The Project Gutenberg eBook of Tauromaquia completa, ó sea, El arte de torear en plaza
Title: Tauromaquia completa, ó sea, El arte de torear en plaza
Author: Francisco Montes
Release date: August 24, 2020 [eBook #63030]
Most recently updated: October 18, 2024
Language: Spanish
Credits: Produced by Chuck Greif, Biblioteca Digital de la Comunidad
de Madrid and the Online Distributed Proofreading Team at
https://www.pgdp.net
| AL INDICE |
TAUROMAQUIA
COMPLETA,
escita por el célebre
LIDIADOR
FRANCISCO MONTES.
PRECIO,
14 rs. en Madrid y 15 cm
las Provincias.
FRANCISCO MONTES
TAUROMAQUIA COMPLETA,
Ó SEA
EL ARTE DE TOREAR EN PLAZA,
TANTO A PIE COMO A CABALLO:
ESCRITA POR EL CÉLEBRE LIDIADOR
FRANCISCO MONTES,
Y DISPUESTA Y CORREGIDA ESCRUPULOSAMENTE
POR EL EDITOR.
Va acompañada de un discurso histórico apologético sobre las fiestas de toros, y de una tercera parte en que se proponen las mejoras que deberia sufrir este espectáculo.
MADRID:
IMPRENTA DE D. JOSÉ MARÍA REPULLÉS.
1836.
PROLOGO DEL EDITOR.
Asi como los individuos, tienen los pueblos su carácter original propio y esclusivo de ellos, que sirve para distinguir los unos de los otros, y que es el orígen de sus hábitos y costumbres.
Para llegar á conocer con exactitud el verdadero carácter de un pueblo, es á veces mas á propósito que su misma historia tomada en su totalidad, la lectura de aquellos escritos en que se hallan consignados sus entretenimientos privados, esto es, peculiares y esclusivos de él; y volviendo á comparar los pueblos con los individuos, diremos que tanto los unos como los otros son mas dificiles de conocer, y dejan menos traslucir su verdadera índole cuando ejecutan acciones de cierta notoriedad y consecuencias, porque en este caso el temor de la censura pública influye poderosamente en las determinaciones. Es tan verdadera esta asercion, que hasta en la edad del candor, en la edad pueril, se observa constantemente que los niños no obran del mismo modo cuando los observan sus padres ó sus maestros, que obran entre sí en sus juegos y divertimientos: aqui, pues, debemos buscar el verdadero carácter del niño, y aqui tambien el de los hombres y el de los pueblos.
Intimamente convencido de esta verdad, ofrezco al público, en prueba de la bravura del carácter español, la presente obrita, que tanto por el mérito de la parte puramente artística, que es del tan célebre Francisco Montes, como por las curiosidades que en la histórica y apologética he podido reunir, forma uno de aquellos libros que generalmente se llaman curiosos, y que son bien recibidos por todas las clases de la sociedad.
TABLA ALFABETICA
DE
ALGUNAS VOCES Y FRASES
cuyo conocimiento es indispensable para inteligencia de esta obra.
Achazo. El movimiento que hace el toro con la cabeza para usar de sus armas.
Anillos. Se llaman asi las líneas circulares que tienen los toros en la parte inferior de los cuernos, junto á la raiz, y que marcan su edad.
Armarse. Ponerse en disposicion para ejecutar alguna suerte.
Bulto. Se entiende el cuerpo del torero.
Cabezada. Lo mismo que achazo.
Castigo. Todo aquello que se hace al toro, y le causa molestia ó dolor.
Cargar la suerte. El movimiento que hace el diestro en el centro de ella de bajar los brazos y meter el engaño en el terreno de afuera para echar del suyo al toro.
Cerco. Lo mismo que plaza.
Cernirse en el engaño. Se dice cuando un toro se queda delante de él, indeciso sobre tomarlo ó dejarlo.
Cite. Se llama asi todo movimiento, voz ó silbido con que el diestro empeña al toro para la suerte.
Colarse el toro. Se dice, bien cuando se mete en el terreno de adentro, ó bien cuando por haberle hecho mal alguna suerte se va por entre el engaño y el cuerpo. Los picadores dicen que el toro se coló suelto cuando llega hasta el caballo sin haberlo pinchado.
Contraste. Cuando el toro se ve obligado por dos terrenos hay contraste.
Cuadrada. Tener la muleta; presentarla de modo que le dé todo el frente al toro.
Cuadrarse. Ponerse al lado del cuello del toro, donde no alcance el achazo.
Derrotes. Los contínuos movimientos que hace el toro con la cabeza cuando quiere desarmar al torero.
Desarmarse. Quitarse de la posicion de hacer suerte.
Diestro. Lo mismo que torero.
Encerrado. Está el diestro encerrado, cuando no tiene terreno suficiente para rematar la suerte sin tropezar con el toro.
Engaño. Todo lo que se emplea para engañar los toros.
Embroque. La disposicion en que el torero se halla respecto al toro, cuando si no se moviera llevaria la cornada.
Escupirse. Cuando el toro no toma el engaño.
Humillar. Se llama asi la accion de bajar el toro la cabeza para tirar el achazo; tambien se llama descubrirse.
Jurisdiccion. La del diestro es el pedazo de tierra en que puede hacer suerte con el toro, y la de éste hasta donde alcanza con el achazo.
Liar. Recoger la muleta sobre el palo.
Mejorar el terreno. Cuando el matador, por ejemplo, ve que el toro viene metido en su terreno, y se mete él un poco mas para hacer la suerte natural, se usa esta frase.
Meter los brazos. La accion de bajarlos para poner las banderillas.
Parear. Poner dos banderillas.
Peon. Torero de á pie.
Piernas. Se dice que el toro tiene muchas cuando es muy ligero.
Pies. Lo mismo que piernas.
Quiebro. Todo movimiento de cintura con que se evita el achazo.
Salida falsa. La de los banderilleros cuando no hacen la suerte.
Salirse de la suerte. Ponerse en otro sitio donde no se puede verificar; se entiende, con el diestro y con el toro.
Sentar los pies. Tenerlos quietos hasta el momento oportuno.
Tablas. La valla que forma el cerco.
Taparse el toro. Cuando en vez de humillar alza la cabeza.
Tender la suerte. Bajar el capote y adelantarlo un poco.
Tirar los brazos. El movimiento que se hace con ellos para sacar el engaño.
Transformacion. La de los toros, cuando de buenos se hacen malos, ó vice-versa.
Viaje. La carrera determinada del diestro ó del toro.
NOTA. No hemos querido estendernos mas en esto, porque ademas de ser suficientes para entender esta obra las frases ya esplicadas, sería interminable anotar todas las técnicas del toreo.
DISCURSO
histórico-apologético
DE LAS FIESTAS DE TOROS.
La historia guarda un profundo silencio relativamente á los pormenores que acompañaron á las luchas de hombres con toros en un crecido número de años. Hasta el reinado de Alfonso VI[1] no se hace mencion de ellos como entretenimiento de la nobleza; y todos convienen en que el célebre caballero Ruy, ó Rodrigo Diaz del Vivar, llamado el Cid Campeador, fue el que por primera vez alanceó los toros desde el caballo.
Esta accion, hija del estraordinario valor y bizarría de aquel héroe, dió orígen á un nuevo espectáculo que con general aceptacion vino á sustituir al que se usaba en el siglo undécimo, que consistia en soltar un cerdo, y luego dos hombres con los ojos vendados y armados con un palo, los cuales iban dando hasta que uno topase con el cerdo, que entonces era suyo; y la mayor diversion era cuando los dos equivocadamente se apaleaban.
Si la nobleza y relevantes prendas de las personas que se dedican á tal ó cual diversion, honesta se entiende, es suficiente motivo para reputarla por buena y tenerla en estima, la lucha de toros gozará la preeminencia, por haber sido el mas valiente caballero español el primero á quien se le vió lidiarlos. No obstante, algunos creen que en tiempo de los romanos se conocian ya estas fiestas en España, y apoyan su opinion no solo en la historia, sino tambien en los restos de los famosos anfiteatros que existen en Toledo, Mérida y otros pueblos; pero aunque asegura aquella que los romanos eran muy aficionados á las contiendas de hombres con fieras, no consta de manera alguna que los toros fueran empleados para ellas, y sí otros animales; y es digno de atencion que en Roma no se hubiese perpetuado esta diversion, siendo propia de aquella república, y sí en España, que fue solamente una de sus provincias conquistadas. Tampoco fundada me parece la opinion de los que creen que los godos conocieron como espectáculo estas fiestas, y creo que bastará ver lo que Manuel García dice en su Epítome de las recreaciones públicas, página 226, para convencerse del poco fundamento que tiene.
