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Sónnica la cortesana: Novela

Chapter 7: VI. Asbyte
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About This Book

Ambientada en un puerto del Mediterráneo antiguo, la novela arranca con la llegada de una nave celebrada y describe el bullicio del muelle; entre mercados, astilleros y cultos en templos, la narración explora las redes sociales que rodean a una célebre cortesana, cuyo influjo enlaza marineros, mercaderes y enviados políticos. Surgen tensiones entre costumbres locales, intereses comerciales y poderes externos mientras ambiciones y rivalidades impulsan negociaciones y confrontaciones. Pasajes descriptivos sobre la vida marítima y las observancias rituales alternan con episodios de persuasión y autoridad, conformando un retrato vivo de comunidad, deseo y poder.

VI

Asbyte

Hanníbal se agitaba entre las mantas de colores de su lecho, sin poder conciliar el sueño.

Los gallos habían anunciado la media noche, rasgando con su grito el silencio del campamento, y el caudillo permanecía desvelado, cerrando los ojos sin poder dormir. Le tenía en vela el canto de un ruiseñor posado en un gran árbol, de cuyo ramaje pendía su tienda.

Una lámpara de barro iluminaba la aglomeración de objetos en torno de su lecho. Centelleaban en el suelo corazas, grebas y cascos cubiertos por pedazos de ricas telas robadas en las quintas saguntinas. Los muebles griegos, las ánforas de tocador de sutil cincelado, los tapices con escenas mitológicas, revolvíanse confundidos con los látigos de piel de buey sin curtir, los escudos de cuero de hipopótamo y los harapos de Hanníbal, tan amante del brillo de sus armas, como descuidado y sucio en sus ropas. Los vasos griegos de rica labor estaban destinados á los más bajos usos. Una crátera de alabastro cubierta por un escudo servía de asiento; un gran vaso de arcilla roja, decorado por un artista griego con las aventuras de Aquiles, lo empleaba el africano con desprecio para sus desahogos más íntimos; pedazos de estatuas y columnas destrozadas por el furor de la invasión se hundían en el suelo, ofreciendo asiento á los capitanes de Hanníbal cuando celebraban consejo en la tienda del caudillo. Era el botín, amontonado y magullado por la fiebre del robo. De él, sólo una pequeña parte había llegado hasta el jefe, que sentía un absoluto desprecio por la belleza artística cuando no estaba impresa en metales preciosos. Se reía de los dioses de aquella tierra lo mismo que de los de su país y del mundo entero, y escupía sobre los mármoles de las divinidades que llenaban el campamento como si fuesen pedazos de piedra, buenos únicamente para enviarlos con la catapulta contra los enemigos.

Á impulsos de la excitación nerviosa, que no le dejaba dormir, se incorporó en el lecho, y la luz de la lámpara dió de lleno en su rostro. Ya no era el pastor celtíbero, greñudo y feroz que Acteón había encontrado en el puerto de Sagunto. Libre del disfraz, se mostraba tal cual era: un joven de estatura regular, de miembros proporcionados y fuertes, sin alardes de exagerada musculatura, pero revelando en su cuerpo el temple del acero, una vitalidad capaz en momentos supremos de los más inauditos esfuerzos. Tenía la tez ligeramente bronceada, y su cabellera, de cortos y gruesos rizos, formaba á modo de un turbante negro y lustroso en torno de su cabeza, cubriéndole por completo la frente y dejando al descubierto los lóbulos de las orejas, de los que pendían grandes discos de bronce. La barba era espesa y rizosa; la nariz recta, pero poco saliente, y sus ojos, grandes é imperiosos, miraban siempre de lado, con una expresión de profunda astucia y de inabordable recogimiento. El cuello, musculoso, se torcía habitualmente, inclinando la cabeza á la derecha, como si quisiera percibir mejor el sonido de cuanto le rodeaba.

Vestía un simple sayo deshilachado y sucio como el de cualquier celtíbero de los que roncaban en las tiendan inmediatas, y únicamente, cual signo de poder, brillaban en sus muñecas dos anchos brazaletes de oro, dando fuerza con su opresión á los tendones y músculos del brazo.

Más de un mes estaba ante los muros de Sagunto sin conseguir ventaja alguna. Aquella misma tarde la había pasado guiando sus máquinas de guerra sin resultado, y esta falta de éxito era lo que en la soledad excitaba sus nervios, no dejándole dormir. Hijo mimado de la victoria, había vencido á campo raso las tribus más salvajes de la Iberia; había llevado sus elefantes por las cumbres de los montes más altos, atravesando ríos, rompiendo bosques, viendo la muchedumbre antes belicosa prosternarse ante él como si fuese un dios; y por primera vez en su vida tropezaba con un enemigo tenaz que al abrigo de sus muros se burlaba de él y no le dejaba avanzar un paso.

La ciudad de comerciantes y labradores, que había estudiado de cerca, contemplando con desprecio su opulenta molicie, amenazaba acabar con su buena suerte; y el caudillo, viéndola inquebrantable y pensando en sus enemigos de Cartago, en la cólera de Roma y en que el tiempo transcurría sin conseguir ningún avance, experimentaba cierta ansiedad.

Había escogido bien el punto vulnerable de Sagunto. Sus máquinas de guerra estaban colocadas ante la parte baja de la ciudad, que avanzaba sus murallas en el valle, sobre un terreno llano y descubierto que permitía la aproximación de los arietes. Pero apenas se adelantaban los centenares de hombres desnudos que tiraban de las pesadas máquinas, caía sobre ellos tal lluvia de flechas, que habían de huir los que no quedaban clavados en el suelo.

Algunas veces, al abrigo de los manteletes que avanzaban sobre ruedas y por cuyas saeteras disparaban los arqueros cartagineses, conseguían llegar los arietes al pie del muro. Pero por lo mismo que aquel lado de la ciudad resultaba el más expuesto á un ataque, las murallas, que en la parte alta de Sagunto eran de tapial, tenían allí una robusta base de rocas, y en vano las cabezas de carnero de bronce con que remataban los arietes topaban y topaban, movidas por centenares de brazos. Una lluvia de flechas y piedras caía sobre los sitiadores, rompiendo los escudos con que se cubrían: una gran torre dominaba todo el terreno de los asaltantes, sembrando entre ellos á mansalva la muerte; y no contentos con esto los sitiados, muchas veces, arrastrados por su coraje, lanzábanse fuera de los muros, acuchillando á los cartagineses.

Cada salida de estas costaba grandes pérdidas al ejército de Hanníbal. Los africanos comenzaban á hablar con temor supersticioso de un gigante desnudo, cubierto con una piel de león y esgrimiendo un tronco, que salía al frente de los saguntinos y á cada golpe abría un ancho surco en los asaltantes. Los etíopes veían en él una divinidad terrible y sanguinaria como las que adoraban en sus oasis; los celtíberos aseguraban que era Hércules, descendido del Olimpo para ayudar á su ciudad.

