WeRead Powered by ReaderPub
Tirso de Molina cover

Tirso de Molina

Chapter 4: ESCENA I
Open in WeRead

Explore more books like this:

About This Book

La obra presenta a Paulo, un ermitaño cuya visión de un tribunal divino y la experiencia de una condena onírica siembran en él una paralizante duda sobre su salvación. Un demonio, tomando apariencia angélica, explota esa desconfianza e impulsa al ermitaño a viajar a Nápoles para observar la vida de otro hombre, cuya suerte habrá de reflejar la suya. A lo largo de jornadas y escenas se enfrentan la penitencia, la tentación y la soberbia, con apariciones sobrenaturales y pruebas morales que examinan la fe, la conciencia y las consecuencias de anteponer visiones personales a la confianza en lo divino.

EL CONDENADO
POR DESCONFIADO

JORNADA PRIMERA

ESCENA I

(Sale Paulo de ermitaño.)

Paulo.

¡Dichoso albergue mío!

¡Soledad apacible y deleitosa,

que en el calor y el frío

me dais posada en esta selva umbrosa,

donde el huésped se llama

o verde hierba o pálida retama!

Agora, cuando el alba

cubre las esmeraldas de cristales,

haciendo al sol la salva,

que de su coche sale por jarales,

con manos de luz pura

quitando sombras de la noche oscura,

salgo de aquesta cueva

que en pirámides altos de estas peñas

naturaleza eleva,

y a las errantes nubes hace señas

para que noche y día,

ya que no hay otra, le haga compañía.

Salgo a ver este cielo,

alfombra azul de aquellos pies hermosos.

¿Quién, ¡oh celestes cielos!

aquesos tafetanes luminosos

rasgar pudiera un poco

para ver...? ¡Ay de mí! Vuélvome loco.

Mas ya que es imposible,

y sé cierto, Señor, que me estáis viendo

desde ese inaccesible

trono de luz hermoso, a quien sirviendo

están ángeles bellos,

más que la luz del sol hermosos ellos,

mil glorias quiero daros

por las mercedes que me estáis haciendo

sin saber obligaros.

¿Cuándo yo merecí que del estruendo

me sacarais del mundo,

que es umbral de las puertas del profundo?

¿Cuándo, Señor divino,

podrá mi indignidad agradeceros

el volverme al camino,

que, si yo lo conozco, es fuerza el veros,

y tras esta victoria,

darme en aquestas selvas tanta gloria?

Aquí los pajarillos,

amorosas canciones repitiendo

por juncos y tomillos,

de Vos me acuerdan, y yo estoy diciendo:

“Si esta gloria da el suelo,

¿qué gloria será aquella que da el Cielo?”

Aquí estos arroyuelos,

jirones de cristal en campo verde,

me quitan mis desvelos,

y son causa a que de Vos me acuerde;

¡tal es el gran contento

que infunde al alma su sonoro acento!

Aquí silvestres flores

el fugitivo tiempo aromatizan,

y de varios colores

aquesta vega humilde fertilizan.

Su belleza me asombra:

calle el tapete y berberisca alfombra.

Pues con estos regalos,

con aquestos contentos y alegrías,

¡bendito seas mil veces,

inmenso Dios, que tanto bien me ofreces!

Aquí pienso seguirte,

ya que el mundo dejé para bien mío;

aquí pienso servirte,

sin que jamás humano desvarío,

por más que abra la puerta

el mundo a sus engaños, me divierta.

Quiero, Señor divino,

pediros de rodillas húmilmente

que en aqueste camino

siempre me conservéis piadosamente.

Ved que el hombre se hizo

de barro vil, de barro quebradizo.

ESCENA II

(Sale Pedrisco con un haz de hierba. Pónese Paulo de rodillas, y elévase.)

Pedrisco.

Como si fuera borrico

vengo de hierba cargado,

de quien el monte está rico:

si esto como, ¡desdichado!,

triste fin me pronostico.

···············

De mi tierra me sacó

Paulo, diez años habrá,

y a aqueste monte apartó;

él en una cueva está,

y en otra cueva estoy yo.

Aquí penitencia hacemos,

y sólo hierbas comemos,

y a veces nos acordamos

de lo mucho que dejamos

por lo poco que tenemos.

Aquí al sonoro raudal

de un despeñado cristal,

digo a estos olmos sombríos:

“¿Dónde estáis, jamones míos,

que no os doléis de mi mal?

