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Tirso de Molina

Chapter 56: ESCENA XIII
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About This Book

La obra presenta a Paulo, un ermitaño cuya visión de un tribunal divino y la experiencia de una condena onírica siembran en él una paralizante duda sobre su salvación. Un demonio, tomando apariencia angélica, explota esa desconfianza e impulsa al ermitaño a viajar a Nápoles para observar la vida de otro hombre, cuya suerte habrá de reflejar la suya. A lo largo de jornadas y escenas se enfrentan la penitencia, la tentación y la soberbia, con apariciones sobrenaturales y pruebas morales que examinan la fe, la conciencia y las consecuencias de anteponer visiones personales a la confianza en lo divino.

ESCENA XIII

La Reina.—El Rey, don Juan, don Melendo.

Don Mel.

Aquí, señora, está el Rey.

Don Juan.

(Ap.) De mis traiciones me espanto.

Reina.

Huélgome que haya venido,

hijo y señor, Vuestra Alteza

a averiguar testimonios,

que hace gigantes la ausencia.

Su mucha cordura alabo,

porque, en negocios de cuentas

y de honras, suele un cero

dañar mucho si se yerra;

···············

Mandado habéis a don Juan

que a tomar la razón venga

de vuestro real patrimonio;

viéndolo vos, soy contenta,

que aunque deberos me imputan

privados que os lisonjean

treinta cuentos, serán cuentos

de mentiras, no de hacienda.

Pero yo admito sus cargos:

sumad, don Juan, en presencia

del Rey, gastos y recibos,

por que sus alcances vea.—

Cuando de tres años solos

quedó del Rey la inocencia

y este reino a cargo mío,

primeramente en la guerra

que vos, Infante, le hicisteis,

levantándole la tierra,

llamándôs Rey de Castilla

y enarbolando banderas,

gasté, Infante, quince cuentos,

hasta que en la fortaleza

de León, preso por mí,

peligró vuestra cabeza.

Redújeos a mi servicio,

y haciéndôs mercedes nuevas,

murmuraron los leales,

que veros pagar quisieran

vuestra traición con la vida;

y para enfrenar sus lenguas

con el oro, que enmudece,

les di tres, que no debiera.

Item: en edificar

en Valladolid las Huelgas,

donde en continua oración

a Dios sus monjas pidieran

que de vos al Rey librase

y las trazas deshiciera

de vuestro pecho ambicioso

en mi agravio y en su ofensa,

veinte cuentos. Item más:

cuando por estar su Alteza

enfermo quisisteis darle

veneno (ya se os acuerda)

por medio del vil hebreo

que entonces médico era

del Rey, en una bebida,

testigo de la fe vuestra;

en hacimiento de gracias,

misas, procesiones, fiestas,

seis cuentos, que repartí

en hospitales e iglesias.

Aunque pudiera contar

otras partidas inmensas,

en que por servir al Rey

vendí mis joyas y tierras,

como todo el reino sabe,

sólo os sumo, don Juan, éstas,

que no las negaréis, pues

tenéis tanta parte en ellas.

Sólo no he de dejar una,

porque el Rey que os honra, sepa

cuán codiciosa usurpé

en Castilla sus riquezas.

A un mercader de Segovia,

para pagar las fronteras

de Aragón y Portugal,

empeñé mis tocas mesmas,

en prueba de vuestra fe,

que no tuvisteis vergüenza

de ver contra el real respeto

sin tocas a vuestra Reina.

Premié al mercader leal;

quitéle mis nobles prendas,

que los traidores agravian,

y los leales respetan.

···············

Ya me parece que basta

esto en materia de cuentas;

en materia de mi honor,

para no seros molesta,

aquí he escrito mis descargos.

Vuestra Majestad los lea,

(Dale un papel.)

y conozca por sus firmas

en quién su privanza emplea.

Rey.

¡Válgame el cielo! Aquí dice

que como mi madre ofrezca

la mano a don Juan de esposa

juntando Estados y fuerzas

con don Enrique, don Nuño

y otros, haciéndome guerra,

me quitarán a Castilla

para coronarla en ella.

Reina.

Para asegurar traidores,

fingí romper esa letra

y la guardé para vos,

otra rasgando por ella.

Rey.

Don Juan, ¿es vuestra esta firma?

Don Juan.

Sí, gran señor.

Don Juan, ¿es vuestra esta firma?

Rey.

Pues en éstas

a los demás desleales

conozco. Si la prudencia

que tanto celebra España,

gran señora, en Vuestra Alteza,

mi confusión no animara,

por no estar en su presencia,

de mí sin causa ofendida,

sospecho que me muriera.

[Los caballeros desleales han huído a Aragón. Al infante don Juan se le destierra de Castilla y León, y los Estados que le pertenecían son repartidos entre Benavides y los dos Caravajales.]