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Un paseo por Paris, retratos al natural cover

Un paseo por Paris, retratos al natural

Chapter 16: II.
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About This Book

Un viajero español relata sus impresiones de París durante una estancia de aprendizaje, organizando apuntes en secciones sobre el paisaje moral y lo curioso de la ciudad, con reseñas de monumentos, costumbres, modas y escenas cotidianas. Combina descripción de lugares y paseos con juicios sobre maneras francesas, la frivolidad y la apariencia social; ofrece anécdotas y observaciones sinceras y a veces mordaces, procurando registrar con ingenuidad lo que ve, siente y piensa para presentar un retrato directo y personal de la urbe y sus hábitos.

Esperanza y misterio, hé aquí el carácter esencial, el sentido íntimo, el alma del arte religioso.

No sé matemáticamente lo que espero, pero sé que espero. Fuera de aquí, fuera de este horizonte indefinible, no hay epopeya para el arte de la religion.

Viene el arte griego, y lo llena todo de luz, lo hace todo brillante, espléndido, provocador, casi lascivo. No; eso es el altar de una Vénus, el festin de unas bodas, una romería, un teatro. Ahí todo se toca, todo se ve, todo se concibe, todo se adivina. Esa no es la casa de Dios, porque ese Dios es la sombra augusta del universo, el augusto arcano de la vida, el portento que ninguna mente puede explicar, el abismo que ninguna sonda puede medir, y aquel festín griego, aquellas bodas, aquella alegría, no trae á mi imaginacion la idea del abismo, del portento, del arcano, de la sombra, de aquellas tinieblas sublimes; no trae á mi pensamiento la idea de Dios, el rumor vago, indefinible, poético y armonioso del espíritu universal. Ese arte, tan excelente para las formas, es absolutamente nulo, no sirve, para la metafísica religiosa del espíritu.

Y no tenemos más que concentrarnos por un instante, para comprender lucidamente la verdad de esta teoría.

Cuando nuestra vista no alcanza un objeto, ve sombra; es decir, no ve, porque el no ver consiste en no ver luz, y el no ver luz no es otra cosa que ver tinieblas.

Esto mismo sucede á nuestra alma, cuando no comprende un pensamiento. El pensamiento que no comprende, se la presenta oscuro, vacilante, sombrío, tenebroso. El horizonte de la sombra comienza en donde termina el horizonte de la luz, como sucede á nuestros ojos.

Nuestra alma no comprende, no se demuestra, no se explica matemáticamente la esencia de Dios, se encuentra sin la luz del dia en esa atmósfera inconmensurable, y viene la sombra de la noche; huye la evidencia y se da de cara con el misterio. Y este misterio y aquella sombra vienen á explicarle, lo que no han podido explicarle aquella luz y aquella evidencia. De modo, que en el arte de la religion, hace la sombra lo que hace la luz en el arte gentil; en el arte del espíritu, hace el misterio lo que en el arte de la forma hace la evidencia. Lo que allí es alegría, es aquí tristeza. Lo que allí es dolor, es aquí placer. Allí se rie cuando aquí se llora, y allí se llora cuando aquí se rie.

Por esto sucede que no me gusta oir en una iglesia la música de Donizzeti, ni de Bellini, ni de Verdi. Á una iglesia no vamos á buscar el sentimiento de lo apasionado, de lo marcial, de lo atrevido, de lo voluptuoso, sino el sentimiento de lo solemne, de lo majestuoso, de lo augusto; más claro, el sentimiento de lo sublime, la emocion del patético, porque la idea de una suprema causa es el patético por excelencia. En una iglesia no quiero encontrarme al amante, al poeta, al caudillo, sino á mi creador. No me gusta encontrar allí mi genealogía humana; para eso iria al teatro; quiero encontrar mi genealogía divina, porque para eso voy á la iglesia. Y ahora me explico por qué me gusta más, cuando estoy en un templo, la música del Norte, la música germana. Y me explico tambien, por qué dos versos de la poesía inglesa, de la poesía sajona, de la poesía scita, esto es, de la poesía del Septentrion, me gustan más, muchísimo más, que todo lo que ha dicho la poesía italiana, inclusa la majestuosa poesía del Dante, acerca de un principio supremo.

Al describir la formacion del mundo, pinta un poeta inglés al supremo Hacedor ocupado en aquella portentosa tarea, y dice que da fin á la creacion, poniendo alrededor de su trono la majestad de la sombra.

    Y pone alrededor del trono excelso
    La augusta majestad de las tinieblas.

Esto es poesía religiosa; estos dos versos valen más, en este sentido, que toda la divina comedia del Dante. Eso no es hablar ni del mundo, ni del hombre; eso es hablar de Dios, de un Dios grande, inmenso, prodigioso, guardado por un velo, recatado por una nube, porque se habla de un Dios incomprensible por su grandeza, por su excelsitud, por su gloria, por su maravilla, por su poder; un Dios que no es tan Dios por lo que de él se sabe, como por todo lo que se ignora; un Dios que es menos Dios por su magnificencia que por sus arcanos; menos por la luz que hierve en la esfera del astro, que por la sombra que pone el poeta alrededor de su trono, aquella sombra que es el arte infinito de la eternidad.

La fábula es magnífica, porque es brillante.

Nuestro Dios es magnífico, porque es sombrío; es brillante, porque tiene alrededor de su trono la majestad de las tinieblas. No brilla para nuestros ojos, sino para otros ojos que hay más adentro, mucho más adentro; unos ojos que ven más allá, y que siempre ven, porque cuando no ven una luz, ven una sombra: cuando no ven, adivinan, creen y esperan.

En fin, ahora comprendo con seguridad, por qué este San Sulpicio me gusta más que el Panteon y la Magdalena, como arquitectura religiosa, como arte cristiano, como teología, como espíritu. Aquí hallo ese horizonte vago, indefinible, oscuro, patético, solemne, augusto, que está en armonía con el pensamiento de Dios, con aquella creacion austera, imponente y sublime, con aquellas tinieblas majestuosas de que rodea el poeta al excelso trono.

Hemos comido en el restaurant de Santa Teresa, en donde despedimos al cochero; luego hemos paseado por el jardin del palacio Real, nos sentamos durante hora y media, haciendo tertulia al venerable Lesperut, y volvemos á casa despues de las once.

—¿Qué hará Luisa? dijo mi compañera, al entrar en la calle de
Buenavista.

—Acordarse del estudiante de Estrasburgo, contesté yo.

—Es verdad, repuso mi mujer; pero la lechera nos aseguró que estaba más tranquila.

—¡Ah! El volcan no aparece cuando no arroja lava; pero cuando no la vomita, la lava arde dentro. ¿Cómo quieres que olvide en una hora, el recuerdo más poderoso de su vida, la emocion más profunda de su existencia? Si el estudiante se presentase á ella, jurándola amor y fidelidad, Pisa, Paris, Francia, Italia, el universo entero, desapareceria ante los ojos de esa desdichada.

Pero, en fin, como dijo uno de nuestros antiguos trovadores:

    El dolor hay que sufrir,
    Pues plugo á Dios decretar
    Que cause pena llorar
    Para que agrade reir.

Para mañana tenemos un plan nuevo.

=Dia vigésimo primero=.

Noticias de España.—Recogida del Cristianismo y el
Progreso
,—Reflexiones.—La mujer vestida de negro.—Restaurant de
Vefour.—Mr. Guizot.—Un ataque imprevisto.—Banco de Francia.

Mi querido lector, aquí nos tienes con el moco caido á mi mujer y á mí. Hemos recibido cartas de España, y con ellas la infausta nueva de que el gobierno ha mandado recoger una obra mia, una obra de mi particular cariño, en la cual fundaba por ahora todas mis esperanzas de subsistencia, porque en ella habia invertido todos mis recursos. En un dia, en una hora, he perdido diez años de estudio (diez años que me cuestan el sacrificio de mi salud) sin contar dos mil duros en que consistian mis penosísimos ahorros, y sobre quince mil reales con que me ayudaron algunos excelentes amigos. ¡Vuelta á empezar! ¡Cómo ha de ser!

La obra de que hablo es el CRISTIANISMO Y EL PROGRESO.

