JORNADA TERCERA
ESCENAS I a VI
[Ruy Lorenzo se refugia en la casa de Lauro, padre de Mireno, y le refiere que si intentó la muerte del Conde de Estremoz fué para vengar a una hermana suya a la cual había dado el Conde palabra de casamiento. Lauro se lamenta de la fuga de su hijo Mireno, y en su dolor dice que él no es pastor ni se llama Lauro, sino que es el Duque de Coímbra.]
Lauro.
···············
Murió el Rey de Portugal,
mi hermano, en la primavera
de su juventud lozana;
mas la muerte, ¿qué no seca?
De seis años dejó un hijo,
que agora, ya hombre, intenta
acabar mi vida y honra;
y dejando la tutela
y el gobierno destos reinos
solos a mí y a la Reina.
Murió el Rey, sobre el gobierno
hubo algunas diferencias
entre mí y la Reina viuda;
porque jamás la soberbia
supo admitir compañía
en el reinar, y las lenguas
de envidiosos lisonjeros
siempre disensiones siembran.
···············
Pero cesó el alboroto
porque, aunque era moza y bella
la Reina, un mal repentino
dió con su ambición en tierra.
Murió, en fin; gocé el gobierno
portugués sin competencia,
hasta que fué Alfonso quinto
de bastante edad y fuerzas.
Caséle con una hija
que me dió el cielo, Isabela
por nombre, aunque desdichada,
pues ni la estima ni precia.
Juntáronsele al Rey mozo
mil lisonjeros, que cierran
a la verdad en Palacio,
como es costumbre, las puertas.
Entre ellos un mi enemigo,
de humilde naturaleza,
Vasco Fernández por nombre,
gozó la privanza excelsa:
y queriendo derribarme
para asegurarse en ella,
a mi propio hermano induce,
y para engañarle, ordena
hacerle entender que quiero
levantarme con sus tierras,
y combatirle a Berganza,
siendo Duque por mí della.
···············
Creyólo, desposeyóme
de mi Estado y las riquezas
que en el gobierno adquirí:
llevóme a una fortaleza,
donde sin bastar los ruegos,
ni lágrimas de Isabela,
mi hija y su esposa, manda
que me corten la cabeza.
Supe una noche propicia
el rigor de la sentencia;
···············
me descolgué de los muros,
y en aquella noche mesma
di aviso que me siguiese
a mi esposa, la Duquesa.
Supo el Rey mi fuga, y manda
que al són de roncas trompetas
me publiquen por traidor,
dando licencia a cualquiera
para quitarme la vida,
poniendo mortales penas
a quien, sabiendo de mí,
no me lleve a su presencia.
···············
Murió mi esposa querida,
y un hijo hermoso me deja,
que en este traje criado,
comprando ganado y tierras,
y hecho de duque pastor,
ha ya veinte primaveras
que han dado flores a mayo,
hierba al prado y a mí penas.
···············
ESCENA VII
(Habitación de doña Magdalena.)
Doña Juana, doña Magdalena.
Doña Juana.
Don Dionís, señora, viene
a darte lición. (Vase.)
Doña Mag.
A dar
lición vendrá de callar,
pues aun palabras no tiene.
De suerte me trata amor,
que mi pena no consiente
más silencio; abiertamente
le declararé mi amor,
contra el común orden y uso,
mas tiene de ser de modo
que, diciéndoselo todo,
le he de dejar más confuso.
(Siéntase en una silla y finge que duerme.)
ESCENA VIII
Mireno, doña Magdalena.
Mireno.
¿Qué me manda vuexcelencia?
¿Es hora de dar lición?
(Ap.) (Ya comienza el corazón
a temblar en su presencia.
Pues que calla, no me ha visto;
sentada sobre la silla,
con la mano en la mejilla
está.)
Doña Mag.
(Ap.) En vano me resisto.
Yo quiero dar a entenderme,
como que dormida estoy.
Yo quiero dar a entenderme
como que dormida estoy.
Mireno.
Don Dionís, señora, soy.—
No me responde. ¿Si duerme?
Durmiendo está. Atrevimiento,
agora es tiempo; llegad
a contemplar la beldad
que ofusca mi entendimiento.
