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Un paseo por Paris, retratos al natural cover

Un paseo por Paris, retratos al natural

Chapter 21: INDICE.
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About This Book

Un viajero español relata sus impresiones de París durante una estancia de aprendizaje, organizando apuntes en secciones sobre el paisaje moral y lo curioso de la ciudad, con reseñas de monumentos, costumbres, modas y escenas cotidianas. Combina descripción de lugares y paseos con juicios sobre maneras francesas, la frivolidad y la apariencia social; ofrece anécdotas y observaciones sinceras y a veces mordaces, procurando registrar con ingenuidad lo que ve, siente y piensa para presentar un retrato directo y personal de la urbe y sus hábitos.

A juzgar por las muestras, debe suponerse que el convite duró todo el dia. Los dos entremeses no dejarian de durar dos ó tres horas; de modo, que cuando tomaran los postres, las entradas debian estar ya en los talones. ¡Con qué reposo lo tomaba aquella buena gente!

Cuarta. El Memorial cuenta la historia de un compadre que no se anda en chiquitas. Estéban Marcel, de quien ya he hablado en estos apuntes, era Preboste de Paris á mediados del siglo XIV. Un dia tuvo la idea (¡en mala hora la tuvo!) de vender la ciudad á los ingleses. Era el 1.º de Agosto de 1358, y por más señas que habia nubes. Así lo dice el Memorial. Para el Preboste de Paris estuvo realmente bien nublado. Pues nuestro buen Estéban Marcel se hace amo de las llaves de la ciudad, y á la media noche, toma el camino de la Bastilla de San Antonio. El Preboste creia que iba solo; pero se engañaba. Dos hombres le seguian. Estos dos hombres silenciosos, que avanzaban como dos sombras, eran los hermanos Juan y Simon Maillard.

—Estéban, ¿qué se hace por aquí á estas horas?

—Juan, ¿qué importa á nadie lo que yo hago? Atiendo á mi oficio de
Preboste de la ciudad.

—¡Voto á brios! exclamó Juan Maillard, que era su compadre; el diablo cargue conmigo, si estais aquí para nada que huela á bueno. Ved, añadió luego á varios hombres que se habian reunido; intenta vender la ciudad, y por eso tiene las llaves en la mano.

—¡Compadre Juan, miente usted!

—¡Usted es el que miente, compadre Estéban! Y si no, ahora lo verá usted; y acercándose al Preboste, levanta el hacha y le separa la cabeza del cuerpo. ¡Y eso que era compadre! ¿Qué hubiera hecho, á no mediar el compadrazgo?

Quinta. (Para el Sr. Alejandro Dumas.) El Memorial refiere que en el siglo XI, estaba Paris lleno de clérigos y de estudiantes, cuyos clérigos y estudiantes, en su mayoría, «vivian menos en el santuario de las artes y de las ciencias, que en medio de las riñas y de las bacanales de la calle de Fouare. Saqueaban las tabernas, violentaban á las mujeres, apaleaban á sus maridos con bastones ofensivos, y preferian la belleza de las muchachas á las bellezas de Ciceron.»

Sepa el Sr. Alejandro Dumas que los clérigos y los estudiantes de Paris, en el siglo XI, saqueaban las tabernas, violentaban á las mujeres, y apaleaban á sus maridos con bastones ofensivos. Sepa el Sr. Alejandro Dumas que Paris, en el siglo XI y bastante despues, era una horda, porque solamente en una horda pueden consentirse tamañas tropelías. Más valiera que el Sr. Dumas tuviese presente la historia de su pueblo, antes de hacer befa de una nacion leal y generosa, á quien paga con despropósitos, con calumnias y ridiculeces.

Sexta. (Para el mismo Sr. Dumas.) Bajo el reinado de San Luis, el jefe de los mercaderes tomó el célebre nombre de Preboste, y á contar de esta fecha, el Prebostazgo dejó de venderse á pública subasta, como acontecia en los tiempos anteriores. «De aquí resultaba, dice el Memorial, que los pobres no hallaban amparo contra los ricos, á causa de los muchos presentes que los ricos hacian á los Prebostes. El bajo pueblo no se atrevia á morar en las tierras del rey, y se iba en busca de otras prebostias y otros señoríos, por lo cual las tierras del rey estaban tan desiertas, que cuando el Preboste daba audiencia, no asistian á ellas arriba de diez ó de doce personas; pero en cambio, habia tantos malhechores y rateros dentro y fuera de la ciudad, que toda la comarca estaba llena.»