Hanníbal le reconoció de lejos en los combates. Era Therón, el sacerdote que había visto una mañana en la Acrópolis, admirando su vigor extraordinario. Pero á pesar de conocer su origen humano no podía evitar el terror de las tropas apenas veían sobresalir sobre los cascos aquella cabeza de león invulnerable, que parecía torcer el curso de las flechas y las piedras.

Además, los sitiados contaban con el auxilio de las faláricas. ¡Bien se conocía que entre los comerciantes y rústicos agricultores figuraban hombres expertos en la guerra, que habían corrido muchos países! El recuerdo de Acteón, el aventurero griego, compañero de su infancia, surgía en la memoria de Hanníbal. Él sería seguramente el inventor de la falárica, un dardo arrojadizo, rodeado de estopa empapada en pez. Partía la flecha ardiendo como un reguero de fuego, con su hierro largo, capaz de atravesar el escudo y la coraza; y aunque el terrible dardo no penetrase en la armadura, sus llamas se pegaban á las ropas; los combatientes arrojaban las armas para librarse del fuego y quedaban de este modo expuestos á los golpes del enemigo. Los mismos que habían peleado con las tribus más invencibles y bárbaras de Iberia, huían, arrojando el escudo ante aquellas colas de fuego que venían silbando y esparciendo chispas desde los muros de Sagunto.

Así transcurría el tiempo, sin que los sitiadores avanzasen; y Hanníbal se sentía dominado por cruel impaciencia. ¡Fuego de Baal! Él, encadenado á aquellos muros que no podía hacer suyos; y mientras tanto, la facción de Hanón conspirando en Cartago, preparando la ruina de los Barcas si no conseguía apoderarse de Sagunto, y proyectando tal vez su entrega á Roma cuando ésta reclamase viendo violados los tratados.

Su despecho le hizo arrojarse de nuevo en la cama, buscando el sueño con el ansia de quien desea olvidar. Apagó la luz de la lámpara, pero en la obscuridad siguió con los ojos abiertos. La azulada luz de la luna se filtraba por una rendija de la cúpula de la tienda, cayendo sobre las corazas que en la obscuridad brillaban como peces plateados. Fuera seguía cantando el ruiseñor.

Hanníbal se encolerizó: le desvelaba el maldito pájaro. Él era capaz de dormir entre el estrépito de los combates. Acostumbrado desde niño al campamento, le arrullaban las ásperas trompas de guerra: las roncas canciones de los mercenarios y el relincho de los caballos, no lograban despertarle. Pero el canto dulce de aquel pájaro, su trino incesante, le molestaba como el zumbido de un abejorro.

Saltó del lecho, buscó á tientas un arco entre el revoltijo de armas, telas y muebles, y salió de la tienda. La frescura de la noche le calmó un tanto.

Brillaba la luna en un ambiente puro, sin una nubecilla. El viento era tibio, á pesar de que terminaba el otoño; parpadeaban las estrellas; al trino del ruiseñor, contestaban otros y otros esparcidos en los árboles del inmenso valle. El campamento descansaba. Extinguíanse las hogueras, cerca de las cuales dormían los soldados en horrible promiscuidad con las mujeres y los niños del ejército, envueltos en harapos ó en pedazos de ricas telas; y los caballos, amarrados al suelo por estacas, alineaban en correctas filas sus soñolientas cabezas. En el fondo, la ciudad sitiada permanecía obscura y silenciosa como si durmiese. El débil resplandor que se escapaba por algunas saeteras de sus muros, producía el efecto de unas pupilas ligeramente entreabiertas que vigilaban fingiendo dormir.

Hanníbal saltó por encima de los soldados escogidos, que dormían ante la puerta de la tienda. Se incorporaban al sentir su paso, y reconociendo al caudillo, volvían á unir su cabeza á la tierra y continuaban roncando. Eran veteranos de las guerras de Hamílcar, que miraban con veneración casi religiosa al leoncillo de su antiguo capitán.

Armó el arco al dar la vuelta á la tienda para disparar contra el pájaro oculto en el ramaje; pero se detuvo asombrado viendo junto al tronco del árbol una figura blanca que brillaba envuelta por la luz de luna.

Era una mujer; una amazona. Centelleaban en su cabeza y su pecho el casco de oro y la coraza de escamas; descendía á lo largo de las piernas, marcando su contorno, la túnica de blanco lino, y los brazos fuertes y desnudos, se apoyaban en la lanza con el regatón clavado en el suelo. Sus ojos negros estaban fijos en la tienda de Hanníbal con extraña persistencia, sin parpadear, como si soñase despierta, y el viento de la noche agitaba levemente la cabellera que descendía por sus espaldas. Detrás de ella veíase un caballo negro, de pelo brillante, piernas nerviosas y ojos inyectados de sangre, sin silla ni freno, sueltas las crines y bajando la cabeza para lamer el borde de la túnica de la amazona y sus desnudos pies, como un perrillo que la siguiera á todas partes.

—¡Asbyte! —exclamó Hanníbal, sorprendido por la aparición—. ¿Qué haces aquí?

La reina de las amazonas pareció despertar, y al ver al caudillo, fijó en él la mirada húmeda y apasionada de sus grandes ojos.

—No podía dormir —dijo con voz lánguida y cadenciosa—. He pasado la primera parte de la noche soñando cosas horribles. La diosa Thanit no guarda mi reposo, y he visto la sombra de mi padre Hiarbas, anunciándome la próxima muerte.

—¡Morir! —exclamó Hanníbal riendo—. ¿Quién piensa en morir?

—¿Soy acaso inmortal? ¿No combato como cualquiera de tus soldados? Me arrojo con ímpetu sobre los bosques de lanzas; las flechas silban en torno de mí como si arrastrase un manto de invisibles pájaros; desprecio las faláricas con sus cabelleras de fuego... pero algún día moriré: los sueños me lo anuncian.

Asbyte, como si temiera mostrar demasiada melancolía ante Hanníbal, añadió animosamente:

—Venga la muerte cuando quiera. No me asusta como á los mercaderes de Cartago que te odian. Si turbó mi sueño es porque al despertar pensé en tí. No puedo explicarme por qué causa pensé que tú también podías morir; y ante tu muerte, Hanníbal, no me resigno. Tú debes vivir tanto como un dios. Recordé que duermes solo en tu tienda; que para ocultar mejor tus salidas no tienes guardias que velen despiertos tu sueño, y sentí la necesidad de hacer algo por tí, de pasar la noche apoyada en la lanza, cerca de tu lecho, para impedir la traición de un enemigo.

—¡Qué locura! —exclamó riendo el africano.

—Hanníbal —dijo con gravedad la hermosa amazona—; acuérdate de Hasdrúbal, el esposo de tu hermana. Bastó el puñal de un esclavo para acabar con él.

—Hasdrúbal debía morir —dijo el caudillo con la convicción del fatalismo—. Lo quería la suerte de Cartago. Era preciso que Hasdrúbal desapareciese para dejar paso á Hanníbal. Pero Hanníbal no tiene quien le reemplace, y vivirá aun cuando durmiese rodeado de enemigos. Mi sueño es ligero y mi brazo pronto: el que se desliza en la tienda de Hanníbal entra en su tumba.

