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Todo al Vuelo / Obras Completas Vol. XVIII

Chapter 27: V
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About This Book

A series of short, vividly descriptive essays and sketches that record Parisian street life, foreign characters in the Quartier, theatrical anecdotes, and curious press investigations; the narrator observes exotica — a black man in a white panama, Asians, Levantines — notes social manners and fashions, recounts rumor-rich journalistic inquiries about a vanished nobleman and the mysteries around his identity, and offers lyrical, ironic reflections on modern urban cosmopolitanism, cultural collisions, and the performative aspects of appearance.

ALGUNOS JUICIOS

Algunas notas sobre Valle Inclán.

I

Recuerdo la primera impresión. Este es uno de los que quieren épater al burgués, me dije. Sombrerón de anchas alas, barbas monjiles, gesto militar, palabras estupefacientes, maneras de aristo. El cuerpo delgado bajo un macferland cuya esclavina se convertía por instantes en dos alas de murciélago satánico; los ojos dulces o relampagueantes, y la sonrisa entre la cual se escapaban frases a cortos golpes paradójicos, o buenas, o espantosas. Sobre todo espantosas, épatantes.

Él me pudo decir entonces: Hombre de América que vienes aquí para ver España: mira en mí algo de lo que queda de lo más nacional, típico y poético. Yo soy un Conquistador, y además, otras cosas. Mi sombrerón de anchas alas te dice de mis cariños y andares en las tierras de Méjico que tanto recorriera aquel mi muy admirado varón de gesta que tenía por nombre Hernán Cortés. Mis barbas monjiles te manifiestan la tradicional religión del monje que he sido; mi gesto militar explica que he llevado uniforme en luchas civiles, en la misma tierra en que manda el legendario y justamente alabado por Tolstoi, general don Porfirio Díaz. En cuanto mis palabras que dejan a las gentes estupefactas o espantadas, son las de aquel que sabe que hay en la tierra y en el cielo cosas que no comprende nuestra filosofía...

II

Desde entonces Valle Inclán ha crecido como un bello león. Perdió su brazo, pero parece que por allí le hubiese brotado una nueva garra invisible.

Cuando Octave Mirbeau descubrió en el Fígaro parisiense a Maeterlinck, nombró a Shakespeare. Hugo, si no me engaño, en una breve frase, rememoró al omnividente Will, a propósito de las extraordinarias niñerías de Rimbaud.

Yo no he encontrado la sensación shakespereana más que en algunas cosas de Lugones—en quien encuentro todo—y en los últimos libros de Valle Inclán. Poe queda aparte como Jules Laforgue.

III

El éxito internacional—y lo digo con motivo de que en Francia han comenzado a traducir las obras de Valle Inclán—no tiene nada que ver con el mérito artístico, con los valores ideales. D'Annunzio, a pesar de su réclame, no se puede regodear de una Quo vadis?, y Sienkiewicz nada vale al lado del Coloso: ¡George Ohnet!

George Meredith acaba de morir, y aquí en España no he visto en ningún periódico más artículo respecto a la desaparición del prodigioso inglés, que el que ha enviado a un diario su corresponsal en Londres, varios días después de los funerales.

IV

Los personajes que en su ya larga serie de obras ha creado este espíritu de excepción, son vivientes más allá de la real vida, más allá de la vida normal; no existen como los héroes balzacianos o zolescos, sino como Hamlet, Otelo, o el viejo Lear.

Los tipos retratados o encarnados de lo cotidiano, mueren, desaparecen, como los que vemos todos los días. Poeta o escritor que quiere dar a sus seres supervivencia tiene que plasmarlos e infundirles un alma bajo un concepto de eternidad. No viven hoy diez mil tipos animados por mil autores que tuvieron en su tiempo ganga y celebridad, y que hacían la labor de fuera para dentro. Viene Celestina simbólica y que parece tan real como quien hubiera merecido ser su esposo o compañero, el gordo Falstaf. Ambos tuvieron forma y alma de dentro para fuera. Así el ilustre Bradomín, don Juan Manuel de Montenegro, las damas de ensueño y los bufones de misterio que, en un ambiente desconocido, aparecen en la obra profunda y encantadora de Valle Inclán.

V

Yo he retratado antaño a este admirado y querido amigo mío en el siguiente soneto:

Este gran don Ramón de las barbas de chivo,
cuya sonrisa es la flor de su figura,
parece un viejo dios, altanero y esquivo,
que se animase en la frialdad de su escultura.
El cobre de sus ojos por instantes fulgura
y da una llama roja tras un ramo de olivo.
Tengo la sensación de que siento y que vivo
a su lado, una vida más intensa y más dura.
Este gran don Ramón del Valle Inclán me inquieta,
y a través del zodíaco de mis versos actuales
se me esfuma en radiosas visiones de poeta,
o se me rompe en un fracaso de cristales.
Yo le he visto arrancarse del pecho la saeta
que le lanzan los siete pecados capitales.

