ESCENA VI
DON RODRIGO y GABRIEL
Don Rodrigo
¡Hidalgo!
Gabriel
Más alto pico.
Don Rodrigo
¿Caballero?
Gabriel
Todavía
más alto.
Don Rodrigo
Su señoría
me excuse si no le aplico
su título verdadero:
mas hablemos un instante,
y de hoy para en adelante
no erraré en él: porque espero
que aquí, y a solas los dos,
me diréis la jerarquía
que ocupáis.
Gabriel
Su señoría
espera bien, pues por Dios,
que sabiendo yo quién es,
debo de hablar sin reparo.
Don Rodrigo
Eso quiero, que habléis claro.
Gabriel
Ya veréis.
Don Rodrigo
Decidme, pues,
señor Gabriel.
(Don Rodrigo va a sentarse a la mesa).
Gabriel
Un momento
señor don Rodrigo.
Don Rodrigo
¿Qué?
Gabriel
¿Vais a sentaros?
Don Rodrigo
(Se sienta).
Sí a fe.
(Gabriel trae con mucha calma una silla, y la coloca frente a la mesa de don Rodrigo).
¿Qué hacéis?
Gabriel
Lo mismo; me siento.
Don Rodrigo
Yo soy alcalde de corte.
Gabriel
Sí; mas no sabéis quién soy
yo, y si mal o bien estoy
sentado ante vos.
Don Rodrigo
¿Del porte
audaz que usáis conmigo,
buenas razones supongo
que me daréis?
Gabriel
Me propongo
hacerlo así.
Don Rodrigo
Pues prosigo.
Gabriel
Seguid.
Don Rodrigo
La duda primera
que al escucharos me asalta
es la de que nombre os falta
digno de vuestra alta esfera.
Gabriel
Lo tengo.
Don Rodrigo
Pues no lo sé.
Gabriel
Gabriel Espinosa.
Don Rodrigo
¿Un tal
pastelero en Madrigal?
Gabriel
Sí.
Don Rodrigo
Pues poneos en pie,
señor pastelero.
(Gabriel se levanta).
Así:
ante el juez solo se sienta
quien altos títulos cuenta.
Gabriel
Como me sucede a mí.
(Se vuelve a sentar).
Don Rodrigo
(Aparte).
(Ir le tengo de dejar
por donde quiera, y a ver).
Gabriel
(Aparte).
(Pienso que mi proceder
le empieza a desconcertar).
Don Rodrigo
¿Pues cómo oficio tan bajo
siendo tan alto elegís?
Gabriel
Por vivir, cual vos vivís
de la ley, de mi trabajo.
Don Rodrigo
Mas mi toga y aranceles
no deshonran.
Gabriel
No a fe mía;
pero yo hacer no sabía
otra cosa que pasteles.
Don Rodrigo
(No es lerdo el señor Gabriel).
Gabriel
(Astuto es el don Rodrigo).
Don Rodrigo
(Por aquí nada consigo,
pero yo daré con él
en tierra al fin). ¡Caballero!
Gabriel
Mandad.
Don Rodrigo
Una relación
que os llamará la atención
contaros quisiera.
Gabriel
Espero
que será por lo galana,
lo discreta y lo curiosa,
la invención más ingeniosa
del señor de Santillana.
Don Rodrigo
Pues oíd. Buen capitán,
más que rey, de fe tesoro,
allá en las playas del moro
murió el rey don Sebastián.
¿Supongo que de una historia
tan pública oísteis algo?
Gabriel
¡Si viérais qué poco valgo
en esto de la memoria!
Don Rodrigo
En vuestro horno no me extraña
que estéis de noticias falto.
Gabriel
Sé que a su muerte, de un salto
pasó Portugal a España.
Don Rodrigo
Justo: más hoy los noveles
vasallos, por sacudir
sus leyes, dan en decir
a los pueblos a ellas fieles
que ha sido una usurpación,
y pregonan de concierto
del rey en África muerto
la fausta resurrección.
Gabriel
¡Oiga! No está mal pensado.
Don Rodrigo
No, mas la dificultad
era el dar en realidad
con el rey resucitado.
Buscósele con esmero,
y hallose por toda cosa
un tal Gabriel Espinosa,
en Madrigal pastelero.
Gabriel
Vamos, ya caigo; el error
de esta semejanza mía
hizo a vuestra señoría
creer que soy...
Don Rodrigo
(Interrumpiéndole).
Un impostor.
Gabriel
¿Quién lo dice?
Don Rodrigo
Yo lo digo,
y el rey Felipe y el mundo
entero.
Gabriel
Pues miente el mundo
y el rey, y vos, don Rodrigo.
