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Tres relatos porteños / Segunda edición

Chapter 2: PRÓLOGO
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About This Book

Una colección de tres relatos cortos que examinan con ironía compasiva los vicios y las preocupaciones de la vida urbana. El primero sigue a un científico cuya autoridad y descubrimientos despiertan la fe ciega en la técnica; el segundo retrata la ceguera y la violencia del odio de clases durante una semana de festejos; el tercero muestra cómo la riqueza reciente descompone y rebaja los valores culturales al convertir el culto a los héroes en apariencia. El autor adopta una mirada observadora, afilada pero benévola, y un estilo sobrio y humorístico.

The Project Gutenberg eBook of Tres relatos porteños

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Title: Tres relatos porteños

Author: Arturo Cancela

Author of introduction, etc.: Baldomero Sanín Cano

Release date: August 20, 2020 [eBook #62986]
Most recently updated: October 18, 2024

Language: Spanish

Credits: Produced by Chuck Greif and the Online Distributed
Proofreading Team at http://www.pgdp.net (This file was
produced from images available at The Internet Archive)

*** START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK TRES RELATOS PORTEÑOS ***

ARTURO CANCELA

TRES RELATOS PORTEÑOS

EL COCOBACILO DE HERRLIN
UNA SEMANA DE HOLGORIO
EL   CULTO   DE   LOS   HEROES

(SEGUNDA EDICIÓN)



COLECCIÓN CONTEMPORANEA · CALPE

 

 

AL ÍNDICE

 

 

TRES RELATOS PORTEÑOS

ES PROPIEDAD
COPYRIGHT BY CALPE, MADRID, 1923

Papel expresamente fabricado por La Papelera Española

 

 

Talleres "Calpe", Ríos Rosas, 24.—MADRID

cosas humanas le hizo abandonar estas disciplinas para entrar en 1910 a ser preparador experimental del Laboratorio Psicológico. A todas partes le llevaba el deseo de conocer al hombre, de escudriñarle las entrañas y disecarle el pensamiento. Satisfecha su curiosidad en el Laboratorio, puso la mira en la Prensa diaria, documento humano de una riqueza fascinadora y de una extensión suficiente para colmar el apetito de los más insaciables investigadores del corazón humano. Allí se aposentó, allí parece haber hecho mansión definitiva, y en voceros de la opinión argentina empezó a darle al mundo el resultado de su experiencia y de sus estudios personales. No es Cancela un mero escritor imaginativo. Ha vertido sobre las cosas y los hombres la luz del conocimiento antes de ponerse a describirlas o desenmascararlos. Es una manera de probidad que no abunda en los escritores juveniles. Tal hay que escribe novelas sobre las costumbres de los mayas sin haber visitado la América Central ni leído siquiera lo poco que de esas tribus ha llegado hasta nosotros.

Cancela recibió de la Naturaleza el don de ver, el don de penetrar y el don de describir. Hay quienes describen sin haber visto y deslumbran como deslumbra el cohete, derramando luces inconexas en la obscuridad. Hay quienes ven la superficie y producen con sus descripciones la impresión de lo vacuo, porque la Naturaleza les ha negado la facultad de profundizar en la observación hasta descubrir el alma de las cosas y las intenciones de los hombres. Es tan penetrante la visión interior de Cancela, que suele cautivar a sus lectores pintando con minuciosidad extrema la vida interior de los necios y, lo que es aún más difícil, la de las necias.

Se ha colocado, en presencia de la vida, en una actitud de observador compadecido de las flaquezas, de la estulticia humana. No se indigna: sonríe. Ni siquiera condesciende en reírse. Parece como si temiera que la carcajada interrumpiese la benévola eficacia del pensamiento. Una actitud parecida a ésta ha debido de asumir Sócrates y sin duda la tuvo Cervantes en presencia del conflicto vital. Corregir es inepto. La burla resulta inadecuada. Sonreír es lo más honesto y en ocasiones lo más elegante, porque si el chiste reverbera y el sarcasmo punza y provoca la reacción del espíritu vulnerado, la reverberación y el encono pasan pronto y a veces pasa con ellos el mérito literario de la obra que los ha producido.

Del verdadero escritor humorista se dice que vive la vida de su tiempo y la de los años por venir. Este libro de Cancela tiene con la vida contemporánea nexos indestructibles. Acaso no estuvo en el ánimo de su autor, pero estos tres bocetos se rozan con los más graves problemas de la hora presente. Acaso sean también una premonición para los hombres del porvenir. La historia del doctor Herrlin se roza con esta especie de religión nacida, a última hora, de la fe ciega que los hombres han puesto en la técnica y en los expertos. La credulidad humana es cosa tan tenaz y tan falta de lógica que, a pesar de la guerra de 1914, el fracaso más estruendoso de la técnica, de los peritos militares y de los expertos en materia de finanzas, aquella religión no ha quemado sus ídolos ni derribado sus templos. La psicología comparada, que había pronosticado la decadencia de franceses, ingleses e italianos y su fácil vencimiento por las tribus septentrionales, continúa iluminando el cerebro de los profesores. Los hombres que le increpaban a Alemania su incapacidad de entender a otros pueblos han resultado igualmente limitados para escudriñar el alma de los alemanes. Los peritos, los técnicos, parecen empeñados en destruir la civilización, que, según todas las probabilidades, ha sido la obra de la casualidad y del esfuerzo intercadente de algunos pueblos amantes de la gracia y de la comodidad. Cancela ha visto que en América la religión de la técnica se ha complicado con la superstición del extranjero. Allá basta que un hombre atormente la sintaxis castellana y tenga una pronunciación rocallosa para que le sea fácil abordar el interior de los templos en que se celebra el rito de la técnica.

Otro de nuestros males presentes es la lucha de clases: mal tempestuoso que está privando por dondequiera a la especie humana de sus más excelsas cumbres. Un día cae Canalejas; otro, Jaurès. Una mano obscura cercenaba la vida de Kurt Eisner, acaso la misma mano que más tarde señalaba el fin de la inteligencia fastuosa de Rathenau. El mundo se disuelve comenzando por la desaparición de los grandes hombres. Un vértigo como éste, de envidia incomprimida, trajo, según Burckhardt, el ocaso de la cultura griega. En Una semana de holgorio está de bulto la ceguedad del odio de clases.

Por fin, Cancela ha puesto su cauterio sobre los bordes cárdenos de otra llaga social. La úlcera maligna de los nuevos ricos obra con menos vehemencia en este empeño destructor, pero no con menos eficacia. El nuevo rico, ahora como en tiempos de la Roma decadente, contribuye a la tarea disolvente rebajando el nivel de los grandes valores vitales. El no destruye, pero degrada. La fortuna, que pone a su alcance la flor de los valores de cultura, no le ha dado ni la inteligencia para comprenderlos ni la capacidad de refinar su espíritu gozando de ellos. Para ponerlos a su alcance tiene por fuerza que traerlos a un plano inferior, donde se degradan o se invierten. Triste fenómeno social estudiado en El culto de los héroes.

Todo esto lo ha visto la inteligencia de Cancela. Pero demasiado discreto para hacer el pedagogo, ha querido pasar por un mero relator de sucesos contemporáneos. Es, en efecto, un narrador de altas dotes. Su frase es pura y tersa como la corriente de un arroyo que serpentea por el valle después de haber golpeado el cristal de sus ondas contra las rocas de la alta sierra. La fuerza representativa, el humor predominante en su concepto de la vida, la gracia elusiva de su estilo, su actitud impersonal ante las miserias que describe, hacen de Cancela un hombre de esos a quienes se refiere Emerson cuando dice que son las profecías ambulantes del mundo que ha de venir. Adveniat regnum tuum.

