JORNADA SEGUNDA
ESCENA I
Don Juan, Ismael.
Don Juan.
De reinar tengo esperanza
con traidora o fiel acción;
mas no juzgo por traición
lo que una corona alcanza.
Reine yo, Ismael, por ti,
y venga lo que viniere.
Ismael.
Si el niño Fernando muere,
cuya vida estriba en mí,
no hay quien te haga competencia.
Don Juan.
De viruelas malo está;
fácil de cumplir será
mi deseo, si a tu ciencia
juntas el mucho provecho
que de hacer lo que te pido
se te sigue.
Ismael.
Agradecido
a tu real y noble pecho
quiero ser, porque esperanza
tengo que en viéndote rey,
has de amparar nuestra ley.
Hebreo soy; la venganza
de Vespasiano y de Tito,
que asoló a Jerusalén,
y el templo santo también,
causando oprobio infinito
a toda nuestra nación,
nos hace andar desterrados,
de todos menospreciados,
siendo burla e irrisión
del mundo, que desvarío
quiere que mi ley se llame,
sin que haya quien por infame
no tenga el nombre judío.
Mas si palabra me das,
en viéndote rey, de hacer
mi nación ennoblecer,
y que podamos de hoy más
tener cargos generosos,
entrar en ayuntamientos,
comprar varas, regimientos,
y otros títulos honrosos,
quitándole al Rey la vida
te pondrás la corona hoy.
Su protomédico soy;
muerte llevo escondida
en este término breve;
(Saca un vaso de plata.)
con que si te satisfago,
diré que el Rey en un trago
su reino y muerte se bebe.
A un sueño mortal provoca,
donde con facilidad,
de la sombra a la verdad,
y al corazón de la boca
viendo el veneno correr,
llamar de la muerte puedes
los médicos Ganimedes,
pues que la dan a beber.
···············
ESCENA II
Ismael.
Ismael.
Pues honra y provecho gano
en matar a un niño Rey,
y estima tanto mi ley
a quien da muerte a un cristiano,
¿qué dudo que no ejecuto
del infame la esperanza,
de mi nación la venganza
y destos reinos el luto?
···············
El niño Rey está aquí;
que beba su muerte trato.
(Al querer entrar en el aposento del Rey repara en el retrato de la Reina, que está sobre la puerta.)
Mas ¡cielos! ¿no es el retrato
éste de su madre? Sí.
No sin causa me acobarda
la traición que juzgo incierta,
pues puso el Rey a su puerta
su misma madre por guarda.
¡Vive Dios que estoy temblando
de miralla, aunque pintada!
¿No parece que enojada
muda me está amenazando?
¿No parece que en los ojos
forja rayos enemigos,
que amenazan mis castigos
y autorizan sus enojos?
No me miréis, Reina, airada.
Si don Juan, que es vuestro primo,
y en quien estriba el arrimo
del Rey, prenda vuestra amada,
es contra su mismo Rey,
¿qué mucho que yo lo sea,
viniendo de sangre hebrea
y profesando otra ley?
No es mi traición tan culpada:
tened la ira vengativa.
¡Qué hiciérades a estar viva
pues que me asombráis pintada!
Mas ¿para qué doy lugar
a cobardes desvaríos?
Ea, recelos judíos,
pues es mi oficio matar,
muera el Rey, y hágase cierta
la dicha que me animó...
(Al querer entrar, cae el retrato, y tápale la puerta.)
Pero el retrato cayó,
y me ha cerrado la puerta.
Dichoso el vulgo ha llamado
al judío, Reina hermosa;
mas no hay más infeliz cosa
que un judío desdichado.
Y pues tanto yo lo he sido,
riesgo corro manifiesto
si no huyo de aquí...
(Quiere huír por la otra puerta, sale la Reina, detiénele, y él se turba.)
ESCENA III
Reina.
¿Qué es esto?
¿De qué estáis descolorido?
Volved acá. ¿Adónde vais?
¿De qué es el desasosiego?
Ismael.
Volveré, señora, luego.
Reina.
Esperad. ¿De qué os turbáis?
Ismael.
¿Yo turbarme?
Reina.
No es por bueno.
¿Qué lleváis en ese vaso?
Ismael.
¿Quién? ¿Yo?
Reina.
Detened el paso.
Ismael.
Quien dijere que es veneno,
y que al Rey nuestro señor
no soy leal...
