CAPÍTULO V
DONDE LA VICTORIA SE INCLINA DEL LADO DE LA BONDAD.
En el hermoso jardín, cerca del terraplén que había sido testigo de sus primeras palabras, Herminia y Mauricio se paseaban, bajo la bóveda de árboles, mientras la señorita Guichard recibía á los invitados. El señor Tournemine, muy felicitado por el precioso discurso que había pronunciado el día anterior en la alcaldía, acababa de llevar á su mujer, y faltaban los Chevalier, primos de Clementina por parte de madre, los Bobart y los Truchelet, cuyo jefe, Eduardo Truchelet, miembro del Instituto, es el gran profeta de las variaciones atmosféricas.
Cuando Truchelet publica en los periódicos y revistas científicas que el mes de junio será lluvioso y el de diciembre glacial, no hay cuidado; habrá una sequía excepcional y el invierno será benigno. Nunca se ha hecho justicia á la memoria de sabio de Truchelet, y sin embargo, en teoría, sus pronósticos son indiscutibles.
Bobart padre, antiguo abogado, acababa de hacer entrar al miembro del Instituto en su terreno favorito, preguntándole qué influencia ejercía el viento norte sobre el cultivo de los albaricoques en el centro de Francia, y Truchelet, apoyado en la chimenea, se disponía á probar que el descenso más ó monos rápido de la temperatura polar, produciendo mayor ó menor calor en las corrientes submarinas, era causa de las buenas ó malas cosechas en el país más templado de Europa, cuando la señorita Guichard llamó á Bobart con un ademán y lo hizo acercarse á ella.
Encontrándose libre, por primera vez desde por la mañana, quería interrogar á su factótum.
—¿Cómo va la construcción de la tienda para el baile de esta noche?
—El patio está ya cubierto ... Los obreros del señor Belloir no tienen que hacer más que clavar una tela en el suelo y arreglar las sillas ... Se entrará por el jardín y por las ventanas del piso bajo ... Está muy hábilmente dispuesto.
—¿Cuántas personas podrán estar sentadas?
—Por lo menos, doscientas.
—Perfectamente. La música del pueblo, ¿será exacta?
—Á los postres, es decir, á eso de las nueve, empezará á tocar.
—Seremos treinta y dos á la mesa. ¿Habrá espacio para todos?
El jefe de cocina asegura que cabrían cincuenta.
—Entonces, todo está bien.
—Tú triunfas; pero has jugado una partida muy arriesgada. Si ese joven no hubiera sido tan fácil de conducir, hubieras podido sufrir alguna avería ... Mientras que otro ...
—Tu hijo, ¿no es verdad?
—Sí, mi hijo; respondió Bobart con aire contristado.
—No agradaba á Herminia ...
—Si le hubieras dejado hacerle la corte ...
—¡Él se la ha hecho, sin pedirme permiso!
—¿Mi hijo? exclamó estupefacto el antiguo abogado.
—Sí, tu hijo, el oficial de húsares en persona. Y de tal modo, que se ha permitido escribir á mi sobrina una esquelita, que Herminia me entregó, naturalmente, sin abrir ... Está escrita con un buen estilo la tal esquela ... Podrás leerla, si quieres ...
—¡Cómo! ¿Se ha atrevido?...
—Se ha atrevido. Y yo, sin decirte nada, para no disgustarte, mi pobre primo, me atreví por mi parte á decirle que si no cambiaba de proceder, le pondría en la puerta con todos los honores debidos á sus galones ...
—Puedes creer, respetable prima mía, que yo ignoraba ...
—Hubo un momento en que pensé que eras tú el que habías impulsado á ese badulaque, pero la torpeza de su conducta me probó claramente que obraba por su propia iniciativa. Yo no os quiero mal, Bobart. Bien sabes que os profeso una antigua afección ... En resumen, la adopción de Herminia ha destruído las esperanzas que tu hijo podía abrigar respecto de mi herencia, y hace mucho tiempo que he resuelto reparar este perjuicio que os causaba. En mi testamento he asegurado doscientos mil francos á tu oficial de húsares ... Esto le consolará ...
Bobart, abrumado por esta liberalidad inesperada, se deshizo en protestas; pero Clementina, con la autoridad de una soberana sobre su vasallo, cortó aquellas expansiones entrando en un orden de ideas que le parecía más interesante:
—¿Y hay noticias de Roussel esta mañana?
—Partió ayer, como te dije, por el ferrocarril del Havre ... Se ha ido á digerir su fastidio en la orilla del mar ... Se ha dado el golpe mortal ...
—Le permito vivir, declaró magnánimamente la señorita Guichard, á condición de que, en adelante, permanezca en su puesto ...
—¿Y qué remedio tiene? Has cortado las garras á ese león y ya está domado ...
—Han sido necesarios veinte años de lucha para llegar á ese resultado ... Pero no me arrepiento de mis esfuerzos.
¡Veinte años de lucha! Clementina llamaba lucha á la persecución que había hecho sufrir al buen Fortunato y contra la cual ni una sola vez se había éste rebelado. Una lucha á aquella serie no interrumpida de vejaciones y de infamias, sufridas por su enemigo con la paciencia inalterable de un hombre que se da cuenta del peligro de que ha escapado y que se dice: "Habiendo evitado tal desdicha, puedo soportarlo todo con resignación." ¡Al fin, la señorita Guichard le permitía vivir!
Y él estaba decidido á usar de ese permiso, porque apenas las últimas palabras de la tía de Herminia se habían confundido con el hueco rumor de las disertaciones de Truchelet, cuando entró un criado, se aproximó á la dueña de la casa, é inclinándose respetuosamente, murmuró esta frase:
—El señor Fortunato Roussel pregunta si la señorita tendrá á bien recibirle.
Un rayo cayendo sobre la casa; las palabras proféticas del festín de Baltasar apareciendo en la pared en letras de fuego; el nivel del Sena cambiando de repente y haciendo que el río se precipitase sobre el jardín; el Presidente de la República apareciendo de pronto escoltado por su cuarto militar para bailar en la boda de Herminia; ningún cataclismo, ninguna manifestación divina, ninguna inverosimilitud social, hubieran causado á Clementina un estupor semejante al que sintió.
