=SERIE SEGUNDA=
PARIS CURIOSO.
=Dia primero=.
Advertencia del autor.—Llegada á Paris.—Omnibus.—Travesía.—-Hotel
Español.—Luisa Noel.—Hotel de los Extranjeros.—Restaurant.—Garçones.
—Mi barbarie.—Fin del dia.
Mi querido lector; despues de meditar despacio sobre el asunto, he resuelto modificar el plan que me habia propuesto seguir. Antes de presentarte, monda y lironda la historia de esta prodigiosa ciudad, creo conveniente que nos acompañes por estas calles, por estas plazas, por estos paseos, por estos cafés, por estos hoteles, por estos teatros, por estas tertulias: es decir, por este bullicioso y deslumbrador laberinto. Creo necesario que experimentes nuestra hambre, nuestra sed, nuestro frio; que presencies los sendos codazos y empujones que nos dan, y el suave y risueño perdon con que los almibaran. En fin, creo necesario que imagines con nuestra fantasía, que pienses con nuestra inteligencia, que sientas con nuestro corazon, que esperes con nuestra esperanza; si es posible, que vivas con nuestra propia vida, uniéndote á todas nuestras impresiones, haciéndote parte en nuestra causa, á fin de que te familiarices con esta sociedad, de que cobres cariño á este personaje. Si esto no sucediera, su historia te importaria muy poco, y yo me veria privado de la ayuda de tu buen deseo. En este mundo no queremos sino lo que nos cuesta algun trabajo, algun sacrificio, algun dolor, y por eso te ruego que nos acompañes por todas partes, que todo lo veas, que todo lo oigas, que todo lo toques, que de todo te enteres, que participes por completo de nuestros trabajos, de nuestros sacrificios y de nuestros dolores. Despues de esto, es bien seguro que tendrás interés en saber la historia de esta ciudad que tanto has paseado, y que tanto te ha llevado y traido como palillo de barquillero.
Dividiré nuestras excursiones en dias, y cada dia llevará á la cabeza un resúmen de todos los asuntos en él contenidos, para que, de un solo golpe de vista, puedas vislumbrar el espacio que has de correr. Entremos en asunto.
Despues de ochenta y cinco horas de encajonamiento en la diligencia, desde Madrid hasta Bayona, y en los trenes, desde Bayona hasta Paris, molidos, muy molidos, más que molidos, casi magullados, llegamos á la estacion del Mediodía á las seis y media de la tarde. Nuestras miradas se dirigian codiciosamente hácia adelante, buscando á Paris, como el peregrino que llega á Sion al declinar la tarde, busca con los ojos desencajados los torreones de Jerusalen. ¡Cómo nos latia el corazon! ¡Paris! ¡Ya vamos á llegar á Paris! En efecto, la cúpula del Panteon y la veleta de la iglesia de los Inválidos (segun nos dijeron) se destacaban arrogantes á través de la atmósfera. Esta parte poética de los viajeros, es sin disputa una de las emociones más bellas de la vida.
Un ómnibus inmenso nos lleva desde la estacion del ferro-carril á no sé qué calle. En este momento atravesamos uno de los más dilatados y concurridos bulevares que surcan esta gran capital. Por la izquierda se descubre un magnífico paseo; por la derecha se descubren instantáneamente varias arcadas de los puentes que decoran el rio. El primer coche de alquiler que hallamos, tiene escrito el número 8.976; el primer ómnibus, de los destinados al tránsito de la ciudad, lleva el número 2.637. Un rumor contínuo de carruajes y de personas nos va circuyendo por todas partes, como si en todas partes existiese el mismo Paris. Si al despertar hubiera percibido aquel estrépito incesante, habria dicho seguramente que me encontraba en una fábrica, entre el movimiento de muchas máquinas de vapor. Mis ideas se alargan con mi vista á través de ese laberinto de chimeneas y de torres, y se pierden con ellas sobre esa techumbre sin fin. Mi mujer y yo nos mirábamos sin cesar como dos bobos.
¡Grandiosa creacion, en verdad, si sobre ella no tendiese sus alas negras un ángel terrible; el egoismo!
Pero sin duda la Providencia quiere valerse de ese egoismo como de una palanca que remueve á la humanidad, para empujarla luego hácia sus fines predestinados.
Un sacerdote protestante nos acompañaba. El ómnibus paró, y el sacerdote desapareció con su equipaje. Nuestro locomotor prosiguió su marcha, y al cabo de un cuarto de hora de camino á través de las calles de esta Babilonia europea, el guia nos anunció que allí estaba el hotel indicado por el caballero español que nos habia recibido en el ferro-carril. Dejamos el ómnibus, y un mozo comenzó á subir el equipaje. Pasamos el piso entresuelo y llegamos al principal; un principal bastante alto por señas: el mozo proseguia subiendo.
—¿Dónde va usted? le grité desde el primer tramo del piso tercero, porque el entresuelo era todo un piso.
—Montez, monsieur, s'il vous plaît; c'est ici, c'est ici. (Tened á bien subir, señor; es aquí, es aquí.)
Llegamos al piso cuarto: el mozo proseguia subiendo. Yo dije á mi mujer que venia á mi brazo sin comprender lo que pasaba: ese hombre nos quiere arrebatar sin duda al Paris que está en la tierra, para llevarnos á otro Paris que estará en el cielo …_aunque ignoro si podrá subir tan arriba.
En el primer tramo del piso cuarto me detuve.
—Mozo, no subo más.
—Montez, monsieur, montez; nous y sommes. (Subid, señor, subid; ya estamos.)
—Mozo, no subo aun cuando estemos, le respondí en francés.
En esto apareció un caballero … digo mal, no apareció; nosotros llegamos á divisarlo por entre las barandas doradas del otro piso, es decir, del piso quinto. Aquel caballero, amo del hotel Español, tuvo la bondad de bajar adonde nosotros estábamos.
—Pido á usted auxilio, le dije sonriendo, contra las intenciones de su criado, que sin duda pretende conducirnos á las estrellas.
—Es que no hay habitacion desocupada en los otros pisos.
—Entonces, contesté, no podemos tener el gusto de permanecer en su casa. Una afeccion nerviosa que padezco, me impide habitar un piso quinto.
—Perdone usted, es piso cuarto.
—Pues bien, me impide habitar un piso cuarto.
—Un piso cuarto con entresuelo, añadió mi mujer, y nos dimos á bajar la escalera diciéndole: sírvase usted prevenir al criado que traiga el equipaje, nosotros le gratificarémos, y rogamos á usted nos disimule esta molestia.
El amo del hotel bajó al otro rellano.
—Ya que ustedes no pueden quedarse aquí, les recomendaré á una casa española.
—¿Qué piso? pregunté.
—Principal; calle Vivienne, casa de Luisa Noel.
—Enhorabuena; si es piso principal, estamos conformes y le damos á usted las gracias.
Dos criados de la fonda condujeron el equipaje desde la calle de
Richelieu á la de Vivienne, que están contiguas, núm. 45.
Llegamos á la primera puerta y yo hice alto, mientras que los mozos continuaban subiendo la escalera.
—¿Dónde va usted? volví á preguntar.
Los criados me respondieron que aquel piso era el entresuelo, y que
Luisa Noel habitaba en el principal.
Subimos al piso principal.
Luisa Noel no estaba en casa; los criados de la fonda dejaron allí el equipaje, y mi mujer y yo tomamos posesion de dos sillas en actitud de esperar á la señora. No habian trascurrido dos minutos, cuando se dejó ver una criada que nos dijo en buen español:
—Si ustedes quieren ver la habitacion que está vacante, pueden hacerlo; y en el caso de acomodarles, dispongan de ella, sin perjuicio de que luego se concierten con el ama.
Esta proposicion nos agradó en extremo, ansiosos como estábamos de descansar, y la criada nos pareció una mujer de mucho talento.
Dos criados de Luisa Noel se apoderaron del equipaje y empezaron á subir escaleras.
La criada seguia á los criados. Mi mujer seguia á la criada. Yo seguia á mi mujer. Subí el primer tramo maquinalmente; pero al llegar allí me acordé de mis nervios, no podia suponer que en Francia hubiese dos pisos principales, uno abajo y otro arriba, y creí llegada la ocasion de preguntar de nuevo:
—¿Dónde va usted, señora?