En el año 1100 estaba ya estendida la fiesta de toros, y conocida como peculiar de los españoles, pues que el licenciado Francisco de Cepeda en su Resumpta historial de España dice llegando á esta época: “Se halla en memorias antiguas que se corrieron (este año) en fiestas públicas toros; espectáculo solo de España.” Se fomentó mucho esta diversion cuando los príncipes, amonestados por el celo de los eclesiásticos, proscribieron todas aquellas cuyas consecuencias eran á menudo funestas, entre las cuales no comprendian los toros; lo cual es mucho de notar, y viene en apoyo de lo racional y seguro que tienen.
Desde esta época la nobleza se dedicó enteramente á esta clase de distraccion, que era privativa suya, y no habia ningun acontecimiento de utilidad y alegría pública que no se solemnizase con corridas de toros. Asi es, que nuestras crónicas nos dicen, que cuando Alfonso VII casó en Saldaña con doña Berenguela la chica, hija del conde de Barcelona, en el año de 1124, hubo entre otras diversiones la de correr toros; y cuando el rey don Alfonso VIII casó á su hija doña Urraca con el rey don García de Navarra, hubo en la ciudad de Leon dicha fiesta. La reputacion que se iba adquiriendo era tal, que pensaron en establecerla en varias partes fuera de España, principalmente en Italia, pero siempre iban las reses enmaromadas y con perros; y no obstante estas precauciones, sucedió en Roma el año de 1332, que murieron en las astas de los toros diez y nueve caballeros romanos y muchos plebeyos, sin contar los heridos, que fueron muchos, y de los que probablemente moriria alguno; lo cual nunca sucedió en España, á pesar de la mayor bravura de los toros, y de las mayores habilidades que con ellos se hacian. Este suceso fue causa de que se prohibiesen en Italia, convencidos de lo indispensable que es para torear con seguridad reunir el valor de los descendientes de Rómulo, y la destreza que á par de aquel brilla en el español.
En el reinado de don Juan II llegó á su punto la galantería caballeresca, que se mezcló en toda clase de pasatiempos, y dió nuevo y poderoso impulso á la diversion de que tratamos. Tres fueron las grandes causas que concurrieron á fomentar con tanta rapidez el engrandecimiento de este espectáculo: la primera, el espíritu de galantería que como hemos dicho se introdujo en ellos, haciendo que cada caballero comprometiera y dedicara á su dama los esfuerzos de su valor, la cual habiéndolos presenciado, y juzgando por ellos si aquel caballero era bastante valiente para merecer su atencion, premiaba sus afanes con un distinguido favor. La segunda fue la parte que en ellas tomaron los soberanos, pues no solo las autorizaban con su presencia, sino que alternaban con los nobles en las lides, disputándoles como caballeros el premio que la belleza guardaba al mas diestro y galan. La última causa que concurrió fue la emulacion que existia entre la nobleza y los caballeros moros de Granada, nacida por el trato que tanto en paz como en guerra tenian con ellos; y como fueron muy frecuentes entre estos las fiestas de toros hasta el tiempo del rey Chico, y hubo muchos muy diestros, como fueron Malique-Alabez, Muza y Gazul, que hicieron célebres sus nombres y habilidad en la plaza de Bibarrambla, de aqui es que aquellos tratasen de imitarlos, y hacerles ver que en nada cedian los caballeros castellanos á los musulmanes españoles.
Cuando en 20 de octubre del año 1418 casó el rey don Juan con doña María de Aragon, hubo en Medina del Campo dichas fiestas de toros, y en el reinado de Enrique IV se aumentó mas su esplendor; pero es imposible marcar con fijeza la época en que esta diversion tomó el aspecto de espectáculo público y nacional, y dejó de aparecer como un entretenimiento de los guerreros y caudillos mas famosos: las leyes de Partida la cuentan entre los espectáculos ó juegos públicos: la 57, tít. 15, parte 1, la menciona entre aquellas á que no deben concurrir los prelados. Otra (la 4, parte 7, tít. de infamados) puede dar sospechas de que en aquel tiempo se ejercia ya este arte por personas mercenarias, pues que condena á infamia á los que lidian con fieras bravas por el dinero: y de una ordenanza del fuero de Zamora se deduce que hácia fines del siglo XIII habia en aquella ciudad plaza ó sitio determinado para tales fiestas.
De cualquier modo que sea, ello es indudable que este fue uno de los ejercicios de destreza y valor á que se dedicaron los nobles de la edad media. La crónica del conde de Buelna es buen testimonio de ello: hé aqui las palabras del cronista ensalzando el valor de este paladin, triunfante tantas veces en las justas de Castilla y Francia, y que tanto se distinguió en los juegos de Sevilla celebrados para festejar el recibimiento de Enrique III cuando llegó alli desde el cerco de Gijon. “E algunos (dice) corrian toros, en los cuales non fue ninguno que tanto se esmerase con ellos asi á pie como á caballo, esperándolos, poniéndose á gran peligro con ellos, é faciendo golpes de espada tales que todos eran maravillados.”[2]
Esta diversion continuó estendiéndose y perfeccionándose, y se sabe que fue una de las fiestas con que el condestable Sr. de Escalona celebró la llegada de don Juan el II cuando vino por la primera vez á esta villa.
Enervándose algun tanto el espíritu marcial por la renovacion de los estudios que iba haciendo nacer el gusto de las letras, fue mirada por algunos la lucha de toros como diversion espuesta y sangrienta, de lo que no hay que maravillar, pues desconociéndose las reglas y recursos que hoy ponen tan á salvo á los lidiadores, solia alguna vez haber disgustos y desgracias. Gonzalo Fernandez de Oviedo pondera la aversion con que la piadosa Isabel la Católica vió una de estas fiestas, y fue tal su disgusto, que pensó en proscribir de sus dominios tal espectáculo; pero los partidarios que tenia, que eran muchos, y principalmente entre los nobles, deseosos de conservar una diversion tan acomodada al espíritu del siglo, propusieron á la reina envainar las astas de los toros en otras mayores que fuesen de cuero, y vueltas las puntas hácia atras, con lo que se templaba el golpe, y no se podrian verificar heridas penetrantes. Este medio fue aplaudido y abrazado entonces; pero ningun testimonio he visto que asegure la continuacion de su uso, lo cual prueba, á mi parecer, que distraida la reina de su propósito volvieron á gozar sin traba alguna de su favorita diversion.
Viene en apoyo de esta opinion la carta que desde Aragon escribió esta virtuosa reina en el año de 1493 á su confesor Fr. Hernando de Talavera, en que decia: “De los toros sentí lo que vos decis, aunque no alcance tanto; mas luego alli propuse con toda determinacion de nunca verlos en toda mi vida, ni ser en que se corran, y no digo defenderlos (esto es, prohibirlos) porque esto no era para mí á solas.”
Llegó pues á estenderse y á autorizarse tanto esta diversion, que el emperador Cárlos V, á pesar de no haber nacido ni criádose en España, mató un toro de una lanzada en la plaza mayor de Valladolid, en celebridad del nacimiento de su hijo Felipe II. En este mismo año una señora de la antigua y noble casa de Guzman casó con un caballero de Jerez, conocido por el Toreador. El célebre conquistador del Perú don Fernando Pizarro era muy diestro y valiente rejoneador; y del famoso don Diego Ramirez de Haro se cuenta que daba á los toros grandes lanzadas cara á cara y á galope, y sin anteojos ni banda el caballo. El rey don Sebastian de Portugal era tambien un hábil rejoneador. Se hallan estas noticias y otras curiosas en el libro de ejercicios de la gineta, que escribió don Gregorio Tapia y Salcedo en el año 1643, y en el que tambien se hallan reglas para torear á caballo, pues en aquel tiempo era este ejercicio una de las partes mas esenciales de aquel arte. Felipe III en 1619 renovó y corrigió la plaza de Madrid, lo que prueba que este monarca tenia en aprecio esta diversion. Don Felipe IV no solo la protegió, sino que tambien rejoneaba y alanceaba desde el caballo, y ya en su tiempo se iban reduciendo á una especie de arte sus reglas, como se puede ver en las que imprimió en Madrid don Gaspar Bonifaz, del hábito de Santiago y caballerizo de S. M. Don Luis de Trejo, del orden de Santiago, tambien imprimió en Madrid unas advertencias para torear. Don Diego de Torres escribió tambien unas reglas de torear, que se han perdido, y que hay razones para creer que serian para los de á pie, lo cual hace mas sensible su pérdida, en atencion á que todos los autores arriba mencionados, y muchos mas que pudiera citar, escribieron con particularidad para los de caballo; y no encuentro quien trate espresamente de los de á pie, si esceptuamos á Novelli, hasta el año de 1750 en que lo hizo don Eugenio García Baragaña, cuyo escrito se imprimió en Madrid ese mismo año.
