ESCENA XIII
[Varios pastores van por orden del Duque en busca de Ruy Lorenzo. Topan con Mireno y Tarso y, tomándolos por el Secretario y su criado los atan y conducen al Palacio de Avero.]
ESCENA XIV
Salón del Palacio del Duque en Avero.
Doña Juana, don Antonio, de camino.
Doña Juana.
¡Primo don Antonio!
Don Ant.
Paso:
no me nombréis; que no quiero
hagáis de mí tanto caso,
que me conozca en Avero
el Duque. A Galicia paso,
donde el rey don Juan me llama
de Castilla, que me ama
y hace merced, y deseo,
a costa de algún rodeo,
saber si miente la fama
que ofrece el lugar primero
de la hermosura de España
a las hijas del de Avero,
o si la fama se engaña
y miente el vulgo ligero.
Doña Juana.
Bien hay que estimar y ver;
pero no habéis de querer
que así tan de paso os goce.
Don Ant.
Si el de Avero me conoce
y me obliga a detener,
caer en falta recelo
con el Rey.
Doña Juana.
Pues si eso pasa,
de mi gusto al vuestro apelo;
mas si sabe que en su casa
don Antonio de Barcelo,
conde de Penela, ha estado,
y que encubierto ha pasado,
cuando le pudo servir
en ella, lo ha de sentir
con exceso; que en su Estado
jamás llegó caballero
que por inviolables leyes
no le hospede.
Don Ant.
Así lo infiero;
que es nieto, en fin, de los reyes
de Portugal, el de Avero.
···············
ESCENA XV
El Duque de Avero, el Conde de Estremoz, doña Serafina, doña Magdalena.—Dichos.
Duque.
Digo, conde don Duarte,
que todo se cumpla así.
Conde.
Pues el Rey nuestro señor
favorece la privanza
del hijo del de Berganza,
y a vuestra hija mayor
os pide para su esposa,
escriba vuestra excelencia
que con su gusto y licencia
doña Serafina hermosa
lo será mía.
Duque.
Está bien.
Conde.
Pienso que Su Majestad
me mira con voluntad,
y que lo tendrá por bien:
yo y todo le escribiré.
Duque.
No lo sepa Serafina
hasta ver si determina
el Rey que la mano os dé;
···············
Doña Juana.
(Hablando aparte con don Antonio.)
Presto os habéis divertido.
Decid, ¿qué os han parecido
las hermanas, don Antonio?
Don Ant.
No sé el alma a cuál se inclina
ni sé lo que hacer ordena:
bella es doña Magdalena,
pero doña Serafina
es el sol de Portugal.
Por la vista el alma bebe
llamas de amor entre nieve
por el vaso de cristal
de su divina blancura:
la fama ha quedado corta
en su alabanza.
Duque.
Eso importa.
Don Ant.
Fénix es de la hermosura.
Duque.
Llegaos, Magdalena, aquí.
Conde.
(A doña Serafina.)
Pues me da el Duque lugar,
mi serafín, quiero hablar,
si hay atrevimiento en mí
para que vuele tan alto
que a serafines me iguale.
Don Ant.
Prima, a ver el alma sale
por los ojos el asalto
que amor le da poco a poco:
ganaréme si me pierdo.
Doña Juana.
Vos entrasteis, primo, cuerdo,
y pienso que saldréis loco.
Duque.
(A doña Magdalena.)
Hija, el Rey te honra y estima;
cuán bien te está considera.
Doña Mag.
Mi voluntad es de cera;
vuexcelencia en ella imprima
el sello que más le cuadre,
porque en mí sólo ha de haber
callar con obedecer.
Duque.
¡Mil veces dichoso padre
que oye tal!
Conde.
(A doña Serafina.)
Las dichas mías,
como han subido al extremo
de su bien, que caigan temo.
Doña Ser.
Conde, esas filosofías
ni las entiendo, ni son
de mi gusto.
Conde.
Un serafín
bien puede alcanzar el fin
y el alma de una razón.
···············
Don Ant.
¡Qué agudamente responde!
Ya han esmaltado los cielos
el oro de amor con celos:
mucho me enfada este Conde.
Doña Juana.
¡Pobre de vuestra esperanza,
si tal contrario la asalta!
Duque.
Un secretario me falta
de quien hacer confianza;
y aunque esta plaza pretenden
muchos, por diversos modos
de favores, entre todos,
pocos este oficio entienden.
Trabajo me ha de costar
en tal tiempo estar sin él.
Doña Mag.
A ser el pasado fiel,
era ingenio singular.