—Es aquí, es aquí.
—Perdone usted; el caballero que nos recomienda nos dijo que su ama de usted vivia en un piso principal.
—Sí, señor; pero en el piso principal no hay habitacion desocupada.
Suban ustedes, vean ustedes el cuarto, y luego podrán resolver.
Antes subia maquinalmente; ahora subia por amabilidad; pero un hombre no debe ser amable: el hombre no debe robar ese secreto á la mujer.
Subimos dos tramos, y hénos aquí en pleno piso segundo con entresuelo; pero los criados y la criada continuaban subiendo escaleras.
—¿Dónde va usted, mujer de mis pecados?
—Es que en el piso segundo no hay habitacion vacante. Suban ustedes; esto no es alto para Paris.
—Para Paris no será alto, señora, pero mis nervios no tienen el gusto de Paris; Paris no me ha dado otros nervios, y con permiso de Paris, he resuelto volverme al piso principal.
—Suban ustedes otro poco, es aquí; verán ustedes qué vista tiene. Si no les acomoda, bajarán; pero examinen siquiera la habitacion.
Esto lo decia en alta voz desde el piso tercero con entresuelo, es decir, desde el piso cuarto. Mi mujer me miraba como consultando mi resolucion, hasta que la hice seña de que subiese. El diablo me tentó aquel dia por ser amable, ó tal vez la amabilidad parisiense se me habia entrado de súbito por los poros del alma.
Subimos tres tramos; tres tramos muy lustrosos, muy limpios, muy decentes; pero muy largos. En fin, eran tres tramos para un hombre á quien los tramos matan, que habia subido en menos de una hora veinte y cuatro tramos, sin contar noventa y tres horas de encajonamiento en la diligencia y en el tren.
Puedo asegurar que no sé cómo era la habitacion. La cabeza se me caia, y todo rodaba en torno mio, como si me hallase en alta mar. Pocas veces me he visto asaltado de un malestar que más me afligiese. Mi mujer lo conoció inmediatamente, y cogidos del brazo, empezamos á bajar la escalera, detrás de la criada. Aquello era el descenso de la cruz, pero siquiera era el descenso.
El equipaje quedó en las alturas.
No habiamos esperado media hora en el piso principal, cuando llegó Luisa
Noel.
Esta señora nos recibió con muy buenas maneras en una magnífica sala; la conversacion comenzó á preludiarse; pero yo puse fin á los preludios diciendo:
—Señora, ¿usted no tiene habitacion en el entresuelo ó en el principal?
—No, señor, no la tengo.
—Entonces no podemos estar en su casa, por más que lo sintamos.
—En Paris no es alto un piso tercero.
—Señora, no es cuestion de Paris; es cuestion de una enfermedad de que adolezco con gran pena mía … y en resumidas cuentas, tenga usted la bondad de prevenir á sus criados que me traigan el equipaje á donde encuentre un piso principal, entresuelo, bajo, aunque sea un sótano ó una cueva.
Luisa Noel llamó sonriendo á dos criados, y nos envió al hotel del
Tirol, calle de Montmartre, á cincuenta pasos de la calle
Vivienne.—Eran las siete y media de la tarde.
Llegamos al hotel del Tirol; pero este hotel, en medio de las cosas buenas que pueda tener, y que no le quiero disputar, tiene una escalera tan estrecha, tan nimiamente estrecha, que me resolví á no subirla. Las aventuras anteriores me habian hecho cobrar horror á las escaleras, aún siendo espaciosas y excelentes.
Hénos otra vez á cielo raso sobre las losas del imperial Paris.
Al salir del portal del hotel en cuestion, alcancé á divisar un reverbero, en cuyo cristal ví este rótulo: hôtel des étrangers, rue Teydeau, 3. (Hotel de los Extranjeros, calle de Teydeau, número 3.)
Hice seña á los mozos del equipaje de que me siguieran, y antes de un minuto estaba hablando con los garçones del hotel.
—¿Combien voulez-vous payer? (¿Cuánto quiere usted pagar?)
—Quiero pagar lo que sea necesario para que me abran ustedes las puertas de ese entresuelo (habia un entresuelo desocupado), y háganme ustedes el favor de darse prisa.
La señora del hotel salió du bureau (de la oficina: aquí todo establecimiento público tiene su oficina) y dispuso que se nos franqueara la habitacion. La señora del hotel es gruesa, de alguna edad, y fea. Á mí me pareció un ángel, ó como dijera un novelista moderno, una vírgen aérea de Rafael ó de Murillo. Mi buena y sufrida mujer y yo subimos dos tramos, compuestos de 23 escalas, y nos encontramos en un entresuelo lindísimo, con dos balcones á la calle y perfectamente arreglado, como todas las habitaciones francesas.
Los criados de Luisa Noel hicieron entrega del equipaje, recibieron su tanto, y se marcharon con los mozos de nuestro hotel; cerré la puerta, me eché sobre el sofá, me quité el sombrero y arrojé un suspiro. Me parecia mentira que Paris me diera un entresuelo. ¡Bienaventurado Paris! ¡Bienaventuradas escaleras!
Despues que hubimos descansado un instante, nos lavamos, y aún con el polvo del camino encima, salimos á dar una vuelta, como suele decirse.
Bajamos por la calle Feydeau, torcimos á la derecha, y á pocos pasos nos hallamos en la plaza de la Bolsa, cuyo suntuoso palacio descubrimos confusamente entre dos luces.
Ibamos por el ángulo del Norte, y al fulgor de las luces de un café, denominado de las Arcadas, vi escrito en una esquina restaurant Champeaux. Anduvimos más, y al principio de la fachada de otro edificio, ayudado por cuatro tubos de gas que la decoraban, volví á leer Champeaux, y más adelante, en letras mayores, restaurant Champeaux, y en el otro extremo, Champeaux, y muy abajo, casi rayando con la acera, restaurant Champeaux.
No pude menos de decir á mi mujer:
—Cosa notable debe ser ese buen restaurant Champeaux, cuando tan de manifiesto se pone, sin temor de que se le descubran las faltas. Vamos á comer, y empujamos la puerta del dicho Champeaux.
Véanos el lector en un salon pequeño, pero adornado de espejos magníficos, de magníficos tubos de gas, y de mesas muy blancas, con un servicio esmerado y gracioso. Segun la expresion general, parecia una taza de plata.
No bien nos habiamos sentado en el ángulo de la izquierda, cerca de un espejo donde nos reflejábamos con platos, cubiertos y mesa, cuando nos vimos rodeados de tres mozos. Todos tres iban vestidos de negro, frac, corbata blanca, cabeza perfumada, y una servilleta en la mano. Yo quise hacer señas á mi mujer de que se levantara, á fin de abandonar el restaurant Champeaux; pero no era tiempo. Los caballeros garçones nos habian sitiado, y no habia más remedio que sostener el sitio.
Pero ¿por qué queria yo abandonar el brillante salon, aquella brillante coquetería del civilizado Paris? Lo queria abandonar por dos razones. Primera: porque hay cosas que son como la carne que está podrida; tienen un olor que las denuncia. Yo veia lo que me iba á suceder en el gracioso restaurant Champeaux. Segunda: porque no queria ser servido por caballeros de frac negro, corbata blanca y cabellos de dama galante. Y cuidado, que no soy yo el que niega á un criado, ni á nadie, el derecho que tiene de emplear su dinero como mejor lo entienda, comprándose frac verde ó azul, y una corbata negra ó amarilla. Cuando un criado, lo mismo que un magnate, se empeña en ser ridículo, sobre su opinion pesa su ridiculez, así como sobre la opinion del payaso cae la confusion burlesca de los colores que entran en su vestido. Suyo es su dinero, suya su opinion, suya su responsabilidad; á quien toca la empresa, toca el peligro, y hasta aquí nada tengo que reparar ni que oponer. Pero el que se quiera hacer de un criado un estado ceremonial; que se quiera hacer de la servidumbre una carta aristocrática; que de un restaurant se pretenda hacer un centro de etiqueta, etiqueta que por respetos tradicionales se sufre hoy difícilmente en una recepcion de embajadores: en menos palabras, que del acto simple y neto de comer en una casa pública, se pretenda hacer una especie de besamanos palaciego, es una cosa que me repugna y me entristece. ¿No tenemos bastante todavía? ¿Queremos añadir el privilegio del frac y la corbata en el servicio de una fonda?
