-XII-
Ardían en las arañas de cristal muchas docenas de bujías de esperma; allá, al extremo del salón, sobre una plataforma improvisada, la respetable orquesta de los músicos sedentarios, de los profesores indígenas, inauguraba la fiesta con una sinfonía de su vetusto repertorio: allí estaba el trompa, refractario al italiano y a la afinación; allí el espiritual violinista Secades, que había soñado con ser un segundo Paganini, que había pasado noches y noches, días y días, buscando en las cuerdas, acariciadas por el arco, ora lamentos de amor sublime, ora imitaciones exactas de los ruidos naturales; v. gr.: los rebuznos de un jumento. ¡Sarcasmo de la suerte! El rebuzno lo había dominado; su arco había llegado a hablar como la burra de Balaam; pero la inefable cantinela del amor, los ayes de la pasión sublime, los reservaban aquellas cuerdas para otro arco amante, no para el de Secades. El cual, ya maduro y desengañado, iba prefiriendo su otro oficio de zurupeto, y más atendía ya a la banca y sus gajes que al arte que meciera sus sueños infantiles. Tocaba ya por ganar la pitanza, medio dormido, como sus compañeros, sin fe, sin emulación, apenas conservando un poco de cariño melancólico y de respeto supersticioso a la buena música, a la antigua, despreciando las novedades que traían las compañías de algunos años a aquella parte. Allí estaba también el antiguo figle, don Romualdo, calvo, digno, de gran panza; en la catedral chirimía, en todo lo profano figle; casi una gloria provincial. Todo el pueblo, hasta los sordos, reconocía que era maravilloso lo que hacía con su extraño instrumento aquel hombre; le hacía llorar, reír, hasta casi casi toser. Pues a pesar de tanta fama, la fuerza del tiempo, el desgaste de la admiración, habían echado sobre la celebridad de don Romualdo una capa espesa de indiferencia pública; bien conocía él que sus paisanos, sin poner un momento en duda su grandeza, se habían cansado de admirarle; sobrellevaba estas contrariedades ineludibles con una melancolía filosófica y taciturna; seguía tocando con el esmero de siempre, aunque ya en vano. En resumidas cuentas, estaba triste, desengañado, ni más ni menos que su compañero Secades; él, sin ilusiones, de vuelta ya de la gloria, yacía en el mismo surco de resignación fría y amarga en que se había acostado Secades, camino de la celebridad. Todo era igual: no haber subido al templo de la Fama y estar de vuelta. A pesar de contarse entre aquellos respetables profesores estas y otras notabilidades, la orquesta sonaba como los tornillos de una máquina sin aceite; los instrumentos de cuerda estaban asmáticos, sonaban a la madera, como sabe la sidra al barril; los de bronce eran estridentes sin compasión; bastaba uno de aquellos serpentones para derribar todas las fortificaciones de cinco Jericós. Afortunadamente el público filarmónico oía la orquesta como quien oye llover.
Emma entró en el salón después de ejecutado el primer número del programa; atrajo la atención por dos cosas; por su vestido carísimo y llamativo, y por venir colgada del brazo del alemán, del ingeniero Körner, un hombre gordo, alto, encarnado, de ojos de niño llorón, azules, claros, muy hundidos. Parecía un gran cerdo muy bien criado, bueno para la matanza, y era un hombre muy espiritual, enamorado de Mozart y de los destinos de Prusia. Hablaba español como si estuviera inventando una lengua con palabras cuasi castellanas y giros cuasi alemanes. Era un soñador, pero capaz de llevar una fábrica en la punta de cada dedo, y como contable, como él decía, nadie le ponía el pie delante. Sabía de todo, despreciaba a los españoles disimulándolo, idolatraba a su hija Marta, y venía a hacerse rico.
Detrás de esta pareja entraron, también del brazo, Marta Körner y Bonis; les seguía de cerca, solo, D. Juan Nepomuceno, que parecía haberse azogado las patillas, que semejaban pura plata. Marta Körner era una rubia de veintiocho años, muy fresca, llena de grasa barnizada de morbidez y suavidad; su principal mérito físico eran sus carnes; pero ella buscaba ante todo la gracia de la expresión y la profundidad y distinción de las ideas y sentimientos. Hablaba siempre del corazón, llevándose la mano, que era un prodigio, al palpitante seno, que era toda una obra de fábrica del nácar más puro. Atribuía al subsuelo de aquella accidentada naturaleza los verdaderos tesoros de su persona; pero los inteligentes, Nepomuceno entre ellos, estimaban en más el derecho de superficie.
Marta disentía de su padre en sus amores musicales; estaba por Beethoven; en lo que estaban de acuerdo era en la necesidad imprescindible de hacer una fortuna, o media, a más no poder. Körner había venido directamente de Sajonia a dirigir una fábrica de fundición, establecida por un industrial al pie de unas minas de hierro, en la región más montañosa de la provincia; allá, hacia donde tenían sus guaridas los Valcárcel pobres y huraños. El primo Sebastián, algo más comunicativo, que iba y venía de la ciudad a la montaña, fue quien presentó al Sr. Körner a Nepomuceno. Al principio, el alemán y su hija vivieron en los vericuetos, sin pensar en que a pocas leguas había una ciudad que podía recordarles, remotamente, la civilización y cultura que dejaban en su tierra. Aunque rodeados, como decía Sebastián, de todas las comodidades que podían ser arrastradas casi con grúa, hasta las alturas en que moraban, los alemanes vivían a lo aldeano, por lo que toca a sus relaciones sociales. Empezaron a aprender español en el dialecto del país, oscuro y corrompido; todo su espiritualismo se iba embotando, y por más que procuraban mantener el fuego sagrado de la idealidad a fuerza de sonatas clásicas, tocadas por Marta en un piano de cola, y a fuerza de libros y periódicos ilustrados que su padre hacía traer de Alemania, ello era que el medio ambiente les invadía y transformaba; el desdén con que al principio miraron y trataron a la gente tosca, en medio de la que tenían que vivir, se fue cambiando insensiblemente en curiosidad; llegó a ser interés, imitación, emulación, y el orgullo ya no consistió en despreciar, sino en deslumbrar. Körner quiso lucirse entre montañeses rudos, y como allí no le valían sus habilidades de dilettante de varias artes y lector sentimental, tuvo que aprovechar otras cualidades, más apreciables en aquella tierra, como, v. gr., la gran fortaleza y capacidad de su estómago. No se le comenzó a tener en tanto como él quería, hasta que corrió por uno y otro concejo montañés la noticia, verdadera, de que en una apuesta con un capataz de las minas le había dejado el alemán al español en la docena y media de huevos fritos, mientras él, Körner, llegaba a tragarse las dos docenas muy holgadamente, y ponía remate a la hazaña engulléndose dos besugos. Esto era otra cosa; y los que habían permanecido indiferentes ante las guerras gloriosas del Gran Federico, de que Körner se envanecía como si fuera nieto del ilustre Monarca; los que oían hablar de Goëthe, y de Heine, y de Hegel, como quien oye llover, llegaron a reconocer el glorioso porvenir de la raza que criaba tan buenos estómagos. Añádase a esto que el ingeniero jugaba a los bolos con singular destreza y con una fuerza de muchos caballos, o por lo menos, de dos o tres aldeanos de aquellos. Con esta y otras análogas cualidades, consiguió ganar las simpatías y hasta la admiración por que había llegado a suspirar de veras. Pero este género de gloria acabó por cansarle, y sobre todo le repugnó al cabo, por el peligro, que vio al fin patente, de convertirse en un oso metafísico y filarmónico, pero oso, en un Ata Troll de carne y hueso. Engordaba demasiado, olvidaba sus meditaciones trascendentales..., y sus gustos sencillos, fácilmente satisfechos con la vida montañesa, le apartaban de los complicados planes de medro y vida regalada que había traído de su país. Además, en la fábrica de la montaña, aunque bien pagado, considerado y satisfecho en punto a comodidades materiales, pues tenía buena casa, gajes y atenciones, al fin no prosperaba, no podía hacerse rico. Ensayó el proyecto de convertirse en socio industrial, pero cedió ante las dificultades que el propietario a solapo le fue poniendo. Con esto se le agrió el humor, y comenzó a desear con mucha fuerza salir de aquella vida troglodítica, hacerse valer más, y poner al alcance de la demanda la honesta oferta de los encantos, cada vez más exuberantes, de su hija Marta, por la cual iban también pasando los años, pero inútilmente, allá en los montes. Sin dejar la fábrica, con pretexto de su servicio, Körner menudeó sus visitas a la capital, a caza de algún negocio que le pareciera de más porvenir que el de allá arriba; y en uno de estos viajes fue cuando el primo Sebastián le hizo trabar conocimiento con Nepomuceno. El alemán, que era sagaz y hombre de mundo, comprendió pronto cuál era el papel del hacendista en casa de su sobrina: vio claramente que allí había dinero, y que este dinero se iba por la posta, y que la dirección de la corriente de aquel río de plata era, o él no entendía de corrientes, camino del bolsillo de Nepomuceno, aunque con grandes pérdidas y derivaciones, en una delta de despilfarros, que iban a enriquecer el caudal de modistas, comerciantes de telas, sombreros, joyas, sin contar con las tiendas de ultramarinos, confiterías, mercados de caza y pesca, etc., etc. Körner comenzó a marear a Nepomuceno persuadiéndole primero de que él, Nepomuceno, tenía un verdadero talento de contable, era un Necker... oscurecido, ocioso; con otro horizonte, brillaría como estrella de primera magnitud en el cielo de la Administración y de la Hacienda. En conciencia, según Körner, estaba Nepomuceno obligado a dar a tales facultades un empleo más digno de ellas que la simple mayordomía a que, en suma, estaba limitado. Más era: en interés de la ruinosa casa Valcárcel, que por lo visto iba a menos por culpa de los despilfarros de Emma y los gastos secretos de su marido, debía Nepomuceno poner aquel todavía sano capital a parir, a producir algo más que el irrisorio tanto por ciento de la renta territorial. Tanto foro, tanta casería atómica, eran cosa ridícula. ¡Sursum corda! ¡All right! ¡Desenmoheceos! Venga ese stock a la industria, y hablaremos. A esta clase de argumentos se añadían, por vía de adorno, aperitivo y complemento, otros de carácter general; v. gr.: lo atrasada que estaba España, a pesar de la riqueza del suelo y el subsuelo; en concepto de Körner, tenían la culpa la Inquisición y los Borbones, y después el mal ejercicio del régimen constitucional, que ya de por sí no era bueno. Con este motivo, se lamentaba de la general decadencia española, y hasta llegaba a hablarle a Nepomuceno del probable renacimiento del teatro nacional, si todos hacían lo que a él le aconsejaba: poner en movimiento los capitales, sacar partido de los tesoros de la tierra. No sabía Körner que Nepomuceno ignoraba que hubiéramos tenido en otros siglos un teatro tan admirable; y así, por este lado, poco habría sacado de él. Pero lo que no hizo en su ánimo la idea patriótica de contribuir al renacimiento del espíritu nacional, mediante el movimiento industrial bien dirigido, lo hicieron los ojos, y más eficazmente las carnes de Marta, que poseían una virtud magnética sobre los sentidos de Nepomuceno. La primera vez que la vio, en la primera visita que hizo a Körner, con motivo de enseñarle este ciertos planos y un presupuesto de una fábrica de productos químicos, gran proyecto del alemán; la primera vez que la vio, se quedó con la boca abierta, pasmado, sintiendo en la garganta hormigueos, y en todo su cuerpo una súbita juventud que no había tenido, propiamente hablando, en toda su vida. ¡Aquellas eran las carnes que él había soñado!
