido el azar que se concentre la mayor vibración que pudiera sacudir de hondas compasiones á la miseria mía el alma de la buena, pierde interés en mis zozobras lo demás.

—Iba á ser el Carnaval—digo, dispuesto á abreviar los recuerdos de martirio—y mi novia y yo, para casarnos y empezar á realizar la dulce existencia de aislamiento, teníamos apercibida una campestre instalación, lejos de Madrid. Todas las fiestas de multitud gozan la propiedad de entristecerme, y el Carnaval la de infundirme casi el odio. A tal tristeza, y en la angustia de lo que presentabáseme inminente, sumábase la que me llenaba el corazón con la íntima desconfianza de poder nunca reducir en mis ensueños de felicidad recóndita á la cándida aturdida, que, contra mi aprobación, y á pretexto de que «sería nuestra última diversión de solteros», se obstinaba en que concurriésemos los dos en una carroza de máscaras al tumulto de locura. Me negué; la expresé mi pena por su intención, siquiera, de robárseme á la idealidad en aquellos días..., y ella, mi novia, enmudeció y aparentó acceder pasivamente..., sin perjuicio de hacerme ver poco después entre las galas blancas del ajuar el disfraz de colorines. Enviado de París, y precioso, á juicio de la pobre alucinada, por dos días más se consagró á retocarlo en una absorción que no la consentía ver cuanto la apartaba de mi anhelo..., cuanto en cambio yo veía á la virgen amorosa transformada para siempre en arlequín... A fin de no turbarla la hipnótica alegría con mi tortura, no volví durante las cuarenta y ocho horas que aun debía esperarla la carroza de su triunfo.

—¡Oh!—hace leve Rocío en un lamento que es sollozo—. ¿Y ella?

—Ni se dió cuenta de una ausencia que yo mismo ignoraba entonces que había de ser de eternidad. Lo supe, cuando vagando á la siguiente noche en el vacío como en torno de la blanca muerta de ilusión, á través del Carnaval las lágrimas del alma me llevaron á querer mirar algo así como su entierro. Era el momento del desfile por la calle de Alcalá. Yo estaba en la terraza de un Casino. Todo vértigo y todo confusión. Orgía de estruendos y de lumbres. La muchedumbre estrujábase en una demencia del infierno. Por las aceras, la negra reptación de dos sierpes de entrañas monstruosas cuyo aliento ahogaba con igual escándalo de gritos el gemir del niño atropellado y el reír de la púdica ultrajada..., y sátiros y bestias y mendigos con careta y cascabeles que hendían la compacta masa á rugidos y codazos. Por el centro, entre el relinchar de los caballos y el bullir de las comparsas, los coches y los autos con sus racimos de pierrots; las carrozas avanzando lentas con su carga de locura y la multícroma explosión de sus antorchas. Batalla de rabias y alegrías muy lúgubres, en que se cruzaba la carcajada del insulto con el puñetazo del confetti. Tocaban y cantaban canallamente ese cadencioso vals de El conde de Luxemburgo, á la sazón de moda, muchas murgas de ciegos y muchos hombres y rameras borrachos que á saltos avanzaban al son de su cadencia cogidos por las manos en guirnalda. Y seguían, seguían cruzando las carrozas. Y seguía, seguía mirándolas la seca fiebre de mis ojos. Vieron una, de improviso, en un resplandor de talcos y bengalas rojas, más grande que las demás, más payasescamente suntuosa, en su trono de flores de papel, y sentí un horrible frío, y sentí que la sangre se me helaba en la impía burla del escarnio: mi novia, la idolatrada de mi corazón, sin pensar siquiera que el dolor mío pudiese contemplarla, sin querer adivinar que me estaba asesinando su báquica alegría, despeinada, arrebatada la faz, descompuestas las sedas de su traje... horrible, horrible, horrible toda ella, inclinada al barandal ante unos que alargábanla copas de champaña, en un frenesí de risas le arrojaba serpentinas á otro coche.

Se hace tétrico mi acento, y continúo como en un eco de la cruelísima emoción..., de una emoción cuya total intensidad no puede apreciar Rocío, porque era mi mujer aquélla de la cual la estoy mintiendo que no me fuese más que prometida:

—Iba bella, con una desgarrada belleza tan extraña, que iba horrible, horrible... La maldita visión duró delante de mi angustia unos minutos..., y... cuando se perdió...

La pena me interrumpe. Rocío me excita:

—¿Qué?

—¡Nada!... Mi persuasión de cómo podía morir algo muy grande de una carcajada... y la cadencia canalla y ondulosa de ese vals lanzando siempre á la multitud en su rítmica danza de estruendo y de sarcasmo. Yo seguí mirando la confusión de bacanal como un hombre en la agonía abandonado de mi hermana, de su madre, de su Dios... porque en Laura habían puesto las ansias de mi vida todo eso.

Quiere Rocío saber más de Laura; va á preguntarme, y esta vez oblíganos á callar Lambea, que se nos acerca.

Es la hora de comer.

El ensayo ha concluído. Desde el salón dirígese al comedor todo el mundo.

Ya en nuestra mesa, distrae mis penas el marino. Los arreglos de la fiesta le traen atareado. Me cuenta que por segunda vez han ido en comisión él y unas señoritas para rogarle al negro que concurra con su violín maravilloso. Se niega el negro. Le está poniendo el pasaje como un trapo. Además de gran maestro es descortés; no le gustará tocar de balde ó no juzgará lo bastante selecto al auditorio.

Sin embargo, discúlpale Lambea. Da miedo de verle. Viene muy enfermo y derrotado el infeliz. Apenas se alimenta ni sale de un rincón del fumadero.

Refiéreme en seguida noticias radiográficas de hoy, inadvertidas para mi abstracción de solitario, aunque, según parece, no se ha hablado de otra cosa á bordo en todo el día. La condesa de Montsalvato está presa, al fin, en Nueva York; y su amante, Jacobo Vanska, cuyo proceso continúa en Roma, se exculpa, lanzándola las responsabilidades: ella sería la que le provocó impudente al adulterio; ella la que envenenó al conde y la que le estranguló al ver que el tóxico le prolongaba la agonía...

