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Un antiguo rencor

Chapter 19: EL RAPTO.
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About This Book

The story begins with a rural wedding whose apparent joy conceals a deep family quarrel born of a long-standing hatred between an imperious aunt and a despised relative. To secure their marriage the young couple hides truths and pins hopes on a possible reconciliation, but outside influences and broken loyalties rekindle hostilities. The narrative unfolds through schemes, betrayals by expected allies, military-style attacks and defenses, abduction and blockade, and the resurfacing of suppressed passions. Confrontations and moral tests lead to reckonings in which compassion and courage gradually loosen the bonds of resentment and free the characters from the past.

CAPÍTULO VII

EL RAPTO.


El aspecto del salón de baile era encantador. En un tablado, al fondo, estaban colocados los músicos. Todo alrededor, sillones para la gente seria y sillas para los bailarines. El jardín, iluminado con faroles á la veneciana, aparecía invadido por los invitados. La señorita Guichard se vió en seguida rodeada por sus parientes y por sus amigos. Á una señal de Bobart se desencadenó la tempestad instrumental y exaltó á la concurrencia. Si Clementina hubiera tenido libre el espíritu, ¡qué satisfacción hubiera experimentado en este instante en que dominaba á toda aquella reunión por en medio de la cual se paseaba majestuosamente siendo el blanco de todas las miradas y el objeto de todas las sonrisas! Pero su alegría estaba envenenada por preocupaciones malvadas, y sin dejar de recibir saludos, Clementina pensaba:

¿Conseguiré destruir esta dicha que todos proclaman, elogian y envidian?

Vió á Mauricio que hablaba alegremente con Herminia, mientras Roussel, en un círculo de señoras, prodigaba sus gracias y sus amabilidades. Una nube oscureció la frente de la solterona. Con una señal llamó al joven y cogiéndole del brazo le dijo con tono indiferente.

—Acabo de hacer llevar á vuestras habitaciones los últimos regalos recibidos por Herminia, porque ahora no debo guardar nada suyo....

—Excepto ella misma, interrumpió galantemente Mauricio.

—¡Oh! Pertenece á usted por completo, replicó la señorita Guichard observando al joven.

—Nos la repartiremos, respondió éste.

Clementina pensó: "¡Hipócrita! intenta engañarme, pero no sabe que estoy apercibida: sus astucias no tendrán efecto." Y en voz alta añadió:

—En el saloncillo, sobre la chimenea, encontrará usted un cofrecillo que contiene los recuerdos de soltera de Herminia. Ábrale usted mismo; he aquí la llave.

Mauricio la cogió, la guardó en el bolsillo del chaleco y respondió:

—Voy enseguida. Pero hubiera usted podido, mi querida tía, esperar á mañana para entregarnos esas cosas. En parte alguna ese tesoro hubiera estado más seguro que en el sitio donde usted le ha puesto ...

—¡No! ¡no! ¡es preciso hacer las cosas con regularidad!

—Como usted guste.

Mauricio le dirigió su más amable sonrisa y se encaminó hacia el saloncillo, sin sospechar el lazo que se le tendía. Entró en la habitación, á la sazón desierta, y vió el cofrecillo sobre la chimenea. Era una caja de forma cuadrada con incrustaciones de marfil, como se hacen tantas en Florencia. Debajo, vió Mauricio al volverla, grabadas en la madera, estas palabras: "Pellegrini, via Maggio." Conocía muy bien aquella via Maggio y en el momento acudieron á su memoria el Ponte-Vecchio, con sus tiendas y el Arno cenagoso, corriendo entre sus muelles de piedra.

Tenía en la mano el cofrecillo y un ruido metálico se produjo en el interior, como el sonido de anillos de oro. Mauricio pensó: "Son las joyas de Herminia; sus adornos de soltera." Y un gran deseo de verlos se apoderó de él. No pensó que fuese grande la indiscreción que cometía; lo que había visto la tía, podía muy bien verlo el marido. La llave pareció ponerse espontáneamente entre sus dedos como si una adversa y misteriosa influencia mandase á su voluntad. Abrió la caja y al levantar la tapa vió desde luego las cartas acusadoras.

Las tomó, sin sospechar nada malo. "Alguna correspondencia de colegiala, pensó; dulces y sencillos secretos de la infancia." Desdobló uno de los pliegos y le echó una mirada, sin intención de leerlo. Pero aquella letra de hombre cambió enseguida sus disposiciones. Sintió primero asombro, después sorda irritación y por último un ardiente deseo de saber lo que aquello significaba. Leyó y, á medida que avanzaba en la lectura, su frente se contraía con sombrío descontento. Nada más vulgar que aquella carta, clásica declaración de un oficial de curia á una obrera florista, y firmada "Héctor," sin apellido. Pero no había duda posible; era del hijo de Bobart, del oficial de húsares, del comensal, un poco atrevido, del banquete de boda.

El primer movimiento de Mauricio, como Clementina había previsto con toda exactitud, fué cerrar el cofrecillo, volver al salón de baile, llevarse á Héctor á un rincón solitario y allí aplicar sobre su nutrida cara un buen par de bofetadas. Pero resistió esta tentación y juzgó más razonable hacer á su tutor árbitro de la situación. Se metió las cartas en el bolsillo, cerró la caja y salió de la habitación. Á veinte pasos de él, Roussel hecho como siempre un héroe de madrigal, completaba la conquista de las mujeres, jóvenes y viejas, cuya seducción se había propuesto hacer. En su alegría, hubiera seguido la misma conducta hasta con Clementina. Su sorpresa fué, pues, desagradable, cuando sintió que le tocaban en el hombro y vió á su lado la fisonomía alterada de Mauricio. Más por muy amortiguadas por la alegría que estuviesen sus desconfianzas, tuvo enseguida el presentimiento de que alguna cosa anormal había ocurrido y apartándose con su hijo algunos pasos, preguntó:

—¿Qué hay?

—Venga usted conmigo y lo sabrá.

Atravesaron la multitud, entraron en el saloncillo y, una vez solos, dijo Mauricio, entregándole una carta:

—¡Lea usted!

—Roussel recorrió vivamente la carta, frunció las cejas y volviendo á tomar toda su gravedad, dijo:

—¿Dónde has encontrado esto?

—En ese cofrecillo.

—¿Y quién te le ha entregado?

—La señorita Guichard; hace un instante.

¿Con la llave?

—Sí.

—¿De qué modo estaban colocadas las cartas, encima, muy á la vista?

—¿Cómo lo sabe usted?

