ACTO TERCERO
Sala de juicio en la cárcel de Madrigal; decoración ochavada; puerta en el fondo, balcón a la derecha; al mismo lado, en la segunda caja, puerta del calabozo de Gabriel; puerta a la izquierda de otros calabozos; mesa con papeles, plumas, etc.
ESCENA PRIMERA
DON RODRIGO y el ESCRIBANO sentados a la mesa. GABRIEL, al otro lado, en un sillón, reclinado tranquilamente y como ajeno a lo que pasa a su alrededor.
Escribano
Señor, no duerme.
Don Rodrigo
¡Y qué mal
halláis en que esté despierto!
Escribano
Que escucha.
Don Rodrigo
Es un hombre muerto;
que escuche o no, ya es igual.
Seguid leyendo.
Escribano
(Tomando un papel de la mesa).
Un oficio
del doctor don Juan de Llanos.
Don Rodrigo
¿Qué dice?
Escribano
Que siendo vanos
interrogatorio y juicio,
mandó dar a fray Miguel
el día cinco tormento.
Don Rodrigo
¿Y qué dijo?
Escribano
Que era invento
suyo lo de que Gabriel
fuese el rey de Portugal,
y que le movió a este engaño
el intento de hacer daño
al rey don Felipe.
Don Rodrigo
Mal
salió. Leed.
Escribano
(Otro papel).
Petición
de la nominada Aurora.
Don Rodrigo
¿Y qué pide esa señora?
Escribano
Ver a su padre.
Don Rodrigo
Ocasión
llegará de que le vea
cuando ya esté confirmada
su sentencia, y no haya nada
que temer de que así sea.
Escribano
(Otro papel).
Novena solicitud
del preso llamado Arbués.
Don Rodrigo
¿Qué solicita?
Escribano
Que pues
vivirá poco, en virtud
de haberle dado tormento,
se quisiera despedir
de su amo antes de morir.
Don Rodrigo
No ha lugar, hasta el momento
de la real confirmación
de su sentencia, si vive.
Escribano
(Otro papel).
Una carta que os escribe
un anónimo.
Don Rodrigo
Cuestión
diaria: amenazas, fieros
contra mí y contra los jueces;
juramentos y sandeces
de rebeldes o embusteros.
Adelante.
Escribano
(Una carta).
Para el juez
don Rodrigo Santillana;
carta que hoy por la mañana
llegó de Madrid.
Don Rodrigo
¡Pardiez!
¿Y así os estabais con ella?
Dadme acá.
Escribano
Tomad, señor.
Don Rodrigo
De César.
(Leyendo).
«Del portador
mañana sobre la huella
partiré; media jornada
ante mí llegará a esa;
ni puedo darme más priesa,
ni hasta hoy el rey hizo nada».
¡Gracias a Dios que tocamos
con el fin de ese proceso!
Llevaos vos todo eso,
escribano.
Escribano
¿Os esperamos?
Don Rodrigo
Afuera; y si algún correo
de la corte de Madrid
llega, que suba decid
al punto.
Escribano
Está bien.
(Vase el Escribano).
ESCENA II
GABRIEL y DON RODRIGO
Don Rodrigo
(Aparte).
(Deseo
salir de este laberinto
de una vez, y de ese hombre
a quien no hay nada que asombre...
Me repugna por instinto
su faz sombría, su calma
imperturbable, su irónica
conversación, su sardónica
sonrisa eterna en el alma
me infunde honda inquietud;
no me acusa la conciencia
de nada; di la sentencia
con severa rectitud,
conforme a ley; mas presiento
que hay en todo esto un arcano
que sondar pretendo en vano,
y deja sin complemento
la obra de la justicia.
Exhala ese hombre satánico
no sé qué de frío y pánico...
creo que me maleficia.
En fin, poco resta ya.
Si el rey la sentencia envía
firmada, el último día
es hoy que calor le da).
¿Dormís, señor Espinosa?
Gabriel
Casi, casi, señor juez.
Don Rodrigo
¿Cansado estáis?
Gabriel
¡Psé!
Don Rodrigo
¿Tal vez
sufrís dolor?
Gabriel
Poca cosa.
Don Rodrigo
Aquí estaréis menos mal
que en la torre.
Gabriel
Así, así.
Don Rodrigo
Que apreciarais más creí
mi caridad.
Gabriel
Me es igual.
Don Rodrigo
¿Tal vez me guardéis rencor
por la cuestión?
Gabriel
¡Brava pena,
por Dios!
Don Rodrigo
La prueba fue buena.
Gabriel
Pudo haber sido mejor.
Don Rodrigo
Confieso que fue cruel
el tormento.
Gabriel
Pero inútil.
Don Rodrigo
¿Lo creéis prueba tan fútil?
Gabriel
Ya lo veis.
Don Rodrigo
Volver a él
podemos aún.
Gabriel
Volvierais
a ver lo que visteis ya.