Mi mujer calla; pero me mira con un aire que quiere decir: ¿no te lo dije? ¿Quién te obliga á meterte á redentor, cuando no eres el Mesías prometido? Yo callaba, pero miraba á mi compañera con una expresion que equivalia á la siguiente: mujer, no hables de lo que no comprendes; no hables de un asunto que es tan superior á tu inteligencia y á tu sentimiento. Hay muchas cosas que parecen errores de nuestra conducta, y que son verdades de conciencia, inspiraciones inevitables de un deseo virtuoso, sobre las cuales debe correrse un velo de misterio y de veneracion. Si los hombres no salieran del círculo en que obran como hijos, como padres y como esposos; si no salieran de la familia; si no pisaran los umbrales del mundo; si no les agitara ese algo grande, inmenso, providencial, con que nos llama el pensamiento de la ciencia, del arte, de la moral, de la religion; si ese espíritu heróico no moviera al hombre; si esa especie de fiebre sagrada no diera calor á nuestra sangre; en fin, si ese algo celeste é incomprensible no nos gobernara á despecho nuestro ¿qué seria de la vida humana? ¿Qué seria del mundo? Arrancad del alma del hombre aquel pensamiento, y la historia será un cadáver, y la tierra será un erial; más que un erial, más que un desierto, más que un páramo: será una sepultura; la sepultura de aquel difunto. Arrancad del alma del hombre ese llamamiento indefinible, esa última y suprema expresion de la vida, esa prodigiosísima escala de Jacob que une la tierra al cielo; esa escala por donde subimos á la cúspide de todo lo creado; esa cúspide desde la cual comprendemos y miramos á Dios; arrancad eso de la humanidad, y Babilonia no tendrá su Semíramis, ni el pueblo Israelita su Moisés, ni la India su Budda, ni la China su gran Confucio, ni la Persia su venerable Zoroastro; quitad eso, y Leonidas no acude á las Termópilas, ni corre Temístocles á Salamina, ni el noble y virtuoso Arístides se hace eterno en Platea, ni el humilde poeta Simónides, solo, con la frente caida y los ojos húmedos, escribe en el campo, sobre una piedra tosca, las siguientes palabras que oyó temblando toda la tierra: caminante, ve á decir á Esparta, que hemos muerto aquí por obedecer sus santas leyes: quitad eso, expulsad ese huésped del mundo, y la Italia latina no tendrá un Scébola en la tienda de Pórcena, ni un Scipion en Africa, ni un Ciceron en la tribuna, ni un Régulo en el Senado, ni un Julio César en todas partes. Haced que se apague esa voz con que nos llama el mundo, á nombre de la Providencia, y la Suiza no adorará el polvo de su Guillermo Tell, ni la Inglaterra nos hablará de Cromwel, ni la Francia pronunciará respetuosa el nombre querido de su Juana de Arcos, ni la libre y valiente España saludará entusiasta los manes sangrientos de un Padilla; los manes sangrientos tambien de una mujer que me estremece el alma; una mujer tan valerosa, tan cristiana, tan tierna y tan ferviente; una mujer tan noble y tan hermosa; una mujer que vale tanto como una nacion; Mariana Pineda. Arrancad del hombre la fe invisible que palpita en el corazon de esa mujer inmensa, de ese dia de gloria y de infortunio para nuestro país, y Galileo no dirá al mundo escandalizado que él siente que la tierra se mueve bajo sus piés; ni la ardiente mirada de Copérnico, surcando el éter, como el águila surca el espacio, volará á la esfera celeste y robará á los astros su ciencia y sus prodigios: ni un hombre colosal, fabulosamente colosal, colosalmente grande y atrevido, medirá la extension de los mares y de la tierra con el infalible compás de su genio, ni su milagrosa voluntad domará las olas del Océano desde una frágil caravela; ni un poeta sencillo; ni un romancero oscuro, ni un pobre manco, pondrá la mano sobre el papel, entre las sombras de una cárcel, para admirar al universo con el primer libro que han escrito los hombres: Miguel de Cervantes Saavedra no hubiera escrito su ingenioso Hidalgo. En fin, quitad eso, arrancad al mundo la sublime corona del mártir, y un monte de Judea no presenciará, en un dia nublado y misterioso, la redencion de la humanidad á costa de pasion, de suspiros y de agonía; á costa de un madero empapado en sangre; á costa del primer sacrificio de la tierra. Quitad eso, y el monte Calvario no verá al Nazareno pendiente de una cruz, y á la Vírgen María pendiente de los clavos del Nazareno. Arrancad esa sangre y esas lágrimas sacratísimas del alma del hombre, y le arrancareis casi toda su alma. Verdad, verdad santa, pobre diosa destinada á sufrir y llorar por todos nosotros; destinada á sacrificarse por todos los hombres, y á recibir en cambio la burla y el insulto de los mismos que tú redimes con tus dolores; tú que has sido quemada en tantas hogueras; tú, que con la cabellera tendida por la espalda, vestida de luto y con los ojos húmedos y encendidos, subiste tantas veces la escalera infame de tantos cadalsos; tú, envenenada en Sócrates; crucificada en Jesucristo; ajusticiada en la doncella de Orleans; cargada de hierros en Colon; muerta de miseria en Cervantes; pobre diosa, vive y llora, llora y triunfa, porque tú triunfas aún cuando lloras! Te envenenan en Sócrates, pero te haces inmortal en su filosofía; te crucifican en Jesus, pero trescientos millones de hombres caen de rodillas ante el Evangelio; te ajustician en Juana de Arcos, ó en Mariana de Pineda, pero la fe de esas dos víctimas ilustres te da una corona; te matan de miseria en Cervantes, pero llenas el mundo con su Quijote; te cargan de cadenas en Colon, pero los oleajes y las brisas del Océano aturdido, nos traen vagamente el rumor y el saludo de cien millones de criaturas. Te escarnecieron en Colon; pero ahí tienes esas Américas. Te escarnecieron en el poeta, pero ahí tienes su inmensa poesía. ¡Verdad! ¡oh verdad adorable! ¡vive y llora! ¡llora y triunfa! ¿Qué importa que un hombre tan pequeño como yo, sea un poco de aloe quemado en tu altar? ¿Qué importa que un hombre tan pequeño se sacrifique por una creacion tan grande? ¿Qué importa que un pedazo de piedra se deshaga, bajo el peso de una fábrica tan colosal? ¡Adelante! Un gobierno me quita el CRISTIANISMO Y EL PROGRESO; Dios, que es más providente, más justo, más caritativo y más grande que todos los gobiernos reunidos, me abrirá camino por otro lado.

Esta duda desola á mi mujer.

—¿Qué harémos? me dice.

—No te aflijas, le contesto yo. El gobierno no me puede quitar ser escritor público, ni puede impedir que haya muchos hombres que sepan leer en el continente y en las Américas. No te apures. Vístete y vamos. En último término, nadie puede evitar que yo acabe como Licurgo.

—¿Qué sucedió á Licurgo? pregunta mi mujer.

—Se murió de hambre.

