ESCENA XI
DOÑA AURORA y GABRIEL
Gabriel
A él solo, sí, desenredar le toca
la peligrosa red que se me tiende;
solo el rey puede descoser mi boca;
él solo; si me salva o si me vende,
él con Dios se verá: no es cuenta mía.
Yo acepto mi fortuna, tal cual sea
la que el cielo me dé; mas vendrá un día
en que todo mortal con Dios se vea,
y en aquel día en que de Dios espero
temblar ante el semblante soberano,
yo, de cetro en lugar, tener prefiero
una palma de mártir en la mano.
Doña Aurora
¿Ni una mirada para mí?
Gabriel
Mi Aurora,
único sol que en mi sombría frente
disipa con la luz de una sonrisa
las nubes del pesar que la ennegrecen,
perdóname si en reflexiones tristes
abismado ante ti pasé sin verte.
Mas, ¿por qué el llanto tu mirada enturbia?
¿Por qué la agitación que te conmueve?
¿Qué te asusta, mi bien?
Doña Aurora
Riesgos traidores
te acechan por doquier, tal vez la muerte.
¿Y te admira, señor, de que mi llanto
copioso y triste mis mejillas riegue?
Gabriel
Te engañas.
Doña Aurora
Tú, la misteriosa nube
que impenetrable tu existencia envuelve,
es fuerza que hoy ante la ley se rasgue
de un juez, terror de cuantos nobles seres
asilo hallaron, nacimiento o nombre
de Tajo y Miño en las riberas fértiles.
Gabriel
¿Quién te lo ha dicho?
Doña Aurora
Yo lo sé.
Gabriel
Pregunto
quién te lo ha dicho.
Doña Aurora
El capitán, que tiene
más de leal, de noble y generoso
que tú de franco con quien más te quiere.
Gabriel
¡Aurora!
Doña Aurora
No receles que mis labios
dejen salir palabras imprudentes,
que a impulso de un amor desatinado
compliquen más la situación presente.
Gabriel
¿De don César, al fin, desventurada,
al fuego dio tu corazón albergue?
Doña Aurora
El corazón entero es de otro hombre
y me son los demás indiferentes.
Ni te hablara yo de él en esta hora,
que habrá de ser para los dos solemne.
Yo quiero al capitán porque tú mismo
me viniste a decir: «Aurora, quiérele»;
mas yo le quiero porque tú lo mandas,
porque quiero no más lo que tú quieres.
Gabriel
Quiérele, Aurora, porque ya es acaso
el solo amigo que tu padre tiene.
Doña Aurora
¡Mi padre, sí, mi cariñoso padre!...
¿No es este el nombre que emplear conviene
en esta situación?
Gabriel
Silencio, Aurora;
que es el encanto de mi vida advierte
ese nombre feliz.
Doña Aurora
Pero ese nombre,
dímelo de una vez, ¿te pertenece?
Gabriel
¿Quién te lo hizo dudar? ¿Quién te lo dijo?
Doña Aurora
La que a tu lado y con placer mil veces
y acaso en busca de la paz perdida
veló tu sueño y sorprendió inocente
tu secreto.
Gabriel
¡Gran Dios! ¿y nada dije
de mi vida anterior? ¿De otros placeres,
de otros tiempos, en fin?
Doña Aurora
Nada dijiste,
nada, señor; mas aunque dicho hubieres
en el pecho de Aurora lo enterraras,
que en ti a sufrir como a callar aprende.
Gabriel
(¡Miserable de mí! Porque el misterio
que intentan aclarar oculto quede
siempre en mi corazón, ¿será preciso
que yo mismo la lengua me cercene?).
(Gabriel escucha desde aquí como distraído
en sombrías
reflexiones).
Doña Aurora
¡Padre!
Gabriel
Explícate, Aurora.
