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Tirso de Molina

Chapter 70: ESCENA V
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About This Book

La obra presenta a Paulo, un ermitaño cuya visión de un tribunal divino y la experiencia de una condena onírica siembran en él una paralizante duda sobre su salvación. Un demonio, tomando apariencia angélica, explota esa desconfianza e impulsa al ermitaño a viajar a Nápoles para observar la vida de otro hombre, cuya suerte habrá de reflejar la suya. A lo largo de jornadas y escenas se enfrentan la penitencia, la tentación y la soberbia, con apariciones sobrenaturales y pruebas morales que examinan la fe, la conciencia y las consecuencias de anteponer visiones personales a la confianza en lo divino.

JORNADA SEGUNDA

ESCENA I

Doña Mag.

¿Qué novedades son éstas,

altanero pensamiento?

¿Qué torres sin fundamento

tenéis en el aire puestas?

···············

Ayer guardaban los cielos

el mar de vuestra esperanza,

con la tranquila bonanza

que agora inquietan desvelos.

Al Conde de Vasconcelos

o a mi padre di en su nombre

el sí; mas porque me asombre,

sin que mi honor lo resista,

se entró al alma, a escala vista,

por la misma vista un hombre.

Vióle en ella, y fuera exceso,

digno de culpar mi error,

a no saber que el amor

es niño, ciego y sin seso.

¿A un hombre extranjero y preso

a mi pesar, corazón,

habéis de dar posesión?

¿Amar al Conde no es justo?

Mas ¡ay! que atropella el gusto

las leyes de la razón.

···············

ESCENA II

Doña Juana.—Doña Magdalena.

Doña Juana.

Aquel mancebo dispuesto,

que ha estado preso hasta agora,

y tu intercesión, señora,

ya en libertad le ha puesto,

pretende hablarte.

Doña Mag.

(Ap.) (¡Qué presto

valerse el amor procura

de la ocasión y ventura

que ha de ponerse en efeto!

Mas hace como discreto,

que amor todo es coyuntura.)

¿Sabes qué quiere?

Doña Juana.

Pretende

del favor que ha recibido

por ti, ser agradecido.

Doña Mag.

(Ap.) Áspides en rosas vende.

Doña Juana.

¿Entrará?

Doña Mag.

(Ap.) (Si preso prende,

si maltratado maltrata,

si atado las manos ata

las de mi gusto resuelto,

¿qué ha de hacer presente y suelto

quien ausente y preso mata?)

Dile que vuelva a la tarde,

que agora ocupada estoy.

Mas oye; no vuelva.

Doña Juana.

Voy.

Doña Mag.

Escucha: di que se aguarde.

Mas váyase; que ya es tarde.

Doña Juana.

¿Hase de volver?

Doña Mag.

¿No digo

que sí? Ve.

Doña Juana.

Tu gusto sigo.

Doña Mag.

Pero torna; no se queje.

Doña Juana.

Pues ¿qué diré?

Doña Mag.

Que me deje,

(Ap.) (y que me lleve consigo.)

Anda, di que entre...

Doña Juana.

Voy, pues.

(Vase.)

ESCENA IV

Mireno, doña Magdalena.

Mireno.

Aunque ha sido atrevimiento

el venir a la presencia,

señora, de vuexcelencia

mi poco merecimiento,

ser agradecido trato

al recebido favor;

porque el pecado mayor

es el que hace a un hombre ingrato.

Por haber favorecido

de un desdichado la vida

(que al noble es deuda debida)

me vi preso y perseguido;

pero en la misma moneda

me pagó el cielo sin duda,

pues libre con vuestra ayuda

mi vida, señora, queda.

¿Libre dije? Mal he hablado;

que el noble, cuando recibe,

cautivo y esclavo vive,

que es lo mismo que obligado.

···············

(Arrodíllase.)

Doña Mag.

Levantaos del suelo.

Mireno.

Así

estoy, gran señora, bien.

Doña Mag.

Haced lo que os digo. (Ap.) (¿Quién

me ciega el alma? ¡Ay de mí!)

¿Sois portugués?

Mireno.

Imagino

que sí.

Doña Mag.

¿Que lo imagináis?

Desa suerte, incierto estáis

de quién sois.

Mireno.

Mi padre vino

al lugar en donde habita,

y es de alguna hacienda dueño,

trayéndome muy pequeño;

mas su trato lo acredita.