Don Rodrigo
La segunda vez quizá
vuestro silencio rompierais.
Gabriel
Sería inútil fatiga;
y ahora que hablamos de esto:
de hoy para entonces protesto
contra todo cuanto diga,
y ya podéis calcular
que si en negar doy después
lo dicho, el tormento es
cuento de nunca acabar.
Don Rodrigo
¡Por Dios que sois hombre fuerte,
y gastáis bizarro humor!
Gabriel
Soy terco y sufro el dolor;
soldado soy, y a la muerte
voy como iba a la pelea.
Más despacio o más aprisa
hallarla es cosa precisa,
mas temerla es cosa fea.
Don Rodrigo
Vuestra fortaleza envidio;
mas noto en vos ha un momento
tristeza y decaimiento.
¿Qué tenéis?
Gabriel
Que me fastidio.
Don Rodrigo
¡Que os fastidiáis!
Gabriel
Sí, ¡a fe mía!
Tres meses ha que aquí estoy,
y lo mismo hacemos hoy
que hicimos el primer día.
«Traed ante mí a Gabriel».
Vuelta vos a preguntar,
vuelta yo a no contestar.
«Al calabozo con él».
Vuelve a amanecer el día,
y vuelta a sacar al preso,
y vuelta a leer el proceso,
y vuelta a nuestra porfía.
«Hablad, señor Espinosa».
«No quiero, señor alcalde».
«Que habéis de hablar». «Que es en balde».
Y siempre la misma cosa.
No hubo más que la semana
en que me disteis tormento
que variara..., y ya me siento
casi bueno, Santillana.
Don Rodrigo
Me amedrenta, ¡vive Dios!,
vuestra eterna sangre fría.
Gabriel
También me amedrentaría
a mí si fuera que vos.
Don Rodrigo
Vuestra osada impavidez
cada día toma creces.
Gabriel
Sí; parecemos a veces
el reo vos y yo el juez.
Don Rodrigo
Es que a veces hallo en vos
un misterio que me espanta.
Gabriel
Es que tal vez se levanta
tras mí la sombra de Dios.
(Pausa).
Don Rodrigo
Yo creo, señor Gabriel,
que no es Dios, es Satanás
quien de vos está detrás
y os dejáis llevar por él.
¿A qué hombre de sano seso
no hartarán vuestras pesadas
continuas balandronadas
que llenan vuestro proceso?
¿Qué son, pues, vuestras preñeces
y siniestras reticencias?
Gabriel
Tembladlas si son sentencias;
reídlas si son sandeces.
Don Rodrigo
Pues bien, hablad de una vez;
si ese secreto fatal
existe en vos, hacéis mal
de ocultarlo a vuestro juez.
Si sois quien juzgan, decid:
«Yo soy...», probadlo y mañana...
Gabriel
(Variando de tono).
¿Cuándo vendrá, Santillana,
el capitán de Madrid?
Don Rodrigo
Hoy mismo.
Gabriel
¡Gallardo mozo!
¿Le queréis mucho?
Don Rodrigo
¡Pues no,
si es mi hijo!
Gabriel
También yo
le quiero bien, y me gozo
con su vista. ¿No tenéis
más hijos que él?
Don Rodrigo
Nada más.
Gabriel
¿Ni los tuvisteis jamás?
Don Rodrigo
Las preguntas que me hacéis,
Espinosa...
Gabriel
Son sencillas.
Don Rodrigo
No sé qué se me figura
que hay en ellas...
Gabriel
¿Por ventura
os pregunto maravillas?
Tenéis un hijo mancebo,
y si hubisteis os pregunto
más que él: no hay en el asunto
de mi cuestión nada nuevo.
Don Rodrigo
¡Jamás podré conseguir
arrancar de vuestra faz
ese sarcasmo tenaz!
¿Qué me tenéis que decir?
Acabemos, Espinosa.
Esa burlona altivez
que excita en mí alguna vez
una duda misteriosa,
¿qué significa? Parece
que no os habéis convencido
de que juzgado habéis sido,
de que ya no os pertenece
vuestra acotada existencia,
y de que según la ley,
no falta sino que el rey
confirme vuestra sentencia.
¡Parece que en vuestro pecho
hay una firme esperanza
que os da audacia y confianza
contra esa ley!
Gabriel
Es un hecho.
Don Rodrigo
¿Creéis que no firmará
el rey?
Gabriel
Esa es cuenta suya:
Dios por sus obras le arguya.
¿Le habéis vos escrito ya
que pido verle?
Don Rodrigo
Y respuesta
aguardo; ¿mas si apeláis
al rey en vano?
Gabriel
Me ahorcáis,
y se concluyó la fiesta.
(Don Rodrigo mira a Gabriel con asombro;
Gabriel
permanece sereno).
Don Rodrigo
Sospéchome que estáis loco.
Gabriel
Tal vez.
Don Rodrigo
Aunque más bien creo
que es otro vuestro deseo.
Gabriel
¿Cuál creéis?
