PROLOGO
JULIO NARCISO DILÓN
Julio Narciso Dilón, el protagonista de la historia que reproducimos en seguida, no está formado de la pasta de los héroes. Le falta para serlo alguna imaginación y capacidad de entusiasmo. La pobreza de aquella facultad le impide exagerar el peligro en la medida necesaria, y la ausencia de esta última condición no le permite enardecerse para sobrepujarlo. Por eso, aunque no es medroso, no tiene fama de guapo entre sus compañeros de cabaret. Se explica así que, habiendo estado mezclado a los episodios más impresionantes de la semana de enero, su narración adolezca de cierto escepticismo...
Como Paul Louis Courier en la campaña de Italia, la actitud de Dilón en los días trágicos que acaban de transcurrir difícilmente puede inspirar sentimientos épicos.
El también, a semejanza del inquieto traductor de Daphnis y Cloe, sería capaz de irse a jugar al billar después de haber participado en la proclamación de un emperador.
Y es que, a fuerza de vivir al día, mi buen amigo ha acabado por perderle todo respeto a la historia.
En la sucesión de momentos que componen su vida, todos le parecen igualmente graves... o idénticamente fútiles. Su impresión presente colorea de júbilo o de tristeza todo el pasado y todo el porvenir.
Por eso, aunque no pueda dudarse nunca de su sinceridad, resulta discutible su autoridad de historiador.
A. C.
Buenos Aires, febrero de 1919.
CAPITULO PRIMERO
DESGRACIADO EN EL JUEGO...
Jueves, 9 de enero.—Día de reunión. Hoy he madrugado de veras; a las doce estaba en pie, y pocos momentos después me ponía en camino para el Hipódromo. En la esquina de casa he aguardado una media hora larga para tomar un auto-taxi, hasta que Mauricio, el mucamo, vino a avisarme que había huelga. Advertí entonces que la calle veíase casi desierta, que no circulaban tranvías, carros ni automóviles de alquiler, y que muchos negocios estaban cerrados, efectos todos que en el primer momento yo había atribuído, impensadamente, a lo temprano de la hora. Siempre que yo madrugo ocurre algo extraordinario.
He resuelto el problema de mi traslación subiéndome de viva fuerza a un coche de plaza, cuyo conductor, un italiano viejito que se parece al doctor Anadón, quiso negarse a llevarme, pretextando que debía ir a largar. Me arrellané en el asiento y le dije en tono perentorio:
—Mirá, gringo: si en veinte minutos no me dejás en la puerta del Hipódromo te hago meter preso por maximalista.
Ante esta amenaza mía el hombre se resignó.
Hundióse hasta los ojos su galera abollada, requirió las riendas, que había abandonado durante la discusión, y fustigando con violencia a los caballos, dijo entre dientes: «¡Maximalista! ¡Maximalista! Te lo facisse vede io lu masimalismu.»
Esta reflexión iracunda del auriga me ha vuelto a la memoria los tiempos que corremos. Hace días que no leo los diarios, pero, a juzgar por las conversaciones del Club, la situación se agrava cada vez más. Perucho Salcedo ha recibido una carta de la hermana que tiene en Suiza diciéndole que el país está invadido por emigrados rusos que hacen propaganda maximalista. A mí el hecho no me ha sorprendido, porque ya en el tiempo en que Tartarín hacía alpinismo los rusos se ocupaban allí de trabajos revolucionarios.
He llegado al Hipódromo poco antes de la una y media, con tiempo sobrado para almorzar en el restaurant del paddock. Al descender del coche advertí que uno de los caballos, el de la izquierda, era blanco, excelente presagio que recompensé con una buena propina. El cochero, todavía de mal humor, no se dignó agradecérmela. En otra ocasión eso me habría irritado; pero como recordé que cuando mi acierto de seis ganadores seguidos, jugando derecho, había venido también en un coche de plaza uno de cuyos caballos era blanco, la ingratitud del viejito maximalista me dejó indiferente. Le vi alejarse al paso de su tronco menguado por la ancha avenida, con su galera abollada, y me quedé pensando en los extraños designios de la suerte...
Almuerzo frugal en el restaurant del paddock. Concurrencia lamentablemente escasa. Tarde de guigne; confiado en el buen augurio de mi llegada, he jugado como un cronista de sport de diario grande.
A la altura de la séptima carrera me quedan seis pesos por todo capital. Viaje de exploración por las tres tribunas: ni un amigo en lontananza. Decido el regreso.
Al hallarme en la acera de la Avenida Vértiz y observar la ausencia total de vehículos, fuera de unos pocos automóviles particulares, recuerdo que estamos en huelga y me sobreviene un acceso de indignación ante la profunda estupidez de los huelguistas. ¿Por qué se nos hace eso a nosotros? ¿Qué tenemos que ver en los conflictos entre el capital y el trabajo? ¿Acaso el juego no es precisamente un medio de allanar las inevitables diferencias sociales? El juego es justiciero: eleva al pobre y arruina al potentado; es igualatorio: procura las mismas emociones al jornalero que arriesga su salario y al millonario que aventura sus millones; es humanitarista: su contribución a la beneficencia social es más crecida que la del Estado y la de todos los filántropos juntos. Fuente inagotable de esperanza, es, por lo demás, un lubricante de las relaciones sociales: atenúa los odios de clase, da la ilusión al pobre de que su miseria no será eterna e infunde en los ricos la convicción de lo instable de su fortuna. Atempera así el malestar de los desposeídos y el egoísmo de los potentados. Dominados por él, los proletarios olvidan todas sus reivindicaciones. ¿Qué caballo de Hipódromo ha recibido nunca el nombre de Bakunin, Proudhon o Carlos Marx? ¿Quién ha oído hablar jamás de movimientos obreros en Montecarlo?...