Cuando yo solía cursar

la ciudad y no las peñas

(¡memorias me hacen llorar!),

de las hambres más pequeñas

gran pesar solíais tomar.

Erais, jamones, leales:

bien os puedo así llamar,

pues merecéis nombres tales,

aunque ya de las mortales

no tengáis ningún pesar.”

···············

ESCENA III

[Paulo sueña que la muerte le hiere en el corazón, y al quedar su cuerpo “como despojo de la madre tierra”, el alma libertada se presenta ante el Tribunal de Dios, donde ve con espanto que sus culpas pesan más que sus buenas obras en la balanza del Justicia mayor del Cielo; el Juez santo le condena al Infierno.]

Paulo.

Con aquella fatiga y aquel miedo

desperté, aunque temblando, y no vi nada

si no es mi culpa, y tan confuso quedo,

que si no es a mi suerte desdichada,

o traza del contrario, ardid o enredo,

que vibra contra mí su ardiente espada,

no sé a qué lo atribuya. Vos, Dios santo,

me declarad la causa de este espanto.

¿Heme de condenar, mi Dios divino,

como este sueño dice, o he de verme

en el sagrado alcázar cristalino?

Aqueste bien, Señor, habéis de hacerme.

¿Qué fin he de tener? Pues un camino

sigo tan bueno, no queráis tenerme

en esta confusión, Señor eterno.

¿He de ir a vuestro Cielo, o al Infierno?

Treinta años de edad tengo, Señor mío,

y los diez he gastado en el desierto,

y si viviera un siglo, un siglo fío

que lo mismo ha de ser: esto os advierto.

Si esto cumplo, Señor, con fuerza y brío,

¿qué fin he de tener? Lágrimas vierto.

Respondedme, Señor; Señor eterno,

¿he de ir a vuestro Cielo, o al Infierno?

ESCENA IV

(Aparece el Demonio en lo alto de una peña.)

Demonio.

Diez años ha que persigo

a este monje en el desierto,

recordándole memorias

y pasados pensamientos;

siempre le he hallado firme,

como un gran peñasco opuesto.

Hoy duda en su fe, que es duda

de la fe lo que hoy ha hecho,

porque es la fe en el cristiano

que sirviendo a Dios y haciendo

buenas obras, ha de ir

a gozar de Él en muriendo.

Este, aunque ha sido tan santo,

duda de la fe, pues vemos

que quiere del mismo Dios,

estando en duda, saberlo.

En la soberbia también

ha pecado: caso es cierto.

Nadie como yo lo sabe,

pues por soberbio padezco.

Y con la desconfianza

le ha ofendido, pues es cierto

que desconfía de Dios

el que a su fe no da crédito.

Un sueño la causa ha sido;

y el anteponer un sueño

a la fe de Dios, ¿quién duda

que es pecado manifiesto?

Y así me ha dado licencia

el Juez más supremo y recto

para que con más engaños

le incite agora de nuevo.

Sepa resistir valiente

los combates que le ofrezco,

pues supo desconfiar

y ser, como yo, soberbio.

···············

De ángel tomaré la forma,

y responderé a su intento

cosas que le han de costar

su condenación, si puedo.

(Quítase el Demonio la túnica y queda de ángel.)

Paulo.

¡Dios mío! Aquesto os suplico.

¿Salvaréme, Dios inmenso?

¿Iré a gozar vuestra gloria?

Que me respondáis espero.

Demonio.

Dios, Paulo, te ha escuchado,

y tus lágrimas ha visto.

Paulo.

¡Qué mal el temor resisto! (Aparte.)

Ciego en mirarlo he quedado.

Demonio.

Me ha mandado que te saque

de esa ciega confusión,

porque esa vana ilusión

de tu contrario se aplaque.

Ve a Nápoles, y a la puerta

que llaman allá del Mar,

que es por donde tú has de entrar

a ver tu ventura cierta

o tu desdicha, verás

cerca de allá (estáme atento)

un hombre...

Paulo.

¡Qué gran contento

con tus razones me das!

Demonio.

...que Enrico tiene por nombre,

hijo del noble Anareto.

Conocerásle, en efeto,

por señas que es gentilhombre,

alto de cuerpo y gallardo.

No quiero decirte más,

porque apenas llegarás

cuando le veas.

Paulo.

