VIII
Roma
Cuando los primeros rayos del sol enrojecían las murallas del Capitolio, la vida de Roma había comenzado hacía más de una hora.
Los romanos abandonaban el lecho á la luz de las estrellas. Rodaban en la obscuridad por las tortuosas calles los carros de la campiña; desfilaban los esclavos con sus cestos y útiles de labranza, despertados por el canto de los gallos, y cuando apuntaba el día, todas las casas tenían abiertas sus puertas, y los ciudadanos sin ocupación en los campos, marchaban á reunirse en el Foro, centro del tráfico y de los negocios públicos, que comenzaba á adornarse con los primeros templos y conservaba grandes espacios yermos, sobre los cuales se habían de elevar algunos siglos después las magnificencias de la Roma señora del mundo.
Hacía dos días que Acteón estaba en la gran ciudad, alojado en una posada de extramuros establecida por un griego. Aún no se había extinguido en él la admiración que le causaba aquella República severa, viviendo casi en la pobreza; pueblo duro de agricultores y soldados, que llenaba con su fama el mundo y vivía con mayor miseria que cualquier lugarejo de los alrededores de Atenas.
Esperaba Acteón comparecer ante el Senado aquel mismo día. La mayor parte de los Padres de la República, vivían en el campo, en las rústicas villas con paredes de adobes sin cocer y techo de ramaje, vigilando el trabajo de sus esclavos, empuñando el arado como Cincinato y Camilo; y cuando las necesidades del país les llamaban al Senado, llegaban á Roma en su carreta tirada por bueyes, entre cestos de verduras y sacos de grano, y con sus manos encallecidas por el trabajo, vestíanse la toga antes de entrar en el Foro, transfigurados por la majestad que les daba su alta investidura.
El griego llegó al amanecer al Foro, encontrando la misma muchedumbre de todos los días. Venerables romanos envueltos en su toga, hablando á los jóvenes y á sus clientes del arte de colocar prudentemente el dinero sobre buenas prendas, principal sabiduría de todo ciudadano; pedagogos griegos, famélicos é intrigantes, siempre en busca de una colocación en aquel pueblo sombrío, más apto para la lucha que para la sabiduría; viejos legionarios, con el pardo sayo lleno de remiendos, pensando con nostalgia en las pasadas guerras contra Pirro y Cartago, perseguidos por las deudas y amenazados de esclavitud por sus acreedores, á pesar de las cicatrices que cubrían su cuerpo; y la plebe, sin otro vestido que la lacerna (corta capa de paño burdo rematada por el cuculus, capucha puntiaguda), la inmensa plebe romana explotada y oprimida por los patricios, soñando siempre como remedio á sus males con nuevos repartos de las tierras públicas, que lentamente, por medio de la usura, iban á parar á manos de los ricos.
En las gradas de los Comicios se reunían los ciudadanos de una tribu para tratar del testamento de uno de los suyos que acababa de morir. Cerca de la tribuna de las arengas, algunos centuriones veteranos con coturnos y casco de bronce, apoyados en bastones de sarmientos trenzados, divisa de su categoría militar, discutían el sitio de Sagunto y la audacia de Hanníbal, deseando marchar inmediatamente contra el cartaginés.
Sobre los grandes bloques de piedra azul que pavimentaban el Foro, establecían los vendedores de bebidas calientes sus grandes cráteras, golpeándolas con el cazo para atraer á la gente; y al pie de las gradas del templo de la Concordia, unos bufones etruscos, enmascarados con horrorosas carátulas, comenzaban su mímica grotesca, haciendo acudir los niños y los desocupados de todos los extremos de la plaza.
Hacía frío. Soplaba el viento helado y húmedo de las lagunas Pontinas; el cielo era gris, y de la muchedumbre agolpada en el Foro salía un zumbido opaco y continuo. Acteón comparaba esta plaza con la alegre Ágora de Atenas y aun con el Foro de Sagunto en sus días de paz. Faltaba en Roma la alegría griega, la dulce y regocijada ligereza de un pueblo artista que desprecia las riquezas, y si comercia es para vivir mejor. Era un pueblo frío y triste, dado al lucro y al ahorro, desdeñoso del ideal, sin más industria que la agricultura y la guerra, exprimiendo el terruño y robando al enemigo; rutinario, sin iniciativa y sin juventud.
—Este pueblo —se decía el ateniense— parece que no ha tenido nunca veinte años. Hasta los niños nacen viejos.
Y Acteón pensaba en lo que había visto durante dos días con su sagacidad de griego: la cruel disciplina de la familia, de la religión y del Estado á que vivían sometidos todos los ciudadanos; su total desconocimiento de la poesía y el arte: aquella educación férrea y triste, basada únicamente en el deber, que obligaba á todo romano á una larga y penosa obediencia para poder mandar algún día.
El padre, que era en Grecia un amigo, resultaba en Roma un tirano. Para la ciudad latina no existía más ser que el padre de familia: la esposa, los hijos, los clientes, estaban casi al nivel de los esclavos; eran instrumentos de trabajo sin voluntad y sin nombre. Los dioses sólo oían á él; era en su casa sacerdote y juez; podía matar á la mujer, vender los hijos por tres veces, y su autoridad sobre la prole persistía al través de los años, temblando el cónsul vencedor, el senador omnipotente, cuando estaba en presencia de su padre. Y en esta organización sombría y despótica, más triste aún que la de Esparta, adivinaba Acteón una fuerza latente incubada en el misterio, que algún día rompería su envoltura, abarcando al mundo como en un abrazo de hierro. El griego detestaba este pueblo sombrío, pero lo admiraba.
