ESCENA XVI
[Los pastores traen presos a Mireno y a Tarso. Quieren hablar todos a la vez y en su rusticidad no aciertan a explicar por qué han prendido a aquellos dos hombres.]
Duque.
¡Hay mayor simplicidad!
Ni he entendido a lo que vienen,
ni por qué delito tienen
así estos hombres. Soltad
los presos, y decid vos
qué insulto habéis cometido,
para que os hayan traído
de aquesa suerte a los dos.
Mireno.
(De rodillas.) Si lo es el favorecer,
gran señor, a un desdichado,
perseguido y acosado
de tus gentes y poder,
y juzgas por temerario
haber trocado el vestido
por darle vida, yo he sido.
Duque.
¿Tú libraste al secretario?
Pero sí, que aquese traje
era suyo. Di, traidor,
¿por qué le diste favor?
Mireno.
Vuexcelencia no me ultraje,
ni ese título me dé,
que no estoy acostumbrado
a verme así despreciado.
Duque.
¿Quién eres?
Mireno.
No soy, seré;
que sólo por pretender
ser más de lo que hay en mí,
menosprecié lo que fuí
por lo que tengo de ser.
Duque.
No te entiendo.
Doña Mag.
(Ap.)¡Extraña audacia
de hombre! El poco temor
que muestra, dice el valor
que encubre. De su desgracia
me pesa.
Duque.
Di, ¿conocías
al traidor que ayuda diste?
Mas pues por él te pusiste
en tal riesgo, bien sabías
quién era.
Mireno.
Supe que quiso
dar muerte a quien deshonró
su hermana, y después te dió
de su honrado intento aviso;
y enviándole a prender,
le libré de ti, espantado
por ver que el que está agraviado
persigas, debiendo ser
favorecido de ti,
por ayudar al que ha puesto
en riesgo su honor.
Conde.
(Ap.)¿Qué es esto?
¿Ya anda derramada así
la injuria que hice a Leonela?
Duque.
¿Sabéis vos quién la afrentó?
Mireno.
Supiéralo, señor, yo;
que a sabello...
Duque.
Fué cautela
del traidor para engañarte:
tú sabes adónde está,
y así, forzoso será,
si es que pretendes librarte,
decillo.
Mireno.
¡Bueno sería,
cuando adónde está supiera,
que un hombre como yo hiciera
por temor tal villanía!
Duque.
¿Villanía es descubrir
un traidor? Llevalde preso;
que si no ha perdido el seso
y menosprecia el vivir,
él dirá dónde se esconde.
Doña Mag.
(Ap.) Ya deseo de libralle,
que no merece su talle
tal agravio.
Duque.
Intento, Conde,
vengaros.
Conde.
Él lo dirá.
Tarso.
(Ap.) ¡Muy gentil ganancia espero!
Duque.
Vamos, que responder quiero
al Rey.
Tarso.
(Ap. con Mir.) ¡Medrando se va
con la mudanza de estado,
y nombre de don Dionís!
Duque.
Viviréis, si lo decís.
Mireno.
(Ap.) La fortuna ha comenzado
a ayudarme: ánimo ten,
porque en ella es natural,
cuando comienza por mal,
venir a acabar en bien.
···············
(Vanse los pastores, el Duque y el Conde.)
Doña Mag.
Mucho, doña Serafina,
me pesa ver llevar preso
aquel hombre.
Doña Ser.
Yo confieso,
que a rogar por él me inclina
su buen talle.
Doña Mag.
¿Eso desea
tu afición? ¿Ya es bueno el talle?
Pues no tienes de libralle,
aunque lo intentes.
Doña Ser.
No sea. (Vanse.)
Doña Juana.
¿Habéisos de ir esta tarde?
Don Ant.
¡Ay, prima! ¿Cómo podré,
si me perdí, si cegué?
¿Si amor, valiente, cobarde,
todo el tesoro me gana
del alma y la voluntad?
Sólo por ver su beldad
no he de irme hasta mañana.
Doña Juana.
¡Bueno estáis! ¿Que amáis, en fin?
Don Ant.
Sospecho, prima querida,
que de mi contento y vida
Serafina será fin.