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Un antiguo rencor

Chapter 10: CAPÍTULO III
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About This Book

The story begins with a rural wedding whose apparent joy conceals a deep family quarrel born of a long-standing hatred between an imperious aunt and a despised relative. To secure their marriage the young couple hides truths and pins hopes on a possible reconciliation, but outside influences and broken loyalties rekindle hostilities. The narrative unfolds through schemes, betrayals by expected allies, military-style attacks and defenses, abduction and blockade, and the resurfacing of suppressed passions. Confrontations and moral tests lead to reckonings in which compassion and courage gradually loosen the bonds of resentment and free the characters from the past.

Herminia, aterrorizada por la necesidad de sostener la conversación desde lo alto del terraplén, contestó con las primeras palabras que vinieron á su mente y que, naturalmente, fueron las que respondían mejor á sus íntimos sentimientos:

—¡Ah! señor, buen susto nos ha dado usted.... y fuimos muy dichosas cuando tuvimos certeza de que no estaba usted gravemente herido.

Se interrumpió, se puso muy encarnada y permaneció delante de Mauricio, asombrada é inquieta por haber hablado tanto. El joven la miraba con un placer manifiesto. Herminia estaba vestida con un traje de batista muy clara y en el terraplén, sobre un fondo de follaje, coronado de racimos, su silueta se dibujaba de un modo encantador para un artista. Mauricio vió en un momento la composición de un cuadro y prolongando su sensación artística, examinó á su gracioso modelo, detallando su fino cuerpo, sus hombros redondos, su cabeza orlada de cabellos rubios que un rayo de sol hacía brillar como un nimbo de virgen. El pintor pensó: "Es bonita como un ángel y tímida y adorable en su cortedad. Siento no poder pedirle que me deje sacar un croquis, pero esto sería poco correcto." Se quitó el sombrero y dijo muy respetuosamente:

—Veo, señorita, que usted también ha tenido la bondad de interesarse por mí; reciba, por ello, mi más vivo agradecimiento....

Y con pena, pero comprendiendo que las conveniencias lo exigían, se alejó. Herminia le siguió con la vista mientras pudo y volvió á su cuarto soñando por vez primera en su vida. Mauricio tomó un camino de travesía por el bosque y se volvió á Montretout, donde comió y pasó la noche pensando en la joven del terraplén.


CAPÍTULO III

DONDE HACEN TRAICIÓN LOS ALIADOS CON QUIENES SE CREÍA PODER CONTAR.


Al siguiente día de su accidente, Mauricio escribió á su tutor para contarle la ocurrencia. Tenía entonces el corazón lleno de gratitud hacia la mujer hospitalaria que tan bien le había cuidado, pero ahora la encontraba mucho mejor y sus sentimientos se complicaban con un interés muy vivo por la encantadora persona que vivía con ella, y cuyo nombre no sabía siquiera. Desde que había conocido á la sobrina, amaba cien veces más á la señorita Guichard.

Pasó una noche muy agitada y por la mañana se encerró en su estudio y, de memoria, hizo un boceto de Herminia sobre el terraplén. Trabajó durante cuatro horas con ardor y cuando el criado vino á anunciarle que el almuerzo estaba servido, el cuadro se destacaba de un modo encantador. La cabeza solamente permanecía borrosa. Sus rasgos estaban grabados en la memoria del pintor, pero éste tenía miedo de desfigurarlos al fijarlos en el lienzo. Prefirió guardar confusa la dulce imagen y pensó:

—Volveré á la Celle-Saint-Cloud y veré de nuevo á mi modelo. Entonces, seguro de mí, le daré un parecido perfecto. Hasta entonces, que permanezca en la vaguedad de un ensueño.

Pasó tarareando al comedor y al lado del plato encontró un telegrama que acababa de llegar. Le abrió y vió con alegría la firma de su tutor; pero al leerle quedó asombrado; leyó de nuevo y vió que decía:

"Bajo ningún pretexto vuelvas casa señorita Guichard. Explicaré todo.... Vuelvo apresuradamente. Roussel."

Dejó el papel azul sobre la mesa y siguió almorzando, presa de un asombro indecible. Su tutor volvía repentinamente, interrumpiendo un viaje importante, diferido hacía dos años y volvía al saber que él había sido cuidado en casa de la señorita Guichard á quien no conocía y de la que nunca había oído hablar. ¿Qué significaba esto? ¿De qué se trataba? ¿Acaso la señorita Guichard era una persona poco recomendable? Entonces, su sobrina ... no, eso era imposible: con aquéllos ojos tan cándidos no podía ser más que un ángel. Entonces, ¿qué pensar?

No se razona siempre bien el primer impulso y las facilidades de comunicación que el telégrafo y el teléfono han creado en la sociedad, ofrecen á las personas vivas de genio numerosas ocasiones para dejarse llevar del calor de una impresión. Apenas pagó Roussel su telegrama y le vió pasar á manos del telegrafista, sintió una contrariedad. "He hecho una tontería, se dijo. No hubiera debido advertir á Mauricio. Hubiera ido á casa de la señorita Guichard, que le hubiera hablado mal de mí; él no la hubiera creído, hubiera salido de allí con indignación y asunto terminado; mientras que ahora le voy á meter en pleno drama y á excitar su imaginación: ¡quién sabe si hará alguna tontería!"

Iba á abrir la boca para pedir el telegrama, cuando vió al empleado desaparecer con él en el cuarto donde estaban los aparatos de transmisión. Desistió ante las explicaciones que tendría que dar; suspiró y salió pensando: "¡Sea lo que Dios quiera! Después de todo, puede que Mauricio sea más razonable á los veintiocho años que su tutor á los sesenta."

Roussel no se engañaba contando con el buen juicio de su hijo adoptivo, pero la prudencia de los hombres es engañada frecuentemente por el capricho de los acontecimientos. El joven pintor, después de haber meditado sobre el telegrama de Roussel, sin conseguir imaginar, ni poco ni mucho, la verdadera situación, había resuelto observar escrupulosamente la consigna: "Bajo ningún pretexto vuelvas casa señorita Guichard."

Sin embargo, encerrado en el estudio y vuelto del lado de la pared el boceto trazado por la mañana, Mauricio se puso á trabajar en un cuadro de género que tenía empezado, y que representaba una joven recién casada despojándose del velo ayudada por la madrina, mientras otra joven miraba con curiosidad las alhajas de la canastilla. La composición de esta escena era agradable. El estudio del vestido blanco, destacándose de un fondo muy claro, había interesado á Mauricio, que miraba su lienzo con cierta satisfacción pensando que no estaba mal. De repente, la cabeza morena de la desposada le desagradó; era una mancha brutal de tinta en la tierna escala de tonos delicados que había agrupado tan armoniosamente. Cogió un raspador y de un solo golpe decapitó á la novia. Entonces, con pincel acariciador rehizo la cabeza cambiando enteramente su carácter. En lugar de la cara acentuada de su modelo ordinario, una hermosa muchacha de Batignolles, de ojos negros, pómulos salientes y labios rojos, surgía poco á poco en el lienzo una dulce y delicada faz que no era sino el retrato de Herminia, con sus guedejas rubias, sus ojos azules y su boca sonrosada. Era ella rasgo por rasgo y, sin embargo, no lo era bastante todavía, según el gusto de Mauricio, porque dejó la paleta sobre el taburete, arrojó los pinceles con desaliento y mirando su obra con profunda atención, murmuró:

—¡Ah! qué lejos estoy de la realidad!... ¡tendría que verla otra vez para estar completamente seguro de lo que hago!...

Encendió un cigarrillo, se tendió en un sofá y permaneció arrojando círculos de humo que subían, formando espirales, hacia el techo del estudio. Meditaba, sin dejar de seguir en sus evoluciones caprichosas las bocanadas de humo, mientras que en el fondo de su ánimo se preparaba sordamente una capitulación de conciencia:

—Después de todo, mi padrino me ha prohibido que vaya á casa de la señorita Guichard, pero no á los alrededores de esa casa. No entraré ciertamente en ella, pero ¿por qué no he de rondarla para tratar de ver á la gentil sobrina? Se trata sencillamente de un capricho de artista.... Tengo ya dos cuadros arrinconados por falta de ese parecido exacto, porque yo no podría nunca ver á mi desposada de otro modo que con la cara de la encantadora virgen del bordado ... Y sería lástima no terminar el bonito esbozo que la representa inclinada sobre el terraplén. ¿Qué mal habría en que tratase de verla?... ¡Bah! ¡Allá voy!