El reinado de Cárlos II fue el último en que estas fiestas gozaron de su esplendor y nobleza. La plebe no se podia mezclar en ellas, pues hasta entonces gozaban de la aristocracia con que las verificaron los moros de Toledo, Córdoba y Sevilla, cuyas cortes fueron en su tiempo las mas cultas de Europa, y de las cuales tomaron los españoles el ceremonial de este espectáculo; por lo que dice Bartolomé de Argensola:
Fiesta un tiempo africana y despues goda,
Que hoy les irrita las soberbias frentes &c.
Asi es que los caballeros, á imitacion de aquellos, ejecutaban todas las suertes desde el caballo, y solo se apeaban en el lance que llamaban empeño de á pie; en este caso se bajaba el caballero por haber perdido el sombrero, guante ó algun otro de sus atavíos, ó bien porque el toro le hubiese herido ó muerto el caballo ó alguno de los peones que para su defensa llevaba; y no debia montar ni recoger lo perdido hasta haberle quitado la vida. Se dice que en esta ocasion don Manrique de Lara y don Juan Chacon cortaron á la fiera el pescuezo á cercen de una cuchillada. Dejaron tambien renombre los caballeros Cea, Velada y Villamor; el duque de Maqueda, Cantillana, Ozeta, Bonifaz, Sástago, Zárate, Riaño y otros muchos celebrados por Quevedo. Fueron tambien famosísimos el conde de Villa-mediana y don Gregorio Gallo, caballerizo de S. M. y del orden de Santiago, el cual inventó la espinillera para defensa de la pierna, por lo que entonces se llamó gregoriana, y que nuestros picadores conservan llamándola mona.
A fines del siglo XVII rejoneaban con general aplauso en Zaragoza delante de don Juan de Austria dos nobles caballeros llamados Pueyo y Suazo, celebrados por el poeta Tafalla. Tambien eran famosos el marqués de Mondejar, el conde de Tendilla y el duque de Medina Sidonia, el cual era tan diestro y valiente con los toros, que no recelaba de que el caballo fuese bien ó mal cinchado, pues decia que las verdaderas cinchas habian de ser las piernas del ginete. Este caballero mató dos toros de dos rejonazos en las bodas de Cárlos II con doña María de Borbon en el año de 1673, y rejonearon entre una multitud de grandes el de Camarasa y Rivadavia.
Cuando don Nicolas Rodrigo Novelli imprimió en 1726 su cartilla de torear, eran diestros caballeros don Gerónimo de Olazo y don Luis de la Peña, del hábito de Calatrava y caballerizo mayor del duque de Medina Sidonia; tambien lo era don Bernardino Canal, hidalgo del Pinto, que fue muy celebrado y aplaudido cuando rejoneó delante del rey el año de 1725.
El reinado de Cárlos II fue el de mas esplendor sin duda alguna para las fiestas de toros; pero Felipe V, que subió en seguida al trono, mostró tal aversion á ellas, que la nobleza dejó de verificarlas; por lo que perdieron el carácter que las habia distinguido, pues aunque no faltaban algunos caballeros que por su decidida aficion hicieron alguna suerte con los toros, sin embargo, era privadamente para satisfacer su deseo, pero no ya con el prestigio de ser un ejercicio peculiar y honroso de la clase distinguida; y si fue un mal para la grandeza y pompa del espectáculo la aversion del monarca, recibia por otra parte un impulso estraordinario hácia su perfeccion como arte, y adquirió una popularidad tal que se hizo general la aficion. Continuó estendiéndose en los siguientes reinados, y habiendo hecho el gobierno construir en algunas partes del reino plazas á propósito para estos espectáculos, y destinado su producto para varios objetos de beneficencia, el interes llamó á la arena una clase de hombres atrevidos, que con su aplicacion hicieron nuevos juguetes y cambiaron del todo el modo de torear. El toreo de á pie debe á ellos su perfeccion; pues antes de esta época solo en el caso de que ya hicimos mencion arriba, llamado empeño de á pie, ó cuando se tocaba á desgarretar, era que se veía hacer una que otra suerte; pero era tanta la confusion en el último caso, y tanto el bullicio que para dar muerte al toro sin orden ni estudio acudia, que hoy no podriamos verlo sin tedio, pues las novilladas de los lugares ó el toro embolado son fiestas mas arregladas y divertidas. Todavía el año de 1725 se mataron los toros á desgarrete por la plebe en la plaza de Madrid delante de SS. MM. Los encargados principalmente de esta operacion eran esclavos moros, por lo que Lope de Vega dice en su Jerusalen hablando de desgarretar...
Hacen lo mismo con los toros bravos.
Gerónimo de Salas Barbadillo, Juan de Yagüe y otros autores contemporáneos dicen que cuando no habia caballeros que matasen los toros, lo hacian desde los tableros con garrochas ó lanzas, y ya en este tiempo habia quien capease á pie, lo cual es muy antiguo, pues sabemos que los moros lo hacian con el capellar y el alquicel. Se cuenta que en una fiesta que se hizo por este tiempo en la plaza de Madrid, dos hombres bastante decentes se pusieron debajo del balcon del rey haciendo como que hablaban, y cuando venia el toro á meterles la cabeza lo evitaban con solo un quiebro de cuerpo; lo que fue muy aplaudido de los espectadores.
Fuése adelantando cada vez mas en el toreo de á pie, y se empezó á vanderillear poniendo solo un regilete de cada vez, que llamaban harpon; y todavía cuando escribió Novelli su tauromaquia no se habian puesto las vanderillas á pares, aunque ya se conocia el poner parches á los toros. En esta época empezó á sobresalir Francisco Romero, de Ronda, el que perfeccionó mucho el toreo de á pie, y mas adelante inventó la suerte de matar al toro cara á cara con el estoque y la muleta, lo que ejecutó él primero, no sin admiracion y aplauso general. Era reputada por tan espuesta y dificil esta suerte, que para hacerla era necesario ir vestido con calzon y coleto de ante, correon ceñido y mangas acolchadas de terciopelo negro, para resistir á las cornadas.
El abuelo materno del célebre don Nicolas Fernandez Moratin fue tan valeroso y diestro, que dicen mató un toro á pie y de una estocada. Hubo siempre muchos caballeros muy valientes y hábiles que hicieron suertes con los toros, tanto á pie como á caballo: tales fueron Potra el de Talavera, y Godoy, caballero estremeño; siendo aventajadísimo en el capear á pie el famoso licenciado de Falces.
En el dia no faltan tampoco muchos caballeros muy diestros en todas clases de suertes, pero no es lícito citarlos.
En cuanto al toreo de caballo, la vara de detener ha venido á relevar el rejoncillo, y nuestros picadores no ceden en destreza y valor á los antiguos caballeros.
Es bien conocido de todos el grado de perfeccion á que se ha hecho llegar el toreo, y la popularidad y general aceptacion de que goza; y se puede asegurar que una de las causas que han contribuido á ello ha sido la odiosidad que han mostrado algunos hácia él, y la prohibicion del señor don Cárlos III, pues se exasperó de tal modo la aficion, que casi era epidémica, y sofocó la voz de sus opositores, haciendo renacer con toda su magnificencia este espectáculo, que no obstante la prohibicion existia con algunas modificaciones ó escepciones que toleraban[3].
El señor don Fernando VII (Q. E. G. E.) mostró aficion decidida á esta hermosa diversion, y estableció en la ciudad de Sevilla una real escuela de Tauromaquia, dotada decentemente, en la que se enseñaba tanto la teórica como la práctica del arte por los mas esperimentados profesores.