Tales catorce versos no dicen en verdad la complicada figura de este gran don Ramón. Tan complicada, que ha llegado a ser casi burgués, casándose con un «alma hermana» que le comprende y le ama muy de veras. La antigua cabellera ha desaparecido; una indumentaria inglesa ha sustituído a la de los días pasados—aunque también el macferland era británico—y luego, nunca, nadie podrá decir que ha visto a Valle incorrecto. Siempre, aun en días duros, fué el caballero, el fidalgo. En su casita, que es un nido de arte, en la calle de Santa Engracia, una niñita sonrosada es una rosa sobre su gloria, es la princesa.

VI

Este no es un estudio; dicho está que son notas. Largo trabajo se necesitaría para exponer la obra—y la vida unida ella—de Valle Inclán. Porque lo que he dicho sobre lo shakespeareano, tiene, en la introspección, una base de realidad. Atiéndase bien:

Todo lo que en la poemática labor de Valle Inclán parece más fantástico y abstruso, tiene una base de realidad. La vida está ante el poeta, y el poeta la transforma, la sutiliza, la eleva, la multiplica; en una palabra: la diviniza, con su potencia y música interior. El que no tiene el daimon no puede hacer eso, y, por tanto, he sostenido la superioridad de Unamuno sobre otros puramente formales o virtuosos en la lírica.

VII

Femeninas, Epitalamio, Cenizas, fueron la primera floración en el jardín de este gran señor de letras. Se dirá de reminiscencias extranjeras—por lo de la forma—, mas nunca del modo que se le ha señalado a D'Annunzio. Valle Inclán ha sido d'annunziano en alguna de las sonatas—cuestión de orden y contrapunto verbal, y hasta dandismo, porque era el momento, y, cuando cantan los ruiseñores, les llevan y les modulizan el canto los vientos que vienen de todas partes. Para esto, ver lo que últimamente ha dicho uno de los superiores, un gran poeta y de los más conscientes y firmes de saber, el catalán Marquina, a quien si alguna vez le ha faltado algún don—siendo con todo de los excelentes—y hablo ahora en cuanto a crítico—, es el don de la diferenciación.

VIII

Las Sonatas, que hoy, por primera vez, van a hacerse conocer en Europa, son ejecuciones primigenias de Valle Inclán. Bravas ideas y aventuras sentimentales dichas en exquisitas maneras. La demostración, en los primeros momentos, de nuestra lucha hispanoamericana por representarnos ante el mundo como concurrentes a una idea universal—Idea, no Moda—que comenzaba a llenar de una nueva ilusión o realización de belleza, todo lo que entonces pensaba altamente en la tierra. En ello hay el anhelo de la novedad—y de antigüedad—que caracterizó a los Nuevos. Que mañana seremos Viejos. Pero él va fecundando. Y las Sonatas de las cuatro estaciones tendrán una repercusión incomparable en la historia de las letras castellanas. Poniendo su escenario en tierras distintas, como los capitanes de antes su bandera y sus proezas, en que hacían tan soberbiamente drama o novela, él cierra, en un momento, ese zodiacal cielo y va a hacer otra cosa.

IX

Entonces vienen las Comedias Bárbaras—que tienen únicamente, y todo relativo, algún parentesco con los poemas del olímpico francés y con las odas del poderoso italiano—. Bárbaro, en esta extensión de la palabra, es lo que en expresión, simbolismo o manera de ser, representa una mentalidad medioeval, ásperamente expresiva, invasora y gótica; popular en lo del fondo del corazón del pueblo: feudal, caballeresca, burgrave, mística, llena de conocimientos o suposiciones milenarios, y al mismo tiempo ingenua, pagana en lo mucho que de paganismo tenía la Edad Media: con el sentido de la Fatalidad que había en tiempos de pestes extrañas y fulminantes que supiera comprender un Edgar Poe; y de peregrinos con sus conchas en las caperuzas; y de leprosos que para atraer o alejar al viandante, tocaban sus esquilas en los caminos, mientras todo el orbe, desde el montículo papal, temblaba por el advenimiento de lo Extraordinario.

Como Galicia ha sido una de las regiones santuarios del mundo, tiene una infinidad de infinito flotante y de religiosidad imperante en que podía bien anclar este fundamental artista. Todo eso legendario de Compostela, todas las sendas de fe, que han ido abriendo generaciones de generaciones por siglos de siglos: todo el creer de la labriega que sabe los decires de las brujas, las apariciones particulares o numerosas; el hablar de las piedras para quien las entiende, como el de los árboles en la sombra para quien los oye; todo lo que la circunstante naturaleza tiene en esa región de España, está en la obra de Valle Inclán. Pero, y aquí viene mi cita de Shakespeare, adquiere por la virtud genial, una expansión absoluta. Y el marqués de Bradomín se irá por todas partes, sin marca de fábrica francesa o sin estampilla escandinava, y respirando con más placer y dignidad, antes que los perfumes forasteros, los del gran botafumeiro de su catedral.