Una inicua mujer vulgar, en suma, que no sé cómo á nadie pueda interesarle de tal modo. Sin embargo, á creer á mi amigo, con su prisión se la librado de un gran peso el mundo elegante del Victoria Eugenia. Ahora se aguarda con nueva ansiedad el día en que, retornada á Italia, haya de ser confrontada con el miserable cómplice que le acompañará á la horca.

VII

Tornan los prestigios mágicos á mi alma y mis sentidos. El nombre de felicidad le sería tal vez demasiado á la calma que me envuelve; pero duermo intensamente en pocas horas y despierto siempre en las plenas agilidades de la vida. Todo me causa un sencillo bien, cuyo halago me penetra: la limpidez del aire, la amplitud del mar, el nácar de estas albas..., que una insaciable ambición me impulsa á buscar más temprano cada día. Cada noche, podría decir. Hoy aún brillan las estrellas. Si Rocío es algo del mismo amanecer, yo soy algo del halo de una adoración satélica que anticípase á esperarla.

Para no turbar mi bien, únicamente me veo forzado á no pensar en el término de este viaje que me impone la contradictoria sensación de su fugacidad y su eternidad al mismo tiempo. Cuando lo pienso, la hora cruel en que la niña hermana y yo hayamos de separarnos háceme temblar como la del nuevo tránsito de lo celestial á lo maldito.

¿Me engañaré?... Acaso el milagro de ventura sea obra del mar, y la niña, que tan distinto de mi camino habrá de seguir el suyo, sólo represente un encanto más en mis renacidas ilusiones. De todas suertes, la gratitud por el descanso que la debo me arrastra á su avidez. Cae su camarote opuesto al mío, también sobre cubierta, en esta banda. Duerme, y vengo á robarla los ensueños del dormir..., como la robé el pañuelo, como la he robado la medalla de la Virgen, como la voy robando secretos de la conciencia poco á poco..., y como la robaría el espíritu, llevándomelo en reliquia de ideal, si pudiese ahora, vampiro excelso, deslizarme hasta el aliento descuidado de su sueño y respirárselo y agotárselo sin tocarla.

¡Bella muñeca dichosa, que ya lejos vivirá de mí, ignorando quién la habría apagado el alma en la luz verde de los ojos!

Pero... me presiente su alma, su vida, que no quiere morir..., y ha despertado y ha venido á descorrer la cortinilla azul en la ventana. Sorprendido al pie, me quedo inmóvil. Acaríciame una oleada de las finas esencias de un nido de mujer, porque sólo permanece corrida la persiana tras la abierta vidriera, y una vez más se me confirma cuán cerca de lo espiritual está lo sensual, hasta en el ángel que más ángel pueda ser sobre la tierra.

La imagino en su desnudez de gasas leves... delante de los pomos del tocador ó del baño, cuyo grifo suelto empieza á sonar en catarata... Casta mi veneración á la estatua de purezas hecha por Dios con carne de la gloria...; pero huyo furtivamente, de improviso..., no sé bien si porque la sola idea de la traición á ella y á mí propio me abochorna, ó porque hacia la proa surgen los marineros del baldeo que con el purificador torrente de sus mangas, como á un ladrón, me arrojarían de donde mora la nobleza...

Busco en la borda el refugio de una azoteílla medio cubierta por los cordajes de un bote. Magnífico balcón sobre el mar. Encima, la densa humareda del buque y las estrellas que empalidecen. Apenas una línea de rosada palidez frisa en el Oriente la alborada; y es sobre el color de alma de las olas tan limpia la pureza que sucede á la noche, que la humana visión de la angélica desnuda se me borra en la visión de la blanca angélica vestida que pronto vendrá á reafirmarle á mis ojos el éxtasis de paz.

Debemos ir navegando no lejos de alguna costa, porque las gaviotas siguen al buque, volando sobre la estela y bajo el humo. Paréceme adivinar entre ellas el minúsculo alado Mefistófeles de mi obsesión, y yo soy al fin quien ríe de su impotencia, para atormentarme con la maldita musiquilla. Cuando recuerdo el vals ó se lo escucho á los zíngaros, sólo me suscita un problema de presente: «¿Por qué al contarle á Rocío la carnavalesca muerte de Laura en mi corazón..., no la dije que es Laura mi mujer?»...

Lo ignoro todavía. Me atrevería á jurar, sin embargo, que, más que el egoísmo de un bajo engaño, hubo de impelerme á mentir la cobardía de no haberla empezado con ésta, la mayor, la confidencia de mis penas. Tarde la noche aquélla, y más ahora, á la verdad, puesto que el espíritu capaz de fraternizar inmensamente á la sola advocación de lo desinteresado y de lo inmenso, no pudo el mío sospecharlo en la chiquilla á quien, únicamente buscaban mis ojos como consuelo de candor y que á su vez, en cambio, pudiera estimar que mi contrita y tardía franqueza la ocultó los designios del ultraje.

Guarde este dolor de mi farsa nuestra gran fraternidad, en el terror de trocarla por el desprecio del alma que, á pesar ó por lo mismo de su comprensión para las eternas cosas infinitas, pudiera no comprender ni perdonar las pequeñas cosas miserables. Hay alturas desde las cuales lo pequeño no se ve, y en donde aparece, si se alza á ellas, demasiado repugnante lo pequeño. Está en tales alturas el alma de Rocío..., por encima de la inocencia, por encima del candor, en la cúspide de majestuosas dignidades que la inundan de una virtud más noble que la de las inocentes candorosas.

Esa alma va entregándoseme, sabiendo bien cómo se entrega en sus alturas y en sus lumbres..., con un poco de sorpresa, nada más, hacia el noble ladrón de grandezas de las almas, que siempre la espía calladamente. Protesta, protesta de dejárseme robar...; pero sonríe después y me brinda los tesoros de su espíritu.

