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Tirso de Molina

Chapter 75: ESCENA XVI
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About This Book

La obra presenta a Paulo, un ermitaño cuya visión de un tribunal divino y la experiencia de una condena onírica siembran en él una paralizante duda sobre su salvación. Un demonio, tomando apariencia angélica, explota esa desconfianza e impulsa al ermitaño a viajar a Nápoles para observar la vida de otro hombre, cuya suerte habrá de reflejar la suya. A lo largo de jornadas y escenas se enfrentan la penitencia, la tentación y la soberbia, con apariciones sobrenaturales y pruebas morales que examinan la fe, la conciencia y las consecuencias de anteponer visiones personales a la confianza en lo divino.

ESCENA XVI

Habitación de doña Magdalena.

Doña Magdalena, Mireno.

Doña Mag.

Mi maestro habéis de ser

desde hoy.

Mireno.

¿Qué ha visto en mí,

vuestra excelencia, que así

me procura engrandecer?

Dará lición al maestro

el discípulo desde hoy.

Doña Mag.

(Ap.) ¡Qué claras señales doy

del ciego amor que le muestro!

Mireno.

(Ap.) ¿Qué hay que dudar, esperanza?

Esto, ¿no es tenerme amor?

Dígalo tanto favor,

muéstrelo tanta privanza.

Vergüenza, ¿por qué impedís

la ocasión que el cielo os da?

Daos por entendido ya.

Doña Mag.

Como tengo, don Dionís,

tanto amor...

Mireno.

(Ap.) Ya se declara,

¡ya dice que me ama, cielos!

Doña Mag.

Al Conde de Vasconcelos,

antes que venga, gustara,

no sólo hacer buena letra,

pero saberle escribir,

y por palabras decir

lo que el corazón penetra;

que el poco uso que en amar

tengo, pide que me adiestre

esta experiencia, y me muestre

cómo podré declarar

lo que tanto al alma importa

y el amor mismo me encarga,

que soy en quererle larga

y en significarlo corta.

En todo os tengo por diestro;

y así me habéis de enseñar

a escribir, y a declarar

al Conde mi amor, maestro.

Mireno.

(Ap.)¿Luego no fué en mi favor,

pensamiento lisonjero,

sino porque sea tercero

del Conde? ¿Veis, loco amor,

cuán sin fundamento y fruto

torres habéis levantado

de quimeras, que ya han dado

en el suelo? Como el bruto

en esta ocasión he sido,

en que la estatua iba puesta,

haciéndole el pueblo fiesta,

que loco y desvanecido

creyó que la reverencia,

no a la imagen que traía,

sino a él sólo se hacía;

y con brutal impaciencia

arrojalla de sí quiso,

hasta que se apaciguó

con el castigo, y cayó

confuso en su necio aviso.

¿Así el favor corresponde,

con que me he desvanecido?

Basta; que yo el bruto he sido

y la estatua es sólo el Conde.

Bien puedo desentonarme,

que no es la fiesta por mí.

Doña Mag.

(Ap.) (Quise deslumbrarle así,

que fué mucho declararme.)

Mañana comenzaréis,

maestro, a darme lición.

Mireno.

Servirte es mi inclinación.

Doña Mag.

Triste estáis.

Mireno.

¿Yo?

Doña Mag.

¿Qué tenéis?

Mireno.

Ninguna cosa.

Doña Mag.

(Ap.)(Un favor

me manda amor que le dé.)

¡Válgame Dios! Tropecé...

(Ap.) (Que siempre tropieza amor.)

(Tropieza y da la mano a Mireno.)

El chapín se me torció.

Mireno.

(Ap.) (¡Cielos! ¿Hay ventura igual?)

¿Hízose acaso algún mal

vuexcelencia?

Doña Mag.

Creo que no.

Mireno.

(Ap.)(¡Que la mano la tomé!)

Doña Mag.

Sabed que al que es cortesano

le dan, al darle la mano,

para muchas cosas pie.

(Vase.)

Mireno.

“¡Le dan, al darle la mano,

para muchas cosas pie!”

De aquí, ¿qué colegiré?

Decid, pensamiento vano:

en aquesto, ¿pierdo o gano?

¿Qué confusión, qué recelos

son aquéstos? Decid, cielos,

¿esto no es amor? Mas no,

que llevo la estatua yo

del Conde de Vasconcelos.

Pues ¿qué enigma es darme pie

la que su mano me ha dado?

Si sólo el Conde es amado,

¿qué es lo que espero? ¿Qué sé?

Pie o mano, decid: ¿por qué

dais materia a mis desvelos?

Confusión, amor, recelos,

¿soy amado? Pero no,

que llevo la estatua yo

del Conde de Vasconcelos.

El pie que me dió, será

pie para darla lición,

en que escriba la pasión

que el Conde y su amor la da.

Vergüenza, sufrí y callá;

bajad ya, atrevidos vuelos,

vuestra ambición, si a los cielos

mi desatino os subió,

que llevo la estatua yo

del Conde de Vasconcelos.