ESCENA VII
DON RODRIGO y DOÑA AURORA
Don Rodrigo
Nada receléis de mí,
pobre niña: en libertad
estáis: vuestra voluntad
no tendrá ya coto aquí.
Serenaos, pues; oídme,
Aurora, y por cuanto améis
ruégoos que me contestéis
la verdad.
Doña Aurora
Pues bien, decidme
vos en conciencia primero:
¿mi libertad se me dio
con la de Gabriel? Si no
es así, yo no la quiero.
Don Rodrigo
Solo depende de vos
la libertad; si un secreto
me aclaráis vos, os prometo
la libertad de los dos.
Doña Aurora
¿Es mío solo el secreto
que me pedís?
Don Rodrigo
Sí, en verdad.
Doña Aurora
¿Y vale la libertad
de Gabriel?
Don Rodrigo
Me comprometo
a dársela.
Doña Aurora
Preguntad.
Don Rodrigo
¿Qué tiempo hará que de Gabriel al lado
vivís?
Doña Aurora
Desde muy niña.
Don Rodrigo
¿Y qué memoria
de vuestra infancia conserváis?
Doña Aurora
Apenas
una vaga memoria me ha quedado
de aquellas horas al pesar ajenas.
Don Rodrigo
No espero yo que recordéis la historia
de vuestra infancia, cuya edad se olvida
pronto, y muy fácilmente con las penas
o los placeres de la inquieta vida;
mas del lugar en donde habéis nacido,
donde pasasteis los primeros años,
tendréis alguna idea.
Doña Aurora
Muy confusa;
tal, que puedo decir que la he perdido
mezclándola después con mil extraños
recuerdos posteriores.
Don Rodrigo
¿De manera
que imposible os será, pues lo rehúsa
vuestra memoria ya, la más ligera
noticia dar de vuestra edad primera?
Doña Aurora
Tan imposible, no. ¿Quién en su mente
a un recuerdo infantil no da guarida?
¿Quién no vuelve los ojos tiernamente
hacia las puertas de oro de la vida?
¿Quién no recuerda en ocasión alguna
el pobre hogar o la lujosa estancia,
cuya techumbre guareció en su infancia
el dulce sueño que gozó en la cuna?
Don Rodrigo
¿Vos recordáis ese lugar?
Doña Aurora
Sin duda;
mas no por la virtud de mi memoria
sola, tan fiel en esa edad no cabe
tenerla: sé de mi infantil historia
lo que fui recordando con ayuda
de la voz de Gabriel, que es quien la sabe.
Don Rodrigo
¿Gabriel la sabe?
Doña Aurora
Sí.
Don Rodrigo
¿Y os la ha contado?
Doña Aurora
Incompleta.
Don Rodrigo
(También la habrá engañado).
Mas yo quiero saber solo la idea
que hayáis vos en la mente conservado.
Doña Aurora
Tengo, aunque muy confuso, algún recuerdo.
Don Rodrigo
¿De qué?
Doña Aurora
De mil objetos.
Don Rodrigo
Aunque sea
en confusión, decídmelos.
Doña Aurora
Me acuerdo
de una ribera donde yo cogía
yerbezuelas y conchas; del rugiente
mar, que sus ondas sin cesar mecía;
de un monasterio triste y solitario
fundado al pie de un monte; y vagamente
me acuerdo de la iglesia, con su coro
enverjado, sus techos con pinturas,
su altar lleno de flores, su sagrario
iluminado con mecheros de oro;
y me acuerdo también, porque me daban
miedo, de las inmóviles figuras
de mármol que tendidas reposaban
encima de sus anchas sepulturas.
Don Rodrigo
¿Qué monasterio era ese?
Doña Aurora
Era un convento
de monjas.
Don Rodrigo
¿Qué país?
Doña Aurora
No lo he sabido
nunca.
Don Rodrigo
¿Jamás Gabriel os ha contado
lo que hacíais allí? ¿Quién conducido
os había a aquel claustro?
Doña Aurora
No ha querido
decírmelo jamás; sé que aposento
tenía allí mi madre, y que he pasado
los tres primeros años de mi vida
allí.
Don Rodrigo
¿Con ella?
Doña Aurora
Sí.
Don Rodrigo
¿De vuestra madre,
os ha hablado Gabriel?
Doña Aurora
Mil y mil veces.
