JORNADA SEGUNDA
ESCENAS I a XV
[Galván, Escalante y otros rufianes compañeros de Enrico tienen concertado para aquella noche un robo en la casa de Octavio el Genovés. Mientras aquéllos hacen los preparativos, Enrico va a cuidar de su padre Anareto.]
Enrico.
Pues mientras ellos se tardan,
y el manto lóbrego aguardan
que su remedio ha de ser,
quiero un viejo padre ver
que aquestas paredes guardan.
Cinco años ha que le tengo
en una cama tullido,
y tanto a estimarle vengo,
que, con andar tan perdido,
a mi costa le mantengo.
···············
De lo que de noche puedo,
varias casas escalando,
robar con cuidado o miedo,
voy su sustento aumentando,
y a veces sin él me quedo.
Que esta virtud solamente
en mi virtud distraída
conservo piadosamente:
que es deuda al padre debida
el serle el hijo obediente.
···············
(Descubre su padre en una silla.)
Aquí está; quiérole ver.
Durmiendo está, al parecer.
¿Padre?
Anareto.
¡Mi Enrico querido!
Enrico.
Del descuido que he tenido
perdón espero tener
de vos, padre de mis ojos.
¿Heme tardado?
Anareto.
No, hijo.
Enrico.
No os quisiera dar enojos.
Anareto.
En verte me regocijo.
Enrico.
No el sol por celajes rojos
saliendo a dar resplandor
a la tiniebla mayor
que espera tan alto bien
parece al día tan bien
como vos a mí, señor.
Que vos para mí sois sol,
y los rayos que arrojáis
dese divino arrebol,
son las canas con que honráis
este reino.
Anareto.
Eres crisol
donde la virtud se apura.
Enrico.
¿Habéis comido?
Anareto.
Yo, no.
Enrico.
Hambre tendréis.
Anareto.
La ventura
de mirarte me quitó
la hambre.
Enrico.
No me asegura,
padre mío, esa razón,
nacida de la afición
tan grande que me tenéis;
pero agora comeréis,
que las dos pienso que son
de la tarde. Ya la mesa
os quiero, padre, poner.
Anareto.
De tu cuidado me pesa.
Enrico.
Todo esto y más ha de hacer
el que obediencia profesa.
(Del dinero que jugué [Aparte.]
un escudo reservé
para comprar qué comiese;
porque, aunque al juego le pese,
no ha de faltar esta fe.)
Aquí traigo en el lenzuelo,
padre mío, qué comáis.
Estimad mi justo celo.
Anareto.
Bendito, mi Dios, seáis
en la tierra y en el cielo,
pues que tal hijo me distes,
cuando tullido me vistes,
que mis pies y manos sea.
Enrico.
Comed, por que yo lo vea.
Anareto.
Miembros cansados y tristes,
ayudadme a levantar.
Enrico.
Yo, padre, os quiero ayudar.
Anareto.
Fuerza me infunden tus brazos.
Enrico.
Quisiera en estos abrazos
la vida poderos dar.
Y digo, padre, la vida,
porque tanta enfermedad
es ya muerte conocida.
Anareto.
La divina voluntad
se cumpla.
Enrico.
Ya la comida
os espera. ¿Llegaré
la mesa?
Anareto.
No, hijo mío,
que el sueño me vence.
Enrico.
¿A fe?
Pues dormid.
Anareto.
Dádome ha un frío
muy grande.
Enrico.
Yo os llegaré
la ropa.
···············
Vencióle el sueño,
que es de los sentidos dueño,
a dar la mejor lición.
Quiero la ropa llegalle,
y de esta suerte dejalle.
[Sale a la calle, donde Galván le recuerda que tiene que asesinar a Albano, pues ha recibido ya la mitad de la paga por el crimen. Enrico se dispone a cometer el asesinato; pero al ver que su víctima es un pobre anciano, el recuerdo de su padre le hace desistir de tal propósito. El que le había pagado el crimen se presenta a reclamar a Enrico el dinero por no haber cumplido su compromiso, y Enrico, indignado, lo acuchilla sin piedad. En aquel momento, el Gobernador, con la gente a sus órdenes, se presenta para prender a Enrico; éste y Galván se defienden y matan al Gobernador; pero, al fin, viéndose acosados, se arrojan al mar. Entre tanto, Paulo, en compañía de Pedrisco, se había convertido en capitán de una cuadrilla de bandoleros, que tenía aterrorizada a la comarca por la crueldad de sus crímenes. De vez en cuando tiene algún remordimiento de conciencia.]