Sus ojos se abrieron inmensos; una llama subió á su frente; después se puso pálida como una muerta y sus manos se abrieron y se cerraron en el vacío. Quiso hablar y no pudo más que producir un ruido que lo mismo expresaba alegría que terror.
Ya Bobart extendía el brazo para sostener á su respetable amiga, cuando por un supremo esfuerzo de la voluntad, Clementina recobró su aplomo, dominó á su cerebro y tomando una decisión, dijo:
—Hágale usted entrar en el saloncillo.
Y como Bobart, con la boca abierta, parecía pedir una explicación, le dirigió una mirada fulminante y le dijo:
—¡Conque estaba en el Havre!
En los momentos críticos, Bobart tenía la costumbre de desarmar á Clementina llamándola "bella prima." La lisonja hizo su efecto. Una sonrisa altanera crispó los labios de la señorita Guichard; lanzó un vigoroso suspiro que la libró de su opresión y dijo, mirando con altanería á su primo aterrado:
—¿Crees que le temo? Ahora vamos á vernos los dos.
—Viene, sin duda, á pedir gracia, insinuó Bobart.
Este pensamiento conmovió á Clementina. Hasta entonces no había imaginado más que un Roussel amenazador y terrible, avanzando armado de derechos iguales á los suyos y reclamando su parte de afecciones, de dicha y de esperanza, y en un momento se figuró un Roussel aniquilado, vencido, aproximándose tímido, suplicante y dispuesto á consentir que se pusiera sobre su cabeza un pie victorioso. Se estremeció de alegría y haciendo un ademán de soberbia, contestó:
—¡Es probable! Viene á capitular ... Bueno, ¡vamos á ver!.. Sustitúyeme con mis convidados y que nadie sospeche lo que aquí sucede.
—Vete tranquila.
Abrió la puerta y alta la frente, firme la mirada, entró en la habitación donde esperaba Fortunato.
Éste estaba de pie cerca de la ventana y miraba á Herminia y á Mauricio, que paseaban por el jardín. Ignoraban su llegada y, entregados por completo á la dicha de verse juntos, marchaban con ese andar perezoso é igual, propio de las parejas enamoradas. En verdad que el paso que Fortunato daba en este momento era para él muy penoso, pero todo lo daba por bien empleado al ver á los jóvenes tan plenamente dichosos.
La puerta, al abrirse, le hizo volver la cabeza. Clementina, majestuosa y soberbia estaba delante de él.
Ambos se examinaron en silencio durante unos instantes. Ella le encontró bien con su cabello blanco y rizado que servía de apropiado marco á una cara llena y sonrosada. Tenía, como siempre, hermosa presencia y su elegancia era propia de su edad. Con una amargura que no pudo vencer, Clementina pensó: "No tiene trazas de haber sufrido mucho."
Roussel la saludó con sonriente cortesía y ella hizo una ligera y seca inclinación de cabeza.
—He aquí, dijo, una visita que yo no esperaba y que más que sorprenderme ...
—La vida no es más que una serie de sorpresas, mi querida prima, respondió. Fortunato en tono amable; y seré feliz si ésta que te proporciono te parece agradable.
—¿Te burlas?
—La ocasión no me parece bien escogida para eso.
—¡Oh! tu tacto y tu delicadeza me inspiran muy poca confianza.
—Enhorabuena, dijo Roussel riendo; veo que no has cambiado ... en lo que se refiere al carácter, al menos.
—¿Te atreverás á dirigirme impertinencias en mi propia casa?
—¡No lo quiera Dios! mi querida prima. Eres siempre la misma en lo moral, pero no en lo físico ... Has ganado mucho.
—Hazme gracia de tus piropos, dijo Clementina en tono más dulce, y ten la bondad de decirme el objeto de tu visita.
Pues qué, ¿no es bastante visible? ¿Hacen falta explicaciones? Nuestros hijos se han casado esta mañana, ¿no es este mi sitio en día semejante? Sé las consideraciones que se te deben. Eres la madre de la desposada; yo he servido de padre al novio; la boda se hace en tu casa ... y he venido.
—Jamás ha existido lazo alguno de parentesco entre ese joven y tú ... y después de la indignidad de tu conducta respecto de él, no tiene ningún motivo de reconocimiento. Por consiguiente tu presencia no está justificada y nos veremos en la precisión de evitarla.
Roussel no se movió.
—Es verdad, dijo, que en el primer momento, cuando supe por Mauricio que so quería casar con tu sobrina, experimenté un vivo descontento contra él y le obligué á abandonar mi casa. Pero, después he reflexionado: la soledad es buena consejera. He pensado que, después de todo, ese muchacho tenía el derecho de amar á quien quisiera y me he resignado con tu sobrina. Mis informes han sido muy favorables á Herminia, debo confesarlo; he cambiado de modo de pensar y me he arrepentido de mi conducta con Mauricio. Apruebo su matrimonio, lo reintegro en su situación de heredero, le devuelvo mi cariño y me preparo á rivalizar contigo en ternura para la joven pareja.
—¡Dios mío! exclamó Clementina levantando los brazos con estupor; ¿qué es lo que oigo?
—Lo que oyes, querida prima, es el lenguaje de la sana razón. Acaso habías perdido la costumbre de oirle en los veinte años que hace que no nos vemos, pero nunca es tarde para ceder á los buenos consejos. Ya ves con qué confianza he venido á buscarte ...; os que, en realidad, no se trata ya de ti ni de mí, sino de esos muchachos, que merecen ser dichosos ...
—Nos pasaremos sin ti para su dicha como nos hemos pasado para su matrimonio; llegas tarde. Cuando se quiere imponer condiciones es preciso formularlas antes de firmar las capitulaciones. Hemos arreglado nuestros asuntos sin ti y sin ti continuaremos, quieras ó no. ¡Está bien! ¡He aquí un divertido personaje que viene á adjudicarse él mismo su parte en una dicha á cuya preparación ha sido extraño! Tú has prescindido de nosotros; no te conocemos.
—Pero yo os conozco todavía. Me he juzgado más firme de lo que soy en realidad. He creído que podría vivir sin estar rodeado de las atenciones á que estaba dulcemente acostumbrado y he visto después que me engañaba y que moriría de pena en la soledad.
