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Tristán o el pesimismo

Chapter 28: XXI
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About This Book

La narración sigue a Tristán, cuyo temperamento pesimista condiciona su vida sentimental y social en un entorno costumbrista. Mediante episodios domésticos y provincianos —reencuentros familiares, bodas, celos, estrenos teatrales y peripecias de personajes como Reynoso y el paisano Barragán— se entrelazan humor, ironía y desengaño. La acción alterna escenas cotidianas y conflictos íntimos para mostrar las tensiones entre aspiraciones artísticas, vanidad y limitaciones sociales, y cómo esas fuerzas producen caídas, revelaciones y consecuencias en las relaciones personales, conduciendo finalmente a un cambio decisivo en el destino del protagonista.

—Nada, que jamás, ¡jamás! puede uno convencerse de todas veras de que los desengaños y sinsabores particulares de cada uno no son una excepción, y que la tristeza es la ley general de la vida.

Luego siguió paseando sin pararse a hacer una caricia a su hijo.

Efectivamente, Tristán había sufrido aquella tarde uno de los mayores desengaños de su vida, y eso que ésta, a lo que él decía, no había sido otra cosa que una serie interminable de ellos. Su fraternal, su abnegado amigo García era un traidor como todos los demás. Lo había averiguado del modo siguiente: Iba paseando por una de las avenidas solitarias del Retiro cuando acertó a ver delante de sí y por la espalda dos figuras que le parecieron conocidas. Se acercó un poco más y se cercioró de que una de ellas era la del gran dramaturgo y su enemigo mortal Estévanez. ¿Por qué era su enemigo mortal Estévanez? Tristán lo demostraba por medio de una serie de razonamientos que no a todos convencían. Sin embargo, él cada día parecía más persuadido y cada día le dedicaba mayor odio. Es más, suponía que después de haber inspirado el artículo de Leporello en El Universal que tanto le había herido, después de haber influido para que retirasen prematuramente su drama del cartel, todavía se empleaba villanamente en perseguirle y desacreditarle. No había insinuación en los artículos literarios de los periódicos que pudiera perjudicarle en que no viese la mano de Estévanez, no llegaba a sus oídos ninguna frase mortificante de la cual no le atribuyese la paternidad.

Acercose un poco más y vio con sorpresa y horror que la persona que le acompañaba era ni más ni menos que su amigo García. Sintió un frío extraño en el corazón, el frío que nos causan las grandes decepciones de la vida. Disimuladamente, ocultándose detrás de los setos y de los árboles los siguió largo rato. Observó que se hablaban con franqueza y animación, que García se mostraba con el célebre literato lleno de deferencia y que éste a su vez le pagaba otorgándole una confianza afectuosa. Acercose todavía por ver si podía escuchar algo de su conversación; percibió algunas palabras sueltas, pues hablaban en voz alta, y al cabo de unos instantes creyó oír distintamente la siguiente frase en boca de García: «El pobre Tristán, aunque se cree un gran poeta, no pasa de ser una medianía.» Esta frase jamás fue pronunciada por el buen García, ni era posible, pero Tristán la oyó claramente. Es un fenómeno de autosugestión que casi todos hemos podido comprobar alguna vez. Cuando nos hallamos temerosos o profundamente convencidos de que se ha de decir una cosa, llevamos mucho adelantado para oírla aunque no se diga.

Una rabia insensata le mordió en las entrañas. De buena gana les hubiera tocado en la espalda para decirles: «¡Aquí estoy yo!» y estuvo a punto de hacerlo, pero se contuvo. Dio la vuelta con presteza y se puso a marchar agitadamente por los caminos más solitarios del parque, presa de una violenta cólera.

—¡Miserable...! ¡traidor...! ¡granuja...! ¡Después de lo que yo he hecho por él!

Iba murmurando por intervalos estas y otras frases por el estilo. Recordaba los favores que había hecho a García sin pensar, por supuesto, en los que éste le había hecho a él. Al cabo de algún tiempo de dar vueltas y más vueltas sin saber por dónde andaba, con el cerebro encendido y el cuerpo convulso, al atravesar por uno de los parajes más recónditos del parque oyó detrás de un seto la voz y la risa de persona conocida. Asomó la cabeza por encima del follaje y pudo ver a sus amigos Cirilo y Visita sentados en un banco. El paralítico leía por un libro; la ciega escuchaba y a menudo interrumpían la lectura para reír y comentar con admiración los pasajes que más les agradaban. Aquella simple y tranquila felicidad hirió a Tristán como una bofetada en tal momento. Los contempló con ojos cargados de desdén y de cólera y al fin se alejó murmurando:—«¡Qué par de imbéciles!»

—¿Pero qué te ha ocurrido?—volvió a preguntarle su mujer.

—Nada, hija mía, que hoy se me ha caído la venda de los ojos. El amiguito García, ese desdichado a quien sólo por compasión admitía en mi casa, me estaba arrancando esta tarde la piel de lo lindo con mi otro amigo Estévanez.

Hay que advertir que Tristán sentía particular predilección por esta metáfora de la venda y que solía emplearla con bastante frecuencia. En cuanto cualquier persona de su conocimiento no satisfacía todas sus pretensiones y hasta sus caprichos, era sabido, «le caía la venda de los ojos».

—No puede ser—respondió resueltamente Clara con el instinto seguro que tienen las mujeres para juzgar el carácter de los amigos de sus maridos.

—¿Cómo no ha de ser, si yo mismo le he oído?

Clara quedó un instante suspensa, pero volvió a decir con mayor resolución:

—No puede ser. García es absolutamente incapaz de cometer contigo una villanía.

—¡Qué sabes tú de lo que son capaces o incapaces los seres humanos!—replicó alzando los hombros con desdén—. Lo ha dicho con profunda sabiduría el maestro alemán, el maestro clarividente: sólo cuando llegamos a cierta edad comprendemos en qué cueva de bandidos hemos caído.

—García no sólo te quiere entrañablemente, sino que te admira como a ningún otro hombre.

—De la admiración a la envidia no hay más que un paso. Yo he caído en el error de tratar con excesiva familiaridad a un hombre tan vulgar como García. Estas naturalezas se sublevan al aspecto de otra naturaleza opuesta. Disimularán su envidia durante algún tiempo, el tiempo que les convenga, pero en la primera ocasión favorable la mostrarán. Si se ha hecho amigo de Estévanez, mi amistad le importa ya poco y se vengará del tiempo que ha perdido adulándome.

—¡Oh, qué atrocidad! Tristán, no pienses eso.

En vano con la elocuencia que le dictaba su recto corazón trató de disuadirle y desvanecer aquellas negras sospechas. Agarrado con irresistible presión como siempre a sus ideas, su marido no quiso escucharla, oponiendo a todas sus razones una actitud altiva y desdeñosa.

Comió poco y estuvo sombrío y silencioso mientras duró la cena. Cuando habían llegado a los postres sonó el timbre de la puerta. El criado fue a abrir y entró después sin decir nada.

—¿Quién llamaba?

—El señorito García—respondió con indiferencia—. No quiso pasar: dijo que se iba al despacho.

Tristán se alzó de la silla. Clara también se levantó y sujetándole con mano trémula por una manga le dijo:

—No vayas allá, Tristán. Déjame ir a mí... Le diré que estás indispuesto, que te duele la cabeza y no puedes hablar con nadie.

—¡Suelta, suelta!—respondió él haciendo un movimiento brusco y zafándose de su mano.

Y con paso vivo se dirigió al despacho, dejando a Clara acongojada.

García leía ya atentamente por un libro a la luz del quinqué.

—¡Hola, amigo!—profirió Tristán con una voz tan extraña que García levantó la cabeza sorprendido.

—¿Cómo estamos, amigo?—siguió con la misma inflexión de voz y acercándose a la mesa.

—Bien, ¿y tú?—respondió García mirándole cada vez con mayor sorpresa.

—¿Yo...? ¡Divinamente!

Y se sentó frente a él y le clavó una larga mirada insistente y dura.

—Desde que hago una vida más higiénica—añadió—me encuentro perfectamente. Ya no paso las tardes en el café, como antes; ahora me dedico a dar paseos entre los árboles, buscando atmósfera más pura. Hoy he paseado por el Retiro... y ¡mira tú lo que son las cosas, amigo!—prosiguió con acento irónico—, también debajo de los árboles se suelen encontrar cosas impuras.

García se puso levemente colorado. Tristán mirándole aún con mayor fijeza continuó:

—Su verdura no sólo tiene la propiedad de descomponer el ácido carbónico del aire, sino también de corromper los más puros sentimientos y de poner al descubierto el fondo de los corazones. Es un experimento que pienso comunicar a la Academia de Ciencias y que como todos los grandes inventos se debe a la casualidad...

—¡Basta, Tristán! Si te has ofendido porque haya paseado con Estévanez...

—¿Ofenderme...? No, querido, no; el espectáculo de la miseria humana no ofende; entristece solamente.