—¡Desdichado! ¿Es difícil de adivinar? Es esa malvada Clementina la que ha dado el golpe.

—¡Padrino!

—Es capaz hasta de haber falsificado las cartas.

—Pero, ¿con qué objeto?

—Con el de producir un disturbio entre tu mujer y tú. Por medio de una querella, de una riña, de una explicación, cuenta con arrojar la cizaña entre vosotros, apoderarse de Herminia y ... ¿quién sabe? ¡acaso separaros para siempre!

—¿Es serio lo que usted habla? ¿Sospecha usted de la señorita Guichard?

—Y tú, ¿sospechas de tu mujer? replicó con energía Roussel. Tienes que escoger: ó Herminia es una farsante que tiene por cómplice al ejército francés representado por el hijo de Bobart, ó Clementina es una bribona que ha aprovechado una casualidad, si es que ella misma no la ha provocado, para ponerte ante los ojos una correspondencia que debía impulsarte á algún acto violento. Por mi parte, mi elección está hecha; acuso á Clementina.

¿Pero Herminia ... padrino mío?...

—¡Herminia! Es posible que ni siquiera conozca esas cartas ... En todo caso es preciso tener el valor de preguntárselo.

Á esta declaración Mauricio palideció.

—¡Qué! ¿Ponerla al corriente de esta infamia? ¿Interrogarla sobre tal asunto?

—Sí, ponerla al corriente; no interrogarla: consultarla lealmente como persona leal que es. Y verás como, si está inocente de todo compromiso, y esto me atrevo á jurarlo, aprecia tu franqueza y tu confianza.

—Sea, pues. Así como así, no puedo soportar por más tiempo una sospecha semejante. Hágame usted el favor de enviármela.

—¿De enviártela? No, por cierto: yo te la traeré. Quiero asistir, si me lo permites, á vuestra conversación, aunque no sea más que para impedir que digas tonterías....

—¡Padrino!

—Pues qué, ¿no habías empezado á decirlas hace un momento?

—Sí, tiene usted razón. Permanezca usted y sea mi consejero y mi apoyo, como siempre.

—Puedes estar tranquilo. Seré aún más moderado por tu cuenta que lo he sido por la mía. Espéranos aquí.

Y salió. Mauricio quedó solo, sumergido en dolorosas reflexiones. Veía sombrío el porvenir; pensó por primera vez que acaso su tutor no había exagerado las malas acciones de que le había hecho víctima Clementina, y no estuvo lejos de creer que la tía de Herminia fuese un monstruo. Estimó, en todo caso, que la perfidia con que acababa de obrar le dispensaba de toda gratitud y le devolvía su libertad de acción, y se propuso, no devolverla mal por mal, pero al menos impedirla que siguiese haciéndole daño.

Sin embargo, por muy culpable que apareciese la señorita Guichard, había un hecho que no se la podía atribuir y era la correspondencia misma, punto de partida del incidente. Pensara Roussel lo que quisiera, las cartas procedían efectivamente del hijo de Bobart; había, pues, existido un amorcillo entre Herminia y él, y este solo pensamiento le exasperaba. Y, no obstante, no podía imaginar siquiera a la Virgen del Bordado cambiando amores tiernos con aquel húsar. Esto no estaba dentro del orden de las cosas admisibles, ni en armonía con su naturaleza delicada ni con el tono de sus cándidos ojos. Había evidentemente una pérfida maniobra en todo aquello ... ¡Pero ella había recibido las cartas!

No tuvo tiempo de llevar más lejos sus inducciones, porque Herminia entraba con Roussel. El joven no tuvo tiempo de abrir la boca para formular una pregunta; su tutor exclamó, apenas hubo cerrado la puerta:

—¡Todo está aclarado! Ni siquiera ha leído las cartas, la pobre niña; se las entregó cerradas á su tía.

¡Cerradas! Mauricio tuvo tal acceso de alegría, que saltó al cuello de Fortunato, pero éste dijo sonriendo y defendiéndose mal del apretón:

—¡No es á mi á quien debes abrazar, majadero!

Y les impulsó el uno hacia el otro.

Por primera vez Mauricio, cogiendo á Herminia en los brazos, la estrechó contra su corazón y desfloró con sus labios aquella rubia cabellera.

—¡Había que ser verdaderamente maligno para adivinar que Clementina os preparaba esta emboscada! Hijos míos, la situación es grave. Juzgad por lo que acaba de hacer como principio de juego, de lo que es capaz si no consigue enseguida separaros....

—¡Separarnos!

Y al decir esto formaron tan hermoso conjunto, que Roussel no pudo menos de sonreir.

—¡Vamos! He aquí una unanimidad tranquilizadora! Pero desconfiad, queridos hijos; estáis en peligro ... En el estado de mis relaciones con la señorita Guichard, no me es posible daros un consejo; parecería que abogaba contra ella y en favor mío. Es evidente que mi repentina intrusión es lo que ha modificado las intenciones y cambiado los proyectos de Clementina. Ha realizado un formidable cambio de frente y trata á Mauricio como enemigo en vez de considerarle como aliado. Ya estáis advertidos. Tomad una resolución, pero que sea adoptada por vuestras propias inspiraciones. No veáis sino vuestro interés y no me tengáis en cuenta para nada, pero contad conmigo. Cuando hayáis resuelto, pondré tanta energía en apoyaros como reserva he empleado en daros consejos. Ahora, os dejo. Os amáis; defended vuestra dicha.

Herminia y Mauricio quedaron solos y se miraron un instante sin hablar. Después, el marido cogió la mano de su mujer y atrayéndola hacia sí, dijo:

—Mira como estamos; y no hace veinticuatro horas que me perteneces; ¿qué nos prepara, pues, el porvenir? Una serie incesante de dificultades, de luchas que no habremos hecho nada para suscitar y á las que no podremos sustraernos. ¡Qué tristeza, Herminia, después de la esperanza de tantas alegrías!

Pero Mauricio, ¿es posible que mi tía lo haya hecho ver esas cartas que yo ni conocía?

—¡Ay! Herminia; es muy cierto; pero no la acuses; ha obrado bajo la influencia de la cólera y no de su corazón.

—¿ Tú la disculpas? Y sin embargo, contra ti estaba tramada esta horrible maniobra ... Pero qué locura inspira el odio para que en un momento haya cambiado completamente una mujer tan buena, que ha sido para mi una verdadera madre....

—Me aborrece ahora, bien lo ves, tanto como á mi padrino. No tiene más que una idea; separarnos. No lo ha conseguido esta vez, poro volverá á empezar hasta que en una ocasión más favorable....