Cierto es que también ella me espía. La solicitud de nuestra atención es mutua. Ha visto mi llanto alguna vez, y he visto muchas veces las claras perlas de su llanto. Saber que somos capaces de llorar, no nos da vergüenza.

Así, anteayer, ella durante la misa se sorprendió porque una lágrima de su fe de adoraciones á la Virgen fué sorprendida, haciéndome sonreír de inefable modo, por mí, que también de hinojos, y casi desde un escondite, la adoraba. Poco después estaba yo en la cubierta baja, rodeado de emigrantes. Habían agotado la plata suelta en mi bolsillo; pero he descubierto, aparte de la familia del ex acomodador de la Princesa, otro interesantísimo grupo familiar que nunca pide, que forma un cuadro de conmovedora sencillez, compuesto por una joven madre ciega y dos niñas, de siete y nueve años, cuyas tristes seriedades la sirven de lazarillo de amor en busca del padre á través del Océano, y luego de entregarlas un billete y volverme para que no viesen las niñas el llanto de congoja que me producían sus gratitudes..., vi con sorpresa que Rocío, desde lo alto de la escala, devolvíame mi sonrisa de poco antes, porque estaba viéndome llorar. Juego de vanidosas humildades de corazón á corazón, de celestes represalias. Abrió la escarcelilla, sacó también un billete, y descendiendo un poco me lo alargó, y me suplicó: «—Entregádselo á esas pobres de parte de la menos generosa»...—Cuando me reuní con ella, cuando la dije quiénes eran aquellos desgraciados..., cuando la escuché decirme que no era la primera vez que enternecíala el espectáculo de mis compasiones pródigas con ellos y con otros..., una aureola de amplitud de divina humana vida la envolvía de tal manera, que no pudo asombrarme la mística sensual pureza idéntica que al pie de la escalilla acababan de recibir mis ojos admirándola en la frente la perfecta idealidad del pensamiento y al borde de la blanca falda la blanca media que ceñía la perfección de una de sus piernas avanzada en el peldaño.

Desnuda cual la imaginé minutos antes, la hubiese visto igual. Maravilla hecha por Dios, como las flores, las flores están desnudas. Hubiésela confidenciado este pensamiento de enormes castidades; pero íbamos ya lejos del dolor por la cubierta de nuestro elegante mundo de las farsas, y sólo las eucarísticas desnudeces podíamos presentarnos.—«Es usted bueno, Alvaro»—me acarició.—«Es usted buena, Rocío»—la devolví. Y contemplándonos con las bondades sin rubor en los ojos, ambos tuvimos que sonreír infantilmente á la amargura de un pensamiento mutuamente adivinado sin decirlo: el de que nos creerían «dos tontos», si nos oyesen, los demás; no comprenderían que nos reuniésemos en las matinales citas sin cita para no decirnos nada ó decirnos estas cosas.

Y un afán de no querer ser menos buena que yo, forzó á la buena, cuyas limosnas son también de santidad, porque reza indudablemente por los pobres, á desprenderse, á entregarme la medalla de la Virgen. Quería que yo se la pusiese á la ciega, con el encargo de que no se la quitara nunca. Se lo prometí y no lo cumplí. La guardo, traidor á mi pesar, porque está perfumada, la medalla de la vida de Rocío—aroma á la vez de gardenia y pensamiento. A la ciega (¡oh, su asombro!) la dí los cien duros á que puede ascender el valor de la medalla.

Robados, pues, á la que cuando me descubre ladrón en esta guisa me perdona, tengo de Rocío el pañuelo, la medalla y muchas joyas más de su conciencia. Alma rara, toda por fuera de silencio y de pueril indiferencia; toda por dentro de curiosidad y de inquietud.

Pero tiene más resplandor el mar y advierto tras de mí un aletear de mariposa. Es ELLA. Me trae la calma de todo, en su sonrisa.

—¡Hola!—me saluda simplemente, pasando á la terracilla circular que es una jaula de balcón sobre las aguas.

—¡Hola!—la saludo con la sencillez que pudiera saludar á un etéreo pedazo mío que vuelve á mí.

Durante un rato, la oración matinal de nuestras almas asomadas á los ojos préndese á la beatitud lejana de la aurora, que es rosada y que es clarísima, con una sola nube como una lanza de carmín. Y debemos, sí, cruzar cerca de costas; parece también un alma perdida la nívea vela triangular de una lancha que esfuma la diafanidad del horizonte.

—No sé por qué no habrá pintores de albas—susurrábame Rocío cuando la hechicería de luz la tiene lleno el ser—; pintores que no pintasen más que albas. Pintarían siempre lo infinito inagotable.

No la contesto. La maga posee el secreto de florecer en los espacios los halagos de la vida; y yo, que sin ella no sabré qué hacer de la mía aunque haya de seguir en mitad del piélago de ilusión de los espacios, me quedo contemplándola.

En la sensación de mi miseria invádeme la angustia de implorarla limosnas de piedad y de salvación.

—Rocío, usted, que en la mística filosofía de sus libros busca la felicidad del porvenir, y que espiritualmente sabe entretener la felicidad de su presente, ¿qué me dice de su espíritu ó qué ha leído en sus libros que pueda servir para forjarle á mi porvenir alguna felicidad?

Percibe pronto el fondo de mi interrogación, y se sonríe.

—¿No es usted feliz?

—Ahora sí, porque también el mar, como á usted, me tiene en un limbo de delicia—; pero... pronto no lo seré..., y quisiera serlo, quisiera que alguien me indicase para la soledad del mundo el programa de una existencia venturosa.

—¡Pobre de mí! ¿Yo había de trazárselo?

—Usted, que es feliz de sí misma porque ha sabido trazárselo á sí misma.

Suspira.

