ESCENA VII
DON RODRIGO, GABRIEL y el MARQUÉS DE TAVIRA.
(Gabriel se aparta a un lado, y, sentándose, se mantiene en toda esta escena dando la espalda al marqués).
Don Rodrigo
Señor marqués, perdonad
si cumpliendo obligaciones
de juez...
Marqués
Vuestras atenciones
os agradezco, en verdad;
pero advertid que mañana
quiero dejar a Castilla,
y que el mesón de una villa
no es el lugar, Santillana,
que me conviene; os prevengo
que hombre soy muy principal
y de todo Portugal
la sangre más limpia tengo.
Gabriel
(Aparte).
(Si mi mente no delira,
por Dios, que está en mi presencia
la hinchada magnificencia
del buen marqués de Tavira.)
Don Rodrigo
No os he de faltar en nada;
mas quiero que me digáis
sin doblez cuanto sepáis
de aquella fatal jornada
de África; corre el rumor
por ahí de que no es cierto
que don Sebastián ha muerto;
y aun hay algún impostor
que usurpa su augusto nombre.
Gabriel
(Mirándole).
(Y el gesto y el ademán.
¡Pobre rey don Sebastián
si en manos cae de ese hombre!)
Don Rodrigo
Conque decid, ¿es verdad
que en África el rey murió?
Que allá estuvisteis sé yo
con toda seguridad.
Hablad, marqués de Tavira,
vuestra nobleza es notoria.
No echéis en su ejecutoria
el borrón de una mentira.
Marqués
Inexperto capitán,
de mi edad en el vigor
esclavo fue mi valor
de mi rey don Sebastián.
Juntos un mismo bajel
a tierras del africano
nos llevó; como un hermano
al combate fui con él.
Un mar de sangre corrió.
Pero al partirse la suerte
solo el baldón y la muerte
a nosotros nos tocó.
Gabriel
(No sé por qué la memoria
de este lance me enternece
y me irrita; no parece
sino que cuentan mi historia).
Marqués
El rey, que escudo y celada
tiró para más grandeza
de valor, en la cabeza
recibió una cuchillada
tal, que la frente serena
le rajó hasta la nariz.
Don Rodrigo
(A Gabriel).
¡No es mala esa cicatriz!
Gabriel
La cuchillada fue buena.
Don Rodrigo
(Al marqués).
Seguid.
Marqués
El rey, nuevo Marte
de tan sangrienta jornada,
continuó, rota la espada
defendiendo su estandarte,
hasta que el filo fatal
de un yatagán africano,
segó de su izquierda mano
dos dedos.
Don Rodrigo
(A Gabriel).
Si no oí mal,
me habéis dicho...
Gabriel
(Con calma y sin volverse).
Que perdí
dos dedos en un combate
naval.
Don Rodrigo
Marqués, el remate
de la batalla.
Marqués
Caí
bajo un hachazo a los pies
de mi rey..., y no viví más;
perdí el sentido.
Don Rodrigo
Quizás
al recobrarlo después...
Marqués
Ya no le hallé; con la luna
tomé del mar el camino,
maltratado peregrino,
caballero sin fortuna,
llevando en el corazón
el recuerdo de una hazaña
que será, no para España,
para su rey, un baldón.
Don Rodrigo
¡Señor marqués de Tavira!
Esa frase infamatoria...
Marqués
No tendrá mi ejecutoria
el borrón de una mentira.
Don Rodrigo
Conque, en fin, ¿el rey murió?
Marqués
No lo sé, ¡por vida mía!
Si lo supiera os diría,
señor alcalde, que no.
Don Rodrigo
(Al Marqués, llevándole aparte).
¿Buena memoria tenéis?
Marqués
Buena.
Don Rodrigo
¿Y vista?
Marqués
Perspicaz.
Don Rodrigo
Si vive y le veis, ¿capaz
de conocerle seréis?
Marqués
¡Si vive habéis dicho!
Don Rodrigo
Sí.
Marqués
¿Tenéis, pues, noticias de él?
Don Rodrigo
¿Recibisteis un papel
anónimo?
Marqués
Recibí
uno ayer.
Don Rodrigo
¿Y qué os decía?
Marqués
Las señas de un personaje
me daban, que iba de viaje
y aquí a hospedarse vendría.
Mandábanme a un comerciante
que me daría dinero
para pagar del viajero
el gasto, y que en el instante
fuera a cobrarlo y corriera
con el pago, y tras el tal
viajero hacia Portugal
la vuelta sin falta diera.
