ESCENA XV
Anareto.
Enrico, querido hijo,
puesto que en verte me aflijo
de tantos hierros cargado,
ver que pagues tu pecado
me da sumo regocijo.
¡Venturoso del que acá,
pagando sus culpas, va
con firme arrepentimiento;
que es pintado este tormento
si se compara al de allá!
La cama, Enrico, dejé,
y arrimado a este bordón,
por quien me sustento en pie,
vengo en aquesta ocasión.
Enrico.
¡Ay, padre!
Anareto.
No sé,
Enrico, si aquese nombre
será razón que me cuadre,
aunque mi rigor te asombre.
Enrico.
Eso ¿es palabra de padre?
Anareto.
No es bien que padre me nombre
un hijo que no cree en Dios.
Enrico.
Padre mío, ¿eso decís?
Anareto.
No sois ya mi hijo vos,
pues que mi ley no seguís.
Solos estamos los dos.
Enrico.
No os entiendo.
Anareto.
¡Enrico, Enrico!
A reprenderos me aplico
vuestro loco pensamiento,
siendo la muerte instrumento
que tan cierto os pronostico.
Hoy os han de ajusticiar,
¡y no os queréis confesar!
¡Buena cristiandad, por Dios!,
pues el mal es para vos,
y para vos el pesar.
Aqueso es tomar venganza
de Dios; el poder alcanza
del impirio cielo eterno.
Enrico, ved que hay Infierno
para tan larga esperanza.
Es el quererte vengar
de esa suerte, pelear
con un monte o una roca,
pues cuando el brazo le toca,
es para el brazo el pesar.
Es, con dañoso desvelo,
escupir el hombre al cielo
presumiendo darle enojos,
pues que le cae en los ojos
lo mismo que arroja al cielo.
Hoy has de morir: advierte
que ya está echada la suerte;
confiesa a Dios tus pecados,
y ansí, siendo perdonados,
será vida lo que es muerte.
Si quieres mi hijo ser,
lo que te digo has de hacer;
si no (de pesar me aflijo),
ni te has de llamar mi hijo,
ni yo te he de conocer.
Enrico.
Bueno está, padre querido;
que más el alma ha sentido
(buen testigo de ello es Dios)
el pesar que tenéis vos
que el mal que espero afligido.
Confieso, padre, que erré;
pero yo confesaré
mis pecados, y después
besaré a todos los pies,
para mostraros mi fe.
Basta que vos lo mandéis,
padre mío de mis ojos.
Anareto.
Pues ya mi hijo seréis.
Enrico.
No os quisiera dar enojos.
Anareto.
Vamos, porque os confeséis.
Enrico.
¡Oh cuánto siento el dejaros!
Anareto.
¡Oh cuánto siento el perderos!
Enrico.
¡Ay, ojos! Espejos claros,
antes hermosos luceros,
pero ya de luz avaros.
Anareto.
Vamos, hijo.
Enrico.
A morir voy:
todo el valor he perdido.
Anareto.
Sin juicio y sin alma estoy.
Enrico.
Aguardad, padre querido.
Anareto.
¡Qué desdichado que soy!
Enrico.
Señor piadoso y eterno,
que en vuestro alcázar pisáis
cándidos montes de estrellas,
mi petición escuchad.
Yo he sido el hombre más malo
que la luz llegó a alcanzar
de este mundo, el que os ha hecho
más que arenas tiene el mar
ofensas; mas, Señor mío,
mayor es vuestra piedad.
Vos, por redimir el mundo,
por el pecado de Adán,
en una cruz os pusisteis;
pues merezca yo alcanzar
una gota solamente
de aquella sangre real.
···············
¡Gran Señor, misericordia!
No puedo deciros más.
Anareto.
¡Que esto llegue a ver un padre!
Enrico.
(Para sí.) La enigma he entendido ya
de la voz y de la sombra:
la voz era angelical,
y la sombra era el demonio.
Anareto.
Vamos, hijo.
Enrico.
¿Quién oirá
ese nombre, que no haga
de sus dos ojos un mar?
No os apartéis, padre mío,
hasta que hayan de expirar
mis ojos.
Anareto.
No hayas miedo.
Dios te dé favor.
Enrico.
Sí hará,
que es mar de misericordia,
aunque yo voy muerto ya.
Anareto.
Ten valor.
Enrico.
En Dios confío.
Vamos, padre, donde están
los que han de quitarme el ser
que vos me pudisteis dar.
ESCENA XVI
(Paulo en el monte.)
Paulo.
Cansado de correr vengo
por este monte intrincado;
atrás la gente he dejado
que a ajena costa mantengo.
Al pie deste sauce verde
quiero un poco descansar,
por ver si acaso el pesar
de mi memoria se pierde.
Tú, fuente, que murmurando
vas entre guijas corriendo,
en tu fugitivo estruendo
plantas y aves alegrando,
dame algún contento ahora,
infunde al alma alegría
con esa corriente fría
y con esa voz sonora.