—Muere; no vemos en ello ningún inconveniente.
—Habla por ti, querida prima; pero no en nombre de Mauricio. Estoy seguro de que bastará una sola palabra para hacerle venir á mí y con él á su mujer.
Á esta afirmación la señorita Guichard se estremeció, porque veía su verosimilitud. Toda su combinación estaba fundada en un resentimiento que, gracias al rencor de que suponía animado á Roussel debía ser definitivo. Y de repente, el que ella creía separado de Mauricio por sentimientos que necesariamente debían irse agravando, se presentaba calmado, sereno, con palabras de conciliación en los labios y prendas de paz en las manos. Ni Mauricio ni Herminia podían ser rigorosos con él: uno y otro iban á saltar de alegría á las primeras insinuaciones de Fortunato; él obedeciendo á su antiguo cariño y ella seducida por la novedad del personaje, serían conquistados sin remedio. Y ella, Clementina, quedaba en descubierto, en el momento en que se creía invulnerable, y era desposeída de sus más seguras posiciones por este hábil movimiento envolvente del enemigo.
"No tengo, pensó, más que una probabilidad de salirme con la mía; buscar querella á Fortunato, hacerle salir de sus casillas, obligarle á pronunciar una palabra violenta y llamar en mi socorro á Mauricio y Herminia, procurando que consideren mi causa como suya Entonces le pongo en la puerta y todo se ha salvado." No bien formado por ella este plan, empezó á ponerle por obra. Realmente, si la política es, como muchos creen, el arte de embrollar las situaciones para hacer daño al adversario y sacar provecho para sí mismo, la señorita Guichard poseía estas cualidades en su esfera privada. Se volvió hacia Roussel y dijo con áspera ironía.
—En resumen; ¿vienes guiado únicamente por el egoísmo? Me decías ahora que no he cambiado ... ¡pues tú tampoco!
—Soy modesto y no me gustan los privilegios.
—Posees uno, sin embargo, y bastante raro; el de olvidar las injurias ... cuando te lo exige tu interés.
—¡Humildad cristiana!
—Pues yo te he conocido menos paciente.
—Se calma uno cuando envejece.
—Y, sin embargo, te he jugado muy malas partidas.
—Eres la única que las recuerda; yo las he olvidado.
—¿Y la tapia que he construído delante de tu jardín?
—Me ha proporcionado excelentes espaldares.
—¿Y el criado que tanto te convenía y que te quité á peso de oro?
—Empezaba á servirme mal.
—¿Y el descrédito que he arrojado sobre tus costumbres?
—¡Bah! No me ha disgustado pasar por un vividor.
—En fin; todo lo que he hecho en veinte años que hace que te aborrezco, y que te lo pruebo, ¿ha sido perder el tiempo?
—No; porque ha servido para demostrar que no podías olvidarme.
—¡Eres un insolente!
—Y tú eres adorable.
Clementina se había avalanzado hacia él con la cara descompuesta, los ojos inflamados y la mano amenazadora. Fortunato permanecía impasible y sonriente. La solterona le miró un instante con extravío, preguntándose si no era juguete de una pesadilla. Todo cuanto veía y escuchaba hacía un cuarto de hora, le parecía fantástico. Pero Roussel no se desvaneció como una aparición; permaneció en su sitio y con mucha sangre fría dijo:
—Mi querida prima; creo que debes haber agotado las malas palabras; no busques más en tu fondo de reserva, porque sería inútil. Comprende que cuando me he decidido á afrontar tu presencia, es que me sentía seguro de mí mismo. No conseguirás hacerme montar en cólera, porque me importan poco todas las injurias. Renuncia, pues, á provocar un escándalo y resígnate. Estoy aquí y, como dijo un ilustre hombre de guerra, aquí me quedo.
Clementina se vió vencida; arrojó un grito sordo, se le subió la sangre á la cabeza y le pareció que la habitación daba vueltas con extraordinaria rapidez. Extendió los brazos buscando un punto de apoyo y oyó á su enemigo que exclamaba:
—¡Bueno!; ahora una congestión: no faltaba más que esto.
Clementina se desmayó. Cuando recobró el conocimiento, estaba medio tendida en el sofá; el cuerpo de su vestido estaba desabrochado y Roussel tenía cogida su mano y se inclinaba sobre ella con inquietud. Después de veinte años, se encontraban en la misma situación que el día de su rompimiento. Se levantó azorada y dijo con amargura:
—¡Confiesa que has deseado mi muerte!
—¡Dios mío! ¿Yo?, respondió Roussel con un horror sincero; he hecho cuanto he podido para reanimarte; ¿por quién me tomas? Vamos, pues; ahora debes estar calmada. Escúchame y verás las ventajas que estoy dispuesto á concederte. Nuestra enemistad es demasiado pública para que pueda cesar sin que demos una explicación del cambio. Esa explicación quiero que sea enteramente favorable para ti. Diremos que tú has olvidado tus agravios y que yo he pedido el perdón de mis faltas. Yo habré dado todos los pasos y tú habrás tenido la grandeza de alma de perdonar. Considera que semejante concesión á tu amor propio merece alguna indulgencia y que yo la reclamo, no ficticiamente, sino con verdad. Todo lo que pido, es el derecho de amar á esos muchachos tanto como tú. Te invito á una nueva lucha, pero pacífica, en la cual el vencedor será el más tierno, el más cariñoso para esa joven pareja, que es preciso encuentre fácil y expedito el camino del porvenir.
Clementina exhaló un gemido. Aquella grandeza de alma de su enemigo la aniquilaba. Enseguida pensó: "¿Por qué no ha sido tan generoso cuando se trataba de mí? ¡Cuán pequeñas eran las concesiones que yo le pedía comparadas con las que se impone él mismo! ¿Tanto me odiaba que no quiso concederme nada? Si él hubiera querido, sin embargo, hace veinte años seríamos dichosos y esta hija que se casa podría ser nuestra ... ¡Oh! qué duro, qué ingrato, qué culpable ha sido ... y ¡cuánto le detesto!"