(Paulo en el campo.)
Músicos.
No desconfíe ninguno,
aunque grande pecador,
de aquella misericordia
de que más se precia Dios.
Paulo.
¿Qué voz es esta que suena?
Bandol.
La gran multitud, señor,
desos robles nos impide
ver dónde viene la voz.
Músicos.
Con firme arrepentimiento
de no ofender al Señor
llegue el pecador humilde,
que Dios le dará perdón.
Paulo.
Subid los dos por el monte,
y ved si es algún pastor
el que canta este romance.
Bandol.
A verlo vamos los dos.
Músicos.
Su Majestad soberana
da voces al pecador
porque le llegue a pedir
lo que a ninguno negó.
(Sale por el monte un Pastorcillo, tejiendo una corona de flores.)
Paulo.
Baja, baja, pastorcillo;
que ya estaba, vive Dios,
confuso con tus razones,
admirado con tu voz.
¿Quién te enseñó ese romance,
que le escucho con temor,
pues parece que en ti habla
mi propia imaginación?
Pastorc.
Este romance que he dicho
Dios, señor, me le enseñó;
o la Iglesia, su Esposa,
a quien en la tierra dió
poder suyo.
Paulo.
Bien dijiste.
Pastorc.
Advierte que creo en Dios.
···············
Paulo.
¿Y Dios ha de perdonar
a un hombre que le ofendió
con obras y con palabras
y pensamientos?
Pastorc.
¿Pues no?
Aunque sus ofensas sean
más que átomos del sol,
y que estrellas tiene el cielo,
y rayos la luna dió,
y peces el mar salado
en sus cóncavos guardó.
Esta es su misericordia;
que con decirle al Señor:
Pequé, pequé, muchas veces,
le recibe al pecador
en sus amorosos brazos;
que, en fin, hace como Dios.
Porque si no fuera aquesto,
cuando a los hombres crió,
no los criara sujetos
a su frágil condición.
Porque si Dios, Sumo Bien,
de nada al hombre formó
para ofrecerle su gloria,
no fuera ningún blasón
en su majestad divina
dalle aquella imperfección.
Dióle Dios libre albedrío,
y fragilidad le dió
al cuerpo y al alma; luego
dió potestad con acción
de pedir misericordia,
que a ninguno le negó.
De modo que, si en pecando
el hombre, el justo rigor
procediera contra él,
fuera el número menor
de los que en el sacro alcázar
están contemplando a Dios.
···············
Mas mi ganado me aguarda,
y ha mucho que ausente estoy.
Paulo.
Tente, pastor, no te vayas.
Pastorc.
No puedo tenerme, no,
que ando por aquestos valles
recogiendo con amor
una ovejuela perdida
que del rebaño huyó;
y esta corona que veis
hacerme con tanto amor,
es para ella, si parece,
porque hacérmela mandó
el mayoral, que la estima
del modo que le costó.
El que a Dios tiene ofendido
pídale perdón a Dios,
porque es Señor tan piadoso,
que a ninguno le negó.
Paulo.
Aguarda, pastor.
Pastorc.
No puedo.
Paulo.
Por fuerza te tendré yo.
Pastorc.
Será detenerme a mí
parar en su curso al sol.
[Paulo cree ver en ello un aviso de la Providencia; pero al pensar que su suerte ha de ser la misma que la de Enrico, la duda y la desconfianza le impulsan a persistir en sus maldades. Enrico y Galván han llegado nadando a las cercanías del sitio en que está acampada la cuadrilla de Paulo, y caen en poder de Pedrisco y sus compañeros. Paulo manda que los aten a un árbol para ejecutarlos; pero antes quiere probar si Enrico es impenitente para saber con certeza cuál es el fin que Dios ha reservado a ambos. Para ello se viste de ermitaño y se presenta ante Enrico para inducirle a confesar sus pecados.]