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Tirso de Molina

Chapter 14: JORNADA TERCERA
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About This Book

La obra presenta a Paulo, un ermitaño cuya visión de un tribunal divino y la experiencia de una condena onírica siembran en él una paralizante duda sobre su salvación. Un demonio, tomando apariencia angélica, explota esa desconfianza e impulsa al ermitaño a viajar a Nápoles para observar la vida de otro hombre, cuya suerte habrá de reflejar la suya. A lo largo de jornadas y escenas se enfrentan la penitencia, la tentación y la soberbia, con apariciones sobrenaturales y pruebas morales que examinan la fe, la conciencia y las consecuencias de anteponer visiones personales a la confianza en lo divino.

JORNADA TERCERA

ESCENAS I a V

[Enrico, atraído por el amor filial, vuelve a Nápoles acompañado de Pedrisco. Ambos caen en poder de la justicia y están presos en la cárcel de la ciudad. Celia se burla de Enrico diciéndole que está casada; él se enfurece y quiere romper los hierros de la prisión. Acuden los carceleros para sujetarle y mata a uno de ellos con un golpe de cadena en la cabeza. El Alcaide manda que le pongan más hierros, y sólo a viva fuerza pueden sujetarle. Vanse todos, y al quedar solo Enrico, el Diablo, invisible para él, viene a hablarle.]

ESCENAS VI a VIII

Enrico.

En lóbrega confusión,

ya, valiente Enrico, os veis:

pero nunca desmayéis;

tened fuerte el corazón,

porque aquesta es la ocasión

en que tenéis de mostrar

el valor, que os ha de dar

nombre altivo, ilustre fama.

Mirad...

(Dentro.)

Enrico.

Enrico.

¿Quién llama?

Esta voz me hace temblar.

Los cabellos erizados

pronostican mi temor;

mas ¿dónde está mi valor?

¿Dónde mis hechos pasados?

(Dentro.)

Enrico.

Enrico.

Muchos cuidados

siente el alma. ¡Cielo santo!

¿Cúya es voz que tal espanto

infunde en el alma mía?

(Dentro.)

Enrico.

Enrico.

A llamar porfía.

De mi flaqueza me espanto.

A esta parte la voz suena,

que tanto temor me da.

¿Si es algún preso que está

amarrado a la cadena?

Vive Dios, que me da pena.

(Sale el Demonio y no le ve.)

Demonio.

Tu desgracia lastimosa

siento.

Enrico.

¡Qué confuso abismo!

no me conozco a mí mismo,

y el corazón no reposa.

Las alas está batiendo

con impulsos de temor;

Enrico, ¿éste es el valor?—

Otra vez se oye el estruendo.

Demonio.

Librarte, Enrico, pretendo.

Enrico.

¿Cómo te puedo creer,

voz, si no llego a saber

quién eres y adónde estás?

Demonio.

Pues agora me verás.

Enrico.

Ya no te quisiera ver.

Demonio.

No temas.

Enrico.

Un sudor frío

por mis venas se derrama.

Demonio.

Hoy cobrarás nueva fama.

Enrico.

Poco de mis fuerzas fío.

No te acerques.

Demonio.

Desvarío

es el temer la ocasión.

Enrico.

Sosiégate, corazón.

Demonio.

¿Ves aquel postigo?

Enrico.

Sí.

Demonio.

Pues salte por él, y ansí

no estarás en la prisión.

Enrico.

¿Quién eres?

Demonio.

Salte al momento,

y no preguntes quién soy,

que yo también preso estoy,

y que te libres intento.

Enrico.

¿Qué me dices, pensamiento?

¿Libraréme? Claro está.

Aliento el temor me da

de la muerte que me aguarda.

Voime. Mas, ¿quién me acobarda?

Mas otra voz suena ya.

(Cantan dentro.)

Músicos.

Detén el paso violento;

mira que te está mejor

que de la prisión librarte

el estarte en la prisión.

Enrico.

Al revés me ha aconsejado

la voz que en el aire he oído,

pues mi paso ha detenido,

si tú le has acelerado.

Que me está bien he escuchado

el estar en la prisión.

Demonio.

Esa, Enrico, es ilusión

que te representa el miedo.

Enrico.

Yo he de morir si me quedo;

quiérome ir; tienes razón.

Músicos.

Detente, engañado Enrico,

no huyas de la prisión;

pues morirás si salieres,

y si te estuvieres, no.

Enrico.

Que si salgo he de morir

y si quedo viviré,

dice la voz que escuché.

Demonio.

¿Que al fin no te quieres ir?

Enrico.

Quedarme es mucho mejor.

Demonio.

Atribúyelo a temor;

pero, pues tan ciego estás,

quédate preso, y verás

cómo te ha estado peor. (Vase.)

Enrico.

Desapareció la sombra,

y confuso me dejó.

¿No es este el portillo? No.

Este prodigio me asombra.

¿Estaba ciego yo, o vi

en la pared un portillo?

Pero yo me maravillo

del gran temor que hay en mí.

¿No puedo salirme yo?

Sí; bien me puedo salir.

Pues, ¿cómo?... —¡Que he de morir!

La voz me atemorizó.

Algún gran daño se infiere

de lo turbado que estoy.

No importa, ya estoy aquí

para el mal que me viniere.

ESCENAS IX a XIV

[El Alcaide lee a Enrico su sentencia de muerte. El criminal, lejos de sentirse abatido, insulta al Alcaide y rehusa confesarse antes de morir.]