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Tirso de Molina

Chapter 50: ESCENA VI
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About This Book

La obra presenta a Paulo, un ermitaño cuya visión de un tribunal divino y la experiencia de una condena onírica siembran en él una paralizante duda sobre su salvación. Un demonio, tomando apariencia angélica, explota esa desconfianza e impulsa al ermitaño a viajar a Nápoles para observar la vida de otro hombre, cuya suerte habrá de reflejar la suya. A lo largo de jornadas y escenas se enfrentan la penitencia, la tentación y la soberbia, con apariciones sobrenaturales y pruebas morales que examinan la fe, la conciencia y las consecuencias de anteponer visiones personales a la confianza en lo divino.

JORNADA TERCERA

ESCENAS I a IV

[Fernando IV llega a edad de reinar sin tutela. Su madre le da prudentes consejos para el gobierno y se retira a la villa de Becerril.
Don Nuño, don Álvaro y el infante don Enrique se captan la privanza del joven monarca, el cual trata con algún desdén a Benavides y a los hermanos Caravajales.]

ESCENA V

El Rey, don Enrique, don Nuño y don Álvaro, en traje de caza; acompañamiento, retirado.

(Claro en los montes de Toledo.)

Rey.

¡Fértiles montes!

D. Álvar.

Notables.

Don Enr.

Afirmarte dellos puedo

que, aunque ásperos y intratables,

son los montes de Toledo

más fecundos y admirables

que los de África, alabados

de Plinio por milagrosos.

···············

Rey.

De más estima es la caza

que tienen, a que me inclino.

Don Enr.

La que esta comarca abraza

es tanta, que hasta el camino

muchas veces embaraza.

Rey.

No pienso salir tan presto,

Infante, de su aspereza.

Don Enr.

Este ejercicio es honesto,

y propio de la grandeza

de un rey.

Rey.

Escuchad: ¿qué es esto?

ESCENA VI

(Don Juan, de labrador.—Dichos.)

Don Juan.

Ínclito y famoso Rey,

felice por ser Fernando,

en el valor el primero,

aunque en sucesión el cuarto;

si la justicia y prudencia

que mostró en sus tiernos años

Salomón, le ganó nombre

eternamente de sabio,

y a las puertas del gobierno

sobre el trono estáis sentado

de España, cuando Castilla

os pone el cetro en la mano,

imitad a Salomón,

y entrad deshaciendo agravios,

porque al principio os respeten

y adoren vuestros vasallos.

···············

La reina doña María,

mujer de don Sancho el Bravo,

Jezabel contra inocentes,

Athalía entre tiranos,

por vivir a rienda suelta

en tan ilícitos tratos,

que para que no os ofendan,

los publico con callarlos,

intentando libre y torpe

casarse con un vasallo,

y dándôs la muerte niño,

estos reinos usurparos;

de mi lealtad temerosa,

porque me dió mi cuidado

noticia de sus intentos

(que dan voces los pecados),

viendo oponerme leal,

con armas y con vasallos,

a sus mortales deseos,

quitado me ha mis Estados,

y en la Mota de Medina

ha, invicto señor, diez años

que preso por inocente,

lloro desdichas y agravios.

Supe, gracias a los cielos,

que vuelto el siglo dorado,

el gobierno de Castilla

resucita en vuestra mano,

y que esta Athalía cruel

se ha recogido, llevando

los esquilmos de estos reinos,

por su ambición disfrutados,

y fiando en mi inocencia,

y en la lealtad de un criado,

hechas las sábanas tiras,

del homenaje más alto

descolgándome una noche,

como me veis disfrazado,

entre estos montes desiertos

ha cuatro meses que paso.

Si el poco conocimiento

que tenéis de mis trabajos

pone mi crédito en duda,

y a persuadiros no basto

a la justa indignación

de vuestra madre, Fernando;

don Juan soy, infante y hijo

del rey don Alonso el Sabio;

mi sobrino os llama el mundo,

y yo mi señor os llamo.

Ved si es razón, Rey famoso,

que pobre y desheredado

habite silvestres montes

vuestro tío, y que triunfando

de la lealtad la traición,

coma las yerbas del campo.

···············

Rey.

Levantad, ilustre tío,

del suelo, que estáis bañando,

las generosas rodillas,

y dadme los nobles brazos;

que habéis sacado a los ojos

lágrimas que os están dando

los pésames del rigor

con que el tiempo os ha tratado.