No quiero terminar estos apuntes sin felicitar sinceramente a «Calpe» por el acierto con que ha escogido este libro para dar a los españoles una idea de la literatura americana contemporánea de lengua castellana. El libro favorece a las letras americanas, pero es un digno exponente de ellas. En la obra mecánica la fuerza se mide en las partes más flacas. La resistencia de una cadena la da rigurosamente el más débil de sus eslabones. No es así en las obras del pensamiento. La literatura de los pueblos se mide por la altura de las cumbres más excelsas: Dante, Shakespeare, Cervantes, Goethe, Tolstoi. La lista se agota pronto. Lo demás es documento con que los eruditos suelen llenar sus fichas.

B. Sanín Cano.

 

 

 

 

EL COCOBACILO DE HERRLIN

CAPITULO PRIMERO

SIMPLE INTRODUCCIÓN A UNA HISTORIA COMPLICADA

Cuando Augusto Herrlin, privat docent de la Facultad de Upsala, publicó su «Informe sobre algunas observaciones hechas acerca de una nueva enfermedad infecciosa del conejo silvestre (Lepus cuniculus vulgaris)» era todavía lo que en los círculos científicos de la vieja ciudad universitaria suele llamarse un joven de porvenir. Acababa de entrar en los cuarenta años; hacía justamente ocho que estaba de novio con la séptima hija del profesor Hedenius, titular de su materia, y tenía abiertas ante sí, en todo sentido, perspectivas envidiables. Su reputación profesional comenzaba a apuntar, y a no ser por el agrado con que seguía la práctica de los deportes de invierno en las revistas ilustradas de Estocolmo, habríasele supuesto en condiciones de substituir en la cátedra a su futuro padre político.

La publicación del informe—cuyo texto era ya conocido, pues había figurado, a modo de artículo, en la Revista del Instituto de Bacteriología de Lund, se hallaba incluído en los Anales de la Real Academia de Upsala y fuera divulgado en uno de los últimos números de los Cuadernos bimensuales de la Sociedad Escandinava de Agricultura científica—no obedecía, como podría creerse, a un ansia de popularidad. Augusto Herrlin desdeñaba las reputaciones demasiado ruidosas que trascienden los medios académicos y llegan hasta los libreros y los alumnos del Gimnasio Real de la localidad. La edición, en folleto, de su interesante trabajo debíase, por consiguiente, a sentimientos de otro género.

En la primera semana de mayo se cumplía el octavo aniversario de su compromiso con la séptima hija del profesor Hedenius. ¿Qué mejor testimonio de la constancia de su afecto que ofrecerle en esa ocasión el fruto de sus labores juveniles?

Herrlin había encargado, pues, al impresor de la Universidad una edición reducida del «Informe», que ostentaba en su anteportada la siguiente dedicatoria:

A MI PROMETIDA
H A R O L D A   H E D E N I U S
QUE UNE
A SU VIRTUD Y BELLEZA
UN NOMBRE ILUSTRE
EN LAS
CONQUISTAS DE LA FLORA MICROSCÓPICA

CAPITULO II

UN INFORME CONSULAR

Hasta hace algún tiempo, el único argentino establecido en Estocolmo era M. Johann van der Elst, un holandés naturalizado que acostumbraba a residir en Rotterdam, lo cual no le impedía desempeñar con celo y contracción ejemplares las funciones de vicecónsul de la República en la capital sueca.

La información que enviaba mensualmente al Ministerio de Relaciones Exteriores era un índice preciso y minucioso del intercambio comercial sueco argentino, aumentado, a menudo, con abundantes noticias sobre las invenciones, descubrimientos y nuevos métodos científicos e industriales que pudiesen interesar a la agropecuaria sudamericana. Esa contribución de van der Elst al progreso de nuestras industrias madres era difundida en todo el país por el Boletín del Ministerio de Relaciones Exteriores, que adquiría en tales circunstancias un volumen considerable.

A veces, el Ministerio de Agricultura reproducía en sus publicaciones parte de la correspondencia del vicecónsul en Estocolmo, y hasta en cierta oportunidad repartió 10.000 folletos de propaganda sobre un nuevo procedimiento para la producción de quesos frescos, transmitido por van der Elst.

Pero el informe suyo que tuvo mayor fortuna fué el referente al empleo del marlo del maíz en la fabricación de pasta de papel. Llegado al país en momentos en que mayor era la escasez de este producto, fué publicado en el Boletín del Ministerio de Relaciones Exteriores, reproducido en los Anales del Ministerio de Agricultura, insertado en síntesis en los grandes diarios de la capital y del Rosario, incluído en la Revista de la Universidad de Buenos Aires como nota de un artículo del doctor Ernesto Quesada, y transcrito, por último, en el Diario de Sesiones de la Cámara de Diputados, acompañando el proyecto de ley por el cual se mandaba iniciar los estudios necesarios para el establecimiento de la nueva industria. Así, por una paradoja frecuente en la terapéutica social, el primer efecto del salvador informe de van der Elst consistió en la agudización de la crisis papelera.

No es, pues, nada extraño que, al recibirse en Buenos Aires una correspondencia del Viceconsulado en Estocolmo dando cuenta de que el profesor Herrlin, de la Universidad de Upsala, había descubierto un bacilo que determinaba una epizootia fatal entre los conejos silvestres, la noticia se difundiese rápidamente. El relato de esa brillante conquista científica y las consideraciones de van der Elst sobre las consecuencias de su aplicación a la lucha contra el conejo y la liebre, enemigos naturales de la agricultura, fueron pronto familiares a los espíritus porteños.

Este último informe llegaba en momentos en que el apetito de algunos millares de conejos se satisfacía a costa de los campos del Sur, y muy pronto el cocobacilo de Herrlin fué bendecido por muchos corazones como el ángel salvador de los sembrados.

Por aquellos días, al discutirse el presupuesto, un diputado reprochó a la cancillería no reservara exclusivamente a los ciudadanos nativos el desempeño de los cargos consulares. Y para justificar su observación leyó una lista de los extranjeros y ciudadanos naturalizados que tenían la representación de nuestros intereses comerciales en el exterior, en la que figuraba, naturalmente, el vicecónsul en Estocolmo.

¡Nunca lo hubiera hecho! A la sola mención del activo colaborador del Boletín de su ministerio, el canciller se agitó en su banca y pidió la palabra con voz trémula. Se la concedieron de inmediato, y comenzó su discurso en medió de la expectativa de la Cámara. Recogió el último nombre leído por el diputado, el de Johann van der Elst, como ejemplo de los errores e injusticias a que pueden conducir los defectos de información y la precipitación en los juicios. No quería fatigar a la Cámara; mas para llevar a todos el convencimiento de que la vigilancia de nuestros intereses comerciales en el exterior se hallaba en buenas manos, él iba a ceder la palabra a su colega de Agricultura, quien diría en qué forma los agentes consulares contribuían al desarrollo de las industrias «cardinales» de la nación...