Su rudeza, el espíritu belicoso y duro de la raza, se revelaba en el Foro. En lo alto del monte sagrado, el Capitolio era una verdadera fortaleza, con muros desnudos y sombríos, limpios de los adornos que hacían brillar con eterna sonrisa la ciudadela de Atenas. El templo de Júpiter Capitolino, apenas sobresalía sobre las murallas con su techo bajo y sus filas de columnas achatadas y robustas, como si fuesen torreones. Abajo, en el Foro, igual fealdad grave y sombría. Los edificios eran bajos y robustos; más bien parecían construcciones de guerra, que templos á los dioses y edificios públicos. Del Foro partían las grandes vías romanas, el único embellecimiento á que se dedicaba Roma por la utilidad que reportaban como caminos para las legiones y para los arrastres de la agricultura. Desde el Foro veíase partir en línea recta la vía Apia, pavimentada de piedra azul, con sus dos hileras de tumbas que comenzaban á elevarse en las inmediaciones de la ciudad, perdiéndose al través de la campiña con dirección á Capua; y del extremo opuesto partía la vía Flaminia, que iba á buscar la costa, remontándose hasta la tierra de los Cisalpinos. Sobre la inmensa campiña destacábanse, como fajas ondulantes y rojas, los primeros acueductos construídos bajo la censura de Apio Claudio para surtir la ciudad de fresca agua de las montañas, combatiendo así los aires corrompidos de las lagunas Pontinas.
Pero aparte de estos rudos monumentos, la ciudad extensa, gigantesca, que podía poner por sí sola sobre las armas más de ciento cincuenta mil combatientes, presentaba un aspecto salvaje y miserable, casi semejante al de aquellas tribus que había visto Acteón en su viaje por la Celtiberia.
Escaseaban los edificios con piso superior: la mayoría eran grandes cabañas con muros redondos de piedra ó barro y techumbres cónicas de tablas y troncos. Después que los galos incendiaron Roma, la ciudad había sido reconstruída en un año, al azar, con precipitada ligereza. Amontonábanse las casas en determinados barrios, hasta el punto de no dejar más que el espacio de un hombre para circular entre ellas, y esparcíanse en otros como si fuesen villas campestres, rodeadas de pequeños campos, dentro de las murallas de la ciudad. Las calles no existían: eran prolongaciones tortuosas de los caminos que conducían á Roma; arterias formadas por la casualidad, que se enroscaban, siguiendo las sinuosidades de una caprichosa construcción, y de repente desembocaban en grandes terrenos baldíos, donde iban amontonándose los desperdicios de los vecinos y graznaban por la noche los cuervos, picoteando las carroñas de los perros y los asnos muertos.
La ruda pobreza de esta ciudad de agricultores, prestamistas y soldados, reflejábase en el exterior de sus habitantes. Las altivas matronas hilaban la lana y el cáñamo á la puerta de sus casas, sin otro traje que una túnica de burdo tejido y algunos adornos de bronce en el pecho y las orejas; las primeras piezas de plata se habían acuñado luego de la guerra con los Samnitas; el as de cobre grosero y pesado era la moneda corriente, y los ricos objetos griegos traídos por las legiones después de la guerra de Sicilia, casi recibían adoración en las casas de los patricios, y se miraban de lejos como amuletos que podían corromper la virtud de las rudas costumbres romanas. Los senadores que poseían grandes territorios y centenares de esclavos, paseaban por el Foro con cívico orgullo su toga llena de remiendos. En toda Roma sólo existía una vajilla de plata, propiedad de la República, que pasaba de casa de un patricio á la de otro cuando llegaba un enviado de Grecia, un embajador de Sicilia ó un mercader opulento de Cartago, habituado á los refinamientos asiáticos, y había que dar banquetes en su honor.
Acteón, acostumbrado á las disputas filosóficas del Ágora ateniense, á los diálogos sobre poesía ó sobre misterios del alma apenas se reunían dos griegos sin ocupación, iba por el Foro atento á las conversaciones, en un latín rudo é inflexible que hería sus oídos de ateniense. En un grupo hablaban de la salud de los rebaños y del precio de la lana; en otro se ajustaba la venta de un buey, en presencia de cinco ciudadanos de edad adulta que servían de testigos. El comprador ponía en una balanza el bronce, precio de la compra, y tocando con la mano el buey, decía con acento solemne, como si recitase una oración:
—Esto es mío, según la ley de los Quirites: lo he pagado con este metal bien pesado.
Más allá, un legionario de cara famélica ajustaba un préstamo con un anciano, ofreciéndole como prenda su casco y sus grebas, y pronunciaban las fórmulas de la ley para tal caso.
—¿Dari spondes? (¿Prometes dar?) —preguntaba el soldado.
—Spondeo. (Prometo) —contestaba el prestamista.
Y el trato quedaba cerrado con estas solemnes palabras, de las cuales una sola sílaba cambiada era suficiente para anular la operación, pues los romanos profesaban un respeto supersticioso á la letra y la fórmula de sus leyes.
En otro grupo se discutían las condiciones que debe tener un esclavo para ser útil á su señor y que éste lo conserve; y en todo el Foro aquel pueblo grave, austero y sin ideal, sólo hablaba de bienes y de la manera de acrecentarlos.