Cerrados tiene los ojos,
llegar puedo sin temor;
que si son flechas de amor,
no me podrán dar enojos.
¿Hizo el autor soberano
de nuestra naturaleza
más acabada belleza?
Besarla quiero una mano.
¿Llegaré? Sí; pero no,
que es la reliquia divina,
y mi humilde boca indina
de tocarla. Pero yo
soy hombre ¡y tiemblo! ¿Qué es esto?
Ánimo. ¿No duerme? Sí.
(Llega, y se retira.)
Voy. ¿Si despierta? ¡Ay de mí!
Que el peligro es manifiesto,
···············
El temor al amor venza:
afuera quiero esperar.
Doña Mag.
(Ap.) ¡Que no se atrevió a llegar!
¡Mal haya tanta vergüenza!
Mireno.
No parezco bien aquí
solo, pues durmiendo está.
Yo me voy. (Ap.)
Doña Mag.
(¿Que al fin se va?)
(Fingiendo que habla dormida.)
Don Dionís...
Mireno.
¿Llamóme? Sí.
¡Qué presto que despertó!
Miren ¡qué bueno quedara
si mi intento ejecutara!
¿Está despierta? Mas no,
que en sueños pienso que acierta
mi esperanza entretenida,
y quien me llama dormida
no me quiere mal despierta.
¿Si acaso soñando está
en mí? ¡Ay, cielos! ¿Quién supiera
lo que dice?
Doña Mag.
No os vais fuera;
llegaos, don Dionís, acá.
Mireno.
Llegar me manda en su sueño.
¡Qué venturosa ocasión!
Obedecella es razón,
pues, aunque duerme, es mi dueño.
Amor, acabad de hablar;
no seáis corto.
Doña Mag.
Don Dionís,
ya que a enseñarme venís
a un tiempo a escribir y amar
al Conde de Vasconcelos...
Mireno.
¡Ay, celos! ¿Qué es lo que veis?
Doña Mag.
Quisiera ver si sabéis
qué es amor y qué son celos:
porque será cosa grave
que ignorante por vos quede,
pues que ninguno otro puede
enseñar lo que no sabe.
Decidme, ¿tenéis amor?
¿De qué os ponéis colorado?
¿Qué vergüenza os ha turbado?
Responded, dejá el temor;
que el amor es un tributo
y una deuda natural
en cuantos viven, igual
desde el ángel hasta el bruto.
Si esto es verdad, ¿para qué
os avergonzáis así?
¿Queréis bien? —Señora, sí.—
¡Gracias a Dios que os saqué
una palabra siquiera!
···············
¿Y habéis dicho a vuestra dama
vuestro amor? —No me he atrevido.
—¿Luego nunca lo ha sabido?
—Como el amor todo es llama
bien lo habrá echado de ver
por los ojos lisonjeros,
que son mudos pregoneros.
—La lengua tiene de hacer
ese oficio; que no entiende
distintamente quien ama
esa lengua que se llama
algarabía de allende.
¿No os ha dado ella ocasión
para declararos? —Tanta,
que mi cortedad me espanta.
—Hablad, que esa suspensión
hace a vuestro amor agravio.
—Temo perder por hablar
lo que gozo por callar.
—Eso es necedad; que un sabio
al que calla y tiene amor
compara a un lienzo pintado
de Flandes, que está arrollado.
Poco medrará el pintor
si los lienzos no descoge
que al vulgo quiere vender
para que los pueda ver.
El palacio nunca acoge
la vergüenza: esa pintura
desdoblad, pues que se vende,
que el mal que nunca se entiende
difícilmente se cura.
—Sí; mas la desigualdad
que hay, señora, entre los dos,
me acobarda. —Amor, ¿no es dios?
—Sí, señora. —Pues hablad;
que sus absolutas leyes
saben abatir monarcas,
e igualar con las abarcas
las coronas de los reyes.
Yo os quiero ser medianera:
decidme a mí a quién amáis.
—No me atrevo. —¿Qué dudáis?
¿Soy mala para tercera?
—No; pero temo, ¡ay de mí!
—¿Y si yo su nombre os doy?
¿Diréis si es ella, si soy
yo acaso? —Señora, sí.