A tres bancas de distancia del canciller, en el semicírculo ministerial, el secretario de Agricultura comenzó a hablar. Con los ojos fijos en el reloj que corona el estrado de la presidencia, habló y habló, enumerando todos los beneficios que la agricultura y la ganadería podrían retirar de las informaciones transmitidas por el Viceconsulado en Estocolmo. Se refirió especialmente al nuevo procedimiento para la obtención de quesos frescos, que había sido dado a conocer en 10.000 folletos de propaganda, y recordó el informe respecto a la fabricación de pasta de papel con el marlo de maíz, que había sido materia de un proyecto de ley. Pero el momento en que el orador obtuvo efectos de elocuencia fué al entrar en el comentario de la última comunicación de van der Elst. Los estragos de los conejos que devoraban las cosechas, trastornaban la topografía de los campos del Sur y arruinaban a los colonos, determinando, en consecuencia, el depreciamiento de la propiedad rural y la alteración de nuestro régimen económico, fueron descritos con trazos pavorosos, para mostrar en seguida al cocobacilo de Herrlin restituyendo los campos a su prístina feracidad, devolviendo la tranquilidad y el bienestar a los colonos, provocando la valorización de las tierras, el acrecentamiento de la riqueza nacional y la restauración de nuestro crédito exterior...

Ante esa síntesis grandiosa de las consecuencias de una victoria completa sobre los conejos, la Cámara, poniéndose de pie, aclamó al ministro de Agricultura.

CAPITULO III

LA MANCHA AZUL

Antes de la sesión en que tan bien sentado dejó el prestigio de Johann van der Elst, el ministro de Agricultura no había reflexionado seriamente en la realidad de la plaga leporina. Naturalmente escéptico, no se le había ocurrido hasta entonces que esos animalitos tímidos que veía en las vidrieras de los bazares, siempre en disposición de tocar el tambor, pudiesen destrozar las viñas y devorar los sembrados. Fué necesario que el fuego de la elocuencia le poseyera para que en una súbita revelación alcanzase, al propio tiempo que la comunicaba a su auditorio, la clara visión del peligro. Y al reflexionar en la soledad sobre su triunfo oratorio advirtió que había sido el intérprete inconsciente de una gran aspiración del alma nacional: la guerra al conejo...

Esta comprobación le llevó de inmediato a planear la campaña decisiva contra la plaga, campaña que constituía, según dijera él mismo, «una improrrogable e imperiosa urgencia nacional».

Quedó así resuelta la contratación del sabio sueco por el Gobierno argentino para dirigir la campaña en contra del conejo.

Al mismo tiempo el ministro encargó al doctor Simón Camilo Sánchez el proyecto de la Oficina que se haría cargo de los trabajos para combatir la plaga y llevaría a la práctica las combinaciones científicas del profesor sueco.

El candidato no podía ser mejor elegido. El doctor Simón Camilo Sánchez era director general de Agricultura, Ganadería y Piscicultura, y catedrático de Derecho internacional, Procedimiento consular, Historia americana, de Economía política y Filosofía del derecho.

Este personaje enciclopédico sometió al ministro a los pocos días el plan completo de la nueva repartición, que se llamaría «Departamento de Protección agrícola». Por ese proyecto, el territorio de la República se dividía en veinte zonas, cada una de las cuales se entregaba a la vigilancia de un Comisariato, que debía informar semanalmente sobre los destrozos ocasionados por los conejos y los lugares y circunstancias en que se hubiese visto rondar a los merodeadores de largas orejas. Una oficina central organizaría todos esos datos, a fin de publicar un mapa en que se evidenciara la repartición geográfica de la plaga. Cuando las gestiones para el contrato del sabio sueco llegasen a su término, éste hallaría listos todos los elementos para la aplicación del cocobacilo.

El ministro aceptó el plan en todos sus detalles y lo incluyó en el presupuesto para el año entrante, destinándole una suma global de medio millón de pesos. Entre tanto creó, por simple decreto, el Departamento de Protección Agrícola, y constituyó, con 250 empleados, los cuadros del futuro personal de la repartición.

Esta comenzó a funcionar al poco tiempo bajo la dirección del ubicuo y omnisciente Simón Camilo Sánchez. Los veinte comisariatos iniciaron su acción con mucho empuje: desde todos los puntos de la República llegaron telegramas, notas, informes y comunicaciones, señalando los puntos en que los conejos ejercitaban su voracidad y haciendo notar la rapidez de movimientos y el carácter tímido de los perjudiciales roedores. Con tales datos, el Departamento de Protección Agrícola dibujó un mapa, en el que se representaba con una mancha azul el radio de acción de los conejos. La ingeniosa carta, que fué reproducida por todos los diarios, llevó la alarma a los espíritus más indiferentes: la mancha azul lo cubría todo... Parecía que sobre el territorio de la República se hubiera volcado un frasco de tinta Stephens.

CAPITULO IV

PRELIMINARES DE LA CAMPAÑA

Los Comisariatos de la Protección Agrícola no tuvieron al comienzo función ofensiva alguna. Su labor consistió en vigilar al enemigo, descubrir sus puntos de concentración, sus hábitos de vida, el forraje que prefería y las horas que destinaba al reposo. Esas tareas, justo es reconocerlo, fueron admirablemente cumplidas por las veinte secciones.

A los cuatro meses de su creación pudo asegurarse oficialmente que los conejos eran animales cuadrúpedos, mamíferos, de unos 45 centímetros de largo, muy veloces y extraordinariamente fecundos. Apenas agotados tales reconocimientos comenzaron a llegar atentas observaciones de algunos comisariatos respecto a la exigüidad del personal que se les había atribuído. «Para informar a esa Dirección sobre el desarrollo y las proporciones de la plaga en toda la provincia—decía, en una nota, Delfín Acuña, el jefe del Comisariato de Mendoza—no bastan los diez empleados que tengo a mis órdenes. Si el señor ministro quiere que nuestro resumen hebdomadario se refiera a toda la zona cultivada es preciso decuplicar, por lo menos, ese personal». Y Delfín Acuña entraba en el detalle de la distribución estratégica que daría a esos cien empleados.

Simón Camilo Sánchez, al informar al ministro sobre estas notas, sostuvo el aumento del presupuesto; pero como la situación económica no lo permitía, las comunicaciones fueron archivadas.

Delfín Acuña no era hombre de hacer una observación en balde. Se había venido junto con la nota a la capital y había tenido aquí largas conferencias con los diputados de su provincia.

Así, la primera vez que el ministro concurrió a la reunión de la Comisión de Presupuesto se vió forzado a convenir que el personal de los Comisariatos era efectivamente escaso. La Comisión propuso en seguida un aumento considerable en los empleados afectados a la extinción del conejo, aumento que se distribuiría según la importancia de cada provincia y el grado de extensión de la plaga. Se instituyeron de ese modo Comisariatos de primera, de segunda, de tercera, etc., etc. En total, 1.200 ciudadanos recibieron emolumentos oficiales gracias a la maravillosa eficacia del cocobacilo de Herrlin.

Semejante acrecentamiento del personal hizo necesaria la ampliación del organismo administrativo central. Se crearon, fuera de presupuesto, las oficinas de «Dirección del personal», «Estadística» y «Propaganda»: 300 nuevos ciudadanos cobraron sueldos del Estado.

La oficina de «Propaganda» era debida a una ingeniosa idea de Simón Camilo Sánchez. El director de Agricultura, Ganadería y Piscicultura, considerando que para la completa realización de los fines de la Protección Agrícola era imprescindible la buena voluntad de los agricultores, se propuso ganarla mediante una intensa campaña de vulgarización científica.

Constituyó, pues, esa Sección, que comenzó a expedir millares de folletos conteniendo la descripción del conejo (tamaño, movilidad, fecundidad) y la enumeración de sus hábitos nocivos. Además inundó el país de carteles con sintéticas leyendas, de grabados ilustrativos, de mapas de la República horriblemente manchados de azul...