—Tristán, ¿qué estás diciendo? Repara que ahora me ofendes tú. Yo no he buscado la amistad de Estévanez. Él me ha hablado en el saloncillo del Español, y sabiendo que estaba haciendo oposiciones a una cátedra se brindó espontáneamente a recomendarme a dos de los miembros del tribunal. ¿Querías que me mostrase ingrato con él?

—Yo no quiero nada—respondió con sequedad desdeñosa Tristán.

—Además, ahora que le trato puedo decírtelo, estás en un error suponiendo que es tu enemigo: las pocas veces que ha hablado de ti conmigo lo ha hecho en términos muy lisonjeros. Te considera como el joven más brillante de la nueva generación literaria y se lamenta de que sin motivo alguno hayas dejado de saludarle.

—¡Ah, sin motivo!—exclamó Aldama con acento sarcástico—. Los hombres perversos nunca encuentran motivo para que se les odie. Y en el fondo tienen razón. ¿Qué culpa tienen ellos de haber nacido perversos? A ti te consta mejor que a nadie la serie de ruindades que ese hombre ha hecho conmigo.

—A mí sólo me consta porque tú me lo has dicho.

—¡Sí te consta, y si no lo confiesas es porque eres un traidor como él!—exclamó con furiosa exaltación.

—¡Tristán!—dijo García levantándose.

—¡Un traidor peor que él, porque él no me debe nada y tú si!—gritó aún con mayor exaltación agarrándose con manos crispadas a la mesa para alzarse.

—Me estás insultando sin motivo y en tu propia casa—profirió el pobre joven pálido ya como la cera.

—Un traidor es quien sin tener en cuenta la amistad fraternal que le liga a otro hombre va a desacreditarle y a murmurar de él con sus enemigos.

—¡Eso es falso!

—No es falso, no, porque son testigos de ello mis propios oídos.

—¡Pues mienten tus propios oídos!—exclamó con valerosa indignación García.

Tristán, muy pálido también, quedó unos instantes silencioso y al cabo dijo haciendo visibles esfuerzos para hablar con calma:

—Es inútil que hablemos más. Todas las cosas tienen un término triste en este mundo y la amistad es de las que primero se marchitan. Yo he cometido la locura de estrechar demasiado mis relaciones contigo sin tener en cuenta que todo lo que se aprieta demasiado acaba por romperse. Ha llegado el momento en que la cuerda estalle, pero conste que se ha roto por tu lado, no por el mío. Alejémonos, García, alejémonos para siempre el uno del otro y comencemos en el mundo otros ensayos que tendrán idéntico resultado.

—Nada se ha roto por mi lado, Tristán. Esa es una de tantas visiones negras como has tenido en tu vida, sobre todo de poco tiempo a esta parte. Mi amistad por ti es tan firme, tan verdadera, que nadie más que tú en el mundo ha podido dudar de ella.

—La amistad verdadera entre los hombres es algo que pertenece a la fábula. Si yo lo hubiera tenido bien presente no tomaría el grave disgusto que me ha causado tu proceder. Debiera analizarla como un mineralogista examina una piedra; hubiera visto que aunque sincera en la apariencia descansaba sobre motivos secretamente egoístas, y viviendo así prevenido la traición me hubiera dejado tranquilo.

—¿Quién habla de traición? ¡Miente! ¡miente quien lo diga!—volvió a exclamar con la misma indignación García.

—Basta, repito. Mi resolución está tomada. Tú y yo hemos concluido para siempre.

Al pronunciar estas palabras dio unos pasos hacia la puerta mirando fijamente a su amigo. Este también le miró estupefacto haciéndose cargo por aquel ademán que le arrojaba de su casa. Hubo un instante en que ambos permanecieron inmóviles mirándose a los ojos. Al fin García se dirigió con paso precipitado a la puerta. Antes de traspasarla se volvió y con los ojos llenos de lágrimas le dijo:

—¡Que no te tome Dios en cuenta, Tristán, la injusticia que estás cometiendo!

XX

CONSECUENCIAS DE UNOS CELOS

Tristán sólo entró en el comedor para despedirse de su mujer y besar a su hijo. Viéndole pálido y trémulo Clara no quiso darle la noticia de la visita, aquella visita que tanto le pesaba ya sobre el alma. Ella también se hallaba bien turbada por la escena que acababa de adivinar, más que de percibir. Su espíritu, siempre recto, se rebelaba contra el proceder brutal de su marido. Si le hubiera visto menos alterado se lo habría expresado con toda franqueza porque era una valerosa mujer y toda injusticia sublevaba su sangre. Aplazó, pues, también esta explicación para el día siguiente y procuró distraer como siempre sus inquietudes con las gracias de su hijo, mientras Tristán caminaba la vuelta acostumbrada del café. La tertulia literaria, cuando llegó, ardía ya en disputas y bromas. Pronto se dejó vencer por el influjo de aquella ruidosa alegría y se disiparon las sombras que obscurecían su frente. Olvidó su disgusto. Pero cuando más enfrascado se hallaba en la algazara apareció en la puerta la figura siniestra del paisano Barragán con su eterna zamarra negra, su enorme sombrero y sus barbas hasta el medio del pecho. Los ojos de todos los tertulios se volvieron con sorpresa hacia él y hubo un instante de silencio.

—¡Hola! ¿qué vendrá a hacer aquí este pájaro?—dijo uno.

—¡Soberbia figura para mi drama! Estoy por ir a preguntarle si se quiere contratar—dijo otro.

—¡A que no te acercas a él!

Mientras tanto Barragán avanzaba por el medio del café echando miradas sanguinarias a todos los rincones como si buscase a alguno para arrojarse sobre él y degollarlo. Al fin divisó al desgraciado que buscaba. Era un sujeto de faz bermeja. En los labios sinuosos del paisano se dibujó una sonrisa feroz y se dirigió hacia el sitio que ocupaba. Pero al pasar cerca de la mesa de los literatos percibió a Tristán y exclamó sonriente y espantoso:

—¡Adiós, Tristanito! Hace ya una temporadita que no nos hemos visto. ¿Cómo va esa salud? Por Clarita y el chiquitín no le pregunto porque sé que están buenos. Nanín me lo ha dicho esta tarde.

—¿Qué Nanín?—preguntó Aldama por cuyos ojos pasó una nube.

—¿Qué Nanín ha de ser? El marquesito del Lago. Me ha dicho que los ha visto en su casa y que había sentido mucho no encontrarle a usted.

La impresión que Tristán sintió con estas palabras fue tan violenta, que un golpe en la cabeza no le hubiera dejado más aturdido y paralizado. Sólo pudo exclamar con forzada y estúpida sonrisa:—«¡Ah!»

—Bueno—siguió Barragán viendo que Tristán no decía más—. He venido a buscar a aquel amigo que me ha citado aquí y voy a hablar un rato con él. Es maestro cortador de La Confianza, esa gran sastrería de la calle Mayor; un hombre instruidísimo, Tristanito, un verdadero filósofo. Conoce la historia de España al dedillo. Le dice a usted todos los reyes godos de memoria sin faltar uno, ¡es que sin faltar uno, Tristanito, créalo usted! En Calatayud, que es su pueblo, ha publicado unos artículos contra el celibato eclesiástico que levantaron roncha en el clero. Ahora está escribiendo un folleto contra Moisés, ¡una verdadera hermosura!

En aquel momento el sujeto en cuestión acercaba su nariz escarlata a una copa de cognac, haciendo concebir la sospecha de que su rencor contra el caudillo de los israelitas quizá naciese por no haber logrado entrar en la tierra de Canaan y disfrutar de sus famosos viñedos.

Mientras duró esta breve conversación los amigos de Tristán se burlaban de lo lindo, aunque en voz baja, del paisano. «¡Guardias, socorro!»—exclamaba uno—. «Tome usted la cartera. ¡No me haga usted daño por Dios!»—decía otro llevando la mano al bolsillo—. «Pues habla en diminutivo con mucha dulzura.»—«Será un bandido generoso como Diego Corrientes.»—«Mirad qué pálido se ha quedado Aldama.»

En efecto, Tristán se había quedado tan descompuesto que apenas podía articular una palabra. Sin embargo, hizo un esfuerzo heroico sobre si mismo y sonrió balbuciendo que aquel amigo de tan fea catadura era una persona honrada e inofensiva.—«¡Ya, ya, bien inofensivo te dé Dios!—Pues tú buen susto has llevado. Estás más yerto que Hamlet viendo el espectro de su padre.» Hizo cuanto le fue posible por mostrarse tranquilo; pero a los pocos instantes, con no poca sorpresa de los tertulios, se levantó bruscamente y sin despedirse se dirigió con paso rápido al sitio que ocupaba Barragán.

—Amigo Barragán—le dijo en el tono más indiferente que pudo—, ¿sabe usted en qué hotel para el marqués del Lago?

—No está en ningún hotel. Vive, según me ha dicho, en casa de su primo el marqués de Henares... Un hermano de éste creo que se casa ahora con la hija de Roda...