Don Rodrigo
Inútil es vuestra audacia:
testigos tengo allá fuera
que os acusan por doquiera
por impostor.
Gabriel
¡Vaya en gracia!
Mas permitid que os arguya:
para llamarme impostor,
esa impostura, señor,
ha de ser mía y no suya.
¿Y dónde hay hombre capaz
de jurar que he dicho yo
que era el rey?
Don Rodrigo
Vos mismo, no.
Gabriel
Entonces dejadme en paz.
Si yo me parezco a un rey,
y el vulgo por rey me tiene,
citar al vulgo os conviene,
pero no a mí, ante la ley.
Don Rodrigo
¡Espinosa!
Gabriel
Don Rodrigo,
aunque en leyes sois muy ducho,
os falta que aprender mucho
para habéroslas conmigo.
¿Cree, buen juez, vuestra altiveza,
que a ser yo el que habéis pensado
estaríais vos sentado
y cubierta la cabeza?
(Don Rodrigo se levanta y se descubre conforme va hablando Gabriel).
Rodrigo de Santillana,
a ser yo el que habéis creído,
hubiérais vos ya salido,
¡vive Dios!, por la ventana.
Don Rodrigo
(Por quien soy, que me ha turbado.
¿Si contarán con razón
lo de la resurrección?).
Gabriel
(¡Pobre juez!).
Don Rodrigo
(No habría osado
palabras tan arrogantes
decir.) Señor... Si en mal hora...
Gabriel
Ni tan bajo como ahora,
ni tan alto como antes.
Don Rodrigo
(Tanta majestad me asombra).
Gabriel, quienquier que seáis,
manda en mí el rey que digáis
quién sois, en fin.
Gabriel
Una sombra;
y porque acabemos, voy,
y afanes para excusaros,
señor Santillana, a daros
cuenta exacta de quién soy.
Nací donde quiso Dios;
si de noble raza, bien
se demuestra en mí; de quién
me importa callar, y a vos
saber de mí no os importa;
prestadme, empero, atención,
pues va a ser mi relación,
cuanto complicada, corta.
Apenas cumplí la edad
que se llama juventud,
con loca solicitud,
con ciega temeridad,
abandoné mis hogares,
y en más remoto hemisferio,
dueño del mayor imperio,
pirata fui de los mares.
En ellos, profundo osario
de cien bajeles, guerrero
alcé mi estandarte fiero
de Asia y Europa corsario,
y amontoné más tesoros
que guarda el mar en su centro
y arenas quemadas dentro
de sus desiertos los moros.
Ebrio con tanta riqueza,
dejé mi gente y la mar,
queriendo en tierra ostentar
mi valor y mi grandeza,
y con el nombre supuesto
de marqués de Mari-Alba,
al lado del duque de Alba
gané en sus glorias un puesto
y en la cabeza esta herida
(La muestra);
bien es que al que me la abrió,
con mi espada le abrí yo
las puertas de la otra vida.
Don Rodrigo
No os daría poca pena
después.
Gabriel
¡Fue un fatal desliz!...
Don Rodrigo
(Mirándole a la frente).
No es mala la cicatriz.
Gabriel
La cuchillada fue buena.
No me tendió, sin embargo;
el furor me mantenía,
y combatí todavía
hasta caer, tiempo largo.
Mas, harto al fin del oficio
de lidiar en tierra firme,
licencia para salirme
por entonces del servicio
al duque de Alba pedí;
diómela el duque cortés,
y vedla.
(Le da un papel).
Don Rodrigo
Su firma es:
para el marqués...
Gabriel
Para mí.
Di, pues, vuelta hacia la corte,
sirviéndome mucho en ella,
primero mi buena estrella,
después mi lujoso porte.
Por ese tiempo, de vos
nadie hablaba todavía,
y a mí el rey me recibía
con grande amistad.
Don Rodrigo
(¡Gran Dios,
entonces fue cuando vino
el monarca portugués
a Castilla! ¿Será, pues,
este hombre?). ¿Quién previno
más festejos a usarced?
Gabriel
No hay por qué ocultarlo al fin;
el conde de Medellín
con tantos me hizo merced
que corresponder no supe,
como era mi obligación.
Don Rodrigo
¿Y os tuvo tal atención
en Madrid?
Gabriel
No, en Guadalupe.
Don Rodrigo
¿En ese pueblo?
Gabriel
Sí tal.
Don Rodrigo
No recuerdo que de allí...
Gabriel
Al rey de España en él vi
junto al rey de Portugal.
Después..., abrid, Santillana,
un paréntesis aquí,
y poned en él de mí
cuanto mal os diere gana.