Mientras que mi mujer se disponía para salir, abrí las maderas de uno de los balcones de nuestra habitacion, y me asomé, como si quisiera distraerme de la amarga memoria de la recogida del CRISTIANISMO Y EL PROGRESO, porque ha de saber el lector que el valor de la obra no bajaba un maravedí de seis mil duros. ¡Cuántas vigilias, cuántos trabajos y cuántos dolores de cabeza, no van envueltos en esa suma, una suma casi fabulosa para un escritor español! Paciencia y barajar, como se dice en nuestro país. Estoy asomado al balcon, y al inclinar la vista un poco hácia la izquierda, casi frente por frente, á través de los vidrios de un balcon principal, veo una mujer vestida de luto, jóven, muy blanca, más blanca de lo que realmente es, porque va vestida de negro. El corazon tiene indudablemente su fluido eléctrico, y sólo así se explica el que yo me sintiese atraido, invenciblemente atraido, por una corriente magnética. Esto de la corriente magnética es un cálculo mio; pero algo ha de ser, y yo echo las cargas al magnetismo. Me fijé más, y aquella mujer me pareció de un aire distinguido: es decir, me pareció lo que se llama generalmente una señorita. Me fijé más aún, me fijé con el tenaz ahinco de una curiosidad entre novelesca y compasiva, entre parisiense y cristiana, y llegué á distinguir que aquella mujer tenia apoyado el codo derecho sobre uno de los quicios de las maderas, mientras que dejaba caer el rostro hácia adelante con un descuido tal, que su aliento empañaba los cristales. Miraba fijamente hácia un punto, miraba sin pestañear, como miran las momias ó los esqueletos. Esto quiere decir que no miraba á ninguna parte, lo cual quiere decir tambien que una idea poderosa tenia embargada su imaginacion. Hay ciertas pasiones que, sin quitarnos el movimiento, nos ponen enteramente paralíticos. Estirando mucho la retórica, tal vez podria decirse que son parálisis del corazon. Sea de esto lo que fuere, lo cierto es que aquella mujer está preocupada, está triste, muy triste. Algo llora, ó algo espera. Yo, adelantando el discurso, como sucede en tales casos, creí leer en aquel bulto negro una historia de amores y de penas, aunque historia de penas debe ser siendo historia de amores. El amor es sin duda alguna lo que cuesta más penas en este mundo. Yo llamé á mi mujer, que se ponia ya el sombrero, y la dije lo que habia observado. Mi mujer miró; pero no es ningun lince en materia de vista, y no distinguió á la jóven que estaba detrás de los cristales. Ambos convinimos en que preguntariamos á la mujer que nos traia la leche por la mañana, á fin de adquirir las noticias posibles sobre esta aventura. ¡Gracias á Dios! ¡Gracias á Dios, lectores mios, que algo nos llama, que algo nos liga, que algo nos atrae y nos interesa, en esta ciudad en donde somos dos postizos! Indudablemente, ¡cosa extraordinaria! sin embargo de ser Paris una ciudad tan iluminada, tan brillante, tan prodigiosamente espléndida, sin embargo de ser un coquetismo tan fastuoso y deslumbrador, no nos inspira poéticamente, como nos inspira cualquier ciudad de España, de Italia, de Suiza, de Grecia, de Oriente; como nos inspiran tambien los caseríos del Norte, dejándonos ver entre rocas y nieves sus chozas húmedas, cubiertas de limo verdoso, que como si fueran peñascos negros, parecen estar incrustadas en las laderas de un monte sombrío, ó quizá en los bordes de un abismo insondable. Digo que Paris (perdóneme el brillante novelista Dumas) no nos inspira esas bellas quimeras, con que la fantasía nos arrebata en otros países, y esto deberá proceder de que en donde todo es artístico, no tiene inspiracion el arte. En donde todo es mágia, no tiene oficio el mago. Por esto tal vez me siento como despegado de esta preciosísima ciudad, de este preciosísimo dige. Ando por deseo y por necesidad de saber; no por la esperanza poética de sentir. Se mueve mi cabeza, están parados mi fantasía y mi corazon. Todo lo que veo por aquí, me lo voy explicando á mi manera, y el hombre no adora lo que es capaz de explicar y de comprender. El hombre no adora sino misterios, y si misterios hallo por estas tierras, no son misterios muy adorables. Así sucede que mi curiosidad por ver las cosas de Paris se va resfriando, á medida que me convenzo de que esto es un teatro en que todos se proponen engañar culta y graciosamente. Lo digo sin rebozo; seré un africano bravío, un hombre montaraz; pero casi, casi me va fastidiando este enorme bazar de sonrisas, de genuflexiones, de perdones, de gracias: esta exposicion universal de exageraciones y de bicocas. Pero no digo bien; me fastidiaba antes; ahora no. La pena que creo ver escondida en aquel bulto negro, la lágrima que me parece adivinar á través de aquellas vidrieras, me reconcilia con toda esta magnífica farsa.

—Vamos, me dijo mi mujer.

—Vamos, contesté yo, y nos dimos á bajar la escalera. La mujer que vende la leche, está tres puertas más abajo de nuestro hotel. Luego que nos vimos en la calle, miré hácia el balcon de nuestra incógnita. El bulto negro, aquel bulto que parecia un sudario puesto de pié, estaba allí inmoble. ¡Pobre mujer! ¿Qué la sucederá? Esto exclamaba yo interiormente, cuando llegamos á la puerta de la lechería, y ambos entramos sin decirnos palabra, como llevados por un sentimiento comun. Yo hice á la patrona de la casa varias preguntas sobre la jóven, con todo el sigilo y refinamiento que me acudió; pero ¡triste de mi! no me valió aquella diplomacia.

—¡Qué curiosos sois los extranjeros! dijo sonriéndose madama Fonteral, que así se llamaba la lechera. Luego añadió, dando á la aventura la importancia de un cuento: hace cosa de dos meses y medio que esa jóven vino á ocupar uno de los pisos principales de ese hotel, en compañía de un mancebo muy guapo (d'un brave garçon) que parecia ser su marido ó su hermano. Pero desde algunas semanas á esta parte, la veo siempre sola; el hermano ó el marido no parece nunca por el hotel, y la pobre señorita (mademoiselle) está muy triste.

—No tengais cuidado, añadió vivamente frotándose las manos, y como anticipándose á mis intenciones; yo hablaré con mi vecina la dueña del hotel, y todo lo sabrémos.

Agradecí lo mejor que supe su benévola oferta á la buena madama Fonteral, y emprendimos nuestro camino hácia el restaurant que nos acomodara. Estos detalles anteriores son necesarios para que sepan los lectores todo lo ocurrido en la aventura de Luisa. Estábamos cerca del Palacio Real, y aún no nos habiamos decidido. Entonces hice alto, y detuve á mi preocupada compañera; preocupada, no tanto por la jóven vestida de negro, como por la recogida del CRISTIANISMO.

—Mira, la dije, nosotros somos españoles, y es necesario que no olvidemos los usos y costumbres de nuestra tierra. El gobierno nos ha recogido la obra; nos ha secuestrado seis mil duros. Pues á donde va el mar, que vayan las arenas. Hoy almorzarémos en el célebre restaurant Vefour, que pasa por ser el primero de Paris, y de este modo tomamos revancha de la cicatería del gobierno.

—Cuando más apurados, más gala, contestó mi mujer entre amostazada y risueña, y me impulsó con su brazo hácia adelante.

A los tres minutos nos hallábamos á la puerta del famoso restaurant Vefour, que ocupa casi el centro de la fachada Norte del Palacio Real, al lado de los Hermanos Provenzales, que tienen tambien un restaurant de primera tijera. Sin embargo, Vefour pasa, como si dijéramos, por el príncipe de los fondistas de Paris. Es aquí lo que es en Madrid la fonda del Cisne ó la casa de Lhardy. Subimos con el posible coquetismo la anchurosa y elegante escalera del célebre fondista, del héroe Vefour (la fama es en Paris una verdadera heroicidad) y cátanos á poco en el primer piso. Entramos…. ¡Dios nos asista! Si no hubiera sabido que me encontraba en una fonda, es seguro que me hubiera quitado el sombrero. La sala principal es una pieza régia, y podria servir perfectamente para salon de embajadores. Dicho sea en honor de la verdad; la primera impresion es fascinadora. En mi vida he visto un comedor que se le parezca. Pero pasada la primera impresion, herido una vez el sentimiento de lo maravilloso, que tanto puede y que tanto influye en la imaginacion del hombre, sucede con esto lo que con los aromas. Un poco de perfume embalsama el aire, parece que nos suaviza el pulmon, que refrigera nuestra sangre y que da aliento á nuestro espíritu. Pero luego que el perfume es demasiado, luego que carga ya el ambiente, ahoga. Un poco de magnificencia, un fausto con cierta sencillez y elegancia, gusta; pero inmediatamente que se prodiga; inmediatamente que la cosa es más magnífica, más opulenta, más fastuosa de lo oportuno, parece que se agobia la fantasía; parece que sentimos un peso sobre la cabeza; cierto peso que nos oprime y que nos obliga á suspirar. El salon en que estamos ocupa todo el cuerpo del edificio, de Norte á Sur. Tiene balcones á la calle y al patio del Palacio Real, un patio que es todo un lindísimo paseo, con árboles, glorietas y fuentes, y cuya extension excede acaso á la de la Plaza Mayor de Madrid. El pavimento de la sala es casi trasparente; las paredes están tapizadas de un rico papel de terciopelo, con cenefas doradas; en el techo, altísimo, abovedado, majestuoso, campean alegremente cien brillantes figuras pintadas al fresco.

Volví una mirada furtiva al ajuar de la fonda, y la ilusion era perfecta. Sillas de tapicería de terciopelo encarnado, como el papel, mesas lustrosas, manteles blanquísimos, platos de china, vajilla de plata, garçones de corbata blanca y frac negro…. ¡Champeaux! ¡Champeaux! Esta fué la terrible palabra que acudió á mi magín, haciéndome temblar. Mi mujer me oprimia del brazo, como si quisiera decirme que nos fuéramos, y viendo que yo me resistia, me dice en voz muy baja:

—Esto va á ser la segunda parte de Champeaux, más lastimosa y trágica todavía.

Yo la apreté su brazo con el mio, queriéndola significar que ya sabia que me hallaba en una maroma, y que procuraria equilibrarme para no caerme. Nos sentamos en el ángulo de la izquierda, casi tocando la ventana que da vistas al paseo del Palacio Real. Dirigimos una mirada diplomática á los paseantes, á las glorietas, á las flores, á las fuentes, y en aquel momento nos creiamos duques ó grandes de España. ¡Sólo que el bolsillo estaba asustado!

Un emperegilado garçon que, desde nuestra entrada nos habia seguido la pista á la conveniente distancia de respeto, se aproxima por fin á nuestra mesa.

¿Qu'est-ce que vous voulez, monsieur? (¿Qué manda usted, señor?)