La propaganda de la Protección Agrícola llegó hasta el punto de que un colono del lugar más apartado de la Pampa no podía recorrer su campo, revuelto y horadado por los conejos, sin encontrar sobre el camino un cartelón que anunciaba:

«El conejo es el peor enemigo de la agricultura.»

CAPITULO V

LA PRIMERA VUELTA

Tres meses después de la ratificación de su contrato, Herrlin desembarcó en Buenos Aires. Desde que publicara el «Informe», en el octavo aniversario de su compromiso matrimonial, habían pasado casi dos años, y a no ser porque creyó de corta duración la nueva empresa, antes de venirse habría entrado en la familia de su viejo maestro.

Herrlin llegó, pues, soltero, lleno de ilusiones y con las mejores ideas sobre nuestro país, que había recogido en su estudio del castellano y de la historia y geografía argentinas.

Se alojó en un hotel del Retiro, vistió su buen traje de levita, ajustó en la cabeza rasurada el lustroso cilindro de ceremonia, y con el paraguas al brazo echó a andar, a pasos firmes y sonoros, por la calle Florida en dirección al centro. El privat docent advirtió que, tras su paso, la gente, sobre todo las mujeres, se volvían como para leer algo en su espalda. Supuso que observaban el corte de su levita, proveniente de la Sastrería Académica de Upsala, fundada el mismo año que la Universidad, en 1476, y anotó esa curiosidad como un síntoma favorable a sí mismo y al país.

Cuando llegó al Ministerio de Agricultura comenzaban a afluir los empleados. Frente a la pequeña sala de espera, en que se hallaba junto a un afable postulante, el profesor sueco vió pasar cientos y cientos de hombres jóvenes, alegres y elegantes, idénticos a los que acababa de ver discurriendo por las aceras y conversando en los cafés. Admirado del interminable desfile, Herrlin exclamó:

—¡Cuántos empleados!

—Esto no es nada—repuso el postulante—; los otros son muchos más...

—¿Los de otro turno?

—No; los que no vienen nunca...

Esta respuesta dió a Herrlin la prueba de que su conocimiento del castellano era todavía deficiente; no se explicó el sentido de las palabras del postulante ni la sonrisa irónica con que las acompañó. Desconcertado por su primera dificultad idiomática, el privat docent guardó silencio hasta que, ya bien entrada la tarde, pudo ver al secretario del ministro.

Evidentemente, al exponer sus títulos, la misión que se había empeñado en conferirle el Gobierno argentino y el objeto de su primera visita debió de expresarse inapropiadamente, a juzgar por el estupor que denotó el secretario.

«¡El profesor Herrlin! ¡El profesor Herrlin!», repetía con pavor, mirando para todos lados, como si quisiese descubrir un lugar donde ocultarlo...

Herrlin llegaba, efectivamente, en el momento más inoportuno. El Departamento de Protección Agrícola, por su monstruoso crecimiento de los últimos meses, había venido a constituir un peligro para el Gobierno. Los diputados socialistas, apoyados por muchos representantes del litoral, hallaban desproporcionada la suma de 1.500.000 pesos que se le asignaba en el presupuesto para el año entrante. Su oposición fué irreductible, al punto que el ministro se vió obligado a admitir la disminución de esa partida a 1.450.000 pesos, aunque no sin prevenir elocuentemente que el Departamento no podría cumplir sus fines y estaría forzado a limitar sus publicaciones de propaganda. Y como su posición en el Gabinete no era muy segura, indicó a Simón Camilo Sánchez la necesidad de que, para evitar la reanudación de los ataques, el Departamento diese pocas señales de vida. Además resolvió introducir economías en la repartición, y a ese objeto dejó sin proveer una vacante de escribiente que acababa de producirse en el Comisariato de tercera de la Rioja.

El secretario tenía, pues, razón al pretender ocultar al profesor Herrlin. La llegada del sabio volvía a poner en evidencia al Departamento, que quién sabe si podría resistir el fuego cruzado de editoriales y discursos que soportara recientemente sin mucha gallardía.

No atreviéndose a llevar esta mala noticia al malhumorado ministro, el secretario creyó conveniente aplazar el asunto.

Después de recomendarle mucha reserva sobre su arribo y la misión que traía hasta tanto recibiera órdenes, le dijo en forma de despedida:

—Vea, doctor... Dése una vuelta...

Y se quedó meditando sobre el día conveniente para una entrevista con el ministro.

Pero Herrlin, entendiendo la frase en su sentido directo, creyó que el secretario deseaba admirar el corte de su levita académica, y con el cuerpo rígido, en posición militar, dió en cuatro tiempos una vuelta completa.

Fué la primera y la más simple que le hizo ejecutar nuestro mecanismo administrativo. De allí en adelante siguió dando vueltas de órbitas cada vez más complicadas e inútiles, girando y girando en torno de la excelencia ministerial, como un satélite condenado a presentar siempre al centro del sistema una faz de eterno postulante...

CAPITULO VI

LA MÁSCARA DE HIERRO

En los días que siguieron, Herrlin dió repetidas vueltas por el Ministerio de Agricultura, y todas las veces salió asombrado del mucho interés que se concedía a su levita y del ninguno que se dedicaba a su misión científica.

El secretario le atendía amablemente, le ofrecía té, cigarros y licores; le iniciaba en la vida fácil y el lenguaje reducido y pintoresco de nuestros elegantes, pero no se atrevía a ponerle en contacto con el ministro, ni mucho menos a hacerle adelanto alguno respecto a sus funciones leporicidas. Se arriesgaba, todo lo más, a recomendarle mucha discreción, a prevenirle no dejase sospechar su existencia a los periodistas, y a ser cauto en sus opiniones sobre la extinción del conejo. Herrlin había llegado en un momento crítico, y una palabra suya podía comprometer la suerte del ministro y provocar el aniquilamiento del Departamento de Protección Agrícola. Era preciso aguardar a que la situación política se despejase, y entonces ya podría recobrar el tiempo perdido. Entre tanto debía resignarse a permanecer ignorado e inactivo y a cobrar todos los meses en Secretaría la asignación mensual fijada por contrato.

Herrlin no tuvo más remedio que conformarse. Inició entonces una vida de ocio y misterio, que llegó a pesarle como un manto de plomo. Lejos de sus libros, de su mesa de trabajo en el modesto laboratorio de Upsala, de las amables tertulias familiares en la vieja casa del profesor Hedenius, los días crudamente luminosos de Buenos Aires le parecían inmensos, y las noches, interminables. El incógnito que recataba su persona creaba en torno suyo una zona infranqueable, y para no traicionarse, debía, muy a pesar suyo, mostrarse hosco y receloso en esta ciudad de gentes de fácil trato. Cuando no iba al Ministerio, consagraba la tarde a interminables caminatas por la ciudad, y la noche a solitarias libaciones en cualquier bar del centro. Este era el único momento tranquilo de su existencia; se sentía aligerado de su secreto, rico de esperanzas y lleno de impulsos belicosos. Soñaba en vengarse sobre los conejos de la inacción a que le obligaban las complicaciones políticas del país y en alfombrar su cuarto con las pieles de los vencidos, como los crueles guerreros de Asiria.

Pero al día siguiente la dura realidad volvía a dominarlo, y tenía entonces conciencia de ser una especie de Hombre de la Máscara de Hierro, libre pero incomunicado, que paseaba por la ciudad un formidable e insólito secreto de Estado acerca de los conejos.