—Pues eso dependerá de sus predisposiciones y aptitudes. Rece y crea mucho en la Virgen, lo primero.

—¡Ah! Esa aptitud, Rocío, la perdí. Únicamente me restan vulgares aptitudes de la tierra.

—¿Cuáles?

—La música, el piano, por ejemplo.

—Bella cosa. Conságrese á la música hasta alcanzar la perfección.

—Pinto algo, también, y sé la fotografía.

—Muy bien. Complementos admirables. Quedábamos en que sería hermoso pintar albas.

—Amo, además, el campo y los cultivos por razón de mis estudios.

Estamos charlando como en afable broma.

—Por Dios, Alvaro..., y ¿con tales cualidades y aficiones no ha de saber formarse un poco de ventura?

—No. Son grandes cualidades, quizá, cuando á la vida no le falta la clave de un amor; usted lo tiene en lo divino; yo no lo encuentro por el mundo.

Mi acento ha sido menos ligero, casi severo..., y la toma á ella su severidad, dejándola una sonrisa triste. Como siempre que sospecha el riesgo de una derivación de mi espiritual afecto á otros egoístas, se me esquiva en sutil condescendencia.

Al cabo de un instante inquiere con una especie de remota compasión que la escuda contra cuanto no sea compadecer desde su alteza mis humanos infortunios:

—¿No tuvo usted nunca otro amor que el de aquella novia, que el de aquella Laura?

Y me observa la mujer de comprensión tan hondamente, que yo creería que ven sus ojos en la profundidad de mi corazón los otros dos nombres de amargura que le ha removido la pregunta: el de Ana María (Loló, para Placer—que brutal un día hubo también de recordármelo) y el de Enriqueta.

Cedo á la tentación de descargar mis pesadumbres en la hermana.

—Amor, ninguno más; bajas pasiones, sí—digo—; Laura constituyó el fracaso de la redención de aquellas pasiones mías, y en singular de dos que me mancharon de crimen y de infamia.

Expresado esto con la tranquila convicción de quien ni miente ni exagera, comprendo que lo he dicho en homenaje de heroicos respetos á Rocío. Es la compensación excesiva de la mentira de omisión referente á mi matrimonio; es más aún, porque será la barrera que por propia voluntad establezca entre mis imprudentes sentimientos, posibles á mi pesar, y la que me deba conocer tan vil que jamás pueda otorgarme sino su horror en la inmensidad de sus santas compasiones.

—¡De crimen y de infamia!—ha repetido, crispada y lúgubre, como ya otra vez que no llegué más que á insinuarla la misma confesión.

No lo cree, tal vez, en aquél cuya bondad la ha emocionado viéndole repartir limosnas á los pobres, y una rabia de mi infamia me fuerza á ponérsela completamente al descubierto.

—Perdida la divina fe y con el afán de recobrarla—empiezo á hablar—, ante la Virgen que usted se arrodilla contándola sus dolores inocentes, me he arrodillado yo contándola mis dolores de impudicia. Y, dígame, Rocío, si á la pureza de una Virgen del altar se le pueden revelar impudicias sin agravio, ¿lo habría en que se las repitiese á usted, á la pureza de una Virgen de la Vida?

Calla, siempre con los ojos bajos, siempre con su anhelación de espera, y no tiene que esperar más la así purificada bestialidad de mis recuerdos.

Acodados ambos sobre el mar, ella dispónese á escuchar el prometido relato de mis crímenes—tanto más horrendos cuanto que son los mismos que realiza á cada hora, entre aplausos y con la absoluta impunidad, la social galantería. Corresponden á la primera época de mi degradación; y reducidos en el mundano ambiente á las sendas elegancias de haber sabido coronar caballerescamente con un duelo un adulterio y de haber seducido á una chiquilla..., en la contrición de mi alma, después, y aquí en la clara grandiosidad de las aguas y los cielos, cobran su negra realidad de asesinatos.

De una de mis historias fué protagonista una mujer conocidísima en Madrid por linda y por liviana. Conquista mía y de mil, su marido, sabio ilustre, más atento á la gloria de su ciencia y al encanto de su hogar y de sus hijos que no á las perfidias de la esposa, la adoraba. Existencia de engañosa dicha en aquel hombre, y que sitié y rompí villanamente. Ciego á la sazón en el torbellino de demencia, mis desaprensiones lanzaron al escándalo con harta facilidad á la histérica, que antes, cuando menos, habíase contenido en ciertos respetos familiares. Ella llamándole inmortal pasión á nuestro desenfreno y yo exasperado por la vanidad satánica de lucirla prostituída más que los demás, hacíala volver á media noche á casa, ebria de champaña y desvergüenza, y en ninguno de los dos cedían las procacidades, ni ante la presencia misma del hombre de dignidad, cuya paz tan rudamente desgarrábamos. Los teatros, cuando la pobre loca iba con él y con su hija, servíanme para proclamarle más á la multitud que era mi esclava y mi querida la que no apartaba sus gemelos de los míos. Llegó á tal punto una vez este descaro, que el marido, desde su butaca, sufriendo la burlona piedad del público y lanzándome la amargura de su enojo, casi de violento modo tuvo que reñirla. Pero todo lo sobrepasaba nuestra obcecación, ajena ó desdeñosa incluso á la angustia dolorida de la niña, que, mirándonos también, comprendía la indecencia de su madre... Y como hubo un momento en que el ultrajado hombre de dignidad se tornó hacia mí amenazadoramente... mi matonería de rufián de frac me sacó del aristocrático palco en que me hallaba y me hizo descender al patio y situarme frente al «provocador»—el cual intentó en seguida mi castigo, y me escupió al verse detenido entre los espectadores que nos estaban observando. Mi tarjeta puso término al tumulto. Duelo. Lance de honor. El público lo sancionaba. Y aquella sanción del público, que no nos arrojó á silbidos á mí y á la impudente, y aquel hombre de ciencia y de bondad, que no nos metió en la cárcel como á dos rateros de su honra, al día siguiente consintieron que por la grave ofensa de un escupitajo de su desprecio y su dolor, la fría saña de un diestro espadachín le hundiese un acero en el pecho al deshonrado. Un hogar deshecho, en suma: una traidora abandonada á su mayor libertinaje, y un herido, mal curado de heridas de la carne, al año por las del alma muerto de pena y de locura entre el amor triste de dos niños.