Yo conozco que la mesa es una hora de recreo para muchas personas: conozco que quien va á comer pagando su dinero, no debe ver nada que le repugne; esto es muy justo; pero del aseo á una etiqueta impropia; de la decencia al coquetismo; de un servicio decoroso á un servicio refinado y tonto; tonto, si no fuera otra cosa peor, hay una distancia que ninguna razon puede llenar. Yo estaria conforme con estas prácticas, cuando una conquista civilizadora hubiera rescatado al mozo del cautiverio en que lo tiene la conciencia de este mismo pueblo; cuando de la matrícula social se hubiera borrado la palabra degradante garçon; pero la palabra garçon está escrita aquí, tiene aquí su esfera propia, constante, determinada: la palabra garçon lleva en sí el pensamiento de una raza ilota, menos ilota que la de Esparta; ilota, hasta donde puede consentirlo la civilizacion de nuestros dias; pero ilota, sierva.
La opinion de Paris me da el derecho de golpear sobre esta mesa, gritando: ¡mozo! é impone al mozo el imprescindible deber de acudir, diciendo: ¡señor! El frac negro, la corbata blanca y la cabeza perfumada en el mozo, no son el signo de una conquista reparadora en la vía del derecho, no suponen una humanidad que se enaltece enalteciendo al hombre; que glorifica al hombre, glorificando el pensamiento de un principio hacedor y universal; no es la historia, redimida á precio de sangre y de virtud en el Evangelio; redimida en la cruz á precio de una verdad sublime, de un dolor sublime tambien, de una paciencia más sublime todavía; no es la historia cristiana que entrega al mundo el dia magnífico de la moral, no: no es el santo eso que veis ahí; es un trozo de mala madera que se viste de santo, para que sobre el ribete de su peana caiga la ofrenda del necio creyente.
Una ventaja tiene esta hipocresía maliciosa de Paris: el rico deja en todas partes una porcion de lo que le sobra.
Ya sabe el lector las dos razones que tenia para querer salirme del restaurant Champeaux. Una razon era de hacienda, porque sabia que aquello era un juego de cubiletes, que se trataba de escamotear, y que mi humildísimo y trabajadísimo bolsillo iba á ser el escamoteado. Otra razon más poderosa indudablemente, era de sentimiento. Me repugna, me repugna, quiera Dios que me repugne siempre, verme servido por caballeros, á quienes me es lícito injuriar con el apóstrofe de garçones.
La presencia de dos personas que traen aún encima el polvo del camino, en un gabinete de elegancia y buen tono, no pudo menos de producir en los asistentes cierta sensacion impregnada á la vez de lástima y de burla. Afortunadamente mi mujer y yo conocemos bastante bien lo que valen dos francos: con dos francos se compran unos guantes color de caña.
Nos avinimos, pues, á purgar el delito de ser inconvenientes, y perdonamos sin pesadumbre aquel inocente conato de la cultura parisiense.
Sobre esto dijimos algunas palabras mi mujer y yo, y los caballeros garçones que nos circuian estrechamente, formando en el espejo un grupo de cinco personas, una mesa y varios cubiertos, fallaron de propia autoridad que debiamos ser italianos. En este idioma nos preguntaron qué queriamos comer.
—Perdonen ustedes señores, no me atreví á llamarlos garçones; no somos italianos: somos gentes que querémos comer, y que agradecerémos á ustedes infinito que nos traigan pronto la lista de la fonda.
—Usted perdone, respondió uno de ellos; (pardon, monsieur) y trajo la lista.
Pedimos poco…. ¿Cómo pedir mucho, quien pide con miedo? ¿Cómo no tener miedo, quien se ve bloqueado de luces, fraques, corbatas blancas, y untos aromáticos, mientras que su bolsillo baja la cabeza, y oye estremeciéndose como el reo á quien se va á leer la sentencia? Pedimos poco, pero al fin pedimos….
Vino la cuenta, y ¡eso si! en una cuartilla de papel azul, formando aguas, sin contar el borde dorado, leí 27 francos. Eché mano al bolsillo para pagar, y entre tanto decia para mis adentros: si yo he venido aquí con el fin de comer, no más que de comer; ¿qué necesidad tengo de pagar un papel azul, con canto dorado y aguas inglesas? ¿Qué necesidad tengo de pagar una lista encuadernada en forma de libro, con una cubierta magnífica? ¿Por qué he de pagar un frac que no me pongo, y una corbata que no he tocado, y una pomada que no he olido? Pero el cubilete estaba delante, el prestidigitador detrás, yo en medio, y mis 27 francos debian ser escamoteados sin recurso.
Despues de pagar, saqué un cigarro como para reponerme del ataque sufrido; pero uno de los caballeros garçones acudió presuroso diciendo: il n'est pas permis de fumer ici. (No se permite fumar aquí.)
Salimos del restaurant Champeaux á las nueve y media.
Mi mujer me dijo: lo que nos han puesto no vale diez francos. Hazme el favor de no volver á entrar en ninguna fonda, ni restaurant, ni almacen, ni aún taberna que huela á cosa de Champeaux.
Yo medité un momento camino de casa, y dije á mi mujer:
—No es Paris el bárbaro: los bárbaros somos nosotros. Los bárbaros son los extranjeros que no conocen á Paris, y que siendo pobres se van á la mesa de los ricos: que despreciando la vanidad, van á ocupar la silla de los vanidosos: que teniendo su espíritu más alto que esa civilizacion enfermiza y servil, llaman á la puerta de los civilizados. Los bárbaros, somos nosotros, que en vez de buscar hombres que nos den de comer, pagamos tributo á los caballeros garçones y á los cubiletes de buen tono. Pero no, no eres bárbara tú que me sigues, como la sombra al cuerpo: el bárbaro soy yo. Toda barbarie se ha de pagar en este mundo, porque la ley moral es la más infalible y providente de todas las leyes: no me digas nada; ya pagué. ¡Dichosa barbarie la que no cuesta más que 27 francos!
Llegamos á casa, mi mujer se acostó, yo escribí las aventuras anteriores, despues me fuí á la cama, y así terminó el dia primero.
=Dia segundo=.
Mi amargor de boca.—Jeannin, sucesor de Sellier.—Recado de la señora del hotel.—Paseo á pié.—Extravagancias de una cosa que en Paris se llama gusto civilizado.—Sueldo francés.—Calcetines.—Sortija.—Chaleco. —Pipa.—Sombrero de paja.—Programa.—Rótulos.—Cocina francesa. —Fin del dia.
Me desperté á las siete de la mañana, sentí un grande amargor de boca, y no pude menos de atribuirlo al restaurant Champeaux. En cambio el buen Champeaux se saborearia regaladamente con la memoria de mis pobres francos.
Tengo la costumbre de levantarme muy temprano, siguiendo el prudente consejo de Franklin. Hoy es dia excepcional; me levanto á las ocho dadas. Despues de lavarme y ponerme á cubierto del frio, porque hace frio, abro la ventana de mi gabinete y me fijo en un rótulo que distingo en la esquina de enfrente: Jeannin, sucesor de Sellier. Yo creí naturalmente, á mi me pareció que era naturalmente; creí, repito, que se trataba de algun personaje famoso en materia de ciencias ó artes, y tenia cierta curiosidad por adquirir noticias acerca del personaje que yo me fraguaba. Jeannin es lo que nosotros llamamos un tabernero. Esta especie no dejó de causarme ciertamente extrañeza, y volví á conocer que tambien en esta ocasion no era bárbaro Paris, sino el extranjero que condena rutinariamente lo que no es conforme á su educacion y á sus hábitos.
En realidad ¿por qué una taberna no ha de ser capaz de crédito, crédito en que está cifrada la fortuna de una ó más familias? ¿Por qué un tabernero no ha de llamarse sucesor de otro que alcanzó fama, fama justificada por su diligencia y probidad? Luego que las cosas pasan á ser industria pública; luego que de la oficina en que se crean pasan á la oficina que se venden, ¿qué excelencia puede alegar el que vende instrumentos de matemáticas sobre el que vende azumbres de vino?