Reina.
¿Cómo es eso?
Ismael.
Que estoy turbado confieso,
pero no que soy traidor.
Reina.
Pues aquí ¿quién os acusa?
Ismael.
(Ap.) Mi misma traición será.
Reina.
Culpado, Ismael, está
quien sin ocasión se excusa.
Ismael.
El Infante es el ingrato,
que yo no le satisfice;
y si el retrato lo dice,
engañaráse el retrato.
Que aunque el paso me cerró,
cuando a purgar al Rey vengo,
yo, Reina, ¿qué culpa tengo,
si el retrato se cayó?
Don Juan, el infante, sí,
que con aquesta bebida
me manda quitar la vida
al tierno Rey que ofendí...
Digo, que ofendió el Infante.
Reina.
En fin, vuestra turbación
confesó vuestra traición;
no paséis más adelante.
¿Es la purga de Fernando
esa?
Ismael.
Gran señora, sí;
y si he de decir aquí
la verdad... ¿Qué estoy dudando...?
El deseo de reinar
con don Juan tanto ha podido,
que ciego me ha persuadido
que llegue la muerte a dar
al niño Rey; y el temor
de que no me castigase
me obligó que le jurase
ser a su Alteza traidor.
Afirméle que este vaso
iba con la purga lleno
de un instantáneo veneno;
pero no haga dello caso
Vuestra Alteza, que es mentira
con que pretendí engañalle
no más que por sosegalle
y dar lugar a la ira.
Y pues del título infame
me he librado de traidor,
juzgo agora por mejor
que la purga se derrame;
que otra medicina habrá
que le haga al Rey más al caso.
(Quiere derramarla y detiénele la Reina.)
Reina.
Tened la mano y el vaso;
que pues mi Fernando está
para purgarse dispuesto,
no es bien perder la ocasión
por una falsa opinión
que en mala fama os ha puesto.
Conozco vuestra virtud;
médico habéis siempre sido
sabio, fiel y agradecido.
Asegurad la salud
del Rey y vuestra inocencia
haciendo la salva agora
a esa purga.
Ismael.
Gran señora,
no estoy, con vuestra licencia,
dispuesto a purgarme yo,
ni tengo la enfermedad
del rey Fernando y su edad.
Reina.
¿Que no estáis enfermo?
Ismael.
No.
Reina.
No importa; vuestra virtud
desmienta agora este agravio:
en salud se sangra el sabio;
purgaréisos en salud.
Tiene muy malos humores
el reino desconcertado,
y por remedio he tomado
el purgalle de traidores:
a vos no puede dañaros.
Ismael.
Es muy recia, y no osaré
tomarla, señora, en pie.
Reina.
Pues buen remedio, asentaros.
Ismael.
A vuestros pies me derribo;
no permitáis tal rigor.
Reina.
Bebedla; que haré, dotor,
atenacearos vivo.
El infante don Juan es
noble, leal y cristiano,
sin resabios de tirano,
sin sospechas de interés.
De la nación más rüin
vos, que el sol mira y calienta;
del mundo oprobio y afrenta,
infame judío, en fin:
¿Cuál mentirá de los dos?
¿O cómo creeré que hay ley
para no matar su Rey
en quien dió muerte a su Dios?
···············
Bebed: ¿qué esperáis?
Ismael.
Señora,
si el confesar mi traición
no basta a alcanzar perdón,
baste el ser vos...
Reina.
Bebé agora,
o escoged salir mañana
desnudo y a un carro atado
a vista del vulgo airado
y vuestra nación tirana,
por las calles y las plazas,
dando a la venganza temas,
y vuestras carnes blasfemas
al fuego y a las tenazas.
(El hebreo, ante la amenaza de la Reina, bebe. Vase por la puerta del fondo, y cae muerto dentro.)
ESCENA IV
Reina.
¡Vos lleváis buena esperanza!
Su bárbara muerte es cierta.
Quiero cerrar esta puerta;
que el ocultar mi venganza
ha de importar por agora.
¡Ay, hijo del alma mía!
Aunque mataros porfía
quien no como yo os adora,
el cielo os está amparando;
mas pues sois ángel de Dios,
sed ángel de guarda vos
de vos mismo, mi Fernando.