El griego se fijó en un joven que apenas llegado á los veinte años, mostraba la gravedad de un viejo. Sus cabellos cortados al rape eran rojos, y su mirada dura tenía una expresión de inteligencia y astucia. Caminaba lentamente al lado de un muchacho que le escuchaba con atención como si fuese su maestro.
—Aunque tu padre es Cónsul —decía el rojo— debes tener presente, Scipión, que para ser buen ciudadano y servir á la República, no sólo hay que manejar la lanza y el caballo, sino saber trabajar la tierra y conocer los secretos del cultivo. Tal vez algún día mandes nuestros ejércitos, y no sólo tendrás que conquistar tierras para Roma, sino cultivarlas y que produzcan mucho. ¿No lo comprendes?
—Sí; Catón —dijo el adolescente.
—Cada día debes aprender un mes del calendario que hicieron nuestros antepasados. Quedando todo él fijo en tu memoria, te será más fácil ordenar pronto y bien á tus esclavos lo que deben hacer en los campos. Ayer te enseñé el mes de Mayo: repítelo, Scipión.
—«Mes de Mayo —recitó el muchacho frunciendo las cejas para concentrar más su memoria—. Treinta y un días. Las nonas caen el séptimo día. El día tiene catorce horas y media: la noche nueve horas y media. El sol está en el signo de Tauro: el mes bajo la protección de Apolo. Se escardan los trigos. Se esquilan las ovejas. Se lava la lana. Se ponen en yugo los toros nuevos. Se cortan de los prados las arvejas. Se hace la lustración de las cosechas. Sacrificios á Mercurio y á Flora.»
—Lo recuerdas bien, Scipión. Nuestros antecesores no tenían ni deseaban otra ciencia; les bastaba con saber lo que debía hacerse en todos los meses del año; y con esto, y valor y audacia para conservar sus campos y apoderarse de las tierras de los vecinos, fundaron nuestra ciudad, que crece y crecerá hasta ser la primera de la tierra. No somos charlatanes como los griegos, que se arrodillan con admiración ante los monigotes de mármol y disputan como bufones sobre lo que hay más allá de la muerte. No somos locamente ambiciosos como los cartagineses, que basan su vida en el comercio y entregan todas sus riquezas al mar. Nuestra vida está en la tierra; somos más rudos, pero más sólidos que los otros pueblos; caminamos más despacio, pero iremos más lejos. En la tierra que pisamos por vez primera, no plantamos la tienda como otros; hundimos el arado, y por esto lo que toma Roma nadie se lo quita. No olvides esto, Scipión.
El ateniense les seguía de cerca. Las palabras de aquel viejo de veinte años, le enseñaban más que sus observaciones. Roma parecía hablar por su boca en aquella lección al hijo de uno de sus cónsules.
—Debes saber también —continuó Catón— las reglas domésticas de todo buen ciudadano. Cuando nuestros padres querían alabar á un hombre de bien, le llamaban «buen labrador». Este era el mayor elogio. Entonces se vivía en las mismas tierras, en las tribus rústicas, que eran las más honorables de todas, y no se venía á Roma más que en los días de mercado y de comicios. Aún quedan buenos ciudadanos que hacen la vida sana de Cincinato y de Camilo, y sólo vienen cuando se reúne el Senado: pero la guerra, con sus expediciones á países nuevos, ha corrompido á muchos que sólo quieren vivir en la ciudad, y el antiguo hogar romano con su techo de tablas y sus sencillos penates lo sustituyen con casas llenas de columnatas como si fuesen templos, y adornadas con dioses y diosas que se hacen traer de Grecia.
El gesto austero de Catón demostraba un inmenso desprecio por estos refinamientos importados que comenzaban á quebrantar la rudeza de su país.
—En el campo, el buen ciudadano no debe perder ni un día. Si el tiempo le impide salir, debe entretenerse limpiando los establos y corrales, componiendo los enseres viejos y vigilando á las mujeres para que remienden la ropa. Aun en los días de fiesta, se puede hacer algo: regar los espinos, bañar el ganado, ir á la ciudad á vender aceite ó fruta. No hay que perder el tiempo consultando á los arúspices, ó á los augures, ni entregarse á cultos que obliguen al ciudadano á abandonar su casa. Bastan los dioses del hogar ó de la más próxima encrucijada. Los Lares, los Manes y los Silvanos, son suficientes para proteger á un buen ciudadano. Nuestros padres no tuvieron otros, y, sin embargo, fueron grandes.
El pequeño Scipión le escuchaba atentamente, pero sus ojos se fijaban en dos mocetones de la Campania, que con el cuculus caído sobre los hombros, se daban de puñetazos junto á un vendedor de vino cocido. Las mejillas del adolescente se coloreaban de emoción viendo los golpes que cambiaban los dos atletas, estremeciendo sus duros músculos.
—Si el ciudadano vive en Roma —continuó Catón sin fijarse en este incidente, que no alteraba la gravedad del Foro— debe abrir desde la aurora la puerta de su casa para explicar la ley á los clientes y colocar con prudencia su dinero, enseñando á los jóvenes el arte de aumentar los ahorros y evitar ruinosas locuras. El padre de familia debe hacer dinero de todo y no perder nada. Si da sayos nuevos á sus esclavos, debe recoger los viejos para otros usos. Debe vender el aceite y lo que le quede de vino y trigo al final del año. Venda también los bueyes viejos, las terneras, corderos, la lana, las pieles, los carros inservibles, el herraje enmohecido, los esclavos valetudinarios y las esclavas enfermas: venda siempre. El padre de familia debe ser vendedor: no comprador. Fíjate bien en esto, Scipión.
