WeRead Powered by ReaderPub
Traidor, inconfeso y martir cover

Traidor, inconfeso y martir

Chapter 40: ESCENA IV
Open in WeRead

Explore more books like this:

About This Book

The drama unfolds as a masked traveler and a young woman arrive at an inn and soon provoke suspicion, rivalries, and official scrutiny that escalate into interrogation, public accusation, and judicial consequences. Told in verse across three acts, the piece moves between intimate domestic scenes and formal proceedings, following how personal loyalties, social honor, and political pressures collide. Plot developments hinge on questions of identity and credibility, while motifs of deception, reputation, and conscience shape characters’ choices and propel the work toward a moral and legal reckoning.

ESCENA IV

DON RODRIGO, GABRIEL y DON CÉSAR

Don Rodrigo

¿Traes tú los despachos?

Don César

Sí.

Mas ¿que tenéis, padre?

Don Rodrigo

Nada.

¿Traes la sentencia aprobada?

Don César

Sí.

Don Rodrigo

¿Dónde está?

Don César

(Dándole un papel).

Vedla aquí.

(Don Rodrigo toma, abre y lee el pliego que le da
don César, y dice llamando
):

Don Rodrigo

¡Hola!

(Entran algunos alguaciles y el Escribano).

Cúmplase la ley.

Avisad al confesor

y al verdugo ejecutor

de las justicias del rey.

Escribano, evacuad vos

la postrera diligencia,

intimadle la sentencia

y que se encomiende a Dios.

Don César

Señor...

Don Rodrigo

¡Silencio! Leed.

Escribano

(Empezando a leer).

Vista y fallada...

Don Rodrigo

(Interrumpiéndole).

Adelante:

la aprobación es bastante,

fórmulas a un lado haced.

Escribano

(Leyendo).

«Y en atención a que en los cofres de dicho Gabriel Espinosa han sido halladas muchas prendas y joyas de valor, pertenecientes a la persona de nuestro difunto sobrino don Sebastián, rey de Portugal, sin que haya podido probar Espinosa la legitimidad de su adquisición y posesión; y en atención a que el marqués de Tavira y fray Miguel de los Santos y otros señores castellanos y portugueses han declarado, unos en juicio y otros en tormento, que le tienen y han tenido desde que le vieran por el rey don Sebastián, y habiéndose probado que muchos nobles portugueses le han visitado en Madrigal para reconocerle, y que en su nombre se han escrito cartas, contraído empréstitos y armado gentes para concitar a la rebelión a los pueblos en favor suyo; y teniendo en cuenta que dicho Gabriel Espinosa no ha negado nunca ser él el mismo rey don Sebastián, antes ha contribuido a hacer creer a los incautos que lo es efectivamente, no declarando jamás quién sea en realidad, dándose ya por una persona ya por otra, y aparentando el gesto, las acciones y las señales exteriores, que a su parecer pueden convenir mejor con los recuerdos y las pinturas que de don Sebastián se conservan entre los que en vida le conocieron; y considerando, en fin, que el cuerpo de dicho rey fue por nos rescatado del poder de Muley Mahamet y traído de África al monasterio de Belén, donde yace sepultado; aprobamos y confirmamos la sentencia contra él dada, y le declaramos impostor infame, traidor a su rey, y usurpador del nombre del rey don Sebastián. Por cuyas razones le condenamos a ser arrastrado, y ahorcado y descuartizado, y puesta su cabeza en una lanza a una de las salidas del pueblo de Madrigal, en donde vivió, para desengaño de incautos y escarmiento de traidores. — Yo el rey».

Gabriel

(Con ira).

¿Traidor yo, impostor, infame?

¿Muerte a mí con tal afrenta?

(Serenándose).

Que Dios me lo tome en cuenta

cuando a su juicio me llame.

(Al Escribano):

¿Tenéisme más que leer?

Escribano

Nada más.

Gabriel

Pues despachemos

y tiempo no malgastemos.

Sea lo que haya de ser.

Don César

(¡Indomable corazón!)

Don Rodrigo

(¡Incomprensible fiereza!

Ni aun inclinó la cabeza

para oír la intimación).

Gabriel

Alcalde, estáis demudado,

trémulo..., ¡por vida mía!

Cualquiera imaginaría

que erais vos el sentenciado.

Don Rodrigo

(Airado).

Pronto lo viera. Tenéis

de vida tres cuartos de hora.

Gabriel

Son las cinco y cuarto ahora.

Don Rodrigo

Encerradle.

Gabriel

(A don Rodrigo).

Hasta las seis.

Don Rodrigo

Despejad.

(Llevan a Gabriel a su encierro,
y vanse el Escribano y los alguaciles por el fondo
).

ESCENA V

DON RODRIGO y DON CÉSAR

Don César

¿Padre, qué es esto?

