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Tirso de Molina

Chapter 13: ESCENAS XVI y XVII
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About This Book

La obra presenta a Paulo, un ermitaño cuya visión de un tribunal divino y la experiencia de una condena onírica siembran en él una paralizante duda sobre su salvación. Un demonio, tomando apariencia angélica, explota esa desconfianza e impulsa al ermitaño a viajar a Nápoles para observar la vida de otro hombre, cuya suerte habrá de reflejar la suya. A lo largo de jornadas y escenas se enfrentan la penitencia, la tentación y la soberbia, con apariciones sobrenaturales y pruebas morales que examinan la fe, la conciencia y las consecuencias de anteponer visiones personales a la confianza en lo divino.

ESCENAS XVI y XVII

(Sale Paulo, de ermitaño, con cruz y rosario.)

Paulo.

Con esta traza he querido

probar si este hombre se acuerda

de Dios, a quien ha ofendido.

Enrico.

¡Que un hombre la vida pierda,

de nadie visto ni oído!

Galván.

Cada mosquito que pasa

me parece que es saeta.

Enrico.

El corazón se me abrasa.

¡Que mi fuerza esté sujeta!

¡Ah fortuna, en todo escasa!

Paulo.

¡Alabado sea el Señor!

Enrico.

¡Sea por siempre alabado!

Paulo.

Sabed con vuestro valor

llevar este golpe airado

de fortuna.

Enrico.

¡Gran rigor!

¿Quién sois vos, que ansí me habláis?

Paulo.

Un monje, que este desierto,

donde la muerte esperáis,

habita.

Enrico.

¡Bueno, por cierto!

Y ahora, ¿qué nos mandáis?

Paulo.

A los que al roble os ataron

y a mataros se apartaron

supliqué con humildad

que ya que con tal crueldad

de daros muerte trataron,

que me dejasen llegar

a hablaros.

Enrico.

¿Y para qué?

Paulo.

Por si os queréis confesar,

pues seguís de Dios la fe.

Enrico.

Pues bien se puede tornar,

padre, o lo que es.

Paulo.

¿Qué decís?

¿No sois cristiano?

Enrico.

Sí soy.

Paulo.

No lo sois, pues no admitís

el último bien que os doy.

¿Por qué no lo recibís?

Enrico.

Porque no quiero.

Paulo.

(Aparte.)(¡Ay de mí!

Esto mismo presumí.)

¿No veis que os han de matar

ahora?

Enrico.

¿Quiere callar,

hermano, y dejarme aquí?

Si esos señores ladrones

me dieren muerte, aquí estoy.

Paulo.

(Ap.) (¡En qué grandes confusiones

tengo el alma!)

Enrico.

Yo no doy

a nadie satisfacciones.

Paulo.

A Dios, sí.

Enrico.

Si Dios ya sabe

que soy tan gran pecador,

¿para qué?

Paulo.

¡Delito grave!

Para que su sacro amor

de darle perdón acabe.

···············

Mira que eres pecador,

hijo.

Enrico.

Y del mundo el mayor,

ya lo sé.

Paulo.

Tu bien espero.

Confiésate a Dios.

Enrico.

No quiero,

cansado predicador.

Paulo.

Pues salga del pecho mío,

si no dilatado río

de lágrimas, tanta copia,

que se anegue el alma propia,

pues ya de Dios desconfío.

Dejad de cubrir, sayal,

mi cuerpo, pues está mal,

según siente el corazón,

una rica guarnición

sobre tan falso cristal.

···············

Colgad ese saco ahí,

para que diga, ¡ay de mí!:

“En tal puesto me colgó

Paulo, que no mereció

la gloria que encierro en mí.”

Dadme la daga y la espada;

esa cruz podéis tomar;

ya no hay esperanza en nada,

pues no me sé aprovechar

de aquella sangre sagrada.

Desatadlos.

Enrico.

Ya lo estoy,

y lo que no he visto creo.

Galván.

Gracias a los cielos doy.

Enrico.

Saber la verdad deseo.

Paulo.

¡Qué desdichado que soy!

···············

Enrico.

Esta novedad me espanta.

Paulo.

Yo soy Paulo, un ermitaño,

que dejé mi amada patria

de poco más de quince años,

y en esta oscura montaña

otros diez serví al Señor.

Enrico.

¡Qué ventura!

Paulo.

¡Qué desgracia!

Un ángel, rompiendo nubes

y cortinas de oro y plata,

preguntándole yo a Dios

qué fin tendría: “Repara

(me dijo), ve a la ciudad,

y verás a Enrico (¡ay, alma!),

hijo del noble Anareto,

que en Nápoles tiene fama.

Advierte bien en sus hechos

y contempla en sus palabras,

que si Enrico al Cielo fuere,

el Cielo también te aguarda;

y si al Infierno, el Infierno.”

Yo entonces imaginaba

que era algún santo este Enrico;

pero los deseos se engañan.

Fuí allá, vite luego al punto,

y de tu boca y por fama

supe que eras el peor hombre

que en todo el mundo se halla.

Y ansí, por tener tu fin,

quíteme el saco, y las armas

tomé, y el cargo me dieron

de esta foragida escuadra.

Quise probar tu intención,

por saber si te acordabas

de Dios en tan fiero trance;

pero salióme muy vana.

Volví a desnudarme aquí,

como viste, dando al alma

nuevas tan tristes, pues ya

la tiene Dios condenada.

Enrico.

Las palabras que Dios dice

por un ángel, son palabras,

Paulo amigo, en que se encierran

cosas que el hombre no alcanza.

No dejara yo la vida

que seguías, pues fué causa

de que quizá te condenes

el atreverte a dejarla.

Desesperación ha sido

lo que has hecho, y aun venganza

de la palabra de Dios,

y una oposición tirana

a su inefable poder;

y al ver que no desenvaina

la espada de su justicia

contra el rigor de tu causa,

veo que tu salvación

desea; mas ¿qué no alcanza

aquella piedad divina,

blasón de que más se alaba?

Yo soy el hombre más malo

que naturaleza humana

en el mundo ha producido;

···············

mas siempre tengo esperanza

en que tengo de salvarme,

puesto que no va fundada

mi esperanza en obras mías,

sino en saber que se humana

Dios con el más pecador,

y con su piedad se salva.

Pero ya, Paulo, que has hecho

ese desatino, traza

de que alegres y contentos

los dos en esta montaña

pasemos alegre vida,

mientras la vida se acaba.

Un fin ha de ser el nuestro:

si fuere nuestra desgracia

el carecer de la Gloria

que Dios al bueno señala,

mal de muchos, gozo es;

pero tengo confianza

en su piedad, que siempre

vence a su justicia sacra.

Paulo.

Consoládome has un poco.

Galván.

Cosa es, por Dios, que me espanta.

Paulo.

Vamos donde descanséis.

Enrico.

(Ap.) ¡Ay, padre de mis entrañas!

Una joya, Paulo amigo,

en la ciudad olvidada

se me queda; y aunque temo

el rigor que me amenaza,

si allá muero, he de ir por ella,

pereciendo en la demanda.

Un soldado de los tuyos

irá conmigo.

Paulo.

Pues vaya

Pedrisco, que es animoso.

Galván.

Yo me quedo en la montaña

a hacer tu oficio.

Pedrisco.

Yo voy

donde paguen mis espaldas

los delitos que tú has hecho.

Enrico.

Adiós, amigo.

Paulo.

Ya basta

el nombre para abrazarte.

Enrico.

Aunque malo, confianza

tengo en Dios.

Paulo.

Yo no la tengo

cuando son mis culpas tantas.

···············