Attendez, s'il vous plaît. (Sírvase usted esperar un poco) le contesté yo en tono distraido y ceremonial. Aquello era una especie de banquete de Estado, y era preciso no echarlo á perder. Me saco los guantes con mucha pausa, digo unas palabras á mi mujer sobre la gravedad y circunspeccion que debe guardar en estas alturas, mi mujer se quita el sombrero con el mayor aplomo…. El garçon esperaba muy complacido. Nuestra prosopopeya le impresionó perfectamente, y no podia suceder de otro modo. Nuestra estudiada coquetería es un género de este país, un afeite de este tocador; era otra especie de restaurant Vefour, en una palabra, era un relumbron, y por fuerza tenia que gustar en el pueblo de los relumbrones.

—Decididamente, exclamaria el mozo para su sayo: este es algun embajador de la república de la Plata, ó cosa así.

Mi mujer, sin volver la cabeza (estaba de espaldas al criado), le alargó el sombrero; yo le dí el mio y el baston, y mientras que el mozo iba á colocar dichos objetos, mi mujer y yo nos miramos y nos sonreimos. ¡Ancha es Castilla! ¡Hoy nos tocó! ¡Hoy somos marqueses!

—Escucha, dije muy aprisa á mi mujer, de manera que el mozo, que ya volvia, no pudiese oirme. No muestres maravilla delante del garçon, por nada de lo que aquí veas, aunque sea un elefante vestido de mona. Si él conoce que esto nos asombra, se lo dirá al amo, y el amo nos planta en la cuenta diez ó doce francos por el asombro. Aquí se paga todo objeto de fantasía; la admiracion tambien. ¡Gravedad y palabras entrecortadas y confusas, de tal modo que nosotros mismos no nos entendamos!

Mi mujer soltó una carcajada española de más y mejor, y el mozo que estaba inclinado hácia nosotros, se puso derecho como un huso.

—¡Garçon!

—¡Monsieur!

Portez-nous deux couverts de six francs chaque, s'il vous plaît.—Sírvase usted traernos dos cubiertos de á seis francos cada uno. Esto se lo dije ahuecando mucho la voz, casi balbuceando las palabras, y mirando distraida y desdeñosamente hácia el paseo del Palacio Real. El garçon hizo un movimiento de cabeza, y desapareció como un rehilete.

—¡Por Dios, no te rias! dije á mi mujer que ya empezaba á fruncir los labios.

A poco vuelve el mozo con los preparativos, seguido de otro mozo que traia los entremeses, y de un tercer mozo que traia tambien no sé qué cosa. Me dirigieron varias preguntas, me invadieron de varios modos, me hablaron de diferentes frutas, vinos y licores; pero yo me parapeté acérrimamente, y no habia santos del cielo que me sacasen de mis aspilleras. ¡Merci! ¡Merci! contestaba yo á diestro y siniestro á todo lo que me proponian.

¿Voulez-vous Champagne? ¿Quiere usted vino de Champagne?

—¡Merci!

¿Rhin?

¡Merci!

¿Château-amer?

—¡Merci!

¿Voulez-vous?…

—¡Merci!

Mucha pulcritud, mucho hacer que hacemos, platos muy bonitos, mucha salsa, mucho adobo, muchos requilorios; pero … hemos almorzado muy medianamente. Á todo este almuerzo, hubiéramos preferido á no dudar un plato de callos de los ventorrillos de Madrid. ¡Lógica portentosa del temperamento y del carácter! El lavar la cara, el disfrazarlo todo, el dar á todo un contorno exterior que agrade á los sentidos, la mogiganga parisiense, el inexorable palaustre, ha entrado aquí hasta en la cocina, como dije en otro lugar.

Engañar con bellas apariencias; engañar de modo que el engañado se vaya contento; organizar ese engaño agradable, hasta el punto de convertirlo en arte, en ciencia, en moral, en historia, en industria, en comercio, en oficio, en costumbre, en trato social, en todo, absoluta y estrictamente en todo, hasta en política, hasta en religion: hacer de ese engaño ingenioso todo un poder, un poder grande, dominador, universal; hacer de un engaño casi un genio, un genio que se pasea en triunfo por todo el globo; hé aquí el maravilloso secreto de esta curiosa é indescriptible sociedad.

A pesar de mi resistencia á todos los asaltos del mozo, me cogió un par de francos con una chuchería, más uno de propina por las reverencias que nos hizo. El almuerzo nos cuesta cerca de tres duros, y si me hago de miel, no baja un ochavo de tres onzas.

Ya de pié, preguntó al garçon, que podria ser hombre de cuarenta y cinco á cincuenta años, si recordaba algun convite célebre, dado en aquel establecimiento.

—He conocido varios, me contestó; pero el más lujoso fué el que dió, á poco de abrirse el restaurant, un embajador ruso á todo el cuerpo diplomático extranjero. Cada cubierto salió por más de mil francos (doscientos napoleones), y pasaban de ochenta los convidados. Entre los diferentes vinos que se sirvieron era uno de ellos de una casa de Alemania, única en el mundo que lo tiene, cuya botella valia quinientos francos.

—¡Sopla! exclamé yo, mirando á mi mujer. Pues si ha tenido algunos convites como ese, bien puede el tal Vefour tener el riñon, bien cubierto.

Au revoir, garçon. Hasta la vista, mozo.

Au revoir, monsieur et madame. Hasta la vista, caballero y señora.

Y mi mujer me decia en voz baja:

—Sí, como tenga que esperarnos, bien tendrá tiempo de echarse en remojo.

Bajamos sonriéndonos la brillante escalera, y hénos otra vez en la calle, camino del paseo del Palacio Real. Al incorporarnos á un obrero que venia hácia nosotros con su mujer, oigo que aquel hombre la dice:

¡Parbleu! Si tu savais qui est celui-lá. ¡Voto al chápiro! Si tú supieras quién es aquel.

Me volví como un rayo para ver á quién señalaba, y en efecto vi que miraba á un caballero que iba por la acera de enfrente. Cuando yo me volví, el caballero pasaba ya, de modo que no pude verle sino de espaldas. Era más bien bajo, algo grueso, casi rechoncho, de patillas negras muy largas. Digo muy largas, porque le sobresalian á uno y otro lado, de tal modo, que alcancé á vérselas, aunque me cogia de espaldas, como he dicho. Me quedé parado, observándole, calculé, y por instinto resolví que debía ser M. Guizot. Me llego al menestral, contra el deseo de mi mujer que me tiraba fuertemente del brazo, y le suplico que tenga la bondad de decirme quién era el sujeto en cuestion. El menestral me dió las noticias que deseaba con la mayor amabilidad.

M. Guizot me perdone. ¡Pobre M. Guizot! El personaje de que se trataba era un prestidigitador, que tenia un teatro ó cosa parecida, en los alrededores del Odeon. ¡Confundí á M. Guizot con un titiritero! Si lo supiera M. Thiers, y fuera ahora ministro, apostaria una oreja á que me regalaba el gran cordon de la Legion de Honor, y veinte cordones que tuviera á mano.

Dimos una vuelta por el paseo del Palacio Real, alargándonos hasta las Tullerías. Recorrimos la parte del Louvre en donde soliamos sentarnos con Lesperut, creyendo hallarle allí; pero no le vemos por ninguna parte. Hace pocos dias nos dijo que tenia un aneurisma en el corazon, que sentia morirse por instantes, y el no encontrarle aquí nos da escozores sobre su suerte. Creemos que si estuviera capaz de salir á la calle, no dejaria de asistir á la cita diaria. Recordamos que vive en la calle de Gît-le-coeur; pero no se nos ocurre el número. Nos volvemos desconsolados, y cuando hablaba todavía con mi mujer acerca de lo que podria suceder á nuestro buen amigo, me doy de cara con una persona muy allegada al Viejo Lesperut. El sujeto en cuestion nos dió noticias de él, y convinimos en que esta noche nos veriamos en el paseo del Palacio Real, cerca de una glorieta donde soliamos sentarnos. La conversacion entre los dos (entre la persona muy allegada á Lesperut y yo), tomó luego un sesgo entera y desgraciadamente distinto. Aquel sujeto no era digno del venerable anciano, cuyo nombre ofendia en aquel momento. Voy á decirlo con pesar; pero el lector debe saber cuanto me sucede punto por punto. Si algun encanto encuentra el lector cuando lea estos apuntes, sepa que ese encanto consiste en la ingenuidad casi infantil con que cuento lo que me ocurre.

La persona á quien nos encontramos, el sujeto muy allegado al noble y bondadoso Lesperut, acaba de abusar de nuestra amistad y de nuestro cariño. Si el honrado viejo lo supiera, sufriria un disgusto de muerte; pero, de seguro, no lo sabrá. Mi atribulado y afligido bolsillo lleva otro asalto algo mayor que el de Vefour; algo mayor tambien que el otro asalto del inolvidable Champeaux. Con estos asaltos, y con la recogida del CRISTIANISMO Y DEL PROGRESO, vive Dios que no dejaré de echar luz.

