ESCENA XIII
La Reina.—El Rey, don Juan, don Melendo.
Don Mel.
Aquí, señora, está el Rey.
Don Juan.
(Ap.) De mis traiciones me espanto.
Reina.
Huélgome que haya venido,
hijo y señor, Vuestra Alteza
a averiguar testimonios,
que hace gigantes la ausencia.
Su mucha cordura alabo,
porque, en negocios de cuentas
y de honras, suele un cero
dañar mucho si se yerra;
···············
Mandado habéis a don Juan
que a tomar la razón venga
de vuestro real patrimonio;
viéndolo vos, soy contenta,
que aunque deberos me imputan
privados que os lisonjean
treinta cuentos, serán cuentos
de mentiras, no de hacienda.
Pero yo admito sus cargos:
sumad, don Juan, en presencia
del Rey, gastos y recibos,
por que sus alcances vea.—
Cuando de tres años solos
quedó del Rey la inocencia
y este reino a cargo mío,
primeramente en la guerra
que vos, Infante, le hicisteis,
levantándole la tierra,
llamándôs Rey de Castilla
y enarbolando banderas,
gasté, Infante, quince cuentos,
hasta que en la fortaleza
de León, preso por mí,
peligró vuestra cabeza.
Redújeos a mi servicio,
y haciéndôs mercedes nuevas,
murmuraron los leales,
que veros pagar quisieran
vuestra traición con la vida;
y para enfrenar sus lenguas
con el oro, que enmudece,
les di tres, que no debiera.
Item: en edificar
en Valladolid las Huelgas,
donde en continua oración
a Dios sus monjas pidieran
que de vos al Rey librase
y las trazas deshiciera
de vuestro pecho ambicioso
en mi agravio y en su ofensa,
veinte cuentos. Item más:
cuando por estar su Alteza
enfermo quisisteis darle
veneno (ya se os acuerda)
por medio del vil hebreo
que entonces médico era
del Rey, en una bebida,
testigo de la fe vuestra;
en hacimiento de gracias,
misas, procesiones, fiestas,
seis cuentos, que repartí
en hospitales e iglesias.
Aunque pudiera contar
otras partidas inmensas,
en que por servir al Rey
vendí mis joyas y tierras,
como todo el reino sabe,
sólo os sumo, don Juan, éstas,
que no las negaréis, pues
tenéis tanta parte en ellas.
Sólo no he de dejar una,
porque el Rey que os honra, sepa
cuán codiciosa usurpé
en Castilla sus riquezas.
A un mercader de Segovia,
para pagar las fronteras
de Aragón y Portugal,
empeñé mis tocas mesmas,
en prueba de vuestra fe,
que no tuvisteis vergüenza
de ver contra el real respeto
sin tocas a vuestra Reina.
Premié al mercader leal;
quitéle mis nobles prendas,
que los traidores agravian,
y los leales respetan.
···············
Ya me parece que basta
esto en materia de cuentas;
en materia de mi honor,
para no seros molesta,
aquí he escrito mis descargos.
Vuestra Majestad los lea,
(Dale un papel.)
y conozca por sus firmas
en quién su privanza emplea.
Rey.
¡Válgame el cielo! Aquí dice
que como mi madre ofrezca
la mano a don Juan de esposa
juntando Estados y fuerzas
con don Enrique, don Nuño
y otros, haciéndome guerra,
me quitarán a Castilla
para coronarla en ella.
Reina.
Para asegurar traidores,
fingí romper esa letra
y la guardé para vos,
otra rasgando por ella.
Rey.
Don Juan, ¿es vuestra esta firma?
Don Juan.
Sí, gran señor.
Don Juan, ¿es vuestra esta firma?
Rey.
Pues en éstas
a los demás desleales
conozco. Si la prudencia
que tanto celebra España,
gran señora, en Vuestra Alteza,
mi confusión no animara,
por no estar en su presencia,
de mí sin causa ofendida,
sospecho que me muriera.
[Los caballeros desleales han huído a Aragón. Al infante don Juan se le destierra de Castilla y León, y los Estados que le pertenecían son repartidos entre Benavides y los dos Caravajales.]