—¡Acabara yo de hablar!
¿Mas que sé que os causa celos
el Conde de Vasconcelos?
—Háceme desesperar;
que es, señora, vuestro igual
y heredero de Berganza.
—La igualdad y semejanza
no está en que sea principal,
o humilde y pobre el amante,
sino en la conformidad
del alma y la voluntad.
Declaraos de aquí adelante,
don Dionís; a esto os exhorto;
que en juegos de amor no es cargo
tan grande un cinco de largo
como es un cinco de corto.
Días ha que os preferí
al Conde de Vasconcelos.
Mireno.
¡Qué escucho, piadosos cielos!
(Da un grito Mireno, y hace que despierta doña Magdalena.)
Doña Mag.
¡Ay, Jesús! ¿Quién está aquí?
¿Quién os trajo a mi presencia,
don Dionís?
Mireno.
Señora mía...
Doña Mag.
¿Qué hacéis aquí?
Mireno.
Yo venía
a dar a vuestra excelencia
lición; halléla durmiendo,
y mientras que despertaba,
aquí, señora, aguardaba.
Doña Mag.
Dormíme, en fin, y no entiendo
de qué pudo sucederme;
que es gran novedad en mí
quedarme dormida ansí. (Levántase.)
Mireno.
Si sueña, siempre que duerme
vuestra excelencia, del modo
que agora, ¡dichoso yo!
Doña Mag.
(Ap.) ¡Gracias al cielo que habló
este mudo!
Mireno.
(Ap.) Tiemblo todo.
Doña Mag.
¿Sabéis vos lo que he soñado?
Mireno.
Poco es menester saber
para eso.
Doña Mag.
Debéis de ser
otro José.
Mireno.
Su traslado
en la cortedad he sido,
pero no en adivinar.
Doña Mag.
Acabad de declarar
cómo el sueño habéis sabido.
Mireno.
Durmiendo vuestra excelencia,
por palabras le ha explicado.
Doña Mag.
¡Válame Dios!
Mireno.
Y he sacado
en mi favor la sentencia,
que falta ser confirmada,
para hacer mi dicha cierta,
por vuexcelencia despierta.
Doña Mag.
Yo no me acuerdo de nada.
Decídmelo; podrá ser
que me acuerde de algo agora.
Mireno.
No me atrevo, gran señora.
Doña Mag.
Muy malo debe de ser,
pues no me lo osáis decir.
Mireno.
No tiene cosa peor
que haber sido en mi favor.
Doña Mag.
Mucho lo deseo oír:
acabad ya, por mi vida.
Mireno.
Es tan grande el juramento,
que anima mi atrevimiento.
Vuestra excelencia dormida...
—Tengo vergüenza.—
Doña Mag.
Acabad;
que estáis, don Dionís, pesado.
Mireno.
Abiertamente ha mostrado
que me tiene voluntad.
Doña Mag.
¿Yo? ¿Cómo?
Mireno.
Alumbró mis celos,
y en sueños me ha prometido...
Doña Mag.
¿Sí?
Mireno.
Que he de ser preferido
al Conde de Vasconcelos.
Mire si en esta ocasión
son los favores pequeños.
Doña Mag.
Don Dionís, no creáis en sueños,
que los sueños, sueños son. (Vase.)
ESCENA IX
Mireno.
¿Ahora sales con eso?
Cuando sube mi esperanza,
¡carga el desdén la balanza
y se deja en fiel el peso!
···············
Calle el alma su pasión
y sirva a mejores dueños,
sin dar crédito a más sueños,
que los sueños, sueños son.
ESCENAS X a XVI
[Don Antonio declara
su amor a doña Serafina. Esta le rechaza
y le afea su conducta por haberse fingido secretario del Duque. Don Antonio, al
verse así despreciado, arroja a los pies de doña
Serafina el retrato que hizo pintar en el jardín, y se marcha
indignado.
Doña Serafina
examina el retrato y nota que aquel hombre tiene con ella un
extraordinario parecido. Deseando saber quién es el retratado, llama nuevamente
al conde don Antonio para que se lo
confiese; y el Conde inventa un nuevo
ardid para conseguir el amor de Serafina.