—¿Podrá encontrarla?

—La hará nacer, como hoy.

—Entonces ¿qué va á pasar?

—¿Tienes confianza en mí, Herminia?

—Absoluta.

—¿Crees que mi único deseo, fuera de toda consideración extraña á nosotros, es nuestra propia dicha?

—Lo creo.

—¿Y piensas que aquí, entre mi tutor y tu tía, podremos escapar á los disturbios y á las malas influencias?

—Creo que no.

Entonces, deduce tú misma la consecuencia. La joven permaneció un instante pensativa y con la rubia cabeza inclinada y algunas lágrimas rodaron por sus ojos. Después murmuró:

—¡Es preciso huir!

—Sí, marcharnos, niña querida; salvarnos, para ser el uno del otro, lejos de todo lo que no sea confianza y ternura.

—Pero eso, ¿no será mostrarme ingrata hacia la mujer que me ha educado y que ha sido excelente para mí?

—Eso será mostrarte fiel al que te ama y al que tú habrás de amar.

—Y al que amo ya, Mauricio, dijo Herminia, sonriendo á través de sus lágrimas. Pero yo no soy más que una mujer y no tengo valor para decidir entre lo que me parece mi deber y lo que es mi deseo ... Tú, que tienes la firmeza necesaria, manda; yo obedeceré.

Mauricio movió la cabeza.

—No, Herminia; yo no puedo hacer lo que pides. Por graves que hayan sido las faltas de la señorita Guichard hacia mí, no me considero como absolutamente desligado de los compromisos que con ella contraje. He prometido no obligarte jamás á separarte de ella; te dejo, pues, en libertad. Si quieres quedarte, nos quedamos. Si partimos, es preciso que sea por que hayas dicho: "¡Quiero partir!"

—¡Oh! Mauricio, ¿qué exiges de mi?

—Que salves tú misma, y sola, nuestra dicha. ¿Es mucho? Reflexiona acerca de lo que sucede enderredor. Aquí está el desorden donde perecerá nuestro reposo; fuera de aquí, la calma, la libertad de amarnos. Herminia, ¡tenemos tanto tiempo delante, y tan hermoso! Algunos días bastarán para que la que nos ha hecho tanto daño recobre la razón y nos llame, y entonces podremos volver y gozar en paz de la tranquilidad que tan bien habremos ganado. ¿Es esto tan espantoso? ¿Prefieres correr los riesgos de una guerra en la que todos los tiros vendrán á herirnos en el corazón?

—Mauricio....

Herminia dudaba. Mauricio se puso á sus plantas y mirándola hasta el fondo del alma, añadió:

—Herminia, un minuto de resolución; una palabra decisiva, y todo se ha salvado. ¿Tienes miedo de confiar en mi? Bien sabes que te adoro. En el mundo no hay más que nosotros dos; lo demás poco importa. ¿Quieres sacrificarnos á rencores pueriles y á odios vergonzosos? ¿Qué hemos hecho nosotros para merecer tales sufrimientos? ¿Cuál es nuestro crimen, amarnos? ¡Crimen muy dulce, por cierto!

La joven se había inclinado hacia él. Mauricio tomó su mano y la apoyó contra el corazón. Herminia lanzó un gran suspiro y después dijo con voz firme:

—¡Partamos!

—¡Ah! ¡Qué dichoso soy!

Herminia le dirigió una mirada que probaba que aquella exclamación de alegría recompensaba su esfuerzo. En este momento entró Roussel.

—Hijos míos, es preciso volver al salón. Os buscan por todas partes y ya he tenido que impedir á Bobart que viniera á interrumpiros ... ¿Estáis de acuerdo?

—Sí, padrino mío; nos vamos. Herminia es la que lo quiere.

—Y tiene razón. Yo no quiero aconsejaros, pero en esta época, una temporada en la orilla de los lagos de Italia, en Bellaggio, por ejemplo....

Los ojos de Herminia se iluminaron. Nunca había viajado y no conocía nada. Roussel se arrepintió de haber introducido aquel elemento tentador en la resolución de Herminia, y pensó: "Esto no es juego limpio; pero ¡cómo se manifiesta siempre y en todo la mujer! ¡Qué mirada la de esta muchacha!

Querido Mauricio, decídelo todo ahora, dijo Herminia; yo vuelvo al lado de nuestros amigos.

Y desapareció ligera y casi alegre. Roussel se volvió hacia su hijo y dándole golpecillos en el hombro, le dijo:

—¡Ah, bribón, no tienes de qué quejarte! ¿Vas, naturalmente, á llevarte á tu mujer?

—Usted lo ha dicho. Son las nueve y media: á las doce prescindo de la compañía de la gente de la boda.

—Tengo una excelente carretela que me espera en la plaza: ¿la quieres?

—¿Me llevará á París?

—Desde luego. Es cuestión de propina.

—Entonces, está dicho. Prevenga usted al cochero.

—Enseguida. Tu mujer, ¿ha puesto mucha resistencia?

—La necesaria para que su decisión tenga una significación cariñosa ... ¡Es un ángel!

—¡Bueno! Se lo pagaremos después.

Fueron interrumpidos por una tempestad de armonías: era la banda que, en el patio, empezaba, al unísono con la orquesta, el rigodón de honor. En este momento se mostró en la puerta la fisonomía inquieta de Bobart.

—Señor Aubry, le buscan á usted por todas partes.... La señorita Guichard le reclama....

—¡Anda! Ve á cumplir tus deberes, dijo Roussel cambiando una mirada con Mauricio. Mientras, tomaré el aire en el jardín. Hace aquí un calor terrible.

Se separaron y Mauricio se dirigió, á través de las filas de curiosos, hacia la señorita Guichard que le esperaba en pie, altanera y masculina, en medio del salón de baile, teniendo enfrente á su sobrina, del brazo del señor Tournemine.

—¡Ah! ¡Por fin! dijo dirigiéndole una mirada imperiosa. Vamos; colóquese usted ahí y empecemos.

Rugieron los instrumentos, y las parejas, poniéndose en movimiento al mismo tiempo, emprendieron la primera figura del rigodón.

Bobart, preocupado con el doble conciliábulo que acababa de verificarse en el saloncillo, primero entre Herminia y Mauricio y después entre Mauricio y Roussel, en lugar de entrar en el salón de baile, se aventuró por el jardín en seguimiento de Fortunato. Por instinto adivinaba una maniobra ofensiva por parte de los enemigos de su prima. Amargamente vituperado por Clementina, que le acusaba de no haber vigilado suficientemente á Roussel, tenía empeño en tomar un desquite. Y su amor propio, su odio y su interés reunidos le impulsaban á seguir las huellas del solterón.