Nosotros llevariamos á bien que se escribiese en una enseña: Jeannin, óptico ó químico, sucesor de Sellier, y mirariamos con cierta intencion satírica el que se dijese: Jeannin, tabernero, sucesor de Sellier. Creo que el vicio no está en los franceses, sino en nosotros que confundimos el vender con el crear, la operacion del cambio con la operacion del talento. Los franceses creen, y creen muy bien, que la venta es igual á la venta, y que tan vender es vender un Cristo de plata como un jarron de china.
Siga el buen Jeannin siendo sucesor de Sellier, el cielo le dé muchos sucesores afortunados, y ojalá que los taberneros de mi país hicieran consistir su orgullo en ser depositarios de una herencia de probidad y de decoro.
El lector no llevará á mal que yo me pare en estas menudencias, ya porque estas menudencias, son faces características en donde se refleja la vida de un pueblo, ya tambien porque tengo necesidad de apreciar estas cosas, con el fin de educar mis sentimientos propios. No lo hago por enseñar á quienes saben más que yo; sino por enseñarme y corregirme á mí mismo.
La señora del hotel me envia á un criado con el objeto de decirme que el gabinete me cuesta siete francos todos los dias. Esto me hace ver que hay muchos Champeaux en Paris. Es una cosa que raya en prodigio el talento con que está dispuesta esta sociedad, para que el extranjero se vuelva á su casa sin un cuarto.
A pesar de la prevencion con que vivo, estoy seguro de que el famoso restaurant Champeaux no es otra cosa que el primer hilo de toda una red.
Teniendo en cuenta lo que he de gastar en carruaje, gratificacion en la visita de sitios públicos y reservados, casa, comida, teatros, cafés cantantes, amen de las frecuentes eventualidades y galanterías de Paris, comienzo á sospechar que durante los tres primeros meses, me bastarán apenas ocho napoleones diarios. ¡Ay de mí!
Mi mujer y yo nos vestimos, y por la vez primera nos vemos en las calles de Paris en medio del dia, en plein jour, como aquí se dice.
No es posible atravesar algunos de los puntos céntricos, sin encontrarse con muchos repartidores de papeles.
El uno anuncia una liquidacion definitiva, por valor de 300 ó 400 ú 800 mil francos; otro participa una rebaja de un 40 por 100, á consecuencia de disolucion de sociedad, de retiracion del comercio ó de muerte: otro va á cerrar sus salones de Invierno: otro va á franquear sus salones de Estío. Aquí hay un gabinete perfectamente confortable, donde se ponen dientes; allí se restauran las encías; allá nos ofrecen quijadas, ó narices, ó piernas, ú ojos artificiales, todo con una baratura, una comodidad y un buen gusto que encanta. No he visto aún ningun papel donde se prometa estañar la vejiga, como si fuera un pedazo de hoja de lata; pero no desespero de saber dónde se ponen trozos de pulmon. Aquí se pone todo, todo absolutamente, menos corazon y cabeza.
Un tabernero se revela al público de este modo: me apresuro á participaros que he tenido la feliz idea (l'heureuse pensée) de formar un establecimiento vinícola (vinicole), único en Francia, donde sereis servidos como en ninguna parte, no sólo por la circunstancia de ser el empresario cosechero en grande (en gros), sino tambien por reunir treinta ó cuarenta años de experiencia y estudio. Escribid por el correo. El amo de un restaurant asegura que por 70 céntimos (22 cuartos), da un almuerzo de los más convenientes, y que el servicio se hace en vajilla de plata. Que el servicio sea en vajilla de plata, ó en vajilla de zinc, poco importa: él estaba en el caso de anunciarse pomposamente, y dice que es de plata.
En el boulevard Montmartre hay un letrero enorme; en que se brindan dientes por 5 francos cada uno, prévia una garantía de diez años.
¡Dónde estará el diente al cabo de diez años, y aquel á quién se puso, y el mismo que lo puso!
La antigua casa de Michaud (aquí todo el mundo se denomina casa, antigua casa, casa única), se presenta como la sola casa de Paris, que pone á nuestro arbitrio y disposicion una dentadura completa (un dentier complet) por la suma de 150 francos, reuniendo las mejores condiciones de actividad y duracion (de travail et de durée).
En una de las travesías del boulevard de Beaumarchais, se ve un gran rótulo, donde se promete un menjuge para hacer salir el pelo á todo el mundo, con el bien entendido de que no se recibe paga alguna, hasta despues de haber obtenido el resultado. El objeto es que acuda gente; lo demás queda reservado á otro menjuge que sólo ellos conocen. La charla en los mercaderes es aquí un verdadero y misterioso menjuge, una operacion química, velada por el arte de un hechicero. Orfila era un niño de teta, como suele decirse.
En Paris no se escapa ningun bicho viviente; ni el oidium, ni las pulgas, ni las liendres, ni las chinches. Levante los ojos el que pasea por estas espaciosas y magníficas calles, lea ciertos cuadros que están expuestos en los almacenes y tiendas de comestibles, y se convencerá de que sólo la negligencia en soltar unos cuantos sueldos, puede tolerar el desacato de que haya pulgas en el mundo. ¡Cuántos millones necesitaria un solo individuo, si la esaltase la humorada de creer en lo que le dice este pueblo volátil, adornado no obstante de tan grandes dotes, abismado no obstante bajo el peso de tantas flaquezas!
Visitemos las tiendas de pieles, y encontrarémos, perfectamente disecados, leones, panteras, tigres, leopardos, hienas, lobos, zorras, castores; en fin, un gabinete de zoología. No he visto ratas; pero no extrañaria alzar la cabeza y darme de hocicos con una enorme culebra boa, puesta en una urna de cristal, á lo largo de un escaparate.
¡Tal es el deseo que aquí hay de llamar la atencion y causar impresiones teatrales! Seguramente no se contentan con la simple impresion artística: claro es que el sueldo es la suprema aparicion que se vislumbra en el fondo de estas admirables sombras chinescas; pero es un sueldo particular, un sueldo francés, que necesita estudiarse mucho para comprenderlo; que no podrá nunca comprenderse, si se estudia de un modo aislado. Es necesario poner la observacion en todas las partes de este gran todo, para que lleguemos á divisar qué clase de sueldo es el que está depositado en el fondo de esta inmensa urna. Aquí entra en todo, como uno de los elementos más poderosos, como la primera vitalidad del país, como carácter de raza, la fantasía. Aquí tiene todo un algo fantástico, el sueldo tambien. Aquí todas las cosas se cobijan bajo un manto de coquetismo, tambien el sueldo. Paris no querria, le concedo esta idealidad noble y generosa, un sueldo grosero, ignorante, idiota, no; no quiere el oro que se da por ir al teatro, con el fin de ver las maniobras de un hechicero, de una bruja, si las hubiera: busca siempre y en todas partes la satisfaccion de su genio artístico; su sombra chinesca. Fenómeno admirable en verdad. Los pueblos menos artistas por naturaleza, son los que más se dan al arte por instinto y por educacion. Por esto mismo los oradores suelen tener la pasion funesta de querer ver escrito lo que hablan. Su palabra es su única belleza, y no se contentan con ser bellos. La escritura es un postizo que los afea, que los ridiculiza más de una vez, y están contentos con su fealdad y su ridiculez. El genio tiene sus arcanos, como tiene el abismo cavidades ocultas, y aquí encuentro yo uno de sus arcanos más curiosos.
Todo respira aquí contra el arte, contra el arte único que conoce la humanidad, contra esa poesía santa y sublime que nos hace sentir el bien, la verdad y el amor, bajo la relacion de la belleza; pero de una belleza espontánea, impregnada en todo, en el ademan, en la mirada, en el movimiento, en la voz, en el cielo, en el aire, en la luz, hasta en el susurro de los árboles mecidos por la brisa. Yo no encuentro esa poesía fácil, ese arte infuso, por decirlo así, en ninguna parte de esta magnífica ciudad. Llevemos una estátua de las Tullerías ó del Luxemburgo á un paseo de Roma, y seguramente parecerá más bella, más estátua, más arte; es decir, más sentimiento, porque sentimiento es el arte, así como verdad es la ciencia, utilidad la industria, ó justicia el derecho humano.
¡Qué espectáculo tan interesante nos ofrece un centro tal de creaciones! Aquí unos calcetines por ocho cuartos; allí una sortija de dos ó tres mil duros; ahora un chaleco hecho que se da por una peseta; despues una pipa de ocho mil reales, como la que hay en la plaza de la Bolsa, número 3. Al fin de la calle de Montmartre, cerca de San Eustaquio, corbatas de seda por poco más de dos reales; en la calle de Richelieu, un sombrero por doscientos duros.
