ESCENA IV
DON RODRIGO, GABRIEL y DON CÉSAR
Don Rodrigo
¿Traes tú los despachos?
Don César
Sí.
Mas ¿que tenéis, padre?
Don Rodrigo
Nada.
¿Traes la sentencia aprobada?
Don César
Sí.
Don Rodrigo
¿Dónde está?
Don César
(Dándole un papel).
Vedla aquí.
(Don Rodrigo toma, abre y lee el pliego que le
da
don César, y dice llamando):
Don Rodrigo
¡Hola!
(Entran algunos alguaciles y el Escribano).
Cúmplase la ley.
Avisad al confesor
y al verdugo ejecutor
de las justicias del rey.
Escribano, evacuad vos
la postrera diligencia,
intimadle la sentencia
y que se encomiende a Dios.
Don César
Señor...
Don Rodrigo
¡Silencio! Leed.
Escribano
(Empezando a leer).
Vista y fallada...
Don Rodrigo
(Interrumpiéndole).
Adelante:
la aprobación es bastante,
fórmulas a un lado haced.
Escribano
(Leyendo).
«Y en atención a que en los cofres de dicho Gabriel Espinosa han sido halladas muchas prendas y joyas de valor, pertenecientes a la persona de nuestro difunto sobrino don Sebastián, rey de Portugal, sin que haya podido probar Espinosa la legitimidad de su adquisición y posesión; y en atención a que el marqués de Tavira y fray Miguel de los Santos y otros señores castellanos y portugueses han declarado, unos en juicio y otros en tormento, que le tienen y han tenido desde que le vieran por el rey don Sebastián, y habiéndose probado que muchos nobles portugueses le han visitado en Madrigal para reconocerle, y que en su nombre se han escrito cartas, contraído empréstitos y armado gentes para concitar a la rebelión a los pueblos en favor suyo; y teniendo en cuenta que dicho Gabriel Espinosa no ha negado nunca ser él el mismo rey don Sebastián, antes ha contribuido a hacer creer a los incautos que lo es efectivamente, no declarando jamás quién sea en realidad, dándose ya por una persona ya por otra, y aparentando el gesto, las acciones y las señales exteriores, que a su parecer pueden convenir mejor con los recuerdos y las pinturas que de don Sebastián se conservan entre los que en vida le conocieron; y considerando, en fin, que el cuerpo de dicho rey fue por nos rescatado del poder de Muley Mahamet y traído de África al monasterio de Belén, donde yace sepultado; aprobamos y confirmamos la sentencia contra él dada, y le declaramos impostor infame, traidor a su rey, y usurpador del nombre del rey don Sebastián. Por cuyas razones le condenamos a ser arrastrado, y ahorcado y descuartizado, y puesta su cabeza en una lanza a una de las salidas del pueblo de Madrigal, en donde vivió, para desengaño de incautos y escarmiento de traidores. — Yo el rey».
Gabriel
(Con ira).
¿Traidor yo, impostor, infame?
¿Muerte a mí con tal afrenta?
(Serenándose).
Que Dios me lo tome en cuenta
cuando a su juicio me llame.
(Al Escribano):
¿Tenéisme más que leer?
Escribano
Nada más.
Gabriel
Pues despachemos
y tiempo no malgastemos.
Sea lo que haya de ser.
Don César
(¡Indomable corazón!)
Don Rodrigo
(¡Incomprensible fiereza!
Ni aun inclinó la cabeza
para oír la intimación).
Gabriel
Alcalde, estáis demudado,
trémulo..., ¡por vida mía!
Cualquiera imaginaría
que erais vos el sentenciado.
Don Rodrigo
(Airado).
Pronto lo viera. Tenéis
de vida tres cuartos de hora.
Gabriel
Son las cinco y cuarto ahora.
Don Rodrigo
Encerradle.
Gabriel
(A don Rodrigo).
Hasta las seis.
Don Rodrigo
Despejad.
(Llevan a Gabriel a su encierro,
y vanse el
Escribano y los alguaciles por el fondo).
ESCENA V
DON RODRIGO y DON CÉSAR
Don César
¿Padre, qué es esto?
Don Rodrigo
Que es fuerza que ese hombre muera.
Don César
Dadle un día.
Don Rodrigo
Ni siquiera
una hora.
Don César
Que dispuesto
muera al menos cual cristiano.
Don Rodrigo
Muera, y sea como fuere.
Don César
¡Sin confesión!
Don Rodrigo
No la quiere;
es un hereje, un pagano.
Don César
Padre, estáis ciego de ira.