No obstante, no le miraba ya del mismo modo que al principio de la conversación. La ternura que había abrigado por Fortunato debía estar bien arraigada en su corazón, porque, después de tantos años, se encontraban aún vestigios de ella. Así las antiguas ciudades de Oriente, enterradas bajo el polvo de los siglos, y cuyos restos aparecen inmensos á los viajeros y les dan ideado una civilización colosal.
Miraba á Roussel; le encontraba todavía seductor y se exasperaba más y más.
—En fin, dijo, es preciso que arreglemos nuestra respectiva situación. ¿Tú pides la paz?
—La imploro.
—¿Reconoces, pues, que no tienes medio de resistir?
—Lo reconozco, y todo lo que tú quieras por añadidura.
—Así pues, soy yo la que dicta las condiciones del tratado.
—Tú.
—Será preciso que respetes las estipulaciones hechas por mí con Mauricio.
—Si no tienen por objeto impedirme ver á esos muchachos, las suscribo.
—No contienen semejante cláusula.
—Entonces está convenido. Venga esa mano.
Clementina se la dió con profunda satisfacción al ver que salía victoriosa de su guerra de veinte años. Porque resultaba victoriosa, en el fondo, puesto que Roussel había tenido que hacer acto de contrición, y en la forma, porque obtenía públicamente el laurel de la victoria. Tuvo un instante de orgulloso delirio y cuando Roussel la besó con galantería el extremo de los dedos murmuró:
—¡Ah! Roussel, si hubieras querido!
Fortunato tuvo miedo de este enternecimiento y respondió con volubilidad:
—No pensemos en eso, querida prima. Preparémonos á ser compadres. Y á propósito, hazme el favor de presentarme á tu encantadora sobrina.
La frente de Clementina se contrajo. Esta primera ejecución del convenio le padecía humillante. Tuvo, sin embargo, que resignarse y abriendo la puerta del salón, llamó "¡Bobart!" El antiguo abogado apareció, con aire de inquietud, no sabiendo si manifestar cordialidad ó reserva. La actitud de Roussel aumentó su indecisión: el mortal enemigo de la señorita Guichard estaba allí como en su casa y Clementina no parecía dispuesta á hacerle arrojar á la calle.
—¿Quieres tener la bondad, amigo mío, de enviarme á Herminia y al señor Aubry?...
—No les prevenga usted que estoy aquí, Bobart, añadió tranquilamente Fortunato; quiero gozar de su sorpresa.
Estupefacto por la desenvoltura de Roussel, Bobart consultó á Clementina con una mirada. Ella asintió con la cabeza. Entonces el complaciente primo, adivinando que acababan de ocurrir acontecimientos de extraordinaria gravedad, se lanzó al jardín en busca de los jóvenes esposos. Apenas Fortunato y Clementina tuvieron tiempo de advertir la molestia de encontrarse juntos, porque enseguida entraron Herminia y Mauricio. No fué necesaria presentación alguna. Al ver á Roussel, el novio gritó:
—¡Mi padrino!
Y enseguida Herminia añadió en una exclamación de alegría:
—¡Qué dicha!
Sin pedir explicación alguna, una súbita sospecha hirió á la señorita Guichard como un rayo de luz; pero no tuvo tiempo de reflexionar.
Mauricio, empujando á su mujer hacia los brazos de Roussel se arrojó en los de Clementina.
—¡Ah! mi querida y respetada tía! ¡Cómo agradecer á usted su bondad!... ¡Porque á usted debemos la dicha de ver aquí á mi padrino en este día!
Y la abrazaba con una efusión que no dejaba de tener sus encantos para la solterona. Ésta pensaba volviendo con obstinación á su impresión primera: "Pero, ¿cómo sabe tan bien lo que acaba de pasar entre Fortunato y yo? Y Herminia, ¿cómo no manifiesta sorpresa y exclama de buenas á primeras: ¡Qué dicha!"
Roussel hablaba con Herminia y la señorita Guichard se vió obligada á interrumpir sus reflexiones para escuchar lo que decían:
—Cuando usted sepa, señora, cuánto quiero á este muchacho, comprenderá el deseo que tenía de conocerla ...
—¡Oh! sé lo bueno que usted ha sido para Mauricio ... Me ha contado su infancia ...
He conocido á usted tarde, interrumpió Roussel, que encontraba que la joven no fingía bastante sorpresa, pero espero recuperar el tiempo perdido ... Usted verá que no soy tan áspero como mi acceso de rigor puede haberla hecho creer ... Me arrepiento de él y para hacer que usted olvide la contrariedad que he podido causarle ...
Sacó del bolsillo un paquetito, desenvolvió el papel que le rodeaba y entregó á Herminia un estuche de tafilete blanco con las iniciales H.A.
—He aquí mi regalo de boda ...
La joven abrió la caja y arrojó un grito de admiración, de confusión, de alegría. El estuche no contenía más que dos perlas negras, pero gruesas como avellanas y de un oriente, de una redondez, de un brillo incomparables. Era aquel el regalo elegante, refinado, de un hombre que no procura deslumbrar pero que sobresale sobre todos los demás por la rareza y el gusto de lo que regala.
—¡Oh! señor, dijo Herminia, ¿cómo me atreveré á adornarme con una alhaja de tan gran precio?
—Hija mía, dijo Roussel sonriendo, esa joya no tendrá verdadero valor más que cuando usted se la ponga.
—Habría que recorrer todas las joyerías de París y no se encontrarían otras semejantes, dijo Mauricio examinando los pendientes como artista enamorado de todo lo bello.
La señorita Guichard no pronunció más que una palabra:
—¡Soberbios!
Permaneció pensativa, extrañada del singular acuerdo que revelaban las palabras y las acciones de aquellas tres personas que debían estar violentas al encontrarse juntas y que, sin embargo, parecían unidas por la mayor confianza como si se hubieran visto el día anterior.
La situación pareció tan peligrosa á Roussel, que juzgó conveniente abreviarla, por muy dulce que le resultase este momento, esperado por él durante un mes.
—Pero hace mucho tiempo, querida prima, que te estoy sustrayendo á tus convidados, dijo, y añadió con graciosa galantería, inclinándose ante ella:
—¿Qué ordenas ahora á tu servidor?