Estas son en resúmen las principales particularidades que nos ofrecen las fiestas de toros con respecto á su historia. Hubieramos podido ser mas estensos, y engalanar, digamos asi, nuestra narracion con algunas minuciosidades y reflexiones que hemos omitido en obsequio de la brevedad; y con tanta mas razon, cuanto en el resto del discurso nos veremos obligados á insistir en algunos de los puntos históricos anteriores, como apoyos de la justa defensa que haremos del espectáculo. A primera vista conozco que nuestro proyecto parece temerario y aun ridículo, y no faltará quien declame contra él, y juzgue como inútil ó perjudicialmente perdido el tiempo invertido en semejante trabajo; pero si desnudos de su desfavorable prevencion leen y meditan las razones que espondremos, conocerán la justicia de la causa que tomamos á nuestro cargo, y nos habrán de conceder que no son perdidos el tiempo ni el trabajo que hayamos empleado en desvanecer los errores, harto comunes, en perjuicio del espectáculo, y hacer triunfar una verdad demasiado desconocida hasta ahora.
Pueden dividirse muy bien en dos clases principales las invectivas y acusaciones que á las fiestas de toros se hacen: las unas se dirigen puramente contra la accion de torear, y las otras contra esta accion convertida en espectáculo, y que se estienden por consiguiente á todo lo accesorio á dichas fiestas. Para combatir pues con método estas acusaciones, se hace preciso dividir tambien nuestra apología en dos partes: en la una nos ocuparemos de la accion únicamente, y en la otra de la totalidad del espectáculo. De esta manera se analiza muy bien la cuestion, y podemos darle alguna libertad al discurso y un agradable trabajo al raciocinio. Si no conseguimos el fin que nos proponemos, la culpa será puramente nuestra, pero no será menos cierta por eso la verdad que defendemos, y que nuestra mal cortada pluma no pudo patentizar en el papel.
La accion de torear es tan antigua, que su orígen, envuelto con el de las acciones que para satisfacer las primeras necesidades verificó el hombre, se pierde en la oscuridad de los primeros tiempos. La luz que da la historia es demasiado débil para desvanecer tan densas tinieblas y guiar nuestra razon; asi es que tenemos que abandonarnos á las congeturas, y por medio del discurso elevarnos si es posible hasta el principio de la carrera de la especie humana sobre la tierra.
El hombre, antes de haber cultivado su ingenio y de haberlo hecho fecundo hasta el estremo de verse árbitro por él de todo lo creado, vagaba confundido con el resto de los animales. Muchos de ellos, superiores á él en los recursos físicos, le hacian la guerra á cara descubierta, y mas de una vez lo confinaron y vencieron. Pacíficos poseedores de cuanto les rodeaba, satisfacian á su antojo sus necesidades, y gozaban completamente de la independencia que en su orígen tuvieron las especies. Por otra parte la tierra árida en unos parages, cubierta en otra de maleza, y llena en todos de despojos y otros malos pasos, de aguas sin curso y hediondos pantanos, se negaba á ser transitada, ofreciendo apenas al mísero mortal lo mas indispensable para prolongar una existencia tan precaria como infeliz.
Sin embargo, este estado de cosas debió durar poco. Si se nos permite esta espresion, diremos que todos los animales que pueblan el globo, sean de la clase que quiera, y pertenezcan á esta ó aquella especie, son seres pasivos: sometidos á cierto orden de leyes eternas, invariables, no pueden esceder en un punto los límites que á todas sus acciones señaló de antemano el dedo del destino: sufren las incomodidades que los cercan sin intentar elevarse á las causas que las producen, ni á los medios de evitarlas, y caminan á la muerte por el mismo sendero que caminaron sus abuelos: la vida del primer animal de cada especie es la misma que la del último, y si en algunos hay variaciones, es porque habiendo caido bajo el dominio inmediato del hombre, esperimentan ciertas modificaciones que les imprime su mano; pero esto mismo confirma lo pasivo de su existencia y la imposibilidad en que estan de cambiar por sí ó espontáneamente la serie de sus operaciones.
Al contrario, el hombre desde el momento que esperimentó sensaciones incómodas intentó destruir sus causas, y conociendo la necesidad que tenia de obrar de acuerdo con algun otro hombre, se unió á él y echó el cimiento del edificio social: iba con su industria mejorando por dias el aspecto de la naturaleza, y con su valor ahuyentó las fieras que le disputaban audaces el dominio de los campos, y el leon, el tigre, la pantera y la hiena evitaron medrosas su presencia. Deseoso de abandonar la vida errante que hasta entonces habia tenido, y de fijar su residencia en los parages mas risueños y floridos, construyó mansiones fijas y sembró el germen de las poblaciones; reunió tambien en rebaños los animales dóciles y domesticables, para que multiplicándose mas y mas bajo su proteccion y cuidado, le suministrasen con su carne, leche y pieles, alimentos y vestido. La misma solicitud y esmero del hombre para protegerlos y aumentarlos parece que le autoriza, segun la espresion de un sabio naturalista[4], para inmolarlos á su antojo.
Por este tiempo hizo tambien la conquista de los animales que le son mas útiles, y cuya dominacion le da mas gloria. Pero viniendo á fijarnos en el toro, diremos que fue seguramente uno de los primeros que esperimentaron el yugo; porque lo esquisito de su carne, la sabrosa y abundante leche de las hembras, la estension de su piel y la utilidad con que podia emplear sus fuerzas para diferentes objetos, le harian fijar en él bien pronto la vista. Su conquista sería bien facil en aquellos paises en que por razon del clima y de la calidad de los vegetales tiene un carácter lánguido y poco enérgico; pero en aquellos que como España crian toros soberbios y fuertes, no pudo verificarse sino á fuerza de constancia, ardides y peligros, y hé aqui el orígen de la accion de torear. Nada mas natural ni mas glorioso al hombre. Si alabamos hoy el valor y la destreza con que los salvages del Orinoco burlan la ferocidad del caiman; si nos admira el arrojo del árabe que en sus abrasadores desiertos vence y somete al leon; si no podemos oir sin estremecimiento la caza del elefante ó la pesca de la ballena, y apreciamos y medimos la superioridad del hombre por lo grande de estas acciones, ¿se deberá vituperarla de someter al toro hasta el estremo de hacerle servir de juguete y distraccion...? Ciertamente que sería una ridícula contradiccion.
Hemos visto que es un atributo peculiar del hombre sojuzgar las fieras de los diferentes paises que habita; que esta accion es indispensable para adelantar en la carrera de la civilizacion; y que en muchos paises se perpetúa tanto por necesidad, como por ostentar y gloriarse el hombre con la fuerza y superioridad que le fueron concedidas. “Todo animal (dice Fergusson)[5] se deleita en el ejercicio de sus fuerzas. Retozan con sus garras el lobo y el tigre; el caballo olvidando el pasto da alguna vez su crin al viento para correr los campos; y el novillo y aun el inocente recental topan con las frentes antes de sentirlas armadas, como si se ensayasen para las luchas que los esperan. El hombre no menos propenso á ellas se complace tambien en el uso de sus facultades naturales, ora ejercitando su agudeza y elocuencia, ora su fuerza y destreza corporal contra un antagonista. Sus juegos son frecuentemente imagen de la guerra; en ellos derrama su sudor y su sangre, y mas de una vez sus fiestas y pasatiempos terminan con heridas y muertes. Nacido para vivir poco, parece que hasta sus diversiones lo acercan al sepulcro.”
No obstante lo espuesto, se nos puede objetar que si bien la accion de torear fue en su principio laudable por la necesidad en que estaba el hombre de someter las fieras y luchar con ellas, en el dia, que solo se debe considerar como un mero pasatiempo, es vituperable por hallarse espuesta su vida sin una utilidad inmediata. Muchas son las razones con que se puede rebatir esta objecion, pero solo espondremos las mas fuertes y convincentes para no estendernos demasiado.
Es evidente que para las diversas operaciones que se necesita hacer diariamente con los toros es preciso valerse de ciertas mañas, que no son otra cosa sino partes, digamos asi, del arte de torear; que estas mañas (como lo da á entender bien su nombre) necesitan cierta destreza y habilidad que solo se adquieren con el ejercicio de estos mismos actos, y de aqui la necesidad de repetirlos como por ensayos, para perpetuarlos entre aquellos que los han de tener por oficio, perfeccionarlos, alejar el peligro que pudiera haber en ellos, y hacer que los que empiezan á ejercitarlos pierdan el miedo y den lugar á la aficion y serenidad que son necesarias para su seguridad. Por consiguiente no deben considerarse estos actos como meros pasatiempos, sino como de necesidad, y distraccion al mismo tiempo.