Seguramente habrá mil contrastes más raros; pero no puedo hablar sino de lo que he visto en veinte y cuatro horas que vivo en Paris, y me parece que una regular indulgencia no podria exigirme más.
He ajustado la cuenta del importe á que suben los sombreros de paja que hemos visto, segun el número anunciado en los depósitos y su precio corriente, y resulta que no bajará de doce a catorce millones de reales. Es verdad que no creo completamente en el anuncio de los almacenistas, porque aquí nada es lo que parece, ni se fia tanto en la bondad intrínseca de la cosa, como en su brillante manifestacion. Como ya dije, aquí todo tiende á poetizarse, aunque nada tenga una verdadera poesía. Es menester contar, para no engañarse, con la realidad del objeto y sus aspiraciones poéticas. El cubilete es verdad; el prestidigitador es mentira, ó si queremos llamarle verdad, habremos de llamarle verdad fantástica, verdad mentirosa, verdad en que la verdad sufre un escamoteo.
Una de las cosas más dignas de observarse en este gran horno de fundicion social, es hasta qué punto agita los entendimientos: quiero decir, las imaginaciones, porque la imaginacion es el gran entendimiento de los franceses, la competencia industrial y mercantil.
El mercader de ropas hechas pone á los sastres como hoja de peregil: el sastre viste al mercader de ropa de pascua; y no sabemos qué admirar más, si la ironía del mercader ó la del sastre. En punto á comprar y vender, todo el mundo es poeta á su modo, literato, erudito. En el bulevar de la Poisonnière ó de San Dionisio, he visto hoy una especie de programa en que uno se presenta como candidato á la diputacion, alegando por título que vestirá á las mujeres mejor y más barato que ninguna casa de Paris. ¿Qué mayores ventajas podeis hallar en un diputado, dice á los electores, que la de contentar á vuestras mujeres? Esto no pasa de ser una broma, pero es una broma de un gusto enteramente parisiense.
Pasan de quince ó veinte lienzos de pared en que hemos divisado, á una altura de quinto ó sexto piso, el anuncio de la Ville de Paris, calle de Montmartre, núm. 74. Es seguro que en tales avisos ha empleado un capital considerable. Calcule el lector que para anunciarse en algunos lienzos de pared, ha necesitado poner andamios ó empalizadas.
No puede darse el caso de caminar por algun punto sin darse de cara con un letrero, con una enseña, con un aviso; como si el aviso fuese el aire que aquí se respira, el espíritu que todo lo mueve, el hornillo que todo lo calienta. Nos metemos en un carruaje; allí está el rótulo del diente, del pelo, de las píldoras, del agua prodigiosa: nos introducimos en los lugares más escusados, toda vez que sean del dominio público; allí están las píldoras ó el unto tambien. El aviso, el decir aquí hay esto ó lo otro, es el arca predestinada donde se ha refugiado este Noé con toda su familia.
Esto parece exagerado al que no lo presencia; pero sepa el que dude, que una de las tareas que más dan que hacer á la policía de Paris, consiste en especificar los sitios en donde no se pueden fijar anuncios, citando el artículo del reglamento que lo prohibe. Así sucede, que lo más común es encontrarse con letreros que dicen: défense d'afficher, prohibicion de fijar avisos. De modo, que hasta la policía, queriendo evitar los rótulos, rotulea tambien.
Y por rotulear de todos modos, hay quien se anuncia gratis, (gracia estraña en Paris en donde el céntimo está pegado á toda cosa, así como el agua del bautismo corre sobre la frente del bautizado).
A orillas del Mercado Nuevo hemos visto un anuncio en que se dice con letra bastardilla: «curso gratuito de piano, calle de Argel, núm. 3, enfrente del jardin de las Tullerías.»
A la pensée. (Al pensamiento.) Esto vi en un almacen del bulevar Montmartre (ó en sus inmediaciones), y tiré del brazo á mi mujer como tocado de una curiosidad poderosa. ¿Qué pensamiento será este? decía para mí. Llegamos: era una zapatería.
Al bello pensamiento. (A la belle pensée.) Esto ví escrito en una de las cajas que están expuestas en la esquina de la calle Les filles Saint Thomas, y me ví asaltado del mismo conato curioso. Me aproximé, ví: era una caja de confites.
Hautes nouveautés! (Altas novedades.) Esto leí en los cristales de un almacen de la calle de Vivienne, y tales títulos no pueden menos de sorprender. Fuimos allá, lo que nos habia cautivado el ánimo era una coleccion de manguitos, camisolines, chambras y cofias.
Pero uno de los anuncios en que más me he fijado, acaso por su exterioridad relumbrona, por su oratoria esencialmente francesa, es uno que hemos visto en la encrucijada que forman la calle Vivienne y las Hijas de Santo Tomás, en uno de los ángulos de la plaza de la Bolsa. Tengo el anuncio copiado en mi cartera, y casi presumo que al lector no le desagradará verlo, aunque no respondo de su completa fidelidad. Acaso hay algun letrero en chimenea, rendija ó resquicio que nosotros no hemos podido divisar. Lo que desde la calle se ve, es lo siguiente:
Arriba, muy arriba:
Al palacio de cristal.—Vestidos para hombres.
Más abajo:
Palacio de cristal.
Más abajo:
Vestidos para hombres.
Más abajo:
Precio fijo.
Más abajo:
Al palacio de cristal.
Más abajo, sobre cristales:
Precio fijo.
Más abajo:
Vestidos para hombres.
Esto se ve estando situado el espectador en lo interior de la Plaza de la Bolsa.
Ahora situémonos en la calle Vivienne, y descubrirémos; arriba:
Precio fijo.
Más abajo:
Al palacio de cristal.
Más abajo:
Vestidos para hombres.
Más abajo:
Especialidad en trajes de niños_.
Sobre la puerta:
Al palacio de cristal.
Más abajo:
Precio fijo.
Más hácia la derecha:
Trajes hechos y á la medida.
En otra puerta:
Al palacio de cristal.
En los cristales:
Precio fijo.
Más hacia la derecha:
Trajes hechos y á la medida.
Por otra calle:
Precio fijo.
Más abajo:
Al palacio de cristal.
Más abajo:
Vestidos para hombres, niños y libreas.
En los cristales:
Trajes de casa y de librea.
En un recodo que hace la calle:
Al palacio de cristal.
Más arriba:
Al palacio de cristal.—Vestidos para hombres y niños.
Más abajo, en un cuadro de hoja de lata ó de metal dorado:
Vestidos para hombres y trajes para niños. Este aviso está en francés, inglés y aleman.
Sobre otra puerta:
Al palacio de cristal.—Ropas de casa.
A la izquierda de la misma puerta:
Precio corriente de las libreas; y mencionan diez y ocho objetos de traje, por valor de 739 francos.
A la derecha, sobre cristales:
Entrada de los obreros.
Más á la derecha, sobre una muestra:
Entrada de los obreros.
Despues de tomada esta nota, veo una enseña en el extremo del primer balcon que da á la calle de las Hijas de Santo Tomás, la cual decía:
Vestidos para mujeres y niños.
A su lado, casi en medio de dicho balcon, se ve tambien una gran placa dorada alrededor y bronceada en el fondo, donde tiene las armas francesas, ó un trofeo semejante. En la placa se divisa este rótulo en elegantes letras cinceladas: Comision imperial. 1855.
Si tanto palacio, y tanto cristal, y tanto hombre, y tanto niño, y tanto traje pudiera tener realidad animada, discurra el lector si podria formarse todo un pueblo de trajes, de niños, de hombres, de cristales y de palacios.
¿Cuánto habrá gastado esa casa en los anuncios? Digo lo que antes dije de la Ville de Paris: es seguro que ha consumido un capital de alguna cuantía.
Hemos comido en un famoso restaurant de la calle de Richelieu, porque es necesario ver estas celebridades (ver significa pagar), y nos volvimos á nuestro hotel á las once dadas de la noche.
