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Tormento

Chapter 23: XXI
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About This Book

Una novela realista sigue el desmoronamiento emocional de una mujer que enfrenta lealtades contrapuestas entre el deber familiar, el deseo romántico y la autoridad religiosa; escenas domésticas íntimas muestran la hipocresía moral, las expectativas sociales opresivas y los sacrificios personales mientras personajes secundarios manipulan eventos y el rumor aumenta la tensión; la narración combina observación psicológica detallada y crítica social para trazar cómo pequeñas concesiones y la intervención clerical provocan un conflicto creciente y consecuencias trágicas, dejando el desenlace envuelto en ambigüedad moral.

«El periódico, el periódico»—gritó la espectral Celedonia poniéndole delante un papel húmedo, con olor muy acre de tinta de imprimir.

—¡Qué casualidad!—exclamó él, encandilado, porque la luz que puso Celedonia sobre la mesa le hería vivamente los ojos.

—¿Pero no ve que se va a consumir en ese sillón?—observó el ama de llaves—. ¿No vale más que se vaya a un café, aunque sea de los que se llaman cantantes? ¿No vale más que se ponga a bailar el zapateado? Lo primero es vivir. Márchese de jaleo y diviértase, que para lo del alma tiempo habrá. Hombre bobo y sin sustancia, ya le podía dar Dios mi reuma para que supiera lo que es bueno.

Empezó el tal a leer su periódico con mucha atención. Desgraciadamente para él, la prensa, amordazada por la previa censura, no podía ya dar al público noticias alarmantes, ni hablar de las partidas de Aragón, acaudilladas por Prim, ni hacer presagios de próximos trastornos. Pero aquel periódico sabía poner entre líneas todo el ardor revolucionario que abrasaba al país, y Polo sabía leerlo y se encantaba con la idea de un cataclismo que volviera las cosas del revés. Si él pudiese arrimar el hombro a obra tan grande, ¡con qué gusto lo haría!

La noche la pasó mejor que otras veces, y al día siguiente, en vez de permanecer clavado en el sillón, paseaba muy dispuesto por la sala, como hombre que acaricia el sabroso proyecto de echarse a la calle, en el sentido pacífico de la frase. Poco después del medio día le visitó el mejor de sus amigos, D. Juan Manuel Nones, presbítero, hombre bondadosísimo, ya muy viejo, del cual es forzoso decir algunas palabras.

Era este señor tío carnal de nuestro amigo el notario Muñoz y Nones, por quien le conocimos en época más reciente. En la que corresponde a esta relación, era ecónomo de San Lorenzo, y vivía, si no nos engaña la memoria, en la calle de la Primavera, acompañado de un hermano seglar y de dos sobrinas, una de las cuales estaba casada. Creo que ya se ha muerto (no la sobrina, sino el padre Nones), aunque no lo aseguro. Tengo muy presente la fisonomía del clérigo, a quien vi muchas veces paseando por la Ronda de Valencia con los hijos de su sobrina, y algunas cargado de una voluminosa y pesada capa pluvial en no recuerdo qué procesiones. Era delgado y enjuto, como la fruta del algarrobo, la cara tan reseca y los carrillos tan vacíos, que cuando chupaba un cigarro parecía que los flácidos labios se le metían hasta la laringe; los ojos de ardilla, vivísimos y saltones, la estatura muy alta, con mucha energía física, ágil y dispuesto para todo; de trato llano y festivo, y costumbres tan puras como pueden serlo las de un ángel. Sabía muchos cuentos y anécdotas mil, reales o inventadas, dicharachos de frailes, de soldados, de monjas, de cazadores, de navegantes, y de todo ello solía esmaltar su conversación, sin excluir el género picante siempre que no lo fuera con exceso. Sabía tocar la guitarra, pero rarísima vez cogía en sus benditas manos el profano instrumento, como no fuera en un arranque de inocente jovialidad para dar gusto a sus sobrinas cuando tenían convidados de confianza. Este hombre tan bueno revestía su ser comúnmente de formas tan estrafalarias en la conversación y en las maneras, que muchos no sabían distinguir en él la verdad de la extravagancia, y le tenían por menos perfecto de lo que realmente era. Un santo chiflado llamábale su sobrino.

Era extremeño. Su padre fue pastelero y él había sido soldado en su mocedad. Estaba de guarnición en Sevilla cuando el alzamiento de Riego, y lo contaba con todos sus pelos y señales. Después formó en el cuadro cuando fusilaron a Torrijos. Había sido también un poquillo calavera, hasta que tocado en el corazón por Dios, tomó en aborrecimiento el mundo, y convencido de que todo es vanidad y humo, se ordenó. Nunca tuvo ambición en la carrera eclesiástica, y siendo ministro de Gracia y Justicia el marqués de Gerona, despreció el arcedianato de Orihuela. Curtido en humanas desdichas, sabía presenciar impávido las más atroces, y auxiliaba a los condenados a muerte, acompañándoles al cadalso. El cura Merino, los carboneros de la calle de la Esperancilla, la Bernaola, Montero, Vicenta Sobrino y otros criminales pasaron de sus manos a las del verdugo. En sus tiempos había sido gran cazador; pero ya no le quedaba más que el compás. En suma, había visto Nones mucho mundo, se sabía de memoria el gran libro de la vida, conocía al dedillo toda la filosofía de la experiencia y (¡cuántas veces lo decía!) no se asustaba de nada.

Sobre Polo tenía tal ascendiente, que era quizás el único hombre que podía sojuzgarle, como se verá en lo que sigue. Había sido Nones amigo de su padre; a Pedro le conoció tamañito y se permitía tutearle y echarle ásperas reprimendas, que el desgraciado ex-capellán oía con respeto. Luego que este le vio aquel día, y se estrecharon las manos con extremeña cordialidad, entrole al misántropo una ansiedad vivísima; deseo repentino, apremiante y avasallador de vaciar de una vez todas las congojas de su alma en el pecho de un buen amigo. Este anhelo no lo había sentido nunca Polo; pero aquel día, sin saber por qué, lo acometió con tanta furia que no podía ni quería dejar de satisfacerlo al instante. Y no se confesaba al sacerdote; se confiaba al amigo para pedirle, no la absolución, sino un sano y salvador consejo...

«D. Juan, ¿tiene usted qué hacer?... ¿No? Pues voy a retenerle toda la tarde, porque le quiero contar una cosa... una cosa larga...».

Decía esto con decisión inquebrantable. Su afán de descubrirse era más fuerte que él. Había en su alma algo que se desbordaba.

«Pues a ello—replicó Nones sentándose y sacando la petaca—. Empecemos por echar un cigarrito».

Polo declaró todo con sinceridad absoluta, no ocultando nada que le pudiera desfavorecer; habló con sencillez, con desnuda verdad, como se habla con la propia conciencia. Oyó Nones tranquilo y severo, con atención profunda, sin hacer aspavientos, sin mostrar sorpresa, como quien tiene por oficio oír y perdonar los mayores pecados, y luego que el otro echó la última palabra, apoyándola en un angustiado suspiro, volvió Nones a sacar la petaca y dijo con inalterable sosiego:

«Bueno, ahora me toca hablar a mí. Otro cigarrito».

XVIII

Mediano rato empleó el clérigo en dar fuego al cigarrito, en chuparlo, en soplar la ceniza... Después, sin mirar a su amigo, empezó a exponer ampliamente su pensamiento con estas palabras:

«La verdad más grande que se ha dicho en el mundo es esta: Nihil novum sub sole. Nada hay nuevo debajo del sol. Por donde se expresa que ninguna aberración humana deja de tener su precedente. El hombre es siempre el mismo y no hay más pecados hoy que ayer. La perversidad tiene poca inventiva, hijo, y si tuviéramos a mano el libro de entradas del Infierno, nos aburriríamos de leerlo; tan monótono es. Quien como yo ha estado barajando por tantos años conciencias de criminales y extraviados no se asusta de nada. Y dicho esto, vamos al remedio.

»Dos males veo en ti: el pecado enorme y la enfermedad del ánimo que has contraído por él. El uno daña la conciencia, el otro la salud. A entrambos hay que atacar con medicina fuerte y sencilla. Sí, Perico, sí (voz alta y robusta) es indispensable cortar por lo sano, buscar el daño en su raíz, y ¡zas!... echarlo fuera. Si no, estás perdido. ¿Que esto te dará un gran dolor?... (voz aflautada y blanda). Pues no hay más remedio que sufrirlo. Luego vendrán los días a cicatrizarte, los días, sí, que pasarán uno tras otro sus dedos suaves y amorosos, y cada uno te quitará un poco de dolor, hasta que se te cierre la herida. Si tienes miedo y en vez de cortar por lo sano quieres curarte con cataplasmas, el mal te vencerá, llegarás a convertirte en una bestia, y serás el escándalo de la sociedad y de nuestra clase.