Nosotros concederiamos sin embargo alguna mas fuerza á la objecion, si peligrase efectivamente la vida en la proporcion ó con la probabilidad que se supone. Los que hacen esta objecion son personas que conocen poco ó nada el arte de torear, y que ademas no han tenido la curiosidad de formar una tabla necrológica de los que en determinado número de años han muerto en la accion de torear ó de sus consecuencias inmediatas: si tal hubieran hecho, y hubiesen ademas calculado aproximadamente el número de suertes que en ese tiempo se habia hecho con los toros, verian cuán remoto es el peligro; y si luego rebajan, como es justo para que el cálculo sea exacto, los contratiempos que la embriaguez y la ignorancia de los que las hicieron causaron, y que son generalmente los casos desgraciados, se verá desaparecer enteramente hasta la idea del peligro mas remoto. Ademas la esperiencia de tantos años no pasó sin dejar vestigios, y el hombre ha aprendido á conocer y distinguir claramente las inclinaciones de los toros, y sobre ellas ha cimentado las bases de un arte tan exacto cuanto son invariables sus principios.
En consecuencia, pues, de todo lo dicho, resulta que si la accion de torear en su orígen no carecia de algun riesgo, la utilidad que de ella se sacaba la hicieron de primera necesidad: que se perpetuó no solo por esta necesidad, sino por lo natural que es al hombre el deseo de dominar y hacer alarde de sus facultades, pues tanto las físicas como las morales se realzan con esta accion; y por último, que si ha llegado en el dia á ser como un mero pasatiempo en muchos casos, no por eso deja de traer utilidad; y que la seguridad que el hombre ha llegado á conseguir en ella, le ponen fuera de los tiros que le asestan sus opositores, y desmiente con la esperiencia los peligros de que les acusan.
Réstanos aun que hacer una consideracion con respecto á esta accion, y es que en todos tiempos fue peculiar de los hombres mas nombrados y respetables. Con muy pocas palabras probaremos esta asercion. Cuando los hombres empezaron á reunirse y á formar pequeñas sociedades, no habia clases, ni gerarquías, ni empleos, ni distinciones. Constituidos á guerrear continuamente con los animales carniceros, y siendo la caza de ellos la que principalmente los alimentaba, su caudillo era el mas valeroso, y su gefe el que se presentaba constantemente con mas trofeos; y como el toro era uno de los que se perseguian con mas ardor, es evidente que el mas condecorado de ellos sería el que mejor lo burlase y sometiese. Cuando los años apagaban el vigor y reducian á la inaccion al guerrero, sus anteriores hazañas le aseguraban el respeto de la tribu, que lo recompensaba reconociéndolo por su cabeza. La historia de todos los pueblos apoya este modo de pensar; y la historia, como ya hemos visto, nos muestra la accion de torear como peculiar y privativa de los caudillos y grandes del reino. Sabemos ya la causa por qué dejó de ocupar á la nobleza, y vino á ser casi un patrimonio de la clase inferior; pero la accion no deja de ser grandiosa, aunque privada del prestigio de estar en poder de la clase noble.
Estas breves reflexiones sobre la accion de torear convencen á cualquiera de lo útil y sublime que en sí encierra. Hemos visto que nació de las primeras y mas urgentes necesidades del género humano, que con ella las satisfizo, y que en ella encontró un modo de hacer alarde de sus mas brillantes prerogativas. Si al principio era una verdadera lucha en que apenas peleaba el hombre con ventajas, ahora tiene delante del toro una seguridad incontrastable; y este nuevo triunfo de su ingenio es una prueba positiva de su escelencia y superioridad intelectual, mientras que los medios con que consigue su objeto son otra nueva prueba de su aventajada organizacion. En poco se diferenciara de los demas animales sino les impusiera el sello de la esclavitud que publica donde quiera su vasta dominacion. Las regiones medio incultas en que habita el salvage ofrecen un número grande de animales silvestres, que, orgullosos con su libertad y poderío, parten con el hombre el imperio de la naturaleza, y muchas veces se lo disputan y usurpan. ¡Qué degracion la de estos miserables! ¡Gloria eterna al hombre que sabe llenar el fin para que vino al universo! ¡Loor eterno al hombre que no solo somete las bestias mas feroces y poderosas, sino que alcanza hasta hacerlas servir de juguete y distraccion!
Desde este momento debe considerarse la accion unida al espectáculo. Para mayor claridad lo dividiremos en las tres grandes y diferentes épocas en que naturalmente se divide: pasaremos rápidamente por la primera, nos detendremos algo mas en la segunda, y será la tercera nuestro objeto principal.
Para elevarnos hasta el principio de estas fiestas es preciso, como lo fue para la accion, valernos del discurso, y representarnos á los primeros hombres recogiendo los frutos de sus asíduos trabajos; entonces gozaban ya de algunos ratos de recreo, y sus diversiones serian sin duda, como puede deducirse de la historia, imágenes de sus mas frecuentes operaciones. Asi es que las luchas entre fieras y de hombres con animales los ocupó esclusivamente, porque el atraso en que estaban no les permitia otros espectáculos que los mas sencillos y naturales.
Es imposible describir las particularidades de estas fiestas; pero se puede asegurar que asi como la accion de torear, tuvo el espectáculo de los toros un orígen sencillo y natural, y que en todo tiempo fue apreciado y aplaudido.
Desde esta época hasta que la historia nos habla de esta fiesta, hay un espacio inmenso en que no podemos seguir la suerte que corrió esta diversion. Por lo tanto lo pasaremos en silencio, y nos detendremos á examinar la edad media del espectáculo, comparándolo con la edad correspondiente de los pueblos de quienes era propio; y veremos que se acomodaba perfectamente la índole del uno con la del otro, y que sus atractivos eran mas que suficientes para llamar la atencion general.
La edad que precedió á la de hoy está caracterizada principalmente por un espíritu novelesco y marcial. Todo lo que no era estraordinario, lo que carecia de proezas militares y aventuras caballerescas, y donde no habia una princesa bellísima por quien suspirase un atrevido paladin que cada dia le dedicaba cien lanzadas y mil mandobles, no era del gusto de aquellos siglos, en que el entendimiento se enervaba con lo maravilloso, al tiempo mismo que el cuerpo se fortalecia con la fatiga. Los hombres no respiraban sino horror y corage, y donde quiera que se fijase la vista, solo se ofrecian guerras y desastres. Las armas se llevaban toda la atencion, y antes sabia la juventud esgrimir que leer. Las treguas que alguna vez se conseguian se empleaban en adiestrar nuevos guerreros, y los escritos que tanto en prosa como en verso corrian por las manos de la multitud, solo se dirigian á entusiasmar el corazon de los lectores aficionándolos al estrépito de las armas, y refiriéndoles con los encantos de la poesía las hazañas casi increibles de sus memorables héroes. La ociosidad no tiene lugar entre unos hombres activos y guerreadores: el tiempo que estaban suspensas las hostilidades se ocupaba completamente en las justas, los torneos, las luchas &c. Y por lo que tenian de comun estos espectáculos con el de los toros, como tambien para dar á conocer el genio de aquellos siglos con mas particularidad, y poder deducir consecuencias á favor de nuestras fiestas, daremos una idea aunque sucinta de los juegos con que se entretenian los pueblos de quienes Abraham Ortelio dijo muchos siglos antes alabando su valor “que entraban cantando en las batallas,” prelia agrediuntur carminibus.
Segun Jovellanos[6], la idea que tenemos de los torneos y de las justas es muy mezquina y distante de su magnificencia; pero crece al paso que se levanta la consideracion á sus circunstancias. “Porque ¿quién se figurará, dice, una anchísima tela pomposamente adornada y llena de un brillante y numerosísimo concurso; ciento ó doscientos caballeros ricamente armados y guarnidos, partidos en cuadrillas y prontos á entrar en lid; el séquito de padrinos y escuderos, pages y palafreneros de cada bando; los jueces y fieles presidiendo en su catafalco para dirigir la ceremonia y juzgar las suertes; los farautes corriendo acá y allá para intimar sus órdenes, y los tañedores y menestriles alegrando y encendiendo con la voz de sus añafiles y tambores; tantas plumas y penachos en las cimeras, tantos timbres y emblemas en los pendones, tantas empresas y divisas y letras amorosas en las adargas; por todas partes giros y carreras, y arrancadas y huidas; por todas choques y encuentros y botes de lanza y peligros y caidas y vencimientos? ¿Quién, repito, se figurará todo esto sin que se sienta arrebatado de sorpresa y admiracion? ¿Ni quién podrá considerar aquellos valientes paladines ejecutando los únicos talentos que daban entonces estimacion y nombradía en una palestra tan augusta, entre los gritos del susto y el aplauso, y sobre todo á vista de sus rivales y sus damas, sin sentir alguna parte del entusiasmo y la palpitacion que herviria en sus pechos aguijados por los mas poderosos incentivos del corazon humano, el amor y la gloria?”