Y para que el Sr. Alejandro Dumas no crea que pretendo burlarme, siguiendo su costumbre, copio á continuacion el texto en francés antiguo.

«Le menu peuple n'osoit demourer en la terre du roy, et alloit demourer en d'autres prévostés et aultres seigneuries, et la terre du roy etoit si déserte que, quand le prébost tenoit ses plaids, il n'y avoit pas plus de dix personnes ou de douze; mais il y avoit tant de malfaicteurs et larrons à Paris et dehors, que tout le pays en estoit plein.»

Sepa tambien el Sr. Dumas que, hasta el reinado de San Luis, Paris y sus alrededores estaban plagados de malhechores y de rateros, y que los vasallos de la corona tenian que ir á buscar otros señoríos, porque no podian parar en las tierras del rey. ¿Y cómo llama usted á eso, Sr. Dumas? ¿Es eso cultura y civilizacion? ¿Eso no es Africa? ¿Para eso no hay Pirineos?

Basta de Memorial. Vamos á curiosidades de otro género. Segun un inventario hecho en 1774, los diamantes de la corona francesa excedian de ocho mil, de los cuales eran los mejores, y lo son todavía, los denominados el Regente y el Sancy.

El Regente, que ocupaba el tercero ó cuarto lugar entre los primeros diamantes conocidos, fué comprado por el duque de Orleans por cuatrocientos mil napoleones, en 1717.

La historia de Sancy es más antigua y novelesca. En el siglo XV, un suizo poseia este gran diamante, no se sabe cómo, y lo vendió por un escudo á Cárlos el Temerario. El tal hombre ignoraba seguramente que aquel pedacito de piedra encerraba una gran fortuna. De Cárlos el Temerario pasó á Nicolás de Harlay de Sancy, que lo empeñó á D. Antonio, rey de Portugal, en doscientos mil francos. El mismo Sancy lo desempeñó luego, mediante una suma de quinientos mil, ó sean dos millones de reales. ¿Qué diria á esto el buen Suizo, que lo vendió por un escudo?

Ultima curiosidad. En la calle de los Pequeños Campos, hemos encontrado á una señora que caminaba con el aire de una heroina, mientras que la seguia un corderito, que llevaba sobre el lomo un manojo de parras. La señora volvia la cara de cuando en cuando, de lo cual inferimos nosotros que alguna persona interesada quedaba atrás, y así era efectivamente, segun luego vimos. En estos dares y tomares, atraviesa la acera un caballero jóven, y ambos se saludan con más afecto del que conviene manifestar en público, sobre todo cuando la mujer es casada, y muy especialmente, cuando detrás viene un carnero. El recienvenido la pregunta por su esposo, y ella, con cierto desden, con cierta saciedad (es muy prosáico en el poético Paris el amar á un marido) contesta á media voz: ahí detrás viene. El otro miró, y no vió otra cosa que el borreguillo que traia las parras. Nosotros presenciábamos la escena, situados delante de un escaparate, á diez ó doce pasos de distancia. Mi mujer me miraba, porque no comprendia el tremendo chiste de la situacion, hasta que yo me eché á reir, sin ser dueño de contenerme. Entonces mi mujer me preguntó por qué me reia, y yo la conté el lance, que la hizo reir tambien.

No comprendo por qué; pero ello sucede que, las cosas más graves son las que nos causan más risa.

Yo no pude menos de poner en verso esta peregrina aventura, aunque en
Paris no tiene nada de peregrina, ni de extraordinaria.

      Va una dama con gran fuero,
    Y gran pompa y grande brillo,
    Siguiéndola un carnerillo
    Que es animal muy casero.
    Con su manojo de parras
    Iba el animal ufano,
    Cuando llega un Don Fulano
    Que es amigote de marras,
    —¿Y su esposo? dice luego.
    —Detrás viene, dice ella …
    ¡Oh prodigio de la estrella!
    Detrás marchaba un borrego.

A lo léjos, muy á lo léjos, apareció una víctima. Era el marido.