Don Rodrigo
¿Y cobrasteis?
Marqués
Sí cobré.
Don Rodrigo
¿Y pagasteis?
Marqués
¿Pues cobrado
por mí, no fuera pagado?
Don Rodrigo
Perdonad; ¿e iréis?
Marqués
Iré.
Don Rodrigo
¿Luego sabéis de quién es
el anónimo?
Marqués
Aunque no
lo sé, jamás me engañó
en uno.
Don Rodrigo
¿Os ha escrito, pues,
otros?
Marqués
Varios.
Don Rodrigo
Sobre asuntos...
Marqués
Secretos.
Don Rodrigo
Mas ¿ciertos?
Marqués
Sí.
Siempre que salieron vi
ciertos en todos sus puntos.
Gabriel
(Aparte).
(¡Con famosos servidores
cuenta el rey don Sebastián!
¡Pobres reyes! ¡Siempre dan
con tontos o con traidores!).
Marqués
Si he concluido, no es cosa
de estarme aquí sin provecho.
Don Rodrigo
Perdonadme que aún insista;
mas ya que memoria y vista
tenéis, de ese hombre en acecho
estad, y del rey en nombre
os mando decir, marqués,
si le conocéis, quién es.
Gabriel
(Aparte).
(Santillana es todo un hombre).
Marqués
(Aparte).
(¿Qué diablos de juego es este?
¡Posición más engorrosa!).
Don Rodrigo
(A Gabriel).
Señor Gabriel Espinosa,
permitid que os manifieste
que habéis descortés andado
con el marqués de Tavira,
que está mirándoos con ira.
Gabriel
¿Se lo habéis vos ordenado?
Don Rodrigo
Ved que son los portugueses
quisquillosos; despedidle
al menos; vamos, decidle
cuatro palabras corteses.
Gabriel
Voy, pues que vos lo queréis.
Don Rodrigo
(Yo apuraré la mentira).
Gabriel
¿Señor marqués de Tavira?
Marqués
¡Jesucristo!
Gabriel
¿Qué tenéis?
Marqués
¡Señor!... ¿Sois vos?... ¿Aún vivís?
Gabriel
¡Si vivo! ¿Pues no lo veis?
¡Pero qué diablos decís!
Marqués
¡Ese gesto, ese ademán,
esa voz, ese semblante
que no olvidé ni un instante!
(Cae de rodillas).
Es el rey don Sebastián.
Gabriel
¡Imbécil! A ser de cierto
don Sebastián, ¿no reparas
que antes que me delataras
a mis pies te hubiera muerto?
Marqués
¡Jesús!
Gabriel
Señor Santillana,
¿que sé, daréis por supuesto,
que sois vos quien me ha dispuesto
una farsa tan villana?
Don Rodrigo
¡Yo! ¡Farsa!... ¿Y con qué interés?
Gabriel
Salta a los ojos: es fuerza
que ya la opinión se tuerza
del buen pueblo portugués.
Interesa a un impostor
ahorcar porque más en él
no espere, y soy yo, Gabriel,
el que os parece mejor.
Ya veis que os he comprendido.
Vos y ese hombre los traidores
sois aquí y los impostores;
con él estáis convenido.
Don Rodrigo
¡Yo!
Gabriel
Traedme otro marqués
como ese; aunque sean doce.
Ni ese sandio me conoce,
ni es noble ni portugués.
(Gabriel se mete desenfadadamente en su cuarto,
dejando estupefactos al marqués y a don Rodrigo).
ESCENA VIII
DON RODRIGO y el MARQUÉS DE TAVIRA
Don Rodrigo
Ese hombre me va a volver
el juicio a mí. ¡Por mi vida
que está buena la salida!
No me queda más que ver.
Mas me pone en confusión
su aplomo, su majestad
y su audacia... ¿Habrá verdad
en esta resurrección?
Marqués
Sandio dijo..., sandio soy,
mas contenerme no pude.
Don Rodrigo
¿Es él?
Marqués
No habrá quien lo dude.
Don Rodrigo
¿Estáis seguro?
Marqués
Lo estoy.
Don Rodrigo
¿Engañado no os habrán
vuestro error y su apariencia?
Marqués
No.
Don Rodrigo
¿Jurárais en conciencia?
Marqués
Que es el rey don Sebastián.
Don Rodrigo
(Llamando).
El capitán Santillana.
ESCENA IX
DON RODRIGO, el MARQUÉS y DON CÉSAR
Don Rodrigo
Ruégoos que me perdonéis,
señor marqués, mas me obliga
mi deber a hacer que el viaje
suspendáis.
