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Traidor, inconfeso y martir

Chapter 45: ESCENA IX
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About This Book

The drama unfolds as a masked traveler and a young woman arrive at an inn and soon provoke suspicion, rivalries, and official scrutiny that escalate into interrogation, public accusation, and judicial consequences. Told in verse across three acts, the piece moves between intimate domestic scenes and formal proceedings, following how personal loyalties, social honor, and political pressures collide. Plot developments hinge on questions of identity and credibility, while motifs of deception, reputation, and conscience shape characters’ choices and propel the work toward a moral and legal reckoning.

ESCENA VII

DON RODRIGO y DOÑA AURORA

Don Rodrigo

Nada receléis de mí,

pobre niña: en libertad

estáis: vuestra voluntad

no tendrá ya coto aquí.

Serenaos, pues; oídme,

Aurora, y por cuanto améis

ruégoos que me contestéis

la verdad.

Doña Aurora

Pues bien, decidme

vos en conciencia primero:

¿mi libertad se me dio

con la de Gabriel? Si no

es así, yo no la quiero.

Don Rodrigo

Solo depende de vos

la libertad; si un secreto

me aclaráis vos, os prometo

la libertad de los dos.

Doña Aurora

¿Es mío solo el secreto

que me pedís?

Don Rodrigo

Sí, en verdad.

Doña Aurora

¿Y vale la libertad

de Gabriel?

Don Rodrigo

Me comprometo

a dársela.

Doña Aurora

Preguntad.

Don Rodrigo

¿Qué tiempo hará que de Gabriel al lado

vivís?

Doña Aurora

Desde muy niña.

Don Rodrigo

¿Y qué memoria

de vuestra infancia conserváis?

Doña Aurora

Apenas

una vaga memoria me ha quedado

de aquellas horas al pesar ajenas.

Don Rodrigo

No espero yo que recordéis la historia

de vuestra infancia, cuya edad se olvida

pronto, y muy fácilmente con las penas

o los placeres de la inquieta vida;

mas del lugar en donde habéis nacido,

donde pasasteis los primeros años,

tendréis alguna idea.

Doña Aurora

Muy confusa;

tal, que puedo decir que la he perdido

mezclándola después con mil extraños

recuerdos posteriores.

Don Rodrigo

¿De manera

que imposible os será, pues lo rehúsa

vuestra memoria ya, la más ligera

noticia dar de vuestra edad primera?

Doña Aurora

Tan imposible, no. ¿Quién en su mente

a un recuerdo infantil no da guarida?

¿Quién no vuelve los ojos tiernamente

hacia las puertas de oro de la vida?

¿Quién no recuerda en ocasión alguna

el pobre hogar o la lujosa estancia,

cuya techumbre guareció en su infancia

el dulce sueño que gozó en la cuna?

Don Rodrigo

¿Vos recordáis ese lugar?

Doña Aurora

Sin duda;

mas no por la virtud de mi memoria

sola, tan fiel en esa edad no cabe

tenerla: sé de mi infantil historia

lo que fui recordando con ayuda

de la voz de Gabriel, que es quien la sabe.

Don Rodrigo

¿Gabriel la sabe?

Doña Aurora

Sí.

Don Rodrigo

¿Y os la ha contado?

Doña Aurora

Incompleta.

Don Rodrigo

(También la habrá engañado).

Mas yo quiero saber solo la idea

que hayáis vos en la mente conservado.

Doña Aurora

Tengo, aunque muy confuso, algún recuerdo.

Don Rodrigo

¿De qué?

Doña Aurora

De mil objetos.

Don Rodrigo

Aunque sea

en confusión, decídmelos.

Doña Aurora

Me acuerdo

de una ribera donde yo cogía

yerbezuelas y conchas; del rugiente

mar, que sus ondas sin cesar mecía;

de un monasterio triste y solitario

fundado al pie de un monte; y vagamente

me acuerdo de la iglesia, con su coro

enverjado, sus techos con pinturas,

su altar lleno de flores, su sagrario

iluminado con mecheros de oro;

y me acuerdo también, porque me daban

miedo, de las inmóviles figuras

de mármol que tendidas reposaban

encima de sus anchas sepulturas.

Don Rodrigo

¿Qué monasterio era ese?

Doña Aurora

Era un convento

de monjas.

Don Rodrigo

¿Qué país?

Doña Aurora

No lo he sabido

nunca.