Entregado a estas reflexiones, seguí caminando en dirección al tatersall, para tomar asiento en uno de los tranvías que aguardan al final de las tribunas populares.
La huelga me reservaba otra sorpresa desagradable: el servicio de tranvías se había suspendido por completo. Pensé en los pobres muchachos de las tribunas populares, que debían volverse a pie hasta el límite del municipio; en los empleados del Hipódromo, obligados, después de cinco horas de trabajo, a un esfuerzo a que no estaban acostumbrados, y en los modestos «canillitas», que reúnen siempre algunas monedas buscando carruajes.
La torpeza de los huelguistas, que para vengarse de unos pocos patrones suspenden la vida de una ciudad, perjudicando a una multitud de obreros como ellos, me pareció inconmensurable. Poseído de una sorda irritación, deshice el camino andado, mezclándome a la oleada de gente que salía comentando las incidencias de la última carrera. El nombre del ganador, el único que habría acertado si me hubiese quedado dinero, acrecentó mi despecho.
Lleno de misantropía, cansado y sudoroso, crucé casi impensadamente bajo el viaducto del ferrocarril y fuí a sentarme en un banco del rosedal. El jardín estaba desierto y la soledad parecía agrandada por el silencio dominante. La tranquilidad de este crepúsculo me sobrecogió un poco, lo confieso, y para substraerme a esa impresión eché a andar hacia la ciudad. A las siete, todavía con luz, llegué a la plaza Italia. Breve descanso en un bar, gracias al cual recobro algunas fuerzas y un ligero optimismo. Me dirijo resueltamente al centro. A los veinte minutos de marcha adquiero en otro establecimiento nuevas fuerzas y una alegría combativa. Sigo marcando el paso marcialmente, satisfecho de mi esfuerzo y deseoso de mostrar mi desprecio a los huelguistas. En el camino encuentro numerosos carros con los caballos desenganchados y un coche con la capota tajeada. Es el que me condujo al Hipódromo. Junto a él está el viejito de la galera abollada, teniendo de las riendas a la yunta de caballos, uno de los cuales es blanco. ¡Excelente presagio!
Tercera estación. Renuevo mis energías, y tras una rápida conversación con algunos parroquianos, me siento inundado de un entusiasmo belicoso. Las noticias son graves: los huelguistas están armados hasta los dientes; han levantado barricadas en todos los barrios de la ciudad; incendiaron cuatro iglesias y dos asilos y se disponen a atacar las estaciones de ferrocarril. En la plaza del Once se está combatiendo desde las tres de la tarde. Resuelvo encaminarme a la plaza del Once. Tomo una calle transversal, y a medida que avanzo aguzo el oído para escuchar las detonaciones. Silencio absoluto. Sólo de vez en cuando el repiqueteo precipitado de una campanilla de ambulancia sanitaria rompe la tranquilidad de esta noche de verano. A pocas cuadras del lugar del encarnizado combate la normalidad es completa. Tan completa, que la gente se halla sentada al fresco en las aceras, los balcones están abiertos de par en par y los chicos han tomado la calle por su cuenta.
En una esquina dos muchachas peripuestas conversan animadamente, teniéndose de la mano con un gesto de colegialas. Una de ellas, vestida de un traje blanco, muy suelto, casi un peplo helénico, se despide de su compañera entre divertida y medrosa:
—¡Dios mío! Me quedan aún más de cuarenta cuadras por andar. ¡Sola y por esos barrios todo a obscuras!
—Hija, ya te he dicho que puedes quedarte con nosotras.
—Sí, pero en casa ¡qué estarán pensando!...
—¿No tienes medios de avisarles?
—No...
Las dos muchachas se sueltan de la mano con una actitud de infinita resignación ante el Destino, y la del peplo blanco se encamina hacia el Oeste. Al pasar junto a mí advierto que tiene los ojos garzos, el cabello castaño y la boca imperiosa. Instantáneamente he olvidado todas las incidencias de la tarde; mi entusiasmo bélico se ha desvanecido, así como mi preocupación por el orden social, y me he lanzado en seguimiento de la jovencita. «Desgraciado en el juego, afortunado en amor», pienso entre mí, y añado: «¡Esta es la mía!» El presagio del caballo, que viene afortunadamente a mi memoria, da más fuerza a mi decisión. El peplo blanco está a diez pasos; una rápida inspección a mis zapatos, un fugaz recuento de mis fondos exiguos... y acabo de resolverme a desandar cincuenta cuadras.
La sombra blanca no se desliza silenciosamente como las diosas del poema homérico; hasta mí llega un taconeo ágil y menudo que tendré que superar a largos trancos.
Consigo por fin aparejarme e inicio un soliloquio de una estupidez incomparable. A juzgar por las lamentaciones a que me entrego, parecería que me dispongo a pedir una limosna. Mi compañera aprieta aún más sus labios imperiosos y redobla la agilidad de su taconeo. Caminamos así un número indefinido de cuadras, hasta que, falto de respiración y sobrado de audacia, la tomo de un brazo, la detengo y le relato con toda fidelidad mis aventuras de la tarde: mi descalabro del Hipódromo, el regreso, mi resolución de ir a luchar contra los revoltosos, el súbito deslumbramiento que experimenté al verla...
Una amable sonrisa es la recompensa de mi sinceridad.