»Porque mira tú (voz insinuante), esas cosas, si bien se las mira, son niñerías para el que tenga un poco de fuerza de voluntad y aprenda a dominarse. Sucumbir a una borrasca de esas es vergonzoso para cualquiera, y más aún para quien lleva encima siete varas de merino negro. Y no hay aquello de decir (voz alta y estrepitosa), llevándose las manos a la cabeza: '¡Dios mío, qué desgraciado soy! ¡Cómo erré la vocación!...'. Pues haberlo pensado antes, porque harto se sabe (voz muy familiar) que en este nuestro estado no hay que pensar en boberías. ¡A dónde iríamos a parar si el Sacramento se pudiera romper cuando se le antoja a un boquirrubio, y volver al mundo y dale con hoy digo misa y mañana me caso!... Nada, nada; al que le toca la china se tiene que aguantar. Es lo mismo que cuando se pone a clamar al cielo uno que se ha casado mal: 'Pues amigo, qué quiere usted... hubiéralo pensado antes...'. ¿Y los que después de elegir una profesión encuentran que no les va bien en ella? El mundo está lleno de equivocaciones. Pues si acertáramos siempre, seríamos ángeles. Lo que yo digo; al que le toca la china (voz sumamente pedestre y familiar), no tiene más remedio que rascarse y aguantar. Con que amigo, fastidiarse, resignarse, y volverse a fastidiar y a resignar».

Dijo esto enfáticamente, acompañando el gesto a la palabra. Después, inspirándose con otro par de chupadas, prosiguió su sermón:

«Aquí estamos dos amigos uno frente a otro. Hablemos de hombre a hombre primero. Hay cosas que parecen dificilillas y peliagudas cuando no se las mira de cerca, hay sacrificios que parecen imposibles cuando no se prueba a hacerlos. Pero cuando una voluntad resuelta apechuga con ellos se ve que no son un arco de iglesia. Amigo (voz terrible), batallas más bravas y espantosas que las que te aconsejo han ganado otros. ¿Y cómo? Con paciencia, nada más que con paciencia. Esta virtud se cultiva, como todas, con auxilio de la fe y de la razón. Y tú puedes volver sobre ti mismo y decir: 'Pues hombre, yo estoy faltando, pero faltando gravemente. Yo tengo que mirar por mi decoro, por mi salud, por mi salvación; yo no soy un chiquillo'. Créeme, una vez que hagas propósito de vencerte, llamando en tu auxilio a Dios y ayudándote de tu entendimiento, empezarás a sentir fuerzas para la gran obra y esas fuerzas crecerán como la espuma. En eso, como en lo contrario, hijito, todo es empezar. Luego que digas 'esto se acabó' (voz formidable), si lo dices con propósito valiente, verás cómo cada día te nace en el alma una nueva ligadura con que atarte, y vas poco a poco sujetando las innúmeras extremidades de la bestia que te patalea en las entrañas. Y no te digo que te des disciplinazos ni que te abras las carnes, no. Esto es bobería. Confíate a la fe, a la voluntad y al tiempo.

»¡Ah!, ¡el tiempo! (voz patética.) ¡No sabes bien los milagros que hace este caballerito! Y con los que coge talludos como tú, hace mejores y más radicales curas. Porque no vengas echándotelas de pollo (voz festiva...) No tienes canas; pero el día menos pensado te llenas de ellas, y vendrá este achaque, luego el otro; hoy se cae un diente, mañana la mitad del pelo; que hoy el reuma, que mañana el estómago... Y estas, amiguito, son las farmacias que usa el gran médico. Las enfermedades del cuerpo son las medicinas de los males de la mocedad en el espíritu. Te lo dice quien ha visto mucho mundo y chubascos más grandes que el tuyo y trapisondas más horrorosas. Resumiendo mi consejo, amigo Perico, oye mi receta: Primero cortar por lo sano, sacrificio completo, extirpación de la maleza en su origen; después horas, días, meses, el agua tibia del tiempo, amigo querido. Cuando pasen algunos años, todo habrá terminado, y te encontrarás con que ha caído sobre tu cabeza la bendición de Dios, esta lluvia blanca, esta nevada que todo lo tapa, emblema del olvido y de la paz».

Polo, sin decir cosa alguna, extendió sus miradas por la venerable cabeza de Nones, blanquísima y pura como el vellón del cordero de la Pascua.

«Y ya que hemos hablado de hombre a hombre—prosiguió el cura en tono más severo—, voy a despacharme a mi gusto como sacerdote. Pero antes de entrar en ello, hazme el favor de decir a esa tarasca de Celedonia que traiga una copita de vino: eso es, si la tienes, que si no, venga de agua para refrescar las predicaderas».

Traído el vino, D. Juan Manuel se fortificó con él los espíritus para seguir su plática:

«El papel ignominioso que haces ante el mundo, pues los curas te despreciarán por perdido, y los perdidos por cura; el atentado contra tu salud y los demás perjuicios temporales son bobería en comparación de la ofensa que haces a Dios, a quien has querido engañar como a un chino... permite este modo vulgar de expresarme. Estás en pecado mortal, y si ahora te murieras, te irías al Infierno tan derechito como ha entrado en mi estomago este vino que acabo de beber. En eso sí que no hay escape, hijo; en eso sí que no hay tus-tus; en eso sí que no hay quita y pon. Es solución redonda, terminante, brutal. Demasiado lo comprendes. Pues bien, desgraciado Periquillo (voz afectuosa.); hablándote como amigo, como sacerdote, como ex-cazador, como extremeño, como lo que gustes, te pregunto: '¿Quieres salvarte de la deshonra, de la muerte y de las llamas eternas?'».

—Sí.

—¿Respondes con sinceridad?

—Sí.

—Pues si quieres curarte y salvarte, lo primero que tienes que hacer es ponerte a mi disposición, abdicar tu voluntad en la mía y hacer puntualmente todo lo que yo te mande.

—Estoy conforme.

—Bueno. Pues vas a empezar por salir de Madrid. Mi sobrino político, el marido de Felisa, la mayor de mis sobrinas, ha comprado una gran dehesa en la provincia de Toledo, entre el Castañar y Menasalvas. Allí está él; quiere que yo vaya, pero mis huesos no están ya para traqueteos. Tú eres el que vas a empaquetarte para allá, antes hoy que mañana. Te mando, como primer remedio, al yermo; ¡pero qué yermo delicioso! Hay sembradura, ganado, un poco de viña, y para que nada falte, hay también un monte que ahora están descuajando en parte. Tú les ayudarás, porque el manejo del hacha es la mejor receta contra melindres que se podría inventar. En esa finca, en ese paraíso te estarás hasta que yo te mande. Y cuidadito con las escapadas (voz familiar y expresiva; admonición con el dedo índice); cuidadito con las epístolas. Debes hacer cuenta de que la tal persona no existe, de que se la ha llevado Dios... Y no te mando que estés allí mano sobre mano mirando a las estrellas, que holganza y pecado son dos palabras que expresan una misma idea. Harás toda la penitencia que puedas, y fíjate bien en el plan de mortificaciones que te impongo: levantarte muy temprano, y cazar todo lo que encuentres andar de Ceca en Meca por llanos, breñas y matorrales; comer cuanto puedas, mientras más magras mejor; beber buen vino de Yepes; ayudar a Suárez en sus tareas; tomar el arado cuando sea menester o bien la azada y el hacha; llevar el ganado al monte y cargar un haz o leña si es preciso; en fin, trabajar, alimentarte, fortalecer ese corpachón desmedrado. Quiero que empieces por ponerte en estado salvaje; y si sigues mi plan, serás tal que al poco tiempo de estar allí, si te varean, soltarás bellotas... Desde que logres esta felicidad, serás otro hombre, y si no se te quitan todas esas murrias del espíritu, me dejo cortar la mano. Cuando pase cierto tiempo, iré a verte o me escribirás diciéndome cómo te encuentras. Te someteré a un examen, y si estás bien limpio de calentura, se te devolverán las licencias, y con ellas... (voz muy cariñosa). Aquí viene la segunda parte de mi plan curativo. Atención. Mientras tú estás allá... civilizándote, yo en Madrid me ocupo de ti, y te consigo por mediación de D. Ramón Pez, mi amigo, un curato de Filipinas...

D. Pedro hizo un movimiento de sorpresa, de sobresalto.

«Qué... ¿te encabritas? Es que no confío yo en tu salvación completa si no ponemos mucha tierra y mucha agua de por medio. Patillas es listo, y podría suceder que mi convaleciente... Las recaídas son siempre mortales, hijo. Última palabra. Si no aceptas mi plan completo, te abandono a tu desgraciada suerte. ¿Qué tienes que decir? ¿Vacilas?».

En efecto, el enfermo vacilaba, dejando ver la irresolución en su semblante. Levantose entonces bruscamente D. Juan Manuel, cruzó el manteo, tomó con aire decidido la canaleja, y poniéndosela de golpe como un militar se pone el sombrero de tres picos, dijo así:

«Ea... bastante hemos hablado. Quédate con todos los demonios, y no cuentes conmigo para nada».

Alzando la voz, que de afectuosa se trocó en severa, sacudió por un brazo a Polo diciéndole:

«De mí no se ríe nadie... ¡ya sabes que tengo malas pulgas, y si me apuras, todavía soy hombre para cogerte por un brazo y hacerte cumplir, que quieras que no, con tu obligación, badulaque, mal hombre, clérigo danzante!».

