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Tirso de Molina

Chapter 11: JORNADA SEGUNDA
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About This Book

La obra presenta a Paulo, un ermitaño cuya visión de un tribunal divino y la experiencia de una condena onírica siembran en él una paralizante duda sobre su salvación. Un demonio, tomando apariencia angélica, explota esa desconfianza e impulsa al ermitaño a viajar a Nápoles para observar la vida de otro hombre, cuya suerte habrá de reflejar la suya. A lo largo de jornadas y escenas se enfrentan la penitencia, la tentación y la soberbia, con apariciones sobrenaturales y pruebas morales que examinan la fe, la conciencia y las consecuencias de anteponer visiones personales a la confianza en lo divino.

JORNADA SEGUNDA

ESCENAS I a XV

[Galván, Escalante y otros rufianes compañeros de Enrico tienen concertado para aquella noche un robo en la casa de Octavio el Genovés. Mientras aquéllos hacen los preparativos, Enrico va a cuidar de su padre Anareto.]

Enrico.

Pues mientras ellos se tardan,

y el manto lóbrego aguardan

que su remedio ha de ser,

quiero un viejo padre ver

que aquestas paredes guardan.

Cinco años ha que le tengo

en una cama tullido,

y tanto a estimarle vengo,

que, con andar tan perdido,

a mi costa le mantengo.

···············

De lo que de noche puedo,

varias casas escalando,

robar con cuidado o miedo,

voy su sustento aumentando,

y a veces sin él me quedo.

Que esta virtud solamente

en mi virtud distraída

conservo piadosamente:

que es deuda al padre debida

el serle el hijo obediente.

···············

(Descubre su padre en una silla.)

Aquí está; quiérole ver.

Durmiendo está, al parecer.

¿Padre?

Anareto.

¡Mi Enrico querido!

Enrico.

Del descuido que he tenido

perdón espero tener

de vos, padre de mis ojos.

¿Heme tardado?

Anareto.

No, hijo.

Enrico.

No os quisiera dar enojos.

Anareto.

En verte me regocijo.

Enrico.

No el sol por celajes rojos

saliendo a dar resplandor

a la tiniebla mayor

que espera tan alto bien

parece al día tan bien

como vos a mí, señor.

Que vos para mí sois sol,

y los rayos que arrojáis

dese divino arrebol,

son las canas con que honráis

este reino.

Anareto.

Eres crisol

donde la virtud se apura.

Enrico.

¿Habéis comido?

Anareto.

Yo, no.

Enrico.

Hambre tendréis.

Anareto.

La ventura

de mirarte me quitó

la hambre.

Enrico.

No me asegura,

padre mío, esa razón,

nacida de la afición

tan grande que me tenéis;

pero agora comeréis,

que las dos pienso que son

de la tarde. Ya la mesa

os quiero, padre, poner.

Anareto.

De tu cuidado me pesa.

Enrico.

Todo esto y más ha de hacer

el que obediencia profesa.

(Del dinero que jugué [Aparte.]

un escudo reservé

para comprar qué comiese;

porque, aunque al juego le pese,

no ha de faltar esta fe.)

Aquí traigo en el lenzuelo,

padre mío, qué comáis.

Estimad mi justo celo.

Anareto.

Bendito, mi Dios, seáis

en la tierra y en el cielo,

pues que tal hijo me distes,

cuando tullido me vistes,

que mis pies y manos sea.

Enrico.

Comed, por que yo lo vea.

Anareto.

Miembros cansados y tristes,

ayudadme a levantar.

Enrico.

Yo, padre, os quiero ayudar.

Anareto.

Fuerza me infunden tus brazos.

Enrico.

Quisiera en estos abrazos

la vida poderos dar.

Y digo, padre, la vida,

porque tanta enfermedad

es ya muerte conocida.

Anareto.

La divina voluntad

se cumpla.

Enrico.

Ya la comida

os espera. ¿Llegaré

la mesa?

Anareto.

No, hijo mío,

que el sueño me vence.

Enrico.

¿A fe?

Pues dormid.

Anareto.

Dádome ha un frío

muy grande.

Enrico.

Yo os llegaré

la ropa.

···············

Vencióle el sueño,

que es de los sentidos dueño,

a dar la mejor lición.

Quiero la ropa llegalle,

y de esta suerte dejalle.