En efecto, desde que la galantería se introdujo en todas las fiestas y pasatiempos se hicieron mas espectables, y el espíritu y entusiasmo que por ellas todas las clases tenian les daba un carácter y animacion que las engrandecia sobremanera. Las damas que concurrian á ellas las embellecian con sus gracias y hermosura, y lejos de ser indiferentes y pasivos adornos del circo esplendoroso, tomaron una parte muy activa en las funciones, y eran el móvil y el alma que impulsaba todas y cada una de las partes del espectáculo. Se les consultaba para la adjudicacion de los premios que ellas mismas debian entregar al combatiente vencedor, que henchido de gloria y cubierto de polvo y sudor se acercaba á la humana beldad, que hermoseada por aquel amable pudor inseparable de la virginidad, le multiplicaba la satisfaccion de merecer el premio por adquirirlo bajo tan gratos auspicios.
Es estraño á la verdad que la aficion á las damas y á las armas hermanen tan bien, y se hallen constantemente juntas; pero no es por eso menos cierto que los pueblos mas guerreros fueron siempre los que tributaron mas respeto y homenage al sexo encantador. No es por tanto una arbitraria ficcion de los mitologistas suponer que Marte y Venus se amaron: fue, sí, simbolizar, por decirlo asi, la propension que tiene el guerrero á suspirar por una beldad á quien dedique sus hazañas, y en cuyos brazos descanse de sus peligros y trabajos.
En los tiempos que nos ocupan estaba la nobleza encargada de la defensa pública; formaba la caballería, y era el mas poderoso apoyo de las huestes. La pólvora no se habia presentado aun para cambiar el modo de guerrear; se lidiaba de hombre á hombre y cuerpo á cuerpo, y por tanto era indispensable que la fuerza y destreza corporal estuviesen muy ejercitadas. Los caudillos se veían precisados á estar mas diestros, y ser mas forzudos y valerosos que los simples soldados, y siendo aquellos de la clase noble, se hacia indispensable que fuera su educacion activa y belicosa. Los mismos soberanos caminaban al frente de su ejército en tiempo de guerra, y en tiempo de paz justaban con los grandes. Don Juan el II justó algunas veces como aventurero[7], y don Pedro el cruel[8] salió herido en una mano en un torneo que se celebró en Torrijos.
Vemos pues lo indispensable que era entonces esta clase de espectáculos, y que la pompa y magnificencia con que eran adornados los hacian merecedores de la atencion general. Sin embargo, tenian algo de cruel y sanguinario, que solo podia tolerarse por la necesidad en que se estaba de familiarizar á los pueblos con la sangre y los lances de la guerra.
Por este tiempo se lidiaban ya los toros desde el caballo, y se picaba con el rejoncillo, y este espectáculo se hacia con el mismo ceremonial que hemos visto se empleaba para las fiestas y torneos: venia ademas en su apoyo no ser cruel ni sanguinario, y tan apropósito cuando menos como los otros para dar á conocer el valor y gallardía de los caballeros. Asi es, que se iba fomentando sobre las ruinas de los primeros, á lo que contribuyó no poco el no estar comprendido en la prohibicion que de los que se miraban como sangrientos se habia hecho. Esto es una prueba de lo mas racional y seguro de estas fiestas sobre las demas de su tiempo, y da á conocer la razon de haberse perpetuado hasta nuestros dias, en que ya ni vestigios se hallan de las costumbres caballerescas, cuyo esterminio concluyó con tanta gloria suya y universal aplauso el inimitable Cervantes.
Baste pues para hacer la apología de estas fiestas segun se verificaban en la edad media, saber que no fueron reputadas por los concilios como sangrientas; que eran esclusivamente propias de la grandeza; que se consideraban como el acto mas á propósito para hacer alarde los caballeros de su valor y destreza; que las damas las favorecian constantemente con su asistencia, y se envanecian y vanagloriaban cuando el caballero que era dueño de su corazon se distinguia entre los demas; que á pesar de ir decayendo el gusto caballeresco y los espectáculos en que mas relucia, el de los toros seguia verificándose con la misma pompa y general aplauso que en los tiempos anteriores se celebraran los demas; que fue el único que ocupó últimamente la clase distinguida, y que no hubiera probablemente decaido de este grado de esplendor si, como ya hemos dicho en la parte histórica, no hubiera Felipe V mostrado aversion hácia él, y si la nobleza, que se amolda siempre á los gustos y aun á los caprichos de los soberanos, hubiera conservado su carácter primitivo.
Si no fuera por temor de esceder los límites propuestos, nos estenderiamos sobre una multitud de objetos de los que se puede sacar un sin número de razones en apoyo de las fiestas de toros. Pero desentendiéndonos ya de todo lo que pertenece á los tiempos anteriores, examinaremos el espectáculo segun se halla en el dia, deteniéndonos como es indispensable en esta época para hacer patentes las razones que lo apoyan.
El pueblo español ha perdido todos los espectáculos que en otro tiempo hicieron su recreo. La afinacion progresiva del gusto ha hecho olvidar las justas y los torneos; apenas hay memoria de los fuegos de artificio, las máscaras han sufrido enérgicas prohibiciones, las romerías, los juegos escénicos, las danzas de espadas se han olvidado casi del todo, y la parte mas considerable de la nacion, que es la que se alimenta del trabajo diario, no tiene una sola ocasion al año en que pueda proporcionarse algunas horas de apetecida diversion con el ahorro de sus fatigas. Volvamos los ojos hácia esta numerosa porcion del estado, y no podrá menos que lastimarnos su infelicidad. Vagando triste y silenciosamente por las calles y plazas de su infeliz aldea pasan el dia que destinan al reposo; el tedio los persigue, y la taciturna ociosidad de semejantes dias se los hace aborrecibles; si quieren sacudir este fastidio no tienen mas recurso que la taberna, donde solo hallan pendencias y disgustos en vez de la paz y la alegría.
Aunque tuviesen inmediata alguna ciudad en que hubiese teatro no conseguirian distraerse y dilatar su ánimo: la educacion y género de vida en que se han criado les vedan los placeres que exigen para percibirse otro gusto y delicado tacto. Ellos necesitan diversiones que hieran vivamente los sentidos, y en que se mueva el ánimo mas por la parte puramente óptica ó de perspectiva que por la intelectual; mas claro, les entusiasma ver hechos grandes, sorprendentes, que exigen mucho valor y habilidad; pero no puede escitarles lo sublime de los afectos, lo correcto del estilo, lo fluido y sonoro de la versificacion, ni las demas bellezas que no pueden percibirse sino por los que esten adornados con una educacion y conocimientos no vulgares. ¿Qué espectáculos pues daremos á esta apreciable y laboriosa parte de la nacion? ¿La dejaremos limitada á los reducidos bailes dominicales que solo se ven en algunas provincias, y que en manera alguna merecen el nombre de tales? “Creer que los pueblos puedan ser felices sin diversiones, dice Jovellanos, es un absurdo. Creer que las necesitan y negárselas, es una inconsecuencia tan absurda como peligrosa. Darles diversiones y prescindir de la influencia que puedan tener en sus ideas y costumbres, sería una indolencia harto mas absurda, cruel y peligrosa, que aquella inconsecuencia. Resulta pues que el establecimiento y arreglo de las diversiones públicas será uno de los primeros objetos de toda buena política.” La autoridad de un hombre tan respetable por todos títulos como el autor que citamos basta por sí para decidir sobre la necesidad que tienen los pueblos de un espectáculo acomodado á su genio, y cuyas bellezas no necesiten para comprenderse los esfuerzos de la imaginacion, sino que baste asistir á él para gozar y recrearse.