Don Rodrigo
¿La recuerda a menudo?
Doña Aurora
No la olvida
jamás, y sé que en sus nocturnas preces
la reza como a mártir.
Don Rodrigo
¿Sabéis de ella
la historia, el nombre, la familia?
Doña Aurora
Nada.
Sé que fue un día festejada y bella,
y luego escarnecida y ultrajada.
Sé que el relato de su triste historia
es una horrible e infernal leyenda
que conserva Gabriel en su memoria,
de expiación y de venganza prenda.
Don Rodrigo
¿Y qué es lo que sabéis de este relato
vos?
Doña Aurora
Yo, nada tal vez, y acaso todo;
porque sus hechos sé, mas nunca supe
ni las personas, ni el lugar, ni el modo.
Don Rodrigo
Pero en fin, ¿qué sabéis de vuestra madre?
Doña Aurora
Sé que era noble dama; que vivía
en la corte de un rey a quien la unía
una amistad profunda y verdadera;
que era para aquel rey casi una hermana,
pues juntos cuando niños se criaron,
y fraternal amor constantemente
uno a otro los dos se conservaron.
Sé que era cuanto rica, generosa;
y que el encanto de las gentes era
por su virtud y ciencia prodigiosa;
que el vulgo la quería,
la corte la admiraba
y con ella secretos no tenía
el rey, que como hermana la trataba.
Don Rodrigo
¿Mas ese rey?...
Doña Aurora
Murió.
Don Rodrigo
¿Cómo?
Doña Aurora
En la guerra,
y concluyó con él su dinastía,
y otro rey vino a gobernar su tierra,
y a otras manos pasó su monarquía.
Don Rodrigo
¿Y vuestra madre entonces?...
Doña Aurora
Fue mirada
como enemiga del monarca nuevo,
y al fin de algunos meses acusada
de traición; por diabólica su ciencia
tomaron, y la dieron por culpada,
diciendo que hizo creer que el rey vivía
no sé a quién, a favor de un sortilegio,
mostrando a sus conjuros evocada
la aparición de su fantasma regio.
Don Rodrigo
¿Y después?
Doña Aurora
¡Oh! Después..., eso es lo horrible
de la historia, señor. Se apoderaron
de ella, de su palacio, de su hacienda,
los vendieron, sus armas infamaron,
y ocupó un extranjero su vivienda,
y su nombre y su raza se olvidaron.
Don Rodrigo
¿Y ella?
Doña Aurora
Como las hojas del otoño
despareció de encima de la tierra,
y en ella más los hombres no pensaron
solo pensando en libertad y guerra.
Don Rodrigo
¿Pero vos?
Doña Aurora
No lo sé... Sé que mi madre
pobre, triste, ofendida y no vengada,
en aquel solitario monasterio
tejía su existencia desdichada,
y yo existía ya, bajo el misterio
de aquellas santas bóvedas velada.
Don Rodrigo
¿Y luego?
Doña Aurora
No sé más.
Don Rodrigo
¿Gabriel no os dijo
nada de vuestro padre?
Doña Aurora
Le tenía
siempre por padre a él, y él me quería
más que el padre mejor quiere a su hijo.
Don Rodrigo
¿Pero cómo supisteis?...
Doña Aurora
En su sueño
sorprendí su secreto: y como me era
necesario su amor de una manera
u otra, el amor filial hallé pequeño,
y del amor de la mujer y el niño
formé para Gabriel solo un cariño.
Don Rodrigo
¿Pero al saber que vuestro padre no era,
no preguntasteis vos?
Doña Aurora
Quién era el mío.
Don Rodrigo
¿Y qué dijo Gabriel?
Doña Aurora
Que él lo sabía:
mas que de él a acordarme no volviera,
porque mi amor filial no merecía.
Don Rodrigo
Siempre merece un padre...
Doña Aurora
No lo ha sido
jamás el mío para mí.
Don Rodrigo
¡Aurora!
Doña Aurora
¿Creéis que una razón me fue bastante
para echar su memoria en el olvido?
¡Insistí, porfié, lloré y ahora
sé que nunca mi amor ha merecido!
Sé que me echó a la vida despojada
de su nombre, y sin pan y sin abrigo.
Sé que dejó a mi madre deshonrada
en medio de la tierra abandonada
para llorar y perecer conmigo.