A última hora. Son las once de la noche. En el momento de ponerme á escribir el noveno artículo para La América, nos traen una noticia. No sé cómo anunciarla á mis lectores. Temo lastimar su corazon, como lo está el de mi mujer y el mio. Luisa ha muerto. Sin duda la sorpresa que la produjo el ver á su hermana, la causó un derrame cerebral, que devoró su vida en pocos instantes. ¡Pobre mujer! Hé aquí lo que deben esperar las jóvenes que no saben luchar consigo mismas, que no saben ser lo que Dios ha querido que sean, y los padres que ponen en olvido que la paternidad no es una tiranía, sino una mision, un sacramento, un sacerdocio.

¡Desgraciada Luisa, adios! ¡El cielo tenga más misericordia de tí, que lástima te tuvo ese hombre infame de Rodhese! Si tuviéramos valor para ello, averiguariamos en dónde te entierran, y antes de volver á nuestro país, iriamos á despedirnos de tus cenizas. Mi mujer llora, y yo tengo el pecho oprimido.

Juro que no he de partir de esta ciudad, sin escribir al estudiante de
Estrasburgo, noticiándole la desgracia de una mujer que él no merecia.
Sí, lo sabrá al menos, para que esa sombra vaya sobre su corazon, y no
engañe á otra desdichada.

=Dia trigésimo quinto=.

Disputa del restaurant de las Columnas.—Manuela Bernaola.—Una mujer de Batiñoles y de Lamartine.—Un caballero vestido de hombre, y un hombre vestido de caballero.—Un conflicto.—Llanto de mi mujer.—Cartas—Visitas.—Las cinco y media de la tarde.—Un puente.—El Napoleon y el guardia civil.

Prometi dar cuenta de una disputa que presencié el otro dia en el restaurant de las Columnas. Era la siguiente. Dos caballeros discutian en alta voz, acerca de la prenda que constituia el carácter más grande del hombre. Uno opinaba que era la generosidad, la abnegacion. El otro decia que era el valor ó la firmeza. Yo creo que es la resolucion para emprender, y la constancia para proseguir y terminar. Despues del genio y de la honradez, me parece que aquellas dos virtudes son las más elevadas y trascendentales del mundo. Con resolucion hay casi todo.

Obran en mi poder los datos relativos al asesinato de Manuela Bernaola é Ignacio Cabezudo; pero no puedo publicarlos aquí, porque un escritor de Madrid me participa que prepara una historia de aquel atentado, y no debo perjudicar á mi compañero de letras, anticipando datos curiosos que quitarian interés á su obra. Dicho escritor me pide un prólogo para la historia que piensa publicar, y me despido del asunto hasta entonces.

Me han contado hoy cierta aventura muy notable de una mujer de Batiñoles. Esta mujer, que es una verdulera, supo que se habia abierto una suscricion á favor del célebre poeta de Lamartine, con el fin de que pudiera rescatar un castillo feudal, que tenia empezado. Con este ó semejante motivo, se han abierto ya dos suscriciones, que no habrán importado menos de trescientos mil duros. ¡Un republicano acude á la caridad europea, para desempeñar un castillo feudal! ¡A la suscricion de un republicano francés, contribuyen en primer lugar los lores ingleses! Esto seria extraño, muy extraño, en cualquier país de la tierra; en Paris, no. En Paris no tienen absolutamente nada de extraño las cosas más extrañas.