Este espectáculo será por tanto el mas estendido, hará la holganza de todo el reino, y se podrá llamar por consiguiente la diversion nacional. Se reunirán en su recinto el letrado, el militar, el artista, el marinero, el comerciante, el labrador, todas las clases, por último, todos los sexos y edades; pero ¿á todos podrá ser inocente ó provechoso un mismo espectáculo? ¿De qué clase deberá ser su índole? Es evidente que no puede ser igual el efecto que una sola cosa, sea de la clase que quiera, produzca en individuos tan diferentes en gustos y ocupaciones, y tambien lo es que para fijar el carácter de la diversion nacional debe atenderse principal y casi esclusivamente al espíritu que anima la inmensa mayoría de los concurrentes. Ahora bien, á esta diversion, sea la que fuere, que hemos llamado nacional, concurrirá una corta porcion de personas de instruccion y carrera, y constituirá la mayoría la masa, digamos asi, de la nacion. Hemos dicho que concurrirá una corta porcion de aquellos hombres cuyos conocimientos los hacen influir tanto en la fuerza moral de las naciones, porque ellos estan en una proporcion muy pequeña con respecto á la multitud de los demas habitantes, que son los que constituyen la fuerza física, y por consiguiente á estos últimos debemos tener presente en la eleccion de espectáculos. ¿Y les ofreceremos por ventura aquella porcion de piezas dramáticas que ocuparon el teatro en el siglo de su prostitucion? ¿Les dejaremos aficionarse á este género de diversion en que no hay nada que deje de ser lúbrico, malicioso, indecente y chabacano? Entre presentarles un teatro selecto, modelo de bellas letras, y cuyo lenguaje no entienda, ó un teatro vil, grosero, en que se le ofrezcan los mas peligrosos ejemplos adornados con el atractivo de la ilusion escénica y con las dulzuras hechiceras del canto y de la poesía, no hay medio que escoja la razon. Pero aun suponiendo que fuese el pueblo capaz de comprender y aficionarse á las bellezas de un teatro clásico, escogido, ¿sería esto un bien, ó un mal? Esta cuestion es muy delicada, y se necesita mucha madurez y detencion para decidir en ella con acierto; pero si atendemos al influjo que tienen las diversiones en las costumbres de los pueblos, y á la necesidad que hay de que esten en relacion y armonía con la ocupacion y el género, de ventajas que la sociedad debe prometerse de la clase de que se juzguen peculiares, se conocerá bien pronto la índole de las que deben hacer las delicias del pueblo trabajador. La historia ofrece entre otros varios un ejemplo colosal de lo perjudicial que puede ser á un pueblo generalizar en todas las clases hasta el estremo una misma y sola aficion. Despues de haber sostenido Atenas por algunos siglos una serie de guerras, ya con los pueblos estraños, ya entre los suyos propios, aniquilado su valor y agotados sus recursos, empezó á disfrutar de una paz poco ventajosa, y que habia comprado á costa de su antigua prepotencia. Desembarazados los atenienses de las ocupaciones marciales, se dedicaron con ardor al cultivo de las letras, y en breve cobraron por su saber nuevo nombre y prestigio, colocándose nuevamente á la cabeza hasta de los mismos por quienes poco antes habian sido derrotados. Lisonjeados por las ventajas conseguidas bajo el pendon de Minerva, se generalizó el gusto á las letras de tal modo, que las academias, los liceos, los teatros, á pesar de haber gran número, no bastaban á recibir la multitud que á ellos acudia, y las plazas públicas llegaron á convertirse en aulas de ciencia universal. Pero esta popularidad de la sabiduría, lejos de ser ventajosa á las ciencias, fue muy perjudicial; empezó á viciarse el gusto, y las sutilezas escolásticas, perpetuadas por desgracia hasta nuestros dias, mudaron el amor á la verdad, única base del saber, en amor á las disputas y juegos de palabras, fecundos manantiales de ignorancia y embolismo. Empezaron á fomentarse las sectas mas ridículas, á propagarse las opiniones mas estravagantes, á odiarse los que seguian diverso rumbo en su filosófica presuncion, y á manifestarse, en fin, todos los elementos que tienden visiblemente á la destruccion de los pueblos. El pueblo de Atenas, tomando en su verdadera acepcion aquella voz, dejó de ser sabio, y como ya habia dejado de ser guerrero, se encontró sin recursos que oponer á la ambicion romana, y dobló vil y cobardemente la cerviz. Si hubiera conservado espectáculos á propósito para mantener entre la multitud las ideas de gloria y valor, y hubiera al mismo tiempo creado las academias para un corto número, pues tal debe ser y es efectivamente la proporcion entre el caudillo y los soldados, entre el sabio y los ignorantes, hubiera tenido para contrastar á los romanos todos los elementos con que puede contar un pueblo para sostener su independencia.
Apenas se hallará cosa que tenga mas influencia sobre las costumbres de los hombres que las diversiones en que ocupan las horas de recreo, porque son una parte muy esencial de la educacion del pueblo, y por tanto no puede ser que dejen de modificar en bien ó en mal su índole y su condicion. Debe ofrecerse al pueblo trabajador una clase de espectáculos que lo divierta sin fatigar su ruda imaginacion, y sin que estorbe en manera alguna el orden de sus ideas. Se debe huir de presentar á su consideracion imágenes tiernas, lascivas, y todas aquellas situaciones seductoras en que la malicia y la sensualidad se demuestran con el mas vivo y agradable colorido. Semejantes objetos no solo perjudican la moral, sino que atacan directamente los cimientos de la pública felicidad, porque presentan al miserable jornalero un punto de comparacion que hace contrastar los trabajos de su clase, y que podria ser orígen de su aburrimiento y desesperacion. Pero tampoco huyendo este estremo debemos caer en el de embrutecerlo y endurecer su corazon, familiarizándolo con la sangre de sus iguales. Debe buscarse un espectáculo en que se escite un laudable deseo de ser fuerte y valeroso, pero no inhumano y sanguinario; en que no se cimente el triunfo y la gloria en el vencimiento ó la muerte de otro hombre, sino en el de una fiera atrevida y poderosa; en que no haya odiosidad directa y personal que haga mas sangrienta la venganza, sino emulacion y fraternidad que aseguren el triunfo y el aplauso. Un espectáculo semejante conviene sin duda al pueblo en su totalidad, porque de él no solo han de salir los soldados que deben sostener y asegurar la tranquilidad de los pueblos y la independencia del pais, sino todas las demas clases activas que necesitan fuerza y valor para el desempeño de sus respectivas obligaciones; y estas clases deben estar acostumbradas á vencer y arrostrar los peligros hasta en sus juegos y pasatiempos, pero de ninguna manera deben ni pueden estar adornados de los conocimientos que fomenta el teatro. No podria sostenerse el edificio social sino hubiera entre los que componen los pueblos esta diversidad de instruccion y de ocupaciones que son las que mantienen la armonía y permanencia de los lazos que tan estrechamente los ligan. Los unos deben mandar, dirigir; los otros obedecer, ejecutar; aquellos necesitan estudios, ciencias; estos valor, fuerzas. De otro modo la ignorancia enmascarada con la apariencia del saber, y alegando un derecho que está en contradiccion con los mismos principios en que se apoya, intentará manejar los grandes negocios y ser el árbitro de la soberanía; se creerian todos con iguales méritos, se desplomaria la sociedad, y quedarian sepultados entre sus escombros los vanos proyectos de realizar un pueblo que solo puede existir en imaginaciones acaloradas; esto es, un pueblo de sabios. Florezcan en las capitales todos los monumentos que acrediten el grado de perfeccion en que se hallan los conocimientos humanos, haya academias y sociedades, conservatorios y museos, y tengan los sabios cuanto conduzca á su perfeccion. La clase media en instruccion encuentre en la escena las bellezas de la poesía, los encantos de la música, y los graciosos ademanes de Terpsícore; pero dejemos á la clase inferior un espectáculo propio suyo, y no porque las demas gocen de todas las comodidades de la vida, olvidemos esta numerosa porcion de la sociedad. Hay una clase de fiestas muy á propósito para llenar todos sus deseos, que reune los requisitos que hemos visto deben tener sus pasatiempos, y cuyos atractivos son por otra parte tan poderosos, que lejos de chocar con las ideas de las otras clases de la sociedad, volarán todas á presenciarlas. Vamos á examinar en pocos renglones si la lidia de toros se encuentra en el caso que decimos.