Asbyte contemplaba con admiración amorosa al joven héroe, que había arrojado el arco, y al hablar de su fuerza elevaba los brazos poderosos. La luna agrandaba su sombra de tal modo que, al mover los brazos, parecía abarcar en ellos el campamento, la ciudad, todo el valle, como un sér sobrenatural.

La amazona se aproximó á él, dejando la lanza sobre el tronco del árbol. Al abandonar su arma, parecía haber depuesto la belicosa fiereza, y avanzaba hacia Hanníbal con dulzura femenil, mirándolo con los mismos ojos tímidos y húmedos de los antílopes que triscan en los oasis de su país.

—Además —murmuró—, he venido porque necesitaba estar cerca de tí. Me causa un placer dulcísimo velar tu sueño; siento la voluptuosidad de un sacrificio grato guardándote sin que tú lo sepas... Nunca puedo hablarte. Te contemplo de día á caballo entre esos cartagineses de armaduras doradas que te rodean; á pie, guiando á los que empujan las máquinas de guerra, ayudándoles muchas veces para excitar su entusiasmo; pero siempre te veo de lejos, como caudillo, como héroe, nunca como hombre. ¿Te acuerdas de aquellos días en la ciudadela de Cartago-Nova, cuando acababa yo de llegar de África con los refuerzos que te hicieron lanzar gritos de entusiasmo?

—¡Asbyte! ¡Asbyte! —murmuró Hanníbal, moviendo las manos para rechazarla, como si le molestasen tales recuerdos.

—No te enojes, Hanníbal, óyeme. Necesito hablarte: dame al menos el consuelo de verte de cerca, de decirte lo que siento. Si no, ¿á qué he venido á Iberia uniendo mi suerte á la tuya?

El caudillo miraba en torno, como si le molestase que alguien pudiera escuchar su conversación con la amazona.

—No temas —dijo Asbyte adivinando su pensamiento—. Magón tu hermano duerme lejos de aquí con Marbahal, el capitán predilecto. Mis númidas están en el otro extremo del campamento. Tú te rodeas únicamente de iberos para excitar su fidelidad con tal prueba de confianza, y éstos no entienden el fenicio.

Hanníbal, convencido por la observación de Asbyte, bajó la cabeza y cruzó los brazos, resignándose á escucharla.

—Eres huraño y duro como un dios —suspiró la amazona—. Quien te ama siente para siempre el fuego de Moloch en las entrañas, sin que te dignes apagarlo con una mirada de bondad, con una sonrisa. Eres de bronce; tus ojos miran eternamente á lo alto y no puedes ver á los que se arrastran para llegar hasta tí. Crees haberme hecho feliz porque me llevas de combate en combate, de conquista en conquista, y consideras que mi dicha consiste en tener encallecidas por la lanza mis manos, que antes se adornaban con sortijas; endurecidas por las carrilleras del casco mis mejillas, que en otros tiempos se cubrían con ungüentos costosos, traídos de Egipto por mis caravanas. Soy ruda y feroz como un hombre. Poseyendo allá lejos jardines, en los que vive una primavera eterna, he sufrido hambre y sed á tu lado. No sé ya quién soy; dudo de mi sexo, viendo afeado mi cuerpo por la fatiga: la piel, sobre la que se deslizaban las manos de mis esclavas como si fuese un espejo, es dura como la del cocodrilo. Si no parezco horrible como el tropel de hembras envejecidas que siguen á tus soldados, es porque aún vive en mí la juventud. Y todo esto, ¿por quién? Por tí, que no me miras, que has olvidado nuestro primer encuentro, que sólo ves en Asbyte un buen amigo, un aliado apreciable que llegó hasta tí trayendo un buen golpe de combatientes. ¡Hanníbal! ¡Rayo de Baal! Eres grande como un semidiós, pero no conoces á los seres humanos. Tú sólo ves en mí una amazona, una virgen guerrera como las que cantaron los poetas de Grecia... y yo soy una mujer.

Calló Asbyte algunos momentos, contemplando con tristeza al silencioso Hanníbal.

—Has olvidado sin duda cómo nos conocimos —añadió melancólicamente, después de una larga pausa—. Vivía feliz en mis oasis, hasta que corrí hacia tí, como si emanase de tu persona un hechizo irresistible. Era la hija del garamanta Hiarbas. Cansada de las dulzuras de mi casa, del canto de mis esclavas y de los esplendores que arrojaban á mis pies los mercaderes de las caravanas, iba con Hiarbas á cazar el león en el desierto, y los guerreros asombrábanse viendo cómo temblaban, obedientes y tímidos, los más salvajes potros, al sentirme sobre sus lomos. Era fuerte, era hermosa; apenas salida de la niñez, los caudillos más fieros de la Numidia venían á pedir hospitalidad á mi padre para verme de cerca, y hablaban de sus rebaños y de sus guerreros, proponiendo una alianza á Hiarbas. Y yo, indiferente, fría, con el pensamiento puesto en Cartago, donde había estado una vez acompañando á mi padre para ajustar el tributo con los ricos del Senado. ¡Ah, la ciudad grandiosa, la ciudad inmensa, con sus templos como pueblos y sus dioses gigantes!

Y desviando el curso de sus ideas, hablaba con entusiasmo de Cartago, como si al través de los viajes y las aventuras belicosas se conservase fresca en ella la impresión de la gran ciudad. Recordaba las viviendas de los ricos cartagineses, con los muros polícromos rematados por esferas brillantes de metal y de vidrio; los grandes templos de mármol, con sus bosques misteriosos, en los cuales resonaban las liras y los címbalos de los sacerdotes; el templo de Thanit, rodeado de rosales, escondrijos perfumados que servían de albergue á la prostitución sagrada en honor de la diosa; y después el puerto, el inmenso puerto, con todo un pueblo de naves que arrojaban á borbotones en la ciudad las riquezas del mundo entero; el estaño de la Bretaña, el cobre de Italia, la plata de Iberia, el oro de Ofir, el incienso de Saba, el ámbar de los mares del Norte, la púrpura de Tiro, el ébano y el marfil de Etiopía, las especias y perlas de la India y las telas brillantes de los pueblos del Asia misteriosos y sin nombre, que permanecían en el último confín del mundo envueltos en la vaguedad de la leyenda.

Ella adoraba la ciudad, más aún que por sus esplendores, porque en ella estaban los partidarios de los Barcas, los sostenedores de la familia heroica, de cuyas hazañas hablaban por la noche á la luz de la luna los guerreros númidas, y de la que era vástago glorioso aquel Hanníbal todavía niño que hacía sonar su nombre en las guerras de Iberia.

—Los míos amaron siempre á los tuyos —continuó la amazona—. Si mi padre Hiarbas soportó la dominación de Cartago, fué porque al frente de ella estaba Hamílcar, un africano, un númida como nosotros. Yo odio tanto como tú á los mercaderes de Cartago, antiguos fenicios que se amontonaron y reprodujeron como gusanos en el peñón de Arad, para venir después á apoderarse por el mar de nuestro hermoso suelo de África. Odio la nave grabada en muchas de vuestras monedas y templos, porque es el signo de los avarientos que vinieron á explotarnos; y adoro el corcel cartaginés, el caballo númida, como un signo de nuestro pasado.