La persona allegada á Lesperut partió, y nosotros seguimos por la calle de Rívoli, á coger la Plaza de Vendome.

—¿Cuánto te ha pedido? me pregunta con grande y justa sorpresa mi mujer.

—Nada, contestó inmediatamente. No me hables sobre el particular.
Figúrate que ha sido una nube de verano; ya pasó.

Ahora nos dirigimos al Banco, con el fin de cobrar un billete de mil francos, y es el tercero que va de marcha. He hecho mentalmente el balance de mis fondos, y resulta que en el trascurso de dos meses, algo menos, he gastado sobre dos mil reales con que llegué á Paris, más dos billetes de á mil francos, sin contar cerca de cien duros que nos costó el viaje. De modo que desde nuestra salida de Madrid, hemos gastado, sobre seiscientos duros, la mitad exacta del capital que destinamos á la expedicion. Luego que gastemos diez mil reales, tendrémos que acudir al refrán castellano de á tu casa, grulla, aunque sea con un pié. He dicho diez mil reales, porque los dos que quedan, deben servir para el viaje. ¡Ay de mí, si por una casualidad nos robaran, ó perdiéramos el dinero! ¡Ay de mí, si mi mujer se viese sin dinero para volver á España, á su querida, á su adorada España! Si el nombre de España fuese masculino, casi, casi debería yo tener celos. Mi mujer ama su nacion con un fervor que raya en fanatismo. Probablemente lo diré en más de un pasaje de estos apuntes, porque es una pasion tan grande que no puede menos de causarme extrañeza.

Llegamos al Banco, atravesamos unos pasillos, penetramos en el salon donde se paga … ¡Santísimo Sacramento! ¡Esto no es un Banco; esto es un mar de oro. Pero perdóname, lector: me es imposible terminar hoy la larga reseña de este día. Encomendándome á tu indulgencia, te envio á mañana.

Día vigésimo segundo

Banco de Francia.—Consideraciones.—Comida,—Ocurrencia graciosa de un menestral.—Flor marchita.

Pues como ayer decía, el Banco de Francia era un mar da oro. En mi vida he visto tanta moneda junta. Bien que tratándose de tal cúmulo de metal, más fácil que verlo es soñarlo. Estaban haciendo la recaudacion de quinientos millones de francos para el establecimiento de Bancos agrícolas, segun me han dicho. Ignoro si allí habia los dos mil millones de reales á que subia la recaudacion; ignoro si en aquellas piras de oro se habian vertido seis mil doscientos cincuenta talegas de onzas; pero si no habia este número, habia tantas, que bastaban para asombrar al cristiano de más espíritu. Un hombre avariento pasaría allí el tormento de Tántalo; yo no pasé tormento alguno, sin embargo de que … la verdad, algunos deseillos me andaban escociendo por dentro. Siempre que vinieran por buen camino, de buena gana daría un pellizco á esos provocativos montones. Y eso que aborrezco, ó me hago la ilusion de aborrecer el precioso metal. Y me sucede que cuanto menos tengo, más le odio; de manera que lo odio sin duda … porque no lo tengo. Lo que odio es no tener. ¡En cuántas cosas nos sucede lo mismo! Esto es capaz de una ampliacion tan extensa, que casi viene á ser un sistema social.

Sí, lector mio, estúdiate á tí propio, sondea tu conciencia y tu corazón, y verás cuántas veces odiamos una cosa, porque no la tenemos. Luego que la tenemos, la amamos.

Yo cobré mi billete, los mil francos me parecian una bicoca en presencia de tanto metal, y me quedé estático mirando al coloso. El dinero es el coloso de nuestro siglo. Huyó la casta, y vino el billete. ¡Misterio terrible! decia yo para mí. Ese promontorio de metal amarillo no es la gloria, ni la heroicidad, ni el talento, ni la ciencia, ni el arte, ni la fe, ni la honra, ni la virtud, ni el vestido, ni el alimento, y con él se compra el alimento, el vestido, la virtud, la honra, el arte, la ciencia, el talento, hasta la heroicidad, hasta la gloria. Con ese metal que no piensa, que no siente, que no quiere, que no obra, con esa inteligencia idiota, con ese brazo inerte y tullido, con esos montones de oro se allanan montes, se ciegan golfos, se toman ciudades, se destronan reyes, se conquistan naciones, se queman imperios, se trastorna el mundo. ¡Cuántas transformaciones no podrian operarse, en el órden físico y moral, con esa pirámide de monedas, con ese metal sordo, mudo, ciego, inanimado; con ese espantoso misterio, amontonado ahí!

¡Oh Dios mio! ¡Qué bien has hecho en morar arriba; ahí donde no llega la mirada del telescopio; ahí donde no puede entrar ni la ciencia del sabio; ahí donde únicamente tienen entrada la virtud y la fe! De otro modo, Dios mio; si la mirada del telescopio pudiera penetrar en tu morada augusta, ese promontorio que tengo delante pondria andamios á través de la atmósfera, escalaria el cielo, y querria sentarse en tu trono inmortal. Pero no puede ser; tú eres más poderoso y más grande, infinita y santamente más grande y poderoso que el dinero, y tu eterna mano le marca un límite, como ha puesto una playa al mar.

Mucho puedes, promontorio terrible; mucho podeis, montones de oro que deslumbrais mi vista; yo mismo conozco cuán fascinador es vuestro poder; pero el orbe no os pertenece, la creacion no es vuestra, la armonía del universo, la verdad del hombre, el dogma incontrastable de la vida, el misterio de todo, el vuestro tambien, no está encerrado ahí. Sobre vosotros corre una catarata que todo lo inunda; á vosotros tambien. Sobre vosotros hay un espíritu que os llama idiotas cuando sois injustos, á vosotros, montones de oro, que ofuscais mi vista, á vosotros, que me teneis estático, como si contemplara un prodigio. Tú, metal terrible, compras la sublime Concepcion de Murillo, pero no la pintas; compras el Quijote, pero no lo escribes; compras el pensamiento de Santa Teresa, pero no lo creas, ni lo juzgas. Compras la chispa eléctrica, pero no sientes su calor divino; compras la flor sencilla y perfumada; pero no sientes su divino aroma. ¡Gime, tirano de mi siglo, gime! Sobre tí está Dios, Dios te aprisiona, como aprisiona las tempestades del Océano. Dios te ha puesto por barrera un espíritu, como ha puesto al Océano una playa.

Salimos del Banco, y notamos que el restaurant Vefour no ha dejado nuestros estómagos muy satisfechos.

Caminando al azar, como para sentir esa emocion vaga con que nos sorprende una ciudad que no se conoce, llegamos á la calle de los Pequeños Campos, y en una de sus travesías vimos un figon, que aquí tiene el nombre de rotisserie. En estos bodegones suele comer gente de poco pelo; pero la comida es de sustancia. Ya porque queriamos comer un buen asado, (roti), ya tambien porque queriamos experimentar el contraste á que da lugar este figon, comparado al vaporoso restaurant Vefour, resolvimos entrar, y entramos en efecto. La presencia de una señora con sombrero y vestido de seda, y la de un varon con sombrero de jipijapa, frac y guante, no dejó de causar cierta sensacion en las gentes que allí comian; pero al poco tiempo cada cual atendió á su plato, y nosotros quedamos libres de miradas y gestos.

Las mesas están mondas y lirondas; pero son de piedra roqueña, y no ofrecen nada que pueda repugnar. Las banquetas que sirven de sillas, no tienen más inconveniente que el ser más duras que el pié de Perico. En fin, nos sentamos….

—¿Qué gritos son esos? me dice mi mujer. Efectivamente, los mozos del establecimiento gritaban como unos energúmenos; pero un gritar rabioso, descompasado, que lastimaba las orejas. Aquella gritería descomunal era el resultado de una costumbre del establecimiento. En el momento en que el mozo oia lo que cada comensal le encargaba, lo anunciaba gritando desaforadamente como era necesario para que le oyese el cocinero, á una distancia de cuarenta ó cincuenta pasos. De modo que si pedian á un tiempo de comer varios comensales, los respectivos mozos gritaban á la vez; aquellos gritos se confundian y formaban un guirigay y un clamoreo que nos atolondraba.

Un mozo se llegó á nuestra mesa. Pedí dos chuletas de carnero.

¡Deux côtelettes de mouton! gritó el mozo con una bizarría de voz tal, que mi mujer estuvo á pique de dar un respingo. A poco estaban allí las dos chuletas, una racion de pan y una botella de vino Macon.

Luego pedí una racion de vaca á la moda, y el mozo grita como antes: ¡un beuf à la mode! Una racion de vaca al natural, y el mozo proseguia: ¡un beuf nature! Y una racion de habichuelas para mi mujer; y el bendito mozo continuaba con voz metálica y desquebrajada: ¡des haricots verts!