—Vea, Rocío, un crimen que, parecido á ese célebre de Roma, entraña más iniquidad y estupidez; y, sin embargo, ahorcarán al repugnante Jacobo Wanska y á la miserable Montsalvato, presa en Nueva York, aborrecidos por la indignación universal, mientras yo sigo gozando consideraciones de las gentes.

Mis palabras prodúcenla impresión enorme. Se ha puesto pálida. Veo temblar sus manos y su boca. Nada dice. Es el juez de severidad que me estará juzgando en el mudo horror de su conciencia..., y yo, sombrío en el mortal dolor que no puede remediar lo irreparable, quiero, al menos, mostrarla la inmensidad de mi arrepentimiento, apurando hasta el final el cáliz de lo inmundo.

Para amontonar crueldades de una vez, concreto desde luego que mi otra víctima fué una modesta muchacha á quien, en calvario de cruces juradas de mi honor, hice perder todos los pudores; á cuyo espanto de deshonra le consintió la complicidad de mi desvío matar una inocente vida de los dos en sus entrañas, y cuyo odio á mí, luego de destrozada por siempre en cuanto tenía de noble su espíritu y su ser, la arrojó desesperada al vicio de los demás como pudiera arrojarse á una florida charca de cienos la aparente belleza de un guiñapo.

Así dejo enunciada mi segunda historia de vilezas; y cuando intento irlas destacando con el proceso entero de las iniquidades que asesinaron una vida no nacida y otra vida que, muerta, sigue viviendo del oprobio..., contiéneme una inmutación del pálido semblante de Rocío. Miro adonde ella mira con asombro, con horror, y descubro una especie de fatídico fantasma que en silencio se desliza hacia nosotros por la lejanía de la cubierta.

Algo maldito y espectral que turba también desde fuera de mí el candor de la mañana. Algo como si las sombras desenterradas de mi conciencia se hubiesen ido cadavéricamente concentrando tras de mí.

Quedamos fijos en la extraña aparición que va acercándose, y en su sombría silueta vemos dibujarse las marañas de un lanoso pelo erizado á modo de orejas de tigre; los ojos lívidos de una calavera de carbón que conservase sobre la blancura de los dientes el agónico sarcasmo de una boca seca, estirajada, y la vacía holgura de un esqueleto amortajado en las amplitudes de un chaquet y de un pantalón lleno de manchas... Antes que por él mismo, por el violín que trae en la mano reconozco al negro violinista. No había vuelto á verle desde Cádiz. Más que del fondo del buque, dijérase que surge del fondo de una tumba: tales son las verdes demacraciones de su cara, como de putrefacción, y tal su aspecto de muerto galvanizado por una póstuma amargura.

Sin advertirnos, llega á muy poca distancia de nosotros, y repósase en la borda. Aunque su expresión de sardónica ferocidad me ha paralizado en igual congoja que á Rocío, por un momento me tranquiliza la sospecha de que el estrambótico artista, de que el tísico infeliz venga buscando la sagrada soledad del alba para tocar su extradivarius donde nadie pueda oirle—y le habremos nosotros de escuchar. Lo acaricia, en efecto, con mano trémula, y besan sus labios secos una rosa seca contra el mástil... ¿Qué amores de su vida y de algún lejano corazón besa en el extradivarius y en la rosa?

Mas, no: certero el terror que nos impuso. No le traen afanes de dulzura, sino el odio. Le vemos pulverizar la rosa al viento en la ira de su puño..., le vemos repentinamente la cólera de un golpe de maza que destroza contra la borda el violín... y, helada nuestra sangre, vemos el gesto de demonio con que él, al fin, oprimiendo en la diestra mano los pedazos de madera, salta el antepecho y se arroja de cabeza al mar.

¡Ah! ¡Horrible!

Ha caído como un desbaratado muñeco entre el vuelo de las faldas del chaquet y de sus brazos extendidos; se le han desprendido las zapatillas por el aire, y las olas le recogen, le hunden..., le arrastran en su diáfana profundidad verdosa bajo nuestra atónita mirada... haciéndole reaparecer un momento, allá atrás, con las zapatillas que flotan en la furia espumosa de la estela...

Un sordo gemir de Rocío, la desmaya al arrancarse de la trágica visión. Por no desplomarse, doblase á la borda como una tronchada flor de nieve, y porque no se desplome, recíbenla mis brazos. En la doble y urgente solicitud de aquella desdichada vida que llévanse las aguas, y de este glorioso cuerpo que se ahoga pesadamente contra mí, miro con alternativas ansias la dirección en que aún reapareciendo alguna vez se pierde el trágico suicida, y miro cómo la faz de la divina se descompone en fulguraciones que me espantan. Sus manos suben á la garganta sin sentido; están frías, y está fría la frente que mis manos intentan reanimar. La llamo. La nombro. Agítase toda á las angustias de quien va á morirse sofocado..., y el dolor de mi impotencia por quitarla tal martirio inclíname en suspiros y sollozos hacia ella para darla aliento con mi aliento.

—¡Rocío! ¡Rocío!

No responde; no sé si pedir á voces socorro ó transportarla..., y estoy como loco, y mi angustia y mi piedad besan la frente y las sienes puras con muchos pequeños besos que mis labios vierten como llamas de la vida con su nombre.

—¡Rocío! ¡Rocío! ¡Oh, Rocío!...

Pero siente al fin la inerte el cálido contacto, y recobrada la conciencia, de improviso, suéltase de mí y huye con un larguísimo alarido de espanto y de dolor...