CAPITULO VII

DONDE SE ENTRA EN CONTACTO CON EL ENEMIGO

Augusto Herrlin no pudo soportar mucho tiempo la vida de hotel. Convencido de que la situación política de la República le obligaría a permanecer aquí mucho más de lo que había calculado, escribió a Upsala recomendando paciencia a la hija del profesor Hedenius y tomó alojamiento en una casa de pensión.

Este cambio le fué beneficioso. Gracias al simulacro de vida de hogar que imperaba en el reducido establecimiento de doña Asunción Fragoso, el privat docent recuperó la alegría y el sosiego que perdiera desde su arribo a Buenos Aires. Allí encontró, aparte de los hábitos ordenados y modestos que eran los suyos, una sociedad grata a su espíritu. Vivían en casa de doña Asunción dos estudiantes de Medicina, un viejo empleado de una casa de óptica y don José María de Inclán-Zavaleta, apasionado cultor de la historia patria.

El profesor sueco intimó prontamente con sus compañeros de pensión. En torno de la mesa familiar, discurrió sobre bacteriología con los estudiantes de Medicina, habló con el óptico de microscopios y aparatos de investigación, y escuchó atentamente las disquisiciones de Inclán-Zavaleta.

Exento de vanidad y de picardía, Herrlin fué estimado por todos a los pocos días como un viejo amigo.

Doña Asunción, en especial, le cobró un profundo cariño, admirando juntamente en él la universalidad de su saber y de su apetito.

En ese ambiente de afable vida doméstica, una noche en que la sobremesa se prolongó más de lo de costumbre, porque doña Asunción había entablado una larga controversia con los estudiantes sobre los horrores de la vivisección, el profesor Herrlin estableció su primer contacto con el enemigo.

Sentado al extremo de la mesa, próximo a una puerta que se abría sobre el jardín, el profesor escuchaba el alegato de la patrona, cuando el rumor de un roce sobre la alfombra, a los pies suyos, atrajo su atención. Fuera del círculo de luz que una pantalla verde arrojaba sobre la mesa, todo el comedor se hallaba sumergido en las tinieblas. A Herrlin le costó discernir el sentido de la forma blancuzca que se gitaba a sus plantas. Reconoció poco a poco un par de largas orejas velludas, un hocico movible, dos largos bigotes y un labio hendido perpendicularmente... Era un conejo de la variedad «gigantea» (Lepus cuniculus giganteus), un hermoso ejemplar de macho, de cabeza larga y fuerte y de robustas extremidades posteriores.

Sorprendido por semejante aparición, Herrlin quedó inmóvil en su asiento. El conejo, después de husmear desenfadadamente los botines del profesor, retrocedió unos pasos, se enderezó sobre las patas, y con las manos juntas sobre el pecho, levantó el hocico al aire. Como en esa posición las orejas tensas continuaban la línea del cuerpo, el extraño visitante alcanzaba así casi un metro de altura y llegaba hasta el borde de la mesa. Con sus ojos redondos, en que se reflejaba el resplandor verde de la pantalla, el conejo miró fijamente a su antagonista. Bajo la fascinación de esa mirada, encendida de una verde transparencia, el sabio creyó habérselas con un genio maléfico, y esperó verle crecer desmesuradamente hasta tocar con las orejas en el techo. Debía de ser un genio modesto, porque no quiso pasar del nivel de la mesa. Se limitó a sonreír sardónicamente, corriendo para atrás las guías de los bigotes, y recobrando la horizontalidad, se volvió bruscamente. Sus orejas se agitaron desdeñosamente; el rabo, ridículamente trunco, osciló de izquierda a derecha como la aguja del velocímetro de un automóvil que se pone en marcha; alcanzó en tres zancadas la puerta del jardín, y se perdió en las sombras de la noche...

La controversia de doña Asunción con los estudiantes no se había interrumpido; Herrlin advirtió por ello que, como Mácbeth en el banquete en que se la aparece la sombra de Banquo, él fuera el único que se diera cuenta de la presencia del extraño visitante. Renunció, pues, a admitir la realidad de la escena, y creyéndose víctima de una alucinación, se prometió suprimir desde el día siguiente la ración de ponche con que animaba la sobremesa. Esa noche, a causa de la prolongación de la charla, había bebido con exceso. Era preciso imponerse un período de abstinencia, y para confirmarse en su resolución se sirvió otro vaso. A ese siguió otro, en recuerdo de su poción favorita, y otro más como despedida a la reunión.

Después, emocionado por sus recuerdos de Upsala y enternecido ante la imagen de la hija del profesor Hedenius, que se presentó patente a su espíritu, solicitó una nueva vuelta e improvisó un brindis en honor de la mujer argentina y otro en homenaje a doña Asunción. Luego, en una natural gradación de ideas, levantó su copa por el ministro de Agricultura y el Gobierno de la República, comprometidos en una siniestra conjuración de conejos, audaces conspiradores que llegaban en su insolencia hasta penetrar en las casas a la hora sagrada de la comida familiar... Por último, entonó una serie de canciones báquicas escandinavas y el tradicional «Gaudeamus igitur» de los estudiantes suecos, y pidió que se llenase de nuevo la ponchera para aclarar la voz.

Desde hacía tiempo doña Asunción y el empleado de Lutz y Schulz se habían retirado a descansar.

A las tres de la mañana, el profesor Herrlin, puesto en cuatro patas, buscaba debajo de la mesa el reloj, que por descuido había guardado en un bolsillo del pantalón.

En esa recorrida cuadrúpeda encontró sobre la alfombra, cerca de su silla, una media docena de bolitas obscuras, suaves al tacto, que no tardó en identificar relacionándolas con la extraña aparición del conejo.

Nuestro bacteriólogo disfrutaba por lo general de un sueño tranquilo. Sin embargo, aquella madrugada soñó que, a medida que iba avanzando por un interminable camino solitario, de los matorrales vecinos salían a cada paso conejos de desmesuradas proporciones, que después de husmearlo de pies a cabeza partían veloces como patrullas avanzadas de caballería que acaban de establecer contacto con el enemigo.

CAPITULO VIII

REVISTA DE FUERZAS COLONIALES

Simón Camilo Sánchez había experimentado una profunda amargura ante los primeros ataques dirigidos a su Departamento. Su conciencia de patriota, para la cual la extinción del conejo venía a ser el complemento necesario de la conquista del desierto, sufría a causa del terreno exclusivamente económico en que se había planteado el debate. Ordenado y nada derrochador en su vida privada, el director de Agricultura, Ganadería y Piscicultura no creía aplicable al manejo de los caudales públicos las reglas del ahorro individual. Por lo menos así lo proclamaba en esa ocasión, citando a cada paso como ejemplo de buena contabilidad las cuentas del Gran Capitán: «Por palas, picos y azadones...» Y esa enumeración de instrumentos de cultivo a precios fabulosos le producía la envidia que causa a los bibliófilos la reseña de las ventas del Hotel Drouot. Simón Camilo Sánchez ansiaba poder presentar a la Contaduría de la nación unas cuentas por el estilo.

La amputación del presupuesto del Departamento le hirió así en sus sentimientos y en sus convicciones. Su melancólico desaliento tornóse en hosca pesadumbre cuando el ministro le indicó la conveniencia de restringir los signos de actividad de la Protección Agrícola, y adoptó entonces la actitud de todos los grandes hombres en desgracia: se desterró.

Aceptando una invitación de la Universidad de Río, partió para el Brasil. Por espacio de tres meses disertó en las instituciones jurídicas, científicas, agrícolas y literarias de la capital carioca de San Paulo, y el eco de sus palabras llegó a Buenos Aires, agrandado por el entusiasmo de nuestros vecinos y ennoblecido por la distancia.