La noche estaba oscura y serena. Los faroles venecianos alumbraban las calles de árboles en torno de la casa. Las arboledas del jardín y el terraplén estaban en la sombra. Roussel empezó por pasearse por el parque con aire indiferente y después, poco á poco, se aproximó á la puertecilla que daba al rincón de la callejuela en que estaba la tapia en la cual Mauricio había visto por primera vez á Herminia. Roussel se volvió para observar si era espiado, y Bobart apenas tuvo tiempo por esconderse detrás de un árbol. Desde allí vió al tutor abrir la puerta y salir vivamente.

Echó á correr y llegó al terraplén á tiempo para ver á Roussel acercarse á un coche que estaba parado en la plaza y hacer señas al cochero para que acercase el vehículo á la esquina de la callejuela, á dos pasos de la puertecilla.

Mientras la carretela atravesaba la plaza para colocarse al pie del terraplén, Roussel la seguía con aire plácido. Se aproximó al cochero y antes de entrar de nuevo en el jardín, le dijo á media voz:

—¿Ha entendido usted bien, no es verdad? Un caballero y una señora, dentro de hora y media. Tendrá usted veinte francos de propina al llegar París.... Y sobre todo, permanezca usted ahora en el coche hasta el momento de partir.

—Vaya usted tranquilo, señor Roussel, dijo el cochero.

Inclinado sobre el muro del terraplén, en la sombra, Bobart no había perdido ni una palabra de estas recomendaciones. Pensó: "¡Un caballero y una señora que el cochero debe conducir á París en el coche de Roussel! Esto es claro como la luz; se trata de Mauricio y Herminia. La intervención de mi excelente prima produce su efecto: los recién casados meditan una fuga. No es esto ciertamente lo que la señorita Guichard esperaba; luego es preciso prevenirla."

Fortunato atravesó el jardín con paso tranquilo y entró en el salón de baile; Bobart le siguió y al llegar á la puerta vió que llamaba á Mauricio y Herminia y les daba explicaciones que los jóvenes escuchaban con extraordinaria atención. Después se separaron y Herminia y Mauricio recorrieron del brazo el salón mientras Roussel se paseaba con aire distraído. En estas circunstancias cuya gravedad adivinaba, Bobart no dudó; se fué derecho á la señorita Guichard, que parecía una reina en medio de sus convidados, y llevándosela al pie del tablado de la orquesta, dijo:

—Procura no dejar que se altere tu cara, mi excelente amiga, porque nos observan y tengo que darte serias noticias. Dentro de hora y media parten Mauricio y Herminia para París.

—¿Qué dices ahí? exclamó la señorita Guichard con voz temblorosa por la cólera.

—Cálmate y escucha. Lo he descubierto todo hace un instante. Roussel es quien ha aconsejado y preparado el plan.

—¡El miserable!

—Su coche espera al lado de la puertecilla del jardín y va á servir á los recién casados para alejarse de aquí.

—¿Y qué hacer para impedírselo?

—No perder de vista á tu sobrina.

—Pero mañana volverán á las andadas. Y la ocasión sería tan buena para romper.... Ellos me provocan.... Yo no hago más que defenderme.... Quieren quitarme á Herminia ... ¡Si fuese yo quien se la quitase!...

—¡Admirable idea! Cambias la situación. Creían vencerte y serás tú la que triunfe....

—Pero ¿cómo?

—Adelanta la hora de la partida. Envía á buscar á tu sobrina una persona con cuya fidelidad puedas contar.

—Su doncella.

—¡Bueno! Esa muchacha previene á Herminia que su marido la espera en el coche.... La joven baja sin desconfianza.... En lugar del marido encuentra á la tía y.... ¡Arrea, cochero!...

—Me voy á París y desde allí á Rouxmesnil, en Normandía.... Una propiedad aislada, en la que soy inexpugnable....

—¡Magnífico! ¿No cambias de traje para partir?

—Tengo en París todo lo necesario.

—Es probable que tu sobrina vaya á quitarse su vestido blanco.

—Dejémosla libre en sus movimientos. Pero tú, dedícate á Mauricio y no le pierdas de vista.

—Convenido.

Mientras se urdía este doble complot la fiesta llegaba á su apogeo y era fácil prever que el baile duraría hasta por la mañana. En la plaza del pueblo se había instalado una música al aire libre y las gentes del país saltaban sobre el césped á la luz de unos faroles á la veneciana colocados por el tendero. La señorita Guichard había enviado algunos toneles de vino para que refrescasen los bailarines, y estos diversos atractivos hacían que se agrupase delante de la verja una gran multitud.

En la callejuela sombría esperaba la carretela. El cochero, fiel á su promesa, no la había abandonado, pero se había hecho llevar una botella de vino y bebía á la salud de los novios. Las once acababan de dar en el campanario del pueblo. El momento de la partida se aproximaba. El cochero quitó la manta á los caballos, les puso las riendas y enseguida montó en el pescante, un poco aturdido por la oscuridad y por el vino. Empezaba á quedarse dormido, cuando se abrió la puertecilla y una señora muy tapada y que hablaba con alguien que se quedaba en el jardín, abrió vivamente la portezuela del coche y montó.

En el mismo momento, otra mujer de alta estatura y maneras desenvueltas, se adelantó hacia el coche y dijo dirigiéndose al cochero:

—¡Volando! ¡Á París.

El cochero, asombrado, dijo:

—Pero mis viajeros debían ser un caballero y una señora....

—El caballero no parte ya ... ¡Vivo!

Y abrió la portezuela. Un grito: "¡Dios mío! mi tía!" se oyó en el interior del coche; pero la portezuela golpeó, vigorosamente atraída, y el ruido de las ruedas ahogó el resto de las quejas de Herminia.

En el salón de baile los invitados se removían con ardor. Mauricio sacó su reloj y vió que eran las once y media. Hacía algunos momentos ya que Herminia había desaparecido. La señorita Guichard acababa de encaminarse al saloncillo á fin de dar órdenes, sin duda, para la cena. Juzgó que la ocasión era favorable. Bajó al patio, atravesó los pabellones, subió ligeramente la escalera que conducía á sus nuevas habitaciones; llamó, y como nadie le respondía, entró.

En el cuarto, alumbrado por una lámpara, estaba extendido sobre la cama el vestido de novia de Herminia. Los cajones estaban abiertos y todo indicaba los preparativos de un viaje.