La veo alejarse en la cubierta, rápida, oscilante, previniéndole á la incertidumbre de sus pies el apoyo de las manos avanzadas..., y tras de volverme á mirar todavía la estela del barco, que ya no es quizá sino sudario eterno para el infortunio del negro..., gritando á mi vez escapo en contraria dirección.

Cunde la alarma. ¡Hombre al mar! Acuden marineros. Minutos después el Victoria Eugenia se detiene, vira, retrocede en su camino, y larga botes cuya inútil intención de salvamiento, por más de media hora, presencia el duelo de mucha gente del pasaje. Un duelo de silencio fúnebre que es por el infortunado que nadie acierta á descubrir, y que en la desolación de mi alma podría extenderse al asesinato que yo acabo quizá de efectuar en la nobleza de una hermana.

Buscan los otros al infeliz, que ya no lo será, sin encontrarle..., y busco yo torvamente á Rocío, sin verla en parte alguna.


El buque ha vuelto á tomar su rumbo, separándose durante toda la mañana del desierto lugar de la tragedia. Pero la tragedia sigue en mi soledad del corazón con el vacío de la que refugió en su camarote no sé si el espanto de la macabra escena ó el de la traición torpe de mis besos.

¡Ah! ¡Mis torpezas y mis crímenes!... ¡Bárbaramente he violado las castidades de su espíritu y su faz de tantos modos!...

Por la tarde, continúa recluída con su madre.

Por la noche, el médico de á bordo la visita.

—¡Nada—me dice cuando trato de informarme—; la impresión de la chiquilla! La he puesto morfina y dormirá.


Cuando á la hora del almuerzo, al día siguiente, y pensando en lo que para siempre he perdido, voy al comedor, mis ojos sorpréndense de ver en su mesa á Rocío, muy pálida, muy pálida. La cobardía del asesino ante la víctima impúlsame á escapar; pero me ve también, y me inclino desde lejos como en mísero ruego de perdón. Afable y triste, me sonríe... ¡Oh!

Nos saludamos, rato después, en la cubierta. Sentados uno junto al otro, y los dos cerca de la madre, á quien el suceso de ayer destrozó más todavía, lo recordamos. La impresión le ha dejado á Rocío una languidez de dulce enferma. Débil, tiene en la mano un libro y pónese á hojearlo. Leopolda cierra los ojos y aspira el pomo de las sales.

Dudo ahora un instante si Rocío se dió cuenta de mis besos, y á pesar de la duda quiero sincerarme de lo que, abandonado á su inadvertencia y mi silencio, quedaría en mí ó en ambos con sombras de traición.

Me inclino y dígola al oído:

—Ayer huyó usted de junto á mí por no sé cuál horror. Perdóneme si fué también por el de la locura de mi piedad ante su angustia.

—¡Oh!—suspira resignada en halagos inefables.

—¿Me perdona usted, Rocío?

—¡Oh!—vuelve á suspirar.

No sólo sabe, pues, que la besé, sino cómo la besé.

—Son nuestras almas demasiado hermanas—añado—para que en el supremo dolor no puedan acariciarse sus purezas.

Abre el libro y lee, sin dejar la sonrisa de feliz convaleciente.

Y puesto que hay cosas de la santidad del sentimiento que profanan las palabras, no la digo más.

VIII

Aunque están abiertas las ventanas y los ventiladores funcionan, nos sofoca el calor durante el banquete que es en este anochecer la comida. Hemos pasado hace una hora la línea ecuatorial. Hay quien lleva tomadas cinco duchas, y señoritas que, incapaces de aguantar la ropa, é imitando á Placer y á Eyllin, lucen el corsé y las piernas en la transparencia de los vestidos sin enaguas.

Venimos en plena fiesta. Despertó al pasaje una burlesca diana de acordeones y sartenes, y entre los escudos y banderas que adornan la cubierta desfiló la mascarada de Neptuno; luego de almorzar, música y baile; á las tres, lunch de emparedados y champaña..., brindis, canciones y alguna digna borrachera paseada de alto á bajo del buque á traspiés...

Lambea encuéntrase rendido. Principal director de la zambra, aún le quedan, para después del nuevo lunch de la noche, el concierto y la comedia. Cuando salimos á la cubierta con la dispersión de los que buscan al aire libre algún consuelo, se nos unen el P. Reims y el P. Ranelahg. El mismo afán de un poco de fresco y de reposo nos lanza á los cuatro á la más elevada altura posible en la azotea de popa, donde se hallan Rocío y su madre. Han comido en el bar. Leopolda no soporta la confinación del comedor.

Charlamos, comentando pormenores del festejo. Pero otra actualidad, relativa al infeliz que allá quedó hace tres días en el fondo de las aguas, se ha mezclado hoy á la expansión de regocijos, y Lambea, que todo lo averigua, nos informa de la especie de testamento del suicida que guarda el sobrecargo. Son cartas y retratos de una bella berlinesa, mujer del negro, y de una niña de doce años, su hija. Con un amante se fugó la esposa del violinista años atrás; tuvo que entregarse á otros, al ser por él primero abandonada..., y enferma, al fin, de repugnante mal que la ha destruído la belleza, desde un hospital de Buenos Aires escribió las cartas que demandaban las compasiones del marido. A impulsos de sublime caridad iba, pues, el negro á América, ya casi un agonizante de la pena y de la tisis, sin otro empeño que salvar en el harapo de hermosura la reliquia del espíritu falaz que fué su religión. No pudo terminar la travesía. Sintiéndose morir, prefirió ganarle al inútil sufrimiento algunas horas. Realizaba el viaje sin el amparo de la hija, dejada en un colegio de Europa porque no sepa jamás la vida de la madre, y lega, á una y otra importantes sumas, cuyos documentos y efectivos se han encontrado en la maleta del generoso moribundo que viajaba hasta sin ropa.

Un alma como esa alma ha podido extinguirse aislada entre el desprecio del pasaje.

