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Tirso de Molina

Chapter 30: ESCENA IX
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About This Book

La obra presenta a Paulo, un ermitaño cuya visión de un tribunal divino y la experiencia de una condena onírica siembran en él una paralizante duda sobre su salvación. Un demonio, tomando apariencia angélica, explota esa desconfianza e impulsa al ermitaño a viajar a Nápoles para observar la vida de otro hombre, cuya suerte habrá de reflejar la suya. A lo largo de jornadas y escenas se enfrentan la penitencia, la tentación y la soberbia, con apariciones sobrenaturales y pruebas morales que examinan la fe, la conciencia y las consecuencias de anteponer visiones personales a la confianza en lo divino.

ESCENA IX

Reina.

Ilustres Caravajales,

Benavides excelentes,

mis deudos sois y parientes.

Blasones os honran reales:

mostrad hoy que sois leales.

Un árbol sirve de silla

a la inocencia sencilla

de vuestro Rey incapaz.

(Descubre al Rey niño encerrado en el tronco de un árbol.)

No permitáis que en agraz

os le malogre Castilla.

Como la aurora, amanece

entre la tiniebla oscura

de la traición, que procura

matárosle y le oscurece.

Si este tierno sol merece

glorias de una ilustre hazaña,

lograd el que os acompaña,

y con valor español

defended los dos un sol

que os da el oriente de España.

Benavid.

¡Oh retrato del amor,

niño Rey, humilde Alteza!

Con tu angélica belleza

se enternece mi rigor.

No tuviera yo valor

si el socorro que me pides,

a las perlas que despides

negaran mis fieles labios.

Por los tuyos sus agravios

olvidan los Benavides.

Famosos Caravajales,

treguas al enojo demos,

y para después dejemos

guerras y bandos parciales.

No salgan los desleales

con su bárbaro consejo.

A estos pies mi agravio dejo

para volverle a tomar,

que mal se podrá olvidar

el odio heredado y viejo.

Juntemos nuestros amigos

y de dos un campo hagamos;

que mientras al Rey sirvamos

no hemos de ser enemigos.

Serán los cielos testigos,

para ilustrarnos después,

de que hoy el valor leonés,

con lealtad y con amor,

el bien del Rey su señor

antepone a su interés.

Don Al.

Fénix de España, nacido

para que su gloria aumente,

pájaro sois inocente,

en ese árbol como en nido.

¿Quién, mi perla, os ha escondido

desa suerte?

Rey.

Hanme quitado

mi reino, y no me han dejado

aun la cuna en que nací;

y como a Herodes temí,

vengo huyendo al despoblado.

Don Pedr.

No temáis del gavilán,

pájaro tierno y hermoso,

por más que intente ambicioso

hacer presa en vos don Juan.

Benavid.

Todos por ti morirán,

sol de España, hasta que quedes

libre de las viles redes

de ambiciosos cazadores.

···············

Alto, hidalgos, a León:

muera el Infante tirano.

Y vos, ejemplo cristiano, (A la Reina.)

regidnos desde este día,

y será, pues de vos fía

el cielo una ilustre hazaña,

la Semíramis de España

la reina doña María. (Vanse.)