ESCENA IX
ARBUÉS; después DON CÉSAR
Arbués
En mi puesto
heme ya.
(Se sienta en el sillón y llaman a la puerta del fondo).
Han llamado.
Don César
(Dentro).
¿Arbués?
Arbués
¿Por mi nombre? ¿Quién será?
Don César
Alférez Arbués.
Arbués
¿Quién va?
Don César
Abre a un amigo.
Arbués
¿Quién es?
Don César
El capitán Santillana.
Arbués
¿Don César?
Don César
Sí, date prisa,
Arbués, que nos interesa.
Arbués
(Abre).
¡Válame la soberana
Virgen! ¡Vos, mi capitán!
Don César
No malgastemos, Arbués,
nuestro tiempo.
Arbués
Hablad: ¿qué hay, pues?
Don César
Las bocacalles están
tomadas alrededor
y conmigo hay seis soldados
en esta casa apostados.
Arbués
¿Y qué?
Don César
Que es a tu señor
a quien buscan. Si Gabriel
los umbrales de ella pasa,
Arbués, dentro de esta casa
todos sois presos con él.
Arbués
No os dé pena, capitán;
mi amo, que lo sabe todo,
de hacer encontrará modo
inútil todo ese afán.
Don César
El asunto no es materia
de chanzas; en la partida
sé yo que le va la vida.
Arbués
¡Diablo!
Don César
La cuestión es seria.
Registrarán su equipaje
y hasta la misma persona;
y si razón no le abona
terminante, aquí su viaje
concluye, porque al misterio
de su vida dar alcance
quiere el rey.
Arbués
¿El rey?
Don César
El lance
ves que no puede más serio
ser. Mi padre, don Rodrigo,
me ha encomendado su guarda,
diciéndome que le aguarda
pronto y ejemplar castigo.
Hasta ahora, a lo que creo,
de sus poderes abusa
la justicia, pues le acusa
a ciegas su buen deseo.
Mas he oído una expresión,
que, a probarse con certeza,
le va a costar la cabeza,
sea impostura o ambición.
Óyeme ahora. El destino,
por su bien o por mi mal,
me une a su sino fatal
y me arroja en su camino.
Instinto y veneración
por él en mi pecho ruegan,
y por Aurora me ciegan
cariño y adoración.
En el nombre de la ley
a espiarle a Madrigal
me enviaron, y cumplí mal
con las órdenes del rey.
Desde Madrigal os sigo.
Arbués
Lo sabíamos.
Don César
Tiempo es
de que sepamos, Arbués,
a qué atenernos. Conmigo
es preciso que Gabriel
hable esta noche. Es forzoso
que este arcano misterioso
penetre a la par con él.
Hay de un misterio tremendo
en su existencia la duda;
siempre me tendrá en su ayuda,
mas que se explique pretendo.
Yo quiero de cualquier modo
salvarle; quiero que a prueba
ponga mi fe y que me deba
su porvenir, en fin, todo
quiero comprenderlo, y sea
quien fuere, noble o villano,
vil traidor o soberano
coronado, que en mí vea
un fiel amigo, un apoyo
presto a dividir con él
desde el sitial de un dosel,
hasta de la tumba el hoyo.
Arbués
Que os ciega amor bien se ve.
Don César
Arbués, si su amor merezco
y si mi mano la ofrezco...
Arbués
No la admitirá.
Don César
¿Por qué?
Arbués
Porque es Espinosa un hombre
que no quiere que se una
ni hombre alguno a su fortuna,
ni nombre alguno a su nombre.
Don César
Yo los males que le afligen
acepto y sus opiniones,
sin pedir de ellas razones.
Y si ocultarme su origen
les importa, nunca el nombre
preguntaré de mi esposa;
sea honrada y cariñosa,
y nada habrá que me asombre.
Arbués
Estáis loco, capitán.
¿Queréis con un pastelero
emparentar?
Don César
Arbués, quiero
salir de una vez de afán.
Te he dicho que mi destino
me lleva tras de Gabriel.
Arbués
Pues es fuerza que huyáis de él;
echad por otro camino.