Don Rodrigo

¿Jamás Gabriel os ha contado

lo que hacíais allí? ¿Quién conducido

os había a aquel claustro?

Doña Aurora

No ha querido

decírmelo jamás; sé que aposento

tenía allí mi madre, y que he pasado

los tres primeros años de mi vida

allí.

Don Rodrigo

¿Con ella?

Doña Aurora

Sí.

Don Rodrigo

¿De vuestra madre,

os ha hablado Gabriel?

Doña Aurora

Mil y mil veces.

Don Rodrigo

¿La recuerda a menudo?

Doña Aurora

No la olvida

jamás, y sé que en sus nocturnas preces

la reza como a mártir.

Don Rodrigo

¿Sabéis de ella

la historia, el nombre, la familia?

Doña Aurora

Nada.

Sé que fue un día festejada y bella,

y luego escarnecida y ultrajada.

Sé que el relato de su triste historia

es una horrible e infernal leyenda

que conserva Gabriel en su memoria,

de expiación y de venganza prenda.

Don Rodrigo

¿Y qué es lo que sabéis de este relato

vos?

Doña Aurora

Yo, nada tal vez, y acaso todo;

porque sus hechos sé, mas nunca supe

ni las personas, ni el lugar, ni el modo.

Don Rodrigo

Pero en fin, ¿qué sabéis de vuestra madre?

Doña Aurora

Sé que era noble dama; que vivía

en la corte de un rey a quien la unía

una amistad profunda y verdadera;

que era para aquel rey casi una hermana,

pues juntos cuando niños se criaron,

y fraternal amor constantemente

uno a otro los dos se conservaron.

Sé que era cuanto rica, generosa;

y que el encanto de las gentes era

por su virtud y ciencia prodigiosa;

que el vulgo la quería,

la corte la admiraba

y con ella secretos no tenía

el rey, que como hermana la trataba.

Don Rodrigo

¿Mas ese rey?...

Doña Aurora

Murió.

Don Rodrigo

¿Cómo?

Doña Aurora

En la guerra,

y concluyó con él su dinastía,

y otro rey vino a gobernar su tierra,

y a otras manos pasó su monarquía.

Don Rodrigo

¿Y vuestra madre entonces?...

Doña Aurora

Fue mirada

como enemiga del monarca nuevo,

y al fin de algunos meses acusada

de traición; por diabólica su ciencia

tomaron, y la dieron por culpada,

diciendo que hizo creer que el rey vivía

no sé a quién, a favor de un sortilegio,

mostrando a sus conjuros evocada

la aparición de su fantasma regio.

Don Rodrigo

¿Y después?

Doña Aurora

¡Oh! Después..., eso es lo horrible

de la historia, señor. Se apoderaron

de ella, de su palacio, de su hacienda,

los vendieron, sus armas infamaron,

y ocupó un extranjero su vivienda,

y su nombre y su raza se olvidaron.

Don Rodrigo

¿Y ella?

Doña Aurora

Como las hojas del otoño

despareció de encima de la tierra,

y en ella más los hombres no pensaron

solo pensando en libertad y guerra.

Don Rodrigo

¿Pero vos?

Doña Aurora

No lo sé... Sé que mi madre

pobre, triste, ofendida y no vengada,

en aquel solitario monasterio

tejía su existencia desdichada,

y yo existía ya, bajo el misterio

de aquellas santas bóvedas velada.

Don Rodrigo

¿Y luego?

Doña Aurora

No sé más.

Don Rodrigo

¿Gabriel no os dijo

nada de vuestro padre?

Doña Aurora

Le tenía

siempre por padre a él, y él me quería

más que el padre mejor quiere a su hijo.

Don Rodrigo

¿Pero cómo supisteis?...

Doña Aurora

En su sueño

sorprendí su secreto: y como me era

necesario su amor de una manera

u otra, el amor filial hallé pequeño,

y del amor de la mujer y el niño

formé para Gabriel solo un cariño.

Don Rodrigo

¿Pero al saber que vuestro padre no era,

no preguntasteis vos?

Doña Aurora

Quién era el mío.

Don Rodrigo

¿Y qué dijo Gabriel?

Doña Aurora

Que él lo sabía:

mas que de él a acordarme no volviera,

porque mi amor filial no merecía.

Don Rodrigo

Siempre merece un padre...

Doña Aurora

No lo ha sido

jamás el mío para mí.

Don Rodrigo

¡Aurora!

Doña Aurora

¿Creéis que una razón me fue bastante

para echar su memoria en el olvido?