—Ya. ¿Y dónde vive el marqués de Henares?

—Eso sí que no puedo decirle, Tristanito. Mañana puede usted averiguarlo en el Congreso, porque es diputado.

Sin dirigir siquiera una mirada a la mesa donde se hallaban sus amigos salió apresuradamente del café. Una vez en la calle, quedó un instante inmóvil. La cabeza le ardía y el corazón le palpitaba fuertemente. Al cabo emprendió a paso largo el camino de su casa. Se acercó a la portería donde los porteros formaban tertulia en torno de una mesa con algunos amigos. Llamó con los dedos en los cristales.

—Diga usted, Juan, ¿esta tarde ha venido algún caballero a verme?

El portero vaciló un momento sin acordarse, pero su mujer respondió en voz alta:

—Sí, hombre, ¿no te acuerdas de un señorito joven que preguntó por los señores de Aldama?

—¡Ah! sí, un señorito alto, grueso, de pelo rubio. Le dije que no estaba el señorito. Me contestó que era igual y subió...

—Bien; ése ya sé quién es porque ha entrado en casa—respondió para disimular—. ¿No ha venido ningún otro a preguntar por mí?

—Me parece que no señor.

Inmediatamente se trasladó a una librería de la Carrera de San Jerónimo que aún estaba abierta, pidió la Guía de Madrid y se enteró dónde vivía el marqués de Henares. Era en una calle del barrio de Argüelles. Tomó un coche en la Puerta del Sol y dio las señas. Pocos minutos después se bajaba delante del hotel que ocupaba el marqués. Preguntó al portero. El señor y la señora habían salido hacía ya una hora con su primo el marqués del Lago y una señorita.

—¿No sabe usted dónde han ido?

—No, señor..., pero aguarde usted un momento.

Tomó la bocina del tubo acústico y llamó.

—María Luisa, ¿sabes dónde han ido los señores esta noche?

El portero escuchó lo que le respondían y colgando la boquilla dijo:

—Los señores tenían tomado un palco en el teatro de Apolo. Allí deben de estar.

Tristán subió de nuevo al coche dando estas señas. Cuando cruzaba por la Puerta del Sol sonaban en el reloj del ministerio de la Gobernación las diez. Se apeó delante del teatro y despidió el coche, y usando de su privilegio de autor entró sin detenerse en la taquilla. Había comenzado ya el acto segundo. Se acercó a la puerta central de las butacas, la entreabrió y echó una rápida mirada a los palcos. En seguida le vio. Había dos señoras en primer término y él con otro caballero detrás de ellas. Se cercioró bien del número del palco y subió hasta colocarse detrás de la puertecita, y por un movimiento irreflexivo llamó con los nudillos de los dedos sobre ella. El mismo marquesito se levantó para abrir. Su semblante se dilató con una franca y cordial sonrisa.

—¡Amigo Aldama, usted por aquí! Pase usted. ¡Cuántos deseos...!

Pero la frase expiró en sus labios. La sonrisa que contraía el rostro de Tristán era tan extraña y su rostro se hallaba tan descompuesto, que el marquesito quedó paralizado.

—¿Tendría usted la amabilidad de escucharme dos palabras?

—Con mucho gusto... ¿Pero no quiere usted pasar?

—No señor, gracias.

—¿Es tan urgente el asunto?

—Lo es.

Nanín quedó un instante suspenso.

—Bien, bien—dijo al cabo—. Será como usted guste. Y dirigiéndose a sus primos añadió:—Soy con vosotros al instante. Necesito hablar unas palabras con este amigo.

Salió y cerró la puerta del palco.

—Estoy a su disposición—dijo ya con semblante grave para acomodarse al de Tristán.

Este echó a andar hacia la escalera y Nanín le siguió al vestíbulo que se hallaba solitario. Sólo los encargados de recibir los billetes de entrada charlaban a la puerta.

—Acabo de saber que ha estado usted en mi casa.

—Efectivamente, esta tarde he tenido el gusto de ver a Clara...

—¿Y no hubiera usted hecho mejor en haberse privado de ese gusto?—dijo Tristán, a quien la frase del marqués calentó aún más la sangre.

Nanín le miró estupefacto.

—No comprendo...

—Quiero decir que visitar a las señoras jóvenes en ausencia de sus maridos no siempre es oportuno. Generalmente esta confianza se la autorizan los amigos de mucha intimidad... Y francamente, por ahora no puedo contarle a usted entre ellos.

El marquesito, cada vez más sorprendido, balbuceó:

—No pensé que eso tenía nada de particular... Con Clara y con su hermano siempre hemos mantenido relaciones muy íntimas.

—Pero conmigo muy superficiales... y yo soy ahora el amo de la casa y quien puede autorizar o desautorizar las visitas de mi mujer.

Nanín avergonzado y queriendo sacudir el embarazo que sentía replicó:

—¿Y para una tontería como ésta me hace usted salir del palco? ¡Hombre, no merecía la pena!

—Permítame usted que le diga—profirió Tristán con reconcentrada ira—que jamás he concedido ni pienso conceder a nadie el derecho de calificar de tonterías mis actos. Y si alguien es bastante atrevido para tomarse esa libertad se expone a sufrir las consecuencias.

—Pero ¿qué motivo hay para enfadarse de ese modo?—exclamó el marquesito—. Que a usted no le gusta que vaya a su casa, ni quiere ser mi amigo... Bueno; para eso no tenía usted necesidad de venir con esos humos a llamarme estando con señoras. Bastaba con haberme enviado una carta.

—Si a usted le parece que vengo con humos debe tener presente que donde sale humo es que hay fuego. Ni para enfadarme ni para desenfadarme le pido a usted permiso... Por lo demás, me acomoda mejor hacerle a usted esa advertencia de palabra. No quiero que usted ponga los pies en mi casa. ¿Se ha enterado usted?

El marquesito alzó los hombros con desdén.

—Lo mismo usted que su casa me tienen sin cuidado.

—Y a mí menos que mis palabras le desagraden—respondió Tristán dirigiéndole una mirada provocativa.

El marquesito le miró a su vez en silencio unos momentos y volviendo al cabo la espalda con un gesto desdeñoso murmuró:

—Razón tienen en decir que está usted loco.

—Más razón tienen en decir que es usted un imbécil.

Nanín se volvió rojo, exasperado, y avanzando hasta acercar su cara a la de Aldama exclamó con furor:

—¿Qué decía usted?

Tristán, sin retroceder poco ni mucho, respondió con igual fiereza:

—Lo que todo el mundo sabe: que es usted un imbécil.

El marquesito alzó la mano y Aldama rodó por el suelo. Los dependientes de la puerta y un caballero que cruzaba a la sazón y se había detenido al oír la disputa acudieron a levantarle. Mientras esta operación se realizaba Nanín pálido y con los ojos extraviados parecía decidido a repetir la suerte. Tristán por su parte, una vez en pie, también quiso arrojarse sobre él. Ambas cosas fueron impedidas por los porteros y el caballero que les auxiliaba.

—¡Déjenme ustedes!—exclamaba Tristán—. ¿No ven ustedes que me ha abofeteado?

Nanín guardaba silencio. Al fin volvió de nuevo la espalda y con tranquilo paso se dirigió a la escalera para subir al palco. Tristán, sujeto por las manos de los dependientes, le gritó:

—¡Pronto tendrá usted noticias mías!

El marquesito siguió caminando con desdeñosa indiferencia.

Tristán corrió al café. Tenía la mejilla roja y un poco inflamada. Cuando se acercó a la tertulia de sus amigos, éstos le acogieron con las alegres chanzas de siempre, pero al verle tan descompuesto y al observar que se dirigía a un joven capitán, único militar de la reunión, y a otro amigo que tenía fama de tirador de armas y duelista, entendieron de lo que se trataba y se callaron con respeto. Tristán llevó a otra mesa a sus dos amigos y conferenció con ellos brevemente.

—Tengo, sin ninguna clase de duda, la elección de armas, porque he sido abofeteado delante de varias personas. Elegid la pistola en las condiciones más graves que podáis.

Los amigos se dirigieron al Teatro de Apolo. El marquesito, que ya había contado a su primo el de Henares la aventura y esperaba la visita, eligió por padrinos por indicación de éste a González de la Riva, un hombre político muy conocido que se hallaba a la sazón en el teatro, y a un joven teniente de artillería. Como el teatro no era sitio a propósito para ventilar aquel asunto, se dirigieron los cuatro al Círculo de la Peña y conferenciaron en un saloncito completamente solos. González de la Riva, acostumbrado a las transacciones de la política y a los cabildeos del salón de conferencias del Congreso, quiso desde luego arreglar pacíficamente el asunto y empleó para ello aquella facundia persuasiva que todo el mundo le reconocía. Sus frases aliñadas, todas sus habilidades parlamentarias se estrellaron contra la resuelta y arrogante decisión de los padrinos de Aldama.

—No queremos acta, porque el acta que propusiéramos no la aceptaría ningún hombre de honor, y no tenemos intención de ofender al marqués del Lago.