Tembló este al oír tan airadas palabras, y retuvo a su amigo, agarrándole por el manteo. De esta manera le quería indicar que se sentara para seguir hablando. Así lo hizo el célebre Nones, y tales cosas humildes y compungidas le dijo el penitente, que el anciano se aplacó y ambos celebraron su concordia con otro cigarrito.

Al día siguiente D. Pedro se fue al Castañar.

XIX

Cuando Amparo llegó a su casa, era ya tan tarde que no quiso ir a la de Bringas. Intentó recordar el pretexto con que, según lo convenido consigo misma, debía explicar al día siguiente su falta de asistencia; mas la mal preparada disculpa se le había ido del pensamiento. Era preciso inventar otra, y a ello consagró por la noche los breves ratos que le dejaban libre sus cavilaciones sobre asunto más grave. «Seguramente—pensaba al acostarse—hoy que yo he faltado, habrá ido él».

Así era. Agustín había ido a la casa de sus primos muy temprano, en aquella matutina hora en que la viva imagen de Thiers recorría en mangas de camisa los pasillos, con la jofaina en las manos, para trasportar a su cuartito el agua con que se había de lavar; en aquella hora en que Rosalía, no bien dejadas las perezosas plumas, se dedicaba a menesteres y trabajos impropios de quien la noche antes había estado en la tertulia de la Tellería hecha un brazo de mar, respirando aires de protección por las infladas ventanillas de su nariz. Como en Madrid todo el mundo se conoce y no había forastero en la reunión, a nadie se le ocurrió decir: «Pero esta señora de tantos humos, tan elegantona y tan perdona-vidas, será esposa de algún prócer considerable o de cualquier rico negociante». En la eterna mascarada hispano-matritense no hay engaño, y hasta la careta se ha hecho casi innecesaria.

Estaba la Bringas en tal facha aquella mañana, que se la hubiera tomado por una patrona de huéspedes de las más humildes. ¡Qué fatiga la suya y qué andrajos llevaba sobre sí! La criada estaba en la compra, y la señora, después de dar muchas vueltas por la cocina, arreglaba a los niños para mandarlos al colegio.

«Hola, Agustín... ¿por aquí tan temprano?—dijo a su primo, cuando este entró en el comedor—. Anoche, en casa de Tellería, alguien, no recuerdo quién, habló de ti... Dijeron que te ibas despabilando, y que eres de los que las matan callando... Si tendrás tú algún trapicheo por ahí. Todavía, todavía hemos de buscarte una novia, y el mejor día te casamos».

Diciéndolo, Rosalía miraba con tristeza a su niña, mientras le ataba el delantalito y le ponía el sombrero. Hubiera querido la ambiciosa mamá que, por la sola virtud de sus amantes miradas, diera Isabelita milagroso estirón y llegara a casadera antes que Agustín se pusiese viejo.

«Mira tú, primo—díjole en una variante del mismo pensamiento—; no es por adularte; pero cada día parece que estás más joven y mejor parecido... Así, aunque esperaras cinco o seis años más, no perderías nada».

—No, Rosalía. Si me caso ha de ser el año que viene.

—¿De veras?

—Digo que podrá ser. No lo aseguro.

Bringas llamó a su primo para hacerle leer un suelto del periódico que acababa de llegar.

«Mal, muy mal va esto—observó con tristeza D. Francisco, empeñado en la faena de dar lustre a sus botas—. Otra vez partidas en el alto Aragón... Esa pobre señora...».

Amparo entró; entraron el carbonero, el panadero, la criada, el alcarreño de las castañas y nueces; y la estrecha morada, con el tráfago matutino, convidaba a huir de ella. D. Francisco, cuando dejó sus botas como espejos, echándoles el vaho y frotándolas después, se las puso.

«¡Qué vida más trabajosa!—dijo a su primo, mientras sacaba del cajoncillo los mezquinos dineros para la casa—. Y ahora tenemos un compromiso mayúsculo. Hemos de ir al baile de Palacio, y un baile de Palacio nos desnivela para tres meses. Pero Su Majestad se empeña en que vayamos, y quítaselo de la cabeza a Rosalía. Es preciso ir. Quien vive de la nómina no puede hacer un desaire al poder supremo».

No se sabe lo que a esto dijo Caballero; pero sin duda debió de hacer observaciones sobre los infortunios de la clase media en España. Luego que almorzó Bringas, salieron ambos primos, y Rosalía fue más tarde a la casa de su modista a empezar el estudio económico que tenía que hacer para procurarse un bonito vestido de baile. Aunque contaba con los regalitos de la Reina, que quizás le mandaría alguna falda en buen uso, el arreglo de ella siempre ocasionaría gastos, y era preciso reducirlos todo lo más posible para alivio del espejo de los comineros, el santo D. Francisco Bringas.

Caballero volvió a la casa por la tarde, cuando contaba encontrarla vacía de importunos testigos. Y fue como él lo pensaba, porque los niños no habían vuelto aún de la escuela, la criada había salido, y los oradorcillos estaban tan enfrascados en su retórico juego dentro de la reducida asamblea de Paquito, que no ofrecían estorbo. Entró, pues, Agustín en el cuarto de la costura, seguro de encontrar allí lo que buscaba. Así fue. Callada y como medrosa, Amparo cuando le vio entrar se puso pálida. Él se sonrió y palideció también. Era ya un poco tarde, y uno a otro no se veían lo bastante para observar su emoción respectiva. Pensaba ella que no debía desperdiciar ocasión tan buena de dar las gracias por la merced recibida; pero no encontraba la forma. ¡Pues si la encontrara, qué cosas diría! Todo lo que su mente daba de sí, cruelmente exprimida por la voluntad, resultaba frío, trivial, tonto y cursi. Cuando él dijo:

«No creí que estaba usted aquí», a ella no se le ocurrió más que: «Sí señor, aquí estaba».

—¿Para qué cose usted más? Ya no se ve.

—Todavía se ve un poquito...

Estos sublimes conceptos eran el único producto de aquellos dos cerebros henchidos de ideas y de aquellos corazones en que el sentimiento rebosaba. Mas Caballero, sintiéndose espoleado por la impaciencia, pensó: «Ahora o nunca», y una frase brilló en su mente, una frase de esas que o se dicen o revienta el oprimido molde que las encierra. Más fuerte era el concepto contenido que la timidez del continente, y de aquella discreta boca salieron estas palabras, como sale un disparo por la boca del cañón:

«Tengo que hablar con usted...».

—Sí, sí, estoy tan agradecida...—balbució ella, con un nudo en la garganta.

—No, no es eso. Es que esta mañana hablamos Rosalía y yo de usted, y de si entra o no en el convento. Yo estoy en darle la dote; pero, entendámonos, con una condición: que no se ha de casar usted con Jesucristo, sino conmigo.

¡Ah!, ¡pillín!, bien preparado lo traías; que si no ¡cómo había de salir tan redondo! Caballero, en horrible batalla con su timidez, había pensado al entrar: «o lo digo palabra por palabra, o abro la ventana y me tiro al patio». Siguió a la frase triunfal un silencio... ¡chas!, a Amparito se le rompió la aguja. Las miradas del indiano observando el bulto de su amada en la penumbra, bastarían a suplir la luz solar que rápidamente mermaba. Sonó la campanilla.

«Perdóneme usted—dijo ella levantándose casi de un salto—. Voy a abrir... Es Prudencia, que salió por mineral».

Pero Agustín le interceptó la puerta, y tomándole las manos y apretándoselas mucho...

«¿No me contesta usted nada?».

—Perdóneme un momento... Tocan otra vez.

La Emperadora salió a abrir. Prudencia pasó hacia la cocina con duro pisar de corcel no domado. Poco después Amparo y Caballero se encontraban en el pasillo, junto al ángulo del recibimiento, oscuro como caverna. Las manos del tímido tropezaron en las tinieblas con las manos de la medrosa, y las volvió a cazar al vuelo. Apoyándose en la pared, ella no decía nada.

«¿Qué es eso?... ¿Llora usted?—preguntó el americano oyendo una respiración fuerte—. ¿No me contesta usted a lo que he dicho?».

Ni una palabra, gemidos nada más.

«¿No le agrada mi proposición?».

Oyó Caballero las siguientes palabras que sonaban con gradual rapidez como primeras gotas de una lluvia que amenaza ser fuerte:

«Sí... yo... yo... sí... no... veré... usted...».

—Hábleme con toda franqueza. Si a usted le desagrada...

—No... no... diré... Usted es muy bueno... Yo agradecida.

—¿Pero esos lloros, por qué son?

Parecía que se calmaba un tanto, enjugándose las lágrimas rápidamente con el pañuelo. Después se dirigió al cuarto de la costura, haciendo una seña al indiano para que la siguiera.

«¡Si Rosalía entra y me ve llorando...!»—manifestó la joven con mucho miedo, ya dentro del cuarto aquel.

—No se cuide usted de Rosalía, y responda.

—Usted es muy bueno: usted es un santo.

—Pero se puede ser santo y no gustar...

—¡Oh!... no... sí... estoy muy agradecida... Pero tengo que pensarlo... Desde luego yo...