Don César
¡Arbués!
Arbués
Yo sé lo que digo.
Vuestro ayo fui; soy ya viejo
y daros puedo un consejo;
tomadle que es de un amigo.
Cumplid vuestra obligación
sin tropezar con Gabriel,
y el misterio que hay en él
dejad en su corazón.
Para vuestro amor, de roca
será su alma, y recelo
que no os dará ni consuelo
ni satisfacción su boca.
Don César
Pues qué, ¿hace ese hombre un agravio
impunemente?
Arbués
Lo que hace
no sé, mas no satisface
jamás.
Don César
Pues bien, si su labio
satisfacción no me da,
yo le haré que hable sin gana
con mi acero.
Arbués
Santillana,
en silencio os matará.
Don César
¿A mí?
Arbués
Tal creo en conciencia.
Don César
¿Tiene algún filtro Gabriel?
Arbués
No; mas acaso con él
pelea la omnipotencia.
Don César, tened a raya
vuestra locura y tomad
mi consejo: abandonad
la senda por donde él vaya.
Don César
No puedo.
Arbués
Una indiscreción
muy sandia sé que cometo;
mas voy a ser indiscreto,
porque tengo os obligación.
Don César
Habla, habla.
Arbués
Ese Gabriel
Espinosa, el pastelero,
tiene más de caballero
de lo que aparenta él.
Tres años ha que le sigo
de su favor obligado,
que honra y vida me ha salvado,
y más que dueño es mi amigo.
Don César
¿Pero quién es?
Arbués
Voy a ello.
Quién es... ¡sábenlo él y Dios!
Cuanto sé yo de él vais vos
a saber, mas bajo sello
guardadlo siempre.
Don César
Concluye.
Arbués
Escuchad, pues, lo que sé,
y vos veréis de él a fe
si en pro o en contra os arguye.
Él sabe todas las leyes,
cuenta todas las historias,
los desastres y las glorias
de los europeos reyes.
Él conoce los blasones
como un rey de armas; él mide
las noblezas; él decide
sobre razas y opiniones;
y tales fuerzas alcanza,
que con precisión certera
monta un potro a la carrera
y hace astillas una lanza
en el aire.
Don César
¡Jesucristo!
Eso se cuenta también
de don...
(Arbués le tapa la boca con la mano).
Arbués
No digáis de quién;
de él yo lo cuento, y lo he visto.
Y en fin, os diré un secreto:
¿Conocíais a Quiñones,
el teniente de dragones?
Don César
Sí.
Arbués
Sabéis que era el respeto
de los diestros en la esgrima,
porque jamás estocada
le hirió, mientras que su espada
veinte muertes le echó encima.
Don César
Sí.
Arbués
No ignoraréis que muerto
en Madrigal se le halló;
pues bien, Gabriel le mató
riñendo.
Don César
¿Cierto?
Arbués
Tan cierto,
capitán, como es de noche.
De Gabriel en la hostería
con el alférez comía
yo una tarde, cuando un coche
paró a sus puertas, y de él
un embozando bajando
se entró hasta allí preguntando
si estaba en casa Gabriel.
Salió este; y el forastero,
que ser mostraba en su porte
un gran señor de la corte,
llevó la mano al sombrero
al ir a hablarle; Quiñones,
de quien sabéis la insolencia,
con aquella impertinencia
peculiar de los matones,
dijo: «¡Hola! ¿Esas tenemos?».
Mas no bien le oyó Gabriel,
cuando, viniéndose a él,
le asió por los dos extremos
del collarín del coleto,
diciendo: «¡Hola, seor espía!
¡Yo os haré, por vida mía,
que me guardéis el secreto!».
Y con muñeca de hierro,
zarandeándole de un lado
a otro, le echó derribado
bajo el banco como a un perro.
El teniente, puesto apenas
en pie, echó mano al acero
yéndose hacia el pastelero,
quien con miradas serenas
y voz grave e imperiosa
nos dijo: «Echémonos fuera»;
y echamos por la escalera
los tres en pos de Espinosa.