X

Ahora empieza la serie de los cruzados de la causa. Novelas carlistas. No hay nada comparable sino los chouanorias de Barbey. No he visto más adorable Cervantes, sin esperar nada del palacio veneciano de Loredán y del apartamento de París. Él cree, él ve la epopeya, que lo fué, estupenda, en aquel encuentro largo de leones, de una y otra parte. Él cree, y principalmente, sabe, porque está documentado como en todo. Es esta una campaña de ideal de que no se han dado cuenta aquí. El viejo e ilustre Galdós debía haber hablado ya y decir quién viene después de él. No para dejarse devorar, como en ciertas tribus, sino para que se le respetase más.

Y conste que hoy yo amo y respeto a don Benito, casi ya lapidariamente maestro.

XI

¡Y luego, Valle Inclán es un poeta tan exquisito! ¡Su libro pequeño y lindo de versos está lleno de tan supremas cosas! A Rodó, a Lugones, a Díaz Rodríguez y a los otros compañeros más serán un regalo. Pero fíjense en los acompañamientos de gaita que van al fin de cada poemita. Es que el celta nos conquista; e irá de allí a todas partes. Solamente que, ¿qué citar? Citaré las Prosas de dos ermitaños:

En la austera quietud del monte
y en la sombra de un peñascal,
nido de buitres y de cuervos
que el cielo cubren al volar,
razonaban dos ermitaños:
San Serenín y San Gundián.
—San Serenín, padre maestro,
tu grande saber doctoral
que aconseja a papas y a reyes,
¿puede a mi alma aconsejar
y un cirio de cándida cera
encender en su oscuridad?
—San Gundián, padre maestro,
y definidor teologal,
confesor de papas y reyes
en toda la cristiandad,
el cirio que enciende mi mano
ninguna luz darte podrá.
—San Serenín, padre maestro,
mis ojos quieren penetrar
en el abismo de la muerte,
el abismo del bien o el mal,
donde vuelan nuestras ánimas
cuando el cuerpo al polvo se da.
—San Gundián, padre maestro,
¿quien el trigo contó al granar,
y del ave que va volando,
dice en donde se posará,
y de la piedra de la honda
o de la flecha, a dónde van?
—San Serenín, padre maestro,
como los ríos a la mar,
todas las cosas en el mundo
hacen camino a su final,
y el ave y la flecha y la piedra
en ceniza se trocarán.
—San Gundián, padre maestro,
todo el saber en eso da:
cuando es misterio, en el misterio
ha de ser por siempre jamás,
hasta que el cirio de la muerte
nos alumbre en la eternidad.
—San Serenín, padre maestro,
esa luz que no apagarán
todas las borrascas del mundo,
mi aliento quisiera apagar.
¡El dolor de sentir la vida
en otra vida seguirá!
—San Gundián, padre maestro,
mientras seas cuerpo mortal
y al cielo mires, en el día
la luz del sol te cegará,
y en la noche las negras alas
del murciélago Satanás.
Callaron los dos ermitaños
y se pusieron a rezar.
San Serenín, como más viejo
tenía abierto su misal,
y en el misal la calavera
abría su vacío mirar.

En ello no hay el acompañamiento musical de la región, como os he dicho, pero oid esto, que se llama «El milagro de la mañana»:

Tañía una campana
en el azul cristal
de la santa mañana
oración campesina,
que temblaba en la azul
santidad matutina.
Y en el viejo camino
cantaba un ruiseñor,
y era de luz su trino.
La campana de aldea
le dice con su voz
al pájaro que crea.
La campana aldeana
en la gloria del sol
era el alma cristiana.
Al tocar esparcía
aromas de rosal
de la virgen María.
Esta santa conseja
la recuerda un cantar
en una fabla vieja:
«Campana, campaniña
do Pico Sacro
toca porque floreza
a rosa do milagro.»

Todas las exquisitas suavidades o gestos rítmicos de Valle Inclán indican en este pequeño libro la existencia de un poeta, que, si lo quisiese, podría hacer una obra lírica y métrica, como la que va realizando de modo que no se le puede encontrar igual en Europa, Meredit, apenas, y en otro rumbo y mundo mental, sin no hacer más que aumentar la gloria del gran inglés esta opinión.

XII

¡Ah! ¡Si Valle Inclán quisiere hacer un viaje a Buenos Aires! Posiblemente será antes a Nueva York.