Básteos saber, don Rodrigo,
que perdí mi oro y mi gloria
sin que una buena memoria
me quedara, ni un amigo.
Por tierra extranjera anduve
errante, como un bandido,
y el pan que en ella he comido
que mendigármelo tuve.
Mas el desengaño, al fin,
¿qué ánimo feroz no doma?
Llegué arrepentido a Roma
remando en un bergartín.
Visité a Su Santidad;
confesión le hice de todo,
y el Santo Padre halló modo
de absolverme en su piedad,
dándome por penitencia
de los pecados sin cuento
que abrasan mi pensamiento
y me abruman la conciencia,
que emprendiera el viaje entero
del Santo Sepulcro a pie.
Don Rodrigo
¿Y lo hicisteis?
Gabriel
Por la fe
lo juro de caballero.
Y aun fue más: Su Santidad
me ordenó que renunciara
mi jerarquía y que echara
mi nombre en la eternidad.
He aquí por qué no os lo digo.
Penitente le arrojé
dentro de ella, y le olvidé
para siempre, don Rodrigo.
Don Rodrigo
¡Interesante proemio!
Y a ser tan cierto...
Gabriel
Lo es tanto,
que tengo del Padre Santo
por testimonio y por premio
esta bula. Me conviene
que la leáis.
(Le da otro papel).
Don Rodrigo
Os la tomo.
No está vuestro nombre.
Gabriel
¿Y cómo,
si a quien se dio no lo tiene?
Don Rodrigo
Proseguid.
Gabriel
Mi protector,
el Papa, en sus santos juicios,
utilizar mis servicios
imaginó, y fiador
constituyéndose mío,
me envió a un poderoso Estado,
que al verme tan bien fiado
fió un bajel a mi brío.
Venecia fue nuevamente
del corsario protectora;
ved de tan noble señora,
don Rodrigo, la patente.
(Le da otro papel).
Volví al mar; del africano
las costas guardando anduve,
y en un combate que tuve
los dos dedos de esta mano
perdí; mas su nave, hundida,
cogí a mi enemigo preso.
La mano llevo por eso
siempre en el guante metida.
El rumbo a Venecia di
contento, cuando topé
con un barco de no sé
qué argelino, resolví
abordarle, y por despojo
de esta sangrienta jornada,
rescaté una desgraciada
niña, a quien con noble arrojo
defendía un pobre anciano,
y a quien, según esperaba,
iba a vender por esclava
el argelino inhumano.
Don Rodrigo
¿Y esa niña es doña Aurora?
Gabriel
Que pasa por hija mía.
Don Rodrigo
¿Familia, pues, no tenía?
Gabriel
Y tiene.
Don Rodrigo
¿Por qué hasta ahora
no se la habéis vos devuelto?
Gabriel
Necesito presentar
documentos que probar
puedan que es ella, y resuelto
estoy conmigo a guardarla
mientras tanto.
Don Rodrigo
¿Y dónde están
los documentos?
Gabriel
Vendrán
muy pronto; porque entregarla
mucho a su padre me importa.
Don Rodrigo
Pensáis que él os dé...
Gabriel
Al contrario:
las riquezas del corsario
son para ella.
Don Rodrigo
Porción corta
no será.
Gabriel
¡No habrá, a fe mía,
quien competirla pretenda!
Millones tiene en hacienda,
millones en pedrería.
Don Rodrigo
¿Dónde?
Gabriel
En Venecia.
Don Rodrigo
¿Estarán
en el poder?...
Gabriel
Del Estado;
es ahijada del Senado
serenísimo, y tendrán
que devolvérsela salva
sus parientes a Venecia,
rica y libre, cual la precia
el marqués de Mari-Alba.
Ya nuestra historia sabéis.
A qué vine a Madrigal
y a qué voy a Portugal,
indagadlo si podéis.
Ni sabréis de mí otra cosa,
ni nadie más de mí sabe.
Solo Dios tiene la llave
del corazón de Espinosa;
y si más de lo que digo
saber importa a la ley,
llevadme a Madrid, el rey
me conoce, don Rodrigo.
Don Rodrigo
(Su altivez en confusión
me pone, y su majestad
me asombra. ¿Será verdad
lo de la resurrección?
Si miente, lo hace con tal
aplomo y con tanta fe,
que a poco más le daré
por el rey de Portugal.
Mas no ha de quedar por mí.
Yo he de apurar este arcano;
no dirán que de un villano
impostor juguete fui).
(Llama don Rodrigo y habla en secreto con un
alguacil,
que se vuelve a marchar).
Gabriel
(¿Secretos con el ministro
de justicia? Estoy al cabo:
tenemos careo; alabo
por sorprendente el registro).