Y poniéndose en pie empezó á quitarse el batín que usaba en el taller. Entró en su cuarto; se vistió con mucho esmero para un pintor que va sencillamente á buscar un apunte, y tomó el camino del bosque.

Si Roussel estaba alarmado por la carta de Mauricio y si éste experimentaba hacía dos días una extraña agitación, la señorita Guichard y Herminia tampoco estaban tranquilas. Después de haberse negado á recibir al joven, Clementina había reflexionado y el resultado de sus reflexiones fué la certeza humillante de que había cometido una torpeza. De este modo Roussel y su enemiga estaban en la misma situación moral por haber cedido uno y otro á sus primeros impulsos. En cuanto á Mauricio y Herminia, sus sensaciones y sus aspiraciones eran en un todo semejantes, pues cada uno de ellos se ocupaba únicamente del otro y ambos soñaban con la dicha de volverse á ver.

La señorita Guichard, encerrada en su cuarto, había analizado friamente la situación creada por la aparición del hijo adoptivo de Roussel en su vida, y no había podido menos de pensar que esa situación podía ser fecunda en ventajas, siempre que ella supiese aprovecharla en todo lo posible. Lo menos que podía obtener era sembrar la discordia y alterar las relaciones del pupilo y del tutor. Bastaba para esto aparecer como una buena señora, halagar al joven, atraerle, hablarle de Roussel con respeto y de este modo, lo malo que Fortunato diría seguramente de ella sería considerado como prueba de la más injusta malquerencia. Y precisamente había adoptado, desde el primer momento, la línea de conducta más opuesta. Había tratado duramente á Mauricio, le había hecho despedir por su criado y, en fin, se había conducido al contrario de lo que exigía el sentido común. Si el joven tenía más orgullo que agradecimiento, no volvería y todo habría terminado. ¡Qué hermosa ocasión perdida de asestar un golpe certero á aquel monstruo de Fortunato!

Herminia, muy inocentemente, pensaba en Mauricio, porque le había visto al principio muy enfermo y, al marcharse, muy interesante, y después muy sano y mucho más interesante aún. Tenía en el oído el sonido de su voz, y la mirada límpida, franca y ¡tan dulce! que le había dirigido, había penetrado hasta su alma. Habiéndose negado su tía á recibirle, era lo más probable que no le viese más y esto le producía una tristeza inexplicable. Por primera vez sintió una especie de pesadez, que la oprimía el corazón y no podía definir con precisión si era alegría ó pena lo que experimentaba. Pero era, eso sí, una sensación muy fuerte que le parecía que había de durar toda su vida.

Como por casualidad había descubierto un banco en el terraplén, no en el sitio en que ella se encontraba cuando Mauricio pasó por el camino,—allí estaba demasiado en evidencia,—sino al extremo de la tapia y detrás de un vallado. Desde aquel sitio, se veía sin ser visto, á todo el que pasara, á menos de poner un poco de su parte, con buena voluntad, é inclinarse como para coger las clemátides que tapizaban el muro y pendían hacia fuera. Pero Herminia no pensaba inclinarse, sino ver, y esto era ya en ella muy extraordinario.

Pasó las primeras horas del día con la señorita Guichard y á eso de las tres se dirigió al terraplén. Allí, sentada en el banco de piedra, con la labor sobre la falda, se asemejaba á la Virgen del bordado, como decía Mauricio. No trabajaba gran cosa y pensaba ... pensaba más que había pensado desde su nacimiento. Esperaba que vendría la persona por la cual se había apostado en observación; puesto que ella había tenido la idea de acechar su paso, le parecía muy natural que á él le hubiese ocurrido la de pasar.

Al cabo de una hora, Herminia no había hecho progresar gran cosa su bordado, pero había dirigido muchas miradas por encima del muro. Empezaba á impacientarse y á dirigir mentalmente acusaciones á Mauricio, cuando, al sonar la hora en la iglesia del pueblo, se oyó un paso ligero que rompía el pesado silencio de la calleja. El que se aproximaba no venía por la plaza, sino por detrás de Herminia, del lado del bosque. La joven pensó: "¿Seré tonta? ¿Cómo podía haber atravesado todo el país? Es mucho más prudente en él llegar á la quinta por caminos solitarios."

Los pasos se aproximaban. La joven, en su banco, estaba enteramente oculta y no tenía que hacer sino permanecer sentada para que Mauricio pasase sin verla; ¿fué una emoción repentina? ¿fué el deseo de ver mejor al que pasaba, ó fué cualquiera otra la razón de que se levantase? Ello fué que estando el joven pintor examinando con cuidado el muro, un ligero ruido de ramaje llegó á sus oídos. Retrocedió prontamente algunos pasos y, alargándose su perspectiva, descubrió á la sobrina de la señorita Guichard en su nido de verdes hojas.

Como la víspera, la saludó sonriendo y dirigiéndose á ella como si fuese una antigua conocida, dijo:

—¿Seré hoy más dichoso que ayer y podré llegar hasta la señorita Guichard?

Herminia juntó las manos y dirigió á Mauricio una mirada suplicante.

—Hable usted más bajo, se lo suplico ... ¡Si nos oyeran, sería terrible!

—¿Por qué?

—Porque desde que usted entró en esta casa, el carácter de mi tía ha cambiado por completo. Está inquieta, atormentada....

—¡Ella también!, exclamó impensadamente Mauricio.

—¿Cómo ella también? Acaso por parte de usted....

—¡Oh! no: me he equivocado al decir esto. Continúe usted; se lo suplico....

—Existe, por fuerza, entre mi tía y usted, ó alguno que le toque de cerca, una diferencia grave y que yo ignoro.

—¡Y yo también!

—¡Ah! ¿Ve usted como hay algo?

—Es verdad; hay algo, pero ¿qué?

—Entonces, ¿no se trata de usted?

—Hace tres días, no conocía á la señorita Guichard.

¿Luego no es usted el culpable? ¡Tanto mejor!

—¡ El culpable!, exclamó Mauricio; pero, señorita, esté usted segura de que la persona que yo supongo que está en desacuerdo con su tía de usted no tiene ciertamente nada de qué acusarse....

—¡Mi tía tampoco!

—Hace usted muy bien en defenderla.... Pero lo único claro en todo esto es que soy víctima de una hostilidad á la que en modo alguno he contribuído; que encuentro cerrada la puerta de esta casa y que si no tuviera la fortuna de hablar con usted....

—Por encima de la tapia, ¡lo que está muy mal hecho!

—No hubiera sabido siquiera porqué he sido despedido tan deliberadamente por la señorita Guichard ... con harto sentimiento mío, porque tengo un placer infinito en ver á usted y en oirla.

Herminia comprendió que la conversación tomaba un giro que podía llegar prontamente á ser peligroso, y dijo, adoptando un aire grave:

—Dispense usted, señor mío; he respondido á usted acerca de los puntos que le interesaban.... Creo que no tenemos nada más que decirnos.

—¡Cómo! ¡Nada que decirnos!, exclamó con vehemencia Mauricio. Apenas hemos cambiado diez palabras y tenemos que esclarecerlo todo.... Porque es imposible que nuestras familias permanezcan enojadas ... Á nosotros corresponde reconciliarlas.... ¿No quiere usted?

—¡De todo corazón!

—Al menos, debemos conocer las causas de sus diferencias ... Usted parece mejor informada que yo....

—No, señor.

—Entonces, ¿quién nos dirá la verdad?

—¡Yo!, dijo detrás de los jóvenes una robusta voz. Y al mismo tiempo la señorita Guichard, surgiendo de la espesura desde donde escuchaba hacía un momento á Mauricio y á Herminia, apareció majestuosa y terrible.

—¡Mi tía!, exclamó Herminia aterrada. Y levantando los brazos con ademán desesperado, tomó la fuga y desapareció, ligera como una corza, por el extremo de la alameda.

