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Traidor, inconfeso y martir

Chapter 22: ACTO SEGUNDO
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About This Book

The drama unfolds as a masked traveler and a young woman arrive at an inn and soon provoke suspicion, rivalries, and official scrutiny that escalate into interrogation, public accusation, and judicial consequences. Told in verse across three acts, the piece moves between intimate domestic scenes and formal proceedings, following how personal loyalties, social honor, and political pressures collide. Plot developments hinge on questions of identity and credibility, while motifs of deception, reputation, and conscience shape characters’ choices and propel the work toward a moral and legal reckoning.

ACTO SEGUNDO


La misma decoración del acto primero

ESCENA PRIMERA

DON CÉSAR. Aparece sentado y meditabundo.

Don César

Dijo bien; no pertenece

a la tierra el ser de ese hombre.

¡Me fascina, me enloquece!

¡Que en derredor de su nombre

gira el mundo me parece!

Sí; de cuanto le rodea

es el eje, el punto fijo,

todo lo demás voltea

en torno suyo. Me dijo

que iba a dormir, pero vela;

no he cesado de sentir

sus pasos, por más cautela

que puso al ir y venir

por su aposento. Recela

que le sorprendan; previene

cauto el porvenir, y pienso

que entre su equipaje tiene

objetos que le conviene

no mostrar. ¿Es él? ¡Inmenso

riesgo corre!... ¿Y si no es?

¡Ay de mí! Siempre es de Aurora

padre, hermano..., algo... A través

doy con todo; me devora

la impaciencia... Llamo, pues.

(Llama a la puerta por donde se fue Gabriel en la última escena del acto primero).

ESCENA II

DON CÉSAR y GABRIEL

Gabriel

¿Qué me queréis?

Don César

Advertiros

de que mi padre el alcalde

vendrá pronto.

Gabriel

Será en balde.

Don César

No lo será el preveniros,

que toda la noche ha estado

declaraciones oyendo

de gentes que ha ido prendiendo.

Gabriel

Pues el tiempo ha malgastado.

Don César

Vuestra situación es grave.

Gabriel

Lo sé.

Don César

Quizás un proceso...

Gabriel

Vuestro padre anda ya en eso.

Don César

¿Culpado saldréis?

Gabriel

¿Quién sabe?

Don César

Mi padre es hombre tenaz.

Gabriel

¡Pues a buena parte viene!

Don César

Es que tal vez os condene.

Gabriel

Cumplo la pena y en paz.

Don César

Mas si antes que vuelva él

hacer prevención alguna

os importa...

Gabriel

¿A mí? Ninguna.

Don César

¡Señor!

Gabriel

Llamadme Gabriel.

Don César

Vos lo dijisteis: secreto

nos liga un nudo a los dos,

y siento a un tiempo por vos

inclinación y respeto.

Quisiera una prueba hallar

irrecusable que daros

de mi fe para obligaros

sin recelo a confiar

en mí.

Gabriel

¡Vaya! ¡Estáis chistoso,

por Dios. En este aposento

queríais hace un momento

atravesarme furioso,

¿y ahora mi confianza

conquistaros pretendéis

con ofertas? Ya sabéis

que la razón se me alcanza

de esa simpatía oculta

que me tenéis; y a respeto

muéveos solo mi secreto,

que vuestra aprensión abulta

tanto que seguís mi viaje

vos, y a atajarle se arroja

el juez, porque se os antoja

que soy un gran personaje.

Don César

Las apariencias están

por ahora en contra vuestra.

Gabriel

Pues la verdad se demuestra

con la verdad, capitán.

Don César

Pues bien; antes que un proceso

entable el juez contra vos,

valiera más, ¡vive Dios!...

Gabriel

¿Que me diera por confeso

yo mismo? ¿Que haciendo justo

del juez el empeño, diera

por supuesto que yo era

no sé quién, y por dar gusto

él al rey, y diversión

al populacho, me ahorcara

y Aurora por vos quedara?

¿Es esa vuestra cuestión?

Don César

No así abuséis imprudente

de ese misterioso influjo

que a respeto me redujo

para con vos, e insolente

mi lealtad y mi amor

ultrajéis. Esta es sincera,

y mi pasión verdadera,

señor.

Gabriel

¡Dale con señor!

Vos sois noble y yo villano,

vos sois gentil caballero

y yo humilde pastelero;

decid Gabriel liso y llano.

Don César

Me vais a desesperar.

Gabriel

Y vos me vais a aburrir.

Don César

¡Vos obstinado en fingir!

Gabriel

¡Vos empeñado en hablar!

Don César

¿Pronto a todo, fascinado

que estoy, por vos no miráis?

Gabriel

¿Y os mando yo que tengáis

de mi porvenir cuidado?

Don César

Una palabra tan solo.

Gabriel

¿Vais a volver a lo mismo?

Don César

De esperanza en este abismo

dadme un rayo.

Gabriel

¿Cuál?

Don César

Sin dolo,

prometedme responder

a una pregunta.

Gabriel

Si puedo,

responderé.

Don César

No hayáis miedo

que os pueda comprometer

la respuesta. ¿Sois de Aurora

padre?