CAPITULO II
... AFORTUNADO EN EL AMOR
Las «cuarenta cuadras» a que aludió en su despedida a la compañera son un eufemismo semejante al de las «pocas palabras» de los oradores parlamentarios. Hace una hora y media que venimos caminando y todavía, según me dice, estamos lejos de la casa. Para no dejarle sospechar mi fatiga, he celebrado todos estos trastornos sociales que rompen un poco la monotonía de la vida moderna y procuran el encanto de un trayecto infinito en una compañía adorable. Hice también el elogio del amor, que se sobrepone a todas las consideraciones de rango y de dinero, y el de la belleza, formidable tesoro que escapa a todo impuesto sobre la renta... Mi acompañante me agradece esta poética disertación sobre filosofía social con una larga mirada de sus grandes ojos garzos, que bajo el borde circular de su sombrero reflejan el azul profundo de esta noche estival.
Hemos abandonado la amplia avenida paralela a Rivadavia que veníamos siguiendo, y tomado por otra, más ancha aún, con un paseo central arbolado, que aparentemente se dirige hacia el Noroeste. Nos debemos ir aproximando a nuestro punto de destino—es decir, al de ella—, porque mi acompañante va deteniendo el paso y trayéndome hábilmente a la discusión de una nueva entrevista. Entramos a la vez en una callejuela transversal y en un terreno de confidencias íntimas. Carlota, porque se llama así, es la menor de la familia; tiene dos hermanos varones y un padre anciano que todavía trabaja. Una cuñada gobierna la casa, en la que falta la disciplina de la madre, muerta hace años, según se ve por el poco apuro que la muchacha pone en regresar a ella.
Al final de la callejuela desembocamos en un lugar casi baldío que parece un taller de reparación de carros al aire libre. Al fondo, un ligero cobertizo alberga la maquinaria esencial, y hacia la derecha, una serie de rudimentarias construcciones de madera, a la vez pesebres y cocheras, dan la idea de que se trata también de un corralón.
Una jauría de perros monstruosos se abalanzan sobre nosotros; pero reconocen a Carlota y se tranquilizan. Evidentemente, hemos llegado al término del viaje. Mi acompañante se detiene en una especie de cerco y se dispone a despedirme. Pero yo insisto en que aun es temprano—acaban de dar las diez—; pretexto que al día siguiente no tendrá nada que hacer; exijo detalles minuciosos sobre el camino de vuelta y me lamento cómicamente sobre mi situación: estoy hambriento, cansado y perdido... ¡Si se le ocurriera darme alojamiento por lo que resta de la noche! Porque con esta huelga, ya es el caso de practicar, en plena metrópoli, la virtud rural de la hospitalidad. (Por lo demás, eso de «plena metrópoli» sólo tiene un sentido político: estamos a cielo abierto. El panorama circundante me ha hecho concebir el deseo de tumbarme en uno de esos carros colmados de heno.)
Mis insinuaciones no parecen caer mal... Me dispongo a iniciar una aventura deliciosa, cuando de pronto Carlota, que ha estado observando la callejuela por que hemos venido, exclama: «¡Ahí viene papá!»
Me vuelvo y advierto la silueta ya conocida de un viejito con la galera abollada que trae resignadamente de las riendas a una yunta lamentable de caballos, uno de ellos blanco...
Recuerdo el incidente del mediodía: «¡Maximalista!... ¡Maximalista!... Te lo facisse vede io lu masimalismu», y el espectáculo del coche casi destrozado por culpa mía.
Antes de que la divinidad del peplo repare en mí, me he puesto a cien pasos de ella y he seguido un sendero que va por detrás de un grupo de casas.
Un concierto infernal de ladridos epiloga ruidosamente mi aventura galante.
CAPITULO III
EL DAMERO A MEDIA NOCHE
Heme aquí, a media noche, en un paraje desconocido. Si no fuese hijo de Buenos Aires, los rigores de la suerte, según la popular composición, debían desalentarme. Solo, extraviado, a dos leguas del centro de la ciudad, hambriento y sin dinero, era natural que me abandonase a la desesperación. Pero soy porteño y sé que la absoluta regularidad de las calles de la capital permite orientarse a cualquiera y que gozamos de una profusa iluminación municipal y un excelente servicio de policía. Por primera vez comprendo la profunda significación de aquellos versos de Guido Spano; celebro el genio profético del vate, que los escribió antes de que existieran las obras de salubridad y se hubiese producido la intendencia de D. Torcuato de Alvear, y entonando la quintilla célebre para darme aliento, me lanzo denodadamente en busca de una desembocadura de calle, a fin de penetrar por ella y orientarme según el simple trazado del damero municipal.
Mientras enfilo una calle sin pavimentar, envuelta en tinieblas, medito en las innumerables ventajas de la disposición rectangular urbana. Las ciudades así construídas son armoniosas, ordenadas y democráticas...
Al final de la calle que he seguido, me hallo de nuevo en un potrero. Rehago el camino y tomo por una calle transversal que, según mis cálculos, debe conducirme a un lugar más densamente poblado. A los diez minutos desemboco en un horno de ladrillos... Vuelvo hacia atrás y me encamino en una dirección opuesta a las dos que he seguido anteriormente. Esta vez debo de estar en la buena ruta, porque a medida que avanzo la edificación va en aumento y se notan ciertos indicios de separación entre la calzada y las aceras. Dos cuadras más adelante doy, de pronto, con una calle hecha y derecha, bien empedrada, con veredas arboladas y con faroles. Estos están apagados, pero no por eso dejan de ser un signo de civilización, que saludo con simpatía. Ya estoy en pleno damero; ahora, con seguir obstinadamente hacia el Este, el problema está resuelto. Continúo alegremente hacia el Oriente, aunque se me han acabado los cigarrillos. Pero a medida que avanzo hago una observación que me llena de inquietud: la hermosa calle no corta perpendicularmente a las demás. Es una diagonal; pero en materia de diagonales yo no conozco sino las dos que han arruinado al Municipio.