Pero Scipión estaba inquieto y apenas le oía.
Los campesinos habían cesado de golpearse, y el adolescente miraba lejos, á la parte del río, deseando marcharse.
—Catón; es la hora de la lucha. Tengo que ir á la orilla del Tíber para amaestrarme en la carrera y el pugilato y hacer después una hora de natación.
—Marcha cuando quieras y guarda mis consejos. Después de la lección, sienta bien la lucha y el baño frío, que endurecen el cuerpo. El ciudadano que quiere servir á su país, no sólo ha de ser prudente, sino fuerte.
Se alejó el muchacho, y Catón, al volver sobre sus pasos, encontró al ateniense que le seguía. El aspecto de Acteón le atrajo, y se aproximó á él.
—Griego —le preguntó—. ¿Qué te parece nuestra ciudad?
—Es un pueblo triste, pero un gran pueblo. Sólo estoy en Roma tres días.
—¿Eres acaso ese mensajero de Sagunto que hoy se presentará ante el Senado?
Acteón contestó afirmativamente, y el romano se apoyó en su brazo con grave familiaridad, como si fuese un antiguo amigo.
—Conseguirás muy poco —dijo—. El Senado sufre ahora una enfermedad: el exceso de prudencia. Yo aborrezco las locuras, no creo que Hanníbal sea un gran capitán desde que le veo cometer audacias como el sitio de Sagunto; pero no puedo tolerar con mi silencio la meticulosidad con que procede Roma en sus asuntos. Quiere apurar todos los medios para sostener la paz: teme la guerra, cuando la guerra con Cartago es inevitable. Ella y nuestra ciudad no caben en el mismo saco. El mundo es estrecho para los dos. Siempre digo lo mismo: «Destruyamos Cartago», y se me ríen. Hace algunos años, al estallar allá la guerra de los mercenarios, podíamos haberla aplastado con gran facilidad. Con enviar á África un par de legiones, los númidas sublevados y los mercenarios, hubiesen acabado con Cartago. Pero tuvimos miedo; Roma sólo se ocupaba después de la victoria en restañar sus heridas. Temimos no fuese peor el triunfo de la soldadesca de todos los países, y salvamos á Cartago, ayudándola á destruir sus mercenarios sublevados.
—Ahora es diferente —dijo Acteón con energía—. Sagunto es una aliada, y si Hanníbal la hostiliza, es por el amor que la ciudad profesa á Roma.
—Sí; por eso los romanos nos interesamos por su suerte; pero no esperes gran cosa del Senado. Le preocupan más los piratas del Adriático que asolan nuestras costas, la sublevación de Demetrio de Faros en la Illiria, contra el cual vamos á enviar un ejército mandado por el cónsul Lucio Emilio.
—Pero, ¿y Sagunto? ¿Si la abandonáis, cómo va á resistir al audaz Hanníbal, que acaudilla las tribus más belicosas de Iberia? ¿Qué dirán aquellos infelices de la seriedad con que Roma cumple sus alianzas?...
—Procura convencer al Senado con todas esas razones. Yo estoy convencido: veo en Cartago la única enemiga de Roma... ¡Si todos fuesen como yo!... Aceptaría las audacias del hijo de Hamílcar y declararía la guerra á Cartago, yendo á buscarla en su propio territorio. Ocurra lo que ocurra, nosotros somos invencibles. Italia es una masa compacta, y como centinelas avanzados de nuestro campo, tenemos por Oriente la Illiria, por la parte que mira al África la Sicilia y al Occidente la Cerdeña, mientras que los terrenos que domina Cartago forman una cinta extensa de novecientas leguas, que recorre gran parte de las costas del África y todas las de Iberia; pero tan estrecha, y poblada por tan diversas razas, que con facilidad puede romperse. Aunque Roma pierda cien batallas, siempre será Roma; y una derrota de Cartago basta para que se disuelva como pueblo...
—¡Si todos pensasen como tú, Catón!...
—Si el Senado pensase como yo, despreciaría á Demetrio de Faros y hace días que sus legiones estarían en Sagunto. Tal vez se evitara con ello un peligro, ¡porque quién sabe dónde irá ese joven africano, y qué no osará si consigue conquistar sin obstáculos una ciudad aliada de Roma!... Por esto yo, que soy un ciudadano libre, ejerzo de pedagogo, como has visto hace poco. Ese muchacho es hijo del cónsul Publio Cornelio Scipión, y reviven en él con nueva fuerza todas las virtudes de su familia. Tal vez sea él el destinado á cortar el paso á Hanníbal, á destruir el insolente poderío de esa Cartago, con la que tropezamos siempre.
Aún vagaron algún tiempo por el Foro hablando de las costumbres de Roma y discutiendo acaloradamente al compararlas con las de Atenas. El severo romano tenía que avistarse con varios patricios para sus asuntos particulares, que llevaba con gran escrupulosidad, y se despidió del griego.