Doña Aurora
Oye: al impulso
de una curiosidad impertinente,
o de otro sentimiento inexplicable
que en mí se agita y que en mi alma enciende
la misteriosa luz de una esperanza
lejana, incierta, misteriosa, débil,
cedí, señor, y en la callada noche
mi lecho abandoné..., porque a mi mente
mil visiones de amor se amontonaron
en confuso tropel, puras y alegres
como las olas que la mar en calma
sobre sus lomos incansable mece;
como las aves que en el árbol saltan
trinando al son de la escondida fuente.
Gabriel
Prosigue, Aurora.
Doña Aurora
Abandoné mi lecho,
y al tuyo me acerqué, como quien teme
ser sorprendido en criminal intento
por un extraño que a su lado duerme.
Tu faz un punto contemplé, y mi labio
un ósculo filial posó en tu frente.
¿Me oyes, Gabriel?
Gabriel
Prosigue, Aurora mía,
tu voz la voz de un ángel me parece.
Doña Aurora
Al contacto sutil del labio mío
sonreíste, señor; y tu voz débil
oí que el nombre mío murmuraba
entre esos ayes conque el mal divierte
de una pasión el que vivió en el mundo
secretos hondos ocultando siempre;
y entonces supe por la lengua misma
que hablar en sueños indiscreta suele,
que si es la tuya misterioso arcano,
espesa sombra mi existencia envuelve.
Gabriel
¿Y entonces?
Doña Aurora
Me aparté ruborizada
de quien mi padre no es; sentí más fuerte
latir mi corazón; sentí otra sangre
circular por mis venas más ardiente;
sentí en presencia del mayor cariño
mi cariño filial desvanecerse,
y al apartarme de tu lecho trémula
un ósculo de amor grabé en tu frente.
Gabriel
No lo digas jamás, Aurora mía.
Jamás a nadie tu pasión reveles.
Quema los labios que en mi frente seca
pusiste; quema el corazón rebelde
que el cariño filial de sí arrojando,
dio a mi cariño en su lugar albergue.
Doña Aurora
Es ya tarde, Gabriel, mi amor es hijo
de tu callado amor.
Gabriel
Tú lo mereces;
tú eres la sola flor que brotar hizo
en mi camino Dios... Dios, que al ponerme
sobre la tierra, me alfombró de espinas
la senda que mis pies recorrer deben;
pero yo no merezco tu amor santo;
yo soy un árbol cuyo tronco estéril
despojado de vida por el rayo,
ya ni sombra, ni flor, ni aroma tiene.
Doña Aurora
No, no: tú eres un árbol cuya sombra
cobijó mi niñez: cuyo ámbar bebe
mi pobre corazón, de quien tú solo
sombra, delicia y alimento eres.
Dios me entregó a tus brazos en mi infancia,
porque Dios quiso que en tu pecho ardiente
brotase, para encanto de tu vida,
de esta pasión correspondida el germen.
Gabriel
Tienes razón, Aurora, reconozco
en tu amor la piedad omnipotente.
Tienes razón, Aurora, Dios del cielo
te envía..., un ángel de los cielos eres.
Doña Aurora
Escúchame, Gabriel.
Gabriel
Habla.
Doña Aurora
En el nombre
de esa pasión que en nuestras almas hierve,
desaparezcan hoy esos misterios
que nuestras dos historias oscurecen.
Gabriel
Imposible.
Doña Aurora
No temas que me espante,
Gabriel, ni me arrepienta, conociéndote,
de haberte amado nunca.
Gabriel
Es imposible.
Doña Aurora
Habla. Dime quién soy, dime quién eres.
Si eres villano y en tus venas viles
la sangre impura y maldecida tienes
de raza hebrea o de morisca tribu,
yo te amaré, Gabriel; si reales puedes
ostentar de tu estirpe en el escudo
coronados y espléndidos cuarteles,
yo te amaré, Gabriel; si eres acaso
criminal fugitivo y por mí temes
de un patíbulo infame la deshonra,
yo te amaré, Gabriel; llama si quieres
a un sacerdote, y que con lazo eterno
anude nuestras almas; y no pienses
que el deshonor de criminal memoria
me humille. Te amo con amor tan fuerte,
que oraré mientras viva en tu sepulcro,
orgullosa del nombre que me dejes.