—Vamos—dijo Agustín con cierta amargura—no le gusto a usted...

—¡Oh!, sí... mucho, muchísimo—replicó ella con expansivo arranque—. Pero...

—Pero ¿qué...? Usted no tiene parientes que se puedan oponer...

—No... pero...

—Usted es libre. Ahora, si tiene usted algún compromiso...

—Yo... sí... no... no... no es eso. No tengo nada que oponer—repuso ella con vivacidad—. Soy una pobre, soy libre, y usted el hombre más generoso del mundo, por haberse fijado en mí que no tengo posición ni familia, que no soy nada... Esto parece un sueño. No lo quiero creer... Pienso si estará usted alucinado, si se arrepentirá cuando lo medite...

El respetuoso, el encogido Caballero le habría contestado con un abrazo, expresando así, mejor que con frías palabras, la ternura de sus afectos tan contrarios al arrepentimiento que ella suponía. Pero en aquel instante entró en la habitación un testigo indiscreto. Era una claridad movible que venía del pasillo. Prudencia pasaba con la luz del recibimiento en la mano para ponerla en su sitio. Ambos esperaron. La claridad entró, creció, disminuyendo luego hasta extinguirse, remedo de un día de medio minuto limitado dentro de sus dos crepúsculos. Callaban los amantes, esperando a que fuera otra vez de noche; pero como Amparo sospechase que la moza había mirado hacia el interior de la oscura estancia, salió y le dijo:

«¡Cuánto tarda la señora!».

—¿Enciendo la del comedor?—preguntó la tarasca.

—¿Todavía?... Es muy temprano.

Cuando Prudencia volvió a la cocina, acercose la Emperadora a la puerta del cuarto de la costura, y el tímido oyó este susurro, que sonaba con timbre de dulce confianza:

«Pst... venga usted para acá, caballero Caballero...».

Uno tras otro llegaron al comedor, débilmente alumbrado por dos claridades, la que venía de la cercana cocina y la que asomaba por el tragaluz de la asamblea parlamentario-infantil. Se oía muy bien la voz de Joaquinito Pez profiriendo estas precoces bobadas: «Yo digo a los señores que me escuchan que la revolución se acerca con su tea incendiaria y su piqueta demoledora».

«¡Aprieta!»—murmuró Agustín.

—Siéntese usted aquí—le dijo Amparo, señalándole una silla, y abriendo los cajones del aparador para sacar los aprestos de poner la mesa.

—Yo soy hombre que cuando resuelvo una cosa, me gusta llevarla adelante contra viento y marea.

—Pues yo digo que no sea usted tan precipitado y que medite mucho esas cosas tan graves—replicó la medrosa en voz baja, para que no se enterara la criada.

La vivísima alegría que llenaba su alma no era turbada en aquel momento por ningún pensamiento doloroso.

—Todo está muy meditado—afirmó él, gozándose en mirarla y remirarla—. Y además, lo que se siente no se calcula, porque el sentir y el calcular no son buenos amigos. Hace tiempo que dije: «Esta mujer será para mí, y por encima de todo será». Los enamorados de veras tenemos doble vista; y sin haberla conocido a usted antes, me consta, sí, me consta que estoy hablando ahora con la virtud más pura, con la lealtad más... Y no me habla usted sólo al corazón y a la cabeza, sino también a los ojos, porque es usted más guapa que una diosa.

Era esta la primera flor de galantería que el huraño había arrojado en toda su vida a los pies de una mujer honesta. Con tanta facilidad lo dijo y tan satisfecho se quedó, que gozaba reteniendo en su memoria el concepto que acababa de emitir.

«¡Por Dios, D. Agustín!—observó Amparo, disimulando el gozo con la jovialidad—. Que voy a romper los platos si usted sigue diciendo esas cosas...».

—Romperá usted toda la vajilla, porque aún me queda mucho que decir.

Otra vez sonó la cansada campanilla de la puerta.

«Debe de ser D. Francisco»—dijo la joven, saliendo a abrir.

Él era en efecto, y se le conocía en la manera de llamar, pues a tal punto llegaba su espíritu ahorrativo, que economizaba hasta el sonido de la campanilla. Metiose Bringas en su cuarto y a oscuras cambiaba su ropa, cuando entró, después de llamar con estrépito, su cara mitad. Venía muy sofocada, pues desde el obrador de la modista había ido a Palacio, sin lograr ver a Su Majestad, por ser día de consejo y audiencia. No bien puso el pie en el comedor, empezó a echar regaños por aquella boca: había tufo en la luz del recibimiento; estaba el comedor oscuro como boca de lobo y en la cocina olía a quemado. Amparo encendió la lámpara del comedor. Ver Rosalía a su primo y desenojarse, todo fue uno.

«No sabía que estabas aquí. Se te encuentra siempre saliendo de la oscuridad como una comadreja. Di una cosa. ¿Por qué no vienes esta noche? Reunión de confianza... poca gente, Doña Cándida, las pollas de Pez... ¿Vendrás? No seas tan corto, por amor de Dios. Suéltate de una vez. Yo te respondo de que con poco esfuerzo has de hacer alguna conquista. Las chicas de Pez no cesan de preguntar por ti... que qué haces... que cómo vives... que por qué no te casas... que montas muy bien a caballo... Si es lo que te digo; tienes partido, tienes partido y tú no lo quieres creer».

—Pues di a las niñas de Pez que me esperen sentaditas. Son muy antipáticas, muy mal educadas, muy presumidillas, y desde ahora compadezco al desgraciado que se haya de casar con ellas.

—¡Vaya que estás parlanchín esta noche! Parece que el galápago quiere salir de su concha. Bien, Agustín, bien.

—Felices—dijo Bringas, entrando de súbito, envuelto en su bata del año 40, la cual ni de balde se habría podido vender en el Rastro.

Caballero se despedía dando un apretón de manos a su primo y embozándose.

—¿Pero te vas tan pronto?

—¡Ah!... se me olvidaba. Mañana os traerán el piano para la niña. Yo le pagaré el maestro de música. El colegio de ella y su hermanito corre también de mi cuenta.

—Eres de lo que no hay...—manifestó Bringas, abrazando a su primo con emoción—. Que Dios te dé toda la vida y la salud que mereces... Rosalía, dando un suspiro, abrazó tiernamente a su hija, que acababa de venir del colegio.

—¿Te vas tan pronto?—repitió D. Francisco.

—Tengo que escribir algunas cartas.

A propósito: mira, Agustín, no gastes dinero en tinta. Pasado mariana domingo voy a hacer algunas azumbres para mí y para la oficina. Te mandaré un botellón grande. Yo tengo la mejor receta que se conoce, y ya he traído los ingredientes... Con que no compres más tinta, ¿estás? Abur... y gracias, gracias.

Con estas cariñosas palabras y la oferta que había hecho, expresión sincera, si bien negra, de su inmensa gratitud, despidió en la puerta a su primo el Sr. de Bringas. Cuando volvió al comedor, restregándose las manos con tanta fuerza, que a poco más echarían chispas, su mujer, meditabunda, perdida la vista en el suelo, parecía hallarse en éxtasis. A las observaciones entusiastas del esposo sólo contestaba con arrobos de admiración:

«¡Qué hombre...!, pero ¡qué hombre!...».

XX

Poco más tarde despedíase Amparo, recibiendo de Rosalía los siguientes encargos:

«Mañana me traes media docena de tubos. Se acaba de romper el del recibimiento. Te pasas por la Cava Baja y das un recado al de los huevos. Tráete dos docenas de botones como este, y ven temprano para que me peines, porque he de ir a Palacio antes de la una».

En la calle, Amparo vio que se le ponía al lado un bulto, una persona, un fantasma embozado. Diole saltos el corazón al reconocer las vueltas rojas y grises de la capa.

«No se me escapa usted»—dijo Agustín echando la fisonomía fuera del embozo.

—¡Ay!

—No hay motivo para asustarse. Es preciso que esto acabe pronto. Es preciso que hablemos cuando nos plazca. Ni espiar los ratitos en que usted se halle sola en la casa del primo, ni esperarla a la puerta, como se espera a las modistas, me gusta.

—Tiene mucha razón—dijo ella, dejándose llevar de sus sentimientos.

—Por consiguiente, usted me dará permiso para ir a su casa. Desde hoy entra usted en una vida nueva. La que va a ser mi mujer... y hasta ahora no ha dicho usted nada en contrario...

En la pausa que él hizo, Amparo, confundida, buscaba las frases más convenientes para contestar; pero aquel bálsamo suave que caía sobre las heridas de su corazón le aletargaba el entendimiento.

—La que va a ser mi mujer—prosiguió Caballero—no puede vivir de esta manera, sirviendo en una casa... porque esto es peor que servir... Ya es tiempo además de que usted vaya arreglando sus cosas...

