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Tres novelas ejemplares y un prólogo cover

Tres novelas ejemplares y un prólogo

Chapter 18: IX
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About This Book

Una colección formada por un prólogo tratado como novela y tres relatos breves que combinan ficción y ensayo para examinar la naturaleza de la realidad literaria y humana. El autor diferencia un realismo externo de una realidad íntima y creativa, sostiene que la vida novelística brota del querer ser o del querer no ser, y plantea una teoría de los diversos yoes que configuran la identidad. A lo largo de la obra se alternan narración y reflexión metaficcional sobre la creación artística, la autenticidad de los personajes y la recreación del lector.

IX

En la entrevista que Juan tuvo con sus suegros, los abuelos de la nueva mujercita que llegaba al mundo, le sorprendió el que al insinuar él, lleno de temores y con los ojos de la viuda taladrándole desde la espalda el corazón, que se la llamara Raquel a su hija, los señores Lapeira no opusieron objeción alguna. Parecían abrumados. ¿Qué había pasado allí?

Doña Marta.—Sí, sí, le debemos tanto a esa señora, tanto..., y después de todo, para ti ha sido como una madre...

Don Juan.—Sí, es verdad...

Doña Marta.—Y aun creo más, y es que debe pedírsele que sea madrina de la niña.

Don Pedro.—Tanto más cuanto que eso saldrá al paso a odiosas habladurías de las gentes...

Don Juan.—No dirán más, bien...

Don Pedro.—No; hay que afrontar la murmuración pública. Y más cuando va extraviada. ¿O es que en esto no puedes presentarte en la calle con la cabeza alta?

Don Juan.—¡Sin duda!

Don Pedro.—Bástele, pues, a cada cual su conciencia.

Y miró don Pedro a su mujer como quien ha dicho una cosa profunda que le realza a los ojos de la que mejor le debe conocer.

Y más grande fué la sorpresa—que se le elevó a terror del pobre Juan—cuando oyó que al proponerle todo aquello, lo del nombre y lo del madrinazgo, a la madre de la niña, a Berta, ésta contestó tristemente: «¡Sea como queráis!» Verdad es que la pobre, a consecuencia de grandes pérdidas de sangre, estaba como transportada a un mundo de ensueño, con incesante zumbido de cabeza y viéndolo todo como envuelto en niebla.

Al poco, Raquel, la madrina, se instalaba casi en la casa y empezaba a disponerlo todo. La vió la nueva madre acercársele y la vió como a un fantasma del otro mundo. Brillábanle los ojos a la viuda con un nuevo fulgor. Se arrimó a la recién parida y le dió un beso, que aunque casi silencioso llenó con su rumor toda la estancia. Berta sentía agonizar en sueños un sueño de agonía. Y oyó la voz de la viuda, firme y segura, como de ama, que decía:

Raquel.—Y ahora, Berta, hay que buscar nodriza. Porque no me parece que en el estado en que se queda sea prudente querer criar a la niña. Correrían peligro las dos vidas...

Los ojos de Berta se llenaron de lágrimas.

Raquel.—Sí, lo comprendo, es muy natural. Sé lo que es una madre; pero la prudencia ante todo... Hay que guardarse para otras ocasiones...

Berta.—Pero Raquel, aunque muriese...

Raquel.—¿Quién? ¿La niña? ¿Mi Quelina? No, no...

Y fué y tomó a la criatura y empezó a fajarla, y luego la besaba con un frenesí tal, que la pobre nueva madre sentía derretírsele el corazón en el pecho. Y no pudiendo resistir la pesadilla, gimió:

Berta.—Basta, basta, Raquel, basta. No vaya a molestarle. Lo que la pobrecita necesita es sueño..., dormir...

Y entonces Raquel se puso a mecer y a abrazar a la criaturita, cantándole extrañas canciones en una lengua desconocida de Berta y de los suyos, así como de Juan. ¿Qué le cantaba? Y se hizo un silencio espeso en torno de aquellas canciones de cuna que parecían venir de un mundo lejano, muy lejano, perdido en la bruma de los ensueños. Y Juan, oyéndolas, sentía sueño, pero sueño de morir, y un terror loco le llenaba el corazón vacío. ¿Qué era todo aquello? ¿Qué significaba todo aquello? ¿Qué significaba su vida?