Al quedar solo Acteón, sintió hambre. Aún faltaba mucho tiempo para la hora en que se reunía el Senado, y cansado de la sorda agitación del Foro salió de él, rodeando la falda del Capitolio y siguiendo una calle más ancha que las otras, con edificios de piedra, que mostraban al través de sus puertas la relativa abundancia de las familias patricias.
Entró en una panadería, golpeando con un as la piedra del mostrador abandonado. Desde una especie de cueva le contestó una voz quejumbrosa. El griego vió en el lúgubre antro la muela de triturar el trigo, y uncido á ella un hombre, un esclavo, que la empujaba con gran esfuerzo.
Salió el esclavo casi desnudo, limpiándose el sudor que chorreaba de su frente, y cogiendo el dinero del griego, dió á éste un pan redondo. Después quedó en pie, contemplando á Acteón con curiosidad.
—¿Es tuya la panadería? —preguntó éste.
—No soy más que un esclavo —repuso con tristeza—. Mi amo ha tenido que ir al Foro para hablar con los tratantes de trigo... Tú eres griego, ¿verdad?
Y antes de que Acteón se dignase contestarle, se apresuró á añadir con melancólico orgullo:
—Yo no he sido siempre esclavo. Hace poco tiempo que lo soy, y cuando gozaba de libertad, mi ferviente deseo era visitar tu país. ¡Oh, Atenas! La ciudad donde los poetas son dioses...
Y recitó en griego algunos versos del Prometeo de Esquilo, asombrando á Acteón con la pureza de su acento y la expresión que sabía comunicar á sus palabras.
—¿Es que en Roma os dedican vuestros amos á la poesía?— dijo el ateniense riendo.
—Yo era poeta antes de ser esclavo. Mi nombre es Plauto.
Y mirando en torno como si temiera ser sorprendido por la familia de su amo, continuó hablando, feliz por librarse algunos momentos del tormento de la muela.
—He escrito comedias. Intenté establecer en Roma el teatro, que es entre vosotros casi una religión. Los romanos son poco sensibles á la poesía. Aman las farsas; una tragedia que á vosotros os hace llorar, les dejaría fríos: una comedia de Aristófanes les haría dormir. Sólo gustan, ateniense, de los bufones etruscos, de los grotescos personajes de las farsas que llaman atelanas y de los mascarones de agudos dientes y cabeza deforme que desfilan rugiendo obscenidades en las pompas del triunfo. Apedrearían á un héroe de vuestras tragedias, y, en cambio, braman de entusiasmo cuando en la entrada de un cónsul victorioso, pasan los soldados disfrazados con una piel de cabrón y un penacho de erizadas crines, y ríen al ver cómo se vengan de su humildad, insultando al vencedor tras su carro triunfal. Yo escribí comedias para este pueblo y aún las escribo en los momentos que mi amo cesa de apalearme para que dé vueltas al molino. Los patricios, los ciudadanos libres no gustan de verse sobre la escena. Aquí despedazarían á Aristófanes que sacaba á las tablas á los primeros hombres de Atenas. Mis héroes son esclavos, extranjeros y mercenarios, y hacían reir mucho al público. He acabado una comedia ahí dentro, en ese antro, ridiculizando las fanfarronadas de los guerreros. Te la recitaría si no temiese que de un momento á otro llegue mi amo.
—¿Y cómo has caído en tan mísera situación después de divertir á tu pueblo?
—Cometí la locura de fundar en Roma el primer teatro, á imitación de los de Grecia. Era una cerca de tablas en las afueras de la ciudad. Pedí dinero prestado, contraje deudas: el populacho venía á reir, pero daba poco. Me arruiné, y las sabias leyes de Roma condenan al que no puede pagar, á ser esclavo de su acreedor. Este panadero, que antes reía mis comedias y me prestaba gustoso algunos sacos de cobre, se venga ahora de la pasada admiración, haciéndome dar vueltas á la muela, porque resulto más barato que un asno. Cada carcajada del pasado se trueca en un palo sobre mis espaldas. Es el destino de los poetas. También vosotros, al gran Esquilo, que siempre fué hombre libre, le agradecíais los versos á pedradas.
Calló Plauto, y sonriendo melancólicamente, añadió:
—Confío en el porvenir. No siempre he de ser esclavo; tal vez encontraré quien me devuelva la libertad. Los romanos que hacen la guerra y ven nuevos países, vuelven con más dulces costumbres y aman las artes. Seré libre, fundaré un nuevo teatro, y entonces... entonces...
Y en su mirada brillaba la esperanza, como si viese ya realizados los ensueños con que embellecía la lobreguez de su antro, mientras rodaba jadeante como una bestia el enorme cono de piedra.
Sonó ruido en el interior de la casa, y antes de que pudieran verle los hijos de su amo, Plauto corrió á uncirse de nuevo á la barra de la muela, mientras el griego salía de la tahona, asombrado por el encuentro.
¿Qué pueblo era aquel que convertía al deudor en esclavo y hacía de los poetas bestias de carga?...
El griego devoró su pan, paseando por el Foro. Aguardaba la hora de reunión del Senado, y para emplear su tiempo, subió á la cumbre del Palatino, el terreno sagrado donde estaba la cuna de Roma. Allí vió el antro lupercal, en cuyo fondo fueron amamantados por la loba, Rómulo y Remo. En la entrada de la angosta cueva extendía sus añosas ramas, desnudas por el invierno, la higuera Rumeal, árbol famoso á cuya sombra habían jugueteado los dos gemelos, fundadores de la ciudad. Junto al árbol, sobre un pedestal de granito, elevábase la loba, de bronce obscuro y lustroso, obra de un artista etrusco, con las espantables fauces entreabiertas y el vientre erizado por una doble fila de ubres, á las cuales se agarraban, arrastrándose, dos niños desnudos.
