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Tirso de Molina

Chapter 18: ESCENA XV
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About This Book

La obra presenta a Paulo, un ermitaño cuya visión de un tribunal divino y la experiencia de una condena onírica siembran en él una paralizante duda sobre su salvación. Un demonio, tomando apariencia angélica, explota esa desconfianza e impulsa al ermitaño a viajar a Nápoles para observar la vida de otro hombre, cuya suerte habrá de reflejar la suya. A lo largo de jornadas y escenas se enfrentan la penitencia, la tentación y la soberbia, con apariciones sobrenaturales y pruebas morales que examinan la fe, la conciencia y las consecuencias de anteponer visiones personales a la confianza en lo divino.

ESCENA XV

Anareto.

Enrico, querido hijo,

puesto que en verte me aflijo

de tantos hierros cargado,

ver que pagues tu pecado

me da sumo regocijo.

¡Venturoso del que acá,

pagando sus culpas, va

con firme arrepentimiento;

que es pintado este tormento

si se compara al de allá!

La cama, Enrico, dejé,

y arrimado a este bordón,

por quien me sustento en pie,

vengo en aquesta ocasión.

Enrico.

¡Ay, padre!

Anareto.

No sé,

Enrico, si aquese nombre

será razón que me cuadre,

aunque mi rigor te asombre.

Enrico.

Eso ¿es palabra de padre?

Anareto.

No es bien que padre me nombre

un hijo que no cree en Dios.

Enrico.

Padre mío, ¿eso decís?

Anareto.

No sois ya mi hijo vos,

pues que mi ley no seguís.

Solos estamos los dos.

Enrico.

No os entiendo.

Anareto.

¡Enrico, Enrico!

A reprenderos me aplico

vuestro loco pensamiento,

siendo la muerte instrumento

que tan cierto os pronostico.

Hoy os han de ajusticiar,

¡y no os queréis confesar!

¡Buena cristiandad, por Dios!,

pues el mal es para vos,

y para vos el pesar.

Aqueso es tomar venganza

de Dios; el poder alcanza

del impirio cielo eterno.

Enrico, ved que hay Infierno

para tan larga esperanza.

Es el quererte vengar

de esa suerte, pelear

con un monte o una roca,

pues cuando el brazo le toca,

es para el brazo el pesar.

Es, con dañoso desvelo,

escupir el hombre al cielo

presumiendo darle enojos,

pues que le cae en los ojos

lo mismo que arroja al cielo.

Hoy has de morir: advierte

que ya está echada la suerte;

confiesa a Dios tus pecados,

y ansí, siendo perdonados,

será vida lo que es muerte.

Si quieres mi hijo ser,

lo que te digo has de hacer;

si no (de pesar me aflijo),

ni te has de llamar mi hijo,

ni yo te he de conocer.

Enrico.

Bueno está, padre querido;

que más el alma ha sentido

(buen testigo de ello es Dios)

el pesar que tenéis vos

que el mal que espero afligido.

Confieso, padre, que erré;

pero yo confesaré

mis pecados, y después

besaré a todos los pies,

para mostraros mi fe.

Basta que vos lo mandéis,

padre mío de mis ojos.

Anareto.

Pues ya mi hijo seréis.

Enrico.

No os quisiera dar enojos.

Anareto.

Vamos, porque os confeséis.

Enrico.

¡Oh cuánto siento el dejaros!

Anareto.

¡Oh cuánto siento el perderos!

Enrico.

¡Ay, ojos! Espejos claros,

antes hermosos luceros,

pero ya de luz avaros.

Anareto.

Vamos, hijo.

Enrico.

A morir voy:

todo el valor he perdido.

Anareto.

Sin juicio y sin alma estoy.

Enrico.

Aguardad, padre querido.

Anareto.

¡Qué desdichado que soy!

Enrico.

Señor piadoso y eterno,

que en vuestro alcázar pisáis

cándidos montes de estrellas,

mi petición escuchad.

Yo he sido el hombre más malo

que la luz llegó a alcanzar

de este mundo, el que os ha hecho

más que arenas tiene el mar

ofensas; mas, Señor mío,

mayor es vuestra piedad.

Vos, por redimir el mundo,

por el pecado de Adán,

en una cruz os pusisteis;

pues merezca yo alcanzar

una gota solamente

de aquella sangre real.

···············

¡Gran Señor, misericordia!

No puedo deciros más.

Anareto.

¡Que esto llegue a ver un padre!

Enrico.

(Para sí.) La enigma he entendido ya

de la voz y de la sombra:

la voz era angelical,

y la sombra era el demonio.

Anareto.

Vamos, hijo.

Enrico.

¿Quién oirá

ese nombre, que no haga

de sus dos ojos un mar?

No os apartéis, padre mío,

hasta que hayan de expirar

mis ojos.

Anareto.

No hayas miedo.

Dios te dé favor.

Enrico.

Sí hará,

que es mar de misericordia,

aunque yo voy muerto ya.

Anareto.

Ten valor.

Enrico.

En Dios confío.

Vamos, padre, donde están

los que han de quitarme el ser

que vos me pudisteis dar.

ESCENA XVI

(Paulo en el monte.)

Paulo.

Cansado de correr vengo

por este monte intrincado;

atrás la gente he dejado

que a ajena costa mantengo.

Al pie deste sauce verde

quiero un poco descansar,

por ver si acaso el pesar

de mi memoria se pierde.