Dice que él no está directamente interesado en aquel amor y que se
introdujo fraudulentamente en Palacio para servir de mediador entre
doña Serafina y don
Dionís de Coímbra, el cual se enamoró de ella un día
que estuvo en Avero disfrazado de pastor.—Aquel retrato es de
don Dionís. Doña
Serafina cree el embuste y accede a tener aquella noche
una entrevista con el don Dionís del
retrato.]
ESCENA XVII
Habitación de doña Magdalena.
El Duque, doña Magdalena; después Mireno.
Duque.
Quiero veros dar lición;
que la carta que ayer vi
para el Conde, en que leí
del sobrescrito el renglón,
me contentó. Ya escribís
muy claro.
Doña Mag.
Y aún no lo entiende
con ser tan claro, y se ofende
mi maestro don Dionís.
(Sale Mireno.)
Mireno.
¿Llámame vuestra excelencia?
Doña Mag.
Sí; que el Duque, mi señor,
quiere ver si algo mejor
escribo. Vos experiencia
tenéis de cuán escribana
soy; ¿no es verdad?
Mireno.
Sí, señora.
Doña Mag.
Escribí, no ha un cuarto de hora,
medio dormida, una plana
tan clara, que la entendiera
aun quien no sabe leer.
¿No me doy bien a entender,
don Dionís?
Mireno.
Muy bien.
Doña Mag.
Pudiera
serviros, según fué buena,
de materia para hablar
en su loor.
Mireno.
Con callar
la alabo: sólo condena
mi gusto el postrer renglón,
por más que la pluma excuso,
porque estaba muy confuso.
Doña Mag.
Diréislo por el borrón
que eché a la postre.
Mireno.
¿Pues no?
Doña Mag.
Pues adrede le eché allí.
Mireno.
Sólo el borrón corregí,
porque lo demás borró.
Doña Mag.
Bien lo pudisteis quitar,
que un borrón no es mucha mengua.
Mireno.
¿Cómo?
Doña Mag.
(Aparte a Mireno.)
El borrón con la lengua
se quita, y no con callar.—
Ahora bien, cortá una pluma.
Mireno.
Ya, gran señora, la corto.
Doña Mag.
(Enojada.) Acabad, que sois muy corto.
Vuestra excelencia presuma
que de vergüenza no sabe
hacer cosa de provecho.
Duque.
Con todo, estoy satisfecho
de su letra.
Doña Mag.
Es cosa grave
el dalle avisos por puntos,
sin que aproveche. Acabad.
Duque.
Magdalena, reportad.
Mireno.
¿Han de ser cortos los puntos?
Doña Mag.
¡Qué amigo sois de lo corto!
Largos los pido; cortaldos
de aqueste modo, o dejaldos.
Mireno.
Ya, gran señora, los corto.
Duque.
¡Qué mal acondicionada
sois!
Doña Mag.
Un hombre vergonzoso
y corto, es siempre enfadoso.
Mireno.
Ya está la pluma cortada.
Doña Mag.
Mostrad. ¡Y qué mala! ¡Ay Dios!
(Pruébala y arrójala.)
Duque.
¿Por qué la echáis en el suelo?
Doña Mag.
¡Siempre me la dais con pelo!
Líbreme el cielo de vos.
Quitalde con el cuchillo.
No sé de vos qué presuma;
siempre con pelo la pluma
(Ap.) y la lengua con frenillo.
Mireno.
(Ap.)Propicios me son los cielos;
todo esto es en mi favor.
ESCENA XVIII
El Conde.—Dichos.
Conde.
Dadme albricias, gran señor;
el Conde de Vasconcelos
está sólo una jornada
de vuestra villa.
Doña Mag.
(Ap.)¡Ay de mí!
Conde.
Mañana llegará aquí,
porque trae tan limitada,
dicen, del Rey la licencia,
que no hará más de casarse
mañana, y luego tornarse.
Apreste vuestra excelencia
lo necesario, que yo
voy a recebirle luego.
Duque.
¿No me escribe?
Conde.
Aqueste pliego.
Duque.
Hija, la ocasión llegó
que deseo.
Doña Mag.
(Ap.) Saldrá vana.
Mireno.
(Ap.) ¡Ay, cielo!