Gabriel

No conoció más

que a mí por padre jamás.

Don César

¡Oh! ¡No lo sois!

Gabriel

En buen hora

que no lo soy os diré;

mas de este arcano la llave

tengo solo.

Don César

¿Ella no sabe?...

Gabriel

Nunca se lo revelé.

Don César

¿Y la amáis?

Gabriel

Mucho; quizás

mucho más de lo que debo.

Don César

¿Conque la guardáis?...

Gabriel

¡Mancebo!

Don César

Sí, para vuestra...

Gabriel

Jamás.

Pero tened desde aquí

y para siempre entendido,

que es mujer que no ha nacido

para vos ni para mí.

Don César

¡Cielos!

Gabriel

De toda esperanza

despedíos.

Don César

¿Ofrecida

está a Dios?

Gabriel

No. Está elegida

para prenda de venganza.

Don César

¿Vuestra?

Gabriel

Yo no voy en pos

de venganzas.

Don César

¿Es quizás

de su familia?

Gabriel

De más

arriba.

Don César

¡Del rey!

Gabriel

De Dios.

Don César

(¡Imposible atar un cabo!

¡Su ser parece que abarca

con la altivez del monarca

la abnegación del esclavo!).

ESCENA III

DON CÉSAR, GABRIEL y un ALGUACIL

Alguacil

Su señoría el alcalde

don Rodrigo.

Don César

En el momento

volved a vuestro aposento.

Gabriel

La entrevista será en balde.

ESCENA IV

DON CÉSAR y DON RODRIGO

Don Rodrigo

¿Seguros ambos?

Don César

Seguros,

señor.

Don Rodrigo

Todo lo recelo

de él, que es audaz.

Don César

Sin embargo,

no temáis ningún extremo.

Don Rodrigo

¿Le has hablado?

Don César

Sí, un instante.

Don Rodrigo

¿Y qué dice? ¿Muestra miedo

de la justicia?

Don César

Ninguno.

Don Rodrigo

¿Bravea, eh?

Don César

Nada de eso;

tranquilo está, tal vez tiene

de justificarse medios.

Don Rodrigo

Imposible: en contra suya

tengo datos manifiestos.

Don César

¿Sabéis ya?...

Don Rodrigo

Nada. Hilo a hilo

voy la madeja cogiendo.

Parece que hay en la vida

de ese hombre tales enredos

que, solo a fuerza de maña

y paciencia, deshacerlos

es posible. Mas no es

lo que me trae más inquieto

lo intrincado del negocio,

que el laberinto estoy hecho

a recorrer de las leyes.

Acósame el alma empero

una agitación, que no

sé distinguir con acierto,

si es afán o repugnancia,

si es duda o presentimiento.

Hay un punto de la historia

de ese hombre, cuyo misterio

del tiempo de mi mayor

pesar me trae un recuerdo.

Don César

¿De cuándo?

Don Rodrigo

Tú no lo sabes;

eras aún pequeñuelo.

Luego, estas causas políticas

de Portugal me trajeron

siempre desgracias. Parece

que el destino, con empeño

fatal para mí, me pone

portugueses siempre en medio

de mi camino. Seis años

anduve por aquel reino,

en comisión especial,

los rebeldes persiguiendo,

y como todos conspiran

contra el rey y su gobierno,

yo soy allí detestado.

Don César

¿Fuisteis quizá muy severo?

Don Rodrigo

Fui de Felipe segundo

leal servidor. Tan terco

como ellos en resistirse,

fui yo en desplomar sobre ellos

todo el rigor de las leyes,

y a fe que no me arrepiento.

Rebeldes eran: cumplí

con mi obligación; mas tengo

todavía que volverles

cierta partida, y si puedo,

quedarán tan bien pagados

como yo bien satisfecho.

Mas las horas vuelan, César,

déjame aquí con el preso.

Guarda esa puerta por fuera,

y si llamo, acude presto.

ESCENA V

DON RODRIGO DE SANTILLANA

Don Rodrigo

Las diligencias primeras

terminaron, y el proceso

está entablado. ¡Malditos

portugueses!... ¡Qué de enredos!

Dieciséis, y gente toda

de probidad, de respeto

y hasta de ciencia, declaran

que en el fondo de su pecho

existe la convicción

de que el trágico suceso

es falso, y que están seguros

de que en África no ha muerto.

Unos en Cintra le han visto,

y en Cintra fue donde él mesmo

dijo que compró su espada.

Otros cruzando le vieron

el Tajo una tarde: el fraile

dice que en su monasterio

le rezó él mismo una misa

antes del alba, y a esto

para obligarle, del Papa

le mostró bula, y que cierto

está de que él era: y todos

afirman con juramento

que fueron a Madrigal

y que le reconocieron.

Ahora bien, señor alcalde,

pise su merced con tiento,

que es la tierra escurridiza.

O es él, o no: en los decretos

de Dios todo cabe, y todo

cabe en los humanos yerros.

Si en verdad es él, alcalde,

no será en verdad muy cuerdo

ahorcarle sin dar al rey

de todo aviso primero.

Si es un impostor..., también

le avisaré, y a lo menos

si se yerra, entre los dos

el error compartiremos.