Mauricio, esforzándose en aparecer tranquilo, quedó solo en presencia de la señorita Guichard. Sin embargo, se creía algo en ridículo, al pie del muro y con el sombrero en la mano, y pensaba: "Debo parecer un mendigo pidiendo limosna" ... Pero tuvo una agradable sorpresa.

—Puesto que usted, caballero, tiene curiosidad de saber lo que nos tiene divididos al señor Roussel y á mí, va usted á oírlo. Más para tal confidencia el sitio me parece incómodo, aunque sea usted quien le ha elegido. Tenga, pues, la bondad de seguir la tapia hasta la verja y allí me encontrará usted para abrírsela.

Y con la mano le indicó la dirección que debía tomar, aunque él la conocía muy bien, y descendió del terraplén. Al dirigirse hacia la verja, Clementina se preguntaba: "¿Qué hará? He visto en su mirada la idea de huir y no volver. Si se marcha, se acabó el episodio; no le volveré á ver jamás. Si viene ... ¡entonces, nos veremos, señor Roussel! Es tu bien más querido, y voy á tratar de quitártelo."

Mauricio, andando por el camino, pensaba: "Mi tutor me ha prohibido entrar en su casa y verla y me veo obligado á desobedecerle. Si emprendo la carrera y huyo sin tambores ni trompetas, no obraré con política, aunque sí, acaso, con prudencia. Pero de este modo quedaría en ridículo ... ¿Qué pensaría de mí la Virgen del bordado? Me tomaría por un lacayo, por un don Juan de villorrio, que intenta emprender intrigas con las jóvenes por encima de las tapias, y no la volvería á ver! ¡Vamos, pues! Á mal tiempo, buena cara. Salgamos de este mal paso lo más correctamente que sea posible."

Al llegar Mauricio á la verja, se abrió el postigo y la señorita Guichard, muy amable, dijo:

—Entre usted. Le encuentro con mejor salud que la primera vez, por lo que me felicito.

—Y yo se lo agradezco á usted, porque á sus buenos cuidados lo debo, señora....

—Llámeme usted "señorita" dijo Clementina con aire majestuoso.

—Pues bien, señorita, acentuó Mauricio, usted ha sido tan buena, para mí....

—Y no lo siento, dijo Clementina, admitiendo el elogio, aunque usted sea singularmente emprendedor y merezca severas reprensiones ... ¿Es el señor Roussel quien le ha enseñado á hablar con las jóvenes sin el consentimiento de sus padres?...

—El señor Roussel no me ha dado más que buenos ejemplos, dijo dulcemente Mauricio, y confieso que si él me hubiera encontrado donde estaba hace un momento, hubiera sido, sin duda, menos indulgente que usted....

—¿Porque se trataba de mi sobrina?

—Porque se trataba de una señorita, á las cuales él me ha enseñado que se debe respetar infinitamente.

—Vamos, pues ... Puesto que usted mismo se acusa ... yo estoy desarmada.

—Contra mí, dijo Mauricio sonriendo; pero contra mi tutor....

¡Él! Eso es otra cosa ... Yo tengo el deber de defenderme.

—Pero, ¿es usted atacada?

Hablando así, habían entrado bajo el emparrado, y se sentaron.

—¡Atacada! replicó la señorita Guichard. Hace veinte años no he dejado de serlo ... Puedo decir que las únicas penas de mi vida han venido del señor Roussel.

—Señorita, dijo Mauricio con estupor, no puedo suponer que usted me engañe, ... y sin embargo, lo que me está contando es tan extraño, tan inverosímil ... Hace veinte años que estoy al lado del señor Roussel y es esta la primera vez que oigo hablar de tales disensiones. Mi tutor no me ha dicho jamás una sola palabra y nada indicaba en su actitud un hombre turbado por las combinaciones de una guerra intestina ... Sí, su espíritu estaba libre....

—¿ Cree usted que Herminia....

—¡Ah! su sobrina de usted se llama Herminia?... interrumpió Mauricio.

—Sí, señor ... ¿Cree usted que esta niña ha podido sospechar algo? La he ocultado cuidadosamente mis tristezas y mis temores, como el señor Roussel disimulaba delante de usted sus agitaciones....

Pero, Dios mío, señorita, ¿por qué esa hostilidad? ¿Qué son ustedes el uno para el otro?

—Somos primos hermanos y hemos estado para casarnos.

Mauricio no encontró una sola palabra que responder. En su pensamiento, asociaba la sonriente bondad de Roussel con la sequedad angulosa de la señorita Guichard y no se daba cuenta de la posibilidad de una unión entre estos dos seres tan poco á propósito para entenderse. En verdad, comprendía que se hubiesen repelido, como los elementos afines de la electricidad, y adivinaba qué sacudidas habían debido producir esas corrientes encontradas.

Clementina, viéndole absorto, continuó sus explicaciones, en las que siempre se adjudicaba la mejor parte. Pintó su corazón herido por el abandono de un hombre á quien amaba y á quien su tío la había destinado desde la infancia. No habló de sus pretensiones, de sus calumnias, de sus maldades ni de toda aquella guerra de alfilerazos que había hecho al pobre Roussel. No; la víctima era ella; inocente y dulce criatura abandonada por un prometido infiel é ingrato. Se mostró llorosa como Dido después de la partida del hijo de Anquises; pero ella no había subido ¡ay! á la pira fatal, sino que había consumido su vida en las penas. Una reclusión completa había sido la consecuencia de la cruel decepción experimentada. Había renunciado al mundo y llorando su perdido porvenir se había consagrado á la educación de Herminia, su hija adoptiva, que era la sola alegría de su soledad.

Escuchando á la señorita Guichard, Mauricio pensaba: "¿Será posible que mi tutor se haya mostrado tan duro con esta pobre mujer? ¡Cómo! ¿tiernamente amado, la abandonó? ¡Quién pensara, al verle ahora con su cara rubicunda y sus cabellos blancos, que en otro tiempo había hecho desgraciadas! No era muy seductora su prima Clementina ... pero, después de todo, la palabra es palabra. Si esta mujer me contase la verdad ... ¿Y cómo no? el telegrama enviado desde Liverpool, prohibiéndome volver á casa de la señorita Guichard, prueba la aversión que mi tutor dedica á su exprometida ... ¿Qué habrá pasado entre ellos? ¿Y por qué, sobre todo, no me ha hecho jamás la menor alusión á todas estas historias? ¿Será eso una prueba de que es suya la falta? ¡Sería entonces la única de su vida!"

Esta disculpa en favor de su tutor alivió á Mauricio, que hacía un momento se estaba haciendo aliado de Clementina y no bastante defensor de su padre adoptivo. Clementina decía:

Usted juzgará de mi emoción cuando esta carta caída de su bolsillo y que está firmada por el señor Roussel, me reveló quién era usted....

—¿Luego usted me conocía? preguntó ligeramente Mauricio.

—La naciente celebridad de usted no me permitía ignorar su nombre.

—El pintor se inclinó ruborizándose.

—Lo poco que yo valgo se lo debo al señor Roussel.

—¡Tiene tanto gusto y tan admirable inteligencia! exclamó Clementina con una admirable hipocresía. ¡Ah, señor! Era muy seductor, cuando joven; ¿cómo no había de agradar? Yo no quiero que mi sobrina sea tan desgraciada como yo ... Ahora que nos hemos explicado, no vuelva usted más, caballero ... Todo nos separa....

—Pero, señorita ... dijo Mauricio en tono de protesta y muy molestado.

—¡Oh! no se defienda usted ... Es encantadora y sé lo que usted piensa de ella. Les escuchaba hace un momento cuando usted la hablaba al pie del terraplén. Todas las dulzuras que usted la dedicaba me recordaban los artificios en que yo misma me dejé coger!... Si usted ama á Herminia, pierde el cariño de su tutor ... Vea, pues, si no es mejor que no vuelva usted jamás....

Déjeme usted al menos hablarle ... explicarle.... dijo Mauricio con calor, sin observar que, muy diestramente, le acababan de entregar Herminia.

—¡No, nada, no vuelva usted! Es usted un amable joven y si ella le volviese á ver, ¡sabe Dios lo que podría suceder á esta niña, de corazón tan sencillo y tan puro!...