—¿Qué deseas que yo te ordene? replicó ella con una acritud mal disimulada por su sonrisa.
—Comer con vosotros esta tarde, si me lo permitís.
—Pues bien, ve á ponerte un frac y vuelve á las siete.
—Muchas gracias. Voy á Montretout. Durante mi ausencia tendréis el tiempo necesario de preparar á nuestros parientes y amigos para mi aparición.
Y saludó, no atreviéndose á ofrecer la mano á Clementina, tanto era su miedo de embrollar las cosas. Mauricio y Herminia hicieron un movimiento para acompañarle, pero la señorita Guichard detuvo á su sobrina por medio de una imperiosa mirada.
—Hasta luego, dijo Roussel; y salió con Mauricio.
Apenas estuvo sola con Herminia, la cara de la señorita Guichard cambió de expresión y poniéndose sonriente, dijo:
—He aquí una feliz sorpresa, ¿no es verdad, hija mía? ¿Tú no esperabas ver aquí al tutor de Mauricio el día de tu matrimonio?
—¡Oh! Estábamos seguros, Mauricio y yo, de que os reconciliaríais, respondió Herminia con convencimiento. Toda vez que el señor Roussel se prestaba á ello, era evidente que usted, tan buena, no había de negarse....
—¡Ah! dijo alegremente Clementina; ¿se trataba pues de un efecto preparado? ¿Había un complot? ¿Y desde cuándo data la intriga?
—Mi querida tía, mucho me habían encargado no dejar á usted sospechar nada.... Pero ahora que todo está arreglado, ¿no es verdad? el secreto no tiene objeto.... Mauricio no ha estado nunca enfadado con su tutor. Temía que usted no le acogiera bien si aparecía en buen acuerdo con un hombre á quien usted tiene tantas razones para no amar, y, entonces, para destruir sus prevenciones....
—Me ha representado una comedia.
—La voz de Clementina sonó con tal dureza, que Herminia se estremeció, miró á su tía con inquietud y preguntó:
—Pero usted no le quiere mal, tía mía, ¿no es verdad?
—¿Yo? ¡El pobre muchacho! ¿No está todo arreglado á pedir de boca, gracias á su pequeña añagaza? Entonces, él veía á su tutor....
—Casi todos los días....
—¿Y se ponían de acuerdo sobre lo que convenía decir y hacer?
—¿No han maniobrado bien?
—Maravillosamente. Debo, en realidad, mucho al uno y al otro por lo que han hecho y dicho, pero toda vez que estaba en el programa que yo no supiera nada, supongamos que nada sé todavía. No digas una palabra, ni á Mauricio, de tu amable y afectuosa confidencia. Yo continuaré aparentando que no estoy al corriente de la verdad.
—Si, tía mía. Pero déjeme usted que la abrace para demostrarle mi agradecimiento por haber sido tan buena. Gracias á usted, vamos todos á ser muy dichosos.
—Ahí vuelve Mauricio, dijo la señorita Guichard, mirando por la ventana; ve á su encuentro. Yo vuelvo al salón.
Herminia bajó al jardín y Clementina quedó sola.
CAPÍTULO VI
DOMINADA POR LA MALDAD
La señorita Guichard se sentó en una butaca y con la faz alterada, la boca contraída por la amargura y los ojos sombríos, se abismó en sus pensamientos. De modo, que había sido burlada, ella, que se creía tan fuerte. Dos niños la habían llevado por la punta de la nariz hasta concluir un arreglo que alteraba toda su vida, turbaba todas sus ideas, cambiaba sus combinaciones y la imponía la presencia del ser á quien más detestaba en el mundo. Pero ahora que estaba advertida, ¿iba á dejar correr las cosas? ¿Soportaría tal humillación? ¿Aceptaría semejante servidumbre? Ella que siempre había sometido á los demás á su voluntad; ella, á quien nadie, fuera de aquel Roussel aborrecido, había sabido jamás resistir, ¿se confesaría vencida? ¿Dejaría á sus adversarios reirse de ella? Porque, ciertamente, se reirían de su credulidad, de su tontería....
Todas las palabras pronunciadas durante su conversación con Roussel venían á su memoria y la hacían encogerse de hombros, de lástima de si misma, ¡Cómo! ¿Y era ella la que había hablado así? ¿Donde tenía la cabeza cuando había dado aquellas lastimosas respuestas? Hubiera sido preciso decir tal ó cual cosa y Roussel se hubiera visto confundido ... Realmente no había estado á su habitual altura: la sorpresa, la emoción, la habían privado de sus facultades. ¿Pues no había cerrado la discusión desmayándose? ¡Desmayarse, cuando hubiera debido arrojarse á la cara de aquel malvado y sacarle los ojos! Recordaba que había tenido esa intención, pero la habían hecho traición sus fuerzas.
Después pensó: "Ha debido encontrarme degenerada. ¡Y estaba irónico, el muy ... ¡Bien se ha burlado de mí! ¡Oh! yo tendré mi desquite y le enseñaré que todavía sirvo para darle una lección. Pero, ahora, ¿qué hacer?... ¡Ante todo, no quedar bajo el peso de esta derrota!..."
Reflexionó profundamente y cuanto más examinaba los diversos aspectos de la situación más peligrosa la encontraba. Era evidente que Mauricio había sido cómplice de su tutor en todo este negocio, y que sabía á qué atenerse sobre las relaciones que habían existido entre Roussel y ella. ¿Cómo había adquirido el compromiso que ella le había exigido antes del matrimonio? Eso era que estaba decidido á no cumplirlo. La señorita Guichard se puso en el caso del joven y se confesó que ella hubiera también obrado del modo de que le suponía capaz. Y con furor lleno de espanto comprendió que estaba á merced de sus adversarios y que éstos podían hacerla sufrir el mismo tratamiento que les tenía preparado. Roussel, & quien creta tener en su poder, la tenía á su discreción. Él seria quien se llevarla á Herminia, gracias al ascendiente de Mauricio. Y esta muchacha, ¿no estaba decidida de antemano? ¿No lo probaba la acogida que había hecho á aquel hombre maldito? Sí; todo se venía abajo; el desastre era inevitable, si un golpe de fuerza no restablecía sus ventajas y cambiaba repentinamente su derrota en victoria.