Estaban en la escalera (porque Marta le había abierto la puerta), ella muy mal vestida, desaliñada, pero aún más llamativa y seductora cuantos menos trapos discretos la cubrían. Nepomuceno la tomó por criada. Subió, saludó a Körner, y a los pocos minutos, sintiendo absoluta necesidad de volver a ver a aquella chica, dijo:
—Si me hiciera usted el favor de mandar servirme un poco de agua....
El plan de Nepomuceno fue quitarle aquella doméstica a Körner y ponerle casa...; y aunque fuera casarse con ella. Tenía que ser suya. ¡Qué ojos, qué carnes!
Se relamía pensando que iba a verla otra vez, que iba a entrar con un vaso de agua.
Pero el agua la trajo una verdadera fregona. Hasta el día siguiente no supo Nepomuceno que su dulce tormento era Marta en persona; le dio a Sebastián señas de la divinidad, y... era Marta.
Una semana después la hija de Körner cantaba al piano una sentimental canción, un lieder titulado Vergiesmeinicht, «no me olvides», que no era el de Goëthe, sino mucho más meloso; y al dedicárselo, con la mirada expresiva y los gestos lánguidos, al administrador de las plateadas patillas, le dejaba para siempre rendido a sus encantos y le hacía copartícipe de aquellos sentimientos de sensucht, que él, Nepomuceno, no sospechaba que existieran. Por aquellos días tuvo D. Juan ocasión de enterarse de quién era Fausto, y del pacto que había hecho con el demonio; y adquirió la noción de Margarita, rubia, pobremente vestida, con los ojos humillados y con un cántaro debajo del brazo, camino de la fuente. Margarita era su Marta, aquella señorita tan gruesa, tan blanca, tan fina de cutis y tan espiritual, que le había revelado en pocas horas un mundo nuevo: el de los amores reconcentrados y poéticos. Él quería ser Fausto para rejuvenecerse, sin vender el alma al diablo, no por nada, sino porque el diablo no aceptaría el contrato. Tampoco pensó en teñirse las patillas, sino en sobredorarlas, es decir, en dejar adivinar a los Körner que no en vano ni de balde se era ministro de Hacienda en casa de los Valcárcel años y más años. Tardó poco tiempo el alemán en comprender el efecto que había producido su hija en el árbitro de las rentas de Emma; y de una en otra conferencia acerca de la proyectada fábrica de productos químicos, le fue metiendo en casa. Nepomuceno ya no podía pasar el día sin su correspondiente sesión de planos y presupuestos. Körner colocaba en su despacho (pues aunque vivían interinamente en la ciudad, tenían casa puesta, pero casa que era de la Empresa de la Montaña); colocaba sobre la mesa de trabajo, hecha de un gran tablero, unos libros enormes de comercio, llenos de cálculos y partidas imaginarias, de una especie de novela de contabilidad que él había imaginado. Nepomuceno, a pesar de sus conocimientos y experiencia en cuentas complicadas y oscuras, se quedaba sin entender palabra. Al lado de aquellos libros, que parecían los del coro del Escorial, extendía Körner sus planos pintados primorosamente en papel tela. Allí ya tenía algo que admirar Nepomuceno espontáneamente, pues supo que la misma Marta ayudaba a su padre a trazar aquellas rayas gordas que parecían el arco iris. Muchas veces la señorita de la casa asistía a las conferencias de su padre, como en calidad de ayudante, y arrollaba y desarrollaba planos, y ponía los finísimos dedos sobre los puntos en que había que estudiar; y con estos y otros motivos, pasaba y repasaba cien veces junto a Nepomuceno, y le rozaba con sus vestidos, y hasta le hacía sentir, en ocasiones, por descuido, el peso dulcísimo, pero abrumador, de su cuerpo: en fin, le mareaba, le enloquecía, y el tío de Emma no podía vivir ya sin aquellas confidencias económico-técnicas acerca de la fábrica de productos químicos. Llegó a creerse enamorado del proyecto; no podía menos de producir montones de oro aquella fábrica, que, sin salir de los planos, ya le tenía a él la química orgánica en revolución, y le convertía en minutos las breves horas de aquellas interesantes explicaciones. Quedaron el alemán y el español en que no faltaba más que dinero para que el proyecto colosal se pusiera en práctica y marchara como una seda. Faltaba dinero... pero ya parecería. Entretanto, Nepomuceno insinuó en el ánimo de padre e hija la necesidad de acoger con benevolencia la debilidad de corazón que él dejaba entrever discretamente. Marta, en vez de repugnar la confesión implícita de aquella pasión, que no sería ella quien la calificase de senil, en vez de rechazar las veladas galanterías del nuevo amigo de su padre, le daba a entender con sonatas de música filosófica, reposada y trascendental, que ella, a pesar de las apariencias, daba poca importancia a lo físico, despreciaba la acción del tiempo sobre los organismos, y atendía directamente al elemento eterno del amor, del amor, que nunca es machucho. En fin, que lo que faltaba era dinero; la fábrica y la pasión marcharían en perfecta armonía y con toda prosperidad, en cuanto pareciese el capital que era necesario para su movimiento. A medias palabras, y hasta por señas, comprendieron los Körner la conveniencia de tratar, y tratar con la mayor amabilidad posible, a Emma Valcárcel. No fue ardua empresa la del tío, que se propuso conseguir estas relaciones justamente en la época en que Emma decretó echarse al mundo y gozar de su riqueza mermada y de cuanto estuviese en sus manos, sin límites ni remordimientos. Así, el conocimiento superficial, de mero cumplido, que ya había de tiempos atrás, por intermedio del primo Sebastián, entre la Valcárcel y los alemanes, se convirtió fácilmente en amistad asiduamente cultivada, en una amistad casi íntima, que se iba estrechando, estrechando, según Emma entraba más y más por los anchos y suaves senderos de su nueva vida. La Valcárcel, como ya se ha dicho, tenía en sus planes de venganza respecto del ladrón de su tío, la idea de corromper a Marta, después de casada con Nepomuceno. Le encontraba ella muchísima gracia a la ocurrencia. Por eso se prestó gustosa a estrechar relaciones con los Körner; lo que no podía calcular era que Marta le iba a entrar por el ojo derecho, y a conquistar su afecto extremoso con la seducción singularísima de su intimidad mujeril, nerviosa, llena de novedades, picantes y pegajosas, para la pobre Emma, cuya depravación natural no había tenido hasta entonces ningún aspecto literario ni romántico-tudesco. Marta, virgen, era una bacante de pensamiento, y las mismas lecturas disparatadas y descosidas que le habían enseñado los recursos y los pintorescos horizontes de la lascivia letrada, le habían dado un criterio moral de una ductilidad corrompida, caprichosa, alambicada, y, en el fondo, cínica. Un hombre, por estrechas que fuesen sus relaciones con la señorita Körner, jamás podría saber el fondo de su pensamiento y de sus vicios, porque del pudor no le quedaba a ella más que el instinto del fingimiento y la sinceridad de la defensa material, hipócrita, contra los ataques del macho; Marta podría acompañar al varón en los extravíos lúbricos a que él la arrojase, pero siempre le ocultaría otra clase de corrupciones morales, de depravación ideal que llevaba ella dentro de sí, y que sólo podría confiar a otra mujer en que encontrase simpatías de temperamento y de desvaríos sentimentales. Emma y Marta se entendieron pronto, y a las pocas semanas de tratarse con frecuencia y confianza, ya se las oía, allá, a lo lejos, en el gabinete de la Valcárcel, reír a carcajadas, con risas histéricas; y cuando se presentaban a los hombres, a Nepomuceno, Körner y Bonis, después de estas alegres confidencias, llenas de secretos y malicias, sonreían con sonrisas que eran señas y burlas mal disimuladas de los santos varones que eran incapaces de penetrar los misterios de la amistad retozona y llena de cuchicheos de la española y la tudesca. Marta hacía alarde de tener un carácter complicado, que el vulgo no podía comprender; hablaba mucho de la moral vulgar, por supuesto cuando trataba con personas que ella creía capaces de entenderla. Su alegría, su afán de jugar, saltar, levantarse de noche en camisa para dar sustos a las criadas, correr por la casa y volverse al calor del lecho, palpitante de emoción y voluptuosidad jaranera, eran un contraste, una antítesis, decía ella, de su exquisita sensibilidad, del