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Tipos y paisajes

Chapter 39: VI
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About This Book

Colección de estampas y relatos breves que retratan con realismo la vida montañesa y costera, mostrando tipos populares, comidas, oficios y fiestas locales. Alterna observaciones costumbristas, anécdotas y pequeñas narraciones sobre romerías, brujas, arrieros, niños de la calle y otros personajes, combinando humor y crítica social. El tono defiende la fidelidad al detalle frente a la idealización, poniendo en primer plano usos, habla y contradicciones cotidianas para componer un mosaico de paisajes humanos y rurales.

El señor cura, como hombre previsor y cuerdo, se retiró muy pronto de la mesa, dejando á los convidados en completa libertad, después de haber brindado por la felicidad de los novios, á quienes dedicó muchos y sabios consejos. La presidencia que dejó vacante este buen señor fué ocupada por don Robustiano, que la aceptó con su característica gravedad. Pero toda ella no fué bastante á mantener en orden á las buenas gentes que le rodeaban. Rió, gritó y echó bombas Toribio; cantó el sacristán; largó tres discursos el alcalde; batió palmas la alcaldesa; otorgaron tres veces los concejales, y el maestro, creyendo llegada la ocasión, después de pedir la venia á la cabecera de la mesa, leyó la composición que tantos sudores le había costado y decía así:

«Versificación de epitalamio en doce pies de verso desiguales, conforme á reglas; discurrida por Canuto Prosodia, maestro de instrucción primaria elemental de este pueblo, y dedicada á la mayor preponderancia, majestad y engrandecimiento de la ilustre Doña Verónica Tres-Solares y su excelso consorte, Don Antonio Mazorcas (vulgo Antón, por apócope), hoy día de sus nupcias ó esponsales, 1.° de septiembre del año corriente de gracia.

Salgan á luz los astros naturales
Y las estrellas,
Y cante la rajuca en los bardales
Y las miruellas;
Que doña Verónica, pues, con don Antonio,
En este día,
Ya las nupcias contrajo, ó matrimonio,
Con sinfonía.—
Que el cielo les derrame bendiciones
Es mi deseo,
Y que tengan los hijos á montones.
Amén.—Laus Deo.»

Mientras éstas y otras cosas pasaban arriba, en el corral se solazaba medio pueblo despachando tajadas de carne y jarros de vino, que era una maravilla. Dos carrales, ó pipas, de lo de Rioja, hacía la fuente, y á las tres de la tarde hubo necesidad de atizarla con otra cuba, porque se estaba apagando ya. De arroz con leche iban á la misma hora siete calderadas engullidas, y de las seis terneras no quedaba más que una pata.

Cuando ésta hubo desaparecido también, y se agotó la fuente y se rebañaron las calderas, se levantaron los tableros que habían servido de mesas, se retiraron los toldos que las amparaban del sol y comenzaron los músicos á darle á las cigüeñas de las gaitas. Esto y media docena de cohetes lanzados al aire, fué la señal del gran jaleo; quiero decir, de trepar á la cucaña y del baile general.

Lanzáronse á ello cuantos podían tenerse de pie, y los que no, panza arriba ó como su hartura y sus mareos se lo permitían, diéronse á relinchar y á victorear á los novios. Éstos, con una parte de los convidados de arriba, salieron entonces al balcón. Y digo que una parte de los convidados, porque los concejales, el maestro y tres comensales más, al ponerse de pie dieron en la manía de que el suelo se tambaleaba, y no habiendo razón que fuese capaz de probarles lo contrario, quedáronse donde estaban apurando unas botellas de Jerez con el buen fin de fortalecer el ánimo para arrostrar mejor la catástrofe que temían. En cuanto al sacristán, así que oyó la bulla del corral se empeñó en ir á echar un repique musical que sabía para las grandes ocasiones; pero no vió logrados sus deseos, porque al ir á empuñar los badajos creyó que las campanas se volteaban solas, asustóse, perdió el poco aplomo que le quedaba, y contó uno á uno con la cabeza y las costillas todos los escalones del campanario.