ESCENAS V a VIII
[Los Estados vecinos se aprovechan de los continuos disturbios de Castilla, promovidos por los Infantes. Los árabes atacan Jaén; el Rey de Aragón pone sitio a Soria, y en Extremadura se teme a los portugueses. Para sostener los ejércitos fronterizos la Reina se ve obligada a vender su patrimonio y sus joyas, y cuando llega una situación apurada empeña sus tocas a un mercader segoviano antes de imponer nuevos pechos a los vasallos.]
ESCENA IX
Don Juan.
(Ap.) Alegre espero
del Rey la agradable muerte.
¿Si habrá el veneno mortal
asegurado mi suerte?
¡Oh corona! ¡Oh trono real!
¿Cuándo tengo de poseerte?
Reina.
Primo.
Don Juan.
Señora.
Reina.
Bien sé
que desde que os redujisteis
a vuestro Rey, y volvisteis
por vuestra lealtad y fe,
a saber que algún rico hombre
a su corona aspirara,
y darle muerte intentara
a costa de un traidor nombre,
que pusiérades por él
vida y hacienda.
Don Juan.
Es ansí.
(¿Si dice aquesto por mí?) (Ap.)
Creed de mi pecho fiel,
gran señora, que prefiero
la vida, el ser y el honor
por el Rey nuestro señor.
Pero el propósito espero
a que me habléis desa suerte.
Reina.
Solos estamos los dos:
fiarme quiero de vos.
Don Juan.
(Ap.) Angustias siento de muerte.
Reina.
Sabed que un grande, y tan grande
como vos... —¿De qué os turbáis?
Don Juan.
Témome que ocasionáis
que algún traidor se desmande
contra mí, y descomponerme
con vuestra Alteza procure.
Reina.
No hay contra vos quien murmure,
que el leal seguro duerme.
Digo, pues, que un grande intenta
(y por su honra el nombre callo)
subir a Rey de vasallo,
y sus culpas acrecienta.
Quisiérale reducir
por algún medio discreto,
y porque tendréis secreto,
con vos le intento escribir;
que por querelle bien vos
mejor le reduciréis.
Don Juan.
¿Yo bien?
Reina.
Tan bien le queréis
como a vos mismo.
Don Juan.
Por Dios
que el corazón me sacara
a mí mismo, si supiera
que en él tal traición cupiera.
Reina.
Eso, primo, es cosa clara;
que a no teneros por tal,
no os descubriera su pecho.
El mío está satisfecho
de si sois o no leal.
Aquí hay recado: escribid.
Don Juan.
(Ap.) ¿Qué enigmas, cielos, son éstas?
¡Ay, reino, lo que me cuestas!
Reina.
Tomad la pluma.
Don Juan.
Decid.
Reina.
Infante...
Don Juan.
Señora...
Reina.
Digo
que así, Infante, escribáis.
Don Juan.
Si por Infante empezáis,
claro está que habláis conmigo,
pues si don Enrique no,
no hay en Castilla otro infante.
Algún privado arrogante
mi nobleza desdoró;
y mentirá el desleal
que me impute tal traición.
Reina.
¿No hay Infantes de Aragón,
de Navarra y Portugal?
¿De qué escribiros servía
estando juntos los dos?
Haced más caso de vos.
Don Juan.
(Ap.) ¡Qué traidor no desconfía!
(Paseándose la Reina, va dictando, y don Juan escribe.)
Reina.
Infante: como un rey tiene
dos ángeles en su guarda,
poco en saber quién es tarda
el que a hacelle traición viene.
Vuestra ambición se refrene;
que se acabará algún día
la noble paciencia mía,
y os cortará mi aspereza
esperanzas y cabeza...
La reina doña María.
Leedme agora el papel,
que no es de importancia poca,
y por la parte que os toca
advertid, Infante, en él.
(Léele don Juan.)
Cerralde y dalde después.
Don Juan.
¿A quién? Que sabello intento.
Reina.
El que está en ese aposento
os dirá para quién es. (Vase.)
ESCENA X
Don Juan.
“¡El que está en ese aposento
os dirá para quién es!”
Misterios me habla, después
que matar al Rey intento.
¡Escribe el papel conmigo,
y remite a otro el decirme
para quién es! Prevenirme
intenta con el castigo.
¿Si hay aquí gente cerrada,
para matarme en secreto?
Ea, temor indiscreto,
averiguad con la espada
la verdad desta sospecha.