Pues la buena mujer de Batiñoles supo la suscricion á que me refiero, supuso que el poeta se hallaba en grandes conflictos, y repetia frecuentemente: ¡pobre señor Alfonso de Lamartine! ¡Qué apurado estará! Y hoy guardaba un franco, otro franco mañana, y así fué reuniendo hasta cuatro napoleones. Toma nota del número de la casa, se aliña lo mejor que puede, y llena de gozo, como quien sabe que va á practicar una buena obra, coge el camino de Paris, y al cabo de una hora de buen andar, se para en la puerta del gran escritor. El corazon saltaba del pecho á la pobre mujer, imaginándose que iba á encontrar, afligido y pobre, al eminente autor de las Melodías. Pasa el umbral…. No, no es aquí, dijo en sus adentros la verdulera. En este patio hay coches, veo lacayos, escudos de armas … no, no es esta la casa de mi pobre señor Alfonso de Lamartine. Pregunta á los vecinos, y todos la aseguran que aquella es la casa del poeta. Pasa segunda vez el umbral, se detiene, mira, da unos cuantos pasos con recelo…. La vecindad me engaña sin duda, decia para sí la aturdida mujer. Por fin, medio balbuceando, entera á uno de los criados del objeto que la llevaba, y la hacen entrar en un gabinete. Alfombras, cortinajes, dorados, tremoles…. ¿Que es esto? exclamaba la verdulera. Sale del gabinete, atraviesa el patio, cruza el umbral, camina á marchas dobles por la calle, y como alma que lleva el diablo, entra en Batiñoles. Inmediatamente que se vió en su casa, se sienta, deshace el nudo que tenia la esquina de un pañuelo, saca cuatro napoleones que habia envueltos allí, y se los mete en el bolsillo exclamando: mucha más falta me hacen á mí que al señor Alfonso de Lamartine. Con estos veinte francos, haré un vestido nuevo á mi hijo Vicente. El niño asoma en este momento, da un grito de alegría, y corre hácia su madre, que le abre los brazos.

Esta aventura, que no tiene nada de particular para otros, tiene para mí una grandísima importancia, porque tiene una grandísima moralidad. La accion de la mujer de Batiñoles vale infinitamente más que el castillo, y que mil castillos del poeta de Lamartine.

Otro incidente no ha dejado de impresionarme. En el pasaje de Jouffroi hemos encontrado á un vizcaino, que viene de la Habana, y que se ha hecho rico con la trata de negros. Lleva una gran cadena de oro, sortija de brillantes, alfiler de lo mismo; casi al propio tiempo, pasa por nuestro lado un hombre modesto y humilde. Era M. Littré, el hombre más sábio quizá de todo el Instituto de Francia. Yo dije para mí: aquel es un hombre disfrazado de caballero, y señalé al vizcaino: aquel otro es un caballero vestido de hombre, y señalé al sábio y modesto publicista.

Otro incidente me ha impresionado más. Un amigo llega esta mañana, me mira, calla, y despues de un minuto de silencio, me dice: ¿usted me oye?

—Sí, señor, le oigo.

—Si usted no me ayuda, dentro de tres horas estoy en la cárcel.

—¡Cómo! ¿Por qué?

—Porque debo ochocientos cincuenta francos.

Vi el conflicto pintado en el semblante de aquel hombre; aquel hombre no me engañaba; era un amigo mio; sobre todo, era un hombre honrado, la vergüenza quemaba sus mejillas, y no me fué dado vacilar. No quise, ni pude. Un hombre que tiene corazon, no vacila nunca en tales momentos. Mi mujer no se habia levantado aún. Sin decirla nada, sin saber lo que hacia, tanto ó más aturdido que mi amigo, abro mi cofre, y le doy los ciento setenta napoleones que necesita. Aquel hombre coge el dinero, me aprieta la mano sin decir palabra, y con los ojos humedecidos, sale precipitadamente de mi habitacion.

Si él no me paga, exclamé para mí, Dios me lo pagará. No sabemos cómo, acaso no lo conocemos, tal vez nos quejamos, porque no vemos el interior de esta enorme máquina que se llama mundo; pero tenga el lector por cierto que Dios paga siempre estas cosas. Tal vez nos lo paga con monedas que nosotros no sabemos apreciar; pero nos lo paga. Esta verdad es la más evidente y la más necesaria de la vida.

Pero otra cosa me ha producido todavía mayor sensacion. Luego que el amigo partió con su dinero, conté lo que me quedaba, y despues de pagar la fonda, no me resta lo necesario para volver á nuestro país. ¡Desdichado de mí un millon de veces! ¿Cómo se lo digo á mi mujer? ¿Qué hago? ¿A qué apelo?

Pero otra novedad debia impresionarme más aún. Á la vuelta del restaurant de las Columnas, entrados ya en nuestra calle, hube de decir algo á mi compañera sobre la aventura del amigo; mi mujer se para repentinamente, me echa una ojeada terrible, suelta su brazo del mio, se cubre la cara con ambas manos, y arranca á llorar; pero un llorar que no podia contener, un llorar sin consuelo. Yo me quedé inmóvil, estático; crucé los brazos, y la miraba sin saber qué hacer, ni qué decir. Debia estar pálido como un cadáver. Hice que se cogiera de nuevo á mi brazo, entramos en la fonda, la señora acudió para saber qué la sucedia, yo la dije que habiamos recibido la noticia de que mi suegro estaba enfermo de gravedad, la patrona nos manifestó su deseo de que se aliviara, y subimos. Al entrar en nuestra habitacion, vi algunas cartas sobre la chimenea. Abro la primera que cogí, y con la carta abierta en la mano, digo á mi compañera:

—¿Por quién dirás que podemos volver á España cuando queramos?