Acteón contempló desde esta altura la inmensa ciudad, como un oleaje de tejados entre las siete colinas, invadiendo las alturas y esparciéndose por las profundas depresiones del terreno. Casi al lado del Palatino levantábase el Capitolio, la gran fortaleza de Roma, sobre las desnudas fragosidades de la roca Tarpeya; y el griego pasó de una altura á otra, para ver de cerca el templo de Júpiter Capitolino, más célebre por su fama que por su hermosura.
Dejó á sus espaldas el rudo templo de Marte, que ocupaba el lugar más alto del Palatino, y siguiendo una vereda entre abruptas rocas, pasó al Capitolio. Encontró en su camino á los sacerdotes de Júpiter, que caminaban con hierática rigidez, como si estuvieran ofreciendo siempre sacrificios á su dios. Vió las vestales arrebujadas en sus amplios velos blancos, andando con paso varonil. Algunos milites subían al templo de Marte, con el ancho pecho forrado de fajas superpuestas de cobre, los desnudos muslos cubiertos por tiras de lana que pendían del talle, una mano apoyada en el pomo de su corta espada y hablando con entusiasmo de la próxima campaña de Illiria, sin acordarse de la situación de sus aliados de Iberia.
Acteón entró en el sagrado recinto del Capitolio, cercado de obscuras murallas. Era el antiguo monte Tarpeyus, con sus dos cumbres unidas por una extensa meseta. La parte más alta, que era la septentrional, estaba ocupada por el Arx, ó sea la ciudadela de Roma; en la meridional estaba el templo de Júpiter Capitolino, rodeado de robustas columnas.
El griego entró en la ciudadela, famosa por su resistencia cuando la invasión de los galos. Al borde de una balsa, ante los templos que se aglomeraban en el fuerte recinto, vió las aves sagradas; los gansos que, con sus graznidos en medio del silencio de la noche, habían librado á Roma de la sorpresa de los invasores. Después atravesó toda la meseta baja que parecía dividir en dos partes la colina, y se aproximó al gran Fano de Roma.
Una escalinata de cien gradas conducía al templo, construído en tiempos del último Tarquino en honor de las tres divinidades de Roma, Júpiter, Juno y Minerva. Constaba el edificio de tres cellæ ó santuarios paralelos con las tres puertas abiertas bajo el mismo frontón. El de en medio era el de Júpiter, y los de los lados pertenecían á las dos diosas. Una triple fila de columnas sostenían el frontón, en cuyos ángulos se encabritaban algunos caballos de piedra de grosera labor. Dos filas de columnas corrían por los lados del templo, formando un pórtico, á cuya sombra paseaban los romanos más viejos hablando de los asuntos de la ciudad.
El templo había sido construído por artistas llamados de la Etruria; y bajo las columnas veíanse estatuas traídas de las expediciones á Sicilia y de las diversas guerras sostenidas por Roma. Aquel pueblo rudo era incapaz de crear artistas, pero tenía soldados para proporcionarse el arte por medio de la guerra y la rapiña.
El ateniense entró en el santuario de en medio, perteneciente á Júpiter, y vió la imagen del dios en barro cocido, con una lanza dorada en la diestra. Ante él humeaba continuamente el altar de los sacrificios. Al salir del templo, miró el gnomon ó reloj de sol, que en aquella altura marcaba la hora á toda Roma.
Ya era tiempo de bajar al Senaculum, antiguo edificio al pie de la colina Tarpeya, entre el Capitolio y el Foro, que muchos años después se convirtió en templo de la Concordia. Al llegar á las gradas que daban acceso á él, encontró Acteón á los dos legados enviados por Sagunto antes de comenzar el sitio; dos viejos agricultores que por primera vez habían abandonado sus casas, y se mostraban abrumados por los largos meses de permanencia en Roma, con sus visitas que no terminaban nunca, y las entrevistas y súplicas sin resultado. Aturdidos los dos saguntinos, impotentes ante una ciudad que nunca respondía definitivamente á sus palabras, seguían como autómatas al desenvuelto griego, que entraba en todas partes como en casa propia, y hablaba distintos idiomas, cual si el mundo entero fuese su patria.
Iban llegando los senadores. Unos venían de sus negocios de la ciudad, y se presentaban vistiendo la toga blanca con franja de púrpura, seguidos de sus clientes, que volvían la vista á todos lados como para atraer la atención pública sobre su majestuoso protector. Otros llegaban del campo, detenían su carro ante las gradas del Senaculum, y entregando las riendas á los esclavos subían al templo con la toga arrollada sobre el brazo, vistiendo el corto sayo de lana burda de los agricultores y esparciendo en torno de ellos el hedor de sus establos y cosechas. Eran hombres maduros, que mostraban en la dureza de los recios músculos los esfuerzos de su vida, en continua lucha con la tierra y los enemigos: ancianos de luenga barba y rostro apergaminado que, trémulos por la vejez, revelaban aún en la mirada la seguridad que tenían en sus perdidas fuerzas. La muchedumbre del Foro, corriéndose hacia las gradas del Senaculum, les contemplaba con admiración y respeto. Eran los padres de la República: la cabeza de Roma.