Detrás de unos paredones
que hay debajo del camino,
parose; fue su padrino
el otro, y yo el de Quiñones.
Capitán, juro a mi honor
que no he visto tal destreza
jamás, ni tanta firmeza,
serenidad y valor.
Era un maestro el teniente;
pero a las cuatro paradas
tenía tres estocadas;
rugía de ira, y valiente
atacaba; mas escrito
debió estar: tendiose a fondo
Gabriel, y cayó redondo
Quiñones sin dar un grito.
Don César
¿Y Espinosa?
Arbués
Ni un rasguño
sacó; en silencio su espada
limpió, que estaba manchada
de sangre hasta el mismo puño,
y envainándola con calma,
nos dijo: «Quede lo hecho
sepultado en nuestro pecho,
y que Dios perdone su alma».
Y volviéndose a entrar
otra vez en la hostería,
no ha vuelto desde aquel día
a Quiñones a mentar.
Ahora, señor Santillana,
pues sabéis que hondo cariño
os cobré desde muy niño,
y os guardo afición cristiana,
creed a un amigo viejo:
por delante de Gabriel
pasad sin topar con él;
y agradecedme el consejo.
Don César
Es tarde, y retroceder
no quiero. Resuelto a todo
vengo, y de uno u otro modo
esta noche le he de ver.
Arbués
Yo no os lo puedo impedir;
pero hacéis mal, os lo advierto.
Don César
Más quiero por él ser muerto
que sin Aurora vivir.
Arbués
Allá os las hayáis.
Doña Aurora
(Dentro).
¡Arbués!
Arbués
Pronto, marchaos; es ella.
Doña Aurora
(Dentro).
¡Arbués!
(Arbués quiere obligar a don César a irse).
Don César
Déjame la huella
besar de sus castos pies.
Arbués
¡Capitán!
ESCENA X
DOÑA AURORA, DON CÉSAR y ARBUÉS
Doña Aurora
(Saliendo).
Oyendo estoy
a Arbués hablar ha una hora.
¿Es mi padre?
Don César
No, señora.
Doña Aurora
¡El capitán!
Don César
Sí, yo soy.
Arbués
Ver al señor pretendía.
Le dije que ausente estaba;
insistía él, porfiaba
yo, y por eso se oía
hablar aquí, doña Aurora.
Doña Aurora
Anduviste descortés
con el capitán, Arbués.
Arbués
Vuestro padre...
Doña Aurora
Sin demora
me debiste de avisar
de su llegada, y al punto
saliera yo.
Don César
Sea asunto
concluido: él atajar
debió mi prudente paso.
Doña Aurora
Si vos salís en su abono
yo su falta le perdono.
(A Arbués, que se va).
Sal.
ESCENA XI
DON CÉSAR y DOÑA AURORA
Doña Aurora
¿Puedo saber acaso
la causa que aquí os obliga
a presentaros ahora?
Don César
Es un secreto, señora;
perdonad que no os lo diga.
Confiarlo solo debo
a vuestro padre.
Doña Aurora
(Retirándose).
En tal caso...
Don César
(Deteniéndola).
Aguardad.
Doña Aurora
Decid.
Don César
Acaso
vais a enojaros.
Doña Aurora
Me atrevo
a esperar de vuestro honor,
que no me osará decir
nada que no pueda oír
sin peligro o sin rubor.
Don César
Nada, señora, ¡yo os juro
por la honra en que nací,
que nada oiréis de mí
que no sea noble y puro!
Doña Aurora
Hablad, pues.
Don César
Que fui, sospecho,
torpe por demás, señora,
si no habéis visto hasta ahora
el arcano de mi pecho.
Doña Aurora
¿Cómo queréis que comprenda
secretos que en él guardáis,
si no me los reveláis?
Don César
Si en los ojos una venda
de indiferencia y rigor
no os hubiérais puesto, Aurora,
me ahorrarais hacer ahora
la relación del amor.
Doña Aurora
¿Conque amáis?
Don César
Con frenesí.
Doña Aurora
¿Pues y a quién?
Don César
A un ángel.
Doña Aurora
¡Oh!
¿Y os paga?