—Pero, señorita, mi tutor tiene por mí una intensa afección y estoy seguro de que conseguiría vencer sus prevenciones....

—¿Usted lo cree? ¿Es usted un hombre honrado?

—¿Y puede usted dudarlo?

—No lo dudo y la prueba es que le autorizo para quedarse ... ¡Qué dicha, el poder acogerle sin desconfianza! Usted me agradó desde el primer momento ... No diga usted ni una palabra á Herminia ... No le permito hacerle la corte sin que el señor Roussel haya dado su consentimiento.... Pero comerá usted con nosotras y observará que no somos tan malas personas.... ¡Herminia!

La Virgen del bordado, viendo que la conversación se prolongaba y devorada por la curiosidad, había tomado el partido de dejar ver el extremo de su traje blanco por el otro lado del vallado. Á la llamada de su tía, se acercó llena de emoción y por eso mismo más encantadora ... Y Mauricio, perdiendo en su presencia la poca resolución que le quedaba, olvidó las órdenes de su tutor y entró en aquella casa de la que hubiera debido huir.

Al día siguiente, Mauricio tuvo ocasión de acabar el cuadro y el boceto, porque tenía en el pensamiento, clara y precisa, la deliciosa cara de Herminia. Trabajó todo el día con ardor, pero sin alegría, porque, en el fondo, estaba descontento de sí mismo. "¿Cómo explicar á mi tutor lo que ha pasado? se decía; y ¿cómo va á tomar mi desobediencia? ¡Ah! si conociese á Herminia, me comprendería y me disculparía! Pero no conoce más que á la señorita Guichard y es fuerza confesar que no es lo mismo ... Y, sin embargo, no es mala esa mujer. Lo peor que tiene es aquel aire tan hombruno; ... eso será lo que habrá alejado á mi tutor. Y, ¡diablo! ¡él era un buen mozo cuando joven, á juzgar por sus retratos, y el rompimiento debió ser penoso para la tierna Clementina, que le quería!... ¡Oh!, de veras. Mi tutor creía que en esa casa me hablarían mal de él y esto le contrariaba. ¡Como si todo cuanto pudieran decirme fuese á hacerme olvidar sus bondades! Aunque fuera un monstruo, no por eso habría dejado de ser mi segundo padre.

Por la noche, la soledad de la casa y el silencio del campo le fastidiaron y se fué á París. Entró en un teatro; encontró insípida la obra que se representaba, á pesar de que llevaba doscientas representaciones, y volvió á Montretout en el último tren. Dormía profundamente por la mañana, cuando la puerta de su cuarto se abrió bruscamente y entró el señor Roussel diciendo:

—¡Soy yo! ¡Cómo, perezoso! ¿estás todavía en la cama? Ven á abrazarme.

Mauricio no se lo hizo repetir. Saltó al suelo y estrechó á su tutor entre sus brazos.

—Vamos; vístete, dijo Fortunato; vas á coger frío.

—Pero, ¿cómo es que llega usted tan de mañana?

—Tomé el vapor ayer por la tarde; he corrido toda la noche en ferrocarril y aquí estoy.

—Pero debe usted estar muy cansado....

—Nada, absolutamente. Hablemos de ti.

Durante este tiempo, Mauricio se había vestido.

—Pasemos á tu estudio y estaremos mejor que aquí, dijo Roussel.

Cogió al joven por el brazo, apretándoselo tiernamente, dichoso por tenerle allí, como si hubiera abrigado el temor secreto de no encontrarle en su casa al volver. Llegados al estudio, se sentó, sin haber examinado los lienzos puestos en el caballete, como tenía por costumbre, y dijo, mirando á su hijo adoptivo:

—Cuéntame con detalles tu accidente y tus aventuras con la señorita Guichard.

—El accidente es de los más sencillos y de los más estúpidos ... Imagine usted que fuí cogido en una calleja por una cabalgata de horteras y atropellado antes de haber podido guarecerme.... Tenía la frente contusionada y dislocado un hombro, cuando el jardinero de la señorita Guichard me vió sin conocimiento en medio del camino.... La señorita Guichard me hizo transportar á su casa y me cuidó perfectamente ... No hay más.

—¡No hay más!, murmuró Roussel en tono de sospecha.

—¡Nada!

—Entonces ¿has visto al monstruo mismo?

—Un monstruo nada feroz, dijo Mauricio riendo.

—¡Diablo! ¿Cómo te las has compuesto?... Pero, sin duda, ella no te conocía cuando te acogió é ignoraba el vínculo que nos une.

—Es verdad que, en cuanto lo supo, su actitud cambió completamente.

—¡Ah! ¿Lo ves? exclamó Roussel triunfante.

—Sí; pero si cesó de venir á mi cuarto, siguió teniéndome en su casa y sus atenciones, dignas de todo agradecimiento, no se interrumpieron.... Acaso permaneció alejada por delicadeza.

—¿Por delicadeza? ¡Ah! Decididamente, no la conoces. Sería menos peligroso tratar de aprisionar leones ó tigres, que vivir en buena inteligencia con ella ... ¡Oh! ya veo que se ha hecho de miel contigo; cuando quiere, sabe ser amable.... pero eso es imposible que dure ... yo lo sé bien.... He tratado de domarla durante seis semanas y tuve que apelar á la fuga ... ¿Te habrá dicho que soy un bandido, eh?

—Todo lo contrario. Me ha contado que le había amado á usted mucho ... Y por su actitud, por el tono con que me hablaba, juraría que aún....

—¡Calla, desgraciado! interrumpió Fortunato con un ademán de horror. Gracias á Dios esto libre de ella y el diablo mismo no me haría ponerme voluntariamente en su presencia ... ¡Calla! ¿has cambiado la cabeza de tu desposada?

Roussel, paseándose de arriba abajo, en la agitación que le producían aquellos recuerdos, se había detenido delante del cuadro empezado por Mauricio antes de su partida y miraba con atención la figura que representaba á Herminia.

—Sí, dijo Mauricio; me ha parecido que el rubio estaba mejor en la escala de los colores: el moreno resultaba brutal.

La fisonomía es encantadora. ¿De qué modelo te has servido?

—De ninguno: está hecho de imaginación....

—¡Ah! Pues no es esa tu costumbre....

Se calló. Acababa de ver el estudio de la virgen del bordado y le examinaba con aire cuidadoso. De una ojeada había reconocido el terraplén de la quinta del tío Guichard, en el que había jugado durante toda su infancia. Y en aquella joven inclinada hacia la callejuela y rodeada de follaje, volvía á encontrar á la desposada cuya cara había cambiado Mauricio por un repentino capricho. ¡Una extraña coincidencia, verdaderamente, y muy á propósito para alarmar á Roussel! Éste permanecía delante del lienzo, no atreviéndose á volverse por no mostrar á su hijo adoptivo su cara sombría, pero viendo, sin embargo, que era necesaria una explicación. Por fin, se armó de valor, y dijo:

—¿Es nuevo este boceto?

—Sí, padrino; he emprendido este cuadrito después que usted se marchó.

—Es la misma cabeza de la desposada ... ¿También de imaginación?...

Levantó la frente y clavó su mirada en los ojos de Mauricio. El joven se sonrojó un poco y dijo sencillamente:

No he mentido á usted nunca y no he de empezar á mi edad ... Esta cara es la de la sobrina de la señorita Guichard.

—¿Ha venido aquí? preguntó Roussel con violenta angustia; ¿la has hecho entrar en mi casa?

—No; no ha venido; he hecho este retrato de memoria....

—¡De memoria! repitió Fortunato moviendo la cabeza. ¿Cuántas veces la has visto entonces?

—Dos veces.

—¿Dónde?

—La primera en el terraplén, tal como usted la ve en este boceto ... Su graciosa silueta me pareció que encuadraba bonitamente en el follaje.... Había en esto un precioso asunto ... La pinté de memoria y después, como la cabeza no me satisfacía....

—¡Has vuelto!

—Sí, padrino; y esta vez, estando hablándola, fuí sorprendido por la señorita Guichard....

—Que te echó una reprimenda ... Yo en su lugar....

—Nada de eso; que me rogó que entrase, se explicó muy cordialmente conmigo, me acogió con gran benevolencia ... y después....