Entre tanto, siguiendo la gresca en el corral de Toribio, dió la gente en pedir á gritos que «echara un baile» doña Verónica; apoyó Zancajos la pretensión, y no tuvo más remedio la nieta de cien señores «de primer lustre» que zarandearse un poco entre aquella turba de mocetones de buen humor. Mazorcas, Antón y la alcaldesa aplaudieron cada vuelta de la ruborizada Verónica; pero don Robustiano, que había tragado más bilis que chuletas durante la comida, al verse precisado á alternar allí con semejante canalla y sintiendo colmada la medida de su paciencia con la nueva condescendencia indecorosa de su hija, tomó el sombrero y se largó á su casa, sin que hubiera ruegos ni súplicas que alcanzaran á detenerle.

—De todas maneras—dijo á Zancajos,—yo no había de dormir aquí...

—¡Cómo que no? ¡Y yo que le tenía á usted preparada la mejor habitación de mi casa!

—Mientras en la mía quede una teja que me ampare contra la intemperie, no han de reposar mis hidalgos miembros en el hogar ajeno. Te hago la justicia de concederte que es tu intención la mejor del mundo al brindarme con tu casa y al dedicar á mi hija el fausto que la dedicas hoy: aún más, te lo agradezco; pero no deben tus ambiciones llegar hasta el punto de pretender que yo autorice con mi presencia ciertos excesos y transija con otros resabios, incompatibles con mi carácter. Deja el tiempo correr, y entonces veremos si en mi propia casa me es dable aceptar de buen grado lo que hoy, de pupilo en la tuya, me sería intolerable. En el ínterin, la vieja vecina de siempre suplirá en la glorieta la falta de Verónica para aderezarme el frugal sustento. Y á Dios te queda.

No dijo más el inflexible solariego; pero me consta que cuando llegó al viejo pabellón le pareció éste un páramo inmenso, no obstante su pequeñez material; halló su recinto frío, y el color de las paredes más obscuro y triste que de costumbre. Intentando explicarse la causa de aquel fenómeno, fijó su vista en la parda estameña del abandonado vestido de Verónica, y dos gruesas lágrimas le escaldaron las mejillas. Protestó contra tamaña debilidad; mas le fué inútil el recurso, porque entonces vertieron sus ojos mares de llanto, y su pecho oprimido estalló en quejidos de angustia. Por primera vez cayó don Robustiano en la cuenta de que había en su naturaleza algo más que un sentimiento de admiración á su linaje. Treinta años pasados junto á Verónica no habían bastado á dárselo á conocer: un momento de soledad se lo evidenciaba. El orgulloso y fanático Tres-Solares notó en aquellos instantes supremos que la ausencia de su hija angustiaba más á su alma que la pérdida de su palacio blasonado. Jamás se hubiera atrevido á creerlo. Pero sus viejos resabios tenían hondas raíces en su pecho, y hallando en ellas fuerza bastante para resistir por entonces los impulsos del corazón, devoró rebelde su propia amargura en la triste soledad de aquel recinto, antes que ir al ajeno á buscar el consuelo que tanto necesitaba.

No obstante, su llanto no fué estéril: la cuerda más sensible de aquella alma había vibrado ya, y sus ecos misteriosos hallaron pronto y cariñoso refugio en el corazón.

Cuando la humana naturaleza sufre tales sacudidas, el tiempo sólo basta ya para conducir el vacilante espíritu al término que anhela, al centro que necesita.

Nada dijo Mazorcas á Verónica de la retirada de su padre; por el contrario, y con el fin de no turbar la alegría de la recién casada en un momento tan crítico, al notar aquélla la ausencia de don Robustiano, la hizo creer que éste se había recogido á descansar en la habitación que se le tenía allí preparada.

Siguió, pues, la boda tan animada como al principio; y llegó la noche, y se encendieron hogueras en el corral, y continuó la gente danzando y riendo hasta cerca de las diez. Entonces dió Toribio espita á un barril de exquisito aguardiente, y con esta sosiega despidió á la muchedumbre, que bien necesitaba ya el reposo de la cama. Hubo cantares y música otra vez, pero con una desafinación insoportable; vivas y plácemes á los novios, á don Robustiano y á Toribio; despertaron los concejales, el maestro y comparsa, que roncaban sobre la mesa de la sala; desalojóse ésta, quedó el corral desierto, recogióse lo que se pudo de la cacharrería y demás zarandajas del festín de abajo, fuéronse las guisanderas, volvió á reinar el orden y el silencio en casa del rico jándalo, retiróse éste discretamente, y...

