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Tirso de Molina

Chapter 65: ESCENA XVI
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About This Book

La obra presenta a Paulo, un ermitaño cuya visión de un tribunal divino y la experiencia de una condena onírica siembran en él una paralizante duda sobre su salvación. Un demonio, tomando apariencia angélica, explota esa desconfianza e impulsa al ermitaño a viajar a Nápoles para observar la vida de otro hombre, cuya suerte habrá de reflejar la suya. A lo largo de jornadas y escenas se enfrentan la penitencia, la tentación y la soberbia, con apariciones sobrenaturales y pruebas morales que examinan la fe, la conciencia y las consecuencias de anteponer visiones personales a la confianza en lo divino.

ESCENA XVI

[Los pastores traen presos a Mireno y a Tarso. Quieren hablar todos a la vez y en su rusticidad no aciertan a explicar por qué han prendido a aquellos dos hombres.]

Duque.

¡Hay mayor simplicidad!

Ni he entendido a lo que vienen,

ni por qué delito tienen

así estos hombres. Soltad

los presos, y decid vos

qué insulto habéis cometido,

para que os hayan traído

de aquesa suerte a los dos.

Mireno.

(De rodillas.) Si lo es el favorecer,

gran señor, a un desdichado,

perseguido y acosado

de tus gentes y poder,

y juzgas por temerario

haber trocado el vestido

por darle vida, yo he sido.

Duque.

¿Tú libraste al secretario?

Pero sí, que aquese traje

era suyo. Di, traidor,

¿por qué le diste favor?

Mireno.

Vuexcelencia no me ultraje,

ni ese título me dé,

que no estoy acostumbrado

a verme así despreciado.

Duque.

¿Quién eres?

Mireno.

No soy, seré;

que sólo por pretender

ser más de lo que hay en mí,

menosprecié lo que fuí

por lo que tengo de ser.

Duque.

No te entiendo.

Doña Mag.

(Ap.)¡Extraña audacia

de hombre! El poco temor

que muestra, dice el valor

que encubre. De su desgracia

me pesa.

Duque.

Di, ¿conocías

al traidor que ayuda diste?

Mas pues por él te pusiste

en tal riesgo, bien sabías

quién era.

Mireno.

Supe que quiso

dar muerte a quien deshonró

su hermana, y después te dió

de su honrado intento aviso;

y enviándole a prender,

le libré de ti, espantado

por ver que el que está agraviado

persigas, debiendo ser

favorecido de ti,

por ayudar al que ha puesto

en riesgo su honor.

Conde.

(Ap.)¿Qué es esto?

¿Ya anda derramada así

la injuria que hice a Leonela?

Duque.

¿Sabéis vos quién la afrentó?

Mireno.

Supiéralo, señor, yo;

que a sabello...

Duque.

Fué cautela

del traidor para engañarte:

tú sabes adónde está,

y así, forzoso será,

si es que pretendes librarte,

decillo.

Mireno.

¡Bueno sería,

cuando adónde está supiera,

que un hombre como yo hiciera

por temor tal villanía!

Duque.

¿Villanía es descubrir

un traidor? Llevalde preso;

que si no ha perdido el seso

y menosprecia el vivir,

él dirá dónde se esconde.

Doña Mag.

(Ap.) Ya deseo de libralle,

que no merece su talle

tal agravio.

Duque.

Intento, Conde,

vengaros.

Conde.

Él lo dirá.

Tarso.

(Ap.) ¡Muy gentil ganancia espero!

Duque.

Vamos, que responder quiero

al Rey.

Tarso.

(Ap. con Mir.) ¡Medrando se va

con la mudanza de estado,

y nombre de don Dionís!

Duque.

Viviréis, si lo decís.

Mireno.

(Ap.) La fortuna ha comenzado

a ayudarme: ánimo ten,

porque en ella es natural,

cuando comienza por mal,

venir a acabar en bien.

···············

(Vanse los pastores, el Duque y el Conde.)

Doña Mag.

Mucho, doña Serafina,

me pesa ver llevar preso

aquel hombre.

Doña Ser.

Yo confieso,

que a rogar por él me inclina

su buen talle.

Doña Mag.

¿Eso desea

tu afición? ¿Ya es bueno el talle?

Pues no tienes de libralle,

aunque lo intentes.

Doña Ser.

No sea. (Vanse.)

Doña Juana.

¿Habéisos de ir esta tarde?

Don Ant.

¡Ay, prima! ¿Cómo podré,

si me perdí, si cegué?

¿Si amor, valiente, cobarde,

todo el tesoro me gana

del alma y la voluntad?

Sólo por ver su beldad

no he de irme hasta mañana.

Doña Juana.

¡Bueno estáis! ¿Que amáis, en fin?

Don Ant.

Sospecho, prima querida,

que de mi contento y vida

Serafina será fin.