—¿Y después? repitió Fortunato estremeciéndose.

Y después, me hizo quedarme á comer.

—¿Has comido en su casa?

—Antes de ayer.

—No te ha hablado mal de mí; te ha acogido con benevolencia y te ha convidado á comer, resumió Roussel ... ¡Ah! Hijo mío, todo esto es más grave de lo que había previsto. Veamos; vamos á poner los puntos sobre las íes, porque va en ello mi tranquilidad presente y tu seguridad en el porvenir. Dímelo todo, como á un padre.... Esa joven ... encantadora si es como tú la has pintado ... ¡Ay! sé muy bien cómo logras los parecidos ... esa joven ... ¿te ha gustado?

—¡Oh! sí, mi querido padrino, exclamó Mauricio con fuego. Si usted supiera hasta qué punto es bonita, dulce, sencilla....

—¡Eh! todo lo que tú quieras ... un ángel.

—Un ángel, sí, padrino....

—¡Pero tiene el diablo á su lado! ¡Y no tendrás el ángel sin verte obligado á cargar también con el diablo!... ¡Ah! querido hijo mío, tú sabes cuánto te quiero y cómo te lo he probado desde hace veinte años. Debes estar convencido de que si sólo se tratase de sacrificar mi reposo á tu dicha, no dudaría ... Pero tener á Clementina por suegra ... ¡porque sería tu suegra! no habría en el infierno suplicio semejante. Hay que haberla conocido joven para sospechar lo que debe ser ahora que es vieja. Y su plan lo adivino ahora como si lo estuviera viendo ... Quiere robarme tu cariño ... Ha puesto á su sobrina como un cebo para cogerte en sus redes ... Sí, ya sé lo que me vas á decir; la sobrina es encantadora ... ¡Al casarse con una joven, no se casa uno con su madre y mucho menos con su tía! Pero estoy seguro de que Clementina tomaría sus precauciones, que se impondría á la joven pareja ... ¿qué digo? que la secuestraría y exigiría al marido que jurase vivir con ella ... Este es el secreto de su buena acogida.... Ha visto en ti el yerno ideal ... Un muchacho guapo, bien educado, rico y ya célebre y como remate mi hijo adoptivo ... Su sueño es apoderarse de ti para que yo quede solo, á mi edad, y me muera de pena en mi rincón, como un pobre perro abandonado.

Y hablando así el buen Fortunato se había enternecido. Su voz se perdió en un sollozo y las lágrimas rodaron por sus mejillas. Ante esta pena tan sincera del hombre que le había educado, Mauricio se abandonó á su emoción: se abalanzó á Roussel, le estrechó entre sus brazos, le obligó á sentarse en una butaca, se colocó en un taburete cerca de él, le cogió la mano y, llorando también, dijo:

Basta, mi querido padrino; ni una palabra más ... Usted no me conoce ... ¡yo, abandonarle! ¡Dejarle acabar su vida, que espero será todavía muy larga, sin aprovechar la dicha de su continua presencia! ¿Cómo ha podido usted pensarlo? ¡Preferiría renunciar á todas las mujeres de la tierra, mejor que causar á usted una pena ... Usted llora, mi bueno y único amigo, por mi causa.... Es la primera vez y será la última ... Tranquilícese usted; jamás haré nada que le atormente ni que siquiera le disguste; sería un ente desnaturalizado si pensase en otra cosa que en complacerle. Los hijos deben obediencia á sus padres y usted es aún más que un padre para mí, porque no es la naturaleza la que le ha hecho serlo, sino su voluntad.... Yo soy su hechura moral ... No creo que haya en el mundo lazos más fuertes que los de mi cariño y mi reconocimiento....

Roussel lloraba todavía, pero al mismo tiempo se sentía dichoso, porque veía la sinceridad con que hablaba Mauricio. Le abrazó con efusión y ya ruborizado, el buen señor, por el egoísmo con que aceptaba la renuncia de su querido hijo:

—Casi no la conoces, exclamó, y olvidarás fácilmente á esa joven ... ¡Bah! Ya buscaremos otra, aun más bonita y que no dependa de la atroz Clementina ... Si tú supieras....

No quiero saber nada; creo á usted bajo su palabra.

—¡Ah! eres un buen muchacho, dijo Fortunato con efusión, y en este momento me pagas veinte años de ternura....

—Entonces, no se hable más del asunto, contestó Mauricio con afectada calma y que se borre hasta el recuerdo de esta aventura.

Roussel y Mauricio volvieron á emprender su plan de vida ordinario, en apariencia al menos, porque, en realidad se había producido entre ellos una causa de molestia. El pintor no buscaba, como en otro tiempo, la presencia de su padrino, é, instintivamente, Fortunato estaba retraído. No podían hablarse sin reticencias y se veían obligados á reflexionar, antes de emprender una conversación, á fin de asegurarse de que no había de descarrilar del asunto principal, en desenvolvimientos peligrosos. Ocupados incesantemente en dominarse, afectaban una tranquilidad que estaba muy lejos de sus espíritus. No se atrevían á dirigirse mutuas preguntas y se espiaban, temiendo sorprender en sus fisonomías la huella de una inquietud, la prueba de una pena. Hubieran querido convencerse de que habían renunciado, Roussel á sus prevenciones y Mauricio á su amor.... Pero sabían que esto era imposible y ambos sufrían. Estos dos seres que habían vivido tanto tiempo en una deliciosa intimidad, no se veían ahora más que á las horas en que les era imposible evitarse; por la mañana en el almuerzo y por la tarde durante la comida y de sobremesa, y aun entonces estaban juntos con alguna inquietud. De este modo, Clementina había conseguido introducir la turbación en casa de su enemigo y envenenar su tranquila felicidad.


CAPÍTULO IV

EL ATAQUE Y LA DEFENSA.

Durante quince días Roussel sufrió valerosamente esta situación tan nueva y tan penosa. Pensaba: "Es el primer momento; esto pasará. Un nuevo capricho seguirá al actual y ya no habrá cuestión. Podremos entonces respirar, lejos de la horrible Clementina, y vivir en paz." Pero sus esperanzas optimistas no se realizaron. ¿Era que Mauricio estaba más seriamente enamorado que lo que había dicho? ¿Era que la violencia hecha á sus sentimientos había aumentado su fuerza en vez de disminuirla? Mauricio cambiaba mucho, física y moralmente. Él, que era la actividad misma, pasaba días enteros tendido en el diván de su estudio, fumando cigarrillos. No cogía un pincel. El boceto de la Virgen del bordado y el cuadro de los Desposados estaban vueltos hacia la pared. Tenía en completo abandono los estudios empezados para la decoración de la sala de actos de la alcaldía de Saint-Denis; importante trabajo obtenido en buena lid, en un concurso en el que tuvo por antagonistas á los más célebres pintores. Nada le interesaba. Estaba sufriendo una crisis de desaliento y de disgusto.

Por la primera vez en su vida, Roussel le veía de este modo, lo que le alarmaba seriamente. Disimulaba, sin embargo y no lo interrogaba, temiendo una respuesta que abriese de nuevo el debate. Esperaba todavía que "aquello pasara", pero veía que no "pasaba" jamás.

Por las tardes Mauricio salía solo con frecuencia. Las primeras veces, Roussel le había preguntado: "¿Adónde vas?" y el joven le había enseñado un álbum, y respondido: "Voy á buscar apuntes ..." Y no había invitado á su tutor á que le acompañase y hasta, pareciendo temer que éste se lo propusiera, casi se había escapado. Roussel no había repetido la pregunta; pero un día en que el álbum de los croquis estaba sobre una mesa, en ausencia del pintor, había levantado la cubierta, recorrido las hojas y adquirido la certeza de que todas estaban inmaculadas. Entonces, ¿en qué pasaba Mauricio los días? ¿Habría faltado á su promesa y vuelto á casa de la señorita Guichard? Roussel no lo sospechó siquiera; sabía que era incapaz de faltar á un compromiso. Y sin embargo, ¿qué hacía?