Luego, al tratar de las armas, hubo también su poquito de discusión. Se reconocía el derecho de Aldama a elegir, pero los padrinos del marqués, sobre todo González de la Riva, expresaron su deseo de quitar gravedad al duelo. Con igual firmeza los de Aldama rechazaron este deseo e impusieron sus condiciones. Dos disparos simultáneos a treinta pasos: inmediatamente otros dos a veinte avanzando cinco cada uno. Cuando salían del saloncito después de haberlas convenido llegaba Narciso Luna, aquel joven-viejo o viejo-joven amante de la condesa de Peñarrubia. Había tenido noticia de lo que se trataba y venía desde el billar jadeante, trémulo, como si se tratase realmente del desafío de un hermano. Se dirigió con voz alterada a los padrinos diciéndoles que aquel lance no podía efectuarse, que era necesario arreglarlo y que él estaba dispuesto a hacer cuanto fuese necesario para ello dejando el honor de ambos a salvo. Los padrinos del marqués (con el cual ni su misma hermana la condesa de Peñarrubia se trataba ya) hicieron comprender cortésmente a aquel cuñado sui generis que no debía mezclarse para nada en el asunto que les estaba confiado. Los de Aldama ni siquiera se dignaron contestarle pasando fríos y arrogantes por delante de él. Cuando se hallaban ya a alguna distancia uno de ellos dejó escapar en voz bastante alta una frase sangrienta que Narciso Luna no oyó o no quiso recoger.

Tristán les esperaba en el café impaciente. En cuanto llegaron y le dieron cuenta de las condiciones convenidas quedó repentinamente tranquilo y satisfecho. Se puso a charlar y bromear con sus amigos con una alegría y serenidad que éstos admiraron. Poco después se despidió no sin haber convenido con sus testigos la hora y el sitio en que debían verse. Para evitar sospechas en las familias se concertó el lance por la tarde en una finca situada en Leganés. El marquesito debía salir del Veloz-Club con sus amigos a las dos en punto y Tristán de la Peña a la misma hora con los suyos. Cuando se vio en la calle y solo, una arruga profunda se marcó en su frente: desapareció súbitamente la alegría, un poco forzada, que a última hora había mostrado. Un problema negro, pavoroso se alzó delante de él. Clara. ¿Por qué había recibido la visita del marquesito? ¿Por qué se la había ocultado? Mucho menos que esto necesitaba su espíritu caviloso para lanzarse a todas las sospechas, a las hipótesis más graves. El corazón comenzó a palpitarle fuertemente, las sienes le latían como si su cabeza fuese a estallar: emprendió la carrera hacia su casa. Cuando llegó, Clara aún estaba vestida esperándole aunque era ya más tarde que de costumbre. Al ver la descomposición de su rostro, al sentir sobre sí la mirada fulgurante de su marido comprendió que éste tenía conocimiento de la visita del marqués. La escena que se desarrolló fue violentísima: gritos, lágrimas, recriminaciones, protestas. Sin embargo, la verdad vibraba tan elocuente en la voz de la joven esposa, resplandecía en sus ojos tan nobles, tan sinceros que Tristán no pudo menos de rendirse en el fondo de su corazón a la evidencia. La visita había sido inevitable porque el criado no dijo el nombre del marqués, se había hecho en presencia de la niñera y sólo por el temor de aumentar su desazón había aplazado darle conocimiento hasta verle más tranquilo. Tristán se rindió en el fondo a estas verdades, pero no en la apariencia. Cuando después de un rato de silencio Clara fue a darle un beso la rechazó y levantándose bruscamente se fue a dormir a otro cuarto dejándola bañada en lágrimas.

Clara era inocente, así lo comprendió; mas por una de esas misteriosas depravaciones que experimenta el espíritu de los hombres preocupados por una idea fija, aferrados tenazmente a una abstracción, casi se sentía molesto de que lo fuese. Quisiera poder gritar con furor «¡ah! ¡la vida!» y maldecir como siempre de la creación. Sufrir, morir, tal es el destino del hombre. Todo amor, aun el más tierno, aun el más santo, no es más que el instinto sexual disfrazado. El matrimonio es un lazo que la naturaleza nos tiende, etc.; todos los pensamientos en fin de que estaba atiborrado su cerebro y que buscaban el más mínimo pretexto para exhalarse. Aquello de haber encontrado un ser tan noble, tan puro, tan exento de egoísmo como su esposa constituía para él una verdadera decepción. Pero ya que por este lado no podía refocilarse en sus ideas negras, desesperadas, halló manera adecuada de darles satisfacción pensando en el marquesito. No le cabía duda que aquel majadero insistía en pretender a su mujer, que la visita a solas había sido calculada, y aun llegaban sus sospechas a imaginar que había estado espiando su salida para entrar, sabiéndole ausente. Por esto, por la profunda antipatía que desde luego le inspiraba y sobre todo por la afrenta que de él acababa de recibir, su sangre hervía de odio y ansias de vengarse. Su habilidad suprema en el manejo de la pistola le ponía en condiciones de saciar este deseo, pero al mismo tiempo despertaba en su conciencia ciertos leves escrúpulos que procuraba sofocar por medio de reflexiones más o menos fundadas. «Nanín es un gran cazador—se decía—. Conoce admirablemente el manejo de la carabina. ¿Por qué no ha de tirar también la pistola?»

A la mañana siguiente hizo la vida de siempre. Después de desayunar en compañía de su esposa, estuvo leyendo o trabajando en su despacho. Con aquélla, aunque todavía serio, se mostró dulce y afectuoso. Clara, sorprendida, fue tan dichosa, que antes de encerrarse le besó con transporte y luego lloró de felicidad a solas. Las vagas sospechas de que Tristán pudiese provocar al marqués se disiparon. Almorzaron con tranquilidad, y después de haber pasado un rato jugando con el niño mientras fumaba un cigarro, tomó el sombrero y salió como de costumbre. Se hallaba perfectamente tranquilo. Sin embargo, cuando Clara, que salía siempre a despedirle, cerró la puerta, cuando bajó los primeros escalones, un pensamiento lúgubre atravesó su cerebro: «¡Si ese chico me matase!» Quedó un instante inmóvil y tuvo intenciones de volverse y besar a su hijo y a su esposa con más efusión de lo que lo había hecho. Pero se arrepintió inmediatamente comprendiendo el efecto que esto causaría a Clara. Se trasladó a pie hasta la Peña.

Ya le esperaban allí sus testigos. Con ellos iba un amigo médico. Subieron al carruaje al sonar las dos y cuando montaban vieron que arrancaba también del Veloz otro carruaje donde debía de ir el marqués. Mientras duró el trayecto tanto él como sus amigos afectaron alegría. El médico, que era aragonés, les fue contando una serie de chascarrillos baturros y el capitán, nacido en Málaga, correspondió con buen golpe de timos andaluces. Al llegar a la posesión la gran puerta enrejada de hierro estaba abierta y un criado al pie de ella esperándoles. Les dijo que los otros señores ya estaban dentro. Hechos los saludos de rúbrica los testigos conferenciaron brevemente. Luego uno después de otro hicieron entrar a sus apadrinados en la casa y escribir sobre una mesa de comedor una carta dirigida al juez, la consabida carta del suicida. Salieron de nuevo todos, caminaron largo trecho por la posesión hasta salir de ella y buscar un sitio retirado detrás de sus tapias. El dueño de la finca se había negado a que el duelo se realizase dentro aunque les facilitó todos los medios para que no tuviesen necesidad de hacerlo.

Se cargaron las pistolas, se eligió terreno, se midió, se sortearon los sitios. Por fin se le puso a cada uno una pistola en la mano. Mientras duraron todas estas operaciones Tristán estaba más que grave, ceñudo. El marquesito sonreía. Cuando le entregaron la pistola y le invitaron a ponerse en guardia todavía se dibujó una sonrisa en sus labios, pero aquella sonrisa expresaba una mezcla de sorpresa y confusión. En realidad Nanín se sentía sorprendido y avergonzado de hallarse en una situación que dado su carácter pacífico y bondadoso ni remotamente pudo prever.

—¡Prevenidos!—gritó uno de los testigos. Y dio tres palmadas...

Los dos tiros sonaron casi simultáneamente sin hacer blanco. Tristán no pudo reprimir un imperceptible gesto de sorpresa. Ya contaba con que las pistolas no estarían montadas al pelo, pero no sospechó que estuvieran tan duras, y dio gatillazo como dicen los tiradores. Se cargaron nuevamente, tomó cada uno la suya y el mismo testigo gritó:

—¡Avanzar!