Después habló del encanto que había ejercido sobre ella desde lejos la gloria de los Barcas. Amó á Hanníbal sin conocerlo, influída por los relatos de hazañas que llegaban hasta ella. Le veía luchando como un leoncillo al lado de su padre, entre las manadas de toros con los cuernos inflamados y de los carros ardiendo que los iberos arrojaban contra el invasor cartaginés; le contemplaba loco de furor ante el cadáver de Hamílcar, y después languideciendo de inacción al lado del hermoso Hasdrúbal, conciliador y pacífico; hasta el momento en que, asesinado éste por el puñal de un galo, aclamaba todo el ejército al joven jefe.

Acababa de morir su padre Hiarbas, y ella era reina de sus tribus cuando supo que Hanníbal, ansioso de gloria y de luchas, estaba aislado en la fortaleza de Cartago-Nova, sin otras tropas que las últimas reliquias del ejército que Hamílcar había llevado á Iberia. Los ricos de Cartago, enemigos de los Barcas, no se atrevían por miedo al populacho á despojar al hijo de Hamílcar de la jefatura que le daban sus soldados; confirmábanla con su silencio, pero le dejaban aislado, sin recurso alguno, entregado á sus propias fuerzas para que los indígenas acabasen con él, ó cuando más consiguiera sostener en las costas de Iberia un pequeño estado, en cuyo seno se extinguiría lentamente la ambición de los Barcas.

—Entonces volé hacia tí —continuó Asbyte—. Deseaba conocer al hombre y salvar al héroe. Entregué una gran parte de mis riquezas á los mercaderes de Cartago para que me prestasen sus naves; inflamé el entusiasmo de los más belicosos de mis tribus para que me siguieran; hasta sus hijas que, imitándome, iban á la caza del león y galopaban todo el día, empuñaron la lanza, sintiéndose arrastradas á mi loca aventura; y una tarde, cuando tal vez llorabas considerando muertas tus ilusiones de gloria, viste desde lo alto de la ciudadela de Cartago-Nova toda una flota que llegaba del África. ¿Te acuerdas?... Dí: ¿te acuerdas de cómo me recibiste?

—Sí, y jamás lo olvidaré —dijo Hanníbal con dulzura—. Aquellos días son mi mejor recuerdo.

—Me recibiste como si fuese una divinidad, como si Astaroth, que alumbra nuestras noches, hubiese descendido del cielo para darte su protección. Olvidaste á mis guerreros para verme sólo á mí, y despreciando por el momento tus ambiciones, pasamos las noches tendidos en la terraza de la ciudadela, y las estrellas fueron testigos de nuestros interminables abrazos. Pero ¡ay! aquella felicidad fué como esas rosas de Egipto que sólo duran un día en los búcaros de las ricas de Cartago. Pronto volvió á tí el orgullo de la dominación, el afán del caudillo. Admirabas, más que mi belleza, la apostura de mis númidas, cuando por las tardes, fuera de los muros, asombraban á tus viejos guerreros, arrojando dardos, de rodillas sobre sus caballos, que corrían levantando el polvo con el vientre. Salimos á pelear con los Olcades, los Vaceos, todas esas tribus iberas que ayer te combatían y hoy te siguen: guerreé tras de tí como un soldado y me consideraba feliz cuando en las largas marchas, imitando á nuestros caballos que juntaban amorosamente sus cabezas, te inclinabas hacia mí, chocando tu casco con el mío para besarme... Después ni esto. ¿Qué soy yo? Un guerrero más en tu campamento; un amigo digno de gratitud que te trajo su auxilio al verte abandonado de Cartago, sin otra fuerza que un puñado de veteranos y algunos elefantes. En los combates, si me ves en peligro, vuelas á defenderme; pero después, en el campamento, en las marchas, algunas palabras de amistad, una fría sonrisa como á cualquiera de tus capitanes. Tu corazón se ha cerrado para mí. ¿Es que ya no soy Asbyte, la que conociste en Cartago-Nova? ¿No me amas al verme afeada y endurecida por la guerra? Dímelo, y volveré á ser mujer, me llenaré de joyas, abandonaré mis amazonas para rodearme de esclavas griegas; me cubriré de ungüentos que devuelvan á mi piel su primitiva frescura, y te seguiré en tus marchas, tendida en una litera con cortinas de púrpura.

—No —se apresuró á decir Hanníbal con entusiasmo—. Te amo tal como eres. La amada de Hanníbal sólo puede ser una amazona como tú, que has hecho rodar bajo tu corcel muchos guerreros.

—¡Entonces!... ¿por qué me huyes? ¿por qué me abandonas, olvidando las dulzuras de nuestro primer encuentro? Mira ese ruiseñor que hace poco querías matar: en medio de un campamento, frente á una ciudad sitiada, canta y canta llamando á su hembra, sin importarle los horrores de la guerra, sin percibir el hedor de sangre que sale de los campos. Seamos como él: hagamos la guerra, pero amándonos, y paseemos al través de las batallas nuestros cuerpos fundidos por el amor.

—No, Asbyte —dijo el africano con acento sombrío—. Esa felicidad es imposible: te amo, pero no podemos comprendernos. Tú te quejas de que sólo veo en tí una amazona cuando eres una mujer: tú en cambio sólo ves en mí un hombre, y yo soy más que un hombre. No soy el semidiós que tú imaginas; soy algo más: una formidable máquina de guerra, sin corazón ni misericordia, creada para aplastar á los hombres y los pueblos que se opongan á su paso.

Y Hanníbal decía esto con convicción, golpeándose el duro pecho, irguiendo su figura con sombría majestad al afirmar su potencia destructora.

—Te amaría si fuese un hombre capaz de perder mi tiempo en tales dulzuras. ¿Pero cuándo has visto que el águila pase toda su vida en el nido acariciando á la hembra, sin sentir el anhelo de remontarse para caer sobre el enemigo? Los que tienen garras no pueden acariciar, y yo nací para hacer presa del mundo ó que el mundo me aplaste... ¡Amar! ¡Dulce ocupación, lo reconozco! En mi pasada existencia, llena de sangre y de luchas, el único oasis de felicidad fueron aquellos días de Cartago-Nova, en los cuales creí que la propia Thanit, con toda su belleza de diosa, se dignaba descender hasta mis brazos. Pero aquello se acabó: Hanníbal tiene otros amores que le atraen y le dominan; ama su espada, ama todo lo que posee el enemigo, y no puede dormir con tranquilidad pensando en Roma, á la que ansía estrujar entre sus brazos... ¡Cuán lejos está!...

La amazona hizo un gesto de desesperación ante el apasionamiento con que el caudillo hablaba de sus ambiciones.