Mañana correrémos los bulevares de Montmartre, de los italianos, de las Capuchinas, de la Magdalena; bajarémos por la calle Real, siguiendo despues la calle de Rívoli, hasta el Hotel de Ville, y dando un vistazo á las Tullerías, Plaza de la Concordia, campos Elíseos, y arco de la Estrella, monumento suntuoso, que no cuesta á Paris menos de 39 ó 40 millones de reales.
Termino este día manifestando un incidente que tiene angustiada á mi mujer, y que, en verdad sea dicho, á mí no me tiene de buen humor. Desde que he llegado á Paris, no como; no porque no tenga ganas de comer, sino porque estas salsas me repugnan.
La cocina francesa tiene gran fama, no se la quito, no soy perito en la materia; pero lo soy en punto á conocer mi paladar y mi estómago, y digo en pleno Paris, que echo muy de menos mis pichones de la plaza de Herradores, el guisado que me aliñaba mi mujer, y mi clásico vino de Valdepeñas.
O los manjares no se conocen, á fuerza de aderezarlos y embellecerlos, porque hasta en los potes de la cocina quiere establecer su reinado la poesía francesa, el impertinente é inexorable palaustre, ó el diablo no puede con ellos á fuerza de estar duros, permítame Paris esta ruda expresion española.
El vino extranjero es carísimo, el vino común del país es malísimo para mi gusto, y vuelvo á decir que doy razón, mucha razon á las perdices, á los pucheros y al vino de mi tierra.
En materia de comer y de beber, sépalo el magnífico Paris, soy castizo español. Le felicito por sus glorias; pero soy español, bien que en otras muchas cosas …no soy francés. Y mi mujer dice: ni yo francesa. ¡Dios me libre!
Así finalizó el día segundo.
=Dia tercero=.
Progresos de mi mujer.—Melancolía.—Nuevos rótulos.—Anuncio de la Union agrícola.—Costumbre de las señoras de Paris.—Sangre fria de los hombres.—Achaques de raza.—La soga.—Una mujer en la calle de Richelieu.—La mujer francesa.—Medallas.—Prodigio del genio francés.—Más rótulos.—Baston de Richelieu.—Plaza de la Concordia.—Arco de la Estrella.—Campos Elíseos.—Vuelta al Hotel.
Mi mujer va haciendo admirables progresos en el idioma francés. Á las mujeres las dice monsieur y á los hombres madame: al quilógramo, medida de áridos, lo llama litro, medida de líquidos: el bulevar, es el restaurant y el restaurant es el bulevar, y así en otras cosas. Está muy afligida, porque dice que le sucederá lo que al otro: olvidó el español y no aprendió el francés.
Salimos á las nueve de la mañana. Mi mujer y yo nos vemos asaltados por esa melancolía indefinible, que no puede menos de experimentarse cuando se llega á una ciudad tan populosa. El individuo parece absorberse en el grupo que le circuye por todas partes, y se halla como privado de la conciencia de su dignidad y de su poder. No quiero decir que pierda realmente su personalidad en la familia, en la ciencia, en el arte, en la industria, en la religion, en el derecho, no: una entidad absoluta no se pierde por combinaciones accidentales. Lo que digo es que el individuo se siente pequeño ante lo mismo que él ha creado: el artífice se anonada ante su propia obra. En este caso sucede al hombre lo que al grano de arena en medio de un desierto muy dilatado. Un grano de arena y otro grano de arena forman el desierto; pero el grano se ve perdido entre los horizontes de aquella inmensa soledad.
El individuo experimenta que otra fuerza mayor le reasume, una fuerza extraña, indiferente, que no le hace amar, que no le educa el corazon, que no lo civiliza para la gran moral de este mundo: no lo absorbe el cariño, sino el número, este número no es la vida; porque el individuo se siente con vida tambien, y esta emocion confusa le comunica una tristeza que no se puede definir. No basta el bullicio, ni la agena alegría, ni los espectáculos más pomposos, para que deje de estar triste. Nunca debe ser más terrible el morir que cuando se oye cantar, y por una razon idéntica, sucede que la música no distrae, sino que daña, á las personas que padecen aflicciones profundas.
El extranjero está pesaroso, este pesar es una arruga de su alma, por decirlo así, que apenas se divisa en su semblante; pero el pesar existe, tiene su significacion muy trascendental, y para apreciarla debidamente, es indispensable poner el pié en tierra extranjera. No, no vale el genio sin el sentimiento experimental que nos descubre ciertas distancias en la insondable matemática de la vida. El talento sin la experiencia, sin sentimiento práctico, sin la estética particular de los lugares y de los hombres, es lo que la trasparencia del cristal sin los rayos del foco: es lo que nuestra vista sin la chispa eléctrica de la luz. Para evaporarse, no basta que un licor sea espirituoso: es indispensable que salga de la cavidad de su redoma es indispensable que la atmósfera inflame sus poros bajo el contacto de la luz del cielo.
¡Cuánto quiere decir este dolor confuso que experimentamos en medio de este enorme bullicio! ¡Cuánto deberia hacernos meditar y sentir! El hombre da unos cuantos pasos, atraviesa una linde que es tierra tambien, y se halla desterrado y proscripto en la humanidad. ¡Ay! ¡cuántas lágrimas amarguísimas serian necesarias para purgar este inmenso pecado! Pero para algo muy grande, muy solemne, muy humano, muy caritativo, debe reservar estas cosas la justicia de Dios.
Esto es una urna velada por el impalpable crespon de todos los siglos.
¿Quién sabe el voto que en esa urna misteriosa depositará un dia la
Providencia!
—No lo verás tú, se me dice.
—Sí lo veré; lo veré en ese sentimiento que me hace infinito, profesando amor á los hombres; en ese sentimiento que me hace inmortal esperando en la ley de Dios. Lo veré, sí, lo veré, lo veo hoy, lo ve mi esperanza.
Hemos visitado la calle y bulevar de Montmartre, el de Beaumarchais, San
Martin, Temple, Poisonnière, Italianos, Capuchinas y Magdalena.
Es sorprendente el estruendo que se percibe por donde quiera que se va, trabajo prodigioso que en todas partes se revuelve y se agita, creacion incesante que se desarrolla en tantas esferas, para dejarse luego ver bajo formas tan gigantescas y variadas. ¿Cómo no? Es un coloso el que se mueve: cada movimiento no puede menos de presentar una faz del coloso.
Uno es sastre del rey de Holanda, otro del de Cerdeña; otro manifiesta una medalla del emperador de Prusia ó de Austria; tal almacen se titula proveedor de María Cristina, como he visto en la calle arrabal de San Honorato. Aquí una tienda de gusto chinesco; allí otra de gusto árabe, persa, griego ó ruso. Hotel de Francia, de Inglaterra, de Holanda, de Rusia, de Prusia, de Austria, de Turquía, de Italia, de América, de Europa, café ó estaminet del Universo; todo hierve y refluye aquí, como toda la sangre se mueve y se trabaja en el corazon. No he visto ningun hotel de Africa ó de la Oceanía; pero esto no es decir que no lo haya. Parece imposible que no exista en Paris una fonda, café ó cosa equivalente, que lleve por título: café, fonda, pastelería ó taberna de las costas de Oro. No seria esto más raro que un anuncio de la Union Agrícola, puesto en verso rimado de once sílabas, tan contadas como los dedos de la mano. Y no se crea que esto es pulla. He visto aquel anuncio singular en una empalizada, cerca del lujoso edificio que se está levantando en la misma calle donde finalizan las Tullerías y el Louvre, y que es la décimo-tercera alcaldía de Paris. ¿Llegará dia en que los poemas épicos se escriban en prosa tabernaria?
Una particularidad hemos notado mi mujer y yo. La pasion dominante en las parisienses de mediano y alto coturno, consiste … ¿en qué dirá el lector? Consiste en alzarse muellemente el traje aunque no haya lodo. Sin duda es un golpe de estado, aplicado á grandes razones de etiquetas.
Otra particularidad más curiosa hemos descubierto tambien. Apenas habrá pueblo en el mundo en que los hombres vuelvan la cara con más sangre fria, y se queden mirando con más formalidad los piés y las piernas de las transeuntes. Esto viene de una raíz muy honda: viene de cierto temperamento que es el carácter más distintivo del pueblo francés. No hay casta social donde con tanta gravedad y tanto aplomo se hagan cosas ridículas. No es decir que en los demás países no se caiga en ridículo; más para este ridículo hay una risa: aquí no se rien. Y cuidado que no se dejan de reir por hipocresía ó por estudio, sino porque creen de buena fe que el asunto no merece reirse; porque están patrióticamente convencidos de que no puede haber cosa ridícula, siendo cosa francesa.
