WeRead Powered by ReaderPub
Tirso de Molina cover

Tirso de Molina

Chapter 21: ESCENA XIX
Open in WeRead

Explore more books like this:

About This Book

La obra presenta a Paulo, un ermitaño cuya visión de un tribunal divino y la experiencia de una condena onírica siembran en él una paralizante duda sobre su salvación. Un demonio, tomando apariencia angélica, explota esa desconfianza e impulsa al ermitaño a viajar a Nápoles para observar la vida de otro hombre, cuya suerte habrá de reflejar la suya. A lo largo de jornadas y escenas se enfrentan la penitencia, la tentación y la soberbia, con apariciones sobrenaturales y pruebas morales que examinan la fe, la conciencia y las consecuencias de anteponer visiones personales a la confianza en lo divino.

ESCENA XIX

(Sale Galván.)

Galván.

Advierte, Paulo famoso,

que por el monte ha bajado

un escuadrón concertado,

de gente y armas copioso,

que viene sólo a prendernos.

Si no pretendes morir,

solamente, Pablo, huír

es lo que puede valernos.

[Paulo y Galván se disponen a hacerles frente.]

ESCENAS XX y XXI

[El Juez y los villanos armados persiguen a Paulo, el cual, herido, cae rodando por las peñas. Sale Pedrisco.]

Pedrisco.

¿Cómo estás ansí?

Paulo.

¡Ay de mí!

Muerte me han dado villanos.

Pero ya que estoy muriendo,

saber de ti, amigo, aguardo

qué hay del suceso de Enrico.

Pedrisco.

En la plaza le ahorcaron

de Nápoles.

Paulo.

Pues ansí,

¿quién duda que condenado

estará al Infierno ya?

Pedrisco.

Mira lo que dices, Paulo;

que murió cristianamente,

confesado y comulgado

y abrazado con un Cristo,

en cuya vista enclavados

los ojos, pidió perdón

y misericordia, dando

tierno llanto a sus mejillas,

y a los presentes espanto.

Fuera de aqueso, en muriendo

resonó en los aires claros

una música divina;

y para mayor milagro

y evidencia más notoria,

dos paraninfos alados

se vieron patentemente,

que llevaban entre ambos

el alma de Enrico al Cielo.

Paulo.

¡A Enrico, el hombre más malo

que crió naturaleza!

Pedrisco.

¿De aquesto te espantas, Paulo,

cuando es tan piadoso Dios?

Paulo.

Pedrisco, eso ha sido engaño:

otra alma fué la que vieron,

no la de Enrico.

Pedrisco.

¡Dios santo,

reducidle vos!

Paulo.

Yo muero.

Pedrisco.

Mira que Enrico gozando

está de Dios: pide a Dios

perdón.

Paulo.

¿Y cómo ha de darlo

a un hombre que le ha ofendido

como yo?

Pedrisco.

¿Qué estás dudando?

¿No perdonó a Enrico?

Paulo.

Dios

es piadoso...

Pedrisco.

Es muy claro.

Paulo.

Pero no con tales hombres.

Ya muero, llega tus brazos.

Pedrisco.

Procura tener su fin.

Paulo.

Esa palabra me ha dado

Dios; si Enrico se salvó,

también yo salvarme aguardo. (Muere.)

ESCENA XXII

[Los villanos rodean el cadáver de Paulo. Descúbrese fuego, y Paulo lleno de llamas.]

Paulo.

Si a Paulo buscando vais

bien podéis ya ver a Paulo

ceñido el cuerpo de fuego

y de culebras cercado.

No doy la culpa a ninguno

de los tormentos que paso;

sólo a mí me doy la culpa,

pues fuí causa de mi daño.

Pedí a Dios que me dijese

el fin que tendría, en llegando

de mi vida el postrer día:

ofendíle, caso es llano;

y como la ofensa vió

de las almas el contrario,

incitóme con querer

perseguirme con engaños.

Forma de un ángel tomó,

y engañóme; que a ser sabio,

con su engaño me salvara;

pero fuí desconfiado

de la gran piedad de Dios,

que hoy a su juicio llegando,

me dijo: “Baja, maldito

de mi padre, al centro airado

de los oscuros abismos,

adonde has de estar penando.”

¡Malditos mis padres sean

mil veces, pues me engendraron!

¡Y yo también sea maldito,

pues que fuí desconfiado!

(Húndese por el tablado, y sale fuego.)

Juez.

Misterios son del Señor.

Galván.

¡Pobre y desdichado Paulo!

Pedrisco.

¡Y venturoso de Enrico,

que de Dios está gozando!

Juez.

Por que toméis escarmiento,

no pretendo castigaros;

libertad doy a los dos.

···············

No más: a Nápoles vamos

a contar este suceso.

Pedrisco.

Y porque éste es tan arduo

y difícil de creer,

siendo verdadero el caso,

vaya el que fuese curioso

(porque sin ser escribano

dé fe de ello), a Belarmino;

y si no, más dilatado

en la vida de los padres

podrá fácilmente hallarlo.

Y con aquesto da fin

El Mayor Desconfiado,

y pena y gloria trocadas.

El cielo os guarde mil años.