clair de lune que llevaba en el alma. Bueno, «peor para los necios que no eran capaces de entender estas contradicciones». Era católica, como su padre, y afectaba haber escogido la manera devota de las españolas como la fórmula que ella había soñado, como si su alma hubiese sido española en religión antes de aparecer en Alemania. Una nota nueva, sin embargo, tenía en su opinión su religiosidad, la nota artística que no encontraba en la dama española. Marta, entusiasta de El Genio del Cristianismo, lo entendía a su modo, lo mezclaba con el romanticismo gótico de sus poetas y novelistas alemanes, y después, todo junto, lo barnizaba con los cien colorines de sus aficiones a las artes decorativas y del prurito pictórico. Aunque enamorada de la música, amaba el color por el color, y daba suma importancia al azul de la Concepción y al castaño oscuro de Nuestra Señora del Carmen; hablaba ya de la capilla Sixtina, conversación inaudita en la España de entonces, y de las maravillas que había ella visto en Florencia y otras ciudades de Italia, por donde había viajado con su padre. Lo que no confesaba Marta era que su afición más sincera, más intensa, consistía en el placer de que le hicieran cosquillas, en las plantas de los pies particularmente. Debajo de los brazos, en la espalda, en la garganta, se las habían hecho muchas personas, hombres inclusive; pero, en cuanto a las plantas de los pies, es claro que sólo de tarde en tarde conseguía encontrar quien la proporcionase ocasión de gozar de aquellas delicias: alguna criada con quien había intimado, alguna amiga aldeana... y ahora Emma, de quien a los dos meses de trato había conseguido este favor sibarítico, que la Valcárcel, muerta de risa, otorgó gustosa. Ella también quiso probar aquel extraño placer que tanto apasionaba a su amiga; pero no le encontró gracia, y además no podía resistir ni medio segundo la sensación, que la excitaba en balde. En el alma fue donde se dejó hacer cosquillas Emma por las sutilezas psicológicas y literarias de su amiga. ¡Qué cosas supo por aquella mujer! Había en el mundo, sin que lo sospechara Emma, dos clases de seres, los escogidos y los no escogidos, las almas superiores y las vulgares. El toque estaba en ser alma escogida, superior; en siéndolo, ¡ancha Castilla!, ya no había moral corriente, vínculos sociales ni nada; bastaba con guardar las apariencias, evitar el escándalo. El amor y el arte eran soberanos del mundo espiritual, y el privilegio de la mujer ideal, superior, consistía en sacar partido del arte para el amor. La mujer hermosa, sentimental, poética y dilettante, era el premio del artista, y el placer de premiar al genio el más sublime que Dios había concedido a sus criaturas. Marta, aún muy joven, había sido novia, en Sajonia, de un gran músico, un especialista en el órgano; y a un pintor que imitaba a Rembrandt le había otorgado favores de índole íntima, familiar, aunque es claro que sin menoscabo de la virginidad material, que tenía que estar reservada para el filestin, así decía, con quien no tendría inconveniente en casarse. Porque era necesario ser rica; no por nada, sino por poder satisfacer las necesidades estéticas, que cuestan caras, toda vez que en la estética entraría el confort, los muebles de lujo, de arte, el palco en la ópera, si la hay, etc., etc. Su ideal era casarse con un hombre ordinario muy rico, y proteger con el dinero de aquel ser vulgar a los grandes artistas, reservando su amor para uno o más de estos, porque también era una vulgaridad la constancia unipersonal. Como Marta leía muchos libros de literatura española antigua, cosa de moda entre los literatos de su tierra, ponía por modelo de su teoría a la mujer del Celoso extremeño, que sin cometer, lo que se llama cometer, adulterio, había dormido abrazada al gallardo Loaisa, sin pecar sino con el pensamiento. El Celoso extremeño había sido tan noble, que se había muerto dejando a su esposa toda su fortuna y el encargo de casarse con su amante; pero como los maridos modernos y de la impura realidad no eran tan generosos como Carrizales, lo que debía hacer la mujer superior era sacarle el jugo crematístico al esposo lo más pronto que pudiese. Todo esto, dicho de muy diferente manera, pero en forma pedantesca siempre, se iba metiendo por el deseo de Emma, la cual, por cierto cansancio del organismo y depravación moral, sutil y retorcida, que era el fondo de su alma, hallaba un sabor superior a toda delicia en las aventuras en que superaban la malicia y el engaño al placer material conseguido como resultado de las artimañas. Engañar por engañar era lo mejor. Sin embargo, reconocía que debía de ser manjar de los dioses el tener relaciones con un hombre superior, con un artista, por ejemplo, con un barítono tan guapo y famoso como el celebrado Minghetti. No se lo negó Marta, quien, confidencia por confidencia, recibió con gusto y con amplio criterio de benevolencia el secreto de Emma relativo a sus coqueterías con el barítono de la compañía tronada. En el fondo, la alemana compadeció a su amiga, pues si bien había ella misma contemplado sin enojo una y otra vez el buen talle y el calzón ajustado del rey—no importa cuál—en tal o cual ópera, del rey Minghetti, no veía por dónde se podía clasificar a tan bien formado cantante en la categoría de los hombres superiores y verdaderamente artistas. Pero no había que ser exigente. Ella, es claro que estaba por encima de tales aficiones. Su prurito, aparte el de las cosquillas, era escribir cartas entusiásticas y confidenciales a sus autores predilectos; unos le contestaban, otros no; pero solía mandar su retrato con sus confesiones epistolares, y más de un escritor se animó, en consideración, a la buena moza que envolvía aquel espíritu repugnante, a entablar correspondencia; y así tuvo ella más de dos amores ideales y platónicos... por escrito. Poseía, además, un álbum de intimidades, ilustrado por muchas firmas desconocidas y algunas notables, en que se contestaba a las consabidas preguntillas: ¿Cuál es vuestro color predilecto? ¿Y la virtud predilecta? ¿Qué autor preferís?, etc., etc. A una mujer que sabía, por ejemplo, que a Litz le gustaban las trufas, y había llorado confidencialmente con las penas ocultas de un poeta de la Joven Alemania, tenía que parecerle poco hombre, aunque bien formado, el barítono de la compañía de Mochi.
El cual, acompañado de Serafina y del barítono, entraba en el salón cuando acababa de cantar una romanza italiana un aficionado de la localidad, de oficio relojero, y tenor suprasensible, como le llamaban los chuscos, porque cuando tenía que subir a las notas más altas desaparecía su voz, como si la llevasen en globo al quinto cielo, y no se le oía por más que gesticulaba; parecía estar hablando desde muy lejos, desde donde podía ser visto, pero no oído. Aún se reía el público disimuladamente del tenor suprasensible, cuando la atención general tuvo que volverse a contemplar la hermosura de Serafina, que con la mirada humilde, exhalando modestia, además de muy buenos y delicados olores, llegaba, vestida de negro, con gran cola, enseñando los blanquísimos hombros y las primorosas curvas del seno, al pie de la plataforma, donde el presidente del Casino la aguardaba para darle el brazo, subir con ella las dos gradas que la separaban del piano, y dejarla, previa una gran inclinación de cabeza, junto a Minghetti, que, de frac y corbata de etiqueta, paseaba los blancos dedos, de uñas sonrosadas, por el amarillento teclado, haciendo prodigios de elegante habilidad por aquellas octavas adelante.
Bonis había desaparecido; poco después hablaba con Mochi en un gabinete cercano. Nepomuceno y Körner acompañaban a Emma y a Marta, todos sentados en una de las primeras filas, que siempre quedaban, en casos tales, para las señoras que venían tarde; porque las que, para su vergüenza, llegaban temprano, se iban colocando en lo más escondido y apartado, huyendo, como del diablo, de la proximidad del espectáculo, como si fuese tomar en él parte el tenerlo muy cerca. No faltaba señora que confundía a los cantantes con los prestidigitadores que en el mismo Casino había visto maniobrar, y no quería que le quemasen el pañuelo, ni aun en broma, ni que le adivinasen la carta que tenía en el pensamiento.