Mi mujer me miraba con mucha atencion, y con un aire indefinible de sorpresa y de regocijo.

—¿Por quién? me preguntó.

—Por la ciudad de Reus.

—¡Bendita sea! exclamó mi mujer.

—¡Bendita sea! exclamaron tambien otros labios.

Mis amigos de Reus, presumiendo que podia verme en algun apuro, y deseosos de que no me quedara en Francia, me mandaban cien duros á Paris, y otros ciento á Madrid, con el objeto de que me encontrase con recursos á mi llegada. Hay demostraciones tan generosas, tan delicadas y tan nobles, que no se pueden olvidar nunca, aún supuesta la ingratitud, aún supuesto ese negro vicio, el más negro de todos. Y ya que trato del capítulo de la gratitud, voy á trasladar al papel algunas páginas de mi corazon, por si sucede que estos apuntes sean el último ensayo que doy al público, como pudiera suceder, si la terrible dolencia que me aflige avanza algo más. Estoy seguro de que mis lectores no llevarán á mal este desahogo de un alma agradecida y lacerada, porque ¿quién no tiene en el mundo algo que agradecer? ¿Quién no tiene deudas sagradas que pagar?

Cuando la prohibicion de siete obras consecutivas (prohibiciones sistemáticas las más de ellas) consumieron todos mis recursos, puesto que las obras prohibidas no valian menos de cuatrocientos mil reales: cuando me he visto sin medios humanos de vivir, despues de veinticinco años de estudios constantes, de constantes vigilias; un artesano, un menestral, un hombre que no me conocia; un hombre que habia aprendido á leer en un libro mio, se redujo á comer un pedazo de pan, y me enviaba, contra mi voluntad, todo el preciosísimo capital de sus economías: este artesano, esta alma grande, es José Mallol, natural de Gandía, provincia de Valencia. Pongo este ejemplo en primer lugar, porque José Mallol no me daba lo que él tenia, sino lo que arrancaba de su existencia.

Si algo he hecho y puedo hacer por mi patria; si alguna huella dejo en el mundo; si la Providencia ha querido favorecerme con esta altísima merced, á que seguramente no me considero acreedor, España deberia agradecerlo al marido de mi hermana Filomena, D. Antonio Miravent y Bogarin, á su hermano D. Francisco, y al marido de mi hermana Amparo, D. Juan María de Zarandieta, naturales todos de la isla Cristina, provincia de Huelva. Tambien son dignos de mi gratitud, por su conducta liberal y caballerosa, D. Miguel Roselló, de las Baleares; D. Cayetano del Portillo, D. Rafael Molero de la Borbolla, D. José Bulnes y Solera, y mi hermano político, D. Salvador de Cantos, de Sevilla; D. Ramon Sans, de Huesca; el Marqués de Premio Real, y D. José Bartorelo y Quintana, de Cádiz; D. Cárlos Cervera y D. Félix Gallac, de Valencia; D. Alejo Tresario Echevarría, de Bilbao; D. Serafin Martinez y D. Gregorio Garcerán, de la Habana; D. Lúcas Cuesta, de Oviedo; D. Juan de Torres y Gil, de Casariche; D. Antonio Gonzalez y Ciezar, de Ayamonte; D. Vicente Ramirez Cruzado, de Villarrasa; D. Juan Bautista Revuelta, de Carlet; D. Policarpo Villalobos, de Dénia, y otros muchos, cuyos nombres no me son conocidos. Casi, casi puede un hombre ser desgraciado, por tener el consuelo de verse rodeado de tantas almas buenas. Reciban todos mi saludo y mi agradecimiento; si me muero, como en señal de despedida; si vivo, como en señal de testimonio. Á la lista de mis amigos y favorecedores debo añadir tres nombres queridos: D. Juan de la Puerta Canseco, de Santa Cruz de Tenerife; D. Amaranto Martinez Escobar, de Palmas de Canarias; y D. Fernando García, de Gerona.