Aguardo

lo que le he de preguntar

cuando le llegare a ver.

Demonio.

Sólo una cosa has de hacer.

Paulo.

¿Qué he de hacer?

Demonio.

Verle y callar,

contemplando sus acciones,

sus obras y sus palabras.

Paulo.

En mi pecho ciego labras

quimeras y confusiones.

¿Sólo eso tengo de hacer?

Demonio.

Dios que en él repares quiere,

porque el fin que aquél tuviere

ese fin has de tener. (Desaparece.)

Paulo.

¡Oh misterio soberano!

¿Quién este Enrico será?

Por verle me muero ya.

¡Qué contento estoy! ¡qué ufano!

ESCENAS V a X

[Paulo, acompañado de Pedrisco, se dispone a ir a Nápoles. El Demonio ha logrado su plan, pues ha infundido la duda en el espíritu del ermitaño.]

Demonio.

Bien mi engaño va trazado.

Hoy verá el desconfiado

de Dios y de su poder

el fin que viene a tener,

pues él propio lo ha buscado.

ESCENAS XI y XII

[Paulo y Pedrisco llegan a la Puerta del Mar, en Nápoles, sitio designado por el Demonio para que conozcan a Enrico.]

Pedrisco.

Maravillado estoy de tal suceso.

Paulo.

Secretos son de Dios.

Pedrisco.

¿De modo, padre,

que el fin que ha de tener aqueste Enrico,

ha de tener también?

Paulo.

Faltar no puede

la palabra de Dios: el ángel suyo

me dijo que si Enrico se condena,

me he de condenar; y si él se salva,

también me he de salvar.

Pedrisco.

Sin duda, padre,

que es un santo varón aqueste Enrico.

Paulo.

Eso mismo imagino.

Pedrisco.

Esta es la puerta

que llaman de la Mar.

Paulo.

Aquí me manda

el ángel que le aguarde.

(Aparece Enrico con sus compañeros.)

Roldán.

Deteneos, Enrico.

Enrico.

Al mar he de arrojalle, vive el cielo.

Paulo.

A Enrico oí nombrar.

Enrico.

¿Gente mendiga

ha de haber en el mundo?

Cherinos.

Deteneos.

Enrico.

Podrásme detener en arrojándole.

Celia.

¿Dónde vas? Detente.

Enrico.

No hay remedio:

harta merced te hago, pues te saco

de tan grande miseria.

Roldán.

¡Qué habéis hecho!

(Salen todos.)

Enrico.

Llegóme a pedir un pobre una limosna;

dolióme el verle con tan gran miseria;

y por que no llegase a avergonzarse

otro desde hoy, cogíle en brazos

y le arrojé en el mar.

Paulo.

¡Delito inmenso!

Enrico.

Ya no será más pobre, según pienso.

Pedrisco.

¡Algún diablo limosna te pidiera!

Celia.

¡Siempre has de ser cruel!

Enrico.

No me repliques,

que haré contigo y los demás lo mismo.

Escalant.

Dejemos eso agora, por tu vida.

Sentémonos los dos, Enrico amigo.

Paulo

(a Pedrisco).

A éste han llamado Enrico.

Pedrisco.

Será otro.

¿Querías tú que fuese este mal hombre,

que en vida está ya ardiendo en los infiernos?

Aguardemos a ver en lo que para.

Enrico.

Pues siéntense voarcedes, porque quiero

haya conversación.

Escalant.

Muy bien ha dicho.

Enrico.

Siéntese Celia aquí.

Celia.

Ya estoy sentada.

Escalant.

Tú, conmigo, Lidora.

Lidora.

Lo mismo digo yo, seor Escalante.

Cherinos.

Siéntese aquí, Roldán.

Roldán.

Ya voy, Cherinos

Pedrisco.

¡Mire qué buenas almas, padre mío!

Lléguese más, verá de lo que tratan.

Paulo.

¡Que no viene mi Enrico!

Pedrisco.

Mire y calle,

que somos pobres, y este desalmado

no nos eche en la mar.

Enrico.

Agora quiero

que cuente cada uno de vuarcedes

las hazañas que ha hecho en esta vida.

Quiero decir... hazañas... latrocinios,

cuchilladas, heridas, robos, muertes,

salteamientos y cosas de este modo.

Escalant.

Muy bien ha dicho Enrico.

Enrico.