Con vuestras quejas he oído

la mala cuenta que ha dado

mi madre de su gobierno;

pero negocio tan arduo,

aunque don Enrique alega

lo que vos, y ha provocado

mi severo enojo, pide

que lo averigüe despacio.

Contento estoy con la caza

que en estos desiertos hallo,

pues siendo vos su despojo

a vuestro ser os restauro.

Vuestros Estados os vuelvo,

dándoos el mayordomazgo

mayor de mi casa y corte.

Don Juan.

Reinéis, señor, siglos largos.

Don Enr.

Para gozarlos seguro,

es, gran señor, necesario

que a los principios cortéis

a los peligros los pasos.

A lo que el Infante ha dicho

contra vuestra madre, añado

que es don Juan Caravajal

el que en ilícitos tratos

con la Reina ofende torpe

la memoria de don Sancho,

vuestro padre, y ambicioso

el reino intenta usurparos.

Para esto ofrece la Reina

que al de Aragón dé la mano

la infanta doña Isabel,

vuestra hermana, y que éntre armado

en Castilla, cuyo reino

le entregará, porque amparo

dé a sus livianos deseos.

En León los dos hermanos

Caravajales intentan,

por ser tan emparentados,

juntar sus deudos y amigos,

y del reino apoderados

alzar por doña María

banderas, y despojaros

de vuestro real patrimonio:

para esto tiene usurpados

diez cuentos de vuestra renta

a costa de pechos varios,

que mientras tuvo el gobierno

la dieron vuestros vasallos.

Mirad, gran señor, si piden

la diligencia estos casos,

con que ataja inconvenientes

y imposibles vence el sabio.

Rey.

¡Válgame el cielo! ¿Es posible

que mi madre haya borrado

la fama con tal traición,

que su nombre ha eternizado?

···············

D. Álvar.

Lo menos, señor, te han dicho

de lo que pasa, que es tanto

que excede a cualquiera suma.

D. Nuño.

Si yo por testigo valgo,

afirmarte, señor, puedo

que si no acudes temprano

al peligro de Castilla,

no has de poder remediallo.

Rey.

Alto, pues, vasallos míos;

no es posible que haya engaño

en vuestros hidalgos pechos;

creeros quiero a los cuatro.

Mi madre es mujer y moza;

quedó el gobierno en su mano;

el poder y el amor ciegan;

no hay hombre cuerdo a caballo.

Si por tantos años tuvo

estos reinos a su cargo,

¿qué mucho, siendo ambiciosa,

que sienta agora el dejarlos?

El derecho natural

perdone, que de dos daños

se ha de elegir el menor.

Castilla me pide amparo;

mi madre la tiraniza;

y pues conspira, afrentando

la ley de naturaleza

contra quien el ser ha dado,

hoy mi justicia dé muestras

que contra insultos y agravios

no hay excepción de personas,

sangre, ni deudos cercanos.

Pues sois ya mi mayordomo,

y estáis, Infante, agraviado,

tomad a mi madre cuentas,

hacelda alcances y cargos

de las rentas de mis reinos;

y si no igualan los gastos

a los recibos, prendelda.

Don Juan.

No me mandéis...

Rey.

Esto os mando:

prended también los traidores

Caravajales; que entrambos

han de dar a España ejemplo,

viéndolos en un cadalso.

Juan Alfonso Benavides

debe ser también tirano:

en Santorcaz esté preso,

que así al reino satisfago.

···············

Don Juan.

Servirte sólo pretendo.

Rey.

Por los cielos soberanos,

que ha de quedar en el mundo

nombre de Fernando el Cuarto.

(Vase con el acompañamiento.)

ESCENA VII

Don Enrique, don Juan, don Nuño, don Álvaro.

Don Juan.

Esto es hecho, don Enrique.

Don Enr.

Dadme, sobrino, los brazos

en que estriba nuestro aumento,

y por vuestro ingenio gano.

Don Juan.

Quitemos aqueste estorbo;

que si una vez derribamos

la Reina, no hay que temer.

Don Enr.

Para eso yo solo basto.

Don Juan.

Mas escuchad, si os parece,

la traza que he imaginado

para que los dos reinemos,

que es sólo lo que intentamos.

A la Reina tengo amor,

sin que el tiempo haya borrado

con injurias y prisiones

de mi pecho su retrato.