El que quiera saber más que vaya á Salamanca; pues yo hago aquí punto y tiendo, como dicen los novelistas finos, un velo sobre los restantes acontecimientos de aquel día de imperecedera memoria entre los vecinos del consabido pueblo, de cuyo nombre, vuelvo á repetirlo, no quiero ni debo acordarme.

VI

Al llegar aquí y á punto de dar fin á la presente historia, necesito que el lector suponga que han pasado ocho años desde los sucesos que dejo referidos. Hecha esta suposición, vuelva los ojos hacia las personas y las cosas de que venimos tratando, y mucha será su penetración si al primer vistazo las conoce.

El palacio es ya digno de tan pomposo nombre por fuera, por dentro, por arriba y por abajo.

El solar se ha convertido en huerta de ricas y variadas frutas y en ameno y delicioso jardín, y ya no le cierra la pared apuntalada y cubierta de malezas, sino un sólido muro que, á la vez que de resguardo á lo cercado, sirve de base á una elegante verja que permite al transeúnte recrear la vista con lo que está vedado á su mano.

La cintura de castaños es un hermoso parque bordado de caprichosos senderos y macizos de flores y tupido de césped.

La antigua media torre almenada es un anchísimo mirador de cristales; la glorieta una sala de verano; la teja-vana de enfrente, mitad invernáculo, mitad pajarera, y así todo lo demás; porque Toribio se había propuesto, como dijimos, hacer una gorda, y lo cumplió transformando el antiguo caserón solariego en una morada provista de cuantas comodidades pudiera exigir en el campo el gusto más exquisito.

¡Pues dígole á usted los moradores del improvisado Edén!

Antón es un señor bastante grueso que se pasa el día corriendo de hacienda en hacienda, aquí dirigiendo la siega, allá inspeccionando la cabaña, más allá la poda de un monte, en el otro lado la construcción de una nueva casa de labranza, aquí riñendo á un colono holgazán, allí remunerando la laboriosidad de otro, etc., etc. Siempre va tarde á comer á casa, por más que se propone lo contrario, pero nunca de mal humor; y el mayor desahogo que se permite, al desplomarse rendido en un sillón mientras se enfría un poco la sopa, es un par de resoplidos al aire y otro de besos en cada mejilla á dos chiquitines, rubios como el oro, rollizos y frescos como unas mantecas y sanos como corales, que le acometen apenas se sienta, y trepan sobre sus rodillas, y le sueltan el chaleco, y le aprietan la garganta, y se le encaraman en los hombros, y le aturden y le embriagan á embestidas, abrazos y pisotones.

Verónica es una matrona ágil y risueña que se mira en los ojos de Antón. Tiene sobre sí el peso de la dirección interior de la casa, y después de atender, como ella lo hace, con afanoso deleite á tan sagradas ocupaciones, apenas le queda una hora que consagrar á su mayor delicia: ver á sus dos hechiceros diablillos correr por el jardín ó por la castañera. No ha querido salir un instante fuera de los términos del pueblo, como Toribio deseaba, para que conociera un poco el mundo. Para ella el mundo es aquel rincón donde ha nacido, donde están sus hijos, Antón y cuantas personas y objetos le son caros.

El único pesar que le aqueja es la consideración de que algún día, y no lejano, tendrá que separarse de sus pimpollos para darles una educación que allí no pueden recibir, si su padre y sus abuelos no se resuelven, como ella desea y ellos no quieren, á que sean unos señores labradores, como lo es su padre.

Toribio, un poco más cano y caído de voz que antes, es el mismo de siempre: risueño, bromista y cariñoso. Tan pronto como conoció que su hijo era tan capaz como él para dirigir el belén de sus propiedades, encomendóselas con la mejor gana y se consagró pura y exclusivamente á saborear los goces de la familia, para lo cual contaba con un corazón de perlas.

Don Robustiano pasó la pena negra durante los ocho meses que necesitó la mágica dirección de Toribio para terminar las obras del palacio. Su corazón de padre le aconsejaba todos los días que fuese á ocupar la cómoda habitación que el rumboso jándalo le preparó en su casa; pero su tesón característico, sus resabios aristocráticos se lo impedían. Por eso, no bien se dió al edificio solariego el último brochazo de pintura, brindó con la flamante morada á toda la familia de su hija. Y brindar en tales términos equivalía en don Robustiano á decir: «Necesito que vengáis á vivir conmigo; quiero morir en vuestra compañía». La verdad era que al pobre viejo le mataba la soledad, y hasta le pesó más de una vez, durante aquellos meses de angustia, haber nacido tan noble, y ya que lo era, haber alardeado siempre de serlo, porque la repugnancia á contradecirse, á tener que tragarse las tempestades que había soltado contra la canalla plebeya, y especialmente contra Toribio, era ya lo único que le impedía aceptar la hospitalidad de éste. Por el contrario, acogerle á él bajo el techo solariego transcendía á merced de parte de don Robustiano, y esto ya daba muy distinto color al asunto.