(Saca la espada, abre la puerta del fondo y descubre al judío muerto con el vaso en la mano.)
¡Al cielo! Mi daño es cierto:
el doctor está aquí muerto
y la esperanza deshecha
que en su veneno estribó.
Todo la Reina lo sabe,
que en un vil pecho no cabe
el secreto. Él le contó
la determinación loca
de mi intento depravado.
El veneno que ha quedado
he de aplicar a la boca. (Toma el vaso.)
Pagaré ansí mi delito,
pues que colijo de aquí
que sois, papel, para mí,
siendo un muerto el sobrescrito.
Si deste vano interés
duda vuestro pensamiento,
“El que está en este aposento
os dirá para quién es.”
Mudo dice que yo soy;
muerto está por desleal;
¡quien fué en la traición igual,
séalo en la muerte hoy!
Que por no ver la presencia
de quien ofendí otra vez,
a un tiempo verdugo y juez
he de ser de mi sentencia.
(Quiere beber; sale la Reina y quítale el vaso.)
ESCENA XI
Reina.
Primo, Infante, ¿estáis en vos?
Tened la bárbara mano.
¿Vos sois noble? ¿Vos cristiano?
Don Juan, ¿vos teméis a Dios?
¿Qué frenesí, qué locura
os mueve a desesperaros?
Don Juan.
Si no hay para aseguraros
satisfacción más segura
si no es con que muerto quede,
quiero ponerlo por obra,
que quien mala fama cobra
tarde restauralla puede.
Reina.
Vos no la perdéis conmigo;
ni aunque desleal os llame
un hebreo vil e infame,
que no vale por testigo,
¿le he de dar crédito yo?
Él fué quien dar muerte quiso
al Rey. Tuve dello aviso,
y aunque la culpa os echó,
ni sus engaños creí,
ni a vos, don Juan, noble primo,
menos que antes os estimo.
El papel que os escribí
es para daros noticia
de que en cualquier yerro o falta
ve mucho, por ser tan alta,
la vara de la justicia;
y lo que su honra daña
quien fieles amigos deja,
con traidores se aconseja,
y a rüines acompaña.
De la amistad de un judío
¿qué podía resultaros,
si no es, Infante, imputaros
tal traición, tal desvarío?
Escarmentad, primo, en él,
mientras que seguro os dejo;
y si estimáis mi consejo,
guardad mucho ese papel,
porque contra la ambición
sirva, si acaso os inquieta:
a la lealtad de receta,
de epítima al corazón;
que siendo contra el honor
la traición mortal veneno,
no hay antídoto tan bueno,
Infante, como el temor.
Don Juan.
No tengo lengua, señora,
para ensalzar al presente
la prudencia que en vos...
Reina.
Gente
viene; dejad eso agora.
ESCENAS XII a XVII
[El infante don Juan prepara una nueva traición. Dice a varios caballeros que la Reina y don Juan Caravajal quieren casarse proclamándose reyes de Castilla, y que han sobornado a un médico judío para que envenene al niño Rey, pero el Infante llegó a tiempo de evitar tan horrible crimen y castigó al médico con la muerte. En la habitación inmediata les muestra el cadáver del judío. Como los caballeros no dan crédito a las palabras del Infante, él les invita a que vayan aquella noche a cenar a su quinta donde les dará testimonios indudables de los propósitos de la Reina y de Caravajal.]
[El mayordomo se presenta a la Reina para decirle que, agotado por completo el tesoro real y su crédito, por la noche no se podrá cenar en Palacio.]
Reina.
Los monteros
de Espinosa, mis guardas, con secreto
me prevenid, don Juan, y caballeros
parientes vuestros: yo os diré a qué efeto.
Don Al.
No quiero saber más que obedeceros.
Reina.
La pena refrenad, que yo os prometo
que esta noche, Melendo, a costa ajena
habemos de tener una real cena.
ESCENA XVIII
Don Juan, don Diego, don Nuño, don Álvaro.
Sala en la quinta del infante don Juan.
Don Juan.
Mientras que se hace hora
de cenar, entretengamos
el tiempo.
Don Nuño.
Dados jugamos.
Don Juan.
Dejad los dados agora,
que tienen muchos azares.
Don Diego.
No es pequeño el que sospecho
que ha de alborotar mi pecho
don Juan, mientras no repares
de la Reina la opinión,
que corre riesgo por ti.