Su alejamiento se dejó sentir muy pronto en las oficinas centrales de la Protección Agrícola. Era la primera vez que faltaba a su puesto desde la creación del formidable organismo, y esta ausencia, junto con la decapitación realizada por la Cámara de Diputados, llevó el desconsuelo a todos los enrolados en el ejército leporicida. El primero en desertar fué el subdirector; a poco de haber partido el jefe, pidió una licencia y se refugió en la estancia de un amigo. Los directores de las diversas Secciones de personal, estadística, cartografía, propaganda, etc., etc., siguieron ese ejemplo, y tras una breve despedida se marcharon con la impresión del que abandona un enfermo desahuciado. Luego los secretarios de Sección, prosecretario, jefes de oficina, segundos jefes, auxiliares y escribientes de todas categorías fueron yéndose en progresión creciente y riguroso orden jerárquico, hasta que todo el personal se dispersó en la urbe inmensa, como un cargamento de naranjas en el océano.

El antiguo edificio del Correo, que se había destinado para las oficinas de la Protección Agrícola, quedó desierto.

A veces un empleado iba a escribir una carta o a pedir prestados algunos pesos al mayordomo, el negro Liborio, para salir de un apuro. Algunos escribientes que seguían estudios universitarios se reunían allí para preparar sus exámenes. En las salas vacías, tapizadas de avisos, máximas y prevenciones sobre los conejos, resonaba entonces el eco de las sentencias augustas del Derecho romano, enunciadas en el latín pausado y cantante de los naturales de nuestras provincias mediterráneas.

Pero ese último vestigio de civilización acabó también por desaparecer, y finalmente las huestes de ordenanzas, capitaneadas por Liborio, quedaron dueñas absolutas del campo.

Un tiempo después inicióse en el vasto edificio un período de singular actividad. El estrépito ininterrumpido de cincuenta máquinas de escribir llenó las salas antes silenciosas; las campanillas de los quince teléfonos y el repiqueteo de los timbres internos matizó alegre y nerviosamente ese rumor, y el ruido confuso de puertas, pasos y voces trajo una impresión reconfortante de vida tumultuosa. Al anochecer salían regueros de luz de todas las ventanas, y esa iluminación se prolongaba muchas veces hasta las primeras horas de la madrugada. Probablemente el servicio de ordenanzas constaba de varios turnos, que se renovaban por fracciones, porque durante toda la noche no era sino un constante entrar y salir de sirvientes negros por la puerta principal, que tenía sus batientes entornadas. En cambio, los empleados debían de estar sometidos a un régimen monstruoso de trabajo; nunca se les veía salir a las horas acostumbradas.

Tal demostración de sobrehumana actividad sorprendía, naturalmente, a todos los noctámbulos que pasaban por Corrientes y Reconquista. Entre los periodistas y los clubmen fué así abriéndose paso la idea de la injusticia de los ataques dirigidos a la meritoria repartición. Algunos diputados que se cruzaron a las tres de la mañana con un grupo de ordenanzas negros provenientes del Departamento de Protección Agrícola se reprocharon en su fuero interno haber votado por la reducción de la partida.

Poco a poco esas impresiones favorables a la joven institución fueron ganando otras clases del pueblo, y cuando Simón Camilo Sánchez regresó del Brasil, cargado de gloria y engrandecido por los elogios del extranjero, la opinión pública estaba ya de parte suya. Con la vuelta del director de Agricultura, Ganadería y Piscicultura tales sentimientos se robustecieron, y gracias a las enérgicas gestiones que Delfín Acuña emprendió cerca de los representantes de su provincia pudieron traducirse en hechos que vinieron a sacar de su marasmo al profesor Herrlin.

Pero antes de historiar el esplendor del Departamento de Protección Agrícola debemos relatar la primera visita que el privat docent hizo a sus oficinas centrales cuando aquéllas causaban el estupor de las gentes con su frenética y misteriosa actividad nocturna.

Cierto atardecer, al retorno de una de sus habituales visitas al secretario del ministro, el profesor, que ya comenzaba a perder su timidez y su paciencia, sintió deseos de visitar de incógnito las oficinas destinadas a cuartel general de la campaña contra el conejo. Herrlin se deslizó al través de la puerta principal, como siempre entornada, y no hallando a nadie, aguardó en el primer rellano de la escalera a que apareciese algún portero. La espera fué inútil; Herrlin no divisó a ningún ser viviente. Sin embargo, toda la casa estaba llena del estrépito de las máquinas de escribir, del repiqueteo de los timbres internos y de las nerviosas llamadas de las campanillas telefónicas. A todo esto se unía el eco de voces y pasos humanos, y se hubiera dicho que en alguna parte del edificio una banda numerosa ejecutaba un lánguido vals vienés... Después de un largo momento de espera, Herrlin se lanzó resueltamente escaleras arriba, y guiándose por el bullicio de las máquinas de escribir, empujó una puerta. En una vasta estancia, con el aspecto de un salón de ventas de artículos norteamericanos de escritorio, cincuenta jóvenes dactilógrafas se hallaban sentadas ante sus respectivas máquinas, de espaldas a la puerta, y dominando el tumulto, se oía una voz que declamaba: «El cuelpo, señolitas, debe pelmanecel natulalmente elguido....»

Al ruido de la puerta las cincuenta jóvenes dactilógrafas volvieron simultáneamente la cabeza, mostrando al profesor cincuenta rostros de ébano lustroso en que sólo se advertía el blanco de la esclerótica y la roja pulpa de los labios carnosos. Y ante el gigante rubio, de ojos azules, que las miraba asombrado, las cincuenta señoritas exclamaron a un tiempo, mostrando cincuenta dobles hileras de dientes no menos blancos que el blanco de sus ojos: «¡Qué holol!»

La oportuna llegada de Liborio puso fin a esta escena. Herrlin le explicó que era un arquitecto extranjero y que deseaba, para formarse una idea del sistema argentino de construcción, conocer la distribución del edificio. (El privat docent se ruborizó al enunciar esta inocente superchería.)

Seguro de que el visitante no investía carácter oficial alguno, el mayordomo se prestó de buen grado a hacerle los honores del caserón. Recorrieron todas las salas, y Herrlin pudo admirar en ellas la profusión de avisos, máximas y sentencias sobre el conejo, que ocultaban el papel de las paredes. Se detuvo ante un cuadro sinóptico que representaba compendiosamente la evolución de su cocobacilo y concibió una idea muy favorable de los trabajos de la Sección de propaganda. Pero no comprendió en qué se ocupaban los grupos de negros de regocijada fisonomía y aire indolente que sorprendía recostados en los sillones y sentados sobre las mesas. No se explicó tampoco el sentido de la única alusión que pudo recoger a su paso por un corrillo estacionado en la biblioteca, en que se hablaba de «la pula tladition de Isabelino Díaz». Al llamado del teléfono, uno del corro, que fué a atenderlo, dijo autoritariamente: «En la cualta, métale todo delecho a Cocobacilo...»

Durante su recorrido le persiguió obstinadamente el eco del vals vienés ejecutado con toda verosimilitud por un robusto gramófono, y hasta le pareció advertir a través de una puerta entreabierta varias parejas que giraban voluptuosamente.

Terminada la visita, Liborio le acompañaba cortésmente hasta la salida, cuando volvieron a pasar por frente a la oficina en que trabajaban las cincuenta obscuras dactilógrafas. A la puerta estaba una joven que le dirigió una sonrisa impresionante. Liborio explicó: «Mi soblina Alba, plofesola de datiloglafía.»