Emma no había visto nunca tan de cerca a la Gorgheggi, en la que pensaba tanto de algún tiempo a aquella parte. La admiraba, como a su pesar; la tenía por una perdida a la alta escuela... y esto mismo la atraía, a pesar de ciertos asomos de envidia con que iba mezclada la admiración. Ahora que la tenía a cuatro pasos, y le podía ver los brazos desnudos, y el talle apretado, y la pechuga, entre velas de esperma, todo al aire; ahora que podía apreciar sus facciones y sus gestos, y hasta algo oía de su voz, que parecía que aun hablando cantaba, ahora Emma, con el pensamiento, la desnudaba más todavía, y le medía el cuerpo, y le escudriñaba el alma; quería apreciar por la proporción cómo tendría de gruesas y bien formadas las extremidades invisibles y otras partes de su cuerpo. Por lo que veía, era muy blanca, y debía de seguir siéndolo; no, no eran polvos de arroz; era blancura sana, cutis inglés, una verdadera frescura y una hermosura a prueba de tijeras. Decían que la voz decaía, pero lo que es la lozanía del cuerpo era bien briosa y bien sólida; no había allí asomos de decadencia. «¡Lo que habría gozado aquella mujer! ¿Qué les diría a sus queridos?». Emma se acordó del secreto de sus extrañas expansiones matrimoniales de aquellos últimos tiempos, de aquel secreto amor material, que le tenía a ratos, allá de noche, entre sueños y pesadillas, a su bobalicón de Bonis (vergüenza que ni a Marta se atrevía a confesarle). ¿Les diría a los amantes aquella guapísima picarona lo que ella le decía a Bonis? Emma se acordó—por primera vez pensó en ello—, de que tales frases disparatadas ella no las sabía tiempo atrás, de que era Bonis mismo el que se las había hecho aprender en aquellas locuras de que jamás hablaban los dos después que amanecía. ¿Sería aquello mismo lo que les decía la cómica a sus queridos? ¿Sería Bonis uno de tantos? ¿Sería verdad lo que había llegado a sus oídos y lo que ella había sacado por conjeturas? ¡Parecía imposible! Siendo Bonis tan majadero, y no disponiendo de un cuarto, ¿cómo le habría querido, ni siquiera por broma, aquella señorona, quiere decirse, aquella pájara tan señorona, que parecía una reina? Y sin embargo... podía ser. Había indicios. Y ¡cosa rara!, ella no sentía celos; sentía un orgullo raro, pero muy grande, así como si a su marido le hubieran mandado un gran cordón azul o verde del emperador de la China; o como si Bonis fuese hermano suyo y se hubiera casado con una princesa rusa... no, no era así; era otra cosa... muy especial. De repente se acordó de las teorías de la alemana que tenía al lado, de aquello de que el matrimonio era convencional y los celos y el honor convencionales, cosas que habían inventado los hombres para organizar lo que ellos llamaban la sociedad y el Estado. Si quería ser una mujer superior, y sí quería, porque era muy divertido, tenía que renunciar a las vulgaridades de las damas de su pueblo. En Madrid, en París, en Berlín, las grandes señoras sabían que sus maridos respectivos tenían queridas y no les tiraban los platos a la cabeza por eso; lo que hacían era tener queridos también. Pero Bonis, el bobalicón de Bonis, ¿se había atrevido, sin su permiso... y saliendo de casa a deshora por lo visto, y?... no, lo que es esto, es claro que había de pagarlo, es claro, fuese verdad o no; eso era harina de otro costal, y no había alma superior que valiera; Bonis no era alma superior, y tenía que salirle al pellejo la picardía... y eso que tenía gracia. No, y bien mirado, ¿por qué no había de querer aquella perdida a Bonis... en cuanto buen mozo, y rendido, y sano, y servicial? ¿No le había querido ella también? ¿Sería más una cómica que ella... que iba haciéndose una mujer superior? Sí, y bien superior: mirándolo bien, lo había sido toda la vida; lo era sin saberlo; antes de que Marta hubiese parecido por su casa, ya ella tenía el prurito de no enfadarse por lo que se enfadan los demás, y había discurrido aquello de no alborotar ni enfurecerse cuando los demás quisieran ni por lo que los demás lo esperasen; y ya había discurrido la graciosísima idea de vengarse del ladrón de Nepomuceno y del tonto de su marido poco a poco, y a su manera, y a su gusto y dándoles el gran chasco. ¡Vaya si había sido siempre una mujer especial, superior!
Serafina, por disposición de Mochi, que quiso halagar los sentimientos religiosos del concurso, cantó una plegaria a la Virgen, de un maestro italiano. El público, en cuanto cayó en la cuenta de que se trataba de ponerse en relación con la Divinidad, dejó de hacer ruido con las sillas y los cuchicheos, se recogió todo lo que pudo y oyó en silencio, como dando a entender que él no sólo comprendía la sublimidad de los misterios dogmáticos, sino también la misteriosa relación de la música con lo suprasensible. Serafina, que tanto hubiera dado semanas atrás por haber sido invitada a pedir para los pobres a la puerta de la iglesia, aprovechaba aquella ocasión para dar prueba de su acendrada religiosidad, deshaciendo así los rumores que habían corrido de que era protestante. La verdad es que estaba muy hermosa con aquel aire de modestia y de piedad recatada, con aquella frente purísima, algo grande, algo convexa... y, sin embargo, llena de expresión familiar, dulce, y en aquel momento religiosa; las ondas del cabello claro, sirviendo de marco vaporoso a la curva suave de aquella frente pura y blanca, eran símbolo de una idealidad que se perdía en el ensueño poético.
Bonis, en cuanto oyó la voz de Serafina elevarse en el silencio del salón, sin pensar en lo que hacía, sin poder remediarlo ni querer remediarlo, como atraído por un imán, se aproximó al umbral de la puerta más lejana para escuchar desde allí. La plegaria italiana, sin ser cosa notable ni muy original, era música buena para aficionados, música de sentimiento, lenta, suave, nada complicada, de un patos muy tolerable y sugestivo. «¡Ay—pensó Bonis—, la paz del alma! En otro tiempo, no hace mucho, yo amaba la pasión, que sólo conocía por los libros. Pero la paz... la paz del alma, también tiene su poesía. ¡Quién me la diera!, ¡ay, sí!, ¡quién me la diera! Así era, como aquella música: dulce, tranquila, sentimiento serio, fuerte a su modo, pero mesurado, suave, amigo de la conciencia satisfecha, amando el amor dentro del orden de la vida; como se suceden las estaciones sin rebelarse, como corren la noche y el día uno tras otro, como todo en el mundo obedece a su ley, sin perder su encanto, su vigor; así amar, siempre amar, bajo la sonrisa de Dios invisible, que sonríe con el pabellón de los cielos, con el rozarse de las nubes y el titilar de las estrellas!». «Mi Serafina, mi mujer según el espíritu, recuerdo de mi madre según la voz; porque tu canto, sin decir nada de eso, me habla a mí de un hogar tranquilo, ordenado, que yo no tengo, de una cuna que yo no tengo, a cuyos pies no velo, de un regazo que perdí, de una niñez que se disipó. ¡Yo no tengo en el mundo, en rigor, más parientes que esa voz!». ¡Cosa más particular! Cuando pensaba así, o por el estilo, Bonis, de repente, creyó entender que el canto religioso de Serafina llegaba a narrar el misterio de la Anunciación: «Y el ángel del Señor anunció a María...». ¡Disparate mayor! ¡Pues no se le antojaba a él, a Bonis, que aquella voz le anunciaba a él, por extraordinaria profecía, que iba a ser... madre; así como suena, madre, no padre, no; ¡más que eso... madre! La verdad era que las entrañas se le abrían; que el sentimiento de ternura ideal, puro, suave, pacífico que le inundaba, se convertía casi en sensación, que le bajaba camino del estómago, por medio del cuerpo. «¡Esto debe de ser—pensaba—, en eso que llaman el gran simpático! ¡Y tan simpático! Dios mío, ¡qué delicias; pero qué extrañas! Estas parecen las delicias de la concepción. ¡Oh, la música así, como esa, con esa voz, me vuelve casi loco! Sí, sí, disparatado era todo aquel pensar; pero, ¡cómo llenaba el alma! Más que el amor mismo, con otra clase de amor nuevo.... menos egoísta, nada egoísta... ¡qué sabía él!». Tuvo que apoyar la cabeza en la madera fría del quicio y volverla hacia el gabinete, porque los ojos se le oscurecían, llenos de lágrimas, y no quería que nadie le viese llorar. «Bueno sería—pensó mientras se iba serenando—, que ahora me preguntase Emma, por ejemplo:—¿Por qué lloras, badulaque?—Pues lloro de amor... nuevo; porque la voz de esa mujer, de mi querida, me anuncia que voy a ser una especie de virgen madre... es decir, un padre.... madre; que voy a tener un hijo, legítimo por supuesto, que aunque me le paras tú, materialmente va a ser todo cosa mía». No, no pensaba él que el hijo fuese de la querida, eso no; que Serafina perdonase, pero eso no; de la mujer, de la mujer... pero de cierta manera, sin que la impureza de las entrañas de Emma manchase al que había de nacer; todo suyo, de Bonis, de su raza, de los suyos... un hijo suyo y de la voz, aunque para el mundo le pariese la Valcárcel, como estaba en el orden. Bonis tenía miedo de ponerse malo con tanto desbarrar, y, sobre todo, porque se le empezaban a aflojar las piernas, síntoma fatal de todos sus desfallecimientos. Cesó la música, calló la voz, estallaron los aplausos, y Bonis cambió de súbito de ideas y sensaciones y de sentimientos. Volvió a la realidad, y se vio cogido del brazo por Mochi, que se le llevó, salón adelante, hacia el piano.