Don Rodrigo
Ira es lo que aparento,
ira, César; pero miento,
es terror lo que me inspira
ese hombre de Satanás.
Y yo, ¡imbécil!, que le daba
tormento porque no hablaba;
no, no: que no hable jamás,
que le lleven al cadalso
con una mordaza puesta;
que no hable con nadie; en esta
hora cuanto diga es falso.
Don César
Padre, sospecho, ¡ay de mí!,
que se os desvanece el juicio.
Don Rodrigo
Es obra de un maleficio.
Don César
¿Os maleficiaron?
Don Rodrigo
Sí.
Don César
¡Superstición!
Don Rodrigo
Ya lo ves.
Gabriel me malefició,
y él ha de morir o yo.
Ya firmó el rey: muera, pues.
Don César
¡Padre!
Don Rodrigo
¡César..., hijo mío!
Don César
¡Estáis delirando!
Don Rodrigo
¿Alguno
me escuchó acaso?
Don César
Ninguno.
Don Rodrigo
(De mí propio desconfío).
Don César
Padre, algún mal os acosa;
tembláis..., estáis demudado.
Don Rodrigo
Algún vértigo; he velado
tantas noches de Espinosa
con el proceso maldito,
me ha dado tanto que hacer,
que en mí no estoy hasta ver
que de en medio me lo quito.
Mas no fue nada, pasó
ya, César. Veamos, pues,
los despachos de la corte.
Don César
Tomad: aquí los tenéis.
Don Rodrigo
Esta es la consulta mía,
esta la aprobación es
del consejo; esta la carta
de su majestad el rey;
¿y este otro pliego sellado,
de quién es?
Don César
¡Yo no lo sé!
me fue entregado en palacio
con todos ellos.
Don Rodrigo
¿Por quién?
Don César
Por el rey mismo.
Don Rodrigo
A ver: ábrele.
Don César
Una real orden.
Don Rodrigo
Pues lee.
Don César
(Leyendo).
«En nombre del rey. — Por la presente, pondréis en libertad en la hora en que la recibiereis, y sobreseyendo en su causa, si hubiereis procedido a formarla contra ella, a doña Aurora Espinosa, detenida y a vuestras órdenes en la cárcel de Madrigal; dejando disponer libremente de sí misma a dicha doña Aurora, como fuere su voluntad. — Madrid, etcétera. — A don Rodrigo Santillana».
Don Rodrigo
¿En libertad? No comprendo
tal orden del rey.
Don César
Y está
bien terminante.
Don Rodrigo
Y será
cumplida. Sigue leyendo.
Don César
Otro pliego para mí.
Don Rodrigo
Rompe la nema y aparta
la cubierta. ¿Qué hay?
Don César
Aquí
viene un papel y otra carta.
Don Rodrigo
Lee.
Don César
Dice el papel así:
(Lee).
«En nombre del rey. — Otorgamos licencia para dejar el servicio de Su Majestad, temporal o absolutamente, como más le conviniere, al capitán del primer tercio de Flandes don César de Santillana».
Don Rodrigo
¿Y para qué?
Don César
¿Qué sé yo?
Don Rodrigo
¿Tú no la has pedido?
Don César
No.
Don Rodrigo
Sigue. (¿Qué es esto? ¡Ay de mí!).
Don César
(Lee).
«Y ordenamos al dicho capitán don César, por ser así del agrado de Su Majestad, conducir con todo honor y escoltar con toda seguridad, durante su viaje por tierras de sus dominios y mares guardados por su real marina, a doña Aurora de Espinosa, hasta ponerla sana y salva en Estados de Venecia, por cuyo embajador ha sido reclamada, como hija adoptiva de la República Serenísima».
Don Rodrigo
¡Ira de Dios! Todo ahora
lo comprendo.
Don César
¿Qué es, señor,
lo que comprendéis?
Don Rodrigo
Tu amor,
¡desventurado!, a esa Aurora.
Don César
Es cierto: un amor profundo;
mas no os traiga con cuidado,
que es el más desesperado
que hubo jamás en el mundo.
Don Rodrigo
¿Lo ves? ¡Ah! También a ti
te han maleficiado; pero
responde, César. Yo quiero
saberlo ya todo; di.
Tú con ella en connivencia,
huir con seguridad
queriendo, su libertad
conseguiste y tu licencia.
Don César
No, a fe mía.
Don Rodrigo
Sí, arrastrado
por sus sortilegios has
trabajado en contra mía
con temeridad impía
y en favor suyo.
Don César
Jamás.
Que tuve siempre, confieso,
simpatía misteriosa
e interés por Espinosa,
pero no obré en su proceso.