Tú, fuente, que murmurando

vas entre guijas corriendo,

en tu fugitivo estruendo

plantas y aves alegrando,

dame algún contento ahora,

infunde al alma alegría

con esa corriente fría

y con esa voz sonora.

Lisonjeros pajarillos

que no entendidos cantáis,

y holgazanes gorjeáis

entre juncos y tomillos;

dad con picos sonorosos

y con acentos süaves

gloria a mis pesares graves

y sucesos lastimosos.

En este verde tapete,

jironado de cristal,

quiero divertir mi mal

que mi triste fin promete.

(Echase a dormir y sale el Pastor con la corona, deshaciéndola.)

ESCENAS XVII y XVIII

Pastor.

Selvas intrincadas,

verdes alamedas,

a quien de esperanzas

adorna Amaltea;

fuentes que corréis

murmurando apriesa

por menudas guijas,

por blandas arenas;

ya vuelvo otra vez

a mirar la selva,

a pisar los valles

que tanto me cuestan.

Yo soy el pastor

que en vuestras riberas

guardé un tiempo alegre

cándidas ovejas.

Sus blancos vellones

entre verdes felpas

jirones de plata

a los ojos eran.

Era yo envidiado,

por ser guarda buena,

de muchos zagales

que ocupan la selva;

y mi mayoral,

que en ajena tierra

vive, me tenía

voluntad inmensa,

porque le llevaba,

cuando quería verlas,

las ovejas blancas

como nieve en pellas.

Pero desde el día

que una, la más buena,

huyó del rebaño,

lágrimas me anegan.

Mis contentos todos

convertí en tristezas,

mis placeres vivos

en memorias muertas.

Cantaba en los valles

canciones y letras;

mas ya en triste llanto

funestas endechas.

Por tenerla amor,

en esta floresta

aquesta guirnalda

comencé a tejerla.

Mas no la gozó;

que engañada y necia

dejó a quien la amaba

con mayor firmeza.

Y pues no la quiso

fuerza es que ya vuelva,

por venganza justa,

hoy a deshacerla.

Paulo.

Pastor, que otra vez

te vi en esta sierra,

si no muy alegre,

no con tal tristeza,

el verte me admira.

Pastor.

¡Ay perdida oveja!

¡De qué gloria huyes,

y a qué mal te allegas!

Paulo.

¿No es esa guirnalda

la que en las florestas

entonces tejías

con gran diligencia?

Pastor.

Esta misma es;

mas la oveja, necia,

no quiere volver

al bien que le espera,

y ansí la deshago.

Paulo.

Si acaso volviera,

zagalejo amigo,

¿no la recibieras?

Pastor.

Enojado estoy,

mas la gran clemencia

de mi mayoral

dice que aunque vuelvan,

si antes fueron blancas,

al rebaño negras,

que las dé mis brazos

y, sin extrañeza,

requiebros las diga

y palabras tiernas.

Paulo.

Pues es superior,

fuerza es que obedezcas.

Pastor.

Yo obedeceré;

pero no quiere ella

volver a mis voces,

en sus vicios ciega.

Ya de aquestos montes

en las altas peñas

la llamé con silbos

y avisé con señas.

Ya por los jarales,

por incultas selvas,

la anduve a buscar:

¡qué de ello me cuesta!

Ya traigo las plantas

de jaras diversas,

y agudos espinos

rotas y sangrientas.

No puedo hacer más.

Paulo.

En lágrimas tiernas

baña el pastorcillo

las mejillas bellas.

Pues te desconoce,

olvídate de ella

y no llores más.

Pastor.

Que lo haga es fuerza.

Volved, bellas flores,

a cubrir la tierra,

pues que no fué digna

de vuestra belleza.

Veamos si allá

con la tierra nueva

la pondrán guirnalda

tan rica y tan bella.

Quedaos, montes míos,

desiertos y selvas,

adiós, porque voy

con la triste nueva

a mi mayoral;

y cuando lo sepa

(aunque ya lo sabe)

sentirá su mengua,

no la ofensa suya,

aunque es tanta ofensa.

Lleno voy a verle

de miedo y vergüenza:

lo que ha de decirme

fuerza es que lo sienta.

Diráme: “Zagal,

¿ansí las ovejas

que yo os encomiendo

guardáis?” ¡Triste pena!

Yo responderé...

No hallaré respuesta,

si no es que mi llanto

la respuesta sea. (Vase.)

Paulo.

La historia parece

de mi vida aquesta.

De este pastorcillo

no sé lo que sienta;

que tales palabras

fuerza es que prometan

oscuras enigmas.

Mas ¿qué luz es esta

que a la luz del sol

sus rayos se afrentan?

(Con la música suben dos ángeles el alma de Enrico por una apariencia, y prosigue Paulo:)

Música celeste

en los aires suena,

y, a lo que diviso,

dos ángeles llevan

una alma gloriosa

a la excelsa esfera,

¡Dichosa mil veces,

alma, pues hoy llegas

donde tus trabajos

fin alegre tengan!

Grutas y plantas agrestes,

a quien el hielo corrompe,

¿no veis cómo el cielo rompe

ya sus cortinas celestes?

Ya rompiendo densas nubes

y esos transparentes velos,

alma, a gozar de los cielos

feliz y gloriosa subes.

Ya vas a gozar la palma

que la ventura te ofrece:

¡triste del que no merece

lo que tú mereces, alma!

Muerte me han dado villanos.