Resolvió seguirle, y una tarde en que Mauricio había salido por el camino de Saint-Cloud con el famoso álbum de las hojas en blanco, Fortunato se dispuso á ir de lejos en su seguimiento. Pudo sin dificultad no perderle de vista, porque el joven marchaba sin desconfianza. Ni una sola vez se volvió y en el camino polvoriento, su silueta se destacaba visible á quinientos pasos de distancia. Volvió hacia la derecha; tomó un sendero de travesía que conducía al bosque y una vez llegado á la espesura, se sentó, con el álbum sobre las rodillas y permaneció más de una hora sin moverse, como si esperase á alguien, pero nadie llegó. Salió de su abstracción y á paso lento, siguiendo su paseo, se dirigió hacia la Celle-Saint-Cloud.

Fortunato se estremeció. ¿Se habría engañado? ¿Sería capaz Mauricio de tanto disimulo? ¡Qué! ¿iría á casa de la señorita Guichard? ¡No! imposible. Y, sin embargo, tomaba una dirección nada dudosa hacia una plazoleta en la que desembocaba la callejuela donde el joven había sido atropellado. Pero Mauricio, en vez de apretar el paso, como aquel á quien se espera, le acortaba. Dobló la esquina de la calleja y allí se detuvo su tutor. Mauricio avanzó hasta que pudo descubrir el terraplén de la quinta y allí, oculto detrás de una espesura de madreselvas que brotaban en la cerca de un jardín, esperó.

Desde su puesto de observación, Roussel le veía mirar con insistencia hacia la finca de la señorita Guichard. Y hasta le veía la cara lo bastante para notar su profunda tristeza. ¿Esto era, pues, el objeto de sus paseos misteriosos? Venía á contemplar el sitio donde había visto por primera vez á Herminia. Esperaba verla de lejos si pasaba por la alameda de las ramas colgantes. Acaso ella se mostrase tan triste como él y entonces, esa identidad de sentimientos sería un alivio para su pena. Y el curtido corazón de Fortunato se apretó al recibir esta prueba de la pena efectiva y devoradora del hijo á quien amaba tan tiernamente.

Una gran melancolía se apoderó de él. Presintió que estaba destinado al más cruel de los sacrificios; el de la tranquilidad de sus últimos días. Vió que no podría dudar entre su dolor y el de Mauricio. Estimó que no era justo aceptar el sufrimiento de aquella juventud como precio de la quietud de su vejez. No había igualdad entre la vida del uno, en su aurora, y la del otro, en su ocaso. Por último, temió que Mauricio le juzgase egoísta y tuviese de Clementina mejor opinión que de él y quiso demostrar la diferencia que había entre ellos y hacer apreciar su abnegación comparada con la inflexibilidad de la señorita Guichard.

Mauricio dejó su sitio lentamente y como á disgusto. Aquel día Herminia no había aparecido en el jardín. Tomó de nuevo el camino del bosque, con la cabeza baja y al llegar á la plazoleta, arrojó un grito ahogado y palideció: su tutor estaba delante de él. El anciano estaba grave y un poco pálido, pero su fisonomía y su actitud no acusaban enfado alguno. Viendo á Mauricio perplejo, se adelantó sin hablar, le cogió afectuosamente el brazo y marchó á su lado en dirección á Montretout.

Después de algunos minutos de silencio, levantó la cabeza, miró á su hijo adoptivo con dulzura y dijo con voz enternecida:

—Así pues, hijo mío; ¿eso es más fuerte que tú? ¿Es absolutamente preciso que la vuelvas á ver?

Á estas palabras tan afectuosas, tan verdaderamente paternales, Mauricio, conmovido, balbuceó con voz alterada:

—¡Oh! mi querido padrino, perdóneme usted, pero ¡es tanta mi pena!...

—Vamos, hijo mío; has hecho lo que has podido, bien lo veo; á mí me toca hacer el resto.

—¡Padrino mío!...

—¿Acaso has creído que te he criado como lo he hecho, durante veinte años, para cambiar de repente, el mejor día, y hacerte desgraciado? ¡No, no! Te quiero para ti mismo y no para mí y no puedo soportar la idea de que alimentas una pena que una palabra mía puede disipar.

—¡Oh! pero yo no aceptaré que usted tenga el menor disgusto por mi causa, interrumpió Mauricio con energía. Soy un cobarde por no haber sabido soportar mejor esta decepción. Pero yo daré buena cuenta de mi debilidad ... Hace mucho tiempo que estoy proyectando un viaje á España ... Partiré ... partiremos juntos.

—¡No!, dijo tristemente Roussel; porque llevarías contigo el recuerdo de Herminia y serías aún más desgraciado estando lejos de ella ... Y yo tendría la doble tristeza de verte sufrir y de pensar que sufrías por ser yo un egoísta ... Lo que me impedía dejarte en libertad de amar á esa muchacha, que es sin duda adorable y buena....

—¡Ah! mi querido padrino; si usted hablase con ella solamente un cuarto de hora, estaría usted seguro de ello. La dulzura de su voz, la gracia de su mirada, todo atestigua un corazón exquisito.

Yo creo que si tú te has puesto á amarla tan deprisa y tan fuerte, dijo Fortunato sonriendo, es que tiene un encanto irresistible.

—Y con todo eso, es tan modesta, tan bien educada....

—¡Oh! no se parece á Clementina ... Pero te decía que me había contenido el temor de que fueses víctima de la señorita Guichard, como lo he sido yo ... He pensado mucho en todas estas cosas desde que volví de mi viaje y he adquirido la certidumbre de que podrás escapar al peligro. ¿Qué es lo que tú quieres, en suma? Una mujer y no una fortuna. Y bien; cásate con Herminia, y si la señorita Guichard te atormenta, coges á tu mujer del brazo y te la llevas. Tú serás siempre independiente. Así pues si Herminia te ama....

—Me amará.

—¡Debe amarte ya! Pero la señorita Guichard estará, de seguro, furiosa por no haberte visto desde hace dos semanas. Va á ser preciso jugar mano á mano con esa buena pieza. ¿Estás dispuesto á seguir el plan que te voy á trazar?

—Ciegamente.

—Pues bien, escucha. Si cometieras la imprudencia de presentarte mañana en la Celle-Saint-Cloud, con el aire radiante y diciendo á Clementina: "¡Heme aquí! Mi tutor consiente en que me case con su sobrina de usted; ¿quiere usted concederme su mano?" puedes estar seguro de que te pondrían en la puerta con todos los honores debidos á tu posición de hijo adoptivo de un hombre execrado. Será, pues, necesario que te presentes con cara de contricción y de inquietud, que pidas hablar en secreto con la señorita Guichard y que cuentes que te he sorprendido yendo á su casa y que ha habido entre los dos una escena violenta, cuya conclusión ha sido este ultimátum formulado por mí: romper toda relación con mi enemiga ó abandonar mi casa.

—¡Cómo! ¿Será preciso abandonar á usted?

—Durante el tiempo necesario para las capitulaciones y hasta el matrimonio. Si Clementina te viese continuar viviendo conmigo, como es lista, sospecharía alguna astucia y te daría que sentir. La única probabilidad de éxito que tienes con ella es aparecer enfadado conmigo y que sea yo el condenado á sufrir. De este modo te acogerá como á un aliado, porque, es triste decirlo, pero ella no entrega su sobrina á un buen muchacho capaz de hacerla feliz, sino á un hijo ingrato que pone en peligro la dicha de mi vida. No protestes; yo sabré, naturalmente, á qué atenerme y la apariencia de la falta bastará. Tú, continuarás amándome tanto más cuanto más grande te parezca mi sacrificio. Pero no dejes sospechar nuestro convenio ni demuestres cariño hacia mí: el día en que Clementina no vea en ti un instrumento de rencor, te odiará y todo se habrá perdido.

—Pero ¿después?

—¡Oh! Después ... después será cuando empiecen las verdaderas dificultades. Tendrás que mostrarte lleno de deferencia por la señorita Guichard. Si no haces causa común con ella contra mí, si confiesas una reconciliación con tu tutor, el diablo se desencadenará y entonces sabrás á ciencia cierta lo que es esa señora ... Porque, amigo mío, ahora no puedes juzgarla ... no la conoces.

—Es usted tan bueno, dijo Mauricio con alguna indecisión, que me voy á atrever á dirigirle una pregunta verdaderamente arriesgada ... Llegado el caso, ¿consentiría usted en reconciliarse con la señorita Guichard?