Marqués
(Ya no podría
continuarlo: ya le he visto
y a verle nada más iba).
Don Rodrigo
(Aparte a don César).
Escucha, César.
Don César
Decid.
Don Rodrigo
Antes de que apunte el día
deben de partir los presos.
Don César
¿Adónde van?
Don Rodrigo
A Medina
del Campo.
Don César
¿Pues qué razones
hay?
Don Rodrigo
Dos: aquí la atrevida
audacia de algunos pocos
que mucho a Gabriel estiman,
pudiera hacer un arresto
y burlar a la justicia.
Don César
¿Sabéis, pues?...
Don Rodrigo
Yo no sé nada.
La situación se complica
de tal modo, que no hay ciencia
ni sagacidad que sirvan
para dominarla. Doña
Ana de Austria, sobrina
del rey y abadesa ahora
de las monjas agustinas
de Madrigal, y otras muchas
personas como ellas dignas
de respeto, es menester
que declaren. En la villa
de Madrigal peligroso
fuera instalarme; en Medina
hay cárcel segura, estoy
casi a la distancia misma
de aquí que de Madrigal,
y hay algunas compañías
de arcabuceros.
Don César
¿Pues tantas
precauciones son precisas?
Don Rodrigo
Todas son pocas tratándose
de una cabeza proscrita,
que puede hacer la desgracia
de toda una monarquía.
Tú le escoltarás, y luego
partirás a toda prisa
a la corte, para el rey
con una consulta mía.
Voy a mandar las literas
traer, y estar prevenida
la escolta que has de llevar.
César, la más exquisita
vigilancia ten: con ellos
vas guardando nuestras vidas.
Adiós. Seguidme si os place,
señor marqués de Tavira.
ESCENA X
DON CÉSAR; después DOÑA AURORA
(Don César aguarda a que se vayan don Rodrigo y el marqués, escucha un momento a la puerta del fondo y va a abrir la primera de la izquierda, donde está el cuarto de doña Aurora, llamándola con precaución).
Don César
¿Aurora?... ¿Aurora?... Cerráronla
en la cámara vecina,
sin duda porque no oyera
lo que en esta sucedía.
(Entra y vuelve a salir con doña Aurora).
Venid, Aurora.
Doña Aurora
¿Qué pasa,
capitán, que así os obliga
a llamar?
(Don César cierra la puerta del fondo).
¿A qué cerráis
las puertas con tanta prisa?
Don César
¡Aurora, Aurora! Esta casa
es ya una cárcel sombría
para vosotros.
Doña Aurora
¡Dios mío!
¿Qué decís?
Don César
De la justicia
en poder estáis. Gabriel
con pertinacia inaudita
se obstina en callar, e inútil
todo es con él. Ni le obligan
las ofertas, ni le mueven
los ruegos, ni le dominan
las amenazas. Impávido
hacia el abismo camina
con el semblante sereno
y en los labios la sonrisa,
cual si pudiera de un soplo
disipar la enfurecida
tempestad en que sin rumbo
va la nave de su vida.
Doña Aurora
Capitán, es inflexible;
sus acciones son siempre hijas
de una decisión resuelta
y de una convicción íntima,
y no cede.
Don César
Pues os lleva
esa condición altiva
hoy, antes que raye el alba,
a la cárcel de Medina
bajo mi custodia.
Doña Aurora
¿Entonces?
Don César
Ya os he dicho que no había
ley ni deber que valiera
para mí lo que una mínima
insinuación vuestra. Habladle
vos, que sois su amor, su hija;
habladle y decidle: «Huyamos;
don César nos facilita
la fuga, huyamos...», y huid,
Aurora. Y ya que mi vida,
por un tenebroso arcano
que vuestro padre no explica,
está, ¡ay de mí!, para siempre
de la vuestra dividida,
huid, y al menos debédmela
aunque pierda yo la mía.
Huid. Nada hay que me espante:
seré traidor, si es precisa
la traición para salvaros.
Doña Aurora
Dios hará que tal mancilla
sobre vuestro honor no caiga.
(Mira por el hueco de la cerradura del cuarto de Gabriel).
Él va a salir... ¡Que me asista
rogad al cielo!... Y dejadme
con él.
(Vase don César, cerrando la puerta).
Trae embebida
su alma en los pensamientos
de hiel que le martirizan.
(Sale Gabriel sombrío, los brazos cruzados, sin ver
a Aurora,
que se ha retirado a un lado, y habla consigo mismo).