De este modo vieron satisfechos sus más vivos anhelos todos los personajes de nuestra historia al cobijarse juntos dentro del antiguo palacio: don Robustiano, porque, como se ha visto, languidecía en la soledad; Verónica, porque, conociéndolo, padecía mucho lejos de su padre, y Toribio y Antón, por ver contenta á Verónica y por acabar de una vez de formar en todos conceptos parte de la ilustre familia. Con tan favorables antecedentes, no era aventurado pronosticar la más completa armonía entre los nuevos moradores del restaurado palacio.

Ya hemos visto qué pelaje tan en consonancia con este pronóstico muestran ocho años después Verónica, Antón y Toribio.

En cuanto á don Robustiano, ¡asómbrese y santígüese el lector! ha engordado, se ríe con los chistes de Zancajos, le coloca junto á sí en el sitial de la Iglesia, pasea con él y le da con frecuencia palmaditas en el hombro; departe con Antón, le excita á que no vista chaqueta ni aun para andar en casa; va con él muchas veces á visitar las labranzas... y le quiere entrañablemente. ¿Cabe mayor transformación de carácter? ¿Y cómo había de suceder otra cosa? Don Robustiano es el primero en su casa para todo. Preside la mesa; guía el rosario; á él se le pide el dinero para los gastos domésticos; su menor capricho se respeta como una orden; se le cede el mejor asiento cuando vuelve de pasear; los criados le saludan desde media legua; el gabinete más soleado, más ancho y mejor amueblado es el suyo; Toribio le ha suscrito á un periódico de sus ideas... y todas éstas y otras infinitas atenciones se le consagran por la familia espontáneamente, sin que él necesite apuntar la insinuación más vaga. Por si no fueran bastantes estos motivos de satisfacción, los dos ángeles de Verónica no le dejan sosegar un momento y le hacen correr con ellos, y contarles cuentos, y jugar al escondite... y le comen á besos, que es, entre todas las delicias de que se ve rodeado, la que más consuela y rejuvenece el alma del honrado viejo.

Largas y acaloradas discusiones sostiene con la familia á propósito del porvenir de las dos hermosas criaturas. Él quiere que sean jurisconsultos; Antón que ingenieros; Toribio que generales, y emperadores si es necesario; Verónica... que no se los lleven nunca de su lado.

—En todas las profesiones, artes y oficios—concluye siempre el solariego,—cabe lo que más debe ambicionar un padre para su hijo: que sea hombre de bien, y estos niños tienen ya mucho adelantado para serlo como el que más: el no necesitar ocuparse en el modo de adquirir el pan de cada día; tarea peligrosa en la cual se tuercen, al rigor de la necesidad, muchas conciencias de suyo rectas y delicadas, y desmayan no pocos espíritus denodados. Otra ventaja tienen aún de inmensa utilidad, si saben aprovecharla en cuanto vale; un gran libro en que aprender, un ejemplo vivo que imitar: su abuelo Toribio... Sí, amigo mío: tú, mal que pese á tu modestia, sin argumentos pomposos, sin ruidosa palabrería, pero con hechos muy elocuentes, has sido capaz de hacerme comprender, y ahora me deleito en confesarlo, que existe una nobleza más ilustre, más grande, más veneranda que la de la sangre, que la de los pergaminos: la nobleza del corazón.

Después de oir tan claras, tan ingenuas manifestaciones de boca de don Robustiano, y después de contemplar el cuadro de su familia, que acabo de describir rápidamente, ¿qué me resta que decir á mí? Nada, benévolo lector. Hazte, pues, la cuenta, y no te equivocas, de que he concluído; perdona las faltas, y si eres montañés y montañés fidalgo, refrena tu suspicacia y otórgame la justicia de creer que al hablar de don Robustiano y de don Ramiro y de la caterva de solariegos que éstos evocan en su diálogo, así me acordé de tu padre ó de tu abuelo, como del emperador de la China.