Mauricio pensó "Está ya en el coche." Cogió su abrigo y un sombrero y bajó vivamente. Salió por la puertecilla, volvió la esquina de la calleja y no vió coche alguno. Supuso que el cochero, habría entendido mal y esperaría, acaso en el otro extremo de la calle, y corrió á cerciorarse. La callejuela estaba desierta.

Volvió á la plaza, latiéndole el corazón y con el espíritu turbado por un principio de inquietud. Allí una fila de coches esperaban á los invitados y todos los cocheros estaban en el café. Muy alarmado, Mauricio volvió al jardín, se quitó el abrigo y entró en el salón en busca de su tutor. Roussel no tuvo más que mirar á su hijo para comprender que ocurría un incidente inesperado. Se le llevó á un rincón y le preguntó con acento inquieto:

—¿Qué hay?

Hay, que no he encontrado el coche y que no sé dónde está Herminia.

—¿Qué es lo que dices?

—Herminia se ha vestido y, evidentemente, ha ido á la carretela. Pero la carretela no está.

Se miraron, con un principio de sospecha.

—¿Dónde está Clementina? preguntó Roussel.

—Ha salido del salón hace más de un cuarto de hora.

—¡Busquémosla, preguntemos por ella ... en la casa ...¡Ah! ¡Bobart!... ¡Apoderémonos de Bobart!

Cayeron sobre el abogado, que con aire inocente saboreaba un helado, sentado en un mullido sillón, y allí, sin levantarla voz, pero con miradas muy expresivas, preguntaron:

—Bobart, ¿qué es de la señorita Guichard?

—Pues lo ignoro, balbuceó el abogado, levantándose para escapar á las preguntas.

—¡No se mueva usted! y responda, dijo Roussel. ¿Dónde está la señorita Guichard?

—¡No sé! señores, contestó Bobart gritando para llamar la atención sobre él. No comprendo vuestra insistencia....

—Hable usted más bajo, dijo Mauricio, ó le llevo al salón inmediato y allí ... va usted á ver.

Estaba tan amenazador, que Bobart, espantado, permaneció en su butaca sin hacer un movimiento, sin pronunciar una palabra.

—Le doy á usted un minuto para decidirse á responder. Dentro de un minuto le haré á usted responsable de la emboscada que aquí se ha ejecutado.

—¡La emboscada! exclamó Bobart, fuera de sí por el terror. ¿Quién la ha preparado?

—¡Ah! ¿Usted sabe, pues, lo que ha sucedido? Usted conviene en ello....

Yo no convengo en nada.... Ustedes me violentan ... me amenazan....

—Sí; todo lo que convenga para saber dónde está la señorita Guichard....

—Pues bien.... ¡Ha partido!

—¡Ha partido! ¿Con la señora de Aubry?

—Con la señora de Aubry y en la propia carretela de usted. Vaya; ¿está usted satisfecho? dijo Bobart con expresión de radiante alegría.

—¿Adónde la conduce?

—¡Vaya usted á preguntárselo!

—¿La ha obligado á acompañarla?

—¡Obligado! exclamó Bobart. ¿Cómo es eso posible? ¿Por qué no robado á la fuerza? ¡En medio de quinientas personas! ¡No, no! La señora de Aubry ha seguido á su tía de buen grado.... La señorita Guichard la ha ilustrado acerca del aspecto moral del acto que iba á cometer. La joven ha reconocido que había sido inducida á error y ha partido libremente y por su propia voluntad!...

—¡Viejo tunante! exclamó Mauricio exasperado, y cogiendo á Bobart por un hombro, le sacudió tan rudamente que Roussel vino al socorro del abogado y sé interpuso entre su ahijado y él.

—Vamos, hijo mío, un poco más de calma. En todo lo que el señor dice no hay sin duda ni una palabra de verdad. Hemos jugado una partida y acabamos de perderla: tratemos de tomar el desquite. Para esto no nos las entendamos con los lacayos, sino con los dueños.

—¡Lacayos! repitió Bobart. Sepa usted señor mío....

—¡Nada! interrumpió Roussel; conozco á usted hace mucho tiempo, señor hipócrita, señor pedante.... He dicho lacayo y hubiera podido decir espía....

—¡Y si no está usted contento, añadió Mauricio, puede usted enviarme su hijo!

—No, señor, declaró enfáticamente Bobart. Soy muy suficiente para vengar yo mismo mis injurias. Usted sabrá lo que cuesta tener que habérselas con un hombre como yo....

—¡Los clientes de usted lo han sabido muy bien, maestro en vilezas! dijo Roussel. Pero téngase por advertido y que no le encuentre yo en mi camino, ó le hago pagar las costas con más gracia que usted mismo lo hacía....

Y tomando á su hijo por el brazo, dijo:

—Ven, Mauricio, ven. No tenemos nada que hacer aquí.


CAPÍTULO VIII

EL SECUESTRO.


Por la mañana del siguiente día, estaba Roussel todavía dormido cuando entró Mauricio en su cuarto, descorrió las cortinas y se sentó en una butaca al pie de la cama.

—¿Qué hora es pues? preguntó Fortunato incorporándose.

—Las cinco. Perdóneme usted que interrumpa tan pronto su sueño, pero estando solo, me volvía loco....

—¡Oh! hijo mío; has hecho muy bien en despertarme. Espera, voy á levantarme.

—No, permanezca usted acostado; lo mismo podemos conversar y con tal de que me hable usted de Clementina, quedaré aliviado....

—¿Tú no has dormido? mi pobre hijo....

—¡No! Pero eso importa poco. Sufriría todas las penas sin quejarme con tal de saber dónde está mi pobre mujer.

Tranquilízate; lo sabremos. Y entonces.... Pero, ahora pienso ... Federico, ¿está levantado?... Sí. Llama.

—¿Para qué?

—Vas á verlo.

Mauricio llamó. Al cabo de un instante apareció el ayuda de cámara de Roussel. Era un excelente servidor que había sustituído al criado modelo que la señorita Guichard había quitado á Fortunato veinte años antes. Ningún ofrecimiento había hecho mella en Federico; por eso, en sus días de buen humor, Roussel le llamaba Hipócrates. Un día en que el ayuda de cámara se atrevió á preguntar á su señor porqué le llamaba así, éste le respondió: "Por causa de los presentes de Artajerjes." Federico no comprendió mucho más y permaneció estupefacto. Y Roussel añadió "¡ Bueno! No se caliente usted la cabeza: Hipócrates era un hombre incorruptible." Federico se dió por satisfecho y adquirió mucho mayor importancia á sus propios ojos. Con el tiempo se había hecho enteramente adepto y, sobre todo, adoraba á Mauricio.