¡Insistí, porfié, lloré y ahora

sé que nunca mi amor ha merecido!

Sé que me echó a la vida despojada

de su nombre, y sin pan y sin abrigo.

Sé que dejó a mi madre deshonrada

en medio de la tierra abandonada

para llorar y perecer conmigo.

Don Rodrigo

¿Y creéis a Gabriel?

Doña Aurora

¿Que si le creo?

Es la verdad del cielo descendida;

su palabra es mi fe, y en esta vida

por su fe juzgo, por sus ojos veo.

Don Rodrigo

¿Nunca os dijo Gabriel nada en abono

de vuestro padre?

Doña Aurora

Nada; y si lo hubiera,

yo sé bien que Gabriel me lo dijera.

Don Rodrigo

¿Es decir?...

Doña Aurora

Que es mi padre y le perdono,

como amor exigir de mí no quiera.

Mi madre, que al dolor ha sucumbido,

de Dios le aguarda ante el excelso trono.

Yo, a quien solo dio el ser, nada le pido;

pero como él nos olvidó, le olvido,

como él me abandonó, yo le abandono.

Don Rodrigo

¿Vive, pues?

Doña Aurora

No lo sé.

Don Rodrigo

¿Mas si viviera?

Doña Aurora

Como él no me buscó, no le buscara.

Don Rodrigo

¿Y si una vez en la vital carrera

con él os encontrarais?

Doña Aurora

Le mirara

sin ira, mas la espalda le volviera.

Don Rodrigo

¿Y si al veros partir él os llamara?

Doña Aurora

De su paterna voz no hiciera caso.

Don Rodrigo

¿Y si llorando el mísero os siguiera?

Doña Aurora

Apresurara, sin volverme, el paso.

Don Rodrigo

Pero, ¿y si os alcanzara y os asiera

de los vestidos él?

Doña Aurora

Los rasgaría

dejándole en la mano los pedazos.

Don Rodrigo

¿Y si os tendiera sus paternos brazos?

Doña Aurora

Su abrazo paternal rechazaría.

Don Rodrigo

¿Por qué?

Doña Aurora

Porque mi padre todavía

no ha ido a orar sobre la tumba oscura

de mi madre, y Gabriel me dijo un día

que al querer abrazarnos se abriría

entre mi padre y yo su sepultura.

Don Rodrigo

¡Fatal superstición!

Doña Aurora

Tal es la mía.

Don Rodrigo

Tal es la ira de Dios. Es un misterio

impenetrable. Satanás me ciega

sin duda, y nunca a comprenderle llega

mi corazón ansioso.

Doña Aurora

He respondido

a cuanto preguntarme habéis querido.

Señor, a vos os toca.

Don Rodrigo

¡Sí, a fe mía!

Vais a ver a Gabriel. (¡Oh!, sí; yo quiero

apurar este cáliz de agonía.)

(Abre la puerta que da al encierro de Gabriel, mientras Aurora dice):

Doña Aurora

Libres al fin... Para Gabriel ahora

libre será mi corazón entero.

ESCENA VIII

DOÑA AURORA, DON RODRIGO y GABRIEL

Don Rodrigo

(A Gabriel).

Espinosa.

Gabriel

Heme aquí.

Doña Aurora

(Viendo a Gabriel).

¡Gabriel!

Gabriel

(Abrazándola).

¡Aurora!

¡Infeliz! ¿Quién aquí te ha conducido?

Doña Aurora

La libertad, Gabriel, libres estamos,

y cual juntos aquí nos han traído,

juntos espero que de aquí partamos.

Gabriel

(Pidiendo explicación de estas palabras de doña Aurora).

¡Santillana!

Don Rodrigo

(Dándole la orden de libertad).

Leed.

Doña Aurora

¿Ves?

Gabriel

(Lo comprendo

todo. La agitación de don Rodrigo,

de mi Aurora infeliz la fe tranquila...

¡He aquí el instante para mí tremendo!

La hora del martirio y del castigo.

Señor, Señor..., mi espíritu vacila;

sostenedme hasta al fin... ¡sed vos conmigo!)

Doña Aurora

¿Qué te agita, Gabriel?... Tu faz sombría,

tu palidez...

Gabriel

Un poco conmovido

estoy; y es natural, Aurora mía.

Y también vos estáis descolorido,

Santillana...

Don Rodrigo

Espinosa, concluyamos.

Yo os llamé...