De cuanto hemos dicho se deduce que el espectáculo que haya de ofrecerse al pueblo debe influir en su ánimo de modo que le comunique energía, valor, y deseo de hacerse memorable por sus hazañas, pero sin viciarlo ni hacerlo sediento de sangre humana. La lidia de toros llena completamente ambos objetos. Es el suyo burlar á una fiera altiva y poderosa, y hacerla espirar á los pies del lidiador. Pero no es una lucha como las que en tiempo de los romanos entablaban los infelices á quienes condenaban á morir devorados por una fiera, y que deseosos de alcanzar la libertad, que solian concederles cuando la vencian, se empeñaban en un combate horroroso, con el que solo conseguian prolongar la muerte y hacerla doblemente dolorosa. En los toros se ve volar á la fiera sin poder apoderarse de él en derredor del torero, que con la serenidad que le infunden su conocimiento y su ligereza, mira hasta con lástima al corpulento bruto afanarse y correr en vano hasta encontrar, cuando cree mas seguro el triunfo, su perdicion y su muerte. No es un brutal arrojo el que arrastra al cerco al lidiador, sino un valor racional con que se presenta á la fiera, porque sabe el modo seguro de hacer inútil su saña y de eludir sus intentos. No es su agitacion aquella que trastornaba al gladiador cuando encerrado en el anfiteatro se le abrian mil puertas para el sepulcro, y un resquicio apenas para tornar á la vida: es una mezcla del gozo que anticipadamente se le viene á la imaginacion por su victoria, y de los temores que le asaltan de no llenar cumplidamente sus deberes y sus deseos. Pero la idea del peligro ni aun lejano no aparece jamas en la mente del buen torero, que sabe bien que no hay lance para el que no tenga seguro recurso, y regla segura para practicarlo. Ni en él se le ofrece al espectador aquella imponente y aterradora figura del atleta cuya sola presencia estremecia, sino la mas elegante y gallarda que imaginarse puede. Adornado con telas de seda bordadas de oro y plata, elige para su vestido la hechura que se amolda mejor á la configuracion de su cuerpo, y sus varoniles y escelsas formas lucen tanto mas cuanto ciñe mas su ropage.
En este espectáculo admira y discurre el filósofo la escelencia del hombre, que desde la desnudez é ignorancia primitivas, ha sabido alzarse con el influjo del mundo y sacrificar á su antojo y diversion las bestias mas poderosas. El naturalista observa las alteraciones que el cuidado y el estado de domesticidad han producido en el caballo y el toro, y cuanto los desvia de su primitivo modo de ser y de obrar. El político conoce con cuán poco se contenta y distrae al pueblo laborioso, y aprecia dentro de sí el efecto que el espectáculo hace en el carácter de la multitud. El matemático vislumbra la posibilidad de reducir el toreo á demostraciones, porque considera en el toro un cuerpo que se mueve con direccion y velocidad conocidas, y en el torero todos los medios para variar la primera y acelerar ó retardar la segunda. El economista ve en el consumo de toros y caballos uno de los elementos que mas influyen en el fomento de la cria del ganado vacuno y caballar. El viajero admira un espectáculo tan grandioso, tan magnífico; aquella mezcla de trages y colores, y aquel murmullo y vocerío y contínuo movimiento lo entretienen y embelesan, y cuando suena el timbal, sale el toro con aspecto amenazador, y ve á los toreros burlarlo risueños de mil maneras, llega al colmo su admiracion, y prorumpe en aplausos y aclamaciones. Todas las clases, todos los sexos, todas las edades y condiciones de la vida concurren á él, se enagenan y se olvidan de sus penas. Inútiles serian nuestros esfuerzos para hacer concebir lo grande, lo bello de tales fiestas al que no las hubiese presenciado.
Sin embargo, la lidia de toros esperimenta continuamente las mas severas censuras y las acusaciones mas escandalosas, y no satisfariamos el deber que nos hemos impuesto sino las refutásemos completamente.
Hemos manifestado ya que los pueblos necesitan diversiones, y que deben ser de las que hablen mas á los sentidos que al entendimiento, y hemos manifestado igualmente que las pasiones que deben inspirarles han de ser heróicas y varoniles sin que rayen en barbarie ó ferocidad. Las lidias de toros satisfacen como hemos visto ambos estremos; pero dicen sin embargo sus detractores que son bárbaras, inmorales, sangrientas, perjudiciales á la agricultura, al estado, á las artes, á la industria y á la humanidad. ¿Hay mas de que acusar á este espectáculo? Cuanto mas lo humillen con sus fútiles sofismas, tanto mas completo y glorioso será su triunfo.
Son bárbaras, dicen, las corridas de toros; ¿y por qué? preguntamos. ¿Es acaso porque en ellas luchen los hombres cuerpo á cuerpo con una fiera? ¿Qué se dirá entonces de la caza de montería? Si es barbaridad lidiar á un toro cuya sencillez es tan conocida, y para lo cual hay reglas tan seguras, ¿no será bárbaro y hasta brutal internarse en los bosques ó en lo quebrado de un monte persiguiendo fieras mucho mas astutas y carniceras que el toro, sin que sean menos poderosas? La diferencia que hay entre el cerco despejado, diáfano, igual, y el monte sombrío, cubierto de maleza; entre el javalí que se mete por el cuchillo á trueque de dar la dentellada, y el toro que embiste ostigado y se le separa con un lienzo; entre la seguridad que da el arte del toreo, y los riesgos para que no sirven los ardides de la caza; entre el pronto y eficaz socorro que tiene el torero rodeado siempre de defensores, y la soledad y desamparo en que frecuentemente se halla el cazador, pueden servir para apreciar cuanto tiene de mas espuesto la caza de montería, y no vemos sin embargo que se le acuse de barbaridad.
Se pasan años sin que una sola gota de sangre humana manche la arena de las plazas de toros, y se pasarian siglos si estuviese esta diversion bajo el pie que debe ponerse, y que indicaremos en su lugar; mientras que apenas sale al monte una batida sin que haya un contuso, un herido, ó acaso un muerto. El hijo del famoso don Pelayo, que fue muy dado á esta aficion, sabemos que murió á manos de un oso en los montes de Cangas; y pudieramos citar muchos mas de quienes da cuenta la historia, las crónicas y otros escritos.
Ademas que sería bárbara la lidia de toros, si fuera inherente á ella ver sucumbir ó padecer al hombre por carecer de recursos para librarse del toro; pero como el fin de las lidias es burlar al toro sin riesgo del torero, que para conseguir su objeto tiene un arte que le da reglas tan seguras como puede inferirse de las bases en que se apoyan, á saber, las inclinaciones particulares de las diferentes clases de toros, que conocidas distintamente y confirmadas por la esperiencia de muchos años, suministran los elementos de la mas rigorosa exactitud, es evidente que no tiene lugar la acusacion, ni respecto al objeto de las lidias, ni á los medios de conseguirlo: el objeto, burlar una fiera; los medios, un arte seguro, cierto. Para que faltasen sus reglas dejaria antes de ser noble y magnánimo el leon, feroz y sanguinario el tigre, pacífica y mansa la oveja, amorosa la paloma, amigo fiel el perro. Si son eternas, invariables, las determinaciones instintivas de los animales que la esperiencia nos ha dado á conocer, serán tambien invariables, exactas, todas las reglas que de ellas rigorosamente se dedujeren. ¿De dónde pues los fundamentos para apellidar bárbaro al espectáculo? Si no los hay en su objeto, si no los hay en los medios de conseguir este objeto, ¿los habrá tal vez en sus accidentes? Veamos. La muerte de los toreros que han perecido en las plazas es sin duda el apoyo de la acusacion; pero ¡qué impotente! ¡qué modo tan caduco de raciocinar! ¡con cuánta razon podriamos abusando del raciocinio, y silogizando con tan poca lógica, calificar de bárbaro el oficio de minero, de buso, de volatin, de plomero, de polvorista, de albañil, de... Nunca acabariamos de enumerar todos los oficios en que encontró el hombre mas ó menos veces la muerte, pero sí podemos asegurar, que cualquiera de los referidos cuenta mas víctimas que el toreo, pues los volatines con particularidad llevan en un corto número de años mas hombres al sepulcro que los toros en un siglo, y esto sin contar los que se lisian todos los dias en las escuelas de gimnástica y en los ejercicios preparatorios de su profesion. El hundimiento de la mina de mercurio de Guancavélica redujo repentinamente á polvo mas hombres que pueden herir los toros mientras dure el mundo. El busear, y aun la simple accion de nadar, matan todos los años por solo bañarse un número crecido de gentes. Y no se nos diga que lo útil ó necesario de estos oficios hace que se desprecien sus riesgos, pues esta razon pone en nuestras manos las mas concluyentes pruebas. Si la sociedad reporta ventajas de estos oficios, ya hemos visto cuántas y cuán grandes las reportan los pueblos de las corridas de toros; y la utilidad personal que obliga al albañil, por ejemplo, á fiar su vida á una ruinosa almena, no es mayor ni tiene prestigios mas seductores que la que obliga al torero á presentarse en el cerco de donde recoge el precio de su trabajo y los aplausos de la multitud.