Una vez en la calle, el profesor Herrlin echó a andar sin rumbo, indescriptiblemente estupefacto de la uniformidad étnica del personal de la Protección Agrícola y de las extrañas maniobras a que se entregaba. Caminó y caminó según su costumbre, hasta que pudo plantear en hipótesis la solución del enigma. He aquí las proposiciones que llegó a formularse:

«El empleo exclusivo de negros se impone, probablemente, por las condiciones climatéricas de los lugares en que debe desarrollarse la campaña en contra del conejo.

»Los ataques al Departamento de Protección Agrícola no son, en consecuencia, sino un episodio de la lucha de razas en este país.»

Y habiendo devuelto la tranquilidad a su espíritu con estas explicaciones, el privat docent se encaminó alegremente a la casa de doña Asunción.

CAPITULO IX

«DON PEPE»

Herrlin llegó aquella vez ya entrada la noche a la casa de su patrona.

Al dirigirse a su pieza para anotar en su libro de memorias las circunstancias más curiosas de la visita que acababa de realizar, vió a doña Asunción que corría hacia él llevando apretado contra el seno un brazado de hojas de coliflor.

—Míster Herrlin—le avisó—, entre con cuidado; don Pepe se ha metido en su pieza y no quiere salir...

El profesor creyó que don Pepe era algún borracho, y se dispuso a hacerle comprender duramente que el domicilio de un súbdito sueco es inviolable. Penetró en la habitación; dió luz, pero no vió a nadie.

—Mire debajo de la cama, míster—indicó la patrona, que había ocupado el vano de la puerta, siempre con el manojo de hojas de coliflor amorosamente apretado contra el pecho suntuoso.

Aunque no sin recelo, el profesor siguió el consejo de doña Asunción: se inclinó junto al vasto lecho que ocupaba, y a pesar de que no divisó nada, creyó necesario darle a entender al intruso que lo había descubierto, porque le dijo con severidad:

—¡Salga de ahí, señor!...

A modo de contestación, se oyó debajo de la cama un redoble fuerte y sonoro como el de un revólver que se golpease contra el piso, y al propio tiempo un ronquido nada amable. El profesor Herrlin se enderezó súbitamente y miró con desconcierto a la patrona.

—Tírele de las orejas—insinuó ésta amablemente.

Herrlin admiró la despreocupación con que le impulsaba a la peligrosa empresa de irritar a un hombre armado y en pleno delirio alcohólico; pero no cedió a esa sugestión femenina que hace los héroes. Las incidencias de un pugilato le parecieron impropias de un profesor universitario.

Su indecisión fué tan evidente que la patrona se resolvió a obrar por su propia cuenta. En un gesto que le pareció al sabio sueco el de una madre espartana encerrándose para morir junto con el enemigo de su patria, dejó el fardo de coliflores en el umbral y empujó las dos batientes de la puerta. Luego, adelantándose hasta la cama, se arrodilló y comenzó a dirigirle a don Pepe denuestos y expresiones de cariño, todo sin resultado.

El hosco intruso debía de haberse dormido en su obscuro refugio. Alentado por esta idea, Herrlin se bajó de nuevo, esta vez sin recelo, y pudo ver, como a un metro de los pies torneados del lecho, con las orejas replegadas a lo largo del cuerpo, en posición de reposo, un soberbio conejo macho, de pelaje gris claro, de la variedad conocida con el nombre de «gigante de Flandes» (Lepus cuniculus giganteus).

Este descubrimiento despertó los ímpetus belicosos del profesor. Repentinamente se acordó del estoque oculto entre sus mantas de viaje; hallólo en un santiamén, desenvainó, se echó de bruces sobre el camión de alfombra y dirigió la afilada lámina de acero contra el pecho del conejo.

Doña Asunción, que proseguía de rodillas su canto alterno, al ver el relampagueo del arma lanzó un grito penetrante.

Se puso de pie, y sujetando a Herrlin de los hombros rompió a sollozar:

—¡Por favor, míster!... ¡No me lo mate!... ¡Animalito de Dios! ¡¡Si es inocente!!

El profesor, volviendo la cabeza, accedió a las súplicas de su patrona. Comprendió que don Pepe era el animal tutelar de la casa y que había estado a punto de cometer un sacrilegio. Envainó el estoque y pidió disculpas a doña Asunción.

Fué así cómo, contratado para matar conejos, el profesor Herrlin, a los pocos meses de estar en Buenos Aires, faltó al convenio por ser grato a una mujer.

CAPITULO X

SÍNTESIS DE TRES EJERCICIOS FINANCIEROS

Desde que el ministro de Agricultura obtuvo aquel triunfo parlamentario, a base de los informes de Johan van der Elst, hasta que en el Instituto de Bacteriología pudo abrirse a una vida efímera el primer esporo de un cocobacilo de Herrlin pasaron muchos meses. Las estaciones se sucedieron unas a otras; las vides brotaron sus pámpanos, las cañas se hincharon de savia y los campos se cubrieron varias veces de avena, cebada, maíz y alfalfa. El presupuesto del Departamento de Protección Agrícola alcanzó sucesivamente las cifras de 2, 4 y 6 millones; las oficinas metropolitanas rebosaron de empleados; los Comisariatos se multiplicaron en todo el país, y el servicio de propaganda, que seguía siendo el predilecto de Simón Camilo Sánchez, llegó a formas insuperables. Todos los trenes que cruzaban el territorio llevaban avisos luminosos, y en las noches serenas de la Pampa, las lechuzas, doctas y noctámbulas, veían ya sin asombro correr por entre la empalizada de los postes telegráficos esta fúlgida leyenda: «El conejo es el peor enemigo de la agricultura.»

Indiferentes a esta continua detractación, los conejos crecían y se multiplicaban sin descanso.

Ramoneando los pámpanos de las vides; royendo las cañas de azúcar tiernas; devorando, antes que alcanzaran sazón, las espigas de avena y de cebada; talando los campos de alfalfa; descortezando en las granjas próximas a los pueblos las sandías y los melones; desenterrando y devorando las patatas; tronchando los maizales en flor; atiborrándose de zanahorias, nabos y arvejas; desayunándose con coles, lechugas y escarolas; horadando y revolviendo la tierra en su infatigable tarea de zapadores, los cientos de millares de conejos mostrábanse, sin embargo, menos diligentes que los tres mil empleados del Departamento de Protección Agrícola. A pesar de su extraordinaria actividad nutritiva, aquéllos dejaban siempre algo con lo que el colono podía sembrar para la próxima cosecha.

En cambio, no hay recuerdo de que la cuenta anual del Departamento de Protección Agrícola se haya cerrado nunca sin déficit. Rara vez los millones acordados por el Congreso alcanzaron más allá del mes de octubre. Semejante insuficiencia crónica de recursos hizo imposible la creación del Instituto de Bacteriología en que debía prepararse el bacilo aniquilador de la plaga. Herrlin, sin embargo, fué ocupado algún tiempo en la formulación de un nuevo plan de campaña, hasta que se incorporó a la repartición en calidad de asesor técnico. Por espacio de muchos meses el privat docent debió redactar, sobre la base de los partes hebdomadarios de los Comisariatos, un largo informe, que nadie se tomaba el trabajo de leer. La conclusión invariable de todos esos documentos consistía en aconsejar la propagación inmediata del cocobacilo, de acuerdo con el plan que había formulado. Cuando Herrlin llegó a advertir que sus informes se archivaban sin ser tomados en consideración, dió en la costumbre de leer sus conclusiones a Simón Camilo Sánchez y de enviar por su cuenta una copia al ministro. Y como a pesar de todos los desaires siguió obstinándose en leer a todo el mundo las conclusiones, siempre idénticas, de su informe, fué adquiriendo poco a poco la reputación de un maniático. Los altos funcionarios del Departamento no hablaron de él sin mover la cabeza compasivamente; los empleados no pudieron aludirle sin sonreirse, y los ordenanzas no le vieron pasar con su abultada cartera sin entregarse a esos silenciosos accesos de hilaridad propios de los negros.