Y al que hubiere

hecho mayores males, al momento

una corona de laurel le pongan,

cantándole alabanzas y motetes.

Escalant.

Soy contento.

Enrico.

Comience, seo Escalante.

Paulo.

¡Que esto sufre el Señor!

Pedrisco.

Nada le espante.

Escalant.

Yo digo ansí.

Pedrisco.

¡Qué alegre y satisfecho!

Escalant.

Veinticinco pobretes tengo muertos,

seis casas he escalado, y treinta heridas

he dado con la chica.

Pedrisco.

¡Quién te viera

hacer en una horca cabriolas!

Enrico.

Diga, Cherinos.

Pedrisco.

¡Qué ruin nombre tiene!

¡Cherinos! Cosa poca.

De capas que he quitado en esta vida
y he vendido a un ropero, está ya rico.

Cherinos.

Yo comienzo:

No he muerto a ningún hombre; pero he dado

más de cien puñaladas.

Enrico.

¿Y ninguna

fué mortal?

Cherinos.

Amparóles la fortuna.

De capas que he quitado en esta vida

y he vendido a un ropero, está ya rico.

Enrico.

¿Véndelas él?

Cherinos.

¿Pues no?

Enrico.

¿No las conocen?

Cherinos.

Por quitarse de aquestas ocasiones

las convierte en ropillas y calzones.

Enrico.

¿Habéis hecho otra cosa?

Cherinos.

No me acuerdo.

Pedrisco.

¿Mas que le absuelve ahora el ladronazo?

Celia.

Y tú, ¿qué has hecho, Enrico?

Enrico.

Oigan voarcedes.

Escalant.

Nadie cuente mentiras.

Enrico.

Yo soy hombre

que en mi vida las dije.

Galván.

Tal se entiende.

Pedrisco.

¿No escucha, padre mío, estas razones?

Paulo.

Estoy mirando a ver si viene Enrico.

Enrico.

Haya, pues, atención.

Celia.

Nadie te impide.

Pedrisco.

¡Miren a qué sermón atención pide!

Enrico.

Yo nací mal inclinado,

como se ve en los efectos

del discurso de mi vida

que referiros pretendo.

Con regalos me crié

en Nápoles, que ya pienso

que conocéis a mi padre,

que aunque no fué caballero

ni de sangre generosa,

era muy rico, y yo entiendo

que es la mayor calidad

el tener, en este tiempo.

···············

Hurtaba a mi viejo padre,

arcas y cofres abriendo,

los vestidos que tenía,

las joyas y los dineros.

Jugaba, y digo jugaba

para que sepáis con esto

que de cuantos vicios hay

es el primer padre el juego.

Quedé pobre y sin hacienda,

y yo —me he enseñado a hacerlo—,

di en robar de casa en casa

cosas de pequeño precio.

Iba a jugar, y perdía;

mis vicios iban creciendo.

Di luego en acompañarme

con otros del arte mesmo:

escalamos siete casas,

dimos la muerte a sus dueños;

lo robado repartimos

para dar caudal al juego.

De cinco que éramos todos,

sólo los cuatro prendieron,

y nadie me descubrió,

aunque les dieron tormento.

Pagaron en una plaza

su delito, y yo con esto,

de escarmentado, acogíme

a hacer a solas mis hechos.

···············

A treinta desventurados

yo solo y aqueste acero,

que es de la muerte ministro,

del mundo sacado habemos:

los diez, muertos por mi gusto,

y los veinte me salieron,

uno con otro, a doblón.

Diréis que es pequeño precio:

es verdad; mas, voto a Dios,

que en faltándome el dinero,

que mate por un doblón

a cuantos me están oyendo.

···············

No respeto a religiosos:

de sus iglesias y templos

seis cálices he robado

y diversos ornamentos

que sus altares adornan.

Ni a la justicia respeto:

mil veces me he resistido

y a sus ministros he muerto;

tanto, que para prenderme

no tienen ya atrevimiento.

Y, finalmente, yo estoy

preso por los ojos bellos

de Celia, que está presente:

todos la tienen respeto

por mí, que la adoro; y cuando

sé que la sobran dineros,

con lo que me da, aunque poco,

mi viejo padre sustento,

que ya le conoceréis

por el nombre de Anareto.

Cinco años ha que tullido

en una cama le tengo,

y tengo piedad con él

por estar pobre el buen viejo;

y como soy causa al fin

de ponelle en tal extremo,

por jugarle yo su hacienda

el tiempo que fuí mancebo.