Para esto, no había más que un medio: deshacer su propia obra; romper los lazos que ella había atado; indisponer aquel matrimonio antes de que tuviese tiempo de consolidarse; aplastar en germen la sublevación tramada contra ella. Y esto enseguida, sin perder un segundo; provocar la discusión, procurar una querella y á favor del desacuerdo llevarse á Herminia, á fin de que no pudieran volverse á ver, ni, por consecuencia, reconciliarse. Acaso Mauricio muriera de pena y su sobrina también; pero, en su exasperación contra ellos, no veía en esto inconveniente alguno. Hubiera prendido fuego á la casa y se hubiera quemado viva, si hubiera estado segura de que Roussel y la joven pareja ardían también. Ningún escrúpulo, ninguna debilidad, ninguna conmiseración debía detenerla en su plan. Y su plan era, sencillamente, destruir la felicidad de dos hijos.
No pensó ni un solo momento en dirigirse al corazón de Herminia y á la razón de Mauricio. Y, sin embargo, aquel era el punto débil en el que hubiera sido preciso herir para asegurar la victoria. Como ella era toda odio, no hizo entrar en sus cuentas el cariño que Herminia la profesaba. Mujer pérfida, no fundó esperanza alguna en la lealtad de Mauricio. Á las primeras explicaciones, sin embargo, Herminia se hubiera arrojado á su cuello y á los primeros cargos el pupilo de Roussel se hubiera sonrojado por haber engañado á una mujer que le acogía sin desconfianza. Ciertamente, todo se hubiera allanado y por una conversación de un cuarto de hora la tranquilidad de todos hubiera quedado asegurada. Pero Clementina no quiso explicaciones: se juzgó vendida y sólo pensó en preparar secretamente su desquite.
Por de pronto, quiso ser informada jurídicamente y abriendo la puerta, llamó á Bobart, que, desde la aparición de Roussel en la casa, estaba en acecho. Fuera de que siempre había profesado al hermoso y rico Fortunato la animosidad propia del hombre feo y pobre, sentía ahora cierta inquietud á causa de la actividad desplegada por él en servicio de la señorita Guichard. "Si se reconcilian, pensaba, será á costa mía y yo seré quien pague los gastos de la guerra." Se apresuró, pues, á acudir en cuanto vió á Clementina hacerle una seña y respiró al observar que Roussel se había marchado. "Le ha puesto á la puerta, se dijo, y su fisonomía se esclareció."
—Y bien, amiga mía, preguntó, ¿el monstruo ha partido?.
—Por el momento, replicó con rudeza Clementina; pero va á volver enseguida.
—¿Para qué?
—Para comer.
—¿Para comer ... en tu casa?
—En mi casa.
Los dos se miraron, él con estupor, ella con cólera.
—Me has dado, por cierto, muy exactas noticias ... Te felicito ... Parece que Mauricio y él no han cesado de verse en su vida. ¿Quién era el que les espiaba por encargo tuyo?
—Pues te ha robado el dinero y se ha burlado de ti.
—¿De quién fiarse entonces?
—De sí mismo, y esto á condición de no ser un mentecato.
—Pero, amable prima....
—¡Basta! El mal está hecho: tratemos de repararle. ¿Qué recursos ofrece la ley para romper un matrimonio?
—Romper un matrimonio.... ¿Acaso?...
—¡Nada de comentarios!... Responde categóricamente.
—En la legislación actual, tenemos la separación y el divorcio.... La primera deja subsistir el lazo legal, poniendo la persona y los bienes, ó los bienes tan sólo, de la esposa, por ejemplo, al abrigo de las disipaciones ó de las sevicias del marido; y el segundo, que disuelve completamente el matrimonio y hace á los esposos extraños el uno al otro.
—El divorcio me gustaría más.... Pero es una palabra muy dura, que asustaría á mi sobrina....
—¿Luego es ella?...
—¿Y quién quieres que sea? exclamó Clementina; te pones enteramente obtuso....
Pero, amiga mía; semejante resolución ¿no es para sorprender? Si me fuera permitido darte un consejo, acaso, en efecto, la separación bastaría, por el momento ... Después sería más cómodo convertirla en divorcio.
—¡Bueno! No nos ocupemos entonces más que en la separación. ¿Cuáles son los motivos ó los pretextos que la ley juzga suficientes?
—Por de pronto, la mala conducta del marido ó de la mujer....
—Adelante, interrumpió púdicamente Clementina.
—Los excesos, las sevicias ó las injurias graves.
—¿Y qué entendéis por excesos?
—La embriaguez por ejemplo, y otras malas acciones que es difícil detallar ante ti.
—Adelante. ¿Y no hay más?
—Secuestro de la mujer, privación de alimentos, negativa de dinero....
—¡Todo eso es estúpido! Otra cosa....
—Negativa del marido á habitar con la mujer....
—¡Ah! ¡Ah! Esto pudiera ser ... con un poco de habilidad ... pero seria muy difícil ... ¡Se aman!
Esta atroz circunstancia, que era la condenación de la tentativa de la señorita Guichard, no turbó á Bobart, que no vió en la confidencia de Clementina sino una dificultad más. No pensó ni un segundo en la dicha de aquellos jóvenes, en su porvenir, en todo lo que podían perder de esperanza, de paz y de alegría en aquel enredijo judicial. El abogado respondió con una risa espantosa.
—¡Bah! En mi larga carrera he contribuído á separar más de doscientas parejas que se adoraban y á los cuales sus padres han probado que no podían vivir juntos!
—Entonces, ¿me secundarás?
—¿Puedes dudarlo?
—¡Ah! Tú eres un verdadero amigo....
—Y sin embargo, no has parecido creerlo. Si hubieras entregado Herminia á mi hijo....
—No volvamos á eso, interrumpió Clementina con fastidio; ya no es tiempo.
—Si, lo es, si rompes el matrimonio.
—En efecto, es verdad.
La señorita Guichard creyó necesario dejar esta esperanza á su cómplice. "Me servirá mejor, pensó, si trabaja para sí mismo al mismo tiempo que para mi."