Pero antes de hacerlo González de la Riva se acercó velozmente a la línea de los combatientes y dijo con su voz recia de orador tribunicio:

—Señores: Sean cuales fueren los motivos que a este penoso trance han conducido a los caballeros que tenemos la honra de apadrinar ya no puede ofrecer la menor duda que el honor de ambos ha quedado plenamente satisfecho, limpio de toda mácula, puro y diáfano como un día esplendoroso de sol. El valor, la serenidad, la perfecta hidalguía de que han dado gallarda muestra lo atestiguan mejor que pueden hacerlo mis humildes palabras. Inútil y temerario y contrario a todas las leyes de humanidad sería que prosiguiesen dando iguales pruebas. Nada añadiría ya a su acabada caballerosidad, quitando mucho a su prudencia y a sus sentimientos humanitarios. ¡Ah señores! el hombre no es una fiera de los bosques a quien enardece en vez de calmar la sangre de su enemigo y lucha con él hasta destrozarlo y no queda satisfecha hasta que le arranca sus entrañas palpitantes. El sol de la inteligencia resplandece en nuestro cerebro, el rayo del amor penetra en nuestro corazón. Somos hombres, estamos sellados por la naturaleza como reyes de la creación y nuestros actos deben responder a esta sagrada rúbrica. ¿Queréis por una triste y mentida susceptibilidad arrancaros de la cabeza la corona insignia de vuestra majestad, despojaros del manto de púrpura que señala vuestra grandeza? ¿Queréis que habiendo nacido hombres envidiemos la condición de las fieras? Lejos de mi ánimo el suponerlo. Yo sé que vuestro corazón es demasiado noble para albergar los instintos sanguinarios de la bestia feroz, yo sé que este mismo corazón os dice en este mismo momento que habiéndoos portado como valientes es hora de mostraros generosos... ¡Basta ya, señores! ¡basta ya! Dad la satisfacción a vuestros amigos de depositar en el suelo esas armas y estrecharos la mano como lo que sois, como hombres de honor, como claros y perfectos caballeros.

Hablaba acompañándose con la acción desenvuelta y elegante del orador encanecido en las lides parlamentarias, ahuecando la voz y haciéndola temblar por momentos lo mismo que cuando trataba de hacer pasar un proyecto de ley que la mayoría se obstinaba en rechazar.

Cuando terminó, Tristán, que le escuchaba sin pestañear, volvió la cabeza con desdeñosa indiferencia y avanzó los cinco pasos que le habían señalado. Nanín hizo lo mismo. El testigo volvió a dar las palmadas convenidas. Los dos tiros partieron. Entonces se vio al marquesito soltar la pistola, llevarse ambas manos al pecho, sonreír de un modo doloroso y dando media vuelta desplomarse de bruces sobre la tierra con un ruido sordo que heló la sangre de los circunstantes.

Los dos médicos se precipitaron a su socorro. Desgraciadamente se cercioraron en seguida de que estaba muerto. Con una intensa emoción pintada en los semblantes cambiáronse algunas palabras y Tristán, acompañado de sus amigos, entró apresuradamente en la finca y volvió a salir por la puerta enrejada, subiendo al coche que les aguardaba.

XXI

LA MALDICIÓN

Poco antes de la hora de comer Clara recibió una carta suya previniéndole que no le esperase, que comía con unos amigos y no volvería a casa hasta la hora de costumbre. No le sorprendió porque alguna vez lo había hecho, aunque muy rara. Pero sí quedó admirada de que hallándose aún en el comedor se presentase Escudero. Después de los saludos y de algunas palabras indiferentes, el tío de Tristán le manifestó, con emoción mal disimulada, que su sobrino había tenido un lance de honor aquella tarde y que había herido a su adversario. Para evitarse molestias y para sustraerse a la curiosidad de sus amigos había resuelto dormir aquella noche en casa de sus tíos, adonde podía ir ella también si gustaba.

Clara quedó yerta y preguntó sabiendo ya de antemano la respuesta:

—¿Con quién fue el lance?

—Con el marqués del Lago.

Se puso pálida y permaneció un instante pensativa.

—No le ha herido, le ha matado, ¿verdad?

Don Ramón bajó la cabeza sin contestar.

Ambos quedaron silenciosos. Al cabo Clara, alzando la frente, dijo con resolución:

—Vamos allá. Voy a ponerme otra ropa y a prevenir a la niñera.

Lo que pasaba por el corazón de la joven esposa en aquel momento no es fácil definir. No se le ocultaba que el lance había sido provocado por Tristán a causa de sus ridículos celos, y aunque amaba ciegamente a su marido su conciencia no podía menos de sublevarse contra tal barbarie, contra una injusticia tan notoria. Aquel desenlace trágico la llenaba de confusión y de terror. ¿Qué hombre era éste que por una estúpida aprensión llegaba a dar muerte a un chico inocente? La entrevista con Tristán en casa de Escudero se resintió de tal confusión de ideas, de este choque de sentimientos tan diversos. Hubo instantes de emoción intensa, de demostraciones de cariño frenético; pero los hubo también de visible y extraña frialdad. Tristán, turbado por las emociones de la tarde, aturdido por las consecuencias fatales que sus celos habían ocasionado, no pudo advertir la singularidad de la conducta de su esposa. Pasaron allí la noche. Clara no quiso acostarse y se estuvo hasta las primeras horas de la madrugada con su tía Eugenia, que dormía poco y vivía cada vez más miserable bajo un constante terror de todas las calamidades posibles e imaginables; unas veces de los grandes agentes físicos, el aire, el fuego, el agua, otras de los organismos microscópicos, bacilos, microbios, etc. Escudero había aconsejado a su sobrino que saliese unos días de Madrid. Aquel desafío seguramente iba a levantar mucho ruido, los periódicos hablarían, las autoridades acaso hicieran averiguaciones: nada más oportuno que mantenerse alejado hasta que la marejada se calmase. Por la mañana salieron, pues, los esposos en el gran familiar de su tío, acompañados solamente de la niñera y la cocinera, para una finca que aquél poseía en los límites de la provincia de Toledo. Allí permanecieron aproximadamente quince días. Durante este tiempo, la influencia del campo, la vida más íntima y sobre todo la necesidad de acallar el grito de su conciencia, hicieron a Tristán más cariñoso y atento con su esposa. Apartado de la vida de café y de círculo y de las rivalidades de la vida literaria, el lazo del amor conyugal se estrechó. Clara por su parte hacía esfuerzos extraordinarios por apartar de su imaginación aquel desafío fatal. Alguna vez, sentada al lado de su marido al pie de una fuente o caminando emparejada con él por el monte, llevando ambos colgada del hombro la escopeta, se sintió feliz. Hubiera permanecido allí toda la vida.

Cuando volvieron a Madrid la casa se le cayó encima. Adiós ilusiones de paz y de amor, adiós aire puro, adiós gratas correrías, adiós sueño tranquilo. Otra vez a la soledad de su casa, a las tristes alternativas de un humor suspicaz y sombrío. En la tarde del mismo día en que regresaron se hallaban los esposos en el despacho de Tristán. Clara sentada en un diván tenía al niño en sus brazos mientras aquél a su lado se esforzaba en hacer reír al pequeñuelo retozando con él. El criado se presentó.

—Una señora pregunta por los señoritos.

—¿Quién es? ¿Ha dado su nombre?

—No, señor. Ha dicho que es de confianza y quiere darles una sorpresa.

Tristán quedó un momento vacilante. Clara se puso repentinamente seria como si un presentimiento triste atravesase su corazón.

—Bien; haz que pase.

El criado se retiró y a los pocos instantes apareció en la puerta la marquesa viuda del Lago. Clara sintió que toda la sangre de sus venas fluía al corazón. Tristán se alzó del asiento como movido por un resorte. La marquesa, alta, delgada, vestida con un manto negro hasta los pies, parecía un fantasma.

—¿No me esperaban ustedes, verdad?—dijo con voz enronquecida, extraña, que jamás le habían oído—. Sin embargo, yo les aguardaba a ustedes desde hace muchos días; les aguardaba con impaciencia. Los vecinos de la calle pueden dar testimonio de ello. Ellos me habrán visto pasear día y noche bajo el sol y bajo la lluvia sin perder de vista los balcones de esta casa que con ansia deseaba ver abiertos. Allí ha dormido, me decía mirando hacia acá, allí ha dormido tranquilo mucho tiempo, pero no dormirá más el asesino de mi hijo...

—¡Señora! ¿qué está usted diciendo?—profirió Tristán con ímpetu dando un paso adelante.

—¡No dormirá más, no!—prosiguió la marquesa sin hacer caso de la interrupción—. Yo me encargaré de envenenar su sueño, de tener abiertos sus ojos hasta que apunte la aurora. No quiero que para él haya ya aurora ni luz, quiero que se agite entre las sábanas como entre envolturas de llamas, que le persiga el fantasma del inocente que ha sacrificado, que mil demonios le taladren sin cesar el corazón...

—¡Vea usted lo que dice!—gritó Tristán rojo de cólera—. Si hago llamar para que escuchen estas palabras dará usted cuenta de ellas ante la justicia.