Al propio tiempo, semejante al centinela casi contínuo que se oye en una muralla ó en un campamento, se oia por todo aquel local el rumor múltiple y confuso de diez ó doce mozos que gritaban simultáneamente lo que los comensales pedian: ¡Un roti! ¡Des prunes! ¡Un bouillon! ¡Des alberges! ¡Du gibier! ¡Des abricots! ¡Des pommes de terres! etc. Un asado, ciruelas, un caldo, melocotones, caza, albaricoques, patatas, y así otras varias cosas; pero todo esto mezclado y como en tropel.

Aquello era á la vez comida y concierto vocal, sólo que la música hubiera podido suprimirse, sin profanar el polvo de Bellini.

El almuerzo nos ha costado lo siguiente: doce sueldos las dos chuletas; diez la racion de vaca á la moda, y la otra racion al natural; doce la botella de vino, dos el pan, cuatro las habichuelas, y cuatro de propina: total, cuarenta y cuatro sueldos, ó sea ocho reales y pico. ¡Qué diferencia entre este figon negro y ruin, y el espléndido restaurant de Vefour! Sin embargo, hemos comido mucho mejor por la sétima parte de dinero, sin contar el canto.

Durante nuestra expedicion de este dia, nos acordamos varias veces de la jóven vestida de negro, y apretamos el paso hácia nuestro hotel, ya con el fin de ver si podiamos lograr algunas noticias, ya tambien porque el dia declinaba y el frio comenzaba á molestamos.

Llegado que hubimos á nuestra calle, nuestra primera diligencia fué mirar al balcon de la incógnita; pero notamos con sentimiento que no habia nadie. Entramos luego en la lechería … todo nuestro gozo se cayó en un pozo. La patrona habia ido á San Club, y no venia hasta el dia siguiente por la tarde. Era necesario esperar veinticuatro horas.

Al salir de la casa volvimos á mirar al balcon; nada; ni un ruido, ni un movimiento. Aquello parecia un sepulcro. Sólo vimos una maceta con una flor marchita. ¡Agüero fatal! Las mujeres dichosas riegan las flores, y las flores están verdes y frescas. Aquella flor mústia del balcon es el vestido negro de aquella mujer, ó el vestido negro de la mujer es la flor mústia del balcon. El infortunio es lo que tiene en este mundo concordancias más peregrinas, y algo de verdad debe haber en la correspondencia que encuentro entre el luto del traje y el luto de la flor. Subimos á nuestra habitacion y abrimos las maderas de uno de los balcones, como para expiar los movimientos de nuestra misteriosa desconocida. Repetidas veces nos asomamos; pero fué inútil; nadie parecia en el balcon, ni nada tampoco se descubria á través de los vidrios. Así estuvimos más de hora y media. Entrada ya la noche, divisamos en la habitacion de la mujer vestida de negro el fulgor de una luz, que pasaba de una estancia á otra. Entonces cerramos las maderas, y mi mujer y yo exclamamos casi al mismo tiempo: hasta mañana.

No faltará lector que extrañe una curiosidad tan pertinaz y tan impaciente; pero debo decir en nuestro abono, que la curiosidad es aquí todo nuestro oficio, amen de que media una mujer, una mujer jóven, vestida de luto, sola, triste: una mujer que tiene flores mústias en su balcon; una mujer cerca de la cual debe caminar alguna sombra; una mujer que ha de ser desgraciada. ¡Ojalá que pudiéramos nosotros evitar su desgracia! ¡Ojalá que pudiéramos hacer su dicha! ¡Ojalá que pudiéramos hacer que estuviese verde y lozana la flor marchita de ese solitario balcon!

No tengais cuidado, mis queridos lectores. Mi curiosidad, mi impaciencia por esa pobre desconocida, es una impaciencia afectuosa y cristiana.

Mi mujer leyó un rato, y se acostó. Yo escribo hasta las tres de la mañana, aunque no quiero terminar, con perdon de mis párpados que se cierran, sin dar cuenta al lector de un chiste agudísimo que oí en el figon, á uno de los menestrales que allí comian.

A nuestra izquierda, habia una mesa rodeada de obreros, que sin duda acababan de comer. Ya de sobremesa, pasaban el rato en acertar charadas ó adivinaciones. Uno preguntó: ¿cuál es la cosa que más se pega? Este decia que era la resina; aquel que el alquitran; el uno que la cola; el otro que el aceite, el de más allá, que la trementina; el que le sigue, que la pez, y así cada cual decia su cosa. No, gritó uno con mucha fuerza; con resuelta seguridad; casi, casi con inspiracion. Nadie ha acertado, y diciendo esto, daba fuertes golpes sobre la mesa. Todos los comensales que nos pudimos enterar del juego, teniamos la cara vuelta, y esperábamos, con creciente curiosidad, ver en qué paraba el acertijo.

—Señores, dijo solemnemente el obrero que tenia la palabra, lo que más se pega en este mundo es el dinero.

Una carcajada espontánea y unánime, una general aclamacion de risas y de bravos, contestó á la ocurrencia del menestral. En efecto, es un chiste verdaderamente ingenioso, salado, de buena ley.

=Dia vigésimo tercero al trigésimo=.

Versos.—Asesinato de la calle del Duque de Alba.—Mataderos públicos. —Monte-Pio.—Hospicios y hospitales.—Locos del Sena.—Movimiento de la poblacion.—Casamientos.—Caja de ahorros.—Caja de descuentos. —Presupuesto de Paris.—Consumos.—Aduana.—Sociedades mercantiles. —Ferro-carriles.—Correos.—Presupuesto general.—Comercio.—Deuda pública.—Estadística de Inglaterra.—Palacio Real.—Bolsa. —Tullerías.—Louvre.—Luxemburgo.—Inválidos.—Panteon.—Luisa.

Han pasado ocho dias, y tengo tantas cosas que decir, que no sé por donde comenzar. Mi ida á Sevilla, en un término más ó menos próximo, es cosa resuelta, y por una elaboracion de la fantasía, independiente de la voluntad, he compuesto á mi tierra natal unos malos versos.

Sé muy bien, sé y conozco perfectamente que no debo al cielo el don de poeta; sé que no se agita en mi alma ese divino espíritu, esa especie de delirio sagrado. Al insertar en estos apuntes aquellos versos, no los ofrezco como una gala de imaginacion, ni como una muestra de poesía, (¡Dios me libre de tan necio orgullo!) sino como un testimonio de mi cariño á la hermosa ciudad, en donde me cupo la ventura de nacer. Además de los versos á Sevilla, he escrito un entremés casero para el album de una amiga nuestra de Madrid, la cual ha escrito á mi compañera, exigiéndola el cumplimiento de la palabra que mi mujer la dió, hace más de un año. Mi compañera me puso asedio, y los lectores que sean casados, comprenderán que quiero decir: ha sido necesario ceder.

En estos ocho dias hemos recibido cartas de España, en que se nos habla de un asesinato cometido en la persona de un prestamista, que vivia en la calle del Duque de Alba, esquina á la de los Estudios. Los asesinos son una mujer, llamada Manuela Bernaola, y tres hombres, llamados Ignacio Cabezudo, el Feo y el Pequeño. Con este motivo, he leido los periódicos de Madrid, y he encontrado noticias tan extrañas sobre aquel crimen horroroso, que no he podido menos de escribir á un amigo, con el fin de que adquiera los más datos posibles y me los remita. Presumo que la historia oculta de dicho atentado no debe carecer de cierto interés, tengo una fundada confianza en la capacidad y diligencia del amigo, á quien pido informes sobre el hecho, y casi ofrezco á mis lectores algunos detalles curiosos.