—¡Consentiré en todo para hacerte dichoso! Pero no te hagas ilusiones; es á Clementina á la que habrá que decidir. Yo jamás le he hecho nada malo, si se exceptúa el no querer llamarme barón de Pontournant y dejarla para vestir imágenes.... No puedo hacer más que ofrecerme á estrechar su mano ... Y te doy mi palabra de que tendré ese heroísmo....

—Entonces todo saldrá á pedir de boca. Usted exagera su rencor. La edad ha amortiguado los fuegos de su cólera ... Se ha calmado mucho.

—Eso me asombra ... El vino gana en sabor al hacerse viejo, pero el vinagre, por el contrario, aumenta en acidez ... Y la acidez de Clementina.... Cuando la conozcas, verás lo que es bueno.

—¡Padrino mío!

—No; no lo digo para retirar mi promesa. Estoy decidido, pero sé á lo que me comprometo. Hace veinte años, retrocedí ante el abismo; ahora me arrojaré á él. ¿No hubo en Roma un ser sublime llamado Curtius que se echó armado en una sima para apaciguar á los dioses?

—Sí, padrino mío; ese fué el asunto de mi primer concurso para el premio de Roma.

—Pues bien ¡yo imitaré á ese mártir! Pero, cuando esté en el fondo, ¿no me dejarás solo?

—Seremos dos para acompañar á usted, para amarle.

—Entonces, corriente. Dame hoy doble ración de ternura, porque desde mañana viviremos separados ... ¡Así lo exige la política!

Habían llegado á la verja de la quinta de Montretout; entraron y pasaron la velada haciendo proyectos para el porvenir.

Al día siguiente, como había dispuesto Roussel, Mauricio se presentó en la Celle-Saint-Cloud y fué recibido sin dificultades. Introducido en el salón, tuvo que esperar algún tiempo. Sin duda la señorita Guichard quería tomarse tiempo para pensar lo que iba á decir y acaso también enseñar á Herminia adornada con elegante sencillez. Sin embargo, la dueña de la casa apareció sola y avanzó con la frente oscurecida por una nube.

—Celebro infinito ver á usted, señor Aubry, dijo con voz bastante firme. Sin duda ha estado usted enfermo, porque hace quince días que no sabemos de usted.

—Dispénseme usted, señorita, pero no he estado enfermo.

—¡Ah! exclamó Clementina con severidad amenazadora. Entonces habrá usted estado ausente.

—No, señorita; he estado en Montretout....

—¿Tan cerca?, dijo expresando una áspera ironía. Entonces, ¿qué le ha impedido á usted venir?

—He tenido vivos disgustos ... disgustos de familia ... Mi tutor ha vuelto y....

—¿Y qué?... interrogó Clementina, devorada por una ardiente curiosidad.

—Y se han producido entre nosotros algunas dificultades....

—Las palabras salían penosamente de la boca de Mauricio. Era preciso que amase mucho á Herminia y que su padrino, en el momento de salir, le hubiese recomendado de nuevo el disimulo, para que se decidiese á mentir de aquel modo. Pero no le fué necesaria mucha habilidad. En un instante, la actitud de la señorita Guichard había cambiado. Su violencia desapareció, las nubes de su frente se disiparon y con la faz radiante, sonrió á Mauricio como á un amigo. Le tomó la mano, le atrajo hacia ella en un canapé y exclamó, con los ojos brillantes de alegría:

—¡Pobre joven! cuénteme usted eso.

Mauricio contó lo que había convenido con Roussel y pudo comprender en la triunfante exaltación de Clementina hasta qué punto su padrino le había dicho la verdad. Sí; el móvil único de la señorita Guichard era su rencor implacable; todo estaba subordinado en su existencia al deseo de hacer mal á Fortunato. Era esto tan evidente, tan claro, que á Mauricio se le pasaron ganas de levantarse y exclamar: "Todo lo que estoy contando es falso de la cruz á la fecha. Mi padrino es el mejor de los hombres y antes que causarme la más pequeña pena está dispuesto á olvidar lo que usted le ha hecho y á reconciliarse con usted."

Pero no tuvo tiempo. La señorita Guichard se levantó, llamó y dijo al criado: "Ruegue usted á la señorita Herminia que venga." Esta sencilla frase borró los escrúpulos de Mauricio. Pensó que iba á ver á la Virgen del bordado y que podría acabar su boceto del natural. El amor al arte, su ternura por Herminia; todo iba á ser satisfecho al mismo tiempo. Bendijo mentalmente al hombre que le proporcionaba todas estas satisfacciones y juró indemnizarle del esfuerzo que le habría costado el resignarse. Precisamente la señorita Guichard se volvía hacia él con complacencia y le decía con énfasis:

—Olvide usted el mal proceder de un hombre egoísta. Yo le devolveré la afección que él le retira.... y usted encontrará en mi casa, cerca de mí, la compensación de sus cuidados....

Una última sacudida de su honradez indignada estuvo á punto de apoderarse de Mauricio ... Ya abría la boca para responder: "No necesito compensaciones y usted sería incapaz de amar á nadie, ni á su sobrina, como yo soy amado por mi tutor."

Pero entró Herminia, rubia, sonrosada, fresca, sonriente; y todo quedó olvidado.

El plan formado por Roussel resultaba, por otra parte, en todas sus partes, y Mauricio, con el egoísmo natural del hombre, gozaba tan plenamente de su dicha como su padrino tenía el corazón á la vez satisfecho y desgarrado. Sin embargo, el joven no olvidaba al que se había sacrificado por él y le escribía largo y tendido todas las tardes al volver á París, después de haber comido en la Celle-Saint-Cloud, porque comía todas las tardes con su futura, hasta tal punto temía Clementina que se le escapase su prisionero. Sus cartas estaban llenas de noticias sóbrela actitud de Clementina, sobre sus palabras, sobre la gracia y la bondad de Herminia. Roussel respondía dando instrucciones á su hijo y recomendándole prudencia y, sobre todo, discreción. Jamás se permitía una palabra desagradable respecto de su enemiga; nunca una crítica amarga. Desde el día en que Mauricio fué admitido en casa de la señorita Guichard, Fortunato pensó, con mucha delicadeza, que convenía poner en buen lugar ante su pupilo á una mujer con la que iba á estar unido por estrechos lazos.

De vez en cuando, cuando se aburría mucho en Montretout, hacía una escapada á París é iba á sorprender á Mauricio, por la mañana, en su estudio. Llegaba con la cara radiante y las manos llenas de flores de sus estufas; abrazaba á su querido hijo, le contemplaba, le acosaba á preguntas y daba vueltas á su alrededor con inquieta ternura. Pero prontamente veía que Mauricio no había dejado de quererlo y se iba dichoso.

Tomaba precauciones, parque sabía que era espiado. En varias ocasiones había sorprendido rondando su casa al primo Bobart, el confidente de Clementina, y hasta le había visto seguirle á París. El darle esquinazo no había sido más que un juego. Las robustas piernas de Fortunato habían burlado fácilmente el espionaje del antiguo abogado. Preguntado Mauricio acerca de este personaje había contado que Bobart iba con mucha frecuencia á casa de la señorita Guichard. Una vez había llevado consigo á su hijo, oficial de húsares y aspirante desahuciado á la mano de Herminia. Pero ni el padre ni el hijo parecían peligrosos. Roussel, sin embargo, ponía á su pupilo en guardia contra ellos.

—Mientras no hayas salido de la iglesia con tu mujer del brazo, le decía, no habrán acabado las dificultades. Y realmente, entonces empezarán de nuevo. Navegas entre escollos; no lo olvides. No sabes de lo que es capaz Clementina. Es mujer que por una sospecha puede echarlo todo á rodar el último día, en la alcaldía misma. Por mucho que desconfíes, nunca será bastante.

Mauricio encontraba un poco pueriles tantas precauciones. Había dado un largo paseo por el jardín con Herminia y sabía que podía contar con ella por completo, porque también le amaba. Aquellos corazones se habían entregado al mismo tiempo y no debían separarse jamás.