Si por verse perseguida

de su hijo, que indignado

ponella manda en prisión,

su honor y fama arriesgando,

con nosotros se conjura,

y ofreciéndome la mano

de esposa (que esto y más puede

en la mujer un agravio),

de la corona y la vida

al mozo Rey despojamos,

¿qué dicha no conseguimos?

¿Qué temor basta a alterarnos?

Vos reinaréis, don Enrique,

en todo el término largo

que abarca Sierra Morena,

y yo en Castilla gozando

el apetecido cetro;

si con la Reina me caso,

daré Trujillo a don Nuño,

y a don Álvaro otro tanto.

Don Enr.

Si eso con ella acabáis,

habréis, don Juan, dado cabo

a mi esperanza y temores.

D. Álvar.

La traza prudente alabo.

D. Nuño.

Infante, si a efeto llega,

conquistad el pecho casto

de la Reina, y habréis hecho

un prodigioso milagro.

Don Juan.

Eso a mi cargo se quede.

Venid: firmemos los cuatro,

para más seguridad,

la palabra que la damos

de ser todos en su ayuda

contra el Rey, pues de su mano

la fortuna nos corona

en Castilla.

Don Enr.

Vamos.

Los otros
tres.

Vamos. (Vanse.)

ESCENAS VIII y IX

[La Reina se instala en su villa de Becerril, donde vive rodeada del cariño de los villanos.]

ESCENA X

Don Juan, don Nuño, don Álvaro.—La Reina, don Alonso, don Pedro.

D. Álvar.

(Hablando ap. con el Infante al salir.)

La Reina está aquí y también

los Caravajales.

Don Juan.

Tengo

a dicha el tiempo a que vengo.

(Llegándose a la Reina y los Caravajales.)

Los dos a prisión se den.

D. Alonso.

¿Nosotros? ¿Por qué ocasión?

Don Juan.

¡Bueno es que ocasión pidáis,

desleales, cuando estáis

iniciados de traición!

D. Pedro.

Si no estuviera delante

la Reina nuestra señora,

pudiera un mentís agora

daros la respuesta, Infante.

Don Juan.

¡Oh villanos! Brevemente

vuestros castigos darán

muestras de quién sois.

Reina.

Don Juan,

¿sabéis que estoy yo presente?

¿Sabéis que la Reina soy?

¿Cómo llegáis indiscreto

a prender, sin más respeto,

ninguno donde yo estoy?

Don Juan.

Cumplo, señora, mi oficio.

Reina.

Cuando yo a enojarme llegue...

Don Juan.

Vuestra Alteza se sosiegue,

que esto es todo en su servicio.

Reina.

¡En mi servicio prender

los que me sirven a mí!

Don Juan.

El Rey lo ha mandado ansí.

Reina.

Si él lo manda, obedeced

como vasallos leales,

que tiene el lugar de Dios;

mostrad en esto los dos

quién son los Caravajales.

Y si lo mismo procura

hacer de mí, la cabeza

le ofreceré.

Don Juan.

Vuestra Alteza

tampoco está muy segura.

Harto hará en mirar por sí.

···············

(Don Nuño y don Álvaro se llevan a don Alonso y a don Pedro.)

ESCENA XI

Reina.

Como a la real obediencia

se sujeta mi paciencia,

no os parezca novedad,

don Juan, no favorecer

a quien tan bien me sirvió,

porque nunca bien mandó

quien no supo obedecer.

Mas el que es ministro real,

cuando algún culpado prende,

con la vara sólo ofende,

que con la lengua hace mal.

El juez prudente castiga

cuando el cargo que vos cobra,

y atormentando con la obra,

con las palabras obliga.

Poco mi respeto os debe.

Don Juan.

Cuando sepáis que estos dos,

gran señora, contra vos

han usado el trato aleve

que ignoráis, no juzgaréis

mi rigor por demasiado.

Reina.

¿Contra mí? Experimentado

tengo, como vos sabéis,

don Juan, en no pocos años,

aunque es fácil la mujer,

lo poco que hay que creer

en testimonios y engaños.

···············

Don Juan.

En prueba, señora, deso,

porque sepáis cuán leales

os son los Caravajales,

y si el Rey mal los ha preso,

advertid que han dicho al Rey

que la ambición de mandar

os obliga a conspirar

contra el amor y la ley

que a vuestro Rey y señor

debéis; tanto, que usurpado

tenéis a su real Estado

treinta cuentos; que el amor

que tenéis al de Aragón

le fuerza, si os da la mano,

a entregalle en ella llano

a Castilla y a León;

y otras cosas que no cuento,

pues por indignas de oíllas,

no sólo no oso decillas,

mas de pensallas me afrento.