Cobramos la letra de Reus, pagamos la fonda, hacemos tres visitas, compramos algunas frioleras, y nos proveemos de dos billetes. Llegan las cinco y media, subimos á un coche que nos conduce á una estacion de ferro-carril; nos acomodamos en nuestros puestos, y el tren arranca. Pasan algunas horas, y á los rayos de una luna llena, distinguimos los árboles corpulentos de Orleans, luego las llanuras de Burdeos, despues las torres de Angulema, de Bayona y de Irun. Irun está delante de nosotros. Pasamos un puente, á cuya izquierda hay un guardia civil: mi mujer se baja del carruaje, besa la tierra, y da un napoleon al guardia, que no quiere tomarlo. Estamos en España. Al oir mi mujer que estamos en España, las órbitas la saltan de los ojos, y tartamudeaba de alegría. Entre estos regocijos, se vuelve hácia el territorio francés, y hace una cruz, diciendo; cruz y raya: una y no más, Santo Tomás. Entre tanto, yo murmuraba: ¡Paris, palacio por fuera, sepulcro por dentro; fábula del mundo, fábula de tí propio, adiós! ¡Luisa, pobre Luisa, adiós!

FIN.

INDICE.

Págs.

Advertencia 4
I. Moralidad de Paris con relacion á la ley 17
II. Moralidad de Paris con relacion á la opinion 21
III. Moralidad de Paris con relacion á las costumbres 24
IV. Moralidad con relacion al trato civil 32
V. Moralidad en industria y comercio. 33
VI. Moralidad de Paris con relacion al arte. 44
VII. Moralidad de Paris con relacion á la familia. 50
VIII. Moralidad francesa con relacion á la política. 51
Resúmen de esta série. 66

PARIS CURIOSO.

DIA PRIMERO. Advertencia del autor.—Llegada á Paris.—Ómnibus.
—Travesía.—Hotel español.—Luisa Noel.—Hotel de los Extranjeros.
—Restaurant.—Garçones.—Mi barbarie.—Fin del dia. 68

DIA SEGUNDO. Mi amargor de boca.—Jeannin, sucesor de Sellier.
—Recado de la señora del hotel.—Paseo á pié.—Extravagancias de
una cosa que en Paris se llama gusto civilizado.—Sueldo francés.
—Calcetines.—Sortija.—Chaleco.—Pipa.—Sombrero de paja.
—Programa.—Rótulos.—Cocina francesa.—Fin del dia. 79

DIA TERCERO. Progresos de mi mujer.—Melancolía.—Nuevos rótulos. —Anuncio de la Union Agrícola.—Costumbre de las señoras de Paris.—Sangre fria de los hombres.—Achaques de raza.—La soga.—Una mujer en la calle de Richelieu.—La mujer francesa. —Medallas.—Prodigio del genio francés.—Más rótulos.—Baston de Richelieu.—Plaza de la Concordia.—Arco de la Estrella. —Campos Elíseos.—Vuelta al hotel. 91

DIA CUARTO. Artículo, recuerdo, pesares. 105

DIA QUINTO. La Magdalena. 109

DIA SEXTO. Calle de Rívoli, casa de la Ciudad, columna de Julio, arco del Triunfo, Campos Elíseos.—¿Se vive aquí mejor que en otros puntos? 115

DIA SÉTIMO. Casa de Ciudad, arco del Triunfo, Obelisco. 122

DIA OCTAVO. Vistas de Paris. 134

DIA NOVENO, DÉCIMO Y UNDÉCIMO. Dos dias de encierro.—Provisiones. —Los libros de mi mujer.—Un español.—Compras.—Patriotismo de mi compañera.—Carácter capital de las mujeres. 135

DIA DUODÉCIMO. Bustos de azúcar y de chocolate.—Hombres que no
debian comer.—Apuros.—Primer restaurant del pasaje de los
Panoramas.—Segundo restaurant.—Vajilla de Luis Felipe.
—Francia.—Inglaterra.—Pequeño restaurant de Lóndres. 147

DIA DÉCIMO TERCERO. Almuerzo.—Coche.—Nuestra Señora de Paris.
—Hija deshonrada.—Comida de campo. 156