Körner se había puesto en pie, y sus manos, aplaudiendo, sonaban como batanes; Marta aplaudía también, con gran asombro de las damas indígenas, que creían privilegio de su sexo la impasibilidad ante el arte, y hubieran reputado, por unanimidad, indigno de una señora recatada batir palmas ante una cómica; ni más ni menos que creían una abdicación del sexo levantarse en visita para saludar o despedir a un caballero. Emma acabó también por aplaudir, y la Gorgheggi no tardó en fijar la atención en aquellas dos señoras que tenía tan cerca, y que, por excepción, unían sus aplausos a los del sexo fuerte. Para Marta y Körner, la inglesa, por extranjera, tenía algo de compatriota; por artista la consideraban más digna de respeto y atenciones que las cursis damas del pueblo, a pesar de todas sus pretensiones y preocupaciones seculares. Körner se acercó al piano y habló en inglés con Serafina; en aquella sazón llegaban Mochi y Bonis del brazo junto a la plataforma, y gracias al carácter expansivo de Minghetti, que medió en el diálogo, y al reconocimiento de Mochi con respecto a Bonis y todos los suyos, y a la habilidad políglota de Körner, pronto hablaron todos juntos, con entusiasmo, mezclándose el inglés, el alemán, el italiano y el español; y Marta estrechó la mano de la cantante, y esta, con una audacia y una gentileza que pasmaron a Bonis, oprimió con fuerza y efusión los dedos flacos de Emma. Bonifacio, al ver unidas por las manos a su mujer y a su querida, volvió a pensar en los milagros del diablo; y en su cerebro estalló lo de tigribus agnis, que tantas veces había leído en los periódicos y en alguna retórica. Indudablemente el tigre era su mujer. La cual estaba radiante. Para aquella clase de emociones y sucesos había nacido ella. Sentía un orgullo loco al verse entre aquella gente, saludada por una mujer tan guapa y tan elegante, con tales muestras de respeto y deferencia. Serafina la había deslumbrado. Algunas veces había pensado que había ciertas mujeres, pocas, que tenían un no sé qué, merced al cual ella sentía así como una disparatada envidia de los hombres que podían enamorarse de ellas; esas mujeres que ella concebía que fuesen queridas por los hombres, no eran como la mayor parte, que, guapas y todo, no comprendía qué encontraban en ellas los varones para enamorarse. La Gorgheggi era mucho más alta que Emma, y esta, a su lado, sentía como una protección varonil que la encantaba; además, aquello de ver de cerca, tan de cerca, lo que estaba hecho para que todo el pueblo lo mirase y lo admirase de lejos, la envanecía, y satisfacía una extraña curiosidad; la envanecía más el pensar que a ella sola, a Emma, se consagraban ahora aquellas sonrisas, aquellas miradas, aquellas palabras, que eran ordinariamente del dominio público. Por otra parte, seducción, tal vez mayor para ella, era en Serafina la mujer de vida irregular, la mujer perdida... pero perdida en grande. La curiosidad pecaminosa con que ella había mirado siempre a las vulgares mozas del partido, que se hacía enseñar, aquí se multiplicaba y como que se ennoblecía; y Emma quería adivinar olfateando, tocando, viendo, oyendo de cerca la historia íntima de los placeres y aventuras de la mujer galante y artista. De repente vio, casi con imágenes plásticas, las ideas de orden, de moral casera, ordinaria, sumidas en una triste y pálida y desabrida región del espíritu; oscurecidas, arrinconadas, avergonzadas; las vio, como el guardarropa anticuado y pobre de una dama de aldea, ridículas; eran como vestidos mal hechos, de colores ajados; ella misma se los había vestido y sentía vergüenza retrospectiva; sí, ella, a pesar de su prurito de originalidad, participaba de tantas y tantas preocupaciones, estaba sumida en la moral casera de aquellas señoras de pueblo que no aplaudían a los cantantes ni solían tener queridos. Se le pasó por las mientes la idea de que la Gorgheggi fuera un gran capitán, un caudillo de amazonas de la moral, de mujeres de rompe y rasga; y ella iría a su lado como corneta de órdenes, como abanderado, fiel a sus insignias. Cuando observó la Valcárcel que las damas del pueblo miraban con extrañeza, casi con espanto, la íntima conferencia a que se habían entregado ella y su amiga con los cómicos, se redobló el placer que gozaba. ¡Qué gusto, hacer entre todo el señorío cursi del pueblo una que era sonada, algo del todo nuevo, inaudito, asombroso y de todo punto irregular y subversivo!
Marta, aunque afectando cierta recóndita superioridad al principio, también estaba encantada, llena de orgullo, sin quererlo, al hablar con Serafina; pero pronto se sintió deslumbrada y vencida, y sintió en la actriz una superioridad real que, si no era del género suprasensible de la que ella, Marta, se atribuía, era mucho más efectiva y susceptible de ser reconocida. Marta, que hacía alarde de sus conocimientos lingüísticos hablando inglés, francés, italiano, acabó por seguir a la Gorgheggi en su empeño de hablar español, para que la entendiese Emma. A esta consagraba la cómica principalmente su amabilidad, la gracia irresistible de sus gestos, gorjeos hablados, de su modesta actitud; y la miraba con ojos muy abiertos, muy brillantes, que chisporroteaban simpatía, naciente cariño. Y Emma acabó de perder el juicio cuando Serafina, poniéndose el abanico en la frente, exclamó:
—¡Ah! ¡Sí, sí! ¡Finalmente!... ¡Eccola qui!... Yo me decía: esta señora... esta señora de Reyes... yo... la he visto, la he visto, vamos, de otro modo, en otros días... muy lejos.... Y de repente, ahora, un gesto, ese gesto de le... sopraciglie... me la pone delante. ¡Oh, sí, absolutamente la misma! Más que su retrato, ella, ella misma....
Emma abría la boca sin comprender; Marta, adivinando, ya sentía envidia; ello iba a ser que Emma se parecía a alguna mujer ilustre....
Pero la Gorgheggi no acababa de explicarse... y añadió:
—¡Ah! ¡Mochi y Minghetti!... Venid... venid.... A ver, decidme a quién se parece esta señora... ¿Quién es... quién es... precisamente lo mismo que ella?...
Mochi sonreía, mirando por cumplido a Emma, sin tratar de adivinar el parecido, como si estuviera en el teatro fingiendo en un diálogo curiosidad e interés.
Minghetti dio más solemnidad al caso. Acercó su cara morena y larga, de levantino, de ojos grandes, azules, húmedos, apasionados y rientes, de bigote brillante y barba puntiaguda y algo rizada, fina, sedosa, al rostro de Emma, encendido, casi asustado; fijó la mirada desfachatada y alegre en los ojos de la dama, y hasta se permitió, para ver mejor, mover un poco un candelabro del piano, de modo que la luz llenase las facciones que examinaba como absorto.
Mochi se dio pronto por vencido. No acertaba. Minghetti decía:
—Espera, espera; como con la esperanza de evocar una imagen. Emma se sentía fascinada; por el pronto, Minghetti, así, tan cerca, le olía a hombre nuevo, y sus ojos, clavados en ella, eran todo una borrachera de delicias que al tragarse se mascaban.
Cuando Minghetti se declaró también torpe de memoria, Serafina dijo:
—¡Oh, qué hombres estos! No recordáis... ¡Ma... la Parini... la Parini!...
—¡Oh, sí! ¡La trágica, la gran trágica de Firenze! ¡Exacto, exacto; un espejo!
Así exclamó Mochi, que se guardó de decir que no encontraba la semejanza.
Minghetti, que jamás había visto a la Parini, gritó:
—¡Oh, sí, en efecto! La expresión... el gesto... la viveza de la mirada... y el fuego....
Y añadió, sonriendo a la Gorgheggi, como diciéndoselo en secreto:
—Mas... las facciones son aquí más perfectas....
—¡Ah, sí; eso sí! Más perfectas...—dijo la tiple, que continuó explicando que era la Parini una ilustre artista florentina, sin rival entre las trágicas de su tiempo. Aunque Emma no podía dar a la semejanza que se le encontraba todo el valor que le atribuía la envidia de Marta, sintió el orgullo en la garganta, se vio cubierta de gloria, y pensó enseguida:
«Parece mentira que en este poblachón de mi naturaleza se pueda gozar tanto como yo gozo en este momento, mirándome en los ojos de este hombre y oyendo estas cosas que me dicen».
Interrumpida a poco la conversación para cantar Serafina de nuevo, ahora un terceto con Mochi y Minghetti, después de la ovación que siguió al canto, volvió la sabrosa plática, más animada cada vez, aunque en ella se mezclaron ya algunos señoritos del pueblo de los más audaces y despreocupados. Emma y Serafina hablaron algunos minutos solas entre las colgaduras de un balcón, sonriéndose, como acariciándose con ojos y sonrisas; las vio de lejos Bonis, pasó cerca de ellas, y ni una ni otra notaron su presencia; volvió a alejarse y a contemplar su obra desde un rincón.
¡Juntas! ¡Estaban juntas! ¡Se hablaban, se sonreían, parecían entenderse!... Se le antojaban un símbolo, el símbolo del pacto absurdo entre el deber y el pecado, entre la virtud austera y la pasión seductora... ¡Qué barbaridades pienso esta noche!—se decía Bonis—; y se puso a figurarse que aquellas mujeres que hablaban como cotorras, y parecían de acuerdo, y se sonreían, y se entusiasmaban con su diálogo, se estaban diciendo, ¡qué atrocidad!, cosas por el estilo:
—«Sí, señora, sí—decía Emma en la hipótesis absurda de su marido—; puede usted quererle todo lo que guste; comprendo que usted se haya enamorado de él, y él de usted. Eso no está mal: en Turquía las gastan así, y pueden ser tan honradas como nosotras las turcas; todo es cuestión de costumbres, como dice la de Körner: todo es convencional».
—«Pues sí, señora; le quiero, ¿para qué negarlo?, y él a mí. Pero a usted también se la estima, a pesar de ese geniazo que dicen que usted tiene. Se la estima y se la respeta. Ya verá usted qué buenas amigas hacemos. ¿Por qué no? Usted no sabe lo que son artistas, lo que es vivir para el arte, y despreciando las pequeñeces de la vida de pueblo y de la moral corriente. ¡Valiente moral! Todos deben querer a todos: usted a mí, yo a usted, su marido a las dos, las dos a su marido.... El mundo, la triste vida finita, no debe ser más que amor, amor con música; todo lo demás es perder el tiempo...».
«Aquel diálogo hipotético—se quedó pensando Bonis—, era un disparate, sí... y con todo... con todo... ¿Por qué no había de ser así? Él había leído que los antiguos patriarcas tenían varias mujeres, Abraham, sin ir más lejos...». La idea de Abraham le trajo la de Sara la estéril... su mujer... «¡Isaac!», le dijo una voz como un estallido en el cerebro.... Emma era Sara...; Serafina, Agar.... Faltaban Ismael, que era inverosímil, dadas las costumbres de Serafina, e Isaac... ¡Isaac! ¿Quién sabía? ¿Por qué le decía el corazón... acuérdate de Sara, ten esperanza? Dos veces en aquella noche, que él debería consagrar a emociones tan diferentes, se le llenaba el alma del amor de su Isaac... de su hijo.... Tenía fiebre no sabía dónde; tal vez estaba volviéndose loco; primero se comparaba con la Virgen; ahora con Abraham...; y a pesar de tanto dislate, una esperanza íntima, supersticiosa, se apoderaba de él, le dominaba.