—Podías quejarte —continuó Hanníbal— si vieses que mi pensamiento estaba ocupado por la imagen de otra mujer. ¿Á quién he amado sino á tí? Para atraerme á estos bárbaros que me siguen, para ligarles por el parentesco á mis empresas, hice mi esposa á la hija de un reyezuelo ibero. Y bien, ¿dónde está? ¿me sigue acaso como tú? Permanece en Cartago-Nova, hilando sus lanas de colores, y apenas si me acuerdo de ella, pues ni por un momento me conmovieron sus gracias de virgen bárbara. Yo sólo te amo á tí. Hanníbal sólo pudo caer trémulo de pasión entre unos brazos como los tuyos, endurecidos por el manejo de la lanza. Pero sé digna de él: no pienses como las otras mujeres: no busques nuevos enternecimientos: únete á mí para que los dos pensemos en poseer y odiar; en hacer el mundo nuestro.

Y como exaltado por sus propias palabras, el africano, con los ojos brillantes, se aproximó á Asbyte, acariciándola los brazos, mientras la soplaba junto al rostro sus palabras de entusiasmo.

—Yo quiero ser el señor del mundo: quiero que sobre la tierra sólo exista Cartago, porque Cartago es mi patria. Si hubiese nacido romano sería Roma la señora. Quiero con mi nombre borrar el recuerdo de Alejandro el Macedonio; ser más grande que él, conquistar mayores territorios, y sueño empresas menos fáciles que dominar los pueblos asiáticos, ablandados por la molicie del sol y las riquezas. Roma es dura, es más fuerte que nuestra república de mercaderes, roída por la avaricia y los placeres; sus manos están endurecidas por la esteva y la lanza... ¡pues contra Roma voy!... ¡Alejandro! ¡Cuán débil es su gloria! Es fácil marchar á la conquista del mundo cuando se es hijo de Filipo, que deja por herencia un ejército aguerrido en cien victorias; cuando se tiene un reino obediente á la espalda y hasta en la niñez se goza la suerte de recibir las lecciones de Aristóteles. Lo difícil es ser Hanníbal, viéndose abandonado de la patria, sin otros recursos que los que yo puedo buscarme; teniendo que hacer frente al mismo tiempo á la furia de los enemigos y á la traición y las intrigas de los compatriotas; criado lejos de mi padre, entre mercaderes astutos que, conservándome como en rehenes, querían evitarse futuros peligros, torciendo mis instintos belicosos; sin otra cultura que un poco de griego que me enseñó Sosilón el espartano. Y á pesar de esto, Hanníbal riñe con la fatalidad y la vence. Si Alejandro admira por sus conquistas en el país del sol, algún día se asombrará el mundo viéndome dominar á la naturaleza, después de aplastar á los hombres, atravesando las más altas nieves y cambiando de sitio montañas enteras para seguir mi camino. Mírame bien, Asbyte, y te convencerás de que es tan inútil querer despertar en mi corazón sentimientos humanos como ablandar el pecho del enorme Moloch de bronce que tenemos en Cartago. Hace un momento, en la soledad de mi tienda, me sentía débil y desconfiado; pero hablando contigo renace mi fuerza. Mírame bien: estás en presencia del que no teme á los hombres ni á los dioses.

—¡Los dioses! —exclamó con cierto temor Asbyte—. ¿No temes que te castiguen?...

Una carcajada ruidosa, sarcástica, de inmenso desprecio, contestó á la amazona.

—¡Los dioses! —gritó Hanníbal—. Vivo entre guerreros de todos los pueblos. Cada uno adora sus dioses, y conozco tantos, ¡tantos! que no creo en ninguno y me burlo de todos ellos. En Cartago adoraba á Moloch; aquí me has visto muchas veces dedicar sacrificios á las divinidades iberas, para atraerme á los pueblos. Si algún día entro como vencedor en esa ciudad donde vive continuamente mi pensamiento, el populacho me aclamará, viéndome subir al Capitolio para dar gracias á sus dioses... Yo sólo creo en la fuerza y la astucia; sólo tengo un dios tutelar, la guerra, que agiganta los hombres dándoles la omnipotencia de la divinidad. Si al ser señor de toda la tierra no encontrara con quien reñir, moriría, creyendo que el mundo estaba vacío.

La amazona bajaba la cabeza con expresión triste.

—Comprendo que nunca serás mío, Hanníbal. Amas la guerra sobre todas las cosas y serás fiel á ella mientras vivas. Eres una ave de presa; te basta el amor momentáneo de la esclava, te sacia la mujer llorosa y herida que cae en poder de tus soldados al entrar al asalto por la brecha. Nunca comprenderás el amor con sus dulzuras.

Hanníbal se encogió de hombros con desprecio.

—Amo la victoria, el éxito. El laurel que los héroes griegos se ceñían en el triunfo tiene para mí un perfume más penetrante que las rosas de los poetas. Cesa, Asbyte, en tus lamentos: sé guerrera y olvida que eres mujer; te amaré más, serás mi hermano de armas. ¿Á qué pensar en aquellas noches de amor, cuando estaba yo caído en la desgracia y carecía de soldados, ahora que toda Iberia viene á mí y comienzo á ver realizados mis ensueños de dominación? Contempla ese campamento donde se hablan infinitas lenguas y cada uno viste diverso traje. Las tribus llegan como los riachuelos que engrosan el torrente. Cada día se presentan nuevos guerreros. ¿Cuántos son?... Nadie lo sabe. Marbahal decía ayer que eran ciento veinte mil; yo creo que pronto serán ciento ochenta mil. Les arrastra la ciega confianza en Hanníbal; presienten que conmigo se marcha á la victoria; tal vez sus dioses les han dicho que esto no es más que el principio de una serie de hazañas que asombrarán al mundo. Admírate, Asbyte. Esas gentes han pasado su vida guerreando entre sí; se odiaban, y sin embargo, la espada de Hanníbal es un cayado, que les guía como un rebaño común. ¿Y quieres, después de este prodigio, que pierda mi tiempo amándote, que permanezca en mi tienda tendido á tus pies, con la cabeza sobre tus rodillas, oyéndote cantar las soñolientas canciones del oasis?... No, ¡rayo de Baal! La ciudad está enfrente de nosotros, burlándose del ejército más grande que jamás se reunió en los campos de Iberia, y es preciso acabar. Es preciso que la tienda de lienzo aplaste á la torre de piedra. Afila bien tu lanza, hija de Hiarbas; prepara tu fiel caballo, amada mía. Sopla en torno de mí ese aliento misterioso que siempre percibo en vísperas de la victoria. Hoy mismo entraremos en Sagunto.

Y miraba á lo lejos como si sintiera impaciencia, aguardando la llegada del día. Brillaba la luna con menos intensidad; oscurecíase el cielo tomando su azul un tono más denso, y por la parte del mar marcábase una ancha faja de claridad violácea.

—Pronto amanecerá —continuó el africano—; esta noche, Asbyte, dormirás en el lecho de marfil de alguna rica griega, y tendrás á tus pies los ancianos de la ciudad para que te sirvan como esclavos.

—No, Hanníbal. No terminará para mí el día que ahora empieza. Veo aún la sombra de Hiarbas, tal como se me apareció antes del primer canto del gallo. ¡Moriré, Hanníbal!

—¡Morir!... ¿Y eres tú quien lo crees? Para que el enemigo llegue hasta tí, es preciso que pase sobre Hanníbal. Eres mi hermano de armas. Yo estaré á tu lado.