Don Rodrigo
¿Y creéis a Gabriel?
Doña Aurora
¿Que si le creo?
Es la verdad del cielo descendida;
su palabra es mi fe, y en esta vida
por su fe juzgo, por sus ojos veo.
Don Rodrigo
¿Nunca os dijo Gabriel nada en abono
de vuestro padre?
Doña Aurora
Nada; y si lo hubiera,
yo sé bien que Gabriel me lo dijera.
Don Rodrigo
¿Es decir?...
Doña Aurora
Que es mi padre y le perdono,
como amor exigir de mí no quiera.
Mi madre, que al dolor ha sucumbido,
de Dios le aguarda ante el excelso trono.
Yo, a quien solo dio el ser, nada le pido;
pero como él nos olvidó, le olvido,
como él me abandonó, yo le abandono.
Don Rodrigo
¿Vive, pues?
Doña Aurora
No lo sé.
Don Rodrigo
¿Mas si viviera?
Doña Aurora
Como él no me buscó, no le buscara.
Don Rodrigo
¿Y si una vez en la vital carrera
con él os encontrarais?
Doña Aurora
Le mirara
sin ira, mas la espalda le volviera.
Don Rodrigo
¿Y si al veros partir él os llamara?
Doña Aurora
De su paterna voz no hiciera caso.
Don Rodrigo
¿Y si llorando el mísero os siguiera?
Doña Aurora
Apresurara, sin volverme, el paso.
Don Rodrigo
Pero, ¿y si os alcanzara y os asiera
de los vestidos él?
Doña Aurora
Los rasgaría
dejándole en la mano los pedazos.
Don Rodrigo
¿Y si os tendiera sus paternos brazos?
Doña Aurora
Su abrazo paternal rechazaría.
Don Rodrigo
¿Por qué?
Doña Aurora
Porque mi padre todavía
no ha ido a orar sobre la tumba oscura
de mi madre, y Gabriel me dijo un día
que al querer abrazarnos se abriría
entre mi padre y yo su sepultura.
Don Rodrigo
¡Fatal superstición!
Doña Aurora
Tal es la mía.
Don Rodrigo
Tal es la ira de Dios. Es un misterio
impenetrable. Satanás me ciega
sin duda, y nunca a comprenderle llega
mi corazón ansioso.
Doña Aurora
He respondido
a cuanto preguntarme habéis querido.
Señor, a vos os toca.
Don Rodrigo
¡Sí, a fe mía!
Vais a ver a Gabriel. (¡Oh!, sí; yo quiero
apurar este cáliz de agonía.)
(Abre la puerta que da al encierro de Gabriel, mientras Aurora dice):
Doña Aurora
Libres al fin... Para Gabriel ahora
libre será mi corazón entero.
ESCENA VIII
DOÑA AURORA, DON RODRIGO y GABRIEL
Don Rodrigo
(A Gabriel).
Espinosa.
Gabriel
Heme aquí.
Doña Aurora
(Viendo a Gabriel).
¡Gabriel!
Gabriel
(Abrazándola).
¡Aurora!
¡Infeliz! ¿Quién aquí te ha conducido?
Doña Aurora
La libertad, Gabriel, libres estamos,
y cual juntos aquí nos han traído,
juntos espero que de aquí partamos.
Gabriel
(Pidiendo explicación de estas palabras de doña Aurora).
¡Santillana!
Don Rodrigo
(Dándole la orden de libertad).
Leed.
Doña Aurora
¿Ves?
Gabriel
(Lo comprendo
todo. La agitación de don Rodrigo,
de mi Aurora infeliz la fe tranquila...
¡He aquí el instante para mí tremendo!
La hora del martirio y del castigo.
Señor, Señor..., mi espíritu vacila;
sostenedme hasta al fin... ¡sed vos conmigo!)
Doña Aurora
¿Qué te agita, Gabriel?... Tu faz sombría,
tu palidez...
Gabriel
Un poco conmovido
estoy; y es natural, Aurora mía.
Y también vos estáis descolorido,
Santillana...
Don Rodrigo
Espinosa, concluyamos.
Yo os llamé...
Gabriel
No os canséis: el por qué entiendo.
¿A solas con Aurora habéis hablado?
Don Rodrigo
La historia de su madre me ha contado.
Gabriel
Solo para que a vos os la contara
se la he contado yo.