Una mañana, al llegar al estudio, Roussel encontró á su hijo más contento que de costumbre y cuando le preguntó la causa, éste sacó del bolsillo una carta y se la entregó. Era de Herminia, que llamaba á Roussel "querido padre," le daba las gracias por su abnegación, le prometía pagársela con su cariño, y le abrazaba, entretanto, de todo corazón. El buen señor se enterneció al principio y aseguró que aquella chiquilla era verdaderamente deliciosa, pero después reflexionó y acabó por no aprobar que Mauricio la hubiese revelado su táctica. ¡Las mujeres son tan charlatanas! ¿Podrían estar seguros de que, con la mejor intención, no cometería Herminia alguna indiscreción, aunque fuese ligera? Porque si Clementina vislumbraba solamente la verdad....

Esta vez Mauricio trató á su tutor de visionario y dijo que exageraba verdaderamente el carácter de las personas. La misma señorita Guichard estaba tan contenta con este matrimonio, que si ahora se le descubriese la buena inteligencia de Mauricio y de su tutor, no cambiaría en nada sus proyectos. Herminia y él estaban convencidos de que aquella atmósfera de pura alegría había dulcificado su corazón y de que se prestaría de buen grado á reconciliarse con Roussel.

Éste, ante una afirmación que no podía combatir más que por suposiciones fundadas en su experiencia, movía la cabeza y respondía deseando que no se equivocasen. De este modo llegó la víspera del gran día.

Por la tarde, después de una comida muy alegre, y en el momento en que Herminia y Mauricio se disponían á bajar al jardín, la señorita Guichard se adelantó hacia el pintor y le dijo:

—Querido hijo mío, desearía hablar cinco minutos con usted ... Herminia me perdonará que le separe á usted de ella ... será la última vez ... Anda, hermosa mía, ve á coger un ramo de rosas para Mauricio ... Cuando hayas acabado, te le devolveré....

Herminia cambió una mirada inquieta con Mauricio y salió. Puestos en presencia el uno del otro, el prometido y la tía se observaron un momento. Ambos estaban sonrientes pero sus fisonomías aparecían un tanto contraídas. La señorita Guichard tomó la palabra y dijo con voz firme:

—Mi querido Mauricio, henos ya en el día decisivo. Usted me hará la justicia de reconocer que ni una sola vez le he hablado de mí y que no he tenido otra preocupación que la dicha de ustedes dos. Conviene, sin embargo, que tratemos á fondo un asunto importante; el de nuestras relaciones en el porvenir. Usted sabe cómo he educado á Herminia y ve la afección que tiene por mí. Su ausencia de mi casa produciría aquí un vacío muy cruel y me atrevo á lisonjearme de que yo también haría alguna falta á esa niña.... No quiero, sin embargo, ser obstáculo á la libertad necesaria á dos jóvenes, ni interponerme entre vosotros ... He reflexionado mucho en estos detalles, que no dejarán de tener influencia en nuestra tranquilidad futura, y he aquí lo que voy á proponer á usted. Acabaremos aquí el verano y el año que viene haré preparar vuestras habitaciones y un hermoso estudio en el edificio donde están situados los cuartos de los amigos ... Usted le conoce, porque allí fué donde pasó la enfermedad producida por su accidente ... Estaréis, por tanto, independientes, y yo gozaré de vuestra presencia.... Comeréis conmigo, si así lo queréis, y recibiréis á vuestros amigos como si fueseis los dueños de la casa ... Yo seré la que represente el papel de una invitada ... En París os ofrezco el entresuelo de mi casa de la calle de Courcelles ... Yo vivo en el primero. Estaréis, pues, en vuestra casa, en completa separación, si eso os conviene ... El estudio lo tendrá usted donde guste, porque no le hay en la casa y, por otra parte, las idas y venidas de los modelos podrían molestaros. Es mejor que ni su mujer de usted ni yo nos encontremos con esas personas, ordinariamente un poco ... libres ... Ya ve usted que soy un poco exigente, aunque no lo parezca; mi pretensión se reduce á no separarme por completo de mi sobrina y gozar también un poco de vuestra dicha.

Hubo un momento de silencio.

—¡Y bien!, continuó Clementina, ¿no responde usted? ¿Qué le sucede? ¡Parece usted estupefacto!

Mauricio lo estaba, en efecto. El exordio lleno de precauciones de Clementina le había hecho inundarse en sudor frío, porque había previsto complicaciones horribles. Pero la exposición de aquellas pretensiones, después de un miedo tal, le parecía de una moderación absoluta. Imbuído en las prevenciones de su padrino, esperaba que la señorita Guichard intentaría acapararle enteramente, tenerle en tutela, convertirle en una especie de cartujo privado. Y en lugar de tales medidas de rigor, reclamaba modesta y casi humildemente que no se prescindiese de ella. El tirano se metamorfoseaba casi en víctima. Negarla lo que pedía hubiera sido conducirse como un hombre sin educación y sin delicadeza. No pensaba que consentir en habitar la Celle-Saint-Cloud en verano, aunque fuese en edificio separado, y en invierno en la calle de Courcelles, aun en otro piso que Clementina, era consentir en la proscripción de Roussel. Porque, sin una completa reconciliación, ¿cómo iba á poder Fortunato ir á casa de la señorita Guichard para ver á sus hijos?

Mauricio, en la expansión de su alegría, no miraba tan lejos. Además para él la reconciliación era segura; y como quiera que fuese, en casa de la señorita Guichard ó en otra parte, la vida se le aparecía de color de rosa.

—Estoy estupefacto, respondió, por la ingeniosa y práctica sencillez de las combinaciones de usted.

—¿Le parecen á usted, pues, satisfactorias?

—Absolutamente.

—Entonces, ¿las acepta usted?

—Con muchísimo gusto.

—¡Ah! querido hijo mío; ven, quiero abrazarte.

—Y le estrechó en un abrazo vigoroso, y le plantó en cada mejilla un beso sonoro. Si Mauricio hubiera estado en aquel momento capaz de reflexionar, la ardiente alegría que la señorita Guichard demostraba, le hubiera puesto en guardia contra la facilidad con que acababa de acceder á las pretensiones de la despótica solterona; hubiera pensado que, para empezar, el paso á que se lo obligaba era muy largo y que si el segundo iba á ser del mismo tamaño, le conduciría infaliblemente á la esclavitud.

Pero en aquel momento y gracias á la óptica especial del amor, la señorita Guichard le parecía muy moderada. Al volver Herminia, con un haz de flores entre los brazos, encontró á su tía y á su prometido encantados el uno del otro y se regocijó cándidamente por su buen acuerdo.

Clementina triunfaba y apenas podía contener los transportes de su alegría. Una vez franqueado aquel desfiladero, cuyo ataque venía preparando, hacía una semana, con habilidad consumada, no veía ante ella obstáculo alguno. Mauricio, caído en su poder, gracias á la maga que lo había encantado, estaba separado de Roussel y la empresa de odio emprendida hacía veinte años recibía su complemento.

Roussel, con el cual pasó Mauricio la mañana, antes de ir á la Celle-Saint-Cloud para firmar el contrato, no se engañó acerca del valor de las concesiones que Clementina había arrancado tan diestramente al joven. Se juzgó amenazado del modo más grave y comprendió que la mujer que había dirigido contra él tan formidables baterías, no habría de desarmarse como esperaban los jóvenes esposos. Pero tuvo el supremo valor de callar sus inquietudes, por no aminorar la alegría de su hijo, no queriendo ver ni una sola arruga en aquella frente radiante. Y para estar más seguro de no ser causa de una complicación á última hora, anunció á Mauricio que partía para el Havre.

—¿Pero volverá usted mañana por la mañana? preguntó Mauricio con algún cuidado.

—Mañana por la tarde. Cuando estéis casados, me presentaré en casa de la señorita Guichard según vuestro deseo, y haré cuanto sea posible para asegurar la concordia general.

—Gracias, querido padrino, en nombre de Herminia y en el mío.

—¡Abrázame y que seáis dichosos!

—El padre y el hijo se estrecharon en un tierno abrazo con una efusión extraordinaria. Y Mauricio partió para la Celle-Saint-Cloud, donde Herminia y la señorita Guichard le esperaban para almorzar antes de ir á la alcaldía.