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Traidor, inconfeso y martir

Chapter 14: ESCENA XI
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About This Book

The drama unfolds as a masked traveler and a young woman arrive at an inn and soon provoke suspicion, rivalries, and official scrutiny that escalate into interrogation, public accusation, and judicial consequences. Told in verse across three acts, the piece moves between intimate domestic scenes and formal proceedings, following how personal loyalties, social honor, and political pressures collide. Plot developments hinge on questions of identity and credibility, while motifs of deception, reputation, and conscience shape characters’ choices and propel the work toward a moral and legal reckoning.

ESCENA IX

ARBUÉS; después DON CÉSAR

Arbués

En mi puesto

heme ya.

(Se sienta en el sillón y llaman a la puerta del fondo).

Han llamado.

Don César

(Dentro).

¿Arbués?

Arbués

¿Por mi nombre? ¿Quién será?

Don César

Alférez Arbués.

Arbués

¿Quién va?

Don César

Abre a un amigo.

Arbués

¿Quién es?

Don César

El capitán Santillana.

Arbués

¿Don César?

Don César

Sí, date prisa,

Arbués, que nos interesa.

Arbués

(Abre).

¡Válame la soberana

Virgen! ¡Vos, mi capitán!

Don César

No malgastemos, Arbués,

nuestro tiempo.

Arbués

Hablad: ¿qué hay, pues?

Don César

Las bocacalles están

tomadas alrededor

y conmigo hay seis soldados

en esta casa apostados.

Arbués

¿Y qué?

Don César

Que es a tu señor

a quien buscan. Si Gabriel

los umbrales de ella pasa,

Arbués, dentro de esta casa

todos sois presos con él.

Arbués

No os dé pena, capitán;

mi amo, que lo sabe todo,

de hacer encontrará modo

inútil todo ese afán.

Don César

El asunto no es materia

de chanzas; en la partida

sé yo que le va la vida.

Arbués

¡Diablo!

Don César

La cuestión es seria.

Registrarán su equipaje

y hasta la misma persona;

y si razón no le abona

terminante, aquí su viaje

concluye, porque al misterio

de su vida dar alcance

quiere el rey.

Arbués

¿El rey?

Don César

El lance

ves que no puede más serio

ser. Mi padre, don Rodrigo,

me ha encomendado su guarda,

diciéndome que le aguarda

pronto y ejemplar castigo.

Hasta ahora, a lo que creo,

de sus poderes abusa

la justicia, pues le acusa

a ciegas su buen deseo.

Mas he oído una expresión,

que, a probarse con certeza,

le va a costar la cabeza,

sea impostura o ambición.

Óyeme ahora. El destino,

por su bien o por mi mal,

me une a su sino fatal

y me arroja en su camino.

Instinto y veneración

por él en mi pecho ruegan,

y por Aurora me ciegan

cariño y adoración.

En el nombre de la ley

a espiarle a Madrigal

me enviaron, y cumplí mal

con las órdenes del rey.

Desde Madrigal os sigo.

Arbués

Lo sabíamos.

Don César

Tiempo es

de que sepamos, Arbués,

a qué atenernos. Conmigo

es preciso que Gabriel

hable esta noche. Es forzoso

que este arcano misterioso

penetre a la par con él.

Hay de un misterio tremendo

en su existencia la duda;

siempre me tendrá en su ayuda,

mas que se explique pretendo.

Yo quiero de cualquier modo

salvarle; quiero que a prueba

ponga mi fe y que me deba

su porvenir, en fin, todo

quiero comprenderlo, y sea

quien fuere, noble o villano,

vil traidor o soberano

coronado, que en mí vea

un fiel amigo, un apoyo

presto a dividir con él

desde el sitial de un dosel,

hasta de la tumba el hoyo.

Arbués

Que os ciega amor bien se ve.

Don César

Arbués, si su amor merezco

y si mi mano la ofrezco...

Arbués

No la admitirá.

Don César

¿Por qué?

Arbués

Porque es Espinosa un hombre

que no quiere que se una

ni hombre alguno a su fortuna,

ni nombre alguno a su nombre.

Don César

Yo los males que le afligen

acepto y sus opiniones,

sin pedir de ellas razones.