Don Rodrigo
Toda pretendo
saberla, pues.
Gabriel
¡Curiosidad avara!
Don Rodrigo
Pero que vos satisfaréis.
Gabriel
Sin duda;
mas puédeos ser satisfacción muy cara;
porque os advierto, juez, que he observado
que mis satisfacciones y respuestas,
por más que yo riendo os las he dado,
han sido siempre para vos funestas.
Don Rodrigo
Hablad..., hablad.
Gabriel
¡Si os empeñáis en eso!
Mas después de tres meses de proceso
no sé cómo no estáis escarmentado
de interrogarme ya.
Don Rodrigo
¡Siempre lo mismo!
Acabemos, Gabriel.
Gabriel
Sí, concluyamos;
hora es de penetrar en este abismo.
Don Rodrigo
Descender quiero a él.
Gabriel
Y yo os prometo
que lo haréis: el momento es oportuno.
Don Rodrigo
Decid, pues.
Gabriel
Esperad, que este secreto
os pertenece a tres y falta uno.
Llamad al capitán, que con vos debe
penetrarle también.
Don Rodrigo
(Llama y sale un alguacil).
¡Hola! Don César.
Doña Aurora
¿Qué tienes, Gabriel mío? En tu semblante,
en tus palabras y ademanes noto
siniestra agitación.
Gabriel
Aurora mía,
tu corazón amante
por mí no tenga la inquietud más leve;
a mis pesares Dios hoy pondrá coto,
y ambos tendremos libertad en breve.
¿Tú no te olvidarás desde este día
de tu Gabriel?
Doña Aurora
Jamás. ¿Eso preguntas?
Juntas caminarán nuestras dos vidas,
nuestras almas a Dios subirán juntas.
Gabriel
Sí, ni la muerte las podrá un instante
mantener una de otra divididas.
Doña Aurora
¡Dios! ¿A qué mientas la muerte ahora?
Don Rodrigo
Ya está aquí el capitán.
Gabriel
Silencio, Aurora.
ESCENA IX
DOÑA AURORA, DON RODRIGO, GABRIEL y DON CÉSAR
Gabriel
¡Hola! Sed, capitán, muy bien venido.
Voy muy pronto a emprender un largo viaje
y un encargo dejaros he querido...
Don César
¡Un viaje!
Gabriel
Sí, estoy libre; me parece
que el portador de la orden habéis sido.
Don César
(¡Ay de mí! La infeliz aún nada sabe).
Gabriel
Decidme, capitán, ¿me habéis traído
un pliego de Madrid?
Don César
Tomadle.
Gabriel
Bueno;
guardadle por ahora. En esa carta
de un gran misterio encontraréis la llave.
(A don Rodrigo).
Vos sois algo curioso, y no me fío
de vos: sois padre y juez; os la confío,
capitán, solo a vos. Cuando yo parta,
dádsela a vuestro padre y que la lea.
¿Me entendéis? Cuando parta: que no sea
ni un solo minuto antes.
Don César
Os lo juro.
Gabriel
Vuestra palabra sola es buen seguro.
Además, por si acaso no volvemos
a vernos, pues yo parto con Aurora
del mundo terrenal a otros extremos,
quiero un regalo haceros, en memoria
de nuestro buen encuentro en esta vida,
que os será complemento de mi historia
y prenda de amistad y despedida.
(Gabriel saca del pecho un relicario que lleva al cuello con una cadena).
Don Rodrigo
(Esa calma satánica me aterra).
Doña Aurora
(Tiemblo no sé por qué).
Don César
(No es ser humano
quien así se despide de la tierra).
Gabriel
Tomad. Es, capitán, un amuleto
sagrado; don del Papa. Un relicario
que un lignum crucis venerando encierra
y guarda como el pliego otro secreto.
Con el respeto mismo que a un sagrario
contempladlo, y lo mismo que la carta
se lo daréis al juez... cuando yo parta.
(A don Rodrigo).
Abridlo solo vos: es mi conciencia,
y Dios solo con vos sondarla debe;
en ella echad una ojeada breve
y reconoceréis la omnipotencia.
¡Mas si un soplo hay en vos de fe cristiana,
esperad a que muera, Santillana!
¡Ea! Ya que se acerca mi partida,
escuchad, señor juez, el cuento extraño
que queríais saber, y por mi vida
que oiréis una historia divertida.