Don Rodrigo

Que es fuerza que ese hombre muera.

Don César

Dadle un día.

Don Rodrigo

Ni siquiera

una hora.

Don César

Que dispuesto

muera al menos cual cristiano.

Don Rodrigo

Muera, y sea como fuere.

Don César

¡Sin confesión!

Don Rodrigo

No la quiere;

es un hereje, un pagano.

Don César

Padre, estáis ciego de ira.

Don Rodrigo

Ira es lo que aparento,

ira, César; pero miento,

es terror lo que me inspira

ese hombre de Satanás.

Y yo, ¡imbécil!, que le daba

tormento porque no hablaba;

no, no: que no hable jamás,

que le lleven al cadalso

con una mordaza puesta;

que no hable con nadie; en esta

hora cuanto diga es falso.

Don César

Padre, sospecho, ¡ay de mí!,

que se os desvanece el juicio.

Don Rodrigo

Es obra de un maleficio.

Don César

¿Os maleficiaron?

Don Rodrigo

Sí.

Don César

¡Superstición!

Don Rodrigo

Ya lo ves.

Gabriel me malefició,

y él ha de morir o yo.

Ya firmó el rey: muera, pues.

Don César

¡Padre!

Don Rodrigo

¡César..., hijo mío!

Don César

¡Estáis delirando!

Don Rodrigo

¿Alguno

me escuchó acaso?

Don César

Ninguno.

Don Rodrigo

(De mí propio desconfío).

Don César

Padre, algún mal os acosa;

tembláis..., estáis demudado.

Don Rodrigo

Algún vértigo; he velado

tantas noches de Espinosa

con el proceso maldito,

me ha dado tanto que hacer,

que en mí no estoy hasta ver

que de en medio me lo quito.

Mas no fue nada, pasó

ya, César. Veamos, pues,

los despachos de la corte.

Don César

Tomad: aquí los tenéis.

Don Rodrigo

Esta es la consulta mía,

esta la aprobación es

del consejo; esta la carta

de su majestad el rey;

¿y este otro pliego sellado,

de quién es?

Don César

¡Yo no lo sé!

me fue entregado en palacio

con todos ellos.

Don Rodrigo

¿Por quién?

Don César

Por el rey mismo.

Don Rodrigo

A ver: ábrele.

Don César

Una real orden.

Don Rodrigo

Pues lee.

Don César

(Leyendo).

«En nombre del rey. — Por la presente, pondréis en libertad en la hora en que la recibiereis, y sobreseyendo en su causa, si hubiereis procedido a formarla contra ella, a doña Aurora Espinosa, detenida y a vuestras órdenes en la cárcel de Madrigal; dejando disponer libremente de sí misma a dicha doña Aurora, como fuere su voluntad. — Madrid, etcétera. — A don Rodrigo Santillana».

Don Rodrigo

¿En libertad? No comprendo

tal orden del rey.

Don César

Y está

bien terminante.

Don Rodrigo

Y será

cumplida. Sigue leyendo.

Don César

Otro pliego para mí.

Don Rodrigo

Rompe la nema y aparta

la cubierta. ¿Qué hay?

Don César

Aquí

viene un papel y otra carta.

Don Rodrigo

Lee.

Don César

Dice el papel así:

(Lee).

«En nombre del rey. — Otorgamos licencia para dejar el servicio de Su Majestad, temporal o absolutamente, como más le conviniere, al capitán del primer tercio de Flandes don César de Santillana».

Don Rodrigo

¿Y para qué?

Don César

¿Qué sé yo?

Don Rodrigo

¿Tú no la has pedido?

Don César

No.

Don Rodrigo

Sigue. (¿Qué es esto? ¡Ay de mí!).

Don César

(Lee).

«Y ordenamos al dicho capitán don César, por ser así del agrado de Su Majestad, conducir con todo honor y escoltar con toda seguridad, durante su viaje por tierras de sus dominios y mares guardados por su real marina, a doña Aurora de Espinosa, hasta ponerla sana y salva en Estados de Venecia, por cuyo embajador ha sido reclamada, como hija adoptiva de la República Serenísima».

Don Rodrigo

¡Ira de Dios! Todo ahora

lo comprendo.

Don César

¿Qué es, señor,

lo que comprendéis?

Don Rodrigo

Tu amor,

¡desventurado!, a esa Aurora.

Don César

Es cierto: un amor profundo;

mas no os traiga con cuidado,

que es el más desesperado

que hubo jamás en el mundo.

Don Rodrigo

¿Lo ves? ¡Ah! También a ti

te han maleficiado; pero

responde, César. Yo quiero

saberlo ya todo; di.

Tú con ella en connivencia,

huir con seguridad

queriendo, su libertad

conseguiste y tu licencia.

Don César

No, a fe mía.