Y si ocultarme su origen

les importa, nunca el nombre

preguntaré de mi esposa;

sea honrada y cariñosa,

y nada habrá que me asombre.

Arbués

Estáis loco, capitán.

¿Queréis con un pastelero

emparentar?

Don César

Arbués, quiero

salir de una vez de afán.

Te he dicho que mi destino

me lleva tras de Gabriel.

Arbués

Pues es fuerza que huyáis de él;

echad por otro camino.

Don César

¡Arbués!

Arbués

Yo sé lo que digo.

Vuestro ayo fui; soy ya viejo

y daros puedo un consejo;

tomadle que es de un amigo.

Cumplid vuestra obligación

sin tropezar con Gabriel,

y el misterio que hay en él

dejad en su corazón.

Para vuestro amor, de roca

será su alma, y recelo

que no os dará ni consuelo

ni satisfacción su boca.

Don César

Pues qué, ¿hace ese hombre un agravio

impunemente?

Arbués

Lo que hace

no sé, mas no satisface

jamás.

Don César

Pues bien, si su labio

satisfacción no me da,

yo le haré que hable sin gana

con mi acero.

Arbués

Santillana,

en silencio os matará.

Don César

¿A mí?

Arbués

Tal creo en conciencia.

Don César

¿Tiene algún filtro Gabriel?

Arbués

No; mas acaso con él

pelea la omnipotencia.

Don César, tened a raya

vuestra locura y tomad

mi consejo: abandonad

la senda por donde él vaya.

Don César

No puedo.

Arbués

Una indiscreción

muy sandia sé que cometo;

mas voy a ser indiscreto,

porque tengo os obligación.

Don César

Habla, habla.

Arbués

Ese Gabriel

Espinosa, el pastelero,

tiene más de caballero

de lo que aparenta él.

Tres años ha que le sigo

de su favor obligado,

que honra y vida me ha salvado,

y más que dueño es mi amigo.

Don César

¿Pero quién es?

Arbués

Voy a ello.

Quién es... ¡sábenlo él y Dios!

Cuanto sé yo de él vais vos

a saber, mas bajo sello

guardadlo siempre.

Don César

Concluye.

Arbués

Escuchad, pues, lo que sé,

y vos veréis de él a fe

si en pro o en contra os arguye.

Él sabe todas las leyes,

cuenta todas las historias,

los desastres y las glorias

de los europeos reyes.

Él conoce los blasones

como un rey de armas; él mide

las noblezas; él decide

sobre razas y opiniones;

y tales fuerzas alcanza,

que con precisión certera

monta un potro a la carrera

y hace astillas una lanza

en el aire.

Don César

¡Jesucristo!

Eso se cuenta también

de don...

(Arbués le tapa la boca con la mano).

Arbués

No digáis de quién;

de él yo lo cuento, y lo he visto.

Y en fin, os diré un secreto:

¿Conocíais a Quiñones,

el teniente de dragones?

Don César

Sí.

Arbués

Sabéis que era el respeto

de los diestros en la esgrima,

porque jamás estocada

le hirió, mientras que su espada

veinte muertes le echó encima.

Don César

Sí.

Arbués

No ignoraréis que muerto

en Madrigal se le halló;

pues bien, Gabriel le mató

riñendo.

Don César

¿Cierto?

Arbués

Tan cierto,

capitán, como es de noche.

De Gabriel en la hostería

con el alférez comía

yo una tarde, cuando un coche

paró a sus puertas, y de él

un embozando bajando

se entró hasta allí preguntando

si estaba en casa Gabriel.

Salió este; y el forastero,

que ser mostraba en su porte

un gran señor de la corte,

llevó la mano al sombrero

al ir a hablarle; Quiñones,

de quien sabéis la insolencia,

con aquella impertinencia

peculiar de los matones,

dijo: «¡Hola! ¿Esas tenemos?».

Mas no bien le oyó Gabriel,

cuando, viniéndose a él,

le asió por los dos extremos

del collarín del coleto,

diciendo: «¡Hola, seor espía!

¡Yo os haré, por vida mía,

que me guardéis el secreto!».

Y con muñeca de hierro,

zarandeándole de un lado

a otro, le echó derribado

bajo el banco como a un perro.