Música celeste era lo que Amparo oía. Tal era su éxtasis que no sabía por donde andaba ni de qué modo expresar lo que sentía. La contestación rotundamente afirmativa tropezaba en sus labios con algo asfixiante, amargo y obstructivo que salía de su conciencia cuando menos lo pensaba. Pero era tanta la debilidad de su carácter, que ni la conciencia ni el afecto acertaban a declararse, y el y el no, pasado un rato de dolorosas tartamudeces, tornaban adentro... Rechazar de plano tanta felicidad érale imposible; aceptarla le parecía poco delicado. Creía salir del paso con la expresión de su agradecimiento que, a su modo de ver, era como una aquiescencia condicional.

«No sé cómo agradecerle a usted... D. Agustín. Yo no valgo lo que usted cree».

Sin hacer caso de esto, Caballero añadía:

«Desde mañana usted mudará de vida. Eso corre de mi cuenta. Es preciso que Bringas y Rosalía lo sepan, porque a nada conduce el misterio».

Iban por la calle Ancha, sin separarse para dar paso a nadie. A ratos se miraban y sonreían. Idilio más inocente y más soso no se puede ver a la luz del gas y en la poblada soledad de una fea calle, donde todos los que pasan son desconocidos. En los sucesivos accidentes de aquel coloquio de tan poco interés dramático y cuyo sabor sólo podían gustar ellos mismos, la voz de Amparo decía:

«Sí... lo había comprendido, pero tenía miedo de que usted me dijera algo. Yo no valgo tanto como usted se figura».

—¿Usted qué ha de decir, si es la misma modestia?

Iban despacio y a cada frase se paraban deseosos de hacer muy largo el camino. Los ojos de ella brillaban en la noche con dulce y poética luz, y estaba tan orgulloso y enternecido Caballero mirándolos, que no se habría cambiado por los ángeles que están tocando el arpa en las gradas del trono del Criador...

«Otra cosa...—dijo temblando dentro de su capa—. ¿No le parece a usted que nos tuteemos?».

Este brusco proyecto de confianza asustó tanto a la Emperadora que... se echó a reír.

«Me parece—observó—que me será difícil acostumbrarme».

—Pues por mi parte...—manifestó el tímido—, creo que no tendré dificultad. Verdad que esto es ya en mí pasión antigua, y tanto me he acostumbrado a tal idea, que cuando estoy solo y aburrido en casa me parece que la veo entrar a usted, digo, a ti; me parece que te veo entrar, y que te oigo, dando órdenes a los criados y gobernando la casa... Si ahora estas esperanzas de tanto tiempo se desvanecieran, créalo usted... créelo, me enterrarían.

Amparito, confusa, se dejó estrechar la mano por la vigorosa y ardiente de su amigo. Miraba a otra parte, a ninguna parte. Tenía la vista extraviada. Había visto pasar una sombra negra.

«Ese gran suspiro—preguntó Caballero en tono pueril—¿es por mí?».

Ella le miró. Iba a decir que sí, pero no dijo sino:

«Con cien mil vidas que tuviera no le pagaría a usted...».

—Yo no quiero cien mil vidas; me basta con una, a cambio de la que yo doy. Lo que ofrezco no es gran cosa. Todos dicen que soy un bruto, un salvaje. Bien comprendo que no tengo atractivos, que mis modales son algo toscos y mi conversación seca. Me he criado en la soledad, y no es extraño que esa segunda madre mía me haya sacado un tanto parecido a ella. Quizás en la vida íntima me encontrarían aceptable los que me tachan de soso en la sociedad; pero esto no lo saben los que me ven de lejos...

—Lo que a los demás no gusta—afirmó la joven resuelta, inspirada—a mí me gusta.

Estaba tan guapita, que al más severo se lo podría perdonar que se enamorase locamente de ella, sólo con verla una vez. Ojos de una expresión acariciante, un poco tristes y luminosos como el crepúsculo de la tarde; tez finísima y blanca; cabello castaño, abundante y rizado; con suaves ondas naturales; cuerpo esbelto y bien dotado de carnes; boca deliciosa e incomparables dientes, como pedacitos iguales de bien pulido mármol blanco; cierta emanación de bondad y modestia, y otros y otros encantos hacían de ella la más acabada estampa de mujer que se pudiera imaginar. ¡Lástima grande que no llevara más gala que el aseo y que estuviera su vestido tan entrado en días! El velo estaba pidiendo sustituto, el mantón lo mismo, y sus botas aparentaban, a fuerza de aliños, una juventud que no tenían. Pero todos aquellos desperfectos, y aun otros menos visibles, tendrían remedio bien pronto. Entonces ¿qué imagen se compararía a la suya? Pensando rápidamente en esto, todo su ser latía con ansiedad muy viva. Porque Amparito, dígase claro, no tenía ambición de lujo, sino de decencia; aspiraba a una vida ordenada, cómoda y sin aparato, y aquella fortuna que se le acercaba diciéndole «aquí estoy, cógeme», la volvía loca de alegría Y no obstante, valor le faltaba para cogerla, porque de su interior turbadísimo salían reparos terribles que clamaban: «detente... eso no es para ti».

Algo más de lo trascrito hablaron, frases sin sustancia para los demás, para ellos interesantísimas. En la puerta de la casa, cuando mutuamente se recreaban en sus miradas, recibiéndolas y devolviéndolas en agradable juego, Caballero deslizó esta palabra:

«¿Subo?».

—Creo que no es prudente.

Ambos estaban serios.

—Me parece muy bien—dijo Agustín, que siempre era razonable—. Mañana... ¡Qué feliz soy! ¿Y usted... y tú?

—Yo también.

—Sube. Aguardaré hasta que te vea dar la primera vuelta por la escalera.

XXI

Aquel buen hombre, que se había pasado lo mejor de su vida en un trabajo árido, siendo en él una misma persona el comerciante y el aventurero, tenía, al entregarse al descanso, la pasión del orden, la manía de las comodidades y de cuanto pudiera hacer placentera y acompasada la vida. Le mortificaba todo lo que era irregular, todo lo que traía algún desentono a las rutinarias costumbres que tan fácilmente adquiría. Había establecido en su casa un régimen, por el cual todo se hacía a horas fijas. Las comidas se le habían de servir a punto, y hasta en cosas muy poco importantes ponía riguroso método. Ver cualquier objeto fuera de su sitio en el despacho o en el gabinete le mortificaba. Si en cualquier mueble notaba polvo, si por alguna parte se echaban de ver negligencias de Felipe, se incomodaba, aunque con templanza. «Felipe, mira cómo está ese candelabro... Felipe, ¿te parece que es ese el sitio de las cajas de cigarros? Felipe, veo que te distraes mucho... Te has dejado aquí tus apuntes de clase. Hazme el favor de no ponerme aquí papeles que no sean míos».

Este prurito de método y regularidad se manifestaba más aún en cosas de más alto interés. Por lo mismo que había pasado lo mejor de su vida en medio del desorden, sentía al llegar a la edad madura, vehemente anhelo de rodearse de paz y de asegurarla arrimándose a las instituciones y a las ideas que la llevan consigo. Por esto aspiraba a la familia, al matrimonio, y quería que fuera su casa firmísimo asiento de las leyes morales. La religión, como elemento de orden, también le seducía, y un hombre que en América no se había acordado de adorar a Dios con ningún rito, declarábase en España sincero católico, iba a misa y hallaba muy inconvenientes los ataques de los demócratas a la fe de nuestros padres. La política, otro fundamento de la permanencia social, penetró asimismo en su alma, y vedle aplaudiendo a los que querían reconciliar las instituciones históricas con las novedades revolucionarias. A Caballero le mortificaba todo lo que fuera una excepción en la calma y rutina del mundo, toda voz desafinada, toda cosa fuera de su lugar, toda protesta contra las bases de la sociedad y la familia, todo lo que anunciara discordia y violencia, lo mismo en la esfera privada que en la pública. Era un extenuado caminante que quiere le dejen descansar allí donde ha encontrado quietud, paz y silencio.

Había comprado una casa nueva, hermosísima, en la calle del Arenal, cuyo primer piso ocupaba por entero. Parte de ella estaba amueblada ya, atendiendo más a la disposición cómoda, según el uso inglés, que a ese lujo de la gente latina, que sacrifica su propio bienestar a estúpidas apariencias. Allí, sin que faltara lo que recrea la vista, prevalecía todo lo necesario para vivir bien y holgadamente. Aún no estaba completo el ajuar de todas las habitaciones, particularmente de las destinadas a la señora y a la futura prole de Caballero; pero cada día llegaban nuevas maravillas. La casa era tal, que sólo pocas familias de reconocida opulencia podían tenerla semejante en aquellos tiempos matritenses en que sobre la vulgaridad del gran villorrio empezaba a despuntar la capital moderna; y esta la constituyen, no sólo las anchas vías y espaciosos barrios, sino también, y más principalmente aún la comodidad y aseo de los interiores. Los amigos de Caballero vieron asombrados el magnífico cuarto de baño que supo instalar aquel hombre extravagante venido de América; se pasmaron de aquella cocina monstruo que además de guisar para un ejército, daba agua caliente para toda la casa; admiraron las anchas alcobas trasladadas de los recónditos cuchitriles a las luces y al aire directo de la calle; advirtieron que las salas de puro ornato no robaban la exposición de mediodía a las habitaciones vivideras, y se asustaron de ver el gas en los pasillos, cocina, baño, billar y comedor; y otras muchas cosas vieron y alabaron que omitimos por no incurrir en prolijidad.