Sigo la marcha en línea recta hasta que veo desaparecer el pavimento y los faroles, señal indudable de que la calle va a lanzarse campo afuera. Como esto no me conviene, doblo por la primer vía transversal en dirección hacia donde supongo debe quedar el centro. Es una calle cortada; al cabo de ella hay un terreno baldío que parece un taller de reparación de carros... Me hallo de nuevo frente a la jauría de perros monstruosos; pero esta vez no disfruto de la protección de Carlota y debo batirme prudentemente en retirada.
Ya no parezco un hijo de Buenos Aires, según la clásica composición de Guido. Los desaires de la suerte, que después de una caminata de dos horas me ha vuelto al punto de partida, me han amilanado por completo. Deshecho de fatiga, hambriento y desalentado, las doce de la noche me han sorprendido a punto de dormirme en el hueco de una puerta...
CAPITULO IV
ASALTO A UNA COMISARIA
Viernes, 10.—¿Cuántas horas he dormido así?... Lo ignoro, pues se me acabaron los fósforos, no uso reloj con esfera luminosa, los faroles de la calle están apagados y no hay luna. Es todavía noche alta; pero antes de exponerme a que el sol o la muchacha del peplo me encuentren durmiendo en la calle, prefiero seguir caminando. Con la casa de Carlota a la vista, guiándome por mis recuerdos, creo poder reconstruir el camino que hemos hecho juntos. Ahora estoy en la buena senda: llego por fin a la ancha avenida con un paseo central arbolado, que hace pocas horas recorrimos amorosamente... Redoblo el paso con alegría y por primera vez en la noche inicio un silbido de circunstancias: It’s a long way to Tipperary...
De pronto suspendo el silbido, pues al final de la cuadra advierto la silueta de un hombre. Como es la primera figura humana que se me presenta en mi infernal recorrida, voy hacia ella alborozado. A tres pasos de distancia reconozco a un vigilante apoyado en su máuser, con las piernas abiertas en un ángulo obtuso y la cabeza inclinada sobre el caño del arma, en la actitud de un sabio aplicado al lente de su microscopio.
Esbozo un saludo en la obscuridad, le dirijo las buenas noches con una amabilidad exquisita, y como no me contesta, le tiro suavemente de una manga. El agente sigue ensimismado. Un tirón más fuerte casi le hace perder el equilibrio, que, sin embargo, mantiene, pero abandonando el máuser. Con una galantería infinita me inclino para recogerlo, cuando el vigilante, estupefacto, retrocede tres pasos, desenfunda un revólver y comienza a tiros contra los árboles del paseo central... A pocos metros suenan otras detonaciones, y algo más lejos una descarga cerrada.
El vigilante ha terminado las balas de su revólver; da media vuelta y huye velozmente calle adelante. Yo le sigo, porque tengo por sistema no fugar nunca en dirección contraria a la de la autoridad, y además porque debo entregar el máuser a su dueño.
Mientras corremos, las detonaciones se suceden unas a otras con una rapidez vertiginosa. En las calles laterales se oyen disparos aislados de máuser, y una estruendosa algarabía de ladridos alborota el barrio.
Nos acercamos al lugar donde más nutrido es el fuego... El vigilante que me sirve de señuelo desaparece de pronto en una puerta cochera, y yo me precipito en su seguimiento. Salvamos en una exhalación un ancho zaguán obscuro y nos hallamos en medio de una baraúnda indescriptible: gritos, descargas, juramentos, corridas, estrépito de cristales rotos... La luz se enciende y se apaga varias veces, pero veo lo suficiente para darme cuenta de que estoy en una Comisaría.
Me apelotono en un rincón del patio y aguardo a que pase la tormenta.
CAPITULO V
¡ALTO EL FUEGO!...
Poco a poco el tumulto ha ido organizándose. Desde la sala, resguardados tras de las persianas, cuatro bomberos fusilan con toda parsimonia las casas del frente. En la azotea la gente destacada debe de estar contestando a un ataque aéreo, a juzgar por la elevación de los fogonazos, que advierto desde el ángulo del patio en que estoy refugiado. El martilleo frenético de un aparato telegráfico domina el estruendo de las detonaciones, y su voz breve y metálica es la única sensación de regularidad que se percibe en este desorden.
Repentinamente, de la obscuridad de un cuarto surge una silueta voluminosa que, dirigiéndose a mí, me toma de un brazo y exclama:
—¿Qué hacen? ¡Vamos a defender la entrada!
Y luego, encarándose con un grupo de agentes que se disimulan en el ángulo opuesto al mío, vocifera:
—¡A ver!... ¡Esos bancos! ¡Crúcenlos a la entrada!
Todos adivinamos la intención; corremos hacia los dos bancos de plaza dispuestos fuera de las oficinas y los atravesamos volcados a la terminación del ancho zaguán. Una mesa, un sillón de escritorio y un retrato terminan por dar cierto carácter a la barricada. El último elemento de trinchera, que aporta un sargento fornido y retacón, es una pequeña barrica que, después de vacilar un momento sobre aquel bric a brac, se resuelve pesadamente a ir rodando por el zaguán hasta el centro de la calle, donde un profundo bache la obliga a dar una voltereta, sentándose lejos de nosotros, como un perro desobediente...