Y ahora un poco de compasión tardía..., que no le estorbe á nadie divertirse. Únicamente en nuestra tertulia, y sobre el holgorio del buque engalanado, pesa el relato de Lambea como una maldición humana que arrojó á un mártir á la tumba de las olas y que tiene en lejana reclusión á una niña inocente de que un hospitalario pudridero de la vida está agotando las impúdicas podredumbres de su madre...

Es una historia idéntica á mi historia y á la de la Montsalvato y á tantas más.

Siempre la obra destructora del amor en un mundo que sin el amor, no obstante, sería absurdo. ¡No lo comprendo!

Parte el inquieto teniente de fragata. Rocío se ha quedado pensativa, y yo permanezco también dolorosamente impresionado. El Padre Ranelahg, que á la vista de la futura monja y de mis ansias ideales dijérase que ha tomado á empeño nuestra catequística rección, aprovecha la oportunidad para una de sus pláticas. En el cristianismo cree que vuelve á surgir el paganismo más hipócrita y cobarde. No tornará el mundo á la bienandanza de los cristianos primitivos, hasta que con la mirada en Dios acierte de nuevo á recogerse cada cual en la caridad, en la oración, en la pobreza, en la vida interior del penitente. El drama, por mitad horrendo y por mitad hermoso, que acabamos de oír, prueba el desastre de cualquier ventura que se cifre en los bienes de la tierra. Solamente la belleza del alma perdura como lazo de amor á través de las contingencias y de la muerte misma de la física belleza, ya que ésta no es sino una mentira del pecado, encubridora de las repugnancias de la carne.

Calla, y á pesar de la paz que ha derramado en mí, sufro una confusión, puesto que, por una parte, se me impone la evidencia de que sólo con un criterio tal de santidad fuesen imposibles las injusticias que yo siento alrededor, sin encontrarlas el remedio, y, por otra, el estruendo del buque, confirmándome que la humanidad resurge al bruto paganismo, parece que me quiere gritar que con él es la vida misma la que reclama turbulentamente sus derechos. La vida misma, que ni proviene de la santa castidad, ni pronto haría sino agotarse si el mundo entero llegase un día á alcanzar la perfección de la santa castidad. ¿Habría de ser condición de la vida, entonces, vivir de lo bestia y lo cruel, ó no vivir, por el místico suicidio?

Guárdome de manifestar mi duda, iniciando una intempestiva discusión en que yo no podría oponer, después de todo, afirmaciones; pero me inquieta ver reflexiva á Rocío bajo el influjo de las sutilezas del dialéctico.

Afortunadamente corta las meditaciones de la niña una invasión de estruendo que se acerca. Capitaneados por tres comerciantes catalanes, suben las escaleras dos docenas de emigrantes haraposos; detrás va llegando el pasaje, en turbión. Lambea, que vuelve acompañando á la familia del ex presidente de República, se nos acerca un momento á decirnos que se efectuará aquí esta especie de intermedio bufo, porque la cubierta se está arreglando para la función teatral. Todo el mundo se enfila en corro alrededor del la azotea, por los bancos, ó en pie, ó en donde puede.

Y empieza la diversión. Parece los títeres de un pueblo. Carreras de costales, cuyo premio serán cinco pesetas. Meten y atan los comerciantes á diez infelices (cabeza y todo) en sendos sacos, dan la señal de partida, caen de primera intención cuatro ó cinco, y el público se ríe. Al poco están todos en el suelo; se arrastran, ruedan y de cualquier modo procuran avanzar; ni ven adónde van ni en dónde chocan. Unas veces se amontonan y se agarran en pelea de coces desde dentro de los fardos; otras veces salen disparados contra una lucerna, y á un gemido doloroso y á un magullamiento de narices mánchanse de sangre. Pero el elegantísimo pasaje chilla y goza ante los desdichados á quienes ha traído por primera vez al lujo de su cámara para que por un duro le divierta.

A la carrera de costales sucede otra en que parejas de hombres, con sendos cordeles al cuello y pasados entre las piernas, marchando á gatas y tirando uno de otro tendrán que llegar á metas prefijadas. Las parejas son cuatro, y se han descalzado para mejor afianzarse á las rendijas de las tablas con los pies... Le gana el espectáculo en brutalidad al anterior: antes sangraron las narices; ahora sangran las uñas de los pies y de las manos. Si el que va vencido se aferra á un gancho ó al remate de un cordaje, el rival se obstina en arrancarlo, y á la presión del cáñamo parece que van á ser segados los cogotes apopléticos. Entonces, entre la risa general, se les azuza, se les arrea, casi se les golpea y se les pincha como á bueyes que tuviesen atascada la carreta.

Rocío y yo nos ahogamos de una piedad que se dicen de tiempo en tiempo nuestros ojos. Y como la tal pelea, á más de bestial, es larga, pues cada vencedor debe acollerarse con otro vencedor, el público empieza á fatigarse, y advierto que muchos se fijan en el grupo que formamos. Curiosidad de los que no suelen vernos reunidos entre ellos, y que no pudiendo sospechar en mí otra índole de afectos que los del más puro desinterés hacia una niña de falda corta y trenzas á la espalda, pensarán que sólo la intransigencia fanática y el misantropismo sean los que me hagan preferir la soledad al lado de la chiquilla por una igual veneración de los dos á los señores sacerdotes. Todos, todos lo pensarán..., incluso mis amigos, ante los cuales mis desdenes á Placer dejaron bien sentada mi aversión á cierta clase de aventuras y á no importa qué otros devaneos..., é incluso los propios sacerdotes, á pesar de que nos observan más de cerca.