—¿Y qué instrucciones me das? preguntó Bobart.
—Vigila atentamente á Roussel cuando venga y trata de saber lo que prepara. Pero sé prudente. Yo velaré por mi parte ... Y todo lo que haya de hacerse lo decidiré yo sola ... No llamemos la atención de Mauricio y de Herminia con una conversación demasiado larga ... Volvamos al salón.
El número de los convidados había crecido durante aquellos tempestuosos debates. Los parientes alojados en la casa y en los pabellones se habían puesto de veinticinco alfileres. Los notables del país, invitados á comer, iban llegando. Clementina tuvo que pensar en su atavío. En las angustias de su situación, había olvidado que el tiempo pasaba y que era preciso sacrificarse por el decoro. Pasó rápidamente entre los convidados, á quienes Mauricio y Herminia hacían los honores de la casa, y encontró que ya se había propagado el rumor de la reconciliación. En el ardor de su alegría, los recién casados no habían podido contenerse y habían difundido la buena noticia. Todos los amigos que conocían las antiguas diferencias y los recientes malos tratos, estaban llenos de curiosidad. Una vaga esperanza de alguna sorpresa de efecto germinaba en los espíritus. Aquel cordial acuerdo, tan repentino, ¿era sincero? ¿No se podía presagiar que la armonía, difícilmente restablecida, no duraría mucho tiempo? Las caras sonreían; las palabras aprobaban; pero cada cual, allá, en su interior, hacía las necesarias reservas....
Encontrando el terreno preparado, la señorita Guichard, con la firmeza habitual de su carácter, no evitó las explicaciones. Se multiplicó para dar testimonios de alegría. Sí, una enemistad antigua, había terminado. La boda de aquellos queridos hijos había sido la ocasión de perdonar las injurias. El señor Roussel había llegado con los brazos abiertos pidiendo que todo se olvidase y ella no había creído que debía negarse á la indulgencia. Tal conducta no hubiera sido propia de una mujer ni de una cristiana. Perdonaba, pues, y todos iban á vivir en adelante en la más perfecta concordia. El señor Roussel había ido á su casa para vestirse y volvería para comer con la familia y los amigos de la señorita Guichard.
Algunos de los presentes no conocían á Fortunato; otros le conocían sólo de vista. Muchos le consideraban como un hombre muy importante por su fortuna y por su posición social. Todos tenían gran deseo de verle de cerca y de presenciar aquella comedia de la cesación de una hostilidad inveterada.
El doctor Truchelet aventuró una alusión sabia á las bodas de Pirito, ensangrentadas por el combate de los Centauros y de Lapites, y felicitó á la señorita Guichard por no haber renovado las luchas de las Amazonas contra Hércules y Teseo. Acaso la comparación con Hércules hubiese agradado á Roussel, pero el ser asimilada con las Amazonas extrañó singularmente á Clementina, quien por vez primera empezó á sospechar que un académico podía muy bien ser un imbécil, y deploró que esta desagradable excepción recayese precisamente en su familia.
Desapareció para ir á ponerse un traje muy historiado. Pero jamás era pesada en su atavío y al dar las seis, volvía á entrar en el salón. Era tiempo, porque á la sazón llegaba Roussel. Éste no se había puesto de negro; se presentó con un pantalón gris, chaleco blanco y frac azul, con botones de oro. Estaba en realidad muy elegante de este modo y produjo una favorable impresión en la parte femenina de la concurrencia. Los hombres intentaron criticarle, pero fracasaron ante la admiración de sus compañeras. La señorita Guichard se puso amarilla de despecho. Puso, sin embargo, á mal tiempo buena cara, y adelantándose hacia su primo, le presentó á los convidados.
Roussel se sometió con gracia á sufrir este mal paso y se mostró sencillo y cordial, con un cierto matiz de altanería que á Clementina le pareció que contrapesaba desagradablemente la ventaja que ella había obtenido públicamente de la sumisión de aquel rebelde. Creyó que se levantaba un poco deprisa y vió en esta actitud un indicio del doblez con que, á su juicio, se había conducido.
Si hubiera podido penetrar en la mente del buen señor, hubiera quedado asombrada, pues no hubiese hallado ninguno de los pensamientos amenazadores que le atribuía. Roussel no pensaba sino en regocijarse, en gozar de la hora presente y en tratar de que se arreglase el porvenir de un modo soportable. La astucia que Clementina le imputaba como un crimen, era supuesta, ilusoria y quimérica. La mala fe de Fortunato no existía más que en la imaginación de Clementina. Herminia y Mauricio eran todo expansión y todo sonrisas. Se encontraban dichosos entre aquellos dos enemigos reconciliados por ellos y á quienes amaban tan sinceramente.
El jefe de comedor se presentó y pronunció las importantes palabras:
—¡La señorita está servida!
Entonces Clementina, con aire de reina, se adelantó hacia Mauricio y después, adoptando el ceremonial en uso, dijo en tono imperioso:
—Herminia, toma el brazo del señor Roussel.
Y pasaron en comitiva al comedor, que debía servir por la noche de salón de baile, y que ostentaba en su centro una gran mesa. Un toldo de tela rayada, adornada con plantas verdes, adornaba todo el patio y tres arañas difundían una viva claridad. El mantel estaba resplandeciente de cristalería y de plata; unas guirnaldas de flores serpenteaban alrededor de la mesa y servían de marco á un espléndido servicio de postres de antigua porcelana de la China, que procedía del tío Guichard. Roussel le dirigió una mirada de antiguo amigo; era la única cosa que hubiera deseado de la herencia tan espléndidamente abandonada á su prima.
La señorita Guichard se sentó entre Mauricio y el sabio Truchelet; Roussel á la derecha de Herminia, porque Clementina había adjudicado doblemente la presidencia á las señoras en su persona y en la de su sobrina. Roussel estaba transportado de júbilo: le hubieran colocado en una esquina de la mesa y no hubiera chistado. Se encontraba al lado de Herminia y radiante, rejuvenecido, empezó desde luego á hacer la corte en toda regla á su nuera de adopción.