El Rey, fácil de creer,

contándole lo que pasa

testigos de vuestra casa,

manda que os venga a prender,

después de tomaros cuentas

del tiempo que gobernado

habéis su reino, y cobrado

de su corona las rentas.

No quise que cometiese

a otro el venir sino a mí,

que serviros prometí,

porque no se os atreviese;

y como aquí los hallé,

no me sufrió el corazón

pasar por tan gran traición,

y ansí prendellos mandé.

Reina.

Que el Rey forme de mí quejas,

y ponerme en prisión mande,

no me espanto, mientras ande

la lisonja a sus orejas.

Mas ¡que los Caravajales

tal traición contra mí digan!...

Por más, don Juan, que persigan

su valor los desleales,

no saldrán con la demanda.

Vuestro cargo ejercitad;

prendedme, cuentas tomad,

y haced lo que el Rey os manda.

Don Juan.

Yo, gran señora, juré

de serviros y ayudaros,

y lo que os debo pagaros

con lealtad, amor y fe.

El infante don Enrique

y otros caballeros sienten

que traidores os afrenten,

y el Rey esto os notifique;

para lo cual hemos hecho

pleito homenaje de estar

de vuestra parte, y pasar

cualquier peligroso estrecho

por vos, si darme la mano

de esposa tenéis por bien,

y el reino quitar también

a un hijo tan inhumano.

···············

En este papel confirman

esto cuatro ricos hombres,

cuyo poder, sangre y nombres

conoceréis, pues lo firman,

que son don Enrique, yo

con don Álvaro, y también

don Nuño: si os está bien,

mi amor justa paga halló.

Reina.

(Tomando el papel.)

Guardaréle para indicio

de vuestra lealtad y ley,

y verá por él el Rey

a quién tiene en su servicio...

(Métele en la manga, y luego saca otro y le rompe.)

Aunque pegarme podría

la deslealtad que hay en él,

que si es malo, de un papel

se ha de huír la compañía,

rasgalle es mejor consejo;

que para vuestros castigos,

es bien aumentar testigos,

y será quebrado espejo,

que en la parte más pequeña,

como en la mayor, la cara

retrata que en él repara;

mas si en pedazos enseña

las vuestras, viéndoos en él,

como son tantas, don Juan,

retratallas no podrán

las piezas dese papel.

Tomad las cuentas, primero

que me prendáis, de la renta

real, y alcanzadme de cuenta,

si podéis; pero no espero

que en eso me deis cuidado,

pues vos mismo sois testigo

que en tres que hicisteis conmigo,

siempre quedasteis cargado.

Pero esperadme, que en breve

las que pedís os daré,

porque el Rey seguro esté,

y sepa quién a quién debe. (Vase.)

Don Juan.

¡Que callar me haga ansí

el valor desta mujer!

ESCENA XII

El Rey, don Melendo, don Juan.

Rey.

Difícil es de creer

que conspire contra mí

mi misma madre, Melendo;

pero es mujer: ¿qué me espanta?

Don Mel.

La Reina, señor, es santa.

Rey.

Ver por mis ojos pretendo

la verdad que temo en duda.

Don Juan.

¡Rey y señor! ¿Vuestra Alteza

Aquí?

Rey.

La poca certeza

que tengo, manda que acuda

en persona a averiguar

la verdad destos sucesos.

Don Juan.

Ya están los hermanos presos

que el reino os quieren quitar.

Y la Reina, temerosa

de veros con ella airado,

conmigo se ha declarado,

y promete ser mi esposa

si en su favor contra vos

estos reinos alboroto,

y hago que sigan mi voto

los grandes.

Rey.

¡Válgame Dios!

¿Mi madre?

Don Juan.

No guarda ley

la ambición que desvanece.

Vuestra corona me ofrece;

mas yo no estimo ser rey

por medios tan desleales.

De rodillas me ha pedido

que, a su llanto enternecido,

suelte a los Caravajales,

y que me vaya a Aragón

con ella; que desde allá

con sus armas entrará

a coronarme en León;

y si resiste Castilla,

irá después contra ella.

Prendedla, señor, sin vella,

porque si venís a oílla,

yo sé que os ha de engañar;

que, en fin, siendo madre vuestra,

mozo vos, y ella tan diestra,

más crédito habéis de dar

que a mí a su fingido llanto.

Rey.

Esa no es razón ni ley.