Doña Mag.
(Ap.) Mi bien suspira.
Duque.
Vamos, deja aqueso y mira
que te has de casar mañana.
(Vanse el Duque y el Conde.)
Doña Mag.
(Escribe.) Don Dionís, en acabando
de escribir aquí, leed
este billete, y haced
luego lo que en él os mando.
Mireno.
Si ya la ocasión perdí,
¿qué he de hacer? ¡Ay, suerte dura!
Doña Mag.
Amor todo es coyuntura. (Vase.)
ESCENA XIX
Mireno.
Fuése. El papel dice ansí:
(Lee.) No da el tiempo más espacio:
esta noche en el jardín
tendrán los temores fin
del Vergonzoso en Palacio.
¡Cielos! ¿Qué escucho? ¿Qué veo?
¿Esta noche? ¡Hay más ventura!
¿Si lo sueño? ¿Si es locura?
No es posible, no lo creo.
Esta noche en el jardín...
¡Vive Dios, que está aquí escrito
mi bien! A buscar a Brito
voy. ¿Hay más dichoso fin?
Presto en tu florido espacio
dará envidia entre mis celos
al Conde de Vasconcelos
el Vergonzoso en Palacio. (Vase.)
ESCENA XX
[Lauro sabe que su hijo está en Avero y decide ir a verle.]
ESCENA XXII
Palacio del Duque, con jardín. Es de noche.
Doña Juana y doña Serafina, a una ventana.
Doña Ser.
¡Ay, querida doña Juana!
Nota de mi fama doy;
mas si no me declaro hoy,
me casa el Duque mañana.
Doña Juana.
Don Dionís, señora, es tal,
que no llega don Duarte
con la más mínima parte
a su valor. Portugal
por su padre llora hoy día;
para en uno sois los dos;
gozaos mil años.
Doña Ser.
¡Ay, Dios!
Doña Juana.
No temas, señora mía,
que mi primo fué por él;
presto le traerá consigo.
Doña Ser.
Él tiene un notable amigo.
Doña Juana.
Pocos se hallarán como él.
ESCENA XXIII
Don Antonio y después Tarso, como de noche.—Dichas.
Don Ant.
Hoy, amor, vuestras quimeras
de noche me han convertido
en un don Dionís fingido
y un don Antonio de veras.
Por uno y otro he de hablar.
Gente siento a la ventana.
Doña Juana.
Ruido suena; no fué vana
mi esperanza.
Tarso.
Este lugar
mi dichoso don Dionís
me manda que mire y ronde
por si hay gente.
Doña Juana.
Ce: ¿es el Conde?
Don Ant.
Sí, mi señora.
Doña Juana.
¿Venís
con don Dionís?
Tarso.
(Ap.) ¿Cómo es esto?
¿Don Dionís? La burla es buena.
¿Mas si es doña Magdalena?
Reconocer este puesto
me manda, porque le avise
si anda gente, y me parece
que otro en su lugar se ofrece;
y que le ronde, ande y pise,
vaya; mas que es don Dionís,
eso no.
Don Ant.
Conmigo viene
un don Dionís, que os previene
el alma, que ya adquirís,
para ofrecerse a esas plantas.
Hablad, don Dionís; ¿qué hacéis?
(Finge la voz.)
¿Que estoy suspenso no veis,
contemplando glorias tantas?
Pagar lo mucho que os debo
con palabras será mengua,
y ansí refreno la lengua,
porque en ella no me atrevo.
Mas, señora, amor es dios,
y por mí podrá pagar.
Doña Juana.
(Ap.) ¡Bien sabe disimular
el habla!
Doña Ser.
¿No tenéis vos
crédito para pagarme
esta deuda?
Don Ant.
No lo sé;
mas buen fiador os daré:
el Conde puede fiarme.—
Yo os fío.
Tarso.
(Ap.)¡Válgate el diablo!
sólo un hombre es, vive Dios,
y parece que son dos.
Don Ant.
Con mucho peligro os hablo
aquí; haced mi dicha cierta,
y tengan mis penas fin.
Doña Ser.
Pues ¿qué queréis?
Don Ant.
Del jardín
tengo ya franca la puerta.
Doña Juana.