En la semana transcurrida, en esos ocho dias de huelga, hemos empleado las vacaciones en visitar el palacio Real, la Bolsa, las Tullerías y el Louvre, el palacio de Luxemburgo, los Inválidos, el Panteon; hemos visto tambien, no sin un grande asombro, los mataderos públicos; el Monte-Pio, algunos hospicios y hospitales, el establecimiento de los locos del Sena; hemos adquirido noticias sobre el movimiento de la poblacion; sobre los casamientos que han tenido lugar en este año; sobre el estado y operaciones de la Caja de ahorros y de la de descuentos, y sobre el fabuloso presupuesto de esta ciudad; sobre sus increibles consumos; sobre el movimiento de su aduana; sobre las sociedades mercantiles existentes en todo el imperio; sobre ferro-carriles, renta de correos, presupuesto general del Estado, comercio, deuda pública y otros detalles estadísticos. Á fin de poder apreciar la importancia de este órden de cosas, he tenido que adquirir algunas noticias sobre la Estadística de Inglaterra, y me parece que mis lectores no llevarán á mal el tener idea de estos verdaderos prodigios europeos. Por fin, en todo el tiempo transcurrido desde mi última revista, la pobre Luisa no ha dejado de vivir en nuestra memoria y en nuestro corazon; lo cual quiere decir que no ha dejado de vivir con nosotros, como si fuese nuestra hermana, ó nuestra amiga de la niñez. ¡Qué poco se figurará esa pobre mujer, que dos extranjeros piensan en ella, como si se tratara de un individuo de su propia familia! Pero mi mujer y yo nos preguntamos muy á menudo: ¿no sabrá Luisa el vivo interés que nos inspira su desgracia? ¿No la habrá dicho nada madama Fonteral? No puedo persuadirme de semejante cosa. Dejaria madama Fonteral de ser mujer. Acaso no hubiera dicho nada, ó al menos hubiera dicho poco, si no la hubiésemos encargado sigilo; pero no hablar sobre el asunto, cuando la encarecimos el secreto; no decir nada del secreto que se la fia; no revelar aquel misterio de que ella se enamora; no llevarse el dedo á la boca, imponiendo silencio á Luisa; no cogerla del brazo; no llevarla aparte; no mirar con aire aturdido á uno y otro lado como para ver si es oida de alguno; no cuchichear al oído de aquella pobre jóven; no descubrirla todo lo que nosotros la habiamos suplicado que ocultara; renunciar al placer supremo de esa patética pantomima, decididamente, lectores mios, eso no lo ha hecho madama Fonteral; eso no lo hace ninguna mujer; eso seria un milagro, y el milagro no es el genio de nuestro siglo, sobre todo, no es la gracia especial de las mujeres de Paris.

Al hablarnos madama Fonteral de la entrevista que con Luisa tuvo, nos aseguró, poniéndose el dedo índice á través de los labios, que nada la habia revelado acerca de nosotros. Yo dije para mí: esto significa que se lo ha dicho todo, desde la a hasta la z.

Al dia siguiente, Luisa se asoma al balcon. ¿Qué hace? Mira con ansiedad. ¿A dónde mira? Á uno de los balcones de nuestro hotel, á uno de los balcones de nuestra estancia; nos mira á nosotros. ¡Cuitada madama Fonteral! ¡Cuitado de mí! Recibo la mirada tímida y vacilante de la pobre Luisa, y aquella timidez recatada, aquella medrosa vacilacion, me imponen casi miedo. No sé qué hay en aquellos ojos, en aquella mirada, en aquella terrible confesion de sus dolores, en aquel llanto mudo de su conciencia, no sé qué hay allí; pero lo cierto es que yo no puedo resistir aquella mirada indecisa y ansiosa. Luisa mira desde su balcon, y mi mujer y yo nos retiramos, porque á mi mujer le sucede lo propio que á mí: no tiene valor para sufrir con calma aquel triste saludo de un corazon despedazado, no tiene valor para contestar á Luisa con una mirada de compasion y de inteligencia, que querria decir: ¡pobre mujer! ya sé tu desgracia, tu martirio, tu culpa, tu deshonra.

Para comunicar á mis lectores el gran cúmulo de noticias que en estos ocho dias he adquirido, seguiré el órden del sumario.

Empezarémos por los versos: dice el adagio que el mal camino conviene andarlo pronto.

I.

      Oye, Sevilla hermosa, este gemido
    Del hijo ingrato que á tu orilla viene:
    Enfermo tiene el cuerpo y dolorido,
    Enferma y dolorida su alma tiene.

      Como en los bordes de la antigua llaga
    Un bálsamo se vierte que da vida,
    Deja que evoque una memoria vaga
    Triste recuerdo de una edad querida.

      Aquí mecido en ignorada cuna
    Halagó mi niñez aura lasciva,
    Al tibio rayo de tu blanca luna,
    Al soplo amante de tu luz nativa.

      Pobre aquí, niño y sin saber qué es gloria,
    Contemplaba quizá los cielos tersos,
    Y era rico y felice con tu historia
    Y la esperanza de mis pobres versos.

      El pecho se me oprime cuando miro
    De remoto fanal fúlgida llama,
    Y lleva el Bétis mi primer suspiro
    Al golfo azul que encadenado brama.

      Y blanco y puro como el puro armiño
    Un ángel soñó aquí mi fantasía,
    Un ángel que he buscado … ¡Pobre niño!
    Un ángel que en el mundo no existía.

      Nace el hombre á la luz; el bien no halla,
    Y en inventarlo con afan se empeña,
    Y al fin encuentra el bien porque batalla,
    Halla la dicha al fin … cuando la sueña.

      Azucenas de amor, divina palma,
    Florestas que soñé, prados y flores,
    Ya que la vida os marchitó en mi alma,
    De corona servid á mis dolores.

      Yo ví al ángel vagar entre verdura
    Poniendo flores en su leve falda,
    Y despues esconderse en la espesura
    Suelto el cabello por su rica espalda.

      Me llamaba quizá; yo le seguia;
    Mas sin duda en el bosque se ocultaba,
    Y luego más allá me aparecia
    Y así del pobre niño se burlaba,

      Aquí soñé festines y placeres,
    Y el rumor de palmeras solitarias,
    Y el suspiro de célicas mujeres,
    Y tumbas, y osamentas y plegarias.

      ¡Gloria! ¡Vision cruel! ¡Cruel martirio!
    Relámpago que alumbra y deja ciego,
    Cardo silvestre bajo hermoso lirio,
    Sol que da luz para quemarnos luego.

      Por tí pierdo ¡oh rigor! mi fe sencilla,
    Por tí me abraso en insondable anhelo,
    Por tí dejé mi plácida Sevilla
    Y una santa mujer que está en el cielo.

      Madre mia, perdon! Mústia la frente,
    A ti vuélvome al fin, madre piadosa:
    Mírame aquí, poeta penitente
    Ceñida el arpa de marchita rosa.

      Pero, si, tu verás mi afan prolijo
    Aunque á mi estrella tu piedad no cuadre:
    Me acusáras tal vez si fueras hijo;
    Tú me perdonarás siendo mi madre.

      Por tí ¡oh gloria! perdido mi reposo
    Y encomendando á Dios la suerte mia,
    Del Atlántico mar tempestuoso
    A las playas itálicas corria.

      Y á lo léjos ví un monte ennegrecido,
    Y en la falda del monte vi una roca,
    Y un nombre colosal hiere mi oído
    Pronunciándolo trémulo mi boca.

      ¡Roma! Vedla; entre estátuas blanquecinas
    Muestra la majestad de su pasado.
    ¡Tambien tienen su pompa las ruinas!
    ¡Tambien tiene el silencio su reinado!

      ¡Roma! ¡Silencio! inmóvil, pavorosa,
    Anuncia su altivez en su tristura:
    Nadie la ha dado el hoyo en que reposa;
    Ella se abrió su propia sepultura.

      Vedla reinar en la llanura extensa
    Donde Dios entre mármoles la abisma:
    Antes del mundo fué la tumba inmensa,
    Ahora es la inmensa tumba de sí misma.

II.

      Deja que evoque una memoria vaga
    Triste recuerdo de una edad querida,
    Como en los bordes de la antigua llaga
    Un bálsamo se vierte que da vida.

      No vengo aquí á buscar flores y aromas;
    No demando, Sevilla, tus placeres,
    Ni el ardiente arrullar de tus palomas,
    Que palomas de amor son tus mujeres.

      Cuando á mi sino terrenal sucumba,
    Dame una cruz y una silvestre palma;
    Dame una cruz y una escondida tumba,
    Dame una cruz, Sevilla de mi alma.

Vamos ahora al entremés casero, escrito para el album de nuestra amiga.

ENTREMÉS CASERO.

ESCENA PRIMERA.

LA MADRE Y SU HIJA ROSA.

    LA HIJA. Me muero y no sé de qué;
    Ya es inútil la cautela….

    LA MADRE. Eso dije yo á tu abuela
    Que en gloria de Dios esté.

    LA HIJA. Parece que estoy maldita!
    ¿Quién mi desventura labra?

    LA MADRE. Con esa misma palabra
    Asusté yo á tu abuelita.

    LA HIJA. Paso las noches en vela….
    Mamá, te burlas de mí?

    LA MADRE. Cuando me quejaba asi
    Tambien se burló tu abuela.

    LA HIJA. No como ni duermo ya:
    ¿Que es esta pena prolija?

    LA MADRE. Cuando tengas una hija
    Ella te lo explicará.

ESCENA II.

ROSA Y SU HIJA PAULINA.

    LA HIJA. ¡Madre, horrible enfermedad!
    Di, qué dolencia me aflige?

    LA MADRE. Lo propio á tu abuela dije
    Cuando tenia tu edad.

    LA HIJA. No paro noche ni dia;
    El apetito pasó….