Pero tal vez no tengo razon en decir que este hábito es lo que más caracteriza al pueblo francés. Acaso esto viene de más adentro: acaso la formalidad cómica de los franceses para el ridículo, es una simple derivacion de otro carácter más universal, porque está más en el interior de su genio: su genio, que todo lo devora; que todo lo devora, conservándose intacto: que todo lo devora, sin devorarse jamás á sí mismo: su genio, decia, le lleva hoy á consumar un hecho cualquiera; pero á las veinticuatro horas este hecho está devorado y corre tras otro. ¿Cuál es este otro? Un hecho nuevo, una nueva emocion, un nuevo trabajo, el jornal de otro dia; el plato de hoy; quizás una emocion contraria, acaso el plato que le envenena; pero la ley es devorar, la necesidad es sentir lo que no se ha sentido; la pasion es no envejecer en una idea, en un sentimiento, en una institucion: hoy una institucion, otro dia la contraria. Hé aquí el ridículo; práctica este ridículo, no sólo con formalidad, sino con ahínco, con efusion, con la efusion ardiente y generosa del que trabaja, para satisfacer las inspiraciones de su genio.
Antes que ridículo, el pueblo francés es voluble. Aquí encuentro yo el carácter radical; todo lo demás es derivacion, corrientes de este manantial oculto, gestos de este rostro escondido.
Creen, y creen bien, que una brisa estancada no seria buena para mecerse sobre las florestas de un paraíso; creen, y creen mal, que lo primero es renovar el aire, sin consultar si el aire nuevo está más dañado. Francia es un águila, que para recibir ambiente nuevo, abre y golpea las alas sin cesar; aquí se concentra la suma mayor de su vida: que un milano venga y se oculte bajo aquellas alas impacientes, no importa: que el águila se torne en cuervo ó buho, toda vez que el buho sacuda las plumas para que las penetren los nuevos gérmenes de la atmósfera, no importa tampoco.
Pero estoy fuera de lugar: estas apreciaciones pertenecen á otra parte de estos apuntes.
No hallamos pobres que pidan, ni niños jugando por las calles. Las clases que se manifiestan al público respiran bienestar y decencia. ¿Pero es todo esto verdad? ¡Ay!
En la plaza de la Bolsa hemos hallado dos jóvenes de veinte ó veinticinco años, que saltaban en una cuerda, juego que en Andalucía se llama de la soga. Lo mismo hacia en la calle Feydeau una mujer que tenia varios hijos.
En la calle de Richelieu, una mujer se ataba las enaguas blancas, adoptando apenas reserva alguna, sin que esto causara maravilla á los transeuntes.
Aquí las mujeres, aún siendo jóvenes, entran y salen, van y vienen, en la seguridad de que nadie las molesta ni las restringe. Se ve á la mujer en el campo, dirigiendo hábilmente un carruaje, con su blanca y aseada papalina, llevando las riendas de un elegante cabriolé en el paseo público, detrás del mostrador en el café, en la tienda, en el escritorio, en todas partes, posesionada siempre de la porcion de humanidad que la ha dado una conciencia que yo respeto, por más que se torne contra la poesía oriental de la mujer: una conciencia que no la usurpa lo que la ha dado la verdad adorable de la creacion.
Estudiado Paris en esta tendencia, no parece un pueblo oriundo de los latinos, herederos, como Atenas, de la esclavitud de la mujer asiática. Así sucede que la mujer francesa, desarrollada en todas las faces de la vida social, tiene un aire de dignidad, de fuerza, de albedrío, y un grado de despejo y de inteligencia que nos maravilla.
El amo de una rotiserie, de una taberna, de una lechería, de un pequeño almacen, podrá no ser acaso un monsieur: el ama es todo una madame ó señora. La mujer de Paris trabaja tanto como el hombre, tiene mejor sentido que él, vive más honrada que él, no por la galantería jactanciosa de los tiempos hidalgos, sino por los oficios que presta, y esto explica en gran modo las creaciones casi fabulosas de esta rica ciudad.
La poblacion inútil que en otros países consume lo que la poblacion útil trabaja y crea, es sumamente reducida en el Norte de Francia, dejando aparte la organizacion del órden oficial.
Creo que la parte mas sana de la civilizacion francesa, el progreso más notable que aquí encuentro, consiste en el personalismo que se ha otorgado á la mujer, aunque esto suceda á costa de la mujer misma, la cual gana en representacion lo que pierde en belleza, porque perder belleza es perder idealidad. La mujer oculta en el fondo de su casa, como el arcano de la familia, es mucho más bella que la expuesta al público detrás de un mostrador de mercader, mezclada y confundida con el precio de lo que compra y vende. La mujer árabe no es tan hermosa por su hermosura como por su misterio. Propiamente hablando, no es mujer; es una fantasía, una especie de agüero ó hechizo que no seria nada, si no despertase en nuestra alma el sentimiento de lo maravilloso, como nada seria el encantamiento sin el encanto. La mujer se convierte en una maravilla, en un monumento; parece rodearse de ese prestigio inexplicable que circuye á una estátua; nos llama á sí con la atraccion eléctrica que en nosotros produce el arco Iris; no es mujer, repito: es una melancolía delicada, un arte sublime, un gran poder, porque el elemento maravilloso, ese algo fantástico á que suele darse tan poco sentido, es un poema armonioso é infinito que la naturaleza ha grabado en nuestro corazon.
La fantasía es el complemento del hombre, como el éter es el complemento del espacio. La fantasía llena al hombre, como el éter llena la creacion entera. No os riais, vosotros que no creeis en la imaginacion, para tributarla homenaje á cada momento, cuando menos os lo parece, como aspirais la atmósfera cuando menos os apercibís. ¡No os riais de ese éter divino, destinado á no dejar vacío ningun hueco en el ánfora de la vida; no os riais!
Sin embargo de esto, que es verdad, que yo creo verdad, verdad confirmada por la experiencia de siempre, juzgo que la mujer ha venido al mundo para realizar fines sociales, en armonía con la moral y con el derecho: juzgo que ahí está la expresion más profunda de su existencia; no quiero que al arcano de la casa la comunique esa belleza que la da en Oriente una tradicion que la hace bella para hacerla esclava; una idealidad que la hace misteriosa para hacerla gemir; un Corán que la torna en perfume para que ese perfume dé incienso á un ídolo; no, no quiero esa poesía que es poesía, como es artístico el sarcasmo que se logra ejecutar con arte. Quiero que la mujer salga á luz, porque la luz fué tambien creada para ella. Quiero que el misterio la niegue la hermosura asiática, para que reciba la hermosura humana de manos de su propio destino, de manos de la razon universal; de manos de la Providencia.
Quiero que la mujer sea el guardian doméstico, pero sin dejar de ser entidad religiosa, moral, política, industrial, si conviene, porque la casa está dentro de la sociedad, y quiero que la mujer no se tenga en menos que la casa. Quiero que sea madre; venero este carácter santo, este santo sacrificio de amor; pero quiero que no deje de ser mujer. Quiero que sea mujer; pero que no deje de ser sujeto humano. Todo reina en la verdad de la naturaleza; quiero el reinado de la mujer.
Aquí se está en camino de lograrlo, y esta civilizacion que por ella aboga, es sin disputa lo que más me reconcilia con un pueblo que tiene otros usos, otro lenguaje, otra manera de sentir, y cuya sociedad no puede sernos completamente grata. No sé si es historia; pero entre un español y un francés, hay algo que riñe.
Almorzamos en la calle Vivienne á las doce dadas, y dirigimos nuestras visitas á diferentes travesías de los bulevares.
Apenas se encuentra establecimiento comercial de alguna importancia, en donde no aparezca, en puerta ó balcon, algun privilegio manifestado en pequeña ó grande medalla imperial. Hay carros que van empavesados de emperadores en bronce. Si á todos los metales donde está el busto de Napoleon III se les pudiera dar vida, seguramente habria bastante para formar todo un vasto imperio compuesto solamente de emperadores.