Mira que suele rondarte
don Duarte, señora mía,
y que si aguardas al día,
has de ser de don Duarte;
cualquier dilación es mala.
Doña Ser.
¡Ay, Dios!
Doña Juana.
¡Qué tímida eres!
¿Entrará?
Doña Ser.
Haz lo que quisieres.
Don Ant.
Don Dionís, amor te iguala
a la ventura mayor
que pudo dar: corresponde
a tu dicha. —Amigo Conde,
por vuestra industria y favor
he adquirido tanto bien:
dadme esos brazos; yo soy
tu amigo, Conde, desde hoy.—
Yo vuestro esclavo. —Está bien:
dará el tiempo testimonio
desta deuda. —Aquí te aguardo,
que así mis amigos guardo:
entrad. —Adiós, don Antonio.
(Éntrase.)
Doña Ser.
¿Entró?
Doña Juana.
Sí.
Doña Ser.
¡Que deste modo
fuerce amor a una mujer!
Mas por sólo no lo ser
del de Estremoz, poco es todo.
(Vanse de la ventana.)
···············
ESCENA XXIV
Mireno, de noche.—Tarso.
Mireno.
Él se debió de quedar,
como acostumbra, dormido.
Tarso.
Ya queda sustituído
por otro aquí tu lugar.
Mireno.
¿Qué dices, necio? Responde:
vienes aquí a ver si hay gente,
¡y estáste aquí, impertinente!
Tarso.
Gente ha habido.
Mireno.
¿Quién?
Tarso.
Un Conde,
y un don Dionís de tu nombre,
que es uno y parecen dos.
Mireno.
¿Estás sin seso?
Tarso.
Por Dios,
que acaba de entrar un hombre
con tu doña Magdalena,
que, o es colegial trilingüe,
o a sí propio se distingue,
o es tu alma que anda en pena.
Más sabe que veinte Ulises.
Algún traidor te ha burlado,
o yo este enredo he soñado,
o aquí hay dos don Dionises.
Mireno.
Soñástelo.
Tarso.
¡Norabuena!
ESCENA XXV
Doña Magdalena, a la ventana.—Mireno, Tarso.
Doña Mag.
¿Si habrá don Dionís venido?
Tarso.
A la ventana ha salido
un bulto.
Doña Mag.
¡Ay Dios! Gente suena.
Ce: ¿es don Dionís?
Mireno.
Mi señora,
yo soy ese venturoso.
Doña Mag.
Entrad, pues, mi vergonzoso.
(Vase de la ventana.)
Mireno.
¿Crês, que lo soñaste agora?
Tarso.
No sé.
Mireno.
Si mi cortedad
fué vergüenza, adiós vergüenza;
que seréis, como no os venza,
desde agora necedad. (Vase.)
···············
ESCENAS XXVI y XXVII
[Lauro, Ruy Lorenzo y algunos pastores llegan a Avero en el momento en que un heraldo publica el siguiente bando:]
“El rey nuestro señor, Alfonso el V, manda: Que en todos sus Estados reales, con solemnes y públicos pregones, se publique el castigo que en Lisboa se hizo del traidor Vasco Fernández, por las traiciones que a su tío el duque don Pedro de Coímbra ha levantado, a quien por leal vasallo y noble, y en todos sus Estados restituye; mandando que en cualquier parte que asista, si es vivo, le respeten como a él mismo; y si es muerto, su imagen hecha al vivo pongan sobre un caballo, y una palma en la mano, le lleven a su corte, saliendo a recebirle los lugares: y declara a los hijos que tuviere por herederos de su patrimonio, dando a Vasco Fernández y a sus hijos por traidores, sembrándoles sus casas de sal, como es costumbre en estos reinos, desde el antiguo tiempo de los godos. Mándase pregonar para que venga a noticia de todos.”
···············
“El rey, vuestro Señor,
Alfonso el V, manda...”
Lauro.
Gracias a vuestra piedad,
recto Juez, clemente y sabio,
que volvéis por mi justicia.
Ruy.
El parabién quiero daros
con las lágrimas que vierto:
gocéisle, Duque, mil años.
Duque.
¿Qué labradores son éstos,
que hacen extremos tantos?