Gabriel

No os canséis: el por qué entiendo.

¿A solas con Aurora habéis hablado?

Don Rodrigo

La historia de su madre me ha contado.

Gabriel

Solo para que a vos os la contara

se la he contado yo.

Don Rodrigo

Toda pretendo

saberla, pues.

Gabriel

¡Curiosidad avara!

Don Rodrigo

Pero que vos satisfaréis.

Gabriel

Sin duda;

mas puédeos ser satisfacción muy cara;

porque os advierto, juez, que he observado

que mis satisfacciones y respuestas,

por más que yo riendo os las he dado,

han sido siempre para vos funestas.

Don Rodrigo

Hablad..., hablad.

Gabriel

¡Si os empeñáis en eso!

Mas después de tres meses de proceso

no sé cómo no estáis escarmentado

de interrogarme ya.

Don Rodrigo

¡Siempre lo mismo!

Acabemos, Gabriel.

Gabriel

Sí, concluyamos;

hora es de penetrar en este abismo.

Don Rodrigo

Descender quiero a él.

Gabriel

Y yo os prometo

que lo haréis: el momento es oportuno.

Don Rodrigo

Decid, pues.

Gabriel

Esperad, que este secreto

os pertenece a tres y falta uno.

Llamad al capitán, que con vos debe

penetrarle también.

Don Rodrigo

(Llama y sale un alguacil).

¡Hola! Don César.

Doña Aurora

¿Qué tienes, Gabriel mío? En tu semblante,

en tus palabras y ademanes noto

siniestra agitación.

Gabriel

Aurora mía,

tu corazón amante

por mí no tenga la inquietud más leve;

a mis pesares Dios hoy pondrá coto,

y ambos tendremos libertad en breve.

¿Tú no te olvidarás desde este día

de tu Gabriel?

Doña Aurora

Jamás. ¿Eso preguntas?

Juntas caminarán nuestras dos vidas,

nuestras almas a Dios subirán juntas.

Gabriel

Sí, ni la muerte las podrá un instante

mantener una de otra divididas.

Doña Aurora

¡Dios! ¿A qué mientas la muerte ahora?

Don Rodrigo

Ya está aquí el capitán.

Gabriel

Silencio, Aurora.

ESCENA IX

DOÑA AURORA, DON RODRIGO, GABRIEL y DON CÉSAR

Gabriel

¡Hola! Sed, capitán, muy bien venido.

Voy muy pronto a emprender un largo viaje

y un encargo dejaros he querido...

Don César

¡Un viaje!

Gabriel

Sí, estoy libre; me parece

que el portador de la orden habéis sido.

Don César

(¡Ay de mí! La infeliz aún nada sabe).

Gabriel

Decidme, capitán, ¿me habéis traído

un pliego de Madrid?

Don César

Tomadle.

Gabriel

Bueno;

guardadle por ahora. En esa carta

de un gran misterio encontraréis la llave.

(A don Rodrigo).

Vos sois algo curioso, y no me fío

de vos: sois padre y juez; os la confío,

capitán, solo a vos. Cuando yo parta,

dádsela a vuestro padre y que la lea.

¿Me entendéis? Cuando parta: que no sea

ni un solo minuto antes.

Don César

Os lo juro.

Gabriel

Vuestra palabra sola es buen seguro.

Además, por si acaso no volvemos

a vernos, pues yo parto con Aurora

del mundo terrenal a otros extremos,

quiero un regalo haceros, en memoria

de nuestro buen encuentro en esta vida,

que os será complemento de mi historia

y prenda de amistad y despedida.

(Gabriel saca del pecho un relicario que lleva al cuello con una cadena).

Don Rodrigo

(Esa calma satánica me aterra).

Doña Aurora

(Tiemblo no sé por qué).

Don César

(No es ser humano

quien así se despide de la tierra).

Gabriel

Tomad. Es, capitán, un amuleto

sagrado; don del Papa. Un relicario

que un lignum crucis venerando encierra

y guarda como el pliego otro secreto.

Con el respeto mismo que a un sagrario

contempladlo, y lo mismo que la carta

se lo daréis al juez... cuando yo parta.

(A don Rodrigo).

Abridlo solo vos: es mi conciencia,

y Dios solo con vos sondarla debe;

en ella echad una ojeada breve

y reconoceréis la omnipotencia.

¡Mas si un soplo hay en vos de fe cristiana,

esperad a que muera, Santillana!