Y al volver a mirar el grupo de su mujer y la cómica, a las cuales se habían agregado ahora Mochi, Marta, Minghetti y Nepomuceno, sintió Reyes una especie de repugnancia; aquella paz moral que a ratos se apoderaba de su espíritu, y hasta pudiera decirse de sus entrañas, se le alarmó en el pecho, en la conciencia; le entró vivísimo deseo de apartar a su mujer de toda aquella gente; y sin poder dominarse, se acercó al grupo, y con gesto serio, que contrastaba con la alegría de todos, con el ambiente de vaga concupiscencia que envolvía al grupo, dijo Bonis con una energía en el acento que sorprendió a Emma, la única que se hizo cargo de ello por la novedad de la voz:
—Señores... y señoras... basta de charla; el público se impacienta, y lo mejor que pueden hacer estas damas y estos caballeros es comenzar la segunda parte del programa.... Vale más la música que toda esa algarabía....
Todos le miraron entonces. Hablaba en broma seguramente, y, sin embargo, su gesto y el tono de su voz eran serios, como imponentes.
Minghetti, inclinándose cómicamente, exclamó:
—Quien manda, manda.... Obediencia al tirano... al futuro empresario forse....
Serafina, dando la espalda a los otros, en un momento que pudo aprovechar, miró fijamente a su querido, abrió mucho los ojos con expresión de burla cariñosa, que acabó con una mirada de fuego.
Bonis tembló un poco por dentro al recibir la mirada, pero se hizo el desentendido y no sonrió siquiera.
—¡A cantar, a cantar!—dijo, fingiendo seguir la broma de su papel de déspota.
Mochi se inclinó también, y Minghetti, después de una gran reverencia, se sentó al piano para acompañar el dúo de tenor y tiple con que empezaba la segunda parte.
Nepomuceno se sentó junto a Marta, y Bonis muy cerca de su mujer, que respiraba con fuerza, absorbiendo dicha por boca y narices.
Y mientras ella, sin pensar en que le tenía allí, devoraba con los ojos a la tiple y al barítono, Bonis paseaba la mirada triste, seria y tiernamente curiosa, del rostro pálido, ajado de su esposa, al vientre que una vez había engañado sus esperanzas; y oyendo, sin comprenderla en aquel momento, la música romántica del dúo, se dijo entre dientes:
—No importa...; más vieja era Sara.
-XIII-
Terminó el concierto a la una de la madrugada, y como era costumbre en el pueblo, en vez de disolverse la reunión, se pusieron a bailar los jóvenes con el mayor ahínco, muy a placer de las señoritas, que sólo toleraban dos o tres horas de música con la esperanza de estar bailando otras dos o tres horas. Emma no pensó en retirarse mientras quedase allí alma viviente. En cuanto a Marta Körner, estaba demasiado ocupada para pensar en el tiempo. ¡Íbale tanto en perseguir las fieras, es decir, en la caza mayor a que se había entregado en cuerpo y alma, que ya ni veía ni oía lo que estaba delante; para ella no había en el mundo más que su D. Juan Nepomuceno, con sus grandes patillas! Desde antes de terminar el concierto habían hecho rancho aparte, en un rincón de la sala; y allí estaba la alemana enseñándole el alma, y un poco, bastante, de la blanquísima pechuga, al acaramelado mayordomo, futuro administrador de la fábrica de productos químicos. Körner, aunque muy metido en conversación con Mochi primero y después con el Gobernador militar y el Ingeniero jefe de caminos, vigilaba desde lejos, muy satisfecho de la conducta de su hija. Muy de corazón aplaudió la habilidad y delicadeza que demostró su digno vástago cuando uno, y dos y tres jóvenes de lo más distinguido de la sociedad, se acercaron a ella solicitando el favor de un vals o cosa parecida, y fueron cortés y fríamente despedidos por la robusta alemana, que no bailaba porque... aquí una disculpa torpemente zurcida, pero mal compuesta con toda intención. A Nepomuceno había que ponerle las cosas muy claras; y Marta, aun a riesgo de molestar a los bailarines, tal vez contenta con molestarlos, porque aquello venía a ser un anuncio, dejaba ver con gran transparencia el verdadero motivo de los desaires que se veía obligada a dar; a saber: que era más importante para ella hablar con Nepomuceno que andar por allí dando saltos y despertando, el diablo sabría qué apetitos, en aquella juventud lucida y generalmente colorada, gracias a la mucha sangre.
Nepomuceno, que a la segunda negativa de Marta, acompañada de una mirada y una sonrisa de inteligencia para él, acabó de comprender, agradeció con todas sus entrañas el sacrificio que en su favor se hacía; y se hubiera derretido de gusto, a no estarlo ya, gracias a la proximidad vertiginosa de la alemana y a las cosas espirituales y no espirituales que ella le estaba diciendo; y, sobre todo, gracias a ciertos tropezones que de vez en cuando, bastante a menudo, daban las rodillas con las rodillas.
«¡Qué elocuencia... y qué calor natural despedía aquella mujer!» pensaba don Juan, aplicando el mismo verbo al calor y a la elocuencia.
Marta hablaba del ideal, de todos los ideales; pero se las arreglaba de manera que en su disertación se mezclaban, por vía de incidentes, descripciones autobiográficas que se referían casi siempre al acto solemne de mudarse ella de ropa, o a estar en su lecho, medio dormida.... desvelada.... Ello es que Nepomuceno supo aquella noche, v. gr., que aquella señorita había leído una cosa que se llamaba la Dramaturgia de Hamburgo, de Lessing, y que, tanto como el autor del Laoconte, le gustaban a ella las medias muy ceñidas, atadas sobre las rodillas y de color gris perla. Lo más tierno fue la historia de las queridas de Goëthe, tema que tenía muy preocupada a la de Körner desde muchos años atrás. El noble orgullo de Federica Brion, que no quiso casarse nunca, porque nadie era digno de la que había sido amada por Wolfgang, lo pintaba Marta con un calor sólo comparable al que despedían sus propias rodillas. Nepomuceno, confundiendo las cosas, y hasta las facultades del alma, se llegó a figurar que los genios alemanes eran unos sátrapas que se pasaban la vida despreciando a los seres vulgares y manoseando los mejores bocados del eterno femenino. Cuando llegó lo de las madres del tantas veces citado Goëthe, Nepo no podía menos de figurarse las tales madres como unas ubérrimas amas de cría. De todas suertes, y fuera lo que fuera de Heine y de la Joven Alemania, él estaba que ardía... y a tanta ciencia y poesía y contacto de piernas, sólo se le ocurría contestar lo que, sin saberlo él, Nepomuceno, contestaba aquel personaje de la comedia titulada: «De fuera vendrá...». Quiere decirse, que al tío mayordomo no se le venía a la boca más que la solemne promesa de futuro, pero muy próximo matrimonio.
Emma, siguiendo el ejemplo de algunas otras casadas, que bailaban también, aceptó unos lanceros a que la invitó el presidente del Casino, y poco después bailó con Minghetti una polca íntima, género de desfachatez tolerada que empezaba entonces a hacer furor y no pocos estragos morales.
La polca íntima de Minghetti fue para ella una revelación. El barítono, que no había perdido la pista a la afición que le había demostrado aquella señora en paseo, en misa, en la calle, por medio de miradas incendiarias, aquella noche acabó de comprenderlo todo, y formó un plan de seducción, que le convenía desde muchos puntos de vista. Empezó a marearla con miradas y lisonjas allí, junto al piano, durante el concierto; y al atreverse a invitarla nada menos que para bailar una polca de aquellas condiciones coreográficas, jugó el todo por el todo. Aceptada la polca, ya sabía él lo que le tocaba hacer; y mientras las rodillas hablaban el lenguaje de las de Marta Körner, aunque sin colaboración de los clásicos alemanes, él, allá en sus adentros, se entregaba a proyectos y cálculos en que había hasta números. Medio en serio, medio en broma, se declaró a Emma mientras daban vueltas por el salón; y ella, muerta de risa, muy contenta, nada escandalizada, le llamaba loco, y se dejaba apretar, como si no lo sintiera, como si su honra estuviese por encima de toda sospecha y no debiera parar mientes en aquellos estrujones fortuitos. Le llamaba loco, y embustero, y bromista; pero cuando, después de la polca, se sentaron juntos, en vez de incomodarse por la insistencia del cantante, se quedó un poco seria, suspiró dos o tres veces, como una doncella de labor no comprendida, y acabó por ofrecer a Minghetti una amistad desinteresada; pura amistad, pero leal y firme. Entonces el barítono, que no echaba nada en saco roto, sin dejar el tema de su pasión incandescente, mezcló en las variaciones del mismo una discretísima narración de los apuros de su vida económica y la de sus compañeros. A Minghetti, que era un bohemio, sin saber de tal epíteto, no le daba vergüenza hablar de su pobreza, ni de las trazas picarescas a que había recurrido muchas veces para salir de atrancos. Comprendía él que parte del encanto de su persona, irresistible para muchas mujeres, consistía en su misma vida desarreglada, de aventurero simpático, generoso, alegre, casi infantil, pero poco escrupuloso, como no fuera en puntos de galanteo y de valentía. Enseguida noto que en Emma este elemento de seducción era de los que producían más efecto; ella misma le confesó que había comenzado a fijarse en él, y a encontrarle ángel, como dicen los andaluces, la noche aquella famosa en que había cantado el Barbero... a la fuerza....
—¡Ah, sí—exclamó él sonriendo—; cuando me cazó la Guardia civil!...
Y de este incidente, que tanto había dado que hablar en el pueblo meses atrás, tomó pie para contar su historia y sus penas y apuros a su manera, como burlándose de sus propios males. Callaba muchas cosas que juzgaba poco a propósito para hacerle aparecer interesante; pero no ocultó ciertas maniobras no muy decentes, y osó referirlas, no por amor a la verdad, sino porque su sentido moral no le decía que era aquello repugnante e indigno; por fortuna, tampoco Emma sentía delicadezas de este orden, y en toda treta victoriosa admiraba el arte y olvidaba al engañado, o sea al tonto.