Don César
Creo que no.
Doña Aurora
¿Lo sabe?
Don César
Creo que sí.
Doña Aurora
¿Se lo habéis dicho?
Don César
Jamás.
Doña Aurora
¿Por qué?
Don César
Porque es mi pasión,
más que amor, veneración;
idolatría quizás.
Es un amor que no tiene
en su vil naturaleza
un átomo de impureza;
amor que del cielo viene.
Es un innato cariño
tan casto como profundo,
tan puro como el armiño,
tan inmenso como el mundo.
Sin otro bien, ni otro dueño,
ni más afán, ni más guía
en la tierra, noche y día
con él vivo, con él sueño.
Un amor sublime, santo;
mas tan tirano, tan fiero,
que sus fuerzas considero
a mis solas con espanto;
porque no hay ley, no hay deber
que pueda mi corazón
al poder de mi pasión
con ventajas oponer.
Si la que amo me dijera:
«Sé traidor, véndete esclavo»,
mi fe llevando hasta el cabo
me infamara y me vendiera.
Doña Aurora
¡Jesús, qué amor tan horrendo!
¿Dónde adquirido lo habéis?
Don César
¿Os reís?
Doña Aurora
¿Pues qué queréis
si os estáis contradiciendo?
Don César
¿Dó está la contradicción?
Doña Aurora
¡Pues ahí es nada! ¿Un cariño
tan puro como el armiño,
una sagrada pasión,
de cuyo infernal poder
creéis que os llegue a obligar
vuestro rey abandonar,
la libertad a vender?
Don César
Sin vacilar un momento.
Doña Aurora
¿Porque una mujer os ame
consentís en ser infame,
traidor y esclavo?
Don César
Consiento.
Doña Aurora
Haceos un poco atrás.
Don César
¿Por qué?
Doña Aurora
Esa pasión que tanto
ponderáis, más que amor santo,
es amor de Satanás.
Don César
¡Infeliz del corazón
que tal amor no comprende!
Doña Aurora
Más lo es en el que se enciende
la llama de tal pasión.
Don César
¡No os mofarais de ella así
si la comprendierais, no!
Doña Aurora
¿Y quién os dice que yo
no guardo ese amor en mí?
Don César
(Sorprendido).
¡Vos!
Doña Aurora
Don César, solo Dios
amor tan ciego merece.
Don César
Amor es Dios, y enloquece.
Doña Aurora
Y loco estáis.
Don César
(Se arrodilla).
¡Ah! Por vos.
Doña Aurora
¡Insensato!
Don César
Por vos, sí;
yo os amo, Aurora, os adoro.
Doña Aurora
¿Pues creéis que yo lo ignoro?
Don César
¡Cielos!
(Álzase del suelo, acercándose a Aurora).
Doña Aurora
(Apartándose).
No lleguéis a mí.
Don César
¿Me rechazáis?
Doña Aurora
¡A fe mía!
Yo acepto vuestro respeto,
mas no quiero ser objeto
de una torpe idolatría.
No soy más que una mujer,
y del Criador hechura;
solo como criatura
estimada quiero ser.
Don César
Esas palabras, Aurora,
que una esperanza me dan...
Doña Aurora
Si tal creéis, capitán,
olvidadlas desde ahora.
Don César
Me confundís, y no sé
unir con vuestra bondad
vuestro rigor.
Doña Aurora
En verdad
que yo tampoco sabré
tal arcano descifraros.
Lo que sí os sabré decir
es que no puedo admitir
vuestro amor; mas sin reparos
mi amistad toda os ofrezco,
Creedme: Dios me es testigo
de que os quiero por amigo,
mas por galán, no os merezco.
Don César
¡Cómo!
Doña Aurora
Os lo diré mejor,
y no me guardéis encono:
vuestra amistad ambiciono,
vuestra pasión me da horror.
Don César
Me asombráis.
Doña Aurora
Es un arcano
que penetrar no podemos;
galán, jamás nos veremos;
amigo, aquí está mi mano.
(Doña Aurora le tiende la mano).