—Aun así moriré. Mi padre no puede engañarme.

—¿Tienes miedo?... ¿Tiemblas, hija del garamanta?... ¡Al fin, mujer! Quédate en tu tienda: no te aproximes á los muros. Iré á buscarte, cuando llegue el momento de que entres en la ciudad como señora.

Asbyte irguió su gallarda figura cual si acabase de recibir un latigazo. Sus grandes ojos brillaban con cólera.

—Te dejo, Hanníbal. Comienza á amanecer. Prepáralo todo para el asalto, y ya me encontrarás cuando tus tropas den la señal. Al saber que voy á morir, sólo quería pedirte un beso, el último... No, no te acerques. Ahora no lo deseo: me haría daño. Si caigo y puedes encontrarme entre los cadáveres, ya sabes cual ha sido mi último pensamiento.

Se alejó apoyada en su lanza, por entre las filas de tiendas, seguida del negro caballo, que husmeaba la huella de sus plantas como bestia apasionada.

Comenzaba el día. Extinguíanse las hogueras, y en torno de las últimas llamas veíanse hombres que se levantaban del suelo estirando sus miembros entumecidos y sacudiendo los pedazos de tela en que estaban envueltos. Relinchaban los caballos tirando de las cuerdas, y los soldados los dejaban en libertad, conduciéndolos al río para abrevarlos y limpiarlos.

Por todos los caminos llegaban al campamento grandes carretas cargadas de víveres y forraje, y con el chirrido de sus ejes confundíanse las canciones de los soldados que, al levantarse alegres, recordaban el lejano país, cantando en la lengua natal.

Era una confusión de voces y de gritos; cada pueblo ocupaba un lugar distinto; se saludaban con aullidos regocijados de una nación á otra. Sobre el campamento, elevábase un vaho de carne desnuda y sudorosa, de guisos raros hirviendo en las marmitas, y resonaban los grandes mazos de los carpinteros componiendo los artefactos de asedio, que á las pocas horas habían de disparar piedras y dardos contra las murallas. Algunos guerreros de flotante manto, jinetes en briosos caballos, corrían entre la ciudad y el campamento mirando las murallas de Sagunto, en cuyas almenas, enrojecidas por los primeros rayos del sol, comenzaban á rebullir los defensores. Hanníbal, á pie, con la cabeza descubierta, contemplaba también la ciudad desde fuera del campamento, sentado en un trozo de muro, último resto de una quinta arrasada por los sitiadores.

Estaba resuelto á dar el asalto tan pronto como su ejército hubiese terminado los preparativos matinales. Quinientos africanos armados con picos se formaban en las afueras del campamento. Iban á acometer aquel punto de la ciudad que avanzaba su muralla en un terreno llano y despejado, que permitía llegar hasta su base sin obstáculo alguno. En otros sitios del campamento se agolpaban los infantes celtíberos con largas escalas para intentar el asalto por distintos lados á la vez. Avanzaban las máquinas de guerra; las catapultas, con el robusto balancín oprimido por tirantes cuerdas, pronto á disparar los pedruscos depositados en la cavidad de su largo brazo; los arietes, que al ser arrastrados, temblaban pendientes de sus cadenas. Las torres de asedio, ligeras, de paredes de juncos entrelazados, marchaban sobre discos macizos, coronadas por los escudos de los sitiadores, que se ocultaban tras ellos para disparar los dardos.

Hanníbal corrió á su tienda, pasando por entre los jinetes, que limpiaban sus caballos y sus armas con lentitud, convencidos de que no habían de tomar parte en el asalto hasta el último momento. El caudillo se armó á la ligera. Vistióse una corta loriga de escamas de bronce, se cubrió con el casco, tomó un escudo, y al salir de la tienda encontró á Marbahal y á su hermano Magón, encargados de las reservas que quedaban en el campamento.

—Llevas las piernas descubiertas —dijo el hermano—. ¿No te las cubres con las grebas?

—No —contestó animoso el caudillo—. Vamos á un asalto, y para trepar por los escombros, hay que tener los pies ligeros. Los dardos me respetarán como siempre.

Al salir del campamento creyó ver entre dos tiendas á la reina de las amazonas, que le seguía con ojos tristes. Pero Asbyte, al cruzar su mirada con la de Hanníbal, se alejó, tornándole la espalda con altivez.

Sonaron las trompas y el campamento pareció moverse, marchando contra la ciudad.

Avanzaban los manteletes, verdaderas murallas de madera, por cuyos intersticios disparaban los arqueros. Al abrigo de estos movibles baluartes, iban adelantando los africanos armados de picos, mientras que por otros lados del valle corrían los celtíberos, llevando al frente sus escalas.

Las murallas se cubrieron en un instante de defensores. Por encima de las almenas asomaban brazos nervudos arrojando dardos, culebreaban las hondas disparando piedras, y se combaban los arcos despidiendo agudos silbidos.

Hanníbal, para animar á los asaltantes, marchaba detrás de los quinientos africanos, riendo de los proyectiles de toda clase que chocaban con la madera de los manteletes. Varias noches, arrastrándose, y á riesgo de caer prisionero, había llegado hasta el pie de aquel muro que cubría la parte del valle y era el más fuerte de la ciudad. La base estaba formada de grandes piedras unidas con barro. Convencido el caudillo de que era difícil escalar los muros, quería abrir brecha por los cimientos, derrumbando la rojiza muralla, ante la que se había estrellado su ejército.

Al llegar cerca de ella, los africanos abandonaron el abrigo de los manteletes, arrojándose con furor contra la barrera de enormes piedras. Desnudos, negruzcos, vociferantes, subiendo y bajando sus brazos musculosos, al final de los cuales brillaba el hierro del pico, parecían espíritus infernales enviados por los dioses kabiros de Cartago para la destrucción de la ciudad. Encarnizados y tenaces en su tarea de destrucción, rugían y trabajaban, insensibles á los golpes que venían de arriba.

Los sitiados, enfurecidos por tanta audacia, despreciaban á los honderos baleares y á los arqueros, que desde lejos disparaban sobre las almenas; y sacando el cuerpo fuera, arrojaban á los africanos dardos y pedruscos, que cayendo verticalmente, nunca dejaban de producir víctimas. Rodaban los africanos con la cabeza partida ó las espaldas aplastadas; rompíanse los brazos y las piernas como cañas bajo el peso de los pedruscos, y más de un asaltante quedaba con el vientre clavado al suelo por un dardo que le atravesaba los riñones. Por encima de los cuerpos palpitantes, de las carnes magulladas, de la sangre que se amalgamaba con el barro de los muros, nuevos asaltantes cogían el pico de manos de un moribundo y emprendían contra la muralla la obra de destrucción, golpeándola furiosamente como si fuese un enemigo en pie; confundiéndose los africanos, los celtíberos, los galos, hombres de todos colores y razas, jurando cada cual en su idioma con espumarajos de rabia y sintiendo cernerse la muerte sobre sus espaldas á cada instante, entre el estrépito de aullidos y lamentos, de piedras que caían y de faláricas que incendiaban las ropas y se agarraban á la carne desnuda, haciendo arder á los hombres, que, retorciéndose de dolor, corrían hacia el río como antorchas animadas.