Todo es verdad lo que he dicho,

voto a Dios, y que no miento.

Juzgad ahora vosotros

cuál merece mayor premio.

Pedrisco.

Cierto, padre de mi vida,

que con servicios tan buenos,

que puede ir a pretender

éste a la corte.

Escalant.

Confieso

que tú el lauro has merecido.

Roldán.

Y yo confieso lo mesmo.

Cherinos.

Todos lo mesmo decimos.

Celia.

El laurel darte pretendo.

Enrico.

Vivas, Celia, muchos años.

Celia.

Toma, mi bien; y con esto,

pues que la merienda aguarda,

nos vamos.

Galván.

Muy bien has hecho.

Celia.

Digan todos: “¡Viva Enrico!”

Todos.

¡Viva el hijo de Anareto!

Enrico.

Al punto todos nos vamos

a holgarnos y entretenernos.

(Vanse.)

ESCENA XIII

Paulo.

Salid, lágrimas; salid,

salid apriesa del pecho,

no lo dejéis de vergüenza.

¡Qué lastimoso suceso!

Pedrisco.

¿Qué tiene, padre?

Paulo.

¡Ay, hermano!

Penas y desdichas tengo.

Este mal hombre que he visto

es Enrico.

Pedrisco.

¿Cómo es eso?

Paulo.

Las señas que me dió el ángel

son suyas.

Pedrisco.

¿Es eso cierto?

Paulo.

Sí, hermano, porque me dijo

que era hijo de Anareto,

y aquéste también lo ha dicho.

Pedrisco.

Pues aquéste ya está ardiendo

en los infiernos.

Paulo.

Eso sólo es lo que temo.

El ángel de Dios me dijo

que si éste se va al Infierno,

que al Infierno tengo de ir,

y al Cielo, si éste va al Cielo.

Pues al Cielo, hermano mío,

¿cómo ha de ir éste, si vemos

tantas maldades en él,

tantos robos manifiestos,

crueldades y latrocinios

y tan viles pensamientos?

Pedrisco.

En eso, ¿quién pone duda?

Tan cierto se irá al infierno

como el despensero Judas.

Paulo.

¡Gran Señor! ¡Señor eterno!

¿Por qué me habéis castigado

con castigo tan inmenso?

Diez años y más, Señor,

ha que vivo en el desierto

comiendo hierbas amargas,

salobres aguas bebiendo,

sólo porque Vos, Señor,

Juez piadoso, sabio, recto,

perdonarais mis pecados.

¡Cuán diferente lo veo!

Al Infierno tengo de ir.

¡Ya me parece que siento

que aquellas voraces llamas

van abrasando mi cuerpo!

¡Ay! ¡Qué rigor!

Pedrisco.

Ten paciencia.

Paulo.

¿Qué paciencia o sufrimiento

ha de tener el que sabe

que se ha de ir a los Infiernos?

¡Al Infierno!, centro obscuro,

donde ha de ser el tormento

eterno y ha de durar

lo que Dios durare. ¡Ah, Cielo!

¡Que nunca se ha de acabar!

¡Que siempre han de estar ardiendo

las almas! ¡Siempre! ¡Ay de mí!

Pedrisco.

Sólo oírle me da miedo.

Padre, volvamos al monte.

Paulo.

Que allá volvamos pretendo;

pero no a hacer penitencia,

pues que ya no es de provecho.

Dios me dijo que si aquéste

se iba al Cielo, me iría al Cielo,

y al profundo, si al profundo.

Pues es ansí, seguir quiero

su misma vida; perdone

Dios aqueste atrevimiento:

si su fin he de tener,

tenga su vida y sus hechos;

que no es bien que yo en el mundo

esté penitencia haciendo,

y que él viva en la ciudad

con gustos y con contentos,

y que a la muerte tengamos

un fin.

Pedrisco.

Es discreto acuerdo.

Bien has dicho, padre mío.

Paulo.

En el monte hay bandoleros:

bandolero quiero ser,

porque así igualar pretendo

mi vida con la de Enrico,

pues un mismo fin tenemos.

Tan malo tengo de ser

como él, y peor si puedo;

que pues ya los dos estamos

condenados al Infierno,

bien es que antes de ir allá

en el mundo nos venguemos.