    LA MADRE. Tampoco comía yo
    Cuando tus años tenia.

    LA HIJA. Quién me causa tales daños?
    Porque hasta el sueño perdí….

    LA MADRE, Bah! yo tampoco dormí
    Cuando tenia tus años.

    LA HIJA. Yo no sé qué afan me incita….
    ¿Quién causa este padecer?

    LA MADRE. Oye; ¿lo quieres saber?
    Vete á hablar con tu abuelita.

ESCENA III.

PAULINA, SU ABUELA.

PAULINA. Abuela, Dios guarde á usté.

ABUELA. Muchacha, tú por aquí?

PAULINA. Hemos de hablar.

ABUELA. Sobre qué?

    PAULINA. ¿Sobre qué? ¡Triste de mí!
    No sé qué fuego me sube,
    Se me oprime el corazon….

    ABUELA. Huy! huy! la misma cancion
    Que yo con tu abuela tuve.

    PAULINA. La paciencia se me acaba.
    ¿Se rie de mi agonía?

    ABUELA. Tambien tu abuela reia
    Cuando yo así me quejaba.

    PAULINA. Por Dios, venga usted acá:
    ¿Qué es esto que así me inquieta?

    ABUELA. Cuando tengas una nieta …
    Tu nieta te lo dirá.

    PAULINA. Mi madre al mirar mi tédio,
    Me mandó hablar con usté….

    ABUELA. Pues, chica, á tu madre vé
    Que ella sabe ya el remedio.

    No te apesares, Paulina;
    Trás esta viene otra edad:
    El tiempo es la enfermedad
    Y el tiempo es la medicina

Pasemos á la visita de los establecimientos públicos, luego seguirán las curiosidades estadísticas, y terminarémos este largo dia con la noticia de los monumentos más notables.

Los mataderos nos han dejado atónitos. Para que el lector se forme una idea del incalculable movimiento que allí debe haber, de la sangre que allí se debe derramar, bastará decir que de allí han salido en el año pasado sobre ciento veintisiete millones de libras de carne. La carne de vaca, de ternera, de cerdo y de cabrito, entró en esta cifra por ciento trece millones de libras, ó sea cuatro millones y medio de arrobas. ¿Cuántas cabezas de ganado supone aquel guarismo monstruoso? Si el matar á los animales fuera realmente una culpa, como creian no pocos filósofos de la antigüedad, los mataderos de Paris serian una herejía tan grande, que bastaran ellos solos para que se condenara irremisiblemente toda la Europa. En fin, sepan, tambien mis lectores, que esta municipalidad recibe de los mataderos y de los mercados una contribucion anual que no baja de veinte millones de reales.

En el Monte-Pio se han empeñado un millon trescientos mil objetos, y se han renovado trescientas cuarenta mil papeletas, cuyas operaciones suponen un total de más de millon y medio de artículos.

Los empeños han importado noventa y seis millones, y las renovaciones cerca de treinta y tres, de modo que la cifra total de las operaciones no baja de ciento veintinueve, a ciento treinta millones de reales.

Se han vendido setenta y seis mil objetos, por valor de cinco millones. Los sueldos y honorarios de los empleados importan anualmente de cincuenta y cinco á sesenta mil duros.

En cuanto á los hospicios y hospitales, nos han asegurado personas fidedignas y autorizadas, que las familias indigentes han sido veintinueve mil seiscientas, compuestas de más de setenta mil individuos.

El Hospicio de expósitos y huérfanos ha recibido tres mil novecientas cuarenta y tres criaturas, de las cuales han muerto setecientas ochenta y ocho.

Se han gastado en los hospitales, en el año anterior, sobre sesenta y seis millones de reales, en cuya suma entran los artículos siguientes por las partidas que voy á notar.

Pan; seis millones, ciento noventa mil, setecientos sesenta y cuatro reales.

Vino; cinco millones, veinte mil, cuatrocientos.

Carne; seis millones, ochocientos trece mil, ochocientos veintiocho.

Comestibles; cinco millones, setecientos ochenta y nueve mil, cuarenta y cuatro.

Leña y carbon; tres millones, treinta y nueve mil, setecientos setenta y seis.

Resulta que en los cinco artículos anteriores se ha gastado bastante más de un millon de duros, ó sea veinticuatro millones de reales.

Los establecimientos de locos ofrecen una estadística sorprendente.

En 1º de Enero de 1856 existian, en los dos asilos del Sena, tres mil trescientos cuarenta y un locos. Además, entraron en el año mil quinientos ochenta y nueve, de modo que componían un total de muy cerca de cinco mil, ó sea una especie de pequeña ciudad.

En el mismo año salieron de aquellos dos asilos ochocientos cuarenta y nueve, y murieron quinientos setenta y cinco. Quedó, pues, reducida aquella poblacion á tres mil, quinientos seis.

El estudio de esta materia no deja de tener sus curiosidades instructivas, por más que sean tristes y dolorosas, tales como la influencia de las profesiones en el desarrollo de la locura. A medida que se estudia este fenómeno terrible, este, terrible inconveniente de la razón, este negro ocaso del pensamiento, se va comprendiendo que la locura pertenece tanto á la medicina, como á la filosofía y á la moral. El ejercicio, los hábitos, las profesiones y el género de vida; es decir, la conducta, influye más tal vez que la disposicion constitucional de los órganos cerebrales. Me he informado minuciosamente acerca de esto, y he conseguido averiguar que las industrias manufactureras son las profesiones que han pagado al extravío mental mayor contingente; pero en una proporcion que asusta.

Luego siguen las profesiones mercenarias; ó sean criados y dependientes de todas clases.

Despues las profesiones liberales, como la poesía, la pintura, la escultura, la música la declamacion, la plástica y otras.

Despues las profesiones mercantiles.

Luego las gentes que no tienen profesion.

Por fin, las ocupaciones agrícolas. Estas son las menos castigadas por aquel espantoso azote, en la proporcion que vamos á ver.

Las profesiones industriales representan un 37 por ciento.
Los oficios mercenarios un 19
Las profesiones liberales un 9
El comercio un 7
Gentes sin profesion un 3
La industria agrícola un 1-1/2

De modo que las ocupaciones que pagan un tributo más caro á la locura son la fábrica, la servidumbre y el ingenio; despues viene el comercio, luego la vagancia; por fin, la industria de los campos.

El movimiento de la poblacion de esta ciudad, nos ofrece tambien algunas extrañas singularidades.

Han nacido en 1856 treinta y ocho mil criaturas; veintiseis mil legítimas, y doce mil de otras procedencias. Han muerto veintinueve mil setecientas cuarenta y tres; resultando un aumento de más de ocho mil.

Se han contraido doce mil cuatrocientos noventa y tres matrimonios, en la forma siguiente:

Entre solteros; diez mil ciento setenta y siete.

Entre viudos y solteras; mil doscientos sesenta y ocho.

Entre solteros y viudas; quinientos noventa y siete.

Entre viudos y viudas; cuatrocientos cincuenta y uno.

Resulta que la cifra menor es la de los viudos y viudas. Quizás se han acordado de lo que dice cierto adagio: pan con pan, comida de tontos.

En la Caja de ahorros se han verificado doscientas cuarenta y ocho mil, ciento veintidos imposiciones, hechas por doscientos veintiun mil imponentes. La Caja ha recibido ciento diez millones; y ha devuelto sobre ciento quince, habiéndose operado un movimiento total de doscientos veinticinco millones, durante el referido año de 1856. En 31 de Diciembre del mismo año, debía ciento ochenta y tres millones, á doscientos veintiun mil trescientos setenta y nueve imponentes.

Las operaciones de la Caja de descuentos se han verificado sobre setecientos veintidos mil, doscientos sesenta y cinco efectos, por un valor de dos mil quinientos millones de reales próximamente.

El presupuesto municipal de Paris es mayor que el de algunas naciones de cierta importancia.

La concesion de privilegios produjo á la villa en 1856 la enorme suma de ciento ochenta y seis millones de reales, cifra que representa tres presupuestos como el de toda la Suiza. Para que se comprenda lo maravilloso de este hecho, sepa el lector que el Austria, toda el Austria, una poblacion de treinta y cinco á cuarenta millones de almas, no recaudó en el mismo año por aquel concepto, más de veintiseis millones de reales, ó sea menos de una sétima parte que la sola ciudad de Paris.

En fin, los ingresos montaron á doscientos ochenta y cuatro millones. Es muy probable que en el año presente no bajen de trescientos millones, poco menos de lo que pagaba al Erario nuestro país, durante el régimen absoluto.

En el presupuesto de gastos hallamos las partidas siguientes:

Instruccion primaria. 6 millones.
Empedrado. 15
Beneficencia. 32
Policía. 51
Rédito y amortizacion de la deuda municipal. 64