Don Rodrigo
(Yo tiemblo).
Gabriel
Oídme, pues. La escena pasa
no importa el día, la estación ni el año,
de noche, en Setubal, y en una casa.
Don Rodrigo
(¡Cielos!).
Gabriel
Temblando estáis si no me engaño,
Santillana.
Don Rodrigo
Seguid.
Gabriel
En hora buena.
En una alcoba cómoda, alumbrada
por una lamparilla perfumada
con asiático aroma, bien ajena
el alma de inquietud y bien guardado
por leales domésticos, el dueño
de aquella rica estancia descuidado
yacía en brazos de agradable sueño.
Era un hombre harto noble y poderoso
para que no tuviera por asilo
muy seguro su casa, y al reposo
se entregaba en su cámara tranquilo.
Una noche creyó sobresaltado,
a pesar de lo doble de la alfombra,
pasos del lecho percibir al lado.
Abrió los ojos y miró espantado
trazarse en la pared movible sombra:
volvió la faz, y con la faz de seda
se tropezó de un hombre enmascarado.
¡Frío quedó como el cadáver queda!
«Levantaos», le dijo con acento
imperioso el incógnito; y vistiose
la bata que él le daba. «A ese aposento
salid». Obedeció y enfrente hallose
de dos hombres plantados a la puerta,
una dama como ellos encubierta
y un sacerdote pálido, y tenaces
sintió pesar sobre su frente yerta
las miradas ardientes y voraces
lanzadas a su frente descubierta
a través de los negros antifaces.
Entonces de estos hombres el primero,
de la sombría dama el velo alzando,
«¿La conocéis?», le dijo, y él, temblando,
«Sí», respondió. «Pues bien, sed caballero»,
repuso el disfrazado; y avanzando
el grave sacerdote se dispuso
a unirle con la dama en matrimonio,
mientras el de la máscara se puso
a escribir en silencio el testimonio.
El despertado resistirse quiso;
pero su daga el disfrazado al pecho
le presentó y ceder le fue preciso;
firmó, y el matrimonio quedó hecho.
Partió la dama y los demás con ella.
Mas quedose el primer enmascarado,
y dijo gravemente al despertado:
«Tenéis una mujer ilustre y bella,
gracias a mí y a vuestra buena estrella,
que os hizo viudo para ser casado;
le quitasteis la honra, y habéis dado
nombre a sus hijos; mas seguid su huella
y morís, ¡os lo juro!, asesinado».
Dijo así el de la máscara, y partiose
con los demás; y de la casa el dueño
enmedio de la cámara quedose
dudando si era realidad o sueño.
Don Rodrigo
Tremenda realidad.
Gabriel
(Apartándole a un lado).
Sí, don Rodrigo;
la dama, doña Inés; vos, el casado.
Don Rodrigo
¿Y vos, señor?
Gabriel
El hombre enmascarado.
Don Rodrigo
Tal vez Dios permitió...
Gabriel
Lo habéis soñado.
Don Rodrigo
¿Y si el sueño es verdad?
Gabriel
Silencio, digo.
Que ellos no os oigan, que la faz no os vean;
sueño o verdad, que sepultados sean
con vos el sueño, la verdad conmigo.
Don Rodrigo
Pero mi alma concibe en este punto
que ese arcano fatal guardar podría
una verdad.
Gabriel
Os dije que era asunto
concluido. Escuchadme: si yo fuera
el rey don Sebastián, morir debía
por la quietud del reino, y mi alma entera
ser mártir a ser rey preferiría.
Si soy un impostor, y perjudico
con mi existencia la quietud de España,
debo morir también; debo una hazaña
de mi impostura hacer, y sacrifico
mi vida a sostener esta patraña
que mi historia desde hoy hará famosa.
¿Me comprendéis?
Don Rodrigo
Señor, yo no me atrevo,
dudando...
Gabriel
Ahogad la duda: morir debo,
si no por Sebastián, por Espinosa;
y deben sepultarse, don Rodrigo,
con vos el sueño, la verdad conmigo.
No lo olvidéis.
(Vuelven al centro de la escena).
Doña Aurora
¿No sigues tu leyenda,
Gabriel? No está acabada.
Gabriel
No por cierto;
para leer su conclusión horrenda
de vuestros ojos quitará una venda
el juez cuando haya el relicario abierto.