—Llame usted a sus criados, llame usted a los vecinos, llame usted a todo el mundo para que se enteren de que ha provocado usted a un desgraciado joven para matarle no como hacen los caballeros, con riesgo igual de su vida, sino como los traidores y cobardes, buscando la ventaja para hurtar el cuerpo. Lo mismo usted que los amigos que le han apadrinado sabían que mi hijo marchaba como un cordero al sacrificio, porque su infernal habilidad en el arma que había elegido le daba sobre él una superioridad indudable.

—¿Quería usted que habiendo sido abofeteado le diese a elegir el arma que más le conviniese?—replicó Aldama con más humildad.

—Pero ¿quién ha ido a provocarlo? ¿Quién fue a sacarle de su palco para injuriarlo? ¿Quién es el que fríamente concierta las condiciones de un desafío en que sin remedio había de perecer un pobre joven, casi un niño? Únicamente el que no tiene ni nobleza, ni valor, ni sentimientos honrados en el corazón... ¡Ah, mi pobre hijo! ¡hijo de mis entrañas! ¡Cómo has caído en el lazo que te tendieron los traidores...! No estaba aquí tu desgraciada madre para prevenirte, la madre que te ha tenido colgado de sus pechos, la que besaba los rizos dorados de tu pelo al acostarte y volvía a besarlos cuando te despertabas. Ya no existes, pobre hijo mío... Una bala traidora ha agujereado tu pecho, y cuando empezabas a vivir, cuando todo el mundo te sonreía y tu madre vivía pendiente de tu sonrisa, tú tan noble, tan hermoso, tan valiente, ya no eres más que ceniza... Dios que estás en los cielos, ¿por qué me dejas vivir sin mi Nanín...?

La voz de la marquesa sollozaba al pronunciar estas palabras. Tristán, presa de honda emoción, no supo más que balbucir:

—Señora, para mí ha sido también una desgracia irreparable...

—¡Miente usted!—exclamó revolviéndose furiosa con los ojos llameantes—. Es usted incapaz de sentir lo que ha hecho, porque en usted no hay más que envidia y vanidad.

—En el estado en que usted se halla sus palabras no tienen valor alguno. Créalo usted o no lo crea, su dolor de madre conmueve hasta lo profundo de mi alma, y daría con gusto en este momento mi vida por devolverle la de su hijo...

—¡No me hable usted con dulzura! No quiero de usted la compasión. Prefiero el odio. Ya que odiaba usted a mi hijo, ódieme también a mí. Máteme usted como le ha matado a él. Acaso fuera el único bien que usted puede hacer en este mundo... ¡Oh, mi Nanín! ¡oh, hijo de mi corazón...! Venganza del cielo, ¿no caerás sobre la cabeza de su verdugo? Sí, sí... caerá... Dios es justo. ¡Jamás vivirá tranquilo el que ha matado a un ángel...! ¡Maldición, maldición sobre él!

La marquesa avanzó un paso todavía. Sus ojos brillaban como ascuas debajo de sus cabellos blancos; todo su cuerpo temblaba de odio y de cólera como el de una fatal euménida.

—¡Maldito sea usted y quien le ha engendrado! ¡Maldita sea la hora en que ha nacido! ¡Permita Dios que su esposa vea siempre esas manos teñidas de sangre! ¡Maldita sea ella también! ¡Maldita la leche que ese niño está mamando...! ¡Malditos seáis todos, malditos, malditos, malditos...!

Clara cayó sobre la alfombra con el niño entre los brazos. Tristán acudió a socorrerlos. Cuando volvió la cabeza, la marquesa había ya desaparecido.

Al recobrar el conocimiento y después de haberle prodigado los cuidados necesarios se hizo venir al médico. Este, teniendo en cuenta el estado de la madre y el tiempo que ya contaba el niño, ordenó que se le destetase. Se dispuso, pues, que durmiese en un cuarto separado con la niñera. Clara pasó el resto de la tarde llorando. Tristán salió un momento después de comer y quiso distraerse en el café, pero no pudo lograrlo. Se hallaba tan melancólico, tan abatido que muy presto se restituyó a su casa. Clara se disponía a acostarse, pero no en la alcoba del gabinete donde dormía el matrimonio, sino en otra habitación alejada. Al presentarse Tristán y mostrar en los ojos su sorpresa le dijo balbuciendo:

—Dispénsame, Tristán, me encuentro muy débil, me duele mucho la cabeza y temo que me molesten allí los ruidos de la mañana... Ya ves, está tan próxima a la puerta... Aquí hay más silencio...

—Está bien—dijo Tristán fingiendo creer la disculpa—. No te levantes mañana. Yo encargaré a todos que no hagan ruido.

Hablaron unos momentos de cosas indiferentes, procurando ocultarse su emoción y el abatimiento que los dominaba. Pero cuando Tristán al despedirse quiso darla un beso, Clara se echó hacia atrás con un movimiento de terror gritando: «¡No!»—Después se puso roja y bajó los ojos. Tristán la miró largamente en silencio. Luego girando sobre los talones salió de la estancia. Por la mañana saliendo de su despacho se encontró en el corredor con ella. Estaba pálida. Se acercó a él y cayó en sus brazos. Tristán la estrechó contra su pecho. Lloraron en silencio largo rato. Ambos sentían que su felicidad estaba rota, que algo siniestro se cernía sobre ellos y que no les dejaría hasta secar el amor en su corazón.

Clara luchó denodadamente en los días sucesivos contra sus negros presentimientos, contra sus terrores, contra la sangrienta visión que las palabras de la marquesa habían dejado en su mente. Se mostró con su marido cariñosa y solícita hasta el exceso, procurando envolverle en una red de atenciones. Este cuidado alejaba de ella otros pensamientos, pero era demasiado exagerado para que no se advirtiese el esfuerzo. Tristán lo adivinaba y se sentía más herido en su orgullo que en su amor. Hubiera podido, hubiera debido dar explicaciones, rebatir la terrible acusación de la marquesa; los ojos de Clara se las demandaban con insistencia; pero la innata y fiera altivez de su naturaleza le cerraba los labios. Suponer que él era capaz de dejarse abofetear con el objeto de tener facultad para elegir armas era una injuria que su esposa no tenía derecho siquiera a imaginar. Este silencio fue fatal para ambos. Clara al cabo de algún tiempo sintió desfallecer su fe. Cuando un alma pura pierde la fe, la desesperación se apodera de ella. Amaba a su marido porque creía en él, porque creía tanto en la nobleza de su corazón como en su talento. Al filtrarse la duda en su mente todo lo vio negro, todo lo vio horrible y le acometieron deseos de huir o de morir. Se fatigó de aquellas calurosas expresiones de amor que no encontraban la debida correspondencia. Tristán cada día más frío, más serio, más encerrado en sí mismo, detenía sus caricias y congelaba sus expansiones. El malestar fue creciendo y el alejamiento de los esposos haciéndose más ostensible. Y ¡caso estraño! este alejamiento, provocado principalmente por su actitud, hirió a Tristán tan cruelmente que le volvió loco de ira. Era frío y altivo; comenzó a mostrarse grosero. Su carácter, inclinado al despotismo, se agrió todavía más, particularmente con los criados. Con Clara un cierto respeto, que aún no había perdido, le detuvo durante algún tiempo. Pero también llegó a perderlo. Por cualquier negligencia promovía en la casa un fuerte disturbio, se exasperaba, gritaba como un loco. Nadie le entendía, nadie le daba gusto. Habiendo sorprendido una sonrisa de inteligencia entre el criado y la doncella le bastó esto para imaginar que en la casa se conspiraba contra él, que todos estaban de acuerdo para vejarle y Clara la primera. Entonces comenzó para ésta una vida bien miserable. Tristán apenas le hablaba: algunas veces se sentaban a la mesa y se levantaban sin haber despegado los labios. Sólo se dirigía a ella alguna vez cuando necesitaba desahogar su mal humor para reprenderla ásperamente, para injuriarla también en ocasiones. La joven contestaba a estas violencias con lágrimas y sollozos. Llegó un momento, sin embargo, en que su corazón herido, deshecho, ya no pudo más. Se secaron las lágrimas repentinamente y un día en que su marido enloquecido se desbordaba en palabras ultrajantes le clavó una mirada larga, fría, despreciativa que le dejó paralizado. «Mi mujer me odia», se dijo estremecido. Y desde entonces aquella idea no se apartó de su mente. Se puso a observarla con ansiedad queriendo sorprender en sus ojos, en sus ademanes aquel odio que él mismo había trabajado por despertar. No era verdad, sin embargo. Clara no le odiaba, le despreciaba. Armada de este desdén como de una coraza que la naturaleza piadosa colocara en su corazón escuchaba los insultos de su marido sin pestañear y seguía ejecutando lo que tenía entre manos con la misma calma que si oyese el ruido de la mar.