El teniente, puesto apenas

en pie, echó mano al acero

yéndose hacia el pastelero,

quien con miradas serenas

y voz grave e imperiosa

nos dijo: «Echémonos fuera»;

y echamos por la escalera

los tres en pos de Espinosa.

Detrás de unos paredones

que hay debajo del camino,

parose; fue su padrino

el otro, y yo el de Quiñones.

Capitán, juro a mi honor

que no he visto tal destreza

jamás, ni tanta firmeza,

serenidad y valor.

Era un maestro el teniente;

pero a las cuatro paradas

tenía tres estocadas;

rugía de ira, y valiente

atacaba; mas escrito

debió estar: tendiose a fondo

Gabriel, y cayó redondo

Quiñones sin dar un grito.

Don César

¿Y Espinosa?

Arbués

Ni un rasguño

sacó; en silencio su espada

limpió, que estaba manchada

de sangre hasta el mismo puño,

y envainándola con calma,

nos dijo: «Quede lo hecho

sepultado en nuestro pecho,

y que Dios perdone su alma».

Y volviéndose a entrar

otra vez en la hostería,

no ha vuelto desde aquel día

a Quiñones a mentar.

Ahora, señor Santillana,

pues sabéis que hondo cariño

os cobré desde muy niño,

y os guardo afición cristiana,

creed a un amigo viejo:

por delante de Gabriel

pasad sin topar con él;

y agradecedme el consejo.

Don César

Es tarde, y retroceder

no quiero. Resuelto a todo

vengo, y de uno u otro modo

esta noche le he de ver.

Arbués

Yo no os lo puedo impedir;

pero hacéis mal, os lo advierto.

Don César

Más quiero por él ser muerto

que sin Aurora vivir.

Arbués

Allá os las hayáis.

Doña Aurora

(Dentro).

¡Arbués!

Arbués

Pronto, marchaos; es ella.

Doña Aurora

(Dentro).

¡Arbués!

(Arbués quiere obligar a don César a irse).

Don César

Déjame la huella

besar de sus castos pies.

Arbués

¡Capitán!

ESCENA X

DOÑA AURORA, DON CÉSAR y ARBUÉS

Doña Aurora

(Saliendo).

Oyendo estoy

a Arbués hablar ha una hora.

¿Es mi padre?

Don César

No, señora.

Doña Aurora

¡El capitán!

Don César

Sí, yo soy.

Arbués

Ver al señor pretendía.

Le dije que ausente estaba;

insistía él, porfiaba

yo, y por eso se oía

hablar aquí, doña Aurora.

Doña Aurora

Anduviste descortés

con el capitán, Arbués.

Arbués

Vuestro padre...

Doña Aurora

Sin demora

me debiste de avisar

de su llegada, y al punto

saliera yo.

Don César

Sea asunto

concluido: él atajar

debió mi prudente paso.

Doña Aurora

Si vos salís en su abono

yo su falta le perdono.

(A Arbués, que se va).

Sal.

ESCENA XI

DON CÉSAR y DOÑA AURORA

Doña Aurora

¿Puedo saber acaso

la causa que aquí os obliga

a presentaros ahora?

Don César

Es un secreto, señora;

perdonad que no os lo diga.

Confiarlo solo debo

a vuestro padre.

Doña Aurora

(Retirándose).

En tal caso...

Don César

(Deteniéndola).

Aguardad.

Doña Aurora

Decid.

Don César

Acaso

vais a enojaros.

Doña Aurora

Me atrevo

a esperar de vuestro honor,

que no me osará decir

nada que no pueda oír

sin peligro o sin rubor.

Don César

Nada, señora, ¡yo os juro

por la honra en que nací,

que nada oiréis de mí

que no sea noble y puro!

Doña Aurora

Hablad, pues.

Don César

Que fui, sospecho,

torpe por demás, señora,

si no habéis visto hasta ahora

el arcano de mi pecho.

Doña Aurora

¿Cómo queréis que comprenda

secretos que en él guardáis,

si no me los reveláis?

Don César

Si en los ojos una venda

de indiferencia y rigor

no os hubiérais puesto, Aurora,

me ahorrarais hacer ahora

la relación del amor.