Yo creo que en Portugal

nacimos.

Doña Mag.

¿Sois noble?

Mireno.

Creo

que sí, según lo que veo

en mi honrado natural,

que muestra más que hay en mí.

Doña Mag.

¿Y darán las obras vuestras,

si fuere menester, muestras

que sois noble?

Mireno.

Creo que sí:

nunca de hacellas dejé.

Doña Mag.

Creo decís a cualquier punto;

¿crêis acaso que os pregunto

artículos de la fe?

Mireno.

Por la que debe guardar

a la merced recebida

de vuexcelencia mi vida,

bien los puede preguntar,

que mi fe su gusto es.

Doña Mag.

¡Qué agradecido venís!—

¿Cómo os llamáis?

Mireno.

Don Dionís.

Doña Mag.

Ya os tengo por portugués

y por hombre principal;

que en este reino no hay hombre

humilde de vuestro nombre,

porque es apellido real,

y sólo el imaginaros

por noble y honrado, ha sido

causa que haya intercedido

con mi padre a libertaros.

Mireno.

Deudor os soy de la vida.

Doña Mag.

Pues bien; ya que libre estáis,

¿qué es lo que determináis

hacer de vuestra partida?

¿Dónde pensáis ir?

Mireno.

Intento

ir, señora, donde pueda

alcanzar fama que exceda

a mi altivo pensamiento:

sólo aquesto me destierra

de mi patria.

Doña Mag.

¿En qué lugar

pensáis que podéis hallar

esa ventura?

Mireno.

En la guerra;

que el esfuerzo hace capaz

para el valor que procuro.

Doña Mag.

¿Y no será más seguro,

que le adquiráis en la paz?

Mireno.

¿De qué modo?

Doña Mag.

Bien podéis

granjealle, si dais traza

que mi padre os dé la plaza

de secretario, que veis

que está vaca agora, a falta

de quien la pueda suplir.

Mireno.

No nació para servir

mi inclinación, que es más alta.

Doña Mag.

Pues cuando volar presuma,

las plumas le han de ayudar.

Mireno.

¿Cómo he de poder volar

con solamente una pluma?

Doña Mag.

Con las alas del favor;

que el vuelo de una privanza,

mil imposibles alcanza.

Mireno.

Del privar nace el temor,

como muestra la experiencia,

y tener temor no es justo.

Doña Mag.

Don Dionís, este es mi gusto.

Mireno.

¿Gusto es de vuestra excelencia

que sirva al Duque? Pues alto.

Cúmplase, señora, ansí;

que ya de un vuelo subí

al primer móvil más alto.

Pues si en esto gusto os doy,

ya no hay subir más arriba:

como el Duque me reciba,

secretario suyo soy.

Vos, señora, lo ordenad.

Doña Mag.

Deseo vuestro provecho,

y ansí lo que veis he hecho;

que ya que os di libertad,

pesárame que en la guerra

la malograrais; yo haré

como esta plaza se os dé,

porque estéis en nuestra tierra.

Mireno.

Mil años el cielo guarde

tal grandeza.

Doña Mag.

(Ap.) Honor, huír;

que revienta por salir

por la boca amor cobarde. (Vase.)

ESCENA V

Mireno.

Pensamiento, ¿en qué entendéis?

Vos que a las nubes subís,

decidme: ¿qué colegís

de lo que aquí visto habéis?

declaraos, que bien podéis:

decidme, tanto favor

¿nace de sólo el valor

que a quien os honra ennoblece?

¿O erraré si me parece

que ha entrado a la parte amor?

¡Jesús! ¡Qué gran disparate!

Temerario atrevimiento

es el vuestro, pensamiento;

ni se imagine ni trate:

mi humildad el vuelo abate

con que sube el deseo vario;

mas, ¿por qué soy temerario

si imaginar me prometo

que me ama en lo secreto

quien me hace su secretario?

¿No estoy puesto en libertad

por ella? Y ya sin enojos,

por el balcón de sus ojos

¿no he visto su voluntad?

Amor me tiene.—Callad,

lengua loca; que es error

imaginar que el favor

que de su nobleza nace,

y generosa me hace,

está fundado en amor.

···············

ESCENAS VI a IX

[Don Antonio, enamorado de doña Serafina, quiere quedarse en el palacio del Duque, aunque guardando el incógnito. Para ello solicita y obtiene la plaza de secretario, vacante por la huída de Ruy Lorenzo.]