¡Ea! Ya que se acerca mi partida,

escuchad, señor juez, el cuento extraño

que queríais saber, y por mi vida

que oiréis una historia divertida.

Don Rodrigo

(Yo tiemblo).

Gabriel

Oídme, pues. La escena pasa

no importa el día, la estación ni el año,

de noche, en Setubal, y en una casa.

Don Rodrigo

(¡Cielos!).

Gabriel

Temblando estáis si no me engaño,

Santillana.

Don Rodrigo

Seguid.

Gabriel

En hora buena.

En una alcoba cómoda, alumbrada

por una lamparilla perfumada

con asiático aroma, bien ajena

el alma de inquietud y bien guardado

por leales domésticos, el dueño

de aquella rica estancia descuidado

yacía en brazos de agradable sueño.

Era un hombre harto noble y poderoso

para que no tuviera por asilo

muy seguro su casa, y al reposo

se entregaba en su cámara tranquilo.

Una noche creyó sobresaltado,

a pesar de lo doble de la alfombra,

pasos del lecho percibir al lado.

Abrió los ojos y miró espantado

trazarse en la pared movible sombra:

volvió la faz, y con la faz de seda

se tropezó de un hombre enmascarado.

¡Frío quedó como el cadáver queda!

«Levantaos», le dijo con acento

imperioso el incógnito; y vistiose

la bata que él le daba. «A ese aposento

salid». Obedeció y enfrente hallose

de dos hombres plantados a la puerta,

una dama como ellos encubierta

y un sacerdote pálido, y tenaces

sintió pesar sobre su frente yerta

las miradas ardientes y voraces

lanzadas a su frente descubierta

a través de los negros antifaces.

Entonces de estos hombres el primero,

de la sombría dama el velo alzando,

«¿La conocéis?», le dijo, y él, temblando,

«Sí», respondió. «Pues bien, sed caballero»,

repuso el disfrazado; y avanzando

el grave sacerdote se dispuso

a unirle con la dama en matrimonio,

mientras el de la máscara se puso

a escribir en silencio el testimonio.

El despertado resistirse quiso;

pero su daga el disfrazado al pecho

le presentó y ceder le fue preciso;

firmó, y el matrimonio quedó hecho.

Partió la dama y los demás con ella.

Mas quedose el primer enmascarado,

y dijo gravemente al despertado:

«Tenéis una mujer ilustre y bella,

gracias a mí y a vuestra buena estrella,

que os hizo viudo para ser casado;

le quitasteis la honra, y habéis dado

nombre a sus hijos; mas seguid su huella

y morís, ¡os lo juro!, asesinado».

Dijo así el de la máscara, y partiose

con los demás; y de la casa el dueño

enmedio de la cámara quedose

dudando si era realidad o sueño.

Don Rodrigo

Tremenda realidad.

Gabriel

(Apartándole a un lado).

Sí, don Rodrigo;

la dama, doña Inés; vos, el casado.

Don Rodrigo

¿Y vos, señor?

Gabriel

El hombre enmascarado.

Don Rodrigo

Tal vez Dios permitió...

Gabriel

Lo habéis soñado.

Don Rodrigo

¿Y si el sueño es verdad?

Gabriel

Silencio, digo.

Que ellos no os oigan, que la faz no os vean;

sueño o verdad, que sepultados sean

con vos el sueño, la verdad conmigo.

Don Rodrigo

Pero mi alma concibe en este punto

que ese arcano fatal guardar podría

una verdad.

Gabriel

Os dije que era asunto

concluido. Escuchadme: si yo fuera

el rey don Sebastián, morir debía

por la quietud del reino, y mi alma entera

ser mártir a ser rey preferiría.

Si soy un impostor, y perjudico

con mi existencia la quietud de España,

debo morir también; debo una hazaña

de mi impostura hacer, y sacrifico

mi vida a sostener esta patraña

que mi historia desde hoy hará famosa.

¿Me comprendéis?

Don Rodrigo

Señor, yo no me atrevo,

dudando...

Gabriel

Ahogad la duda: morir debo,

si no por Sebastián, por Espinosa;

y deben sepultarse, don Rodrigo,

con vos el sueño, la verdad conmigo.

No lo olvidéis.

(Vuelven al centro de la escena).

Doña Aurora

¿No sigues tu leyenda,

Gabriel? No está acabada.

Gabriel

No por cierto;

para leer su conclusión horrenda

de vuestros ojos quitará una venda

el juez cuando haya el relicario abierto.