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Tirso de Molina

Chapter 62: ESCENA XIII
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About This Book

La obra presenta a Paulo, un ermitaño cuya visión de un tribunal divino y la experiencia de una condena onírica siembran en él una paralizante duda sobre su salvación. Un demonio, tomando apariencia angélica, explota esa desconfianza e impulsa al ermitaño a viajar a Nápoles para observar la vida de otro hombre, cuya suerte habrá de reflejar la suya. A lo largo de jornadas y escenas se enfrentan la penitencia, la tentación y la soberbia, con apariciones sobrenaturales y pruebas morales que examinan la fe, la conciencia y las consecuencias de anteponer visiones personales a la confianza en lo divino.

ESCENA XIII

[Varios pastores van por orden del Duque en busca de Ruy Lorenzo. Topan con Mireno y Tarso y, tomándolos por el Secretario y su criado los atan y conducen al Palacio de Avero.]

ESCENA XIV

Salón del Palacio del Duque en Avero.

Doña Juana, don Antonio, de camino.

Doña Juana.

¡Primo don Antonio!

Don Ant.

Paso:

no me nombréis; que no quiero

hagáis de mí tanto caso,

que me conozca en Avero

el Duque. A Galicia paso,

donde el rey don Juan me llama

de Castilla, que me ama

y hace merced, y deseo,

a costa de algún rodeo,

saber si miente la fama

que ofrece el lugar primero

de la hermosura de España

a las hijas del de Avero,

o si la fama se engaña

y miente el vulgo ligero.

Doña Juana.

Bien hay que estimar y ver;

pero no habéis de querer

que así tan de paso os goce.

Don Ant.

Si el de Avero me conoce

y me obliga a detener,

caer en falta recelo

con el Rey.

Doña Juana.

Pues si eso pasa,

de mi gusto al vuestro apelo;

mas si sabe que en su casa

don Antonio de Barcelo,

conde de Penela, ha estado,

y que encubierto ha pasado,

cuando le pudo servir

en ella, lo ha de sentir

con exceso; que en su Estado

jamás llegó caballero

que por inviolables leyes

no le hospede.

Don Ant.

Así lo infiero;

que es nieto, en fin, de los reyes

de Portugal, el de Avero.

···············

ESCENA XV

El Duque de Avero, el Conde de Estremoz, doña Serafina, doña Magdalena.—Dichos.

Duque.

Digo, conde don Duarte,

que todo se cumpla así.

Conde.

Pues el Rey nuestro señor

favorece la privanza

del hijo del de Berganza,

y a vuestra hija mayor

os pide para su esposa,

escriba vuestra excelencia

que con su gusto y licencia

doña Serafina hermosa

lo será mía.

Duque.

Está bien.

Conde.

Pienso que Su Majestad

me mira con voluntad,

y que lo tendrá por bien:

yo y todo le escribiré.

Duque.

No lo sepa Serafina

hasta ver si determina

el Rey que la mano os dé;

···············

Doña Juana.

(Hablando aparte con don Antonio.)

Presto os habéis divertido.

Decid, ¿qué os han parecido

las hermanas, don Antonio?

Don Ant.

No sé el alma a cuál se inclina

ni sé lo que hacer ordena:

bella es doña Magdalena,

pero doña Serafina

es el sol de Portugal.

Por la vista el alma bebe

llamas de amor entre nieve

por el vaso de cristal

de su divina blancura:

la fama ha quedado corta

en su alabanza.

Duque.

Eso importa.

Don Ant.

Fénix es de la hermosura.

Duque.

Llegaos, Magdalena, aquí.

Conde.

(A doña Serafina.)

Pues me da el Duque lugar,

mi serafín, quiero hablar,

si hay atrevimiento en mí

para que vuele tan alto

que a serafines me iguale.

Don Ant.

Prima, a ver el alma sale

por los ojos el asalto

que amor le da poco a poco:

ganaréme si me pierdo.

Doña Juana.

Vos entrasteis, primo, cuerdo,

y pienso que saldréis loco.

Duque.

(A doña Magdalena.)

Hija, el Rey te honra y estima;

cuán bien te está considera.

Doña Mag.

Mi voluntad es de cera;

vuexcelencia en ella imprima

el sello que más le cuadre,

porque en mí sólo ha de haber

callar con obedecer.

Duque.

¡Mil veces dichoso padre

que oye tal!

Conde.

(A doña Serafina.)

Las dichas mías,

como han subido al extremo

de su bien, que caigan temo.

Doña Ser.

Conde, esas filosofías

ni las entiendo, ni son

de mi gusto.

Conde.

Un serafín

bien puede alcanzar el fin

y el alma de una razón.

···············

Don Ant.

¡Qué agudamente responde!

Ya han esmaltado los cielos

el oro de amor con celos:

mucho me enfada este Conde.

Doña Juana.

¡Pobre de vuestra esperanza,

si tal contrario la asalta!

Duque.

Un secretario me falta

de quien hacer confianza;

y aunque esta plaza pretenden

muchos, por diversos modos

de favores, entre todos,

pocos este oficio entienden.

Trabajo me ha de costar

en tal tiempo estar sin él.

Doña Mag.

A ser el pasado fiel,

era ingenio singular.