Tristán comenzó a padecer del estómago. Sus digestiones se hicieron penosas, contribuyendo esto a exacerbar aún más su mal humor. No resignándose a pensar que fuese una enfermedad enviada por la naturaleza espontáneamente, se puso a imaginar que tenía la culpa la cocinera, que los alimentos eran de mala calidad, que se los servían unas veces crudos, otras salados o picantes, etc. Por reflejo, Clara tenía la culpa de todo. Se despidió a la cocinera; vino otra y pasó lo mismo. A veces se marchaba a comer al restaurant, y entonces llegaba triunfante a casa y decía en alta voz que aquel día se sentía admirablemente aunque no fuese verdad. Un día le preguntó a un amigo médico en el café:

—Dime, ¿es verdad que existen venenos lentos?

—Cualquier sustancia nociva es un veneno lento si se administra a la continua—le respondió.

Aquel día estuvo doblemente preocupado y caviloso. Desde entonces comenzó a observar con intensa atención los movimientos de su esposa, a reconocer a hurtadillas todos los cacharros que había en el aparador, a dirigir rápidas y penetrantes miradas a aquélla cada vez que gustaba los alimentos. Cierta noche, después de comer, no sintiéndose con ganas de salir, se acomodó en una butaca y pidió que le hiciesen te. Al oír los pasos del criado que se lo traía, Clara que estaba bordando debajo de la lámpara, se alzó precipitadamente de la silla, reconoció la azucarera donde sospechaba que ya no quedaba azúcar, y viendo confirmada su presunción, corrió al encuentro del criado y le hizo volver a la cocina. Mandó sacar azúcar de la despensa, le echó los tres terrones que su marido necesitaba siempre, y ella misma vino a servírselo. Mientras tanto Tristán, que había seguido la maniobra de su esposa con vivo recelo, esperaba anhelante acometido de una terrible inquietud que se revelaba en su respiración y en sus ojos. Tomó con mano temblorosa la taza que le presentaban, y después de vacilar un instante, se decidió a llevarla a los labios. Fuese aprensión o que en realidad el te estuviese mal hecho, lo cierto es que percibió un extraño y desagradable sabor. Dejó caer la taza al suelo, y sujetando a su esposa por la muñeca con fuerza le preguntó furiosamente:

—¿Qué has echado en este te?

—¿Cómo...? ¿Qué dices?—respondió Clara aterrada al ver los ojos de su marido, pero sin comprender todavía.

—¡Te pregunto qué es lo que me has echado en el te!—gritó con más furor sacudiéndole el brazo y soltándolo después con un movimiento de repulsa que la hizo tambalearse.

Clara comprendió al fin y llevándose las manos a los ojos exclamó con espanto:

—¡Dios mío, qué horror!

Después como si fuese acometida súbitamente por un rapto de locura se puso a gritar a la niñera:

—¡Juana! ¡Juana...! ¡El niño! ¿Dónde está el niño? ¡Traerme el niño...!

—¿Qué haces? ¿Qué quieres?—preguntó a su vez sorprendido Aldama.

—¡El niño! ¡El niño!—seguía gritando Clara sin hacer caso.

Corrió a su habitación, se echó un abrigo encima de los hombros y tomando al niño que le presentaba ya Juana se dirigió a la puerta de la calle. Tristán le interceptó el paso.

—¿Adónde vas?

—Adonde no te vea—replicó resueltamente la joven.

Entonces en el cerebro de Aldama brilló un rayo de luz; tuvo por un instante la visión clara de su injusticia, de su increíble necedad, y cayó de rodillas.

—¡Clara, perdón! ¡No te vayas!

—¡Aparta, aparta, miserable! Ya he sufrido bastante. ¡Mi corazón no puede más!

Y como Tristán tratase de retenerla, le dio con su brazo vigoroso un empujón que le hizo caer de espaldas.

Cuando se levantó, su esposa bajaban ya la escalera con el niño y Juana detrás de ella.

Se puso en pie. La vergüenza y la cólera ardían al mismo tiempo en su pecho. Escuchó unos instantes, hasta que el ruido de los pasos dejó de percibirse, y cerró la puerta, que había quedado abierta. Luego se dirigió al salón, encendió las luces y comenzó a pasearse de una esquina a otra con las manos en los bolsillos. Un frío cortante como una espada entraba en su corazón. Veíase solo, y con profundo estupor se daba cuenta de que todo había concluido para él. Se hallaba en la situación de un jugador que acaba de arriesgar su fortuna a una carta y la pierde. Al cabo de un rato llamaron con suavidad en la puerta de la estancia.

—¡Adelante!—dijo parándose.

Entró la doncella, cuya adoración por Clara era conocida.

—Señorito—manifestó con resolución—, habiéndose ido la señorita yo no puedo quedar en esta casa. Si tuviese la bondad de darme la cuenta...

—Ahora mismo—replicó Tristán cuya frente se frunció terriblemente.

Fue al despacho, le pagó y se vino de nuevo al salón. Pero a los pocos instantes se presentó el criado balbuciente, ruborizado. Él también quería irse, no porque estuviese descontento del señorito, pero era novio de la doncella... pensaba casarse en abril... Lucila se lo había exigido...

—Basta—dijo Aldama secamente.

Y sin pronunciar otra palabra fue al despacho y le entregó su cuenta. Sintió después el ruido que hacían al arrastrar sus baúles, oyó abrirse la puerta, oyó la voz de unos hombres que debían de ser los mozos de cuerda, y luego se cerró la puerta y todo quedó en silencio. Pero inmediatamente se presentó la cocinera. Era una mujer de más de cuarenta años y de tan fea catadura que inspiraba risa.

—Aunque hace poco tiempo que estoy en la casa ya cogí ley al señorito, porque es simpático y amable... y tiene ángel... ¡vamos porque sí, porque me gusta! Pero ya el señorito puede comprender que una joven sola en una casa con un caballero no parece bien... La gente es muy mala y se agarra a cualquier cosa para hacer daño... Necesito mirar por mi honra.

Tristán la contempló fijamente con curiosidad burlona. Le dio por completo la razón. Nada, nada, los jóvenes de distinto sexo no estaban bien solos bajo un mismo techo. Le pagó y la pudorosa doméstica se despidió hecha una jalea diciendo que al día siguiente vendría a buscar el baúl.

Entonces Tristán quedó solo en la casa. Una tristeza inmensa, infinita, pesaba sobre su alma. Sentía deseos de sollozar. Acaso esto hubiera aliviado su corazón, pero el orgullo dominaba sus lágrimas, las obligaba a volverse atrás cuando querían salir.

Largo rato paseó por la estancia sin detenerse, con el rostro pálido, los ojos secos y febriles, la frente dolorosamente fruncida. A la puerta oyó los leves aullidos del perro que quería entrar. Fue a abrirle. El Fidel comenzó a recorrer el salón con la cola agitada, oliendo en todas partes: luego salió como un torbellino, recorriendo los pasillos, entrando en las habitaciones, buscando, olfateando. Entró de nuevo, miró a Tristán, dejando escapar quejidos lastimeros, se fue a la puerta de la calle, volvió y repitió varias veces esta maniobra. El pobre animal buscaba a su ama.

Una sonrisa amarga se dibujó en los labios de Aldama.

—¿Tú también quieres irte? ¡Anda, anda, marcha cuando quieras!

Se dirigió a la puerta y la abrió. El perro se precipitó raudo por la escalera. Tristán volvió al salón y entonces, sí, quedó enteramente solo.

XXII

HACIA OTRO MUNDO

Cuando Elena quedó sola, después que Núñez hubo marchado, se dirigió al salón donde se hallaba un magnífico retrato de su marido pintado por Pradilla.

—Lo hecho ya no tiene remedio, Germán... ¡Pero sabré pagar con la vida lo que he hecho!—dijo en voz alta hablando con la efigie como con un ser vivo.

Una resolución sombría, inquebrantable, animó sus ojos desde entonces. Después que le sirvieron el almuerzo, que apenas tocó, vistiose apresuradamente y dio orden de que engancharan la berlina y que la condujesen a la estación. Una vez allí despidió el coche y subió a pie por la carretera hasta el pueblo. Se fue dando rodeos para no ser vista hasta la farmacia de su primo, cuyas costumbres conocía. Después de comer solía pasar éste un par de horas en el casino jugando al dominó. Sin embargo, cruzó rápidamente por delante de la botica para cerciorarse.

—Don Manuel, ¿no está?—preguntó al dependiente, un chico de quince a diez y seis años.

—No, señora; hasta las cuatro no suele venir.

Elena hizo un gesto de contrariedad y manifestó que no podía aguardar tanto tiempo. Necesitaba encargarle con urgencia una medicina que ya le había preparado otras veces. El chico insinuó que estaba en el casino, que subiría para que la muchacha fuese a avisarle. Elena se opuso. Como la distancia era corta, le suplicó que él mismo fuese y mientras tanto ella quedaría al cuidado de la botica. El muchacho, que no podía tener desconfianza viendo una señora elegantemente vestida, salió corriendo a evacuar el recado. Inmediatamente Elena, que había pasado los primeros años de su vida en aquella farmacia y la conocía tan bien como su primo, se dirigió con presteza a la trastienda, abrió la cordialera, buscó el tarro del curare y sacando del pecho un frasquito que llevaba echó en él unos pedazos de este veneno. Después lo guardó de nuevo y se sentó a esperar tranquilamente a su primo. No tardó en llegar.