Amé a Aurora, la amo aún;
mas mi pasión despechada
es imposible, y no hay nada
entre los dos de común.
Mientras viva la amaré;
pero este amor solitario
de mi pecho en el santuario
solo yo conservaré.
Don Rodrigo
¡Otro misterio!
Don César
Tremendo
sin duda, padre; mas puede
conmigo, y mi brío cede
a su poder.
Don Rodrigo
No lo entiendo.
Don César
Ni yo sé decir más de él
sino que Aurora, señor,
no nació para mi amor.
Don Rodrigo
¿Quién te ha dicho eso?
Don César
Gabriel.
Don Rodrigo
¡Infeliz! Es su manceba.
Don César
Quien tal os dijo ha mentido,
señor.
Don Rodrigo
Ella misma ha sido.
Don César
¿Ella?
Don Rodrigo
En la primera prueba
del tormento.
Don César
¡Cielo santo!
¿La habéis puesto en el tormento?
Don Rodrigo
Es débil, y habló al momento.
Don César
¡Me paralizo de espanto!
¿Qué abismo es este de males
que por doquier nos circunda?
¡Qué trama esta tan fecunda
de misterios!
Don Rodrigo
Los fatales
hilos de esa negra trama
tan solo puede romper
la muerte, y hoy ha de ser.
Que mueran él y su dama.
Don César
¡Imposible! Mintió.
Don Rodrigo
¿Quién?
Don César
Ella: no puede tampoco
ser de Gabriel.
Don Rodrigo
¿Quieres loco
volverme?
Don César
No. Sé muy bien
lo que digo: esa mujer
es prenda de una venganza.
Solo con esa esperanza
la conserva en su poder.
Don Rodrigo
¿Ella de venganza prenda
y en su poder? ¡Dios me asista!
De este arcano ante mi vista
se aclara la sima horrenda.
¡Hola!
(Toca la campanilla y entra un alguacil).
En libertad a Aurora
poned al punto, y aquí
traedla. Escucha, ¡ay de mí!,
escucha, César, ahora
un secreto horrible: ese hombre,
que no es nada y que lo es todo,
de quien de saber no hay modo
religión, patria ni nombre;
ese hombre, a quien nada espanta,
cuya altivez nadie doma,
penitente humilde en Roma,
peregrino en Tierra Santa,
soldado en Flandes, marqués
en Madrid, corso en Venecia,
que alma y vida menosprecia
como al polvo de sus pies;
a quien no rinde el tormento,
y cuyo espíritu fuerte
ve a un paso de sí la muerte
y se sonríe contento,
no es criatura, es fantasma;
no es vivo, es aparición,
quimera, ensueño, visión,
más que de terror me pasma.
Es un hombre de otra edad:
un hombre que estando muerto
halló su sepulcro abierto
y huyó de la eternidad
mis pasos para seguir;
es la sombra de otro ser
que sale a la tierra a ver
nuestra sepultura abrir.
Don César
¡Ay de mí! El continuo afán
del proceso de Gabriel
os hizo concebir de él
esas quimeras que están
trastornándoos la razón.
Don Rodrigo
Dices bien..., sí..., no comprendas
jamás las causas horrendas
de mi ruin superstición.
ESCENA VI
DON RODRIGO, DON CÉSAR y DOÑA AURORA
Doña Aurora
¡Libre!.. Jamás esperé
que nos olvidara Dios;
(A don César)
ni de haber fiado en vos
jamás me arrepentiré,
pues duda no queda en mí
de a quién debo, capitán,
la libertad que me dan
cuando os vuelvo a ver aquí.
Don Rodrigo
Despeja. Escuchad, Aurora.
Doña Aurora
¿Por qué le mandáis salir?
Don Rodrigo
Porque nadie debe oír
nuestras palabras ahora.
Doña Aurora
¡Dios mío! ¿Qué extraño afán
os agita? ¿Es, por ventura,
mi libertad impostura?
¡Ah! No os vayáis, capitán;
quiere volverme tal vez
al tormento.
Don Rodrigo
Oíd, os digo.
Sois libre, y yo vuestro amigo.
Doña Aurora
¿Cabe entre el reo y el juez
amistad? ¿Entre el verdugo
y la víctima? Jamás
os conoceré por más
que por juez.
Don Rodrigo
¡A Dios no plugo
que fuese de otra manera!
Mas acaso desde ahora
variéis de opinión, Aurora.
(Vuelve a don César, que permanece en pie junto a la puerta).
¿Qué esperáis vos? Idos fuera.
(Vase don César).