Doña Aurora

¿Conque amáis?

Don César

Con frenesí.

Doña Aurora

¿Pues y a quién?

Don César

A un ángel.

Doña Aurora

¡Oh!

¿Y os paga?

Don César

Creo que no.

Doña Aurora

¿Lo sabe?

Don César

Creo que sí.

Doña Aurora

¿Se lo habéis dicho?

Don César

Jamás.

Doña Aurora

¿Por qué?

Don César

Porque es mi pasión,

más que amor, veneración;

idolatría quizás.

Es un amor que no tiene

en su vil naturaleza

un átomo de impureza;

amor que del cielo viene.

Es un innato cariño

tan casto como profundo,

tan puro como el armiño,

tan inmenso como el mundo.

Sin otro bien, ni otro dueño,

ni más afán, ni más guía

en la tierra, noche y día

con él vivo, con él sueño.

Un amor sublime, santo;

mas tan tirano, tan fiero,

que sus fuerzas considero

a mis solas con espanto;

porque no hay ley, no hay deber

que pueda mi corazón

al poder de mi pasión

con ventajas oponer.

Si la que amo me dijera:

«Sé traidor, véndete esclavo»,

mi fe llevando hasta el cabo

me infamara y me vendiera.

Doña Aurora

¡Jesús, qué amor tan horrendo!

¿Dónde adquirido lo habéis?

Don César

¿Os reís?

Doña Aurora

¿Pues qué queréis

si os estáis contradiciendo?

Don César

¿Dó está la contradicción?

Doña Aurora

¡Pues ahí es nada! ¿Un cariño

tan puro como el armiño,

una sagrada pasión,

de cuyo infernal poder

creéis que os llegue a obligar

vuestro rey abandonar,

la libertad a vender?

Don César

Sin vacilar un momento.

Doña Aurora

¿Porque una mujer os ame

consentís en ser infame,

traidor y esclavo?

Don César

Consiento.

Doña Aurora

Haceos un poco atrás.

Don César

¿Por qué?

Doña Aurora

Esa pasión que tanto

ponderáis, más que amor santo,

es amor de Satanás.

Don César

¡Infeliz del corazón

que tal amor no comprende!

Doña Aurora

Más lo es en el que se enciende

la llama de tal pasión.

Don César

¡No os mofarais de ella así

si la comprendierais, no!

Doña Aurora

¿Y quién os dice que yo

no guardo ese amor en mí?

Don César

(Sorprendido).

¡Vos!

Doña Aurora

Don César, solo Dios

amor tan ciego merece.

Don César

Amor es Dios, y enloquece.

Doña Aurora

Y loco estáis.

Don César

(Se arrodilla).

¡Ah! Por vos.

Doña Aurora

¡Insensato!

Don César

Por vos, sí;

yo os amo, Aurora, os adoro.

Doña Aurora

¿Pues creéis que yo lo ignoro?

Don César

¡Cielos!

(Álzase del suelo, acercándose a Aurora).

Doña Aurora

(Apartándose).

No lleguéis a mí.

Don César

¿Me rechazáis?

Doña Aurora

¡A fe mía!

Yo acepto vuestro respeto,

mas no quiero ser objeto

de una torpe idolatría.

No soy más que una mujer,

y del Criador hechura;

solo como criatura

estimada quiero ser.

Don César

Esas palabras, Aurora,

que una esperanza me dan...

Doña Aurora

Si tal creéis, capitán,

olvidadlas desde ahora.

Don César

Me confundís, y no sé

unir con vuestra bondad

vuestro rigor.

Doña Aurora

En verdad

que yo tampoco sabré

tal arcano descifraros.

Lo que sí os sabré decir

es que no puedo admitir

vuestro amor; mas sin reparos

mi amistad toda os ofrezco,

Creedme: Dios me es testigo

de que os quiero por amigo,

mas por galán, no os merezco.

Don César

¡Cómo!

Doña Aurora

Os lo diré mejor,

y no me guardéis encono:

vuestra amistad ambiciono,

vuestra pasión me da horror.

Don César

Me asombráis.

Doña Aurora

Es un arcano

que penetrar no podemos;

galán, jamás nos veremos;

amigo, aquí está mi mano.