Lisonjeros pajarillos
que no entendidos cantáis,
y holgazanes gorjeáis
entre juncos y tomillos;
dad con picos sonorosos
y con acentos süaves
gloria a mis pesares graves
y sucesos lastimosos.
En este verde tapete,
jironado de cristal,
quiero divertir mi mal
que mi triste fin promete.
(Echase a dormir y sale el Pastor con la corona, deshaciéndola.)
ESCENAS XVII y XVIII
Pastor.
Selvas intrincadas,
verdes alamedas,
a quien de esperanzas
adorna Amaltea;
fuentes que corréis
murmurando apriesa
por menudas guijas,
por blandas arenas;
ya vuelvo otra vez
a mirar la selva,
a pisar los valles
que tanto me cuestan.
Yo soy el pastor
que en vuestras riberas
guardé un tiempo alegre
cándidas ovejas.
Sus blancos vellones
entre verdes felpas
jirones de plata
a los ojos eran.
Era yo envidiado,
por ser guarda buena,
de muchos zagales
que ocupan la selva;
y mi mayoral,
que en ajena tierra
vive, me tenía
voluntad inmensa,
porque le llevaba,
cuando quería verlas,
las ovejas blancas
como nieve en pellas.
Pero desde el día
que una, la más buena,
huyó del rebaño,
lágrimas me anegan.
Mis contentos todos
convertí en tristezas,
mis placeres vivos
en memorias muertas.
Cantaba en los valles
canciones y letras;
mas ya en triste llanto
funestas endechas.
Por tenerla amor,
en esta floresta
aquesta guirnalda
comencé a tejerla.
Mas no la gozó;
que engañada y necia
dejó a quien la amaba
con mayor firmeza.
Y pues no la quiso
fuerza es que ya vuelva,
por venganza justa,
hoy a deshacerla.
Paulo.
Pastor, que otra vez
te vi en esta sierra,
si no muy alegre,
no con tal tristeza,
el verte me admira.
Pastor.
¡Ay perdida oveja!
¡De qué gloria huyes,
y a qué mal te allegas!
Paulo.
¿No es esa guirnalda
la que en las florestas
entonces tejías
con gran diligencia?
Pastor.
Esta misma es;
mas la oveja, necia,
no quiere volver
al bien que le espera,
y ansí la deshago.
Paulo.
Si acaso volviera,
zagalejo amigo,
¿no la recibieras?
Pastor.
Enojado estoy,
mas la gran clemencia
de mi mayoral
dice que aunque vuelvan,
si antes fueron blancas,
al rebaño negras,
que las dé mis brazos
y, sin extrañeza,
requiebros las diga
y palabras tiernas.
Paulo.
Pues es superior,
fuerza es que obedezcas.
Pastor.
Yo obedeceré;
pero no quiere ella
volver a mis voces,
en sus vicios ciega.
Ya de aquestos montes
en las altas peñas
la llamé con silbos
y avisé con señas.
Ya por los jarales,
por incultas selvas,
la anduve a buscar:
¡qué de ello me cuesta!
Ya traigo las plantas
de jaras diversas,
y agudos espinos
rotas y sangrientas.
No puedo hacer más.
Paulo.
En lágrimas tiernas
baña el pastorcillo
las mejillas bellas.
Pues te desconoce,
olvídate de ella
y no llores más.
Pastor.
Que lo haga es fuerza.
Volved, bellas flores,
a cubrir la tierra,
pues que no fué digna
de vuestra belleza.
Veamos si allá
con la tierra nueva
la pondrán guirnalda
tan rica y tan bella.
Quedaos, montes míos,
desiertos y selvas,
adiós, porque voy
con la triste nueva
a mi mayoral;
y cuando lo sepa
(aunque ya lo sabe)
sentirá su mengua,
no la ofensa suya,
aunque es tanta ofensa.
Lleno voy a verle
de miedo y vergüenza:
lo que ha de decirme
fuerza es que lo sienta.
Diráme: “Zagal,
¿ansí las ovejas
que yo os encomiendo
guardáis?” ¡Triste pena!
Yo responderé...
No hallaré respuesta,
si no es que mi llanto
la respuesta sea. (Vase.)
Paulo.
La historia parece
de mi vida aquesta.
De este pastorcillo
no sé lo que sienta;
que tales palabras
fuerza es que prometan
oscuras enigmas.
Mas ¿qué luz es esta
que a la luz del sol
sus rayos se afrentan?
(Con la música suben dos ángeles el alma de Enrico por una apariencia, y prosigue Paulo:)
Música celeste
en los aires suena,
y, a lo que diviso,
dos ángeles llevan
una alma gloriosa
a la excelsa esfera,
¡Dichosa mil veces,
alma, pues hoy llegas
donde tus trabajos
fin alegre tengan!
Grutas y plantas agrestes,
a quien el hielo corrompe,
¿no veis cómo el cielo rompe
ya sus cortinas celestes?
Ya rompiendo densas nubes
y esos transparentes velos,
alma, a gozar de los cielos
feliz y gloriosa subes.
Ya vas a gozar la palma
que la ventura te ofrece:
¡triste del que no merece
lo que tú mereces, alma!
Muerte me han dado villanos.