Y, sin embargo... se engañan—como yo mismo me engañaba no hace mucho. Sé al fin que adoro locamente á la «niña de falda corta y trenzas á la espalda», y sé, además, que el misterio de su espíritu y el contacto de su vida en los besos de mi boca fuéronme la revelación de lo que ya puedo confesarme sin bochorno... ¡Casado, sí..., y ella, purísima!... Mas ¿qué importa?... Un insomnio y una tenacidad de mi corazón, en la noche misma que hubo de luchar con la evidencia gloriosa y miserable, en un relámpago de idea me hicieron ver que los nudos de la ley se desatan por la ley..., que un casado se divorcia..., se divorcia..., y que yo, por tanto, podré recobrar mi libertad en Buenos Aires. Secreto que le guardo á la chiquilla por si pasase alguna vez á la plenitud de la mujer de humanidad en mi cariño.

¡Oh, la plena mujer de humanidad que sintieron mis brazos y mis besos! ¡La plena alma de mujer tantas veces sentida por mi alma!

¿Conoce mi pasión?

Lo ignoro. Y en vano aquí trataría de penetrarlo en el hermético candor y en la piedad de la niña tan niña delante de las gentes.

Pero aumentan las risotadas, de pronto, y acrece hasta el tormento su piedad. Agotada la resistencia de un luchador que se aferraba á la lumbrera, de un tirón hercúleo es arrastrado de tal modo por el otro, que tienen que llevárselo con un síncope, del calor y del esfuerzo.

El P. Ranelahg y el P. Reims se marchan, contristados. Les imitaríamos si no le fuese á Leopolda difícil hendir la multitud.

Menos mal que á lo cruento sucede lo jocoso. Depositadas ahora las monedas en el fondo de grandes cubos de agua y de cazuelas embadurnadas con aceite y con tizne, los míseros emigrantes, ya de sobra lastimosos con sus andrajos y sus carnes laceradas, de rodillas, y atadas atrás las manos, han de sacarlas con los dientes. Parece resultar muy divertido verles caerse cara al tizne ó sepultar en los cubos la cabeza hasta los hombros. Se van poniendo hechos una lástima, y el público ríe, ríe... No son hombres, son vivos autómatas que se han traído aquí por diversión. Antes se escarneció el ultraje á sus dolores, y ahora, se escarnece el ridículo de su grotesca humillación con las mismas carcajadas. Cuando alguno á punto de ahogarse saca la abotagada faz de un cubo y vierte el agua por la nariz como una foca, llega al colmo el regocijo. Y no obstante, no fuese una piltrafa de humanidad lo que se ahogaría con la desdicha de estos seres á la vista del aristocrático concurso, sino la humana dignidad.

Sigue, sigue el espectáculo soez, y aun por media hora me obliga á recordar mis sandeces de aquel día en que yo quise sacudir las compasiones de estas gentes gritándoles que se ahogaba la humana dignidad en la sentina de emigrantes...

Soy yo, pues, y es Rocío, quienes únicamente nos ahogamos de piedad, de piedad, de piedad... Somos nosotros, tan sólo, los necios mártires de la piedad estéril, ante la imposición de las crueldades del mundo que el selectísimo concurso manifiesta en toda la magnitud de su inconsciencia.

Y no, no lo comprende; no puede comprenderlo, á pesar de la sanción general abrumadora, la protesta constante de mi alma.

¿Por qué la necesidad de ser crueles? ¿Por qué en todas partes las durezas de la vida, ó por qué, si no, frente á ellas el absurdo de ángeles de bondad como Rocío?

Leopolda, siquiera, oculta en el abanico, le ha pedido anestesias á sus sales.

Dormita tan tronchadamente, que no siente, por último, la dispersión de la desdichada tropa de payasos, á puntapiés de sus joyosos directores—y tras ellos la del público.

Junto al sueño de la pobre enferma destrozada quedamos Rocío y yo en la soledad.

Quedamos con nuestro dolor, con nuestra angustia, con nuestro horror del mundo...; y mudos, caídos atrás en los sillones, el ángel que es del cielo acoge su aflicción á los mundos de los cielos.

Estrellas. Amigas suyas de pureza fulgurante. Están tan altas que no las llegarán las miserias de la tierra. Brillan á través del dosel de humo que nos va tendiendo el buque. Sabe Rocío sus nombres y las va nombrando—algo desorientada bajo este firmamento, que es ya la mitad del Sur. Pero Lambea nos las indicó en las pasadas noches, y puedo á mi vez dirigirlas mi saludo... «Acharnair»... «Procion»... «La Corona»... «Tomalhaut»... «El Fénix»...

La espléndida «Cruz Austral», predilección de nuestros embelesos, queda oculta, hacia la proa, en la balumba de chimeneas y botes y mástiles y puentes del Victoria Eugenia.

Levántase Rocío y va en vago paseo de abstracciones á la borda.

Al poco, voy á su lado.

Ella contempla perdidamente las cinco estrellas de la Cruz Austral. No sé lo que las hable. Seguro de no discordar mucho en el diálogo de alma y de luz, susúrrola al oído:

—Y sin embargo, también tiene sidéreos resplandores nuestro mundo. Desde allí nos deben ver como otra estrella.

Cierra y abre los ojos. Yo insisto:

—Con la misma pureza, que otra estrella.

Me mira.

—Y por mucha razón que parezca apoyar la unánime ferocidad del mundo, contra todo él hay que afirmarle que es estrella en mitad del Universo y que habrá de ser estrella.

Al apartar de mí la mirada, Rocío déjala melancólicamente caer en nuestro mundo, que debería ser estrella y no lo es, en nuestro barco, que es por todas partes cargamento de crueldades. A la izquierda, en el hundido entrepuente de tercera, y al agónico fulgor de las bombillas, muéstrasenos la incongruencia humana con los dos grupos que forman á uno y otro lado las blancas monjas y las colorinescas prostitutas. Y como queda fija en ellas la angélica compasión de la que tanto puede comprender, no dudo en expresarla las mismas reflexiones que sentí al verlas el primer día: «Símbolos del social absurdo, representan lo que de un modo indefectible se tiende á hacer con todas las mujeres; se las parte sin término medio para ellas: ó lo espiritual, en un calvario de renunciaciones, ó lo animal, en plena desvergüenza.»