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Verdadera historia de los sucesos de la conquista de la Nueva-España (2 de 3) cover

Verdadera historia de los sucesos de la conquista de la Nueva-España (2 de 3)

Chapter 17: CAPÍTULO CXXVII.
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About This Book

Un relato en primera persona que registra la campaña de conquista en la Nueva España desde la perspectiva de un participante, combinando crónicas de combates, maniobras políticas entre capitanes españoles y negociaciones con autoridades indígenas. Describe tensiones internas, envíos de mensajeros y obsequios, arrestos y disputas entre líderes, además de operaciones militares y movimientos de tropas. Incluye observaciones sobre costumbres, riquezas y geografías encontradas, junto con comentarios sobre la conducta, motivaciones y estrategias de los implicados. Alterna episodios narrativos con recuerdos detallados que buscan justificar acciones y dejar constancia testimonial del autor.

CAPÍTULO CXXVII.

DESQUE FUÉ MUERTO EL GRAN MONTEZUMA, ACORDÓ CORTÉS DE HACELLO SABER Á SUS CAPITANES Y PRINCIPALES QUE NOS DAN GUERRA, Y LO QUE MÁS SOBRE ELLO PASÓ.

Pues como vimos á Montezuma que se habia muerto, ya he dicho la tristeza que todos nosotros hubimos por ello, y aun al fraile de la Merced, que siempre estaba con él, y no le pudo atraer á que se volviese cristiano; y el fraile le dijo que creyese que de aquellas heridas moriria, á que él respondia que él debia de mandar que le pusiesen alguna cosa.

En fin de más razones, mandó Cortés á un papa é á un principal de los que estaban presos, que soltamos que fuesen á decir al cacique que alzaron por señor, que se decia Coadlauaca, y á sus capitanes, cómo el gran Montezuma era muerto, y que ellos lo vieron morir, y de la manera que murió, y heridas que le dieron los suyos, y dijesen cómo á todos nos pesaba dello, y que lo enterrasen como gran Rey que era, y que alzasen á su primo del Montezuma que con nosotros estaba, por Rey, pues le pertenecia de heredar, ó á otros sus hijos; é que al que habian alzado por señor que no le venia por derecho, é que tratasen paces para salirnos de Méjico; que si no lo hacian ahora que era muerto Montezuma, á quien teniamos respeto, y que por su causa no les destruiamos su ciudad, que saldriamos á dalles guerra y á quemalles todas las casas, y les hariamos mucho mal; y porque lo viesen cómo era muerto el Montezuma, mandó á seis mejicanos muy principales y los más papas que teniamos presos que lo sacasen á cuestas y lo entregasen á los capitanes mejicanos, y les dijesen lo que Montezuma mandó al tiempo que se queria morir, que aquellos que llevaron á cuestas se hallaron presentes á su muerte: y dijeron al Coadlauaca toda la verdad, cómo ellos propios le mataron de tres pedradas y un flechazo; y cuando así le vieron muerto, vimos que hicieron muy gran llanto, que bien oimos las gritas y aullidos que por él daban; y aun con todo esto no cesó la gran batería que siempre nos daban, que era sobre nosotros de vara y piedra y flecha, y luego la comenzaron muy mayor, y con gran braveza nos decian:

—«Ahora pagareis muy de verdad la muerte de nuestro Rey y el deshonor de nuestros ídolos; y las paces que nos enviais á pedir, salid acá, y concertaremos cómo y de qué manera han de ser.»

Y decian tantas palabras sobre ello, y de otras cosas que ya no se me acuerda, y las dejaré aquí de decir, y que ya tenian elegido buen Rey, y que no era de corazon tan flaco, que le podais engañar con palabras falsas, como fué al buen Montezuma; y del enterramiento, que no tuviesen cuidado, sino de nuestras vidas, que en dos dias no quedarian ningunos de nosotros, para que tales cosas enviemos á decir; y con estas pláticas muy grandes gritas y silbos, y rociadas de piedra, vara y flecha, y otros muchos escuadrones todavía procurando de poner fuego á muchas partes de nuestros aposentos; y como aquello vió Cortés y todos nosotros, acordamos que para otro dia saliésemos del real, y diésemos guerra por otra parte, adonde habia muchas casas en tierra firme, y que hiciésemos todo el mal que pudiésemos, y fuésemos hácia la calzada, y que todos los de á caballo rompiesen con los escuadrones y los alanceasen ó echasen en la laguna, y aunque les matasen los caballos; y esto se ordenó para ver si por ventura con el daño y muerte que les hiciésemos cesaria la guerra y se trataria alguna manera de paz para salir libres sin más muertes y daños.

Y puesto que otro dia lo hicimos todos muy varonilmente, y matamos muchos contrarios y se quemaron obra de veinte casas, y fuimos hasta cerca de tierra firme, todo fué nonada para el gran daño y muertes de más de veinte soldados, y heridas que nos dieron; y no pudimos ganalles ninguna puente, porque todas estaban medio quebradas, y cargaron muchos mejicanos sobre nosotros, y tenian puestas albarradas y mamparos en parte adonde conocian que podian alcanzar los caballos.

Por manera que, si muchos trabajos teniamos hasta allí, muchos mayores tuvimos adelante.

Y dejallo hé aquí, y volvamos á decir cómo acordamos de salir de Méjico.

En esta entrada y salida que hicimos con los de á caballo, que era un juéves, acuérdome que iba allí Sandoval y Lares el buen jinete, y Gonzalo Dominguez, Juan Velazquez de Leon y Francisco de Morla, y otros buenos hombres de á caballo de los nuestros y de los de Narvaez; asimismo iban otros buenos jinetes; mas estaban espantados y temerosos los de Narvaez, como no se habian hallado en guerras de indios, como nosotros los de Cortés.