Los legados de Sagunto subieron la escalinata del templo. Bajo las columnas que sostenían el frontón, amontonábanse un sinnúmero de despojos de las últimas guerras, depositados por los vencedores al desfilar en el Foro, entre la multitud que les saludaba agitando ramas de laurel. Acteón vió escudos atravesados por el hierro, espadas enmohecidas por la sangre, carros de guerra con el timón roto y las doradas ruedas sucias del barro de las batallas. Eran los despojos de la guerra de los Samnitas. Más allá, alineados á lo largo del muro, una fila de espantosos enanos de madera teñidos de rojo y azul, arrancados de las proas de las naves cartaginesas después de la gran victoria de las islas Egatas: las barras de hierro que cerraban las puertas de muchas ciudades conquistadas por los romanos; los estandartes de oro con fantásticos animales que guiaban á las tropas de Pirro; los enormes colmillos de los elefantes que este descendiente de Aquiles había hecho marchar contra las legiones de Roma; los cascos con cuernos ó alas de águila de los ligurios; los dardos de las tribus de los Alpes; y al lado de la puerta, como un trofeo de honor, la armadura del glorioso Camilo, paseada por la ciudad en triunfo después que el gran romano arrojó á los galos del Capitolio. Á lo largo de los muros, como extraño adorno, pendía un extenso harapo negruzco y apergaminado. Era la piel de la gran serpiente que durante un día entero había hecho retroceder á todo el ejército de Atilio Régulo, cuando éste, en su expedición al África, marchaba á la conquista de Cartago. El horrible monstruo, insensible á las flechas, devoró muchos soldados, hasta que cayó aplastado bajo una lluvia de piedras, enviando Régulo á Roma la piel del reptil como testimonio de la aventura.
Los enviados de Sagunto esperaron un buen rato, hasta que un centurión les hizo entrar en el Senaculum.
El griego, al pasear su mirada por el hemiciclo, quedó turbado ante la majestad de aquella asamblea. Recordaba la entrada de los galos en Roma; el asombro de los bárbaros ante aquellos ancianos, firmes en sus sillas de mármol, envueltos como fantasmas en los nítidos velos que sólo dejaban al descubierto la barba de plata, y empuñando el cetro de marfil con la majestad divina que parecía brillar en sus ojos inmóviles. Sólo los bárbaros, ebrios de sangre, podían osar el exterminio de una ancianidad tan imponente.
Eran más de doscientos. Entre ellos quedaban espacios libres, los asientos de los senadores que no habían podido asistir; y sobre el blanco graderío extendíanse las blancas togas como una nevada nueva sobre un suelo ya helado. Tras ellos elevábase una fila de columnas en semicírculo, sosteniendo la cúpula, por la que se filtraba una claridad crepuscular que parecía favorecer la meditación y el recogimiento. Una balaustrada baja de piedra, cerraba el hemiciclo, y al otro lado de ella se agolpaban los ciudadanos importantes que no tenían la investidura de senador. En el centro, la barrera estaba cortada por un pedestal cuadrado, sosteniendo la loba de bronce con los gemelos agarrados á sus pechos, y en la base, en grandes letras, el lema de la suprema autoridad de Roma: S. P. Q. R. Un trípode sostenía un braserillo ante el pedestal, y sobre los tizones ondeaba una nube azul de incienso.
Los tres legados se sentaron en sillas de mármol, junto á la imagen de la loba, ante la triple fila de hombres blancos é inmóviles.
Algunos apoyaban la barba en la mano, como para oir mejor.
Podían hablar: el Senado les escuchaba. Y Acteón, impulsado por las miradas suplicantes de sus dos compañeros, se levantó. En su ánimo no duraban mucho las impresiones; se había amortiguado ya la emoción que le produjo en el primer instante la majestad de la Asamblea.
Habló con lentitud, preocupado como buen griego, de no incurrir en faltas de estilo al expresarse en aquella lengua ruda, y procurando dar á sus palabras la emoción que quería infundir á los representantes de Roma. Describió la desesperada resistencia de Sagunto y su confianza en los auxilios de la República; aquella fe ciega que la había hecho arrojarse fuera de las murallas y vencer al enemigo al solo anuncio de que se presentaba en el horizonte la flota romana. Cuando él salió de la ciudad aún tenían víveres para subsistir y alientos para defenderse. Pero iba transcurrido mucho tiempo desde entonces: cerca de dos meses. El mensajero había tenido que hacer su camino al través de aventuras y peligros, unas veces por mar, aprovechando los itinerarios de las naves comerciales, otras á pie por las costas; y en aquel momento la situación de la ciudad debía ser desesperada. Caería Sagunto si no acudían en su socorro: ¡y qué responsabilidad para Roma si abandonaba á su protegida después de atraerse ésta la cólera de Hanníbal por querer ser romana! ¡Cómo habrían de fiarse los demás pueblos de la amistad de Roma conociendo el triste fin de Sagunto!...
Calló el griego, y el silencio penoso en que quedó el Senado revelaba la profunda impresión de sus palabras.