El despacho no estaba amueblado según los modelos convencionales de la elegancia, que tan fácilmente tocan en lo cursi. Desdeñando la rutina de los tapiceros, puso Agustín su despacho a estilo de comerciante rico, y lo primero que, se veía en él, al entrar, era el copiador de cartas con su prensa de hierro y demás adminículos. Dentro de lujosa vitrina, había una linda colección de figurillas mejicanas, tipos populares expresados con verdad y gracia admirable en cera y trapo. Nada existe más bonito que estas creaciones de un arte no aprendido, en el cual la imitación de la Naturaleza llega a extremos increíbles, demostrando la aptitud observadora del indio y la habilidad de sus dedos para dar espíritu a la forma. Sólo en el arte japonés se encuentra algo de valor semejante a la paciencia y gusto de los escultores aztecas.

Dos estantes, uno repleto de libros de comercio y otro de literatura, hacían juego con la exhibición de figurillas; mas la literatura era toda de obras decorativas, si bien entre ellas las había tan notables por su contenido como por sus pastas. Un calendario americano, género de novedad entonces, ocupaba uno de los sitios más visibles. El reloj de la chimenea era un hermoso bronce parisiense de estilo egipcio, con golpes de oro y cardenillo; y en la misma chimenea así como en la mesa, había variedad grande de objetos fabricados con ese jaspe mejicano, que por la viveza de sus colores y la trasparencia de sus vetas no tiene igual en el mundo. Eran jarroncillos y pisapapeles, la mayor parte de estos imitando frutas, siendo en algunas piezas casi perfecto el engaño de la piedra haciéndose pasar por vegetal. Completaba el ajuar del despacho sillería de reps verde claveteada, que a Caballero se le antojaba de un gusto detestable; mas había hecho propósito de regalarla a sus primos cuando llegara la remesa de muebles que estaba esperando.

Allí trabajaba Agustín todos los días dos o tres horas. Escribía cartas larguísimas a su primo, que había quedado al frente de la casa de Brownsville; y también tenía correspondencia tirada con sus agentes de Burdeos, Londres, París y Nueva York. Su letra clara, comercial bien rasgueada y limpia era un encanto; mas su estilo, ajeno a toda pretensión literaria y aun a veces desligado de todo compromiso gramatical, no merece ciertamente que por él se rompa el respetable secreto del correo. Aquel día, no obstante, introdujo en su epístola novedades tan ajenas al comercio, que no es posible dejar de llamar la atención sobre ellas. En un párrafo decía: «Me he enamorado de una pobre», y más adelante: «Si tú la vieras me envidiarías. La conocí en casa del primo Bringas. Su hermosura, que es mucha, no es lo que principalmente me flechó, sino sus virtudes y su inocencia... Querido Claudio, pongo en tu conocimiento que el señorío de esta tierra me revienta. Las niñas estas, cuanto más pobres más soberbias. No tienen educación ninguna; son unas charlatanas, unas gastadoras, y no piensan más que en divertirse y en ponerse perifollos. En los teatros ves damas que parecen duquesas, y resulta que son esposas de tristes empleados que no ganan ni para zapatos. Mujeres guapas hay; pero muchas se blanquean con cualquier droga, comen mal y están todas pálidas y medio tísicas; mas antes de ir al baile se dan bofetadas para que les salgan los colores... Las pollas no saben hablar más que de noviazgos, de pollos, de trapos, del tenor H, del baile X, de álbums y de sombreros así o asado... Una señorita, que ha estado seis años en el mejor colegio de aquí, me dijo hace días que Méjico está al lado de Filipinas. No saben hacer unas sopas, ni pegar un triste botón, ni sumar dos cantidades, aunque hay excepciones, Claudio, hay excepciones...».

Y en otra carta decía: «La mía es una joya. La conocí trabajando día y noche, con la cabeza baja sin decir esta boca es mía... La he conocido con las botas rotas, ¡ella, tan hermosísima, que con mirar a cualquier hombre habría tenido millones a sus pies!... Pero es una inocente y tan apocada como yo. Somos el uno para el otro, y mejor pareja no creo que pueda existir. En fin, Claudio, estoy contentísimo, y paso a decirte que la partida de cueros la guardes hasta que pase el verano y sean más escasos los arribos de Buenos Aires. He tenido aviso de la remesa de pesos a Burdeos y de otra más pequeña a Santander. Ambas te las dejo abonadas en cuenta».

Es de advertir que el afán de orden y de legalidad que dominaba al buen Caballero desde su llegada a Europa, se extendía, por abarcarlo todo, hasta lo que pertenece al fuero del lenguaje. Deseando no faltar a ninguna regla, se había comprado el Diccionario y Gramática de la Academia, y no los perdía de vista mientras escribía, para llegar a vencer, con el trabajo de oportunas consultas, las dificultades de ortografía que le salían al paso a cada momento. Tanto bregó, que sus epístolas veíanse cada día más limpias de las gárrulas imperfecciones que las afearan antaño, cuando las trazaba en el inmundo y desordenado escritorio de su casa de Brownsville.

Todas las tardes salía a dar un paseo a caballo. Era diestro y seguro jinete, de esa escuela mejicana, única, que parece fundir en una sola pieza el corcel y el hombre. Lo mismo en sus correrías por las afueras que en la soledad y sosiego de su casa, no se desmentía jamás en él su condición de enamorado, es decir, que ni un instante dejaba de pensar en su ídolo, contemplándolo en el espejo de su mente y acariciándolo de una y otra manera. A veces tan clara la veía, como si viva la tuviera enfrente de sí. Otras se enturbiaba de un modo extraño su imaginación, y tenía que hacer un esfuerzo para saber cómo era y reconstruir aquellas lindas facciones. ¡Fenómeno singular este desvanecimiento de la imagen en el mismo cerebro que la agasaja! Por fortuna, no tardaba en presentarse otra vez tan clara y tan viva como la realidad. Aquellos hoyuelos, cuando se reía, ¡qué bonitos eran! Aquella manera particular de decir gracias, ¿cómo se podía borrar de la fantasía del enamorado? ¿Ni cómo olvidar aquella muequecilla antes de decir no, aquel repentino y gracioso movimiento de cabeza al afirmar, la buena compañía que hacían los cabellos a los ojos, aquel tono de inocencia, de sencillez, de insignificancia con que hablaba de sí misma? ¡Qué manera aquella de mirar cuando se le decía una cosa grave! ¿Pues aquel modo de cruzar el manto sobre el pecho, con la mano derecha forrada en él y tapando la boca...?

Al día siguiente de la entrevista en la calle fría (y en dicha entrevista fue donde Caballero observó el accidente aquel de la mano forrada, que tan bien conservara en la memoria), escribiole una larga carta. En ella, más que las palabras amorosas, abundaban las frialdades positivas. Empezando por señalarle cuantiosa pensión mensual, mientras llegase el feliz día del casorio, le proponía vivir en casa de Bringas. Si los primos se negaban a esto, él la visitaría en casa de ella. Amparo debía disponer con prontitud sus ajuares de ropa para entrar triunfal y decorosamente en su nuevo estado.

XXII

A sus amigos, que eran pocos y bien escogidos, había anunciado Caballero de un modo vago sus proyectos matrimoniales. Pero como no lo conocían novia, todo se volvía cálculos, acertijos y conjeturas. Bien sabían ellos que Caballero no frecuentaba la sociedad. Jamás le vieron en los paseos haciendo el oso, rarísimas veces en los teatros, y no frecuentaba reuniones de señoras, como no fuese la de Bringas, donde brillaba por su frialdad y lo seco y esquivo de su conversación. Todos convenían en que era Agustín el más raro de los hombres; pero estaban tan satisfechos de su simpática amistad y le querían tanto, que no le faltaban al respeto ni aun con la inocente crítica de sus rarezas.

Entre los tales amigos descollaban tres, que eran los propiamente íntimos. Helos aquí: Arnáiz, ya viejo, dueño de un antiguo y acreditado almacén de paños al por mayor, importaba géneros de Nottingham y tomaba aquí letras sobre Londres. Había labrado con su honrada constancia una bonita fortuna, y a la sazón, apartado del tráfico activo, había cedido la casa a los hijos de su hermano, que la conservan con la afamada razón de Sobrinos de Arnáiz. Trujillo y Fernández, que había casado, con la hija única de Sampelayo, estaba al frente de la antigua y respetable casa de Banca de Madrid G. de Sampelayo Fernández y Compañía, que data del siglo pasado. Mompous y Bruil, corredor de cambios primero, había hecho después un buen caudal comprando terrenos para venderlos por solares. Los tres eran personas de la más exquisita formalidad, de excelentes costumbres y con crédito firmísimo en la plaza.