Nos agazapamos detrás de la improvisada fortificación, y como la silueta voluminosa que nos dirige nos ordena hacer fuego, disparo mi máuser contra la desobediente barrica. El estrépito me enardece, y como al quinto disparo noto que me faltan municiones, me pongo de pie gritando:
—¡Una cartuchera!
Inmediatamente el sargento fornido y retacón se me cuelga de los hombros como un chimpancé, berreando con viril angustia:
—¡No sea temerario! ¡Abájese, niño!
Yo me resisto... Un oficialito, emocionado por esta escena de fraternidad heroica, exclama muy rápidamente, con voz de tiple:
—¡Viva la patria! ¡Viva la patria! ¡Viva la patria!...
El comisario, porque esa silueta voluminosa y autoritaria es la suya, grita a su vez: «¡Adelante! ¡Adelante!», a pesar de que nuestras propias defensas nos impiden avanzar un solo paso... La guardia de la azotea se asoma a ver lo que ocurre, así como los bomberos de la sala, e inmediatamente un silencio mortal se extiende en torno nuestro. Aguardamos un momento la respuesta del enemigo, y como no se produce, el comisario vocifera: «¡Alto el fuego!»
¡Oh fecundidad del silencio! A los quince segundos de sosiego los siete denodados defensores de la barricada nos convertimos en veinte, en cuarenta, en cien. En el patio pulula una multitud heterogénea: bomberos, oficiales, vigilantes, soldados del escuadrón y ordenanzas de policía. Aunque nadie dispara un tiro, el comisario sigue ordenando imperiosamente: «¡Alto el fuego!... ¡Alto el fuego!» Un trompa del escuadrón, de soberbia apostura y altas botas granaderas, emboca el clarín e interpreta la orden con el toque reglamentario.
Inmediatamente la guardia de la azotea hace una descarga cerrada, comienzan a oírse disparos en toda la casa y nos hallamos envueltos en una batahola formidable, mientras los cuatro bomberos de la sala prorrumpen carcajadas estruendosas...
CAPITULO VI
LA LUZ DE UN NUEVO DÍA...
La luz del nuevo día viene por fin a iluminar esta escena de confusión que puede haber durado entre diez minutos y dos horas. Yo no tengo noción del tiempo que ha transcurrido. Sólo sé que después de un momento el comisario ha reiterado la orden de cesar el fuego y que, al pretender el trompa del escuadrón traducírsela melódicamente, le arrebató el clarín con espanto como si fuese la trompeta del Juicio final. Me he puesto de pie y le he dicho:
—Es una sabia medida, comisario; el clarín es un instrumento belicoso. Otro toque más y nos agarramos a tiros entre nosotros. Por lo demás, el instrumento de la policía es el pito...
Debía haber dicho el silbato, porque esta observación última ha desagradado evidentemente al voluminoso comisario. Repara en mí con fijeza, y bruscamente me interroga:
—¿Y usted quién es?...
—Usted no me conoce—replico sonriendo.
—Por eso se lo pregunto.
Antes de que pueda ordenar rápidamente mis recuerdos, para explicar el encadenamiento de circunstancias que me han traído aquí, el prudente funcionario ordena:
—¡A ver! ¡Sáquenle ese máuser!... ¡Pálpenlo de armas! ¡Pásenlo a mi despacho!
El trompa del escuadrón me arrebata tan violentamente el arma, que estoy a punto de perder el equilibrio. Extiendo las manos como balancín y veinte fusiles me apuntan de frente. Quedo con los brazos extendidos, inmovilizado por el terror, mientras el sargento fornido y retacón procede a la operación de palparme. Según la acepción corriente, palpar significa tocar exteriormente con las manos. En la práctica policial consiste en meter la mano hasta el codo en los bolsillos del presunto malhechor. Me despojan así de mi llavero, mi reloj, mi cigarrera vacía y mi billetera casi exhausta. Luego, con una escolta digna de un regicida, me hacen entrar en una habitación y me ponen de cara a la pared, en un ángulo de la estancia. No puedo hablar ni darme vuelta.
Estoy de penitencia como hace veinticinco años en el colegio y tengo una hambre también como la de entonces. Para saber lo que es apetito hay que ser pupilo o estar preso...
CAPITULO VII
CONVICTO Y CONFESO
Entre tanto, según puedo oír, el comisario y la oficialidad se han marchado a recorrer las inmediaciones para recoger los muertos y los heridos y perseguir a los atacantes. Parece que yo soy el único de ellos que ha caído prisionero.
A estar a lo que conversan en el patio, los revoltosos eran como «cuatro mil», admirablemente armados; una barrica de cerveza que rodó hasta el centro de la calle está atravesada de parte a parte por cuatro balazos...
«Buena puntería—digo entre mí—, pero mal empleada; era mucho mejor que me hubiese bebido la cerveza...» Paso la lengua por mis labios resecos y recuerdo que hace veinte horas que no pruebo un bocado y diez que no tomo un trago. Me siento desfallecer y las ideas se me confunden. ¡Dios mío! ¿Por qué me he mezclado yo a los revoltosos?... Apoyo la cabeza en el ángulo que forman las dos paredes, cierro los ojos y trato de tomar el hilo de mis pensamientos, que se disgregan como los Estados del Imperio ruso. Gasto mis últimas energías en ese empeño de restauración psíquica, y luego, tras cierto tiempo, pierdo toda noción de mi personalidad. Soy algo así como una masa astral, informe, sin voluntad ni materialización alguna, pero con una vaga conciencia de las cosas. Me entero sin emoción de que hace mucho tiempo que ha triunfado el maximalismo y que la ciudad de La Plata se ha refundido con la de Nijni-Novgorod. Un italiano viejito, que usa eternamente una galera abollada, es el presidente del Soviet Local Bonaerense. Poco a poco he ido cobrando mi forma corporal, y desde entonces estoy preso aquí por orden suya. Todos los días viene a verme, y sin que yo pueda replicarle, me dice ferozmente: «¡Maximalista!... ¡Maximalista!... Te lo facisse vede io lu masimalismu!»