[Sale a la calle, donde Galván le recuerda que tiene que asesinar a Albano, pues ha recibido ya la mitad de la paga por el crimen. Enrico se dispone a cometer el asesinato; pero al ver que su víctima es un pobre anciano, el recuerdo de su padre le hace desistir de tal propósito. El que le había pagado el crimen se presenta a reclamar a Enrico el dinero por no haber cumplido su compromiso, y Enrico, indignado, lo acuchilla sin piedad. En aquel momento, el Gobernador, con la gente a sus órdenes, se presenta para prender a Enrico; éste y Galván se defienden y matan al Gobernador; pero, al fin, viéndose acosados, se arrojan al mar. Entre tanto, Paulo, en compañía de Pedrisco, se había convertido en capitán de una cuadrilla de bandoleros, que tenía aterrorizada a la comarca por la crueldad de sus crímenes. De vez en cuando tiene algún remordimiento de conciencia.]

(Paulo en el campo.)

Músicos.

No desconfíe ninguno,

aunque grande pecador,

de aquella misericordia

de que más se precia Dios.

Paulo.

¿Qué voz es esta que suena?

Bandol.

La gran multitud, señor,

desos robles nos impide

ver dónde viene la voz.

Músicos.

Con firme arrepentimiento

de no ofender al Señor

llegue el pecador humilde,

que Dios le dará perdón.

Paulo.

Subid los dos por el monte,

y ved si es algún pastor

el que canta este romance.

Bandol.

A verlo vamos los dos.

Músicos.

Su Majestad soberana

da voces al pecador

porque le llegue a pedir

lo que a ninguno negó.

(Sale por el monte un Pastorcillo, tejiendo una corona de flores.)

Paulo.

Baja, baja, pastorcillo;

que ya estaba, vive Dios,

confuso con tus razones,

admirado con tu voz.

¿Quién te enseñó ese romance,

que le escucho con temor,

pues parece que en ti habla

mi propia imaginación?

Pastorc.

Este romance que he dicho

Dios, señor, me le enseñó;

o la Iglesia, su Esposa,

a quien en la tierra dió

poder suyo.

Paulo.

Bien dijiste.

Pastorc.

Advierte que creo en Dios.

···············

Paulo.

¿Y Dios ha de perdonar

a un hombre que le ofendió

con obras y con palabras

y pensamientos?

Pastorc.

¿Pues no?

Aunque sus ofensas sean

más que átomos del sol,

y que estrellas tiene el cielo,

y rayos la luna dió,

y peces el mar salado

en sus cóncavos guardó.

Esta es su misericordia;

que con decirle al Señor:

Pequé, pequé, muchas veces,

le recibe al pecador

en sus amorosos brazos;

que, en fin, hace como Dios.

Porque si no fuera aquesto,

cuando a los hombres crió,

no los criara sujetos

a su frágil condición.

Porque si Dios, Sumo Bien,

de nada al hombre formó

para ofrecerle su gloria,

no fuera ningún blasón

en su majestad divina

dalle aquella imperfección.

Dióle Dios libre albedrío,

y fragilidad le dió

al cuerpo y al alma; luego

dió potestad con acción

de pedir misericordia,

que a ninguno le negó.

De modo que, si en pecando

el hombre, el justo rigor

procediera contra él,

fuera el número menor

de los que en el sacro alcázar

están contemplando a Dios.

···············

Mas mi ganado me aguarda,

y ha mucho que ausente estoy.

Paulo.

Tente, pastor, no te vayas.

Pastorc.

No puedo tenerme, no,

que ando por aquestos valles

recogiendo con amor

una ovejuela perdida

que del rebaño huyó;

y esta corona que veis

hacerme con tanto amor,

es para ella, si parece,

porque hacérmela mandó

el mayoral, que la estima

del modo que le costó.

El que a Dios tiene ofendido

pídale perdón a Dios,

porque es Señor tan piadoso,

que a ninguno le negó.

Paulo.

Aguarda, pastor.

Pastorc.

No puedo.

Paulo.

Por fuerza te tendré yo.

Pastorc.

Será detenerme a mí

parar en su curso al sol.

[Paulo cree ver en ello un aviso de la Providencia; pero al pensar que su suerte ha de ser la misma que la de Enrico, la duda y la desconfianza le impulsan a persistir en sus maldades. Enrico y Galván han llegado nadando a las cercanías del sitio en que está acampada la cuadrilla de Paulo, y caen en poder de Pedrisco y sus compañeros. Paulo manda que los aten a un árbol para ejecutarlos; pero antes quiere probar si Enrico es impenitente para saber con certeza cuál es el fin que Dios ha reservado a ambos. Para ello se viste de ermitaño y se presenta ante Enrico para inducirle a confesar sus pecados.]