Don Rodrigo

Sí, arrastrado

por sus sortilegios has

trabajado en contra mía

con temeridad impía

y en favor suyo.

Don César

Jamás.

Que tuve siempre, confieso,

simpatía misteriosa

e interés por Espinosa,

pero no obré en su proceso.

Amé a Aurora, la amo aún;

mas mi pasión despechada

es imposible, y no hay nada

entre los dos de común.

Mientras viva la amaré;

pero este amor solitario

de mi pecho en el santuario

solo yo conservaré.

Don Rodrigo

¡Otro misterio!

Don César

Tremendo

sin duda, padre; mas puede

conmigo, y mi brío cede

a su poder.

Don Rodrigo

No lo entiendo.

Don César

Ni yo sé decir más de él

sino que Aurora, señor,

no nació para mi amor.

Don Rodrigo

¿Quién te ha dicho eso?

Don César

Gabriel.

Don Rodrigo

¡Infeliz! Es su manceba.

Don César

Quien tal os dijo ha mentido,

señor.

Don Rodrigo

Ella misma ha sido.

Don César

¿Ella?

Don Rodrigo

En la primera prueba

del tormento.

Don César

¡Cielo santo!

¿La habéis puesto en el tormento?

Don Rodrigo

Es débil, y habló al momento.

Don César

¡Me paralizo de espanto!

¿Qué abismo es este de males

que por doquier nos circunda?

¡Qué trama esta tan fecunda

de misterios!

Don Rodrigo

Los fatales

hilos de esa negra trama

tan solo puede romper

la muerte, y hoy ha de ser.

Que mueran él y su dama.

Don César

¡Imposible! Mintió.

Don Rodrigo

¿Quién?

Don César

Ella: no puede tampoco

ser de Gabriel.

Don Rodrigo

¿Quieres loco

volverme?

Don César

No. Sé muy bien

lo que digo: esa mujer

es prenda de una venganza.

Solo con esa esperanza

la conserva en su poder.

Don Rodrigo

¿Ella de venganza prenda

y en su poder? ¡Dios me asista!

De este arcano ante mi vista

se aclara la sima horrenda.

¡Hola!

(Toca la campanilla y entra un alguacil).

En libertad a Aurora

poned al punto, y aquí

traedla. Escucha, ¡ay de mí!,

escucha, César, ahora

un secreto horrible: ese hombre,

que no es nada y que lo es todo,

de quien de saber no hay modo

religión, patria ni nombre;

ese hombre, a quien nada espanta,

cuya altivez nadie doma,

penitente humilde en Roma,

peregrino en Tierra Santa,

soldado en Flandes, marqués

en Madrid, corso en Venecia,

que alma y vida menosprecia

como al polvo de sus pies;

a quien no rinde el tormento,

y cuyo espíritu fuerte

ve a un paso de sí la muerte

y se sonríe contento,

no es criatura, es fantasma;

no es vivo, es aparición,

quimera, ensueño, visión,

más que de terror me pasma.

Es un hombre de otra edad:

un hombre que estando muerto

halló su sepulcro abierto

y huyó de la eternidad

mis pasos para seguir;

es la sombra de otro ser

que sale a la tierra a ver

nuestra sepultura abrir.

Don César

¡Ay de mí! El continuo afán

del proceso de Gabriel

os hizo concebir de él

esas quimeras que están

trastornándoos la razón.

Don Rodrigo

Dices bien..., sí..., no comprendas

jamás las causas horrendas

de mi ruin superstición.

ESCENA VI

DON RODRIGO, DON CÉSAR y DOÑA AURORA

Doña Aurora

¡Libre!.. Jamás esperé

que nos olvidara Dios;

(A don César)

ni de haber fiado en vos

jamás me arrepentiré,

pues duda no queda en mí

de a quién debo, capitán,

la libertad que me dan

cuando os vuelvo a ver aquí.

Don Rodrigo

Despeja. Escuchad, Aurora.

Doña Aurora

¿Por qué le mandáis salir?

Don Rodrigo

Porque nadie debe oír

nuestras palabras ahora.

Doña Aurora

¡Dios mío! ¿Qué extraño afán

os agita? ¿Es, por ventura,

mi libertad impostura?

¡Ah! No os vayáis, capitán;

quiere volverme tal vez

al tormento.

Don Rodrigo

Oíd, os digo.

Sois libre, y yo vuestro amigo.

Doña Aurora

¿Cabe entre el reo y el juez

amistad? ¿Entre el verdugo

y la víctima? Jamás

os conoceré por más

que por juez.

Don Rodrigo

¡A Dios no plugo

que fuese de otra manera!

Mas acaso desde ahora

variéis de opinión, Aurora.

(Vuelve a don César, que permanece en pie junto a la puerta).

¿Qué esperáis vos? Idos fuera.

(Vase don César).