DIA DÉCIMO CUARTO. El sueldo de la paralítica.—Mis humos caballerescos. —Establecimiento de caldo.—Comida compuesta de tres sopas, de tres platos de carne, de tres legumbres y de tres postres, á franco y medio por persona.—Muñecas que hablan.—Aleluyas.—Almuerzo.—Estéban Lesperut.—Comida.—Soberbia de mi mujer.—Café cantante titulado la Francia musical.—Teatro de la Gran Opera.—Opera francesa.—Zarzuela española.—Harem europeo. 165

DIA DÉCIMO QUINTO. Lesperut.—Anatomía de la vejez.—Restaurant de
la calle de Montesquieu.—Elemento sajon.—Elemento árabe.
—Restaurant de San Jacobo.—Historia de un magnate francés.
—Pesares de Lesperut.—Proyecto de visitar á Sevres y Versalles. 187

DIA DÉCIMO SEXTO Y SÉTIMO. Sevres.—Las dos figuras.—Importancia
social y artística de una fábrica de porcelana.—Versalles.
—Sus Museos.—La escuela Vernet.—Impresiones varias.—Vuelta á
Paris.—Encuentro en los Campos Elíseos. 199

DIA DÉCIMO OCTAVO. Visita de un ingeniero, excursiones históricas, epígramas. 210

DIA DÉCIMO NONO. Omnibus.—El Paris de acá y el Paris de allá.—Palacio de Luxemburgo.—Sus estátuas, sus paseos.—Mujeres del pueblo que hacen labores manuales en las glorietas.—Bosque de Bolonia.—Catelan.—Fisonomías diferentes de los garçones de mi hotel.—Pesares. 222

DIA VIGÉSIMO. Historias. 231

DIA VIGÉSIMO PRIMERO. Noticias de España.—Recogida del Cristianismo
y el Progreso.—Reflexiones.—La mujer vestida de negro.
—Restaurant de Vefour.—M. Guizot.—un ataque imprevisto.
—Banco de Francia. 243

DIA VIGÉSIMO SEGUNDO. Banco de Francia.—Consideraciones.—Comida.
—Ocurrencia graciosa de un menestral.—Flor marchita. 257

DIA VIGÉSIMO TERCERO AL TRIGÉSIMO. Versos.—Asesinato de la calle
del Duque de Alba.—Mataderos públicos.—Monte-Pio.—Hospicios
y hospitales.—Locos del Sena.—Movimiento de la poblacion.
—Casamientos.—Caja de ahorros.—Caja de descuentos.—
Presupuesto de Paris.—Consumos.—Aduana.—Sociedades mercantiles.
—Ferro-carriles.—Correos.—Presupuesto general.—
Comercio.—Deuda pública.—Estadística de Inglaterra.—Palacio
Real.—Bolsa.—Tullerías.—Louvre.—Luxemburgo.—Inválidos.
—Panteon.—Luisa. 263

DIA TRIGÉSIMO PRIMERO. Santa Genoveva.—Rothschild.—Salamanca.
—Invitacion.—Nuevas curiosidades. 316

DIA TRIGÉSIMO SEGUNDO. Visita.—El brigadier Rotalde.—El Panteon. —Café cantante de los Campos Elíseos.—Tertulia.—Una madre como hay muchas.—Curiosidades. 340

DIA TRIGÉSIMO TERCERO. La enferma.—Museo del Louvre.—La Asuncion. —Apoteosis de Rubens.—Otra pintura de Murillo.—Una respuesta.—Noticia á mis lectoras.—Curiosidades. 362

DIA TRIGÉSIMO CUARTO. La columna de Vendome.—El balcon de la fonda.—Dicho del general Welington.—La saboyana del bosque de Bolonia.—Una Colegiala.—Cuestion atrasada.—Curiosidades. —A última hora. 372

DIA TRIGÉSIMO QUINTO. Disputa del restaurant de las Columnas.—Manuela Bernaola.—Una mujer de Batiñoles y de Lamartine.—Un caballero vestido de hombre, y un hombre vestido de caballero. —Un conflicto.—Llanto de mi mujer.—Cartas.—Visitas.—Las cinco y media de la tarde.—Un puente.—El Napoleon y el guardia civil. 383

FIN DEL INDICE.