—¡Elena! Pero ¿eres tú?

El primo Vilches la saludó con efusión un poco embarazada. La conducta de Elena había disgustado a toda la familia. Desde hacía ya tiempo el farmacéutico, que iba con frecuencia a Madrid, no había puesto los pies en su casa. Elena, también confusa, le explicó que había llegado hacía pocos días para reponerse de una ligera fiebre que había padecido y le suplicó que le preparase una poción calmante para dormir que en otro tiempo, cuando vivía en el Escorial, le había probado muy bien. Vilches se apresuró a complacerla. Mientras duró la confección charlaron. Vilches tenía niños y se habló de ellos y de otros asuntos, pero se abstuvo de preguntar por Reynoso y lo mismo de invitarla a subir a ver a su esposa. Esto último hirió profundamente a Elena, que al despedirse apenas se atrevió a decir: «Recuerdos a Rosa.»

Aquella misma tarde regresó a Madrid. Al día siguiente a la hora en que Cirilo salía de casa para la Bolsa se fue a la plaza de Oriente y dio orden al cochero de que se detuviese en las proximidades. Desde el coche estuvo vigilando hasta que vio asomar al paralítico apoyado en su bastón. El portero salió a llamar un coche de punto y le ayudó a subir a él. Elena bajó del suyo, entró en la casa y llamó en la puerta de Visita al tiempo que cruzaba por el pasillo una persona, la cual, así que sonó el timbre, tiró del pestillo y abrió. Elena se encontró frente a frente con su cuñada Clara. La estupefacción de ambas fue inmensa. Elena pensó que allí mismo iba a morir. Clara muy pálida y con el entrecejo fruncido le preguntó al cabo secamente:

—¿Qué deseaba usted?

Pero Elena sin responder clavó en ella una mirada de angustia y de dolor tan intensos que traspasó el corazón de su cuñada. Dio ésta un paso hacia ella y tomándola por la mano y cerrando después la puerta le dijo gravemente:

—Ven conmigo.

Y así la llevó hasta la habitación que ocupaba y la obligó a sentarse en una butaca. Elena estaba más muerta que viva: hizo algunos esfuerzos para hablar, pero la voz no salía de su garganta. Clara, que estaba en pie frente a ella, le dijo observándolo:

—No hables todavía. Voy a mandar que te hagan una taza de tila.

Elena se apoderó de una de sus manos y la besó. Clara la retiró velozmente.

—No necesito nada, Clara, no necesito más que verte y que me mires con un poco de compasión. Ya sé que no la merezco, pero hay momentos en que una gota de compasión puede detener a la muerte, puede salvar un alma del infierno... Yo te lo pido, Clara, yo te lo imploro por la memoria de tu madre.

Clara se acercó más a ella, volvió a entregarle su mano, que Elena besó repetidas veces con transporte, y le dijo con dulzura:

—Sosiégate y habla sin desconfianza. No temas que ninguna palabra ofensiva ni aun dura salga de mis labios. ¿A qué has venido hasta aquí? ¿Sabías que yo estaba?

—No; venía a suplicar a Visita que me dijese dónde se halla mi... dónde se halla tu hermano.

Clara guardó silencio y quedó unos instantes pensativa, mientras que su cuñada permanecía sentada con la cabeza inclinada al suelo y el pañuelo en los ojos.

—Ni Visita ni yo podemos decírtelo. Estamos obligadas, si no por juramento, al menos con promesa sagrada a guardar el secreto de su retiro. Ya comprenderás que el revelártelo sería hacerle traición, añadir un clavo más a su cruz.

—¡Lo comprendo, Clara, lo comprendo!—replicó la pobre mujer sollozando—¡pero si supieras...! ¡si supieras...! Demasiado entiendo que por la ley de Dios no merezco ser su esposa y por la de los hombres no debo serlo ya... Sólo quería llegar hasta él y decirle ¡perdóname, Germán! y morir a sus pies...

Clara la miró largamente con infinita tristeza y murmuró:

—¡Desgraciada Elena!

—¡Mucho más de lo que puedas figurarte! Mira mi semblante, Clara, mira mi cuerpo deshecho; acuérdate de aquella Elena que jugaba y corría contigo en el Sotillo cuya alegría decíais que era comunicativa, acuérdate de aquella mujercita mimosa de quien tanto os burlabais que os hacía rabiar y os hacía reír a un mismo tiempo. ¡Mírala ahora bien rota, bien hundida en el fango! Acuérdate también, Clara mía, de lo que la has querido. ¿Cómo es posible que me odies a mí que te quiero tanto, a mí que te miro y te he mirado siempre como un ángel bajado del cielo?

—Yo no te odio, Elena... pero amo a mi hermano como hermano y como padre.

—Tienes razón. Despreciadme, maldecidme. Hice traición al mejor de los hombres. No merezco pisar la tierra que vosotros pisáis... Adiós, Clara—añadió levantándose—. No tengo más que un medio de pagaros la ofensa que os he hecho... ¡Rogad a Dios por mí!

Y dio precipitadamente algunos pasos hacia la puerta. Clara corrió a ella y la detuvo por la mano.

—¿Adónde vas, criatura?

La arrastró de nuevo hasta la butaca y volvió a sentarla. Luego permaneció frente a ella inmóvil como una estatua, sumida en profunda meditación. Elena, sin levantar los ojos, sentía sin embargo su mirada, adivinaba los contrarios pensamientos que luchaban en su mente y su corazón latía dentro del pecho hasta dejarse oír.

—Está bien—dijo al cabo la hermana de Reynoso con voz grave—. Mi conciencia me dice que por encima de todas las consideraciones y de todas las promesas está la ley de la caridad. Yo no puedo consentir que realices lo que me has dejado adivinar. Sabrás dónde está tu marido.

Elena dio un salto y se arrojó sobre ella estrechándola, estrujándola mejor dicho contra su pecho como si quisiera asfixiarla, cubriéndola al mismo tiempo el rostro de sonoros besos. Luego se dejó caer de rodillas e intentó besarle los pies, pero Clara la alzó entre sus brazos vigorosos y la sentó a la fuerza de nuevo. Después cogiendo una silla vino a sentarse a su lado, y tomándole una mano le dijo con voz que temblaba ligeramente:

—No eres tú sola desgraciada, Elena. Yo también lo soy.

—¿Tú?—exclamó aquélla alzando la cabeza y mirándola con estupor.

—Sí, hace dos días que me encuentro en esta casa porque me he visto obligada a huir de mi marido.

Y le narró con sencillez y concisión su vida desdichada en los últimos tiempos y el suceso increíble que había dado origen a la separación. Elena volvió a besarla con transporte y alzando los ojos al cielo exclamó:

—¡Oh, Dios! Los malos merecemos ser desgraciados, pero los buenos ¿por qué también lo son?

Ambas guardaron silencio.

—¿Le amas todavía?—preguntole dulcemente al oído.

—No—respondió Clara secamente—. Ese hombre ha ido arrancando una a una las raíces que tenía en mi corazón. El último tirón le ha separado por completo.

—Entonces, huye.

—Sí, hoy mismo pienso marchar a reunirme con mi hermano. Mañana irás tú. Yo prepararé su ánimo para recibirte.

Elena guardó silencio y una arruga dolorosa surcó su frentecita de estatua.

—Perdona, Clara—dijo al fin tímidamente—. Si debiese mi perdón a tus súplicas nunca podría creer en él y mi existencia sería un continuo tormento.

—Tienes razón—respondió aquélla quedando un momento perpleja—. Marcha tú esta tarde. Mañana saldré yo.

Después le dio cuenta del sitio donde se hallaba su hermano. Don Germán Reynoso habitaba en aquel momento una aldea de Guipúzcoa llamada Anzuola, próxima a Zumárraga. Saliendo aquella misma noche, por la mañana temprano llegaría a este punto y de allí podría trasladarse a Anzuola rápidamente. Era necesario preguntar por don Ricardo Vázquez, su segundo nombre de pila y su segundo apellido, pues así se hacía llamar desde que había salido de Madrid. Cuando hubieron convenido el asunto del viaje, Clara salió un instante a prevenir a Visita de lo que ocurría. No tardó en presentarse de nuevo con ésta. La ciega echó los brazos al cuello a Elena y la besó con la misma efusión que antes. Después, en las horas que siguieron hasta la de la partida, se mostró tan jovial, tan charlatana, que en más de una ocasión logró que la frente de Elena se desarrugase y una sonrisa contrajese sus labios. En fin, hasta les cantó los couplets de los Pajaritos fritos y tocó el tango de las Cacerolas. Pero Elena no podía dominar un sentimiento de vergüenza que se leía claramente en sus ojos. Particularmente cuando se presentó Cirilo su confusión fue tan grande que Clara, advirtiéndola, se apresuró a sacarla de la estancia y llevarla a su gabinete y allí la dejó entretenida con el niño.