—Federico, dijo Roussel, ¿está usted todavía en buena inteligencia con el portero del señor Bobart?

—Sí, señor. Por recomendación del señor, yo he sido quien le ha proporcionado su plaza.

—Bueno. Federico, va usted á salir inmediatamente para París. Irá usted á ver á su protegido y le pedirá, como un servicio de capital importancia, que, en el caso de que el señor Bobart salga de París, indique á usted la estación por donde ha partido. Y si puede usted obtener que le informe acerca del departamento ó el país extranjero de donde lleguen cartas para el señor Bobart, nos prestará á Mauricio y á mí una ayuda inapreciable.... Usted nos conoce muy bien para creer que se trata de algo vituperable....

—¡Oh, señor! Con los ojos cerrados le obedeceré.... Con los ojos cerrados....

—Y bien, no los cierre usted.... Ábralos, por el contrario, todo lo que pueda.... Quédese usted en París y á las horas de la distribución del correo esté siempre en casa del portero ...¿El señor Bobart le conoce á usted?

—No, señor.

—Tan pronto como tenga usted noticias que darnos, vuelve sin perder ni un segundo.

—El señor puede contar conmigo.

Y salió. Mauricio permanció sentado, interrogando á su tutor con la mirada.

—He aquí mi idea, dijo éste. Está fuera de toda duda para mí que el tunante de Bobart es cómplice de la señorita Guichard. Él nos espió la noche última y él fué quien la previno. Es, pues, cierto, que tan pronto como se crea en seguridad, Clementina va á escribirle y acaso á llamarle cerca de ella. Por el sello de la carta sabremos dónde está y si Bobart se marcha, la estación de que parta será una nueva indicación.

—¿Y entonces qué haremos?

—No lo sé todavía; es preciso reflexionarlo. Por otra parte, acaso no sea por Federico por quien sepamos donde está la señorita Guichard ... Tu mujer es muy capaz de burlar la vigilancia de Clementina y escribirte ...

El joven movió tristemente la cabeza.

—¿Cómo ha consentido en acompañarla?

—¡Buena es esa! ¿Sabes cómo habrán pasado las cosas? La señorita Guichard es robusta como un coracero ... ¿Quién te dice que no se ha llevado á Herminia por la fuerza?

—No es posible. ¡En medio de quinientas personas! ¡Cuando el cochero no estaba prevenido y hubiera bastado un grito de llamada, un acto de resistencia, por débil que fuese, para que el coche se detuviese!

—¿Y si Clementina ha mentido? Si la ha dicho que era solamente de mí de quien huían, pero que tú irías á buscarlas por la mañana ... Con la señorita Guichard, ¿entiendes? es posible todo. Es una vieja Eva sin Adán, que por distraerse en su paraíso vacío, se ha comido todas las manzanas y ha domesticado á la serpiente!

—Esperemos, pues.

—Paciente y cuerdamente. Piensa que tienes el porvenir delante de ti, ¡y qué porvenir! ¡Herminia sin la señorita Guichard! Porque, después de semejante barrabasada, estarás en tu derecho tomando precauciones, y la primera....

—Consistirá en separar á Herminia de ese monstruo de maldad.

—¡Ah! ¡Ah! dijo Roussel. Te ha llegado la vez. ¡Te hacías ilusiones sobre Clementina y no estabas lejos de acusarme de exageración! ¿Cómo la encuentras ahora tan deliciosa tía? Pues bien, amigo mío, ahí tienes la esposa que el difunto Guichard, ¡paz á sus cenizas! había soñado imponerme de por vida. ¿Comprendes que me haya defendido como un tigre? ¡El dichoso esposo de Clementina! Cuando pienso en esto me estremezco todavía.

Hablando y paseándose por el estudio y por el jardín, los dos hombres llegaron al medio día y se sentaron melancólicamente en el hermoso comedor. No era así como Mauricio había pensado almorzar aquella mañana. Roussel leía este pensamiento en su cara y estaba triste por su tristeza. El día se pasó más pronto de lo que hubieran creído; pero la velada, largamente prolongada, tanto temían uno y otro no dormir, les pareció interminable. Por la mañana, estaban de pie al despuntar la aurora. La impaciencia de Mauricio rayaba en el frenesí. Se paseaba á lo largo del estudio como una fiera en la jaula. Roussel, sentado en un sofá miraba sin hablar al joven: no hubiera sabido qué decirle, fuera de las vulgaridades agotadas hacía mucho tiempo. El correo llegó sin carta de Herminia. Y sin embargo, hubiera tenido tiempo de escribir si hubiera querido ó podido hacerlo. Era evidente que no había podido. En esto encontraba Roussel un gran campo de discusión y le aprovechaba, ocupando á Mauricio con sus razonamientos y forzándole á distraer su dolor en controversias. En resumen, sospechaban que la señorita Guichard había secuestrado á la señora de Aubry de un modo tanto más criminal cuanto que no tenía sobre la joven ni derechos naturales ni derechos adquiridos. Además la impedía que llenase sus deberes respecto de su marido habitando con él y donde á él le conviniera. Y Roussel citaba el código. En suma, si Mauricio quería, había allí materia para un gran proceso, y tomando un ilustre abogado, se podía poner á Clementina en una posición muy desagradable.

Llegaron así al almuerzo, que les reunió otra vez en el comedor, tristes y sin apetito. Hacia las dos, la sobrexcitación de Mauricio era tan aguda, que hablaba de marcharse á París, subir á casa de Bobart y cogerle por la garganta para obligarle á revelar los secretos de la señorita Guichard y decir dónde ocultaba á Herminia. Á las tres, mirando por la ventana hacia el camino, como si esperase ver á su mujer aparecer súbitamente y correr á él con los brazos abiertos, lanzó un grito:

—¡Ahí está Federico!

—Seguramente tiene noticias, puesto que vuelve.

Mauricio había bajado ya la escalera. Cogió al criado por el brazo, preguntándole, aturdiéndole y, sobre todo, impidiéndole hablar. Solamente en presencia de Roussel, encontró Federico su equilibrio. Se enjugó la frente y dijo:

—Ya sé lo que el señor deseaba averiguar.

—¡Buen Federico!

—Mauricio le estrechó en sus brazos.

—Si el señorito Mauricio quisiera no ahogarme, podría contarle lo que he sabido.

—Veamos; déjale hablar. Este muchacho....

Mauricio se sentó en el sofá; y Federico volvió á tomar la palabra.