Don César
¡Ah! Os entiendo. Compasión
os causó mi amor, y ahora
burlaos os plugo, Aurora,
con mi pobre corazón.
Mas esta mano que estrecho
sobre él, y que llevo al labio...
(Va a besar la mano; doña Aurora se lo impide).
Doña Aurora
La boca le hará un agravio;
no la levantéis del pecho.
Don César
Ese tono...
Doña Aurora
Es harto serio.
Don César
No os comprendo. Si es capricho
de vuestro humor...
Doña Aurora
Ya os lo he dicho,
capitán: es un misterio
que yo no entiendo tampoco.
Don César
Pues yo lo penetraré.
Doña Aurora
¿Cómo?
Don César
A vuestro padre haré
que me lo explique.
Doña Aurora
Estáis loco.
Don César
En eso parar espero
con vuestras contradicciones.
Doña Aurora
Pues oídme unas razones
terminantes, caballero.
Don César
Hablad.
Doña Aurora
Me habéis ponderado
vuestra acendrada pasión,
y vais en mi corazón
a saber lo que hay guardado.
Hay un amor casto, ciego,
de mi pecho en la guarida,
tan largo como mi vida,
tan ardiente como el fuego.
Amor de goces tan suaves,
tan exento de dolores,
como el olor de las flores,
como el cantar de las aves.
Este amor es un cariño
tan ajeno de impureza,
como el que a tener empieza
naciendo a su madre el niño.
Hoguera es de inmenso ardor;
mas de su llama tranquila
no se extingue ni vacila
el constante resplandor.
En el duelo, en la ventura,
en la inquietud y en la calma
siempre en el fondo del alma
como una estrella fulgura;
y brilla su claridad
en su centro solitario
cual lámpara en un santuario,
cual faro en la tempestad.
Don César
¿Amáis?
Doña Aurora
Amo a un noble ser
de quien ignoro hasta el nombre;
le amo todo cuanto a un hombre
puede amar una mujer.
Le amo desde que le vi;
le amo con toda mi fe,
y al sepulcro bajaré
con su amor dentro de mí.
Con él sueño, con él vivo;
lo que él desea, apetezco;
lo que aborrece, aborrezco;
y mi corazón cautivo
de su sola voluntad,
a ella no más obedece;
él me dice: «Ama, aborrece»,
y amo y odio sin piedad.
Me dijo: «De ese mancebo
serás amiga.» Y yo os digo
que vos sois mi único amigo,
porque él lo quiere, y yo debo
quererlo; y si él me dijera:
«Véndete, esclava», ¡por Dios
os juro que, como vos
por mí, por él me vendiera!
Ya mi secreto sabéis.
Respetad de él, comedido,
lo que no hayáis comprendido;
y si no os satisfacéis
con las razones que os dan,
haced cuenta, en conclusión,
que nací sin corazón.
Buenas noches, capitán.
Don César
Esperad.
Doña Aurora
Ni un solo instante;
el alma leal que abrigo
franca está para el amigo
y muerta para el amante.
(Vase por la izquierda, cerrando la puerta).
ESCENA XII
Don César
¡Ama a un hombre, cuyo nombre
no conoce! Fascinada
está su alma, enamorada
por él. ¿Y quién es ese hombre?
Un año hace que los sigo
y a nadie he visto jamás
llegar. ¡Un enigma más
de los que llevan consigo!
Con él sueña, con él vive,
lo que él desea apetece;
él manda, y ella obedece
y ser de su ser recibe.
¡Oh! Sí: lo expresaban bien
sus ojos, su voz, su gesto.
Sí, encierra un amor funesto
su corazón. Pero ¿a quién?
¡Ama a un hombre misterioso
de quien hasta el nombre ignora!
¿Ama y no a mí? ¡La traidora!
¡Sandio de mí! Estoy celoso.
Celoso, y tal vez acecha
la muerte aquí a ese Gabriel
de Espinosa. ¡Cielos! ¿Si él?...
¡Él!... ¡Estúpida sospecha!
Su padre... ¿Y si no lo es?
¿Si el misterio y soledad
que guardan de liviandad
fuera un velo infame? Arbués.