Siempre había sido amable, con cierto aire florido, un tanto pasado de moda; pero en esta ocasión se excedía á sí mismo y todo en él tendía hacia este fin: agradar á aquella niña, de la que quería hacerse amar. No tenía, por otra parte, grandes esfuerzos que hacer; la puerta que pretendía forzar estaba abierta de par en par para él. Aquel joven corazón se ofrecía con ternura filial y no habla que hacer más que apoderarse de él.
Herminia escuchaba á Roussel con placer no disimulado. Le encontraba galante, gracioso, encantador. Fortunato tuvo la habilidad de hablarle de Mauricio y de referirle episodios de su infancia y con tan agradable historia la tuvo atenta toda la velada. Clementina, separada de ellos solamente por la mesa, no les quitaba ojo. Veía á Roussel desplegar todas sus gracias y pensaba: "No pierde el tiempo para apoderarse de la muchacha; ¡cómo la engatusa! La pobre se dejará coger por sus hermosas palabras, porque no le conoce, pero yo la ilustraré acerca de ese zorro viejo y ella volverá al justo conocimiento de las cosas."
La señorita Guichard escuchaba distraidamente las protestas afectuosas de Mauricio; cuanto el joven le decía era para ella letra muerta. Consideraba su amabilidad como un ardid de guerra y la consideraba nula. Todo lo que Mauricio le hablaba de cariño y de reconocimiento no tenía más efecto que distrerla desagradablemente de la conversación de Roussel con Herminia.
En cuanto á Truchelet, disertó en vano acerca de los epitalamios, porque Clementina no le oía siquiera.
El fin de la comida, amenizado por variados brindis, pareció mortalmente largo á la dueña de la casa; y como el joven Héctor Bobart, que estaba un poco achispado con el Champagne, anunció que en su condición de testigo reclamaba la liga de la desposada, Clementina, con una mirada fulminante, levantó la sesión y condujo á sus convidados al salón mientras se quitaba la mesa para transformar el sitio del banquete en salón de baile.
Sin embargo, el joven oficial de húsares, no dándose por vencido después del primer fracaso, se había aproximado al grupo que formaban Herminia, Roussel y Mauricio y, alegremente, pedía indemnizaciones; por lo menos la primera contradanza, puesto que Mauricio debía abrir el baile con la señorita Guichard. Pero Fortunato hizo valer oportunamente sus derechos y el hijo del abogado tuvo que contentarse con un vals ... Mauricio sentía una instintiva hostilidad hacia aquel mozo tan insignificante, ya porque le hiciese responsable de la cautelosa oposición de su padre, ó ya porque le desagradasen sus maneras familiares con Herminia, y no pudiendo contenerse, hizo observar á la señorita Guichard la actitud un poco descomedida del heredero Bobart. Clementina respondió melosamente:
—¡Oh! Eso no tiene importancia; Herminia y él se han criado juntos.
Esta respuesta tan sencilla y tan natural, tuvo, sin embargo, el privilegio de irritar á Mauricio, que estaba sin duda un poco nervioso aquella noche. Pero razonó friamente y se dijo "¡Soy un tonto! ¿Voy á preocuparme por este majadero, cuya existencia mi mujer no tiene trazas de sospechar siquiera?" Pero sus nervios no se calmaron y su cara expresó un descontento que llamó la atención de Clementina hasta el punto de pensar si el mal humor de Mauricio no sería ventajosamente explotable.
¿Por qué no fomentar aquel pequeño acceso de celos, en vez de disiparlo? ¡Quién sabe si podría obtener de ese modo algún provecho! Después de todo, Héctor Bobart era un pretendiente desdeñado y ... de repente vino á la memoria de Clementina el recuerdo de las cartas que aquél había dirigido á Herminia y vió en aquellas delgadas hojas de papel el medio de prender un incendio. Hacerlas caer diestramente en manos de Mauricio, provocar una explicación entre Herminia y él, una escena acaso, ¿no era medio de excitar la discordia? ¡Es tan fácil irritar las pasiones y tan difícil calmarlas! El orgullo, la cólera, obran tan pronto sus efectos y hacen tales estragos en un cerebro humano, que es imposible saber hasta donde puede ir un incidente así comenzado. De todos modos, si el resultado no era como ella esperaba, ella se encargaría de imprimirle el impulso decisivo.
Reflexionando así, subió á su cuarto y dió instrucciones á la doncella para que los últimos regalos ofrecidos á Herminia fuesen llevados á las nuevas habitaciones, y ella misma se propuso entregar á su sobrina un cofrecillo que contenía sus joyas de soltera y algunos pequeños recuerdos cuidadosamente conservados.
Al cogerle, le ocurrió una idea que la hizo sonreir. Abrió su escritorio, buscó en un cajón y sacó cinco ó seis pliegos de papel, doblados. Eran las cartas dirigidas por Héctor á Herminia y que ésta había entregado á la señorita Guichard sin leerlas: cartas insignificantes de un buen muchacho á una prima á quien quiere inflamar y que no salían del nivel de la medianía en achaque de amplificaciones sentimentales.
Sin dudar ante la atrocidad de la acción que cometía y disculpándose, acaso, en el fondo, por la necedad misma de aquellas epístolas, Clementina cogió las cartas y las colocó muy á la vista en el cofrecillo, encima de todos los objetos cuidadosamente arreglados por Herminia. Después cerró la caja y quitando la llave, descendió al salón.
Los invitados llegaban en montón y el salón de baile rebosaba. Todos los alrededores habían enviado lo más escogido de sus habitantes. La música de la Celle, reforzada por la señorita Guichard, no esperaba más que la señal del alcalde, señor Tournemine, para hacer sonar sus trompetones. El tendero había preparado petardos y los bomberos, igualmente aptos para apagar que para encender, se habían encargado de las bengalas que debían iluminarlas arboledas del jardín.
El salón pequeño había sido prudentemente reservado por la señorita Guichard para el caso de que alguien se sintiera fatigado ó indispuesto en medio de aquellos regocijos, y allí fué á donde ella se dirigió. Puso el cofrecillo sobre la chimenea y después de dirigir una última mirada á su máquina infernal, se fué con admirable tranquilidad á reunirse con aquellos á quienes soñaba con hacer sus víctimas.