Hace una infinidad de tiempo que estoy sometido a esta tortura. De pronto dictan una ley matrimonial autorizando a las muchachas a escoger marido entre los prisioneros. Debemos someternos a su elección bajo pena de muerte. Hay un desfile interminable de arpías, mujeres huesudas y contrahechas, petizas esféricas con inmensos lentes de carey, patronas atléticas y mostachudas, viejas vagabundas con la sonrisa siniestra de las alcoholizadas. Yo tiemblo ante la idea de que una de ellas esboce un gesto que me obligue a seguirla. Me disimulo y procuro confundirme con el rincón de pared que habito desde hace tantos años... Imprevistamente, una de las que forman en esa procesión me hace una señal. Me aproximo lleno de un sudor frío y veo una jovencita de ojos garzos y pelo castaño, con un peplo blanco y un ancho sombrero obscuro. ¡Carlota! Mi electora me sonríe, y ante esa sonrisa la evidencia de mi felicidad es tan grande que estrecho a la muchacha y exclamo: ¡Viva el maximalismo!...
El dolor de un puñetazo me hace volver en mí, y me despierto abrazado al sargento fornido y retacón, y gritando como un energúmeno.
Generalmente yo tengo el sueño pesado; pero esta vez unos cuantos culatazos enérgicamente aplicados me han despertado sin remisión.
Debo de tener una costilla rota. Pero lo peor es que, según el sargento, estoy convicto y confeso...
CAPITULO VIII
UN INTERROGATORIO
Evidentemente, debo de estar convicto y confeso porque me invitan a sentarme. Mis confesiones, como las de Rousseau, atraen el interés general. Las autoridades de la Comisaría me rodean y un oficial me ofrece un cigarrillo. Ante esta galantería veo el cielo abierto y comienzo a protestar de mi inocencia. Súbitamente las caras se tornan hoscas; el oficial no me entrega el cigarrillo y presiento que me van a expulsar del sillón. Cambio de táctica. Hago esfuerzos por sonreír socarronamente y digo que sólo deseo contar mi historia a los empleados superiores. Estos, halagados en su vanidad, desalojan el despacho y, una vez entornadas las puertas, vuelven a reunirse en torno mío. Me apodero del cigarrillo ofrecido y solicito desenfadadamente una taza de te con bizcochos. Sin eso no puedo hablar...
Me traen un vaso de cerveza y dos sandwichs. Mientras repongo mis fuerzas, me pregunto cómo salir del paso. Recuerdo la conspiración de la pólvora, la conjuración de Fiesco, el complot de Alzaga... Nada me sirve.
Por suerte, llega el voluminoso comisario, quien se dispone a interrogarme con toda solemnidad.
—¿Cómo se llama usted?
—Julio Narciso Dilón.
—Ese apellido no es de aquí...
—No, señor. (Es verdad, soy de origen boliviano.)
—¿Es usted catalán?
—No, señor.
—¿Ruso?
—Tampoco.
—¿Italiano? ¿Francés? ¿Alemán?
—Nada de eso.
—¿Cuál es su nacionalidad?
—Soy argentino.
—¿Hace mucho que está radicada su familia en América?
—Dos siglos.
—¿Cómo dice?
—Doscientos años.
El comisario cuchichea con los oficiales, se sonríe y me pregunta:
—Su abuelo paterno, ¿qué fué?
—Diputado al Congreso de Tucumán.
—¿Por qué provincia?
—Potosí...
Grandes carcajadas del auditorio. El comisario hace esfuerzos por mantener la seriedad y dice:
—Potosí no es una provincia, es una calle.
Me encojo de hombros y me sonrío con una estupidez incomparable. No estoy con ánimo para lanzarme en una disertación histórica. Que el comisario crea lo que le parezca conveniente.
El interrogatorio prosigue. Cada vez que intento defenderme de la terrible acusación que pesa sobre mí me quitan la palabra. El comisario me dirige preguntas insidiosas, que no tienen respuesta. Por último, recapitulando los debates, me dice:
—Si usted es inocente, ¿por qué se introdujo subrepticiamente en la Comisaría? ¿Por qué profirió gritos subversivos? ¿Por qué intentó desarmar al sargento?...
Y antes de que pueda replicar me hace conducir al calabozo.
CAPITULO IX
ARAMIS
Sábado, 11.—He pasado el día de ayer y la noche última en un estado de inconsciencia lamentable. Durante la noche se reprodujo en dos o tres ocasiones el tumulto que presencié la madrugada del viernes. Los agentes se han acostumbrado al peligro, porque ahora, entre alarma y alarma, bailan tangos y beben cerveza. ¿Dónde se han procurado ese instrumento horrible que se llama un bandoleón?
El ritmo canallesco y monótono de nuestro baile nacional se mezcla al silbido alterno de la bomba extractora de cerveza...
Me doy a imaginar un órgano hidráulico de inmensas proporciones, accionado por cerveza, que no toque sino tangos: «Cara Sucia», «Mi noche triste», «Piantá piojito...» En su torno bailan una infinidad de vigilantes con los cascos compadronamente echados sobre los ojos.