Aparte del gusto que esto revela; aparte del sabor que esto deja en la conciencia del que va examinando el mecanismo oculto de esta poblacion colosal; aparte la contradiccion que se echa de ver inevitablemente entre la Francia histórica y la Francia presente, entre la memoria y el hecho; este tumulto de medallas y privilegios no me parece extraño, sentada la competencia que es natural en un gran centro comercial y fabril. Pero como este centro comercial y fabril tiene muchos libros escritos, muchas y memorables jornadas políticas, muchas y gigantescas revelaciones sociales: como la existencia de todos los pueblos se reasume en dos grandes soluciones: lo que se escribe y lo que se obra, lo que se recuerda y lo que se siente; encuentro desnivel entre el Paris de tanta medalla y el Paris de tanto recuerdo; entre la solucion de la historia y la solucion de la presente sociedad. La memoria y el sentimiento pugnan y se repelen, á lo menos en mi juicio y en mi conciencia.
En Lóndres veré más medallas, muchas más medallas, y no lo extrañaré ciertamente. Pero estoy seguro de no hallar muchos breves de indulgencias papales, y hé aquí la superioridad de la Inglaterra sobre la Francia: la superioridad lógica, consecuente, de buen sentido: la historia y la máquina que se mueven al par; todo el pueblo inglés dirigido á un fin, más ó menos plausible, pero que no sale jamás de las condiciones que se ha impuesto: cruel quizá, inmoral acaso; pero lógico.
La indulgencia pontificia en Lóndres es la indulgencia imperial en
Paris. Aquí hay indulgencias; es bien seguro que en la otra parte del
Estrecho no las habrá.
Los franceses tienen grandes títulos ante la opinion del mundo entero; podrán tenerlos todos, menos el de la lógica; esa suprema geometría del albedrío que va midiendo y nivelando progresivamente el ayer y el hoy, la historia y la emocion, la emocion y el hecho.
La Francia, empero, no debe quejarse: alguna parte flaca habia de tener, cuando tiene otras sobre las cuales se levanta tan grande, tan rica y tan fuerte.
Sólo en una cosa me parece lógico el pueblo francés: no voy á decir que sólo es lógico en ser voluble, porque esto ya se sabe. Una nacion, como un individuo, es siempre lógica; providencial y santamente lógica, en materia de no ahogar su genio; en tender dia y noche á que su genio triunfe. ¿Cómo el hombre dado al retiro no ha de buscar la soledad? ¿Cómo el goloso no ha de buscar el plato en que sueña? ¿Cómo un enamorado no ha de pensar en la mujer que ama?
La Francia es voluble, lo ha sido hasta hoy, porque la volubilidad es su talento; la cifra que Dios escribe al pié de cada cuna. Tal vez la educacion de la experiencia, un prodigio del estudio y del arte, modifique mañana ese talento y le abra otro camino; pero esto será la empresa de mañana, y yo no hago aquí la biografía de la Francia futura.
El pueblo francés es solamente lógico en aparentar que tiene olvidada á la Inglaterra. Ya he dicho que Paris es un cartel inmenso. Si al arbitrio particular quedara, el mercader parisien pondria anuncios de sus géneros hasta en la cabeza de un calvo. ¿Cuántas vidas serian necesarias para leer todos los rótulos y papeles impresos que bullen sin cesar por esta Babel? Sin embargo, (¡Providencia del patriotismo!) no he hallado un solo letrero en que se recomienden los artículos de la industria inglesa, de la primera industria del mundo conocido.
Esta sensatez en materia de consecuencia me maravilla, y me da motivo para decir que el pueblo francés es voluble, hasta el punto de contradecir su propio carácter.
Las enseñas mercantiles é industriales son para mí un objeto de gran distraccion.
Al zapato galante. (Au soulier galant):
A la Sílfide. ¿Quién no habia de creer que se trataba de algun baile? Pues no, la Sílfide es un restaurant, una Sílfide gastronómica, una Sílfide que se engulle cinco ó seis platos por cinco ó seis pesetas.
Al buen pastor. ¿Quién no habia de creer que se trataba de alguna hermandad ó cofradía? Pues tampoco: el buen pastor es un rico almacen de géneros, sito en la calle de San Sulpicio, núm. 21, si no yerra un anuncio que he visto cerca del Panteon.
Entre los objetos curiosos que hemos notado, no puedo menes de hacer mérito de un baston de Richelieu, expuesto al público en el pasaje de los Panoramas, en una galería que debe ser la de Feydeau, tienda núm. 6.
Quise conocer su valor en venta, y la señora del establecimiento me dijo que el precio último era mil francos. Si aquel baston es en efecto del memorable cardenal, alma de Luis XIV y de su siglo, del Luis XIV de la política francesa, como varias personas me lo han asegurado, me creo con derecho para decir que la Francia es poco arqueóloga y hasta poco francesa, si se quiere; cosa extrañísima. ¿Cómo aquel baston, reliquia anticuaria y social, no pasa á uno de los ricos y preciosos Museos de Paris? No por mil francos, no por un millon de francos, consentirian los ingleses que pasara á manos de extranjeros un baston de cualquiera de sus personajes históricos. Si yo no codiciara en este mundo otra cosa que un talego de oro, me consideraria feliz poseyendo un baston de Cromwel, de Milton, Shakspeare, de cualquier Richelieu inglés, ora político ó literario.
A pesar de la reiterada afirmacion de aquella señora, y de las formales aseveraciones de dos franceses, no me atrevo á creer que aquel baston fuera efectivamente de Richelieu. ¿Cómo no habia de recelar la Francia que se lo llevaran los ingleses, que es como si dijéramos los moros? ¿Cómo los moros (para Francia) no se lo hubieran llevado ya?
Perdóneme la señora del almacen, perdónenme los dos caballeros parisienses; yo no lo creo; en honra de Francia, no lo debo creer.
A las seis comimos en el hotel de Madrid (comer para mí es sentarme á la mesa) y nos dirigimos inmediatamente hácia la Magdalena, palacio griego convertido en templo cristiano.
Desde los altos y espaciosos pórticos de aquel templo, veiamos á un mismo tiempo la calle Real, la hermosa plaza de la Concordia, las entenas y cables de un bergantin surto en el Sena, y uno de los palacios que adornan la otra orilla del rio.
No es una vista pintoresca y expresiva, como las de Génova, como las de Nápoles, como las de Roma, como las de Granada, Córdoba ó Sevilla: no es una belleza italiana, griega, española; no es una naturaleza artística, por decirlo así; un arte naturalmente monumental, pero es una belleza grandiosa.
Avanzamos hasta el principio de la plaza y el espectáculo cobró mayores dimensiones. Hé aquí el boceto.
Dos fuentes riquísimas en escultura y agua, circuidas por una especie de celaje de polvo, porque tal es la impetuosidad con que el agua brota: en medio de las fuentes, un obelisco egipcio colosal: en torno á la plaza, grandes pedestales con las estátuas de las principales ciudades del reino, sembradas todas las distancias por gruesas farolas de bronce: hácia adelante, el Paris de la otra orilla del Sena, con su aspecto feudal, sus palacios que parecen castillos, sus casas y sus árboles corpulentos y verdes: hácia atrás, los dos palacios que limitan lateralmente la calle Real, y en su fondo el gran templo de la Magdalena, circuido de suntuosas columnas estriadas: á la izquierda, el jardin de las Tullerías, dividido por una verja, coronada á intérvalos de águilas doradas, entre dos pedestales que sostienen caballos de mármol; luego un surtidor del jardin que arroja el agua á la altura de un cuarto ó quinto piso, formando mil ondulaciones caprichosas á impulsos del viento; despues varias calles de árboles simétricos, á través de otras fuentes, hasta cerrarse el horizonte con la fachada del palacio imperial, corriendo una extension de novecientos á mil pasos: á la derecha, los campos Elíseos, por entre cuya hilera de árboles se dilata la vista, hasta detenerse en el arco triunfal de Napoleon, creacion enorme de la riqueza y del entusiasmo.
Luego que hubimos satisfecho los primeros conatos de admiradora curiosidad, paseando los ojos tardíamente sobre aquel grandioso panorama del arte humano, no del arte francés, digimos á nuestro necesario fiacre que nos llevara al arco de la Estrella.
Un coche es aquí un personaje de primera categoría, la gran carta de recomendación y el gran amigo del extranjero.