La mujer de Bonis escuchaba encantada aquella narración del género picaresco, en que las picardías venían a estar explicadas y disculpadas por la viveza de las pasiones y los golpes repetidos de una adversa fortuna.
Lo cierto era que la historia del barítono, desfigurada por él en su narración cuando le convino, podía resumirse en lo siguiente:
Cayetano Domínguez era natural de Valencia; había asistido en su infancia a los azares de la miseria, que aspira a convertir en industria la holganza y no lo consigue, sino con intervalos de negras prisiones y en perpetua lucha con el Código penal y los agentes de su eficacia. La cárcel, residencia frecuente de su señor padre, le había enseñado, como por ensayos repetidos, la triste vida de la orfandad; y cuando al fin el autor de sus días salió de casa para no volver, porque en una ocasión, al recobrar la libertad, en vez del hogar, encontró la muerte en una misteriosa aventura, allá en la Huerta, el pobre Minguillo, que así le llamaban los demás pillastres de su barrio, al quedarse en el mundo solo, pues su madre había muerto al darle a luz, tenía un aprendizaje anulado que le sirvió no poco, de mala suerte, apuros, desvalimiento; y venía a ser a los doce años todo un hombre, y casi casi todo un pícaro, por los recursos de su ingenio, el ahínco de su trabajo, cuando tocaban a trabajar honradamente, y las tretas de su industria, la fuerza de cinismo, el vigor de los músculos y el desprecio de todas las leyes y cortapisas morales y jurídicas, que, en su opinión, se habían hecho para los ricos; porque los pobres no podían con ellas, bajo pena de matarse de hambre, que era el mayor crimen.
De las manos de un pariente lejano, que le molía a palos y le llamaba hijo de tal y de cual, pasó al servicio de la Iglesia con carácter de monaguillo, y hasta llegó a cantar en el coro de la catedral en funciones de tiple; y esta época fue, según él, la más santa de su vida, sin ser perfecta. No hacía él las picardías por hacerlas, sino por el lucro; de modo que mientras su voz sirvió para el coro, cantó en calidad de ángel en la catedral, sin hacerse jamás reprender por su pereza o impericia, pues en el trabajo era asiduo, y su destreza en todo oficio que emprendía, extremada. Volvió a la calle porque la voz se le mudaba, que era para el caso como perderla; y con la edad de comenzar las pasiones a abrir sus yemas, coincidió la mayor pobreza de su vida, por lo que no fue extraño, o a él no se lo pareció, que por aquellos días sus expedientes para procurarse el sustento y lo demás que necesita un mozo suelto y sin escrúpulos, fuesen del todo incompatibles con los rigores de la ley civil y criminal; sin que esto quisiera decir que llegase a robar, al menos con violencia; sino que, recordando tradiciones familiares, inventó industrias alegres y vistosas, como juegos de feria, con moderada trampa, inocentes chascos, justo castigo de tontos avarientos y confiados necios, en que el provecho que a él, a Mingo, le quedaba entre las uñas, era apenas la necesaria retribución de su trabajo, que hubiera sido exigua cotejada con el riesgo y con el primor y gracia de las trazas inventadas. De su voz ¡voz traidora!, no se había vuelto a acordar en mucho tiempo, a no ser para cantar en tabernas y paseos nocturnos, para solaz de los compañeros del hampa, o seducción de alguna mozuela, que además habría de pedir otra paga.
Sus relaciones con la gente de sotana, interrumpidas, pero no rotas, le presentaron ocasión de ingresar en el seminario en calidad de fámulo, ocultando, por supuesto, gran parte de sus antecedentes; y como tenía temporadas, si no de arrepentimiento—pues él no creía que había de qué—de cansancio, de cierto como relativo misticismo que le pedía a él la soledad de la vida recogida y largas horas de tiesura hierática, con un cirio en la mano, o en las oscuridades del coro, y ausencia de malas compañías, y pan seguro ganado sin industrias prohibidas; por todo ello se acogió a la soledad del claustro, y fue el más airoso, servicial y despabilado fámulo de colegio sacerdotal, donde no sabía él que había de llegar a ser colaborador de verdaderos horrores. Muchos años después, cuando, ya libre y artista, se creía por sus actos y representación en el caso de ser muy avanzado, librepensador y cosas por el estilo, aprovechaba sus recuerdos del seminario como argumento contra las instituciones religiosas. «¡Lo que son los curitas, díganmelo ustedes a mí!», solía exclamar; y como no hubiera damas delante, su narración, probablemente exagerada, ponía espanto verdaderamente, por lo que toca a determinadas violaciones del orden natural de los instintos.
De esta clase de aventuras es claro que no le habló a Emma aquella noche; fue más adelante, cuando su trato llegó a ser más íntimo, cuando ella supo de esta clase de tormentas porque también había pasado la juventud pintoresca de su amigo.
Del seminario salió por una ventana, con un trabuco, pues nada menos exigían la prisa y el peligro con que acudió a defender la causa del pueblo en una intentona revolucionaria en que se vio comprometido, familiar y todo, por culpa de amistades heteróclitas, adquiridas en las escapatorias frecuentes que de noche emprendía con otros compañeros y algún seminarista amigo de ir al teatro y a lugares de corrupción más inmediata. Anduvo por los campos en calidad de sublevado días y días, hasta que se le rompieron los zapatos y emigró con otra porción de ilusos, como los llamaba en una alocución el Capitán general de Valencia. Y tanto corrió, que no paró hasta Italia. Vivió en Turín, en Roma, en Nápoles, Dios sabe cómo; y ello fue que a España volvió de corista en una compañía de ópera, hablando italiano, con mucho mundo, y persuadido de que su vocación era la música y su fuerte la seducción de mujeres fáciles, y el tentar a todas, fáciles o difíciles.
En Barcelona llamó su voz la atención de un maestro; se podía sacar partido de ella enseñándole música, lo que se llama música; se aplicó de veras al estudio, dejó por algunos años el teatro, vivió de no se sabe qué recursos, tal vez a costa del amor chocho; y se le vio de posada en posada, de fonda en fonda, despertando a los huéspedes con gárgaras de barítono que ensaya la voz y no deja dormir los músculos de una poderosa garganta. Aquellos gorgoritos de pavo alborotado se los hacía perdonar siempre a fuerza de gracia, amabilidad y chiste. Era un Tenorio aniñado, un niño mozo, pueril hasta para enamorarse: se hacía mimar enseguida, y las mujeres, al quererle, ponían algo de las caricias de madre que todas ellas tienen dentro.
A sus queridas les cantaba al oído las óperas enteras, como dándoles besos con el aliento, que parecía salir perfumado por la melodía. Una novia suya lo dijo: aquel hombre de tan buen color, tan buenas carnes, de cutis fresco y esbelto como él solo, esparcía así como un olor, que seducía, a música italiana. Desde su primera contrata, en Barcelona, se llamó ya Minghetti, y Gaetano; y cuando volvió de su segundo viaje a Italia, que duró dos años, casi él mismo se tenía ya por extranjero. En cuanto a los instintos de tramposo, que en el nuevo oficio no tenían aplicación inmediata, buscaban expansiones naturales en los tratos y contratos con los cantantes, sus mujeres, los empresarios y los huéspedes de las posadas. El lance a que Emma había aludido se refería a una de estas picardías, de que hubo de ser víctima el buen Mochi. Habían reñido Julio y Gaetano por cuestión de ochavos, sobre si el valenciano había cobrado o no, y negaba un recibo; Minghetti escapó de noche, a pie; Julio se quejó a la autoridad porque el barítono se le iba con la paga adelantada y le dejaba la Compañía en el aire; la benemérita se encargó de recomponer el cuarteto; y, en efecto, Minghetti, resignado, sonriente, como si se hubiera tratado de una broma, se presentó de nuevo al público, cantando el Barbero con gran malicia; lo cual le valió una ovación tributada a su graciosa picardía, a su desenfado simpático y alegre. Aquella noche le conoció Emma, desde el paraíso, donde oyó la historia de la fuga, comentada con entusiasmo por el público, siempre dispuesto a perdonar a los tramposos guapos y graciosos.
Pocos días después de oír las aventuras del barítono en aquella noche solemne del baile, Emma ya le había tenido muy cerca, cantándole al oído, pero sólo en calidad de amigo íntimo, la mayor parte del repertorio. Lo del piano se llevó a efecto; Minghetti fue maestro de la Valcárcel, pero es claro que las lecciones se convirtieron a poco en pura fórmula, un pretexto para que el profesor cantase romanzas, acompañándose él mismo, mientras la discípula, sentada junto a él, admirándole, pasaba las hojas, cuando el cantante lo indicaba con la cabeza. Llegó, sin embargo, Emma a destrozar polcas y chapurrar un vals que la entusiasmaba. Bonis nada podía oponer, porque las lecciones se daban con su beneplácito, y además podía observar que su mujer pasaba algunas horas cada día estudiando solfeo y machacando teclas.
Lo que iba viento en popa era lo de la fábrica de Productos Químicos y la reconstitución de la Compañía de ópera con la base del terceto; a saber: la Gorgheggi, Mochi y Minghetti.
En la cabeza de Reyes se mezclaban ambas empresas, porque los interesados en una y otra comían juntos muy a menudo en casa de Emma y se reunían todas las noches en sus salones, que así quería ella que se llamasen en adelante, previo el arreglo del mobiliario, derribo de tabiques y otras composturas, que subieron a una cantidad respetable, pero no respetada por Nepomuceno, que hizo con ella maravillas de prestidigitación. Además, había otra cosa, la principal, que enlazaba la empresa teatral con la fabril, a saber: el capitalista, que, en resumidas cuentas, venía a ser uno mismo: Emma. En lo del teatro se admitieron acciones de algunos aficionados de la ciudad; pero estas eran insignificantes comparadas con las de Emma; de modo que ella venía a ser el verdadero capitalista, representada, es claro, por Nepomuceno en todo lo que se refería a la parte económica del negocio, y por Bonis en lo tocante a entenderse con músicos y cantantes. Bonis a su vez delegaba en Mochi la dirección técnica, y en rigor cuanto entraba en sus atribuciones; de suerte que el empresario y director de la Compañía tronada venía a ser en la nueva Compañía lo mismo que antes había sido, sin más diferencia que la de no exponerse a perder un cuarto y estar sólo a las ganancias, si las había, por pocas que hubiera; que a eso estaba él. Desde la Tiplona acá no se había visto jamás que unos cómicos permanecieran, por fas o por nefas, tanto tiempo en el pueblo. Casi se les tomaba por vecinos, y Julio y Gaetano ya discutían en el Casino, aunque con cierta discreción y medida, todas las candentes cuestiones de interés local. En cuanto a Serafina, era la gala de los paseos, y los vecinos la mostraban a los forasteros como una de las maravillas indígenas.