—Desde ayer no he dejado la portería de la casa del señor Bobart. Francisco, que es mi amigo, me instaló en un rincón de su cuarto y allí he esperado los acontecimientos. Nada ocurría; ningún suceso, ninguna agitación. El señor Bobart se retiró ayer á las diez. Esta mañana no salió. La distribución del correo nada había indicado. Yo estaba consternado, cuando á medio día, en un montón de cartas, se encontró una para el señor Bobart. Examinado el timbre de salida, nos dió esta indicación: Clères (Sena Inferior).

—¡Ah! exclamó Roussel; ya la tenemos.

—Espere el señor, que la cosa se va á hacer más precisa dentro de un segundo ... Hacia las doce y media, la cocinera del señor Bobart entró en la portería. Iba á buscar un coche para su señor y entraba para rogar á Francisco que subiese, á fin de ayudar al criado á bajar un baúl. "¿Según eso se va de viaje su amo de usted? dijo Francisco.

—Sí, respondió ella ... Va á ver á unos parientes á Rouen...."

—¡Bravo! interrumpió Roussel. Rouen y después Clères. La señorita Guichard está en Rouxmesnil, una tierra que posee en Normandía, cerca de Dieppe ... Gracias, amigo Federico; ha maniobrado usted como un verdadero agente de policía.

—¿Y el señor Bobart partió?

—Partió, sí, señor; un cuarto de hora después.

—¡Bueno! Federico. Ahora puede usted bajar; su misión ha terminado. Coma usted, beba, descanse.

—Doy mil gracias al señor.

Roussel y Mauricio, al quedar solos, se miraron, y enseguida, como si les animara un pensamiento único, dijeron á un tiempo:

—¡Partamos!

—Hay un tren esta tarde; tenemos tiempo de hacer nuestros preparativos, añadió Roussel. Y no nos ilusionemos; va á ser preciso, acaso, emplear la fuerza para dar buena cuenta de la señorita Guichard.

—La emplearemos.

En todo caso, empecemos con precaución, para no poner en guardia al enemigo. Si fuésemos reconocidos, Clementina sería capaz de cambiar de residencia y nuestras pesquisas tendrían que empezar de nuevo.

—Pues bien, si es preciso, nos disfrazaremos. Yo le desfiguraré á usted.

—¡Ah! Por fin te veo animado. ¿Vives ahora?

—Sí, empiezo á esperar.

—Ve á preparar tu maleta. No llevaremos más que lo estrictamente necesario. ¡Nada de caja de colores ni de caballete de campo sobre todo! Un pintor llamaría la atención en diez leguas á la redonda.

—Tiene usted razón.

El joven entró en su cuarto y un instante después, Roussel, con una satisfacción profunda, le oyó tararear.

El castillo de Rouxmesnil es una edificación blanca, perdida entre el verdor de un parque de diez hectáreas y rodeada de muros y de precipicios. Un espeso bosque de hayas centenarias la defiende del viento del mar, que barre furiosamente toda la llanura. Una importante hacienda dependía del castillo, que no estaba habitado hacía mucho tiempo. Al tío Guichard le gustaba esta propiedad, que había heredado de su padre. Pasaba en ella dos meses del año, en la época de la caza. Las llanuras y los bosques que rodean á Rouxmesnil son muy sinuosos. El mobiliario de las habitaciones, conservado tal cual, aunque parecía incómodo y pasado de moda, había vuelto á ser del gusto del día. Estaba formado por aquellas encantadoras maderas estilo Luis XVI, cubiertas de terciopelo de Utrecht, camas, armarios y cómodas de caoba, adornadas con cobre dorado. Los tapices eran antiguas telas de Jouy, de colores amortiguados por el tiempo. El polvo del abandono cubría los muebles. El piso bajo, ventilado solamente dos veces al mes por el jardinero, que al mismo tiempo era conserje, olía á humedad. Pero las ventanas daban á una gran pradera á la que servían de marco hermosas arboledas, y á lo lejos, más allá de la llanura, los bosques comunales de Saint-Victor extendían sus ramas sombrías en las que cantaban los melancólicos cucos.

Al llegar á Rouxmesnil, Herminia, que no había estado allí más que dos veces con la señorita Guichard y llevaba los ojos hinchados de llorar, la cabeza aturdida por el insomnio y el corazón oprimido por el pensamiento de la pena que debía experimentar Mauricio, creyó que entraba en una prisión. Las maderas cerradas hacían reinar una oscuridad húmeda en todas las habitaciones. Un silencio profundo reinaba en la finca y, para colmo de tristeza, una lluvia torrencial, que había empezado en Clères, al salir del tren, borraba el horizonte en una bruma gris.

La señorita Guichard, afectando con Herminia una dulzura llena de compasión, como si acabase de arrancarla al más espantoso peligro, daba órdenes á la doncella que las había acompañado, y decía en su habitual tono de mando:

¡El departamento de Herminia, ante todo! Que esta querida niña tenga enseguida un sitio para descansar! ¡Tiene de ello tal necesidad después de semejantes emociones!... Envíe usted á buscar gentes á la quinta ... Quiero que dentro de dos horas esté todo en orden en el castillo ... ¿Cómo te sientes, querida hija mía? ¡Esperarás el almuerzo!...

—¡Oh! No tengo apetito ninguno, tía ...

—Es preciso comer, niña querida, para ponerte en estado de soportar la prueba ...

—Pero, tía mía, ¿qué prueba? preguntó Herminia con irritación.

—¡Paciencia, hija mía; ya lo sabrás todo! Entonces comprenderás la infamia de que ibas á ser víctima y yo contigo ...

—¡Una infamia!... ¡De Mauricio, es imposible!

—No era él el culpable ... Pero el abominable mentor que le dirige! Dejemos estas explicaciones para después; sabes que puedes contar con mi afección ... ¡No te abandonaré jamás!

Herminia ahogó un suspiro. La perspectiva de no dejar nunca á la señorita Guichard no era á propósito para tranquilizarla. La señorita Guichard sin Mauricio, ó Mauricio sin la señorita Guichard; tal era la disyuntiva que se ofrecía á su pensamiento, y en aquella hora no era posible dudar: hubiera querido estar con Mauricio.

Había sido preciso todo el ascendiente moral que ejercía sobre ella su bienhechora, y un poco, también, la violencia material, para impedirla saltar del coche cuando había visto aparecer á Clementina en lugar de su marido. Clementina tuvo necesidad de cogerla por la cintura, sin dejar de dirigirle los más violentos reproches. Hasta París, Herminia no había hecho más que sollozar. Toda la noche había estado inquieta en el lecho, regando las almohadas con sus lágrimas. Por la mañana había sido aún necesario violentarla para llevarla al ferrocarril.