Gabriel
¡Calla, Aurora, deliras!
Doña Aurora
Un momento,
Gabriel, óyeme aún, no te impacientes.
Si eres un impostor, un ambicioso,
cogido al fin entre sus propias redes,
huyamos; tienes ocasión y tiempo.
Sí, nuestra fuga el capitán protege,
huyamos, nuestro amor y nuestra infamia
arrastrando a remoto continente.
Gabriel
¡Aurora!
Doña Aurora
Hoy a la cárcel de Medina
rayando el alba trasladarnos deben,
y el capitán que en nuestra guarda parte...
Gabriel
Silencio, Aurora. ¿Deshonrarle quieres
para salvarte tú? ¿Sabes que si huyo
cuando en su guardia el infeliz me lleve,
morirá en mi lugar, y que al fugarme
me doy por criminal siendo inocente?
Yo no huiré jamás; ni sé, ni quiero,
ni nací para huir: ya muchas veces
la he visto cara a cara, y en el pecho,
no por la espalda, me herirá la muerte.
Doña Aurora
Hiéranos a los dos un mismo golpe.
Gabriel
Tú no debes morir; aún que hacer tienes
sobre la tierra.
Doña Aurora
¿Qué, sin ti?
Gabriel
Llorarme.
Doña Aurora
¿Me lo mandas?
Gabriel
Yo, no: Dios. Obedece.
Dios me pone en los labios un candado,
no lo intentes romper. Pura, inocente,
noble eres tú; si a deshonrada tumba
mi silencio me lleva, Dios lo quiere.
Inclina, Aurora, la cabeza humilde
bajo la voluntad omnipotente,
y ora en mi tumba sin vergüenza, Aurora.
Mártir me quiere Dios, y obedecerle
es fuerza. Vive; y si te dice el mundo
que he sido un impostor, el mundo miente.
Yo no he dicho jamás que era el que buscan,
y a morir me enviarán sin conocerme.
Ora en mi tumba sin vergüenza, y ora
mientras los hombres libertad te dejen;
y si te culpan como a mí, en silencio,
digna siempre de mí, como yo muere.
Doña Aurora
¿Tú me lo mandas? Obedezco: sea,
Gabriel; digna de ti quiero ser siempre.
ESCENA XII
DOÑA AURORA, GABRIEL, DON CÉSAR
Don César
Don Rodrigo sube.
Gabriel
(A don César).
Oíd
antes. Si en algo apreciáis
a Aurora, ved cómo enviáis
ese papel a Madrid.
(Gabriel da una carta a don César, que la toma rápidamente).
Don César
Sabéis que mi fe la aprecia
en más que en mi mismo honor.
Yo lo llevaré.
Gabriel
Al señor
embajador de Venecia.
ESCENA XIII
DICHOS, un ALGUACIL, después DON RODRIGO
Alguacil
(Entrando).
Su señoría.
Gabriel
Aguardamos
sus órdenes.
Don Rodrigo
(Entrando).
Os espera
allá abajo una litera,
señor Gabriel.
(Gabriel, tomando de la mano a doña Aurora
y
dirigiéndose a la puerta, dice):
Gabriel
Pues partamos.
Don Rodrigo
¿Ni inquirís adónde vais
ni tomáis vuestro equipaje?
Gabriel
Vos que disponéis mi viaje
sabréis cómo me lleváis.
Don Rodrigo
Conmigo.
Gabriel
Pues ya tardamos.
Don Rodrigo
Vuestros cofres van con sellos.
Gabriel
Haced lo que os plazca de ellos.
Don Rodrigo
Pues cuando gustéis.
Gabriel
Pues vamos.
(Vanse delante Gabriel con doña Aurora,
luego don
Rodrigo y don César).
FIN DEL ACTO SEGUNDO