CAPITULO XI

DONDE EL COCOBACILO DE HERRLIN SE APRESTA A ENTRAR EN ACCIÓN

Ese año, el cuarto que pasaba en Buenos Aires Augusto Herrlin, el presupuesto del Departamento de Protección Agrícola fué acerbamente combatido por la diputación socialista.

«¡Que se nos muestre el cadáver de un solo conejo! ¡Que se nos informe sobre los resultados del cocobacilo!», gritaban los energúmenos a cada nuevo pedido de fondos.

Ante tales simplistas argumentos, toda elocuencia era vana, y el ministro tuvo que confesar que, por escasez de recursos, aun no se había hecho uso del cocobacilo. Todo el mundo lo sabía; pero todo el mundo creyó necesario asombrarse.

Fué así como ese año se acordaron ocho millones de pesos para la prosecución de la lucha contra el conejo y se incluyó en la ley de Presupuesto un artículo mandando iniciar los trabajos para la difusión del germen fatal.

Convertido en hombre de confianza del ministro, que había puesto a un lado a Simón Camilo Sánchez por no haber tenido éste la previsión de organizar una exposición de cadáveres de conejos, Herrlin terminó en pocas semanas la instalación de un modesto laboratorio bacteriológico.

La nueva dependencia del Departamento de Protección Agrícola ocupó una amplia casa-quinta en la Floresta.

Se inauguró un día a fines del invierno. El sol tibio, el cielo de un celeste esplendoroso, los árboles ostentando el verde claro de las hojas nuevas y el vaho leve de polen que venía del jardín anunciaban la primavera.

El profesor Herrlin también la anunciaba por la verbosidad con que acogía a todos los invitados, por el brillo inusitado de su levita académica, por el optimismo con que consideraba el futuro, por su ansia incontenible de consagrarse a la preparación de caldos de cultivo y a ensayos de la virulencia de sus bacilos, por la impaciencia con que esperaba la iniciación de la ceremonia inaugural.

A su alrededor todo parecía también anunciar la primavera: las letras de oro del frente del edificio, que refulgían al sol; las banderas, que una brisa suave desplegaba amorosamente; los vistosos tocados de las mujeres que discurrían por el jardín... A pesar de las prevenciones de sus maestros contra la ilusión antropocéntrica, Herrlin vinculaba ese esplendor de la naturaleza a la buena fortuna de su cocobacilo (Cocobacillus cuniculosum), que iba por fin a poder expandirse libremente por el territorio de la República.

Herrlin había invitado a la fiesta a su patrona y a sus compañeros de pensión. Doña Asunción, de gran gala, acompañada por D. José María de Inclán-Zavaleta, visitó detenidamente las dependencias del local; los dos estudiantes de medicina, que tomaban por primera vez en serio las funciones oficiales del profesor, le ayudaron en sus atenciones sociales, y el empleado de Lutz y Schulz, que faltaba por primera vez a su trabajo en un día ordinario, pasó la tarde presa de graves remordimientos.

La inauguración del Instituto Modelo de Bacteriología Agrícola había sido fijada para las dos de la tarde. A las tres el ministro telefoneaba que se disponía a salir junto con el presidente; a las cuatro mandaba anunciar que se ponía en camino, y a las cinco, envuelta en las sombras del crepúsculo, la comitiva oficial hacía su entrada en la quinta.

Después de las presentaciones de rigor, Herrlin mostró al presidente todas las dependencias del local, y tras esta recorrida, los funcionarios fueron a ocupar el estrado que se había construído en el parque frente a las conejeras aún vacías. Allí, sin defección alguna, se llevó a cabo el programa concertado por Simón Camilo Sánchez, que constaba de las siguientes partes:

1.º Himno nacional.

2.º Discurso de su excelencia el señor ministro de Agricultura.

3.º Discurso del presidente de la Comisión de Agricultura de la H. Cámara de Diputados.

4.º Discurso del director de Agricultura, Ganadería y Piscicultura.

5.º Discurso del presidente de la Sociedad Rural.

6.º Discurso del profesor doctor Augusto Herrlin, director del Instituto Modelo de Bacteriología Agrícola.

7.º Lunch.

La concurrencia se agolpó en torno del estrado y aguantó a pie firme el formidable chubasco oratorio. Según la opinión de D. José María de Inclán-Zavaleta, los cuatro discursos que precedieron al de su amigo Herrlin no valían la pena de oírse; eran la reedición de todo cuanto venía diciéndose sobre el conejo desde que este animalito entrara en el círculo de las preocupaciones gubernamentales. Y más que nada eran ponderaciones infinitas sobre su voracidad. El apetito de los conejos arrancaba a los oradores elocuentes expresiones de reprobativa admiración.

En cambio, la breve peroración del profesor sueco suscitó el entusiasmo de D. José María de Inclán-Zavaleta.

Herrlin, abandonando la bacteriología, se entró por el terreno de las ciencias históricas e hizo la síntesis de la lucha constantemente renovada entre la humanidad y el conejo. Apelando al testimonio de Strabon, recordó que en tiempos de Augusto los habitantes de las islas Baleares y de Lípari y los de la Península Ibérica impetraron el auxilio de las invictas legiones romanas para combatir la plaga leporina, y que los tenaces roedores habían derribado, socavando sus cimientos, las murallas ciclópeas de Tarragona.

Además señaló con ironía el hecho singular de que esta fecunda y extendida especie animal había conseguido dar su nombre a la nación más caballeresca de la historia.

Los filólogos afirman, en efecto, que la palabra España significa conejo, porque este animal se llamaba «Saphan» en hebreo, término que los fenicios convirtieron en Sphania y los latinos en Hispania, España.

«Tengamos presente asimismo—agregó—que Cátulo llama a España «cuniculosa» (conejera) y que dos medallas acuñadas bajo el reino de Adriano representan a esta nación en figura de mujer teniendo a sus pies un conejo pequeño.»

El profesor continuó describiendo las diversas formas de persecución al conejo a través de las edades, y remató encarándose con el presidente de la República y dirigiéndole las mismas palabras que el «maire» de una población rural dedicó a Napoleón III: «Señor: Disponed la inmediata destrucción de todos los conejos y habréis realizado el acto más grande del reinado de V. M.»

Una salva de aplausos acogió esta elocuente incitación final; el presidente hizo a la vez un ademán de aquiescencia y de agradecimiento (Herrlin le había dado el tratamiento de Vuestra Majestad), y la concurrencia, fatigada por cuatro horas de plantón, se precipitó desenfrenadamente hacia la sala del lunch.

Las ponderaciones de los oradores sobre el apetito formidable de los conejos debían haber despertado en el público una noble emulación. Sólo quien haya arrojado a la madrugada en una conejera populosa un brazado de frescas hojas de escarola puede formarse una pálida imagen de cómo desaparecieron las pirámides de dulces, frutas secas y sándwichs que cubrían de un extremo a otro la amplia mesa de operaciones del Instituto.