Don Juan.
Que al reino he librado di,
don Diego, de una traición.
Don Diego.
Más difícil de creer
se me hace, cuanto más
lo pienso.
Don Juan.
¡Terrible estás,
don Diego! Si te hago ver
hacer la Reina favores
a don Juan Caravajal,
y en correspondencia igual
que él la está diciendo amores,
¿crêráslo?
Don Diego.
Crêré que miente
la vista; pero en tal caso
los celos en que me abraso,
si ven tal traición presente,
y de Castilla el decoro
me obligará a que os incite
que el gobierno se le quite,
y en el alcázar de Toro
esté presa.
Don Juan.
¿A quién podremos
nombrar por gobernador,
y del niño Rey tutor?
Don Nuño.
Si a vos, don Juan, os tenemos,
¿qué hay que preguntar a quién?
Don Juan.
Yo soy muy poco ambicioso.
Don Diego.
Don Enrique es poderoso,
y tendrá ese cargo bien.
Don Juan.
Don Enrique ha pretendido
ser rey, y si en su poder
está el reino, ha de querer
lo que hasta aquí no ha podido.
D. Álvaro.
Serálo don Diego, pues,
que nadie en España ignora
quién es.
Don Juan.
Dejemos agora
aquesto para después;
que cuando por elección
el reino en Cortes me elija,
será fuerza que le rija,
y tuerza mi inclinación.
Don Diego.
(Ap.) Este es traidor, vive el cielo,
y por verse rey levanta
a la Reina, cuerda y santa,
el insulto que recelo.
Aunque la vida me cueste,
lo tengo hoy de averiguar.
Don Juan.
Caballeros, a cenar. (Tocan a rebato.)
Pero ¿qué alboroto es éste?
ESCENA XIX
El Criado.—Dichos.
Criado.
La Reina y toda su guarda
la casa nos han cercado.
Daos a prisión, caballeros.
Don Juan.
(Ap.) ¡Qué mucho si tiene al lado
los dos ángeles de guarda
que dijo, que la dan cuenta
de aquesta nueva traición!
¿Cómo esperáis, corazón,
sin matarme, tal afrenta?
ESCENA XX
Don Alonso, don Melendo, soldados.—Dichos; después la Reina.
D. Alonso.
Daos a prisión, caballeros;
las espadas de las cintas
quitad.
(Quítanselas y sale la Reina, armada.)
Reina.
No se hacen las quintas
si no es para entreteneros,
ni es bien que yo guarde fueros
a quien no guarda a mi honor
el respeto que el valor
de un vasallo a su Rey debe,
y a dar crédito se atreve
ligeramente a un traidor.
···············
Si la vida que os he dado
dos veces (que no debiera),
apetecéis la tercera,
Infante inconsiderado,
decid, pues estáis atado
al potro de la verdad,
quién fué el que con deslealtad
quiso dar veneno al Rey,
haciendo a un hebreo sin ley
ministro de tal maldad.
Don Juan.
Señora...
Reina.
No moriréis,
como la verdad digáis.
Don Juan.
Si piadosa me animáis,
severa temblar me hacéis.
Muerte es justo que me deis,
y cesará la ambición
de una loca inclinación
que a su lealtad rompió el freno,
y con el mortal veneno
ha mezclado esta traición.
Yo al médico persuadí
que al Rey mi señor matase,
porque en su silla gozase
el reino que apetecí.
Después que muerto le vi,
por vos forzado a beber
el veneno, hice creer
a todos, en vuestra mengua,
cosas que no osa la lengua
memoria dellas hacer.
Reina.
En la Mota de Medina
Estaréis, Infante, preso
hasta que os vuelva a dar seso
el furor que os desatina.
Don Juan.
Quien a ser traidor se inclina,
tarde volverá en su acuerdo.
La libertad y honra pierdo
por mi ambicioso interés:
callar y sufrir, pues es
por la pena el loco, cuerdo. (Llévanle.)
Don Nuño.
Nadie, gran señora, ha dado
fe en vuestra ofensa al Infante.
Reina.
Noticia tengo bastante
de quién es o no culpado.
Dos ángeles traigo al lado,
y el cielo a Fernando ayuda,
que ingratos intentos muda.
···············
[La Reina obliga a todos los caballeros presentes a que le devuelvan las rentas que tienen usurpadas al tesoro real.]