De pronto se hace un silencio, corren unos cerrojos y oigo un grito:
—¡A ver el diputado por Potosí!...
Creo que debe de ser por mí. Me aproximo a la puerta, y de un empujón me colocan en medio de un piquete de soldados del escuadrón, que echa a andar con paso marcial hasta el despacho del comisario. Allí me hallo con todo el aparato de un Consejo de guerra. La presidencia está ocupada por un capitán del escuadrón, un mozo rubio y elegante que parece un capitán de ulanos. Según he oído, le dicen Aramis porque tiene la costumbre de trompearse «mano a mano» con los presos peligrosos. A su lado se sientan dos oficiales plenamente poseídos de sus funciones. En ambos extremos de la estancia dos centinelas velan rígidamente. Me hacen sentar, y el capitán Aramis se pone de pie:
—Si usted no declara toda la verdad le vamos a fusilar inmediatamente...
Con esa resignación que uno tiene en las pesadillas, cuando duran demasiado, inclino la cabeza y quedo en silencio.
—Le damos cinco minutos para que se decida...
Evidentemente, todo esto es un sueño; cuanto antes termine será mejor; me despertaré en mi cama.
El capitán Aramis se ha levantado, y acercándose a la puerta ha ordenado con una sonrisa:
—¡Formen el cuadro en el segundo patio! ¡Preparen el pelotón!...
¡Tanto mejor! Quizá la impresión del fusilamiento me despierte por completo.
Los cinco minutos han pasado. Aramis y los dos oficiales acaban de salir. Oigo afuera órdenes imperiosas y ruido de armas. Las culatas de los máuseres chocan contra las baldosas. El jefe del piquete me toca en un hombro. Me levanto automáticamente, me coloco en medio de los soldados y salimos de la estancia.
La guardia está formada. Pero en vez de dirigirnos al segundo patio vamos hacia el zaguán. Pasamos por entre una doble fila de bomberos rígidamente alineados, con la bayoneta calada, y nos encontramos en la calle. Junto a la acera se halla un carrito de bomberos, y, rodeándolo, un destacamento de soldados del escuadrón a caballo y con las tercerolas apoyadas en el muslo. A su frente está Aramis, bello como un capitán de ulanos. Cuando me suben al carro, se me cae el pañuelo con que me voy secando el sudor frío que me corre por la cara, y Aramis, buen jinete y cortés caballero, lo recoge y me lo entrega con una elegancia digna de su héroe epónimo.
CAPITULO X
LA NINFA ECO
El carrito echa a andar y yo me tumbo de espaldas sobre las tablas. Por un momento no escucho más que el rodar de la carretela y el trote de los veinte caballos que me dan escolta. Luego, absorto en la contemplación del azul del cielo, me voy quedando dormido...
Repentinamente me despierta un estampido, al que sigue un segundo después una detonación más sonora. Mi escolta ha echado pie a tierra, y los soldados, parapetados tras de los caballos, inician un fuego nutrido. A poca distancia se escuchan otros disparos igualmente nutridos, pero de un sonido más amplio. Cada descarga nuestra nos es devuelta inmediatamente con creces.
—¡Nos están baleando sin asco!—grita el capitán Aramis.
—Es desde aquella casa alta—dice tranquilamente el bombero que maneja el carrito y que está observando la escena con curiosidad.
Me asomo a ver. Estamos en una encrucijada; la calle perpendicular a la que seguíamos ofrece un pronunciado declive y como cincuenta metros más adelante tuerce bruscamente hacia la izquierda. En el fondo de esta hondonada se alza, ocultando todo el horizonte, una inmensa casa de departamentos, cuyas galerías de hierro y cristales le dan el aspecto de un enorme trasatlántico. Contra esas galerías, en las que se ven algunas plantas y macetas suspendidas, está tirando mi escolta. Los cristales saltan en pedazos con una vibración argentina y hasta parece oírse el ruido sordo de las balas atravesando el latón de las barandas. Llegan hasta nosotros gritos penetrantes de mujeres y estrépito de puertas. No advierto, sin embargo, el silbido de los proyectiles que se nos dirigen, a pesar que desde allí cerca siguen partiendo detonaciones.
De pronto el capitán Aramis da una orden, que el trompa, mi viejo conocido, traduce en clarín: «¡Avancen!»
¡Oh asombro! No ha terminado aún, cuando otro clarín repite fielmente en la casa de departamentos la misma orden: «¡Avancen!»
A todo esto los caballos de mi carrito se han espantado, lanzándose calle arriba en una carrera frenética. El bombero conductor hace esfuerzos inútiles para aplacarlos. A las dos cuadras doblamos a la izquierda, llevándonos por delante un buzón. Los caballos disminuyen la marcha. Aprovecho entonces la circunstancia para tirarme del carro, y como los caballos reanudan su fuga desenfrenada, sigo a pie en la dirección contraria. No hay un solo vigilante en las cercanías.
Desde aquí el fenómeno del eco es bien evidente. Las detonaciones repercuten en la casa de departamentos con una nitidez maravillosa. Y hasta las órdenes vibrantes de Aramis son duplicadas con una manifiesta oficiosidad.
¡Oh ninfa Eco, a quién debo mi libertad! ¡Locuaz hija de Uranos y Gea, mi agradecimiento será eterno! En loor tuyo todos mis hijos se llamarán Narciso y estudiarán acústica...
CAPITULO XI
«HANDS UP!»