También tendía a aclimatarse, y aun con raíces más hondas, la familia Körner, que quería fincar en aquella ciudad, uniendo su nombre a la causa de la industria que con tanto calor defendían los periódicos de intereses morales y materiales de la localidad. Körner hizo un viaje a Alemania por cuenta de la nueva Sociedad de Productos Químicos, para traer todas las noticias y encargar todo el material necesario para la fábrica, cuya construcción y explotación debía de dirigir él mismo. En cuanto a pagar todos estos gastos, ya se sabía: el mermado caudal de la abogada Valcárcel corría con todos los desembolsos, o con casi todos; pues, por disimular, también en este negocio se ofrecieron acciones a unos cuantos amigos y parientes. Ello fue que el capital de Emma se vio tan seriamente comprometido en las aventuras químico-industriales, como diría Körner, que Nepomuceno, autor de semejante desafuero, se creyó obligado en conciencia, en la poca y mala conciencia que le quedaba, a exponer a su sobrina con toda claridad, o poco menos, la situación, el riesgo que se corría.
—De esta salimos ricos, según todas las probabilidades; mas no he de ocultarte, amada sobrina, que nuestro dinero, es decir, tu dinero, se expone a grandes quebrantos, que no son de esperar..., pero que caben en lo posible.
Cuando el tío mayordomo hablaba así, Emma estaba medio loca, sin sentido para nada que no fuesen sus pasiones, sus alegrías, aquella vida desordenada y de bullicio en que se había metido como en un baño de delicias. Era tan feliz en aquella corrupción, que le parecía haber sujetado la rueda de la fortuna; además, Körner, que se había hecho muy amigo suyo, la había convencido, a fuerza de hablarle de cosas que ella no podía entender, de que aquel pequeño anticipo de miles de duros daría por resultado una riqueza verdadera, digna de los grandes señores de otras tierras, que no contaban, como los de allí, los millones por reales, sino por pesos fuertes y otras monedas análogas. Ella también quería ser millonaria de duros, y el corazón y Körner y Minghetti le decían que lo iba a ser. Ello era una especie de milagro de la ciencia y la habilidad. «Pero si los alemanes no hicieran milagros de sabiduría, ¿quién los iba a hacer?». Se trataba sencillamente de sacarles a las algas, que el mar arrojaba a las costas de la provincia en tanta abundancia, un demonio de materia que tenía mucha utilidad para infinitas industrias. Mentira le parecía a ella que de cosa tan repugnante y mal oliente como era el ocle (las algas), que hasta a las caballerías las hacía espantarse, pudiese salir tanto dinero como se le prometía; pero, en fin, ya que lo decían los sabios... y Minghetti, verdad sería. Adelante. Además, a Roma por todo. Si la arruinaban, ¿qué? Tendría gracia. Ella no estaba segura de no escaparse con el barítono cualquier día.
También la parecía imposible, como lo de las algas, que Minghetti estuviera tan enamorado como le juraba; porque aunque estaba persuadida de que ella había mejorado mucho, y de que su otoño era muy interesante, y su jamón suculento y en dulce, al fin él era mucho más joven, y ella... ella estaba, indudablemente, algo fatigada.
Entre alemanes e italianos... verdaderos y falsos, se había establecido una especie de pacto, tácito al principio, después muy explícito, para protegerse mutuamente. Los de la fábrica, Körner e hija, ayudaban a los del teatro; los del teatro, Mochi, Minghetti y Gorgheggi, ayudaban a los de la fábrica. Nepomuceno, interesado en favor de los alemanes, animaba a Emma a gastar en la empresa de la ópera, porque Marta y su padre se lo pedían; la Gorgheggi y Mochi trabajaban en el espíritu de Bonis para que este no quitase a su mujer de la cabeza las fantásticas lontananzas de opulencia, debidas a la química industrial, que iban metiéndole en el cerebro el alemán y el tío.
Y a unos y a otros los seducía, los corrompía, y los juntaba en una especie de solidaridad del vicio la vida que hacían, poniéndose el mundo por montera, según la frase predilecta de Emma, y viviendo alegres, siempre mezclados en conciertos, en jiras campestres, en banquetes a puerta cerrada. En la casa de la Valcárcel, donde un día habían sido parásitos los taciturnos parientes de la montaña, de capa y hongo, ahora, espantadas tales alimañas, vivaqueaban aquellos extranjeros, aquella sociedad heteróclita, que con pasmo y aun envidia de parte de la ciudad, vivía como no se solía vivir en aquel pueblo aburrido, con esa alegría desfachatada, pero atractiva, que los demás miraban desde lejos murmurando, pero deseándola. Muchos jóvenes de las mejores familias, que al principio habían cortado sayos a Emma, a Bonis y Marta, ahora callaban y hasta llegaban a defender a los de Reyes y a sus amigos, porque algunas sonrisas de la Gorgheggi, insinuaciones provocativas, aunque espirituales de Marta, y, especialmente, invitaciones para saraos y banquetes de Emma, los habían convertido. Hubo más; para hacer callar a muchos, y también instigada por Bonis, que empezaba a hacerse insoportable con sus moralidades y miedos al qué dirán, Emma se dio arte para agregar a algunas de sus fiestas, si no a las más íntimas, a dos o tres familias de lo más distinguido de la capital. Una de ellas era la de un magistrado andaluz, que tenía dos hijas como dos acuarelas de pandereta; el padre era unas castañuelas de la sala de lo civil, y sus retoños, sin madre, se pasaban la vida, inocentes en el fondo, jaleando la alegría de su papá. Se aburrían mucho en aquel pueblo sucio, frío, húmedo, y vieron el cielo abierto con la amistad de Emma y compañía. El magistrado, que era, además, muy embustero, y hablaba de riquezas que él tenía allá, en la tierra, se embarcó en lo de la fábrica de Productos Químicos, aunque de tapadillo, y vino a interesarse en unos diez mil reales, que él multiplicaba añadiendo una porción de ceros a la derecha cuando hablaba a sus colegas y amigos de su parte en el negocio. Pero no fue la de Ferraz y sus hijas la adquisición mejor para Emma. Por mediación de las andaluzas, la Valcárcel tuvo ocasión, y la aprovechó, de ofrecer un verdadero servicio a las de Silva, tres muchachas llenas de pergaminos, deudas y figurines. Las deudas y los pergaminos eran cosas de su papá, pero los figurines, de ellas; no había chicas más elegantes en el pueblo; eran tres, y cuando paseaban juntas, en posturas académicas, constante grupo escultórico, recordaban las estampas grandes de los periódicos de modas. Hacían de un vestido siete, y era un prodigio el verlas volverlo de arriba abajo, y estirar y encoger sombreros, y aprovechar para cinco o seis cosechas de la moda las mismas espigas y los mismos pepinillos y otros vegetales contrahechos, de prendidos y sombreros. Fuera como fuera, ellas ponían la moda en el pueblo, y por su nobleza y las arrogantes figuras que ostentaban, disponían de los novios efímeros por manadas. Mientras el padre bebía los vientos por fijar la rueda de la fortuna en la sala de juego de la Oliva, las niñas se multiplicaban, verdaderas buhoneras de sí mismas, siempre con la mercancía de su hermosura a cuestas por plazas, iglesias, paseos, bailes y teatro. Pero llegó un luto, y aquí fue ella. Iba a abrirse el antiguo coliseo con la Compañía de ópera remendada, y las de Oliva no podrían ir los jueves y domingos a lucir sus gracias, enhiestas en sus sillones con almohadón, a la orilla del antepecho de su palco, como grullas tiesas y melancólicas a la margen del mar. El pariente difunto era un tío segundo; pero era marqués. Si hubiera sido un cualquiera, las de Silva seguirían vestidas de colorado y tan ubicuas como siempre; pero el luto de un marqués no podía preterirse sin profanarse. No había palco posible. Entonces fue cuando Emma pudo ganar la amistad de aquellas elegantes aristócratas haciéndoles un favor y matando dos pájaros de un tiro. Como ella venía a ser la empresaria, y los cantantes eran sus íntimos amigos y personas muy decentes, no habría inconveniente en presenciar las funciones de ópera entre bastidores. Las de Ferraz propusieron el expediente a las de Silva, que sin consultarlo con el papá, con quien no consultaban nada, aceptaron locas de alegría. No podrían lucirse tanto de telón adentro; pero se divertirían de fijo; verían cosas muy agradables, muy nuevas, y hasta podrían coquetear con los cantantes, algunos de los cuales, como Minghetti, eran muy guapos y simpáticos. Emma se creyó en el deber de no dejar ir solas a aquellas señoritas al escenario y sus oscuros alrededores, y desde la primera noche, sin consultarlo tampoco con nadie, las acompañó, y las presentó a la Gorgheggi, que las ofreció su cuarto para pasar el rato en amable tertulia durante los entreactos. Marta y las de Ferraz también asistieron alguna vez al espectáculo, de tapadillo, corriendo y jugueteando por aquellos pasillos y corredores estrechos y sucios, entre telones y trampas; pero en general preferían lucirse en el palco de la Empresa, de Emma, que estaba al lado de la presidencia.