Conde.
¡Ah, buena gente! Mirad
que os llama el Duque.
Lauro.
Trabajos,
si me habéis tenido mudo,
ya es tiempo de hablar. ¿Qué aguardo?
Dadme aquesos brazos nobles,
Duque ilustre, primo caro.
Don Pedro soy.
Duque.
¡Santos cielos,
dos mil gracias quiero daros!
Conde.
¡Gran Duque! ¡En aqueste traje!
Lauro.
En éste me he conservado
con vida y honra hasta agora.
···············
Duque.
Es el Conde de Estremoz,
a quien la palabra he dado
de casalle con mi hija
la menor, y agora aguardo
al Conde de Vasconcelos,
sobrino vuestro.
Lauro.
Mi hermano
estará ya arrepentido,
si traidores le engañaron.
Duque.
Doile a doña Magdalena,
mi hija mayor.
Lauro.
Sois sabio
en escoger tales yernos.
Duque.
Y venturoso otro tanto,
en que seréis su padrino.
Ruy.
(Ap.) Aunque el Conde me ha mirado,
no me ha conocido. ¡Ay cielos!
¿Quién vengará mis agravios?
Duque.
Hola, llamad a mis hijas,
que de suceso tan raro,
por la parte que les toca,
es bien darles cuenta...
ESCENA XXVIII
Doña Magdalena, doña Serafina. Doña Juana.—Dichos.
Doña Mag.
¿Qué manda vuestra excelencia?
Duque.
Que beséis, hijas, las manos
al gran Duque de Coímbra,
vuestro tío.
Doña Mag.
¡Caso raro!
Lauro.
Lloro de contento y gozo.
Doña Ser.
(Ap.) Mi suerte y ventura alabo:
ya segura gozaré
mi don Dionís, pues ha dado
fin el cielo a sus desdichas.
Lauro.
Gocéis, sobrinas, mil años,
los esposos que os esperan.
Doña Ser.
El cielo guarde otros tantos
la vida de vuexcelencia.
Doña Mag.
Si la mía estima en algo,
le suplico, así propicios
de aquí adelante los hados
le dejen ver reyes nietos
y venguen de sus contrarios,
que este casamiento impida.
Duque.
¿Cómo es eso?
Doña Mag.
Aunque el recato
de la mujeril vergüenza
cerrarme intente los labios,
digo, señor, que ya estoy
casada.
Duque.
¡Cómo! ¿Qué aguardo?
¿Estás sin seso, atrevida?
Doña Mag.
El cielo y amor me han dado
esposo, aunque humilde y pobre,
discreto, mozo y gallardo.
Duque.
¿Qué dices, loca? ¿Pretendes
que te mate?
Doña Mag.
El secretario
que me diste por maestro
es mi esposo.
Duque.
Cierra el labio.
¡Ay, desdichada vejez!
Vil, ¿por un hombre tan bajo
al Conde de Vasconcelos
desprecias?
Doña Mag.
Ya le ha igualado
a mi calidad amor,
que sabe humillar los altos
y ensalzar a los humildes.
Duque.
Daréte la muerte.
Lauro.
Paso,
que es mi hijo vuestro yerno.
Duque.
¿Cómo es eso?
Lauro.
El secretario
de mi sobrina, vuestra hija,
es Mireno, a quien ya llamo
don Dionís, y mi heredero.
Duque.
Ya vuelvo en mí: por bien dado
doy mi agravio de ese modo.
Doña Mag.
¿Hijo es vuestro? ¡Ay, Dios! ¿Qué aguardo,
que no beso vuestros pies?
Doña Ser.
Eso no, porque es engaño:
don Dionís, hijo del Duque
de Coímbra, es quien me ha dado
mano y palabra de esposo.
Duque.
¡Hay hombre más desdichado!
Doña Ser.
Doña Juana es buen testigo.
Doña Mag.
Don Dionís está en mi cuarto,
y mi cámara.
Doña Ser.
¡Qué bueno!
En la mía está encerrado.
Lauro.
Yo no tengo más que un hijo.
Duque.
Tráiganlos luego. ¡En qué caos
de confusión estoy puesto!
···············
ESCENA XXIX
Mireno.—Dichos.