Y ahora, en aquel antiguo castillo, frío, húmedo y desolado, continuaba rebelándose. No lo hacía en voz alta, porque tenía miedo á su tía, pero en el fondo juzgaba severamente su manera de obrar. La sublevación moral de la joven era tan visible, que Clementina se creyó obligada á algunas explicaciones. No esperaba encontrar tal energía en aquella delicada rubia que había obedecido tan perfectamente desde que dependía de ella. ¿Pero qué importaba la resistencia á la fogosa Clementina? Á los que la resistían, los aniquilaba. Roussel y Mauricio sabían algo de esto.

Condujo á Herminia á una habitación del primer piso y abriendo vivamente las persianas, dijo:

Esta es la habitación que yo habitaba en otro tiempo, cuando vivía el tío Guichard ... Te la doy, hija mía ... Comunica con otro cuarto que será, para tu marido cuando haya cesado de enfurruñarse y venga á reunirse contigo.

—¿Podrá, entonces, venir?

—Sin duda alguna.

—Pero, ¿sabe que estamos aquí?

—Voy á escribírselo yo misma, inmediatamente.

—¡Oh! Déjeme usted ese cuidado, tía mía, exclamó la joven.

—Eso no sería ni correcto ni conveniente, contestó Clementina. Parecería que te sustraías á mi jurisdicción y que hacías concesiones, cuando es él quien debe hacerlas ...

—¡Oh! tía mía, nada más que una palabra al final de la carta ...

—Una palabra, sea, dijo la señorita Guichard, pensando que, después de todo, un ruego de Herminia activaría la sumisión de Mauricio. El pobre muchacho está tan mal aconsejado que sería capaz de no venir.

—¿Lo cree usted?

—Lo creo todo mientras Roussel esté cerca de él. ¡Ese hombre es su genio malo!

Saltó, dejando á su sobrina entregada á sus reflexiones. El plan que había formado era muy sencillo. Por segunda vez quería obligar á Mauricio á adquirir compromisos y el primero sería renunciar á Roussel. ¿No accedía? pues no tendría á su mujer. Había que elegir: ó venía á buenas y cumplía siquiera la mitad de sus promesas, caso en el cual la dicha de Roussel estaría muy comprometida, ó no cedía, y entonces era fácil hacer pasar su resistencia por egoísmo, por indiferencia, y procurar una disensión entre los esposos. En el primer caso, Clementina triunfaba y continuaba siendo omnipotente; en el segundo, se vengaba terriblemente de los que hablan intentado burlarla, y esto era también una victoria.

En sus nuevas posiciones se creía muy fuerte; casi invencible. Por de pronto, su Rouxmesnil le parecía inexpugnable. Para llegar hasta Herminia sin permiso y sin entrar por la puerta grande, había que escalar el muro, franquear el foso y atravesar el parque, y el guarda, prevenido, rondaría constantemente. El arrendador de la hacienda le había prestado un perro que vigilaba de día y era feroz de noche. Por último, Clementina llamaría á Bobart en su ayuda. En semejantes circunstancias tenía necesidad de los consejos jurídicos y de las artimañas de aquel práctico astuto.

Le escribió enseguida. Á Mauricio le escribiría al día siguiente: convenía que el tiempo calmase su cólera y produjese el desaliento. Por la mañana, en efecto, entró en el cuarto donde Herminia había acabado por dormirse con un sueño febril y puso una carta sobre la mesa, diciendo:

—Lee y añade lo que quieras.

—La carta era amistosa, decía á Mauricio que se esperaba su llegada y terminaba así: "He olvidado el daño que ha querido usted hacerme, porque sé muy bien que no obedecía usted á sus propias inspiraciones, y estoy pronta á acogerle como á un hijo respetuoso y sumiso." Herminia no echó de ver con qué pérfida habilidad habían sido escogidos los términos de esta carta para herir á Mauricio, á quien se trataba como un niño por la que tan duramente acababa de hacerle sentir su autoridad. La joven no vió más que la llamada á su marido y esto bastó. Cogió una pluma y al pie de la carta escribió. "Ven, mi querido Mauricio, te espero con mucha impaciencia. Cree que soy toda tuya." Ardía en deseos de añadir: "Te abrazo y te amo," pero no se atrevió. Firmó con letra un poco alterada, porque el corazón le latía y le parecía que arriesgaba su vida en este momento. La señorita Guichard cerró el sobre y dijo:

—Tú misma darás la carta para que la pongan en el correo al ir á esperar á Bobart.

¿El señor Bobart llega?

—Claro está. ¿Crees que vamos á vivir como dos prisioneras? No nos ocultamos, porque no hemos hecho nada malo.

Sin embargo, Herminia vió muy bien que se adoptaban todas las precauciones para que ella no pudiese tener comunicación alguna con el exterior. Por la tarde llegó el desagradable Bobart. Comió y enseguida se encerró con la señorita Guichard. Herminia se refugió en su habitación y con la ventana abierta soñó, contemplando la luna que aparecía por encima de las hayas y las plateaba con su luz. Una paz profunda reinaba en la campiña. Solamente los buhos hacían oir en los abetos su grito monótono y triste.

La joven pensó que acaso estaba destinada á vivir siempre en aquella soledad y aquel silencio. Si Mauricio no acudía; ¿cómo conseguir reunirse con él? ¿Quién los aproximaría? ¿Quién disiparía todos aquellos errores interesados? ¿Cómo caerían los obstáculos acumulados por voluntades hostiles? Una gran tristeza se apoderó de ella y rodaron sobre su cara gruesas lágrimas, lentas y amargas.

Era cerca de media noche cuando subieron Clementina y Bobart. Herminia cerró la ventana, se desnudó, hizo su oración, rogando al cielo que la devolviese su marido, y se durmió más calmada. Por la mañana se presentó para el almuerzo y tuvo que sufrir los cumplimientos insidiosos del ex-abogado. Durante el día Clementina propuso un paseo por el parque, pero á Herminia le pareció un suplicio pasear entre Bobart y la señorita Guichard. Pretextó una jaqueca y se quedó.

Pasó este día y el siguiente en una profunda ansiedad y prestó el oído á todos los ruidos del camino creyendo á cada instante ver llegar á Mauricio. Todas las noches se acostaba con el corazón oprimido, diciéndose: "¡Mañana será!" Y el día siguiente no traía tampoco noticias del marido esperado, que no venía.