¡Ya se movía un bloque del muro! ¡Ya rodaba fuera de su álveo! Lo más importante era sacar el primero; tras de aquel saldrían los otros. Los asaltantes prorrumpieron en exclamaciones de salvaje alegría; oían la voz de Hanníbal animándolos; pero antes de levantar la cabeza para descansar un momento, un rugido inmenso se elevó entre ellos. Llovía; pero eran gotas ardientes, infernales, que penetraban en los cuerpos como interminables cuchillos. Arriba, entre las almenas, humeaba una hoguera. Era que los comerciantes derretían los grandes lingotes de plata de sus almacenes, enviando el metal fundido como una lluvia de muerte sobre los que osaban destruir los muros de la ciudad.

Los asaltantes retrocedieron rugiendo de rabia, y fueron á refugiarse detrás de los manteletes. Hanníbal levantaba su espada, queriendo con sus golpes hacerles volver al trabajo. Pero en vano se esforzaba hablando de la victoria y de la necesidad de destruir el muro. Sus soldados retrocedían de espaldas, mirando con respeto al caudillo, que parecía invulnerable, pero quejándose del atroz tormento de las quemaduras. Algunos se revolcaban en el suelo, con los labios cubiertos de espuma, pataleando de dolor.

De pronto, pareció que la ciudad estallaba, arrojando lejos de sí á todos sus habitantes. Á lo lejos veíase huir á los celtíberos, arrojando sus escalas. La ciudad salía en masa contra los sitiadores. Las puertas eran pequeñas para dar paso á la muchedumbre armada que se arremolinaba en ellas, extendiéndose después como un torrente que corre encajonado entre montañas y de pronto se esparce en la llanura. Muchos impacientes se descolgaban de las almenas para caer más pronto sobre el enemigo.

En un momento quedó cubierto por los saguntinos que atacaban y los sitiadores que huían, todo el espacio entre las murallas y el campamento. Hanníbal se sintió arrastrado por la fuga de sus soldados. Ardían los manteletes, y una muchedumbre de mujeres y niños empuñando antorchas, rodeaba las torres de asedio, incendiando sus paredes de junco.

Los saguntinos, formados en masas, avanzaban, barriendo á los sitiadores, que huían á la desbandada. Ante su movible frente de picas y brazos levantados con anchas espadas, sólo se veían hombres fugitivos que arrojaban las armas y caían alcanzados por los dardos y las lanzas.

El gigante Therón avanzaba aislado, como si él solo fuese una falange. La piel de león y su enorme estatura atraían las miradas de todos: su maza subía y bajaba, acosando los grupos fugitivos y abriendo en ellos grandes claros.

—¡Es Hércules! —gritaban con terror supersticioso los sitiadores—. ¡El dios de Sagunto que viene contra nosotros!

Y la presencia del gigante aceleraba aún más la dispersión que los golpes de los saguntinos.

Hanníbal intentaba avanzar, hacer frente; pero en vano rugía, blandiendo su espada. Estaba preso en el torrente de la fuga; le empujaban sus propios soldados, ciegos por el contagio del terror; le pisaban los talones ó le golpeaban la espalda con sus cabezas bajas por la velocidad de la carrera, y tenía que hacer grandes esfuerzos para no verse derribado y pisoteado. Un momento más y los sitiados, después de destruir todas las obras de asedio, entraban en el campamento.

El caudillo rugía maldiciones y amenazas contra su hermano y Marbahal, que no acudían con las reservas á sostener el torrente de la derrota. Vió que apresuradamente salían tropas del campamento, pero á pie y sin orden, con la precipitación que produce un suceso inesperado, ajustándose muchos de ellos las correas de sus corazas, confundidos con los de otros pueblos y sin sus jefes, que en vano hacían sonar los cuernos para ordenar las huestes.

Los saguntinos, con el impulso ciego de la victoria, chocaron con este refuerzo y casi lo arrollaron en el primer encuentro. Hanníbal, que había conseguido reunir un grupo de soldados más animosos, hacía frente á los saguntinos.

—¡Á mí! ¡Á mí! —gritaba á los que llegaban del campamento, y en su turbación no sabían dónde acudir.

Pero sus gritos atraían al mismo tiempo á los enemigos. Therón, como si le guiase su dios, se dirigió contra Hanníbal, y pronto su maza comenzó á caer sobre los escudos del grupo cartaginés. Se arrojaba con un coraje frío contra los enemigos, quebrando sus lanzas con un revés de la maza; hiriéndose con las espadas, que parecían embotarse en sus músculos poderosos, y chorreando sangre por debajo de su piel de león, feroz y magnífico, como una divinidad. No levantaba el nudoso tronco sin que cayera un enemigo á sus pies.

Comenzaban á retroceder otra vez los sitiadores ante el empuje de los saguntinos; Hanníbal se veía arrastrado de nuevo por los suyos, aterrados por la furia del gigante que parecía invulnerable, cuando algo inesperado cambió la faz del combate.

Tembló la tierra bajo un desenfrenado galope semejante al tableteo de un trueno, y encorvadas sobre las crines de sus caballos, al aire las cabelleras ondeantes bajo los cascos y arremolinadas las blancas túnicas en torno de las piernas desnudas, cayeron contra los enemigos las amazonas de Asbyte, con la impetuosidad de un huracán. Gritaban tremolando sus lanzas, llamándose unas á otras para cargar sobre los grupos más compactos, y los enemigos retrocedían asombrados ante aquellas mujeres que por primera vez veían de cerca y que tenían á su favor la fuerza de la sorpresa.

Hanníbal, al través de las cabezas de los que le rodeaban, vió pasar como un rayo luminoso á Asbyte, completamente sola. La luz del sol, quebrándose en su casco, la rodeaba de un nimbo de oro. Su instinto de amante la había hecho adivinar dónde estaba Hanníbal cercado de enemigos, y corría allí para darle auxilio.

Lo que después pasó fué rápido, instantáneo; apenas si Hanníbal pudo verlo entre el polvo de la carga, con la vaguedad apresurada de un ensueño.

La amazona, con la lanza baja, se dirigió al galope contra el sacerdote de Hércules, que en el reflujo de aquel combate desordenado, cuerpo á cuerpo, había quedado solo en un gran espacio de terreno.

—¡Ohóoo!... —gritaba la amazona, excitando el caballo con su exclamación de guerra.

Y doblando las piernas contra los hijares de la bestia, elevábase sobre sus lomos para herir mejor al gigante.

El caballo, asustado al ver la espantosa cabeza de león sobre la testa del coloso, se encabritó relinchando, y en el mismo momento cayó sobre sus ojos la enorme maza, produciendo igual chasquido que si se quebrara una robusta ánfora.

Rodó el caballo sobre las patas traseras con la cabeza rota, manando sangre por los ojos, y la amazona, despedida de sus lomos, cayó de rodillas á algunos pasos de distancia, cubriéndose con el escudo. Si podía resistir un momento se salvaba. Hanníbal, olvidado de los suyos que se agitaban en la confusión del combate, corría en su auxilio. Del campamento salían grandes grupos de jinetes para apoyar á las audaces amazonas, y la masa de los sitiados retrocedía en desorden hacia la ciudad.