Trujillo, que tenía varias hijas casaderas y bonitas, intentó agasajar a Caballero desde que le conoció, y no fueron esfuerzos los que hizo para que frecuentara su casa. Una noche estuvo al fin; pero no volvió a poner los pies allá sino para hacer la visita de ordenanza cada tres meses, la cual visita duraba un cuarto de hora, y en ella estaba Agustín violentísimo y cohibido, hablando del tiempo y contando los minutos que le separaban del bendito momento de ponerse en la calle. Trujillo, emperrado con su idea, invitábale a comer para tal o cual día; pero Caballero buscaba siempre un medio de excusarse y huir el bulto, pretextando enfermedad u ocupaciones. Por fin, hubo de renunciar el honrado banquero a tenerle por yerno, sin que por eso disminuyese el noble afecto que a entrambos les unía. Por su parte, Mompous había acariciado en su mente de arbitrista iguales proyectos. Tenía un solar, es decir, una hija única y hermosa, y sobre ella pensó edificar, con la ayuda de Agustín, el gallardo edificio de la perpetuidad de su raza... «Caballero, mi mujer me ha dicho que vaya usted a comer el domingo». Tanto repitió esto el ambicioso catalán, que un día Caballero no tuvo más remedio que ir. ¡Qué mal rato pasó el pobre, deseando que volara el tiempo! La chica, que era vaporosa y linda, no le gustaba nada; mas no existía habilidad femenina que ella no tuviese, incluso la de tocar el piano y cantar acompañándose. Delante de él lució la variada multiplicidad de sus talentos, mientras la mamá alababa sin tasa el buen natural de aquel espejo de las niñas. Pero Agustín no supo o no quiso dirigirle más galanterías que aquellas que, por lo comunes, caen de todos los labios y no son sentidas ni verdaderas. «Este hombre es un oso». Tal apreciación se hizo proverbial en casa de Mompous. El oso, o lo que fuera, no volvió más a aparecer por allí a pesar de las ardientes insinuaciones de su amigo. La señora de este, con su charlar meloso y sus rebuscadas expresiones de naturalidad, le hacía a Caballero tan poca gracia que por no verla daría cualquier cosa. Así, cuando a la casa iba para hablar con Mompous de algún negocio, se metía de rondón en el despacho y estaba el menor tiempo posible. Si sentía ruido de faldas, entrábale de repente una gran prisa y se marchaba dejando el negocio a medio tratar.

Hablando del misterio que envolvía los planes matrimoniales de Caballero, decía Trujillo:

«Verán ustedes cómo este hombre va a traer a su casa una tarasca».

Mompous opinaba lo mismo; pero Arnáiz, que veía más claro, por no tener más niñas disponibles que las de sus ojos, salía prontamente a la defensa de su amigo:

«Se equivocan ustedes. Este hombre de escasas palabras tiene muy buen sentido. Habla poco y sabe lo que hace».

Los domingos, esta ilustre trinidad reuníase puntual en la casa del rico indiano a tomar café, porque, verdaderamente, no había café en Madrid como el que allí se hacía. También solía entrometerse aquel Torres pazguato y mirón que vimos en casa de Bringas, y era un cesante a quien Mompous daba de tiempo en tiempo trabajillos de corretaje y comisiones de venta o compra de inmuebles. En días de trabajo iban los tres amigos por la noche a jugar al billar con Caballero, y a tertuliar apurando los temas políticos de la época, por punto general muy candentes. Arnáiz y Trujilo eran progresistas templados; Mompous y Caballero defendían a la Unión Liberal como el gobierno más práctico y eficaz, y todos vituperaban a la situación dominante, que con sus imprudencias lanzaba al país a buscar su remedio en la revolución. Pero las discusiones no se acaloraban sino al tocar los temas de política comercial, pues siendo Caballero libre-cambista furioso y Mompous, como fiel catalán, partidario de un arancel prohibitivo, nunca llegaban a entenderse. Arnáiz y Trujillo se inclinaban a las ideas de Agustín, ero protestando de que en la práctica se debían plantear poquito a poco. No traspasaban nunca estas contiendas el límite de la urbanidad. Caballero hablaba siempre muy bajo, cual si tuviera miedo de su propio acento, y sus conceptos eran siempre muy comedidos. A menudo sus tertulios, no oyendo bien sus palabras, decían «¿qué?», y él entonces alzaba un punto la voz, que su timidez hacía un tanto temblorosa. En cambio Arnáiz, hombre obeso y pletórico, decía con voz de trueno, precedida de violentas toses, los conceptos más triviales. Júpiter tonante llamábale Trujillo, y era cosa de taparse los oídos cuando decía: «Hoy he pagado el Londres a 47,90».

Los domingos, al caer de la tarde, solía tener Caballero la grata visita de su prima, que pasaba siempre por allí con los niños al volver de paseo.

Una tarde observó que la casa se había enriquecido con valiosos objetos de capricho y elegantísimos muebles que Agustín, insaciable comprador, había adquirido días antes. Espejos de tallados chaflanes, bronces, porcelanas, cuadritos, amén de una galana sillería de raso rosa, ornaban lo que había de ser gabinete de la desconocida y mitológica señora de Caballero. Quedose pasmada la de Bringas ante estos primores, y no halló mejor modo de endulzar su disgusto que estrenando un hermoso sillón, cuya comodidad y amplitud eran tales que no había visto ella nada semejante. Arrellenándose en él con ambas manos en el manguito, echada hacia atrás la cachemira que Su Majestad le había regalado el año anterior, disparó a su primo miradas inquisitoriales. Agustín estaba sentado delante de ella, con Isabelita sobre las rodillas.

«Esto está perdido, Agustín—le dijo—; tienes aquí un lujo insultante y revolucionario... Ya no me queda duda de que piensas casarte. ¿Pero con quién? Eres un topo, y todo lo has de hacer a la chita callando. Arnáiz le dijo ayer a Bringas que sí, que te casabas; pero que nadie sabe con quién. ¡Por Dios!—terminó con mal disimulada ira—, sé franco, sé comunicativo, sé persona tratable».

Esperando la contestación de su primo, que había de ser tardía y oscura, Rosalía contemplaba a la niña, tan chiquita aún. ¡Ah!, maldito Bringas, ¡por qué no nació Isabel cinco años antes!

«Pues sí—manifestó Caballero—; me caso».

La Pipaón de la Barca se quedó como quien ve visiones al oír tan terroríficas palabras.

«Pégale, hija, pégale, sí—dijo a la niña—. Tírale de esas barbas. Es muy malo, muy malo».

Isabelita, lejos de hacer lo que su madre le mandaba, mirábale dudosa y como suspensa. Tenía de él concepto elevadísimo; considerábale como un ser a todos superior, y la acusación de maldad lanzada por su mamá poníala en gran confusión. Enlazaba con sus brazos el cuello de Agustín y le decía secretos al oído.

«Tu hija no te hace caso—observó Caballero riendo—. Dice que me quiere mucho y que no soy malo».

—Hija, no sobes... Vete con tu hermano, que está jugando con Felipe... Con que a ver, hombre, explícate. Tú no vas a ninguna parte, no se te conocen relaciones... ¿A dónde demonios has ido a buscar esa mujer? ¿La has encargado a una fábrica de muñecas? ¿Vas a traer aquí una salvaje de América, con los brazos pintados y con una argolla en la nariz? Porque tú eres capaz de cualquier extravagancia.

Diciendo esto, por la mente de la dama pasó una sospecha, una idea que la espeluznaba como presentimiento de muerte y tragedias. Aquel resplandor lívido pasó pronto, cual relámpago, dejando la susodicha mente Pipaónica en la oscuridad de las anteriores dudas.

«Hija, no sobes...».

—Dice Isabel que no quiere ir a jugar con Felipe; que prefiere jugar conmigo.

—¿Con que te descubres o no, mascarita? No sé a qué vienen esos tapujos...

—Pronto te lo diré.

—Pues no sé... Ni que fuera delito—manifestó con repentina vehemencia la Bringas, levantándose—. Yo he visto hombres topos, he visto hombres pesados, hombres inaguantables; pero ninguno, ningunito como tú. Hija, vámonos de aquí; llama a tu hermano. Esta casa me apesta con tanto chirimbolo inútil. No, no me huele esto a cosa buena. Y en resumidas cuentas, ¿A mí qué me importa? Ya puedes casarte con una fuencarralera o con alguna loreta de París... Abur. Eso, eso; guarda bien el secreto, no sea que te lo roben. Así, callandito se hacen las cosas.

Y el más reservado de los hombres, al despedirla en la puerta, le dijo dos o tres veces:

«¡Mañana, mañana te lo diré!».

Y en efecto, a la mañana siguiente se lo dijo.

Por espacio de algunos minutos Rosalía se quedó como si le administraran una ducha con la catarata del Niágara.

«¡Con Amp...!».

No tenía aliento para concluir de pronunciar la palabra. Representose a la hija de Sánchez Emperador disfrutando de los tesoros de aquella casa sin igual, y consideraba esto tan absurdo como si los bueyes volaran en bandadas por encima de los tejados, y los gorriones, uncidos en parejas, tiraran de las carretas. Sus confusiones no se disiparon en todo aquel día; se le subió el color cual si le hubiera entrado erisipela, y llevaba frecuentemente la mano a su cabeza, diciendo: «Parece que les tengo aquí a los dos convertidos en plomo». Mas reflexionando sobre el peregrino caso, no acertaba a explicarse el motivo de su despecho. «Porque a mí ¿qué me va ni me viene en esto?... Conmigo no se había de casar, porque soy casada; ni con Isabelita tampoco, porque es muy niña».