Don Rodrigo
Ir poco a poco
dilatando la sentencia,
dando a entender que aún hay más
que esperar de vos.
Gabriel
Quizás.
Don Rodrigo
Pues os protesto en conciencia
que hoy tendrá fin vuestro afán;
si el rey no manda otra cosa,
morís hoy por Espinosa
o por rey don Sebastián.
Basta ya de dilaciones,
harto estoy de toleraros,
y me es ya en mengua trataros
con tales contemplaciones.
Vos sois un villano artero,
un taimado embaucador
que esperáis suerte mejor
dándoos por un caballero.
¡Un necio, que aguarda en vano
negándose a confesar,
que nunca le han de matar
como a un infame pagano
sin confesión! Mas caéis
en un miserable error:
si no queréis confesor,
sin confesor moriréis.
Y no tenéis que cansaros,
no me habéis de aventajar;
si os obstináis en callar,
yo me obstinaré en ahorcaros.
¿Ahora os reís?
Gabriel
(Riéndose).
¡Sí, por Dios!
Y no he muerto ya de hastío,
porque, como ahora, me río
mil veces.
Don Rodrigo
¿De qué?
Gabriel
De vos.
Don Rodrigo
¿De mí? En vuestra audacia loca
os olvidáis, a mi ver,
que os puedo mandar poner
una mordaza en la boca.
Gabriel
Verme mudo os diera pena;
de que es, estoy persuadido,
mi voz para vuestro oído
el cantar de la sirena.
¡Mordaza! De vuestros fieros
a pesar, si lo procuro
de veras, estoy seguro,
señor juez, de adormeceros.
Ya me parece, ¡pardiez!,
que comenzáis a turbaros
y no he hecho más que miraros.
Os voy a decir, buen juez,
lo que pasa en vuestro pecho:
a fuerza de ir y volver
sobre quién soy, de mi ser
un fantasma os habéis hecho.
Ser superior me imagina
vuestra razón exaltada,
y mi voz y mi mirada
os deslumbra y os fascina.
Todo se os vuelven antojos;
si os miro fijo a la cara,
os turbáis como si echara
fuego o sangre por los ojos.
Si en paz llevando mi suerte
alejo de mí el pesar,
creéis que voy a evitar
con algún filtro la muerte.
Si de vuestros hijos hablo
y por ellos os pregunto,
no parece sino asunto
de vendérselos al diablo.
Si levanto un poco más
estando solos la voz,
cual de una bestia feroz
teméis, y os echáis atrás.
Y si al hablarme con saña
vos, os hablo con violencia,
os dobláis en mi presencia
como ante el viento la caña.
Tan hondo y siniestro influjo
he adquirido sobre vos,
que, ¡no os lo demande Dios!,
me estáis suponiendo brujo.
No parece, Santillana,
sino que sabéis que puedo
haceros temblar de miedo
cuando me diere la gana.
¿Y no es verdad, don Rodrigo,
no es verdad que mi semblante
os está siempre delante,
que andáis, que soñáis conmigo?
¿No es verdad que se os alcanza
que tendrá alguna razón
al mostrar mi corazón
tan osada confianza?
¿No es verdad que todo cabe
en hombres, y que, tal vez,
en vuestra vida de juez,
hay algún secreto grave
que creéis hundido vos
en la eternidad oscura,
y que teméis por ventura
que me lo revele Dios?
¿No es verdad que cuando a solas
hablo con vos, don Rodrigo,
va vuestra alma en lo que os digo
como nave entre las olas,
esperando de un momento
a otro verse sumergida
por la mar embravecida
de mi airado pensamiento?
¿No es verdad que habéis cruzado
una vez el Portugal,
y cerca de Setubal,
en mitad de un despoblado,
un monasterio habéis visto
cuya sagrada vivienda
fue teatro de una horrenda
profanación?
Don Rodrigo
¡Jesucristo!
Gabriel
¿No es verdad que cuando clavo
mis ojos en vuestro rostro
os hielo el alma y os postro
a mis pies como un esclavo?
De rodillas, Santillana,
vuestra vida está en la mía,
viviréis más que yo un día:
si yo muero hoy, vos mañana.
Don Rodrigo
¡Dios me valga!
(Don Rodrigo se arrodilla).
Gabriel
¡Calla! ¿Y vos
lo tomáis como os lo digo?
Si esto es farsa, don Rodrigo,
serenaos, ¡vive Dios!
Don Rodrigo
¿Conque es decir?...
Gabriel
Que divierto
mi fastidio, Santillana.
Don Rodrigo
(Furioso).
No haréis lo mismo mañana.
Gabriel
(Con calma).
Ahorcándome hoy, no por cierto.
ESCENA III
DICHOS y el ALGUACIL
Alguacil
Su merced, el capitán
Santillana.
Gabriel
¡Que nos cae
del cielo!
Don Rodrigo
Y que el fallo trae
del rey.
Gabriel
Fin de nuestro afán.