Púsose en pie Asbyte y avanzó un paso, levantando la lanza para herir al gigante; pero en el mismo momento, la enorme maza, blandida con dos manos, cayó sobre ella como un muro que se desploma. Resonó quejumbrosamente el escudo de bronce al quebrarse, cayó en pedazos el casco de oro, y Asbyte se dobló en el suelo con la túnica cubierta de sangre, como una ave blanca que plegase sus alas.

Therón, á pesar de su ferocidad, quedó inmóvil, apoyado en su maza, sin ver lo que pasaba á su alrededor, como arrepentido del horrible destrozo que su fuerza había causado en aquella mujer hermosa.

—¡Á mí, Therón! ¡Defiéndete, carnicero de Hércules!... Mátame si puedes: soy Hanníbal.

Volvióse el sacerdote y vió un guerrero que, cubierto el rostro con el escudo y la espada de punta, avanzaba con agilidad asombrosa, trazando círculos en torno de él, como un tigre que ataca á un elefante y busca con su movilidad hacer presa en un punto flaco. Había terminado la batalla: los saguntinos se replegaban sobre la ciudad. Los jinetes sitiadores cargaban cerca de las murallas, dejando solos á los dos combatientes en aquella parte del campo. Algunos soldados se aproximaban con lentitud para detenerse á alguna distancia, intimidados por el terror supersticioso que inspiraba el gigante.

Therón no se inmutó al verse solo. ¡Hanníbal! ¡Era Hanníbal aquel guerrero que iba á luchar con él completamente solo!... ¡Este encuentro singular, á la vista de toda la ciudad asomada á las murallas, parecía preparado por su dios! ¡Iba á librar á Sagunto de su principal enemigo!... Hércules le proporcionaba esta gloria; y sonriendo satisfecho, levantó la maza, marchando en línea recta contra el africano.

Éste le eludía retrocediendo, saltando de lado con agilidad felina, evitando el encuentro, hasta que al fin, cansado el sacerdote y deseando acabar antes que llegaran nuevos combatientes, se afirmó sobre sus piernas de coloso y arrojó la maza contra Hanníbal. El enorme tronco rasgó el aire, al mismo tiempo que Hanníbal, viéndolo venir sobre él, saltaba de lado. Todavía alcanzó su escudo, produciendo con el choque un estrépito atronador, y fué á caer lejos, levantando una nube de polvo. El africano, con la violencia del golpe dobló las rodillas, pero se repuso, y arrojando su escudo roto corrió con la espada levantada contra Therón.

El sacerdote de Hércules, al verse desarmado, tuvo un momento de debilidad, sintió miedo, creyóse en presencia de un ser superior contra el que nada podían sus fuerzas, y volviendo la espalda á Hanníbal, huyó hacia Sagunto. Desde las murallas le llamaban á gritos viéndole en peligro. Algunos armaban los arcos para detener con sus flechas á Hanníbal; pero no osaban disparar por miedo á herir á Therón. Respiraban angustiosamente los saguntinos al ver huir á su Hércules, perseguido por aquel guerrero que le acosaba cerrándole el paso para que no llegase á la ciudad.

El gigante pesado y musculoso corría difícilmente por el campo cubierto de cadáveres y despojos del combate. Tropezó en un escudo, sus rodillas se doblaron, y volvió á levantarse; pero esta vez completamente desnudo. La piel de león había caído de sus hombros, quedando entre los despojos de la batalla.

Su perseguidor le alcanzaba. Sintió en sus espaldas el frío del hierro hundiéndose entre los músculos, y no queriendo morir perseguido como un esclavo á la vista de toda la ciudad, volvióse rápidamente, extendiendo sus brazos como columnas para ahogar entre ellos al enemigo.

Pero Hanníbal, antes de que cayeran en torno de él aquellas dos moles magullándolo, hundió su espada varias veces en el costado del coloso, y Therón se desplomó, llevándose las manos á las heridas para contemplar su sangre, de un rojo obscuro.

Miró sin cólera á Hanníbal, con una expresión infantil de dolor, y luego fijó sus ojos turbios por la muerte en la alta Acrópolis, sobre cuyas techumbres se reflejaba el sol.

—¡Padre Hércules! —murmuró con amargura—. ¿Por qué abandonas á los tuyos?...

Su cabeza enorme, al caer en el suelo, levantó una nube de polvo. Hanníbal se inclinó sobre ella, y con su espada comenzó á cortar el robusto cuello, teniendo que dar muchos golpes para partir la maraña de tendones como cuerdas y de músculos resistentes, en los que el hierro parecía embotarse.

Una nube de flechas comenzó á clavarse en el suelo en torno de Hanníbal.

El caudillo se despojó del casco, dejando suelta la cabellera de gruesos rizos; agarró la cabeza de Therón por su ensangrentada melena, y poniendo un pie con ademán de vencedor sobre el cuerpo del sacerdote, la enseñó á los que ocupaban las murallas.

Estaba magnífico con la espada en la diestra, avanzando el otro brazo, que sostenía la cabeza del gigante. Relampagueaban de orgullo y fría cólera sobre la obscura tez sus ojos, brillantes como los discos de metal que pendían de sus orejas.

Los sitiados le reconocieron, y un grito de sorpresa y de rabia corrió á lo largo de la muralla.

—¡Hanníbal!... ¡Es Hanníbal!

Aún permaneció inmóvil algunos instantes, como la estatua de la victoria, desafiando con soberbia á los enemigos, sin hacer caso de la nube de proyectiles que zumbaba en torno de él, hasta que de pronto soltó la cabeza de Therón y cayó de rodillas, abandonando su espada.

Mopso el arquero acababa de atravesarle una pierna de un flechazo.

Todos vieron desde las murallas cómo en un arranque de dolorosa rabia se arrancaba el mástil de la flecha, haciéndolo añicos y arrojándolo lejos. Luego ya no vieron más. Una gran parte del ejército sitiador corrió á él para cubrirlo, y sus honderos y arqueros comenzaron á disparar contra la muralla.

Acteón, fatigado por la salida reciente, contemplaba oculto tras una almena lo que ocurría en torno de Hanníbal, sin prestar atención á los proyectiles de los honderos que, enfurecidos por la herida del caudillo, enviaban una tempestad de piedras contra los muros.

Vió cómo se alejaba Hanníbal, sostenido por dos capitanes cartagineses de dorada coraza y custodiado por una muchedumbre.

De repente el caudillo repelió á los que le sostenían, y cojeando dolorosamente anduvo hacia un bulto blanco y ensangrentado que se destacaba sobre la tierra roja, como un harapo informe. Se inclinó sobre él, y los númidas que le rodeaban vieron llorar al terrible Hanníbal por primera y última vez, uniendo su boca á la destrozada cabeza de la amazona Asbyte, besando aquel rostro amado, en torno de cuyas facciones aplastadas y sangrientas, comenzaba á revolotear un enjambre de fúnebres moscas.