No veía la hora de que viniese Bringas para dispararle a boca de jarro la tremenda nueva. También fue grande el asombro de D. Francisco. Su esposa, encolerizada, dirigíase a él con impertinentes modos, como si aquel santo varón tuviera la culpa, y le decía: «Pero ¿has visto... has visto qué atrocidad?

—Pero mujer, ¿qué...?

—La verdad, yo contaba con que Agustín esperase siquiera seis años... Isabel tiene diez... ya ves... Pero a ti no se te ocurre nada.

—¡Ave María Purísima!...

—Y pretende que la traigamos a casa mientras llega el día del bodorrio... Sí, aquí estamos para tapadera...

Bringas, hombre de sano juicio, que siempre trataba de ver las cosas con calma y como eran realmente, intentó aplacar a su exaltada cónyuge con las razones más filosóficas que de labios humanos pudieran salir. Según él, antes que ofenderse debían alegrarse de la elección de su primo, porque Amparo era una buena muchacha y no tenía más defecto que ser pobre. Agustín deseaba mujer modesta, virtuosa y sin pretensiones... No era tonto el tal, y bien sabía gobernarse. Convenía, pues, celebrar la elección como feliz suceso y no mostrar contrariedad ni menos enojo. Si Agustín quería que su futura viviese con ellos una corta temporada, muy santo y muy bueno. «Porque, mira tú—añadió con centelleos de perspicacia en sus ojos—, más cuenta nos tendrá siempre estar bien con el primo y su esposa que estar mal. Si ahora les desairamos, quizás después de casados nos tomen ojeriza, y... no te quiero decir quién perderá más. Él es muy bueno para nosotros, y no creo que Amparo se oponga a que lo siga siendo. Le debemos obsequios y favores sin fin, y nosotros ¿qué le hemos dado a él? Una triste botella de tinta, hija... Tengamos calma, calma y aplaudámosle ahora como siempre. Probablemente seremos padrinos, y habrá que correrse con un buen regalo. No importa; se sacará como se pueda. Ya sabes que él no se queda nunca atrás. Nuestra situación hoy, hija de mi alma, es apretadilla. Si me encargo el gabán, que tanta falta me hace; si vamos al baile de Palacio, tendremos que imponernos privaciones crueles: eso contando siempre con que la Señora te dé el vestido de color melocotón que te tiene ofrecido, que si no, ¡a dónde iríamos a parar!... Pero la economía y un mal pasar dentro de casa harán este milagro y el del regalo para Agustín. Con que mucha prudencia y cara de Pascua.

Este sustancioso discursillo tuvo eco tan sonoro en el egoísmo de Rosalía, que se amansó su bravura y conoció lo impertinente de su oposición al casorio. Deseaba que Amparo llegase para hablarle del asunto y saber más de lo que sabía. ¡La muy pícara no había ido desde el sábado!... Estaba endiosada. Quería hacer ya papeles de humilladora, por venganza de haber sido tantas veces humillada.

XXIII

La increíble fortuna no llevó al ánimo de Amparo franca alegría, sino alternadas torturas de esperanza y temor. Porque si negarse era muy triste y doloroso, consentir era felonía. El miedo a la delación hacíala estremecer; la idea de engañar a tan generoso y leal hombre la ponía como loca; mas la renuncia de la corona que se le ofrecía era virtud superior a sus débiles fuerzas. ¡Oh, egoísmo, raíz de la vida, cómo dueles cuando la mano del deber trata de arrancarte!... No tenía perversidad para cometer el fraude, ni abnegación bastante para evitarlo. No le parecía bien atropellar por todo y dejarse conducir por los sucesos; ni su endeble voluntad le daba alientos para decir: «Señor Caballero, yo no me puedo casar con usted... por esto, por esto y por esto».

Pasaba las horas del día y de la noche pensando en los rudos términos de su problema, perseguida por la imagen de su generoso pretendiente, en quien veía un hombre sin igual, avalorado por méritos rarísimos en el mundo. Aun antes de tener sospechas del enamoramiento de Caballero, había sentido Amparo simpatías vivísimas hacia él. Lo que los demás tenían por defectuoso en el carácter del indiano, conceptuábalo ella perfecciones. Adivinaba cierta armonía y parentesco entre su propio carácter y el de aquel señor tan callado y temeroso de todo; y cuando Agustín se le acercó, movido de un afecto amoroso, ella le esperaba, preparada también con un afecto semejante.

Desde que se trataron un poco, vio la medrosa en el tímido, como se ve la imagen propia en un espejo, sentimientos y gustos que eran también los de ella. Sí, ambos estaban, como suele decirse, vaciados en la misma turquesa. Agustín, como ella, tenía la pasión del bienestar sosegado y sin ruido; como ella aborrecía los dicharachos, la palabrería insustancial y las vanidades de la generación presente; como ella, tenía el sentimiento intenso de la familia, la ambición de la comodidad oscura y sin aparato, de los afectos tranquilos y de la vida ordenada y legal. Sin duda él había sabido leer cumplidamente en ella; pero Dios quiso que al repasar las páginas de su alma, viese tan sólo las blancas y puras y no la negra. Estaba tan escondida, que ella sola podía y debía enseñarla, consumando un acto de valor sublime. El único medio de arrancar la tal página era llegarse a Caballero y decirle: «No me puedo casar con usted... por esto, por esto y por esto».

Cuando la infeliz llegaba a esta conclusión, que aunque tardía, daba, por ser conclusión, algún descanso a sus torturas, parecía que una sierpe le silbaba en el oído estos conceptos:

«Oiga usted, señorita, y si está decidida a no aceptar la mano de ese sujeto, ¿qué papel hace usted tomando su dinero? Al día siguiente de aquella noche en que su novio la acompañó hasta la puerta, usted recibió una carta con billetes de Banco. No eran los primeros que venían, pero sí los más comprometedores. En esa carta decía, niña sin juicio, que ya la consideraba a usted como su esposa, y que por tanto debía existir entre ambos franqueza y comunidad de intereses. Le enviaba a usted una cantidad, y anunciaba repetir el obsequio todos los meses, hasta que se casara. Y el objeto de estos auxilios era que su novia se preparase dignamente al matrimonio. Si el pensamiento de usted era negarse, ¿por qué no devolvió el dinero en el mismo sobre que lo trajo?...».

¡Qué voz aquella! ¡Argumento doloroso como una llaga, que no podía tener el alivio de una contestación! Sin duda la infeliz, al recibir los dineros, no vio el compromiso que la aceptación le traía; estaba como tonta, embriagada con la ilusión de la espléndida suerte que Dios le deparaba, con la idea de su magnífica casa y de aquella venturosa familia que iba a fundar.

Cuando echó de ver la inconveniencia grande de aceptar el dinero, ya parte de este se había ido en seguimiento del pago de unas deudas antiguas, ya la indigente novia se había encargado dos pares de botas y dos vestidos. ¡Ay Dios mío!, ¡qué situación tan equívoca! ¿A quién pediría consejo? ¿Qué debía hacer?

Despertando asustada en lo mejor de su sueño, Amparo daba vueltas en el cerebro a esta idea: «Lo mejor es dejar correr, dejar pasar, callarme, por repugnante que este silencio sea a mi conciencia...». Entonces la culebra, deslizándose entre las almohadas, silbaba en su oído así: «Si tú callas, no faltará quien hable. Si tú no se lo dices, otro se lo dirá. Si él lo sabe antes de la boda, te apartará de sí con desprecio, y si lo sabe después, figúrate la que se armará...». Oyendo esto, lloró en silencio, mojando con lágrimas sus almohadas, y se durmió sobre la tibia humedad de ellas... A las tres o cuatro horas despertó de nuevo cual si oyera un grito. Era, sí, un grito que de su interior salía, diciendo... «Si lo sabe, antes o después, me perdonará... Como ha comprendido otras cosas que hay en mí, comprenderá mi arrepentimiento».

Levantose de prisa. Ya el día penetraba por las ventanas. Vistiose, y el agua fresca aclaró sus ideas... Estremecida de frío y después confortada por la reacción, decía: «Me perdonará... lo estoy viendo».

Púsose a arreglar la casa con nerviosa actividad. Se habían duplicado sus aptitudes domésticas, y sentía verdadero frenesí de limpieza, de poner todo en orden. Cogiendo la escoba, la manejó casi casi con inspiración. Había en sus manos algo de la convulsiva fuerza de la mano del violinista en el arco. Nubecillas de polvo rastreaban por el suelo. Saliendo luego a la ventana, que daba a un panorama de tejados, la joven respiró con gusto el aire glacial de la mañana...

Luego pensó en los vestidos que le iba a traer la modista. Además tenía otro, no nuevo sino arreglado por ella misma, y pensaba estrenarlo al día siguiente. No era esto presunción, sino el ardiente afán de la decencia que en su alma tenía firme asiento. Su pasión por la vida regular se manifestaba también prefiriendo lo útil a lo brillante, y dando la importancia debida al bien parecer de las personas...