(Doña Aurora le tiende la mano).

Don César

¡Ah! Os entiendo. Compasión

os causó mi amor, y ahora

burlaos os plugo, Aurora,

con mi pobre corazón.

Mas esta mano que estrecho

sobre él, y que llevo al labio...

(Va a besar la mano; doña Aurora se lo impide).

Doña Aurora

La boca le hará un agravio;

no la levantéis del pecho.

Don César

Ese tono...

Doña Aurora

Es harto serio.

Don César

No os comprendo. Si es capricho

de vuestro humor...

Doña Aurora

Ya os lo he dicho,

capitán: es un misterio

que yo no entiendo tampoco.

Don César

Pues yo lo penetraré.

Doña Aurora

¿Cómo?

Don César

A vuestro padre haré

que me lo explique.

Doña Aurora

Estáis loco.

Don César

En eso parar espero

con vuestras contradicciones.

Doña Aurora

Pues oídme unas razones

terminantes, caballero.

Don César

Hablad.

Doña Aurora

Me habéis ponderado

vuestra acendrada pasión,

y vais en mi corazón

a saber lo que hay guardado.

Hay un amor casto, ciego,

de mi pecho en la guarida,

tan largo como mi vida,

tan ardiente como el fuego.

Amor de goces tan suaves,

tan exento de dolores,

como el olor de las flores,

como el cantar de las aves.

Este amor es un cariño

tan ajeno de impureza,

como el que a tener empieza

naciendo a su madre el niño.

Hoguera es de inmenso ardor;

mas de su llama tranquila

no se extingue ni vacila

el constante resplandor.

En el duelo, en la ventura,

en la inquietud y en la calma

siempre en el fondo del alma

como una estrella fulgura;

y brilla su claridad

en su centro solitario

cual lámpara en un santuario,

cual faro en la tempestad.

Don César

¿Amáis?

Doña Aurora

Amo a un noble ser

de quien ignoro hasta el nombre;

le amo todo cuanto a un hombre

puede amar una mujer.

Le amo desde que le vi;

le amo con toda mi fe,

y al sepulcro bajaré

con su amor dentro de mí.

Con él sueño, con él vivo;

lo que él desea, apetezco;

lo que aborrece, aborrezco;

y mi corazón cautivo

de su sola voluntad,

a ella no más obedece;

él me dice: «Ama, aborrece»,

y amo y odio sin piedad.

Me dijo: «De ese mancebo

serás amiga.» Y yo os digo

que vos sois mi único amigo,

porque él lo quiere, y yo debo

quererlo; y si él me dijera:

«Véndete, esclava», ¡por Dios

os juro que, como vos

por mí, por él me vendiera!

Ya mi secreto sabéis.

Respetad de él, comedido,

lo que no hayáis comprendido;

y si no os satisfacéis

con las razones que os dan,

haced cuenta, en conclusión,

que nací sin corazón.

Buenas noches, capitán.

Don César

Esperad.

Doña Aurora

Ni un solo instante;

el alma leal que abrigo

franca está para el amigo

y muerta para el amante.

(Vase por la izquierda, cerrando la puerta).

ESCENA XII

Don César

¡Ama a un hombre, cuyo nombre

no conoce! Fascinada

está su alma, enamorada

por él. ¿Y quién es ese hombre?

Un año hace que los sigo

y a nadie he visto jamás

llegar. ¡Un enigma más

de los que llevan consigo!

Con él sueña, con él vive,

lo que él desea apetece;

él manda, y ella obedece

y ser de su ser recibe.

¡Oh! Sí: lo expresaban bien

sus ojos, su voz, su gesto.

Sí, encierra un amor funesto

su corazón. Pero ¿a quién?

¡Ama a un hombre misterioso

de quien hasta el nombre ignora!

¿Ama y no a mí? ¡La traidora!

¡Sandio de mí! Estoy celoso.

Celoso, y tal vez acecha

la muerte aquí a ese Gabriel

de Espinosa. ¡Cielos! ¿Si él?...

¡Él!... ¡Estúpida sospecha!

Su padre... ¿Y si no lo es?

¿Si el misterio y soledad

que guardan de liviandad

fuera un velo infame? Arbués.