Entonces, Lentulus, un viejo senador, se levantó para hablar. En medio del silencio, su aguda voz de anciano habló del origen de Sagunto, que si era griega por los mercaderes de Zazintho, que en ella establecieron sus factorías, era también italiana por los rótulos de Ardea que en remotos tiempos habían ido allá á fundar una colonia. Además, Sagunto era la amiga de Roma. Para serle más fiel había decapitado á algunos de sus ciudadanos que trabajaban por Cartago... ¿Qué audacia era la de aquel jovenzuelo, hijo de Hamílcar, que olvidando los tratados de Roma con Hasdrúbal osaba levantar la espada sobre una ciudad amiga de los romanos? Si Roma miraba con indiferencia este atentado, el cachorro de Hamílcar crecería en audacia, pues la juventud no tiene freno cuando ve que el éxito corona sus imprudencias. Además, la gran ciudad no podía tolerar tal atrevimiento. Fuera, en la puerta del Senaculum, estaban los gloriosos despojos de las guerras como demostración de que el que se levantaba contra Roma caía vencido á sus pies. Había que ser inexorables con el enemigo y fieles con el aliado: había que llevar la guerra á Iberia para destruir al audaz que desafiaba á Roma.
Y toda la cólera de la ciudad sombría, belicosa y dura, hablaba por la boca de aquel anciano que avanzaba el rígido brazo por encima de las cabezas de sus compañeros, amenazando al invisible enemigo. El vigoroso soldado de las antiguas guerras contra los Samnitas y contra Pirro despertaba en el viejo débil, estremeciendo sus músculos y haciendo llamear sus ojos.
Los dos compañeros de Acteón, que no comprendían la lengua latina, adivinaban, sin embargo, las palabras de Lentulus, y se sentían emocionados por los elogios á la abnegación de su ciudad. Sus ojos se empañaban con las lágrimas, sus manos rasgaban los mantos obscuros en que iban envueltos como lúgubres mensajeros, y arrojándose á tierra con la vehemencia de los antiguos para expresar el dolor, agitábanse convulsos, gritando á los senadores:
—¡Salvadnos! ¡salvadnos!
La desesperación de los dos ancianos y la actitud digna del griego que, ceñudo y silencioso, parecía la personificación de Sagunto esperando el cumplimiento de la promesa, conmovieron al Senado y á la masa que se agolpaba en el balaustre de la loba. Todos se agitaban, cambiando palabras de indignación. Bajo la cúpula del Senaculum resonaba el zumbido del desorden, el eco de mil voces confundidas. Querían declarar la guerra á Cartago inmediatamente, llamar las legiones, reunir las naves, embarcar la expedición en el puerto de Ostia y lanzarla contra el campamento de Hanníbal.
Un senador reclamó silencio para hablar. Era Fabio; uno de los patricios más famosos de Roma, el descendiente de aquellos trescientos héroes de su mismo nombre que habían muerto en un día peleando por Roma en las riberas de Cremera. La prudencia hablaba por su boca; sus consejos eran seguidos siempre como los más sanos: por esto el Senado recobró su calma apenas le vió de pie.
Con reposada palabra, después de lamentar la situación de la ciudad aliada, dijo que no se sabía si era Cartago la que había roto las hostilidades contra Sagunto, ó si Hanníbal por su propia cuenta. Una guerra en Iberia resultaba asunto grave para Roma, ahora que iba á emprender una lucha más próxima con el rebelde Demetrio de Faros. Lo oportuno era enviar una embajada á Hanníbal en su campamento, y si el africano se negaba á levantar el sitio, que pasase á Cartago para preguntar á sus gobernantes si aceptaban la conducta del caudillo y exigir que éste fuera entregado á Roma en castigo de su osadía.
La solución pareció agradar al Senado. Los mismos que antes se mostraban belicosos é intransigentes, inclinaban la cabeza como aprobando las palabras de Fabio. El recuerdo de la insurrección de Illiria, hacía prudentes á los más exaltados. Pensaban en el enemigo que se alzaba casi junto á ellos, al otro lado del Adriático, y que podía intentar con sus flotas dedicadas á la piratería la invasión del territorio latino. Su egoísmo les hacía mirar esta empresa como anterior á todo juramento; y para engañarse, ocultando su propia debilidad, exageraban la importancia de la embajada al campo de Hanníbal, afirmando que el africano levantaría el sitio y pediría perdón á Roma apenas viese aparecer á los legados del Senado.
Acteón acogía este cambio de la asamblea con visibles muestras de impaciencia.
—Conozco mucho á Hanníbal —gritó—. No os obedecerá; hará burla de vosotros. Si no enviáis un ejército, es inútil el viaje de vuestros legados.
Pero los senadores, con el ansia de ocultar la debilidad á que les impulsaba su egoísmo, protestaron ruidosamente de las palabras de Acteón. ¿Quién hablaba de burlarse de la República romana? ¿Quién suponía que Hanníbal había de despreciar á los enviados del Senado?... Podía callar aquel extranjero, que ni siquiera era hijo de la ciudad en cuyo nombre hablaba.
Acteón bajó la cabeza. Luego murmuró dirigiéndose á sus dos viejos compañeros, que no comprendían la resolución del Senado:
—Nuestra ciudad está perdida. Roma teme declarar la guerra á Hanníbal y retrasa el rompimiento. Cuando quieran socorrernos, Sagunto no existirá.
Los tres legados saguntinos recibieron la orden de salir. Los senadores iban á designar los dos patricios que marcharían como enviados de Roma.
Al abandonar el Senaculum, el más viejo de los senadores se dirigió á Acteón.
—Dí á tus compañeros que se preparen á partir. Mañana al anochecer os embarcaréis con los legados del Senado en el puerto de Ostia.