Como no tengo deseo alguno de volver a caer en manos del capitán Aramis, a pesar de su exquisita cortesía, me voy alejando del lugar de la encarnizada refriega con toda la premura de que soy capaz. La libertad me ha devuelto la reflexión; observo y me convenzo de que soy inocente, absolutamente inocente; pero a pesar de esto no disminuyo la rapidez de mi marcha. ¿Por qué los inocentes huyen a la Policía mucho más que los culpables? Quizá por falta de hábito. Sin embargo, el acto de darse a la fuga es una terrible presunción en contra de uno. «Se dió a la fuga», y ya todos suponen que se trata de un terrible criminal. Debemos, en consecuencia, si tenemos la conciencia tranquila, aguardar a pie firme al empleado policial, al digno representante de la autoridad, al benemérito guardián del orden, y sonreírle y agasajarle, y abrirle nuestro corazón y nuestra casa... Pero por proceder así he sufrido dos días de hambre, recibido varios culatazos y soportado todas las angustias de un condenado a muerte. Bien hecho: ¿quién me mete a mí a devolver un máuser? Las armas, como los libros, no se devuelven nunca. Se devuelve un pañuelo a la señorita que lo ha perdido, una cartera vacía al señor que acaba de bajar de la escalera, un guante de la mano izquierda al joven que lo ha extraviado en el ascensor; pero no corresponde detener a media noche a un individuo mal entrazado para decirle: «Tome, señor, esta daga que se le ha caído...»
En el curso de esta meditación llego ante el Mercado de Abasto y puedo observar desde aquí el espectáculo desacostumbrado que ofrece la calle Corrientes. Pequeños grupos de jóvenes, con brazales bicolores, armados de palos y carabinas, detienen a todos los individuos que llevan barba y les obligan a levantar las manos en alto. Mientras los que usan palos les apuntan con éstos a bocajarro, los de las carabinas les pinchan con ellas en el vientre, y otros, desarmados, se cuelgan de las barbas del sujeto.
Según me informan en un corro, este original procedimiento tiende a estimular entre los barbudos el amor a la nación Argentina. Como soy lampiño, me creo a cubierto de semejante recurso pedagógico y sigo hacia el centro. En el camino advierto que otros grupos apedrean las casas de comercio los nombres de cuyos propietarios abundan en consonantes. ¿Por qué les tienen tanto odio a las consonantes? ¿Acaso las vocales solas pueden componer un idioma?
Delante mío va un viejito canoso, de rancho de luto, alpargatas y saco de lustrina. Camina presuroso, sin que el tumulto atraiga para nada su atención. De pronto, un grupo estacionado en mitad de la calzada nos da el alto imperiosamente. Yo me paro en seco; pero el viejito no detiene su marcha. Un mocetón fornido, que ostenta el consabido brazal celeste y blanco, corre a su encuentro revólver en mano.
—¡Párese! ¡Arriba las manos!
El viejo se cuadra y levanta en alto la mano izquierda. Esta obediencia parcial irrita al mocetón, que le reitera la orden:
—¡Arriba las manos!
El viejo continúa con la mano izquierda en alto, mientras la derecha desaparece completamente en el bolsillo del saco de lustrina, que contiene a simple vista un bulto insólito. Suena un tiro, y después de un ligero balanceo, el viejito se desploma de cara al suelo, siempre con la mano izquierda en alto... Rápidamente, el mocetón que ha hecho fuego se abalanza sobre el caído para sacarle el arma que indudablemente tiene en la mano derecha, y retira del bolsillo una manga vacía que queda extendida sobre la baldosa. El extremo sobresale del cordón de la acera y se dobla hacia la calzada como una manguera exhausta. Por poco tiempo, sin embargo, porque segundos después comienza a arrojar un fino hilo de sangre sobre el pavimento.
CAPITULO XII
LA VUELTA AL HOGAR
Hasta este momento yo no había visto morir a nadie. Tenía por eso la idea de que la muerte era un espectáculo aparatoso y trascendental, que exigía ciertas transiciones y un cuadro apropiado. Nada más sencillo, por cierto, según el episodio que acabo de contemplar.
Sobre el asesinato, en especial, yo tenía las ideas más melodramáticas posibles. Lo suponía algo lleno de violencia, de pasión, de ferocidad, y se me antojaba torva y siniestra la figura del matador... Nada de eso, sin embargo. Es el incidente más trivial que se pueda imaginar.
Usted se pone en torno del brazo izquierdo la cinta del gato de su casa o la liga de la mucama, coge su revólver, sale a la calle y le pega un tiro en el corazón al primer hombre humilde que le parezca sospechoso. Con eso quizá ha dejado usted en la orfandad a media docena de chiquilines, pero en cambio ha consolidado las instituciones y ensayado su puntería.
Me voy acercando a casa. Al reconocer los lugares familiares experimento una emoción incontenible, como si volviera de un largo viaje. ¡Me parece que hace tanto tiempo que dejé mi silencioso departamento de soltero! El mucamo me recibe en la escalera, y al observar mi aspecto demacrado y mi aire abatido, supone que vuelvo de una fenomenal partida de poker. Presume, además, que he perdido lo indecible y presiente un período de estrecheces y apuros. Esta preocupación le agria el gesto, y en vez de comunicarme las novedades que se hayan producido, se hace a un lado austeramente...
CAPITULO XIII
EL ASALTO A LA COMISARÍA 44
Domingo, 12.—Me he despertado hoy a mediodía, tras haber dormido cerca de diez y ocho horas seguidas, con un sueño profundo de niño. Después del baño me he quedado en pijama y me hice traer los diarios de la mañana. Ya no me acuerdo de mi aventura de días pasados y me entero de las noticias de la huelga con toda la buena fe de un espectador desinteresado. Imprevistamente, el corazón da un latido anunciador y leo: