WeRead Powered by ReaderPub
Verdadera historia de los sucesos de la conquista de la Nueva-España (2 de 3) cover

Verdadera historia de los sucesos de la conquista de la Nueva-España (2 de 3)

Chapter 40: CAPÍTULO CL.
Open in WeRead

About This Book

Un relato en primera persona que registra la campaña de conquista en la Nueva España desde la perspectiva de un participante, combinando crónicas de combates, maniobras políticas entre capitanes españoles y negociaciones con autoridades indígenas. Describe tensiones internas, envíos de mensajeros y obsequios, arrestos y disputas entre líderes, además de operaciones militares y movimientos de tropas. Incluye observaciones sobre costumbres, riquezas y geografías encontradas, junto con comentarios sobre la conducta, motivaciones y estrategias de los implicados. Alterna episodios narrativos con recuerdos detallados que buscan justificar acciones y dejar constancia testimonial del autor.

CAPÍTULO CL.

CÓMO CORTÉS MANDÓ QUE FUESEN TRES GUARNICIONES DE SOLDADOS Y DE Á CABALLO Y BALLESTEROS Y ESCOPETEROS POR TIERRA Á PONER CERCO Á LA GRAN CIUDAD DE MÉJICO, Y LOS CAPITANES QUE NOMBRÓ PARA CADA GUARNICION, Y LOS SOLDADOS Y DE Á CABALLO Y BALLESTEROS Y ESCOPETEROS QUE LES REPARTIÓ, Y LOS SITIOS Y CIUDADES DONDE HABIAMOS DE ASENTAR NUESTROS REALES.

Mandó que Pedro de Albarado fuese por capitan de ciento y cincuenta soldados de espada y rodela, y muchos llevaban lanzas, y les dió treinta de á caballo y diez y ocho escopeteros y ballesteros, y nombró que fuesen juntamente con él á Jorge de Albarado, su hermano, y á Gutierre de Badajoz y á Andrés de Monjaraz, y estos mandó que fuesen capitanes de cada cincuenta soldados, y que repartiesen entre todos tres los escopeteros y ballesteros, tanto á una capitanía como á otra; y que el Pedro de Albarado fuese capitan de los á caballo y general de las tres capitanías, y le dió ocho mil tlascaltecas con sus capitanes, y á mí me señaló y mandó que fuese con el Pedro de Albarado, y que fuésemos á poner sitio en la ciudad de Tacuba; y mandó que las armas que llevásemos fuesen muy buenas, y papahigos y gorjales y antiparas, porque era mucha la vara y piedra como granizo, y flechas y lanzas y macanas y otras armas de espadas de á dos manos con que los mejicanos peleaban con nosotros, y para tener defensa con ir bien armados; y aun con todo esto, cada dia que batallamos habia muertos y heridos, segun adelante diré.

Pasemos á otra capitanía. Dió á Cristóbal de Olí, que era maestre de campo, otros treinta de á caballo y ciento y setenta y cinco soldados y veinte escopeteros y ballesteros, y todos con sus armas, segun y de la manera que los dió á Pedro de Albarado; y le nombró otros tres capitanes, que fué Andrés de Tapia y Francisco Verdugo y Francisco de Lugo, y entre todos tres capitanes repartiesen los soldados y escopeteros y ballesteros; y que el Cristóbal de Olí fuese capitan general de las tres capitanías y de los de á caballo, y le dió otros ocho mil tlascaltecas, y le mandó que fuese á asentar su real en la ciudad de Cuyoacoan, que estará de Tacuba dos leguas.

De otra guarnicion de soldados hizo capitan á Gonzalo de Sandoval, que era alguacil mayor, le dió veinte y cuatro de á caballo y catorce escopeteros y ballesteros y ciento y cincuenta soldados de espada y rodela y lanza, y más de ocho mil indios de guerra de los de Chalco y Guaxocingo y de otros pueblos por donde el Sandoval habia de ir, que eran nuestros amigos, y le dió por compañeros y capitanes á Luis Marin y á Pedro de Ircio, que eran amigos del Sandoval; y les mandó que entre los dos capitanes repartiesen los soldados y ballesteros, y que el Sandoval tuviese á su cargo los de á caballo y que fuese general de todos, y que sentase su real junto á Iztapalapa, é que le diese guerra y le hiciese todo el mal que pudiese hasta que otra cosa le fuese mandado; y no partió Sandoval de Tezcuco hasta que Cortés, que era capitan de los bergantines, estaba muy á punto para salir con los trece bergantines por la laguna; en los cuales llevaba trecientos soldados, con ballesteros y escopeteros, porque así estaba ordenado.

Por manera que Pedro de Albarado y Cristóbal de Olí, habiamos de ir por una parte y Sandoval por otra.

Digamos ahora que los unos á mano derecha y los otros desviados por otro camino: y esto es así, porque los que no saben aquellas ciudades y la laguna lo entiendan; porque se tornaban casi que á juntar.

Dejemos de hablar más en ello, y digamos que á cada capitan se le dió las instrucciones de lo que les era mandado; y como nos habiamos de partir para otro dia por la mañana, y porque no tuviésemos tantos embarazos en el camino, enviamos adelante todas las capitanías de Tlascala hasta llegar á tierra de mejicanos.

É yendo que iban los tlascaltecas descuidados con su capitan Chichimecatecle, é otros capitanes con sus gentes, no vieron que iba Xicotenga el mozo, que era el capitan general dellos; y preguntando y pesquisando el Chichimecatecle qué se habia hecho ó adónde se habia quedado, alcanzaron á saber que se habia vuelto aquella noche encubiertamente para Tlascala, y que iba á tomar por fuerza el cacicazgo é vasallos y tierra del mismo Chichimecatecle; y las causas que para ello decian los tlascaltecas eran, que como el Xicotenga el mozo vió ir los capitanes de Tlascala á la guerra, especialmente á Chichimeclatecle, que no tendria contraditores, porque no tenia temor de su padre Xicotenga el ciego, que como padre le ayudaria, y nuestro amigo Masse-Escaci, que ya era muerto; é á quien temia era al Chichimecatecle.

Y tambien dijeron que siempre conocieron del Xicotenga no tener voluntad de ir á la guerra de Méjico, porque le oian decir muchas veces que todos nosotros y ellos habian de morir en ella.

Pues desque aquello vió y entendió el Chichimeclatecle, cuyas eran las tierras y vasallos que iba á tomar, vuelve del camino más que de paso, é viene á Tezcuco á hacérselo saber á Cortés; é como Cortés lo supo, mandó que con brevedad fuesen cinco principales de Tezcuco y otros dos de Tlascala, amigos de Xicotenga, á hacelle volver del camino, y le dijesen que Cortés le rogaba que luego se volviese para ir contra sus enemigos los mejicanos, y que mire que su padre D. Lorenzo de Vargas, si no fuera viejo y ciego, como estaba, viniera sobre Méjico; y que pues toda Tlascala fueron y son muy leales servidores de su majestad, que no quiera él infamarlos con lo que ahora hace, y le envió á hacer muchos prometimientos y promesas, y que le daria oro y mantas porque volviese; y la respuesta que le envió á decir fué, que si el viejo de su padre y Masse-Escaci le hubieran creido, que no se hubieran señoreado tanto dellos, que les hace hacer todo lo que quiere; y por no gastar más palabras, dijo que no queria venir.

Y como Cortés supo aquella respuesta, de presto dió un mandamiento á un alguacil, y con cuatro de á caballo y cinco indios principales de Tezcuco que fuesen muy en posta, y donde quiera que lo alcanzasen que lo ahorcasen; é dijo:

—«Ya en este cacique no hay enmienda, sino que siempre nos ha de ser traidor y malo y de malos consejos;» y que no era tiempo para más le sufrir, que bastaba lo pasado y presente.

Y como Pedro de Albarado lo supo, rogó mucho por él, y Cortés ó le dió buena respuesta ó secretamente mandó al alguacil é á los de á caballo que no le dejasen con la vida; y así se hizo, que en un pueblo sujeto á Tezcuco le ahorcaron, y en esto hubieron de parar sus traiciones.

Algunos tlascaltecas hubo que dijeron que su padre D. Lorenzo de Vargas envió á decir á Cortés que aquel su hijo era malo y que no se confiase dél, y que procurase de le matar.

Dejemos esta plática así, y diré que por esta causa nos detuvimos aquel dia sin salir de Tezcuco; y otro dia, que fueron 13 de Mayo de 1521 años, salimos entrambas capitanías juntas; porque así Cristóbal de Olí como Pedro de Albarado habiamos de llevar un camino, y fuimos á dormir á un pueblo sujeto de Tezcuco, que se dice Aculma; y pareció ser que Cristóbal de Olí envió adelante á aquel pueblo á tomar posada, y tenia puesto en cada casa por señal ramos verdes encima de las azuteas; y cuando llegamos con Pedro de Albarado no hallamos donde posar, y sobre ello ya habiamos echado mano á las armas de los de nuestra capitanía contra los de Cristóbal de Olí, y aun los capitanes desafiados, y no faltó caballeros de entrambas partes que se metieron entre nosotros, y se pacificó algo el ruido, y no tanto, que todavía estábamos todos resabidos: y desde allí lo hicieron saber á Cortés, y luego envió en posta á fray Pedro Melgarejo y al capitan Luis Marin, y escribió á los capitanes y á todos nosotros, reprendiéndonos por la cuestion y persuadiéndonos la paz; y como llegaron nos hicieron amigos; mas desde allí adelante no se llevaron bien los capitanes, que fué Pedro de Albarado y Cristóbal de Olí.

Y otro dia fuimos caminando entrambas las capitanías juntas, y fuímonos á dormir á un gran pueblo que estaba despoblado, porque ya era tierra de mejicanos; y otro dia fuimos nuestro camino tambien á dormir á otro gran pueblo que se decia Guatitlan, que otras veces he nombrado, y tambien estaba sin gente; é otro dia pasamos por otros dos pueblos, que se decian Tenayuca y Escapuzalco, y tambien estaban despoblados; y asimismo se aposentaron todos nuestros amigos los tlascaltecas, y aun aquella tarde fueron por las estancias de aquellas poblaciones y trujeron de comer, y con buenas velas y escuchas y corredores del campo, como siempre teniamos para que no nos cogiesen desapercebidos, dormimos aquella noche, porque ya he dicho otras veces que la ciudad de Méjico está junto á Tacuba; é ya que anochecia oimos grandes gritas que nos daban desde la laguna, diciéndonos muchos vituperios y que no éramos hombres para salir á pelear con ellos; y tenian tantas de las canoas llenas de guerreros, y aquellas palabras que nos decian eran con pensamiento de nos indignar para que saliésemos aquella noche á guerrear, y herirnos más á su salvo; y como estábamos escarmentados de lo de las calzadas y puentes muchas veces por mí nombradas, no quisimos salir hasta otro dia, que fué domingo, despues de haber oido Misa, que nos la dijo el Padre Juan Diaz; y despues de nos encomendar á Dios, acordamos que entrambas capitanías juntas fuésemos á quebrar el agua de Chalputepeque, de que se proveia la ciudad, que estaba desde allí de Tacuba aun en media legua.

É yendo á les quebrar los caños, topamos muchos guerreros, que nos esperaban en el camino; porque bien entendido tenian que aquello habia de ser lo primero en que los podriamos dañar; y así como nos encontraron cerca de unos pasos malos comenzaron á nos flechar y tirar vara y piedra con hondas, é nos hirieron á tres soldados; más de presto les hicimos volver las espaldas, y nuestros amigos los de Tlascala los siguieron de manera, que mataron veinte y prendieron siete ú ocho dellos; y como aquellos grandes escuadrones estuvieron puestos en huida, les quebramos los caños por donde iba el agua á su ciudad, y desde entónces nunca fué á Méjico entre tanto que duró la guerra.

Y como aquello hubimos hecho, acordaron nuestros capitanes que luego fuésemos á dar una vista y entrar por la calzada de Tacuba y hacer lo que pudiésemos para les ganar una puente; y llegados que fuimos á la calzada, eran tantas las canoas que en la laguna estaban llenas de guerreros y en las mismas canoas é calzadas, que nos admirábamos dello; y tiraron tanta de vara y flecha y piedra con hondas, que en la primera refriega hirieron treinta de nuestros soldados é murieron tres; y aunque nos hacian tanto daño, todavía les fuimos entrando por la calzada adelante hasta una puente, y á lo que yo entendí, ellos nos daban lugar á ello, por meternos de la parte de la puente; y como allí nos tuvieron, digo que cargaron tanta multitud de guerreros sobre nosotros, que no nos podiamos valer; porque por la calzada dicha, que son ocho pasos de ancho, ¿qué podiamos hacer á tan gran poderio que estaban de la una parte y de la otra de la calzada y daban en nosotros como á terrero? Porque ya que nuestros escopeteros y ballesteros no hacian sino armar y tirar á las canoas, no les haciamos daño, sino muy poco, porque las traian muy bien armadas de talabardones de madera.

Pues cuando arremetiamos á los escuadrones que peleaban en la misma calzada luego se echaban al agua, y habia tantos dellos, que no nos podiamos valer.

Pues los de á caballo no aprovechaban cosa ninguna, porque les herian los caballos de la una parte y de la otra desde el agua; y ya que arremetian tras los escuadrones, echábanse al agua, y tenian hechos unos mamparos, donde estaban otros guerreros aguardando con unas lanzas largas que habian hecho con las armas que nos tomaron cuando nos echaron de Méjico é salimos huyendo; y desta manera estuvimos peleando con ellos obra de un hora, y tanta priesa nos daban, que no nos podiamos sustentar contra ellos; y aun vimos que venia por otras partes una gran flota de canoas á atajarnos los pasos para tomarnos las espaldas, y conociendo esto nuestros capitanes y todos nuestros soldados, apercebimos que los amigos tlascaltecas que llevábamos nos embarazaban mucho la calzada, que se saliesen fuera, porque en el agua vista cosa es que no pueden pelear; y acordamos de con buen concierto retraernos y no pasar más adelante.

Pues cuando los mejicanos nos vieron retraer y echar fuera los tlascaltecas, ¡qué grita y alaridos nos daban! Y como se venian á juntar con nosotros pié con pié, digo que yo no lo sé escribir, porque toda la calzada hincheron de vara y flecha é piedra de las que nos tiraban, pues las que caian en el agua muchas más serian, y como nos vimos en tierra firme, dimos gracias á Dios por nos haber librado de aquella batalla, y ocho de nuestros soldados quedaron aquella vez muertos y más de cincuenta heridos; y aun con todo esto nos daban grita y decian vituperios desde las canoas, y nuestros amigos los tlascaltecas les decian que saliesen á tierra y que fuesen doblados los contrarios, y pelearian con ellos.

Esta fué la primera cosa que hicimos, quitalles el agua y darle vista á la laguna, aunque no ganamos honra con ellos; y aquella noche nos estuvimos en nuestro real y se curaron los heridos, y aun se murió un caballo, y pusimos buen cobro de velas y escuchas; y otro dia de mañana dijo el capitan Cristóbal de Olí que se queria ir á su puesto, que era á Cuyoacoan, que estaba de allí legua y media; é por más que le rogó Pedro de Albarado y otros caballeros que no se apartasen aquellas dos capitanías, sino que se estuviesen juntas, jamás quiso; porque, como era el Cristóbal muy esforzado, y en la vista que el dia ántes dimos á la laguna no nos sucedió bien, decia el Cristóbal de Olí que por culpa de Pedro de Albarado habiamos entrado inconsideradamente; por manera que jamás quiso quedar, y se fué adonde Cortés le mandó, que es Cuyoacoan, y nosotros nos quedamos en nuestro real; y no fué bien apartarse una capitanía de otra en aquella sazon, porque si los mejicanos tuvieran aviso que éramos pocos soldados, en cuatro ó cinco dias que allí estuvimos apartados ántes que los bergantines viniesen, y dieran sobre nosotros y en los de Cristóbal de Olí, corriéramos harto trabajo ó hiciera gran daño.

Y de aquesta manera estuvimos en Tacuba, y el Cristóbal de Olí en su real, sin osar dar más vista ni entrar por las calzadas, y cada dia teniamos en tierra rebatos de muchos mejicanos que salian á tierra firme á pelear con nosotros, y aun nos desafiaban para meternos en parte donde fuesen señores de nosotros y no les pudiésemos hacer ningun daño.

Y dejallo he aquí, y diré cómo Gonzalo de Sandoval salió de Tezcuco cuatro dias despues de la fiesta de Corpus Christi, y se vino á Iztapalapa, que casi todo el camino era de amigos y sujetos de Tezcuco; y como llegó á la poblacion de Iztapalapa, luego les comenzó á dar guerra y á quemar muchas casas de las que estaban en tierra firme, porque las demás casas todas estaban en la laguna; mas no tardó muchas horas, que luego vinieron en socorro de aquella ciudad grandes escuadrones de mejicanos, y tuvo Sandoval con ellos una buena batalla y grandes reencuentros cuando peleaban en tierra; y despues de acogidos á las canoas, les tiraban mucha vara y flecha y piedra, y herian algunos soldados.

Y estando desta manera peleando, vieron que en una sierrezuela que está allí junto á Iztapalapa en tierra firme hacian grandes ahumadas, y que les respondian con otras ahumadas de otros pueblos que están poblados en la laguna, y era señal que se apellidaban todas las canoas de Méjico y de todos los pueblos de alrededor de la laguna, porque vieron á Cortés que ya habia salido de Tezcuco con los trece bergantines, porque luego que se vino el Sandoval de Tezcuco no aguardó allí más Cortés; y la primera cosa que hizo en entrando en la laguna fué combatir á un peñol que estaba en una isleta junto á Méjico, donde estaban recogidos muchos mejicanos, ansí de los naturales de aquella ciudad como de los forasteros que se habian ido á hacer fuertes; y salió á la laguna contra Cortés todo el número de canoas que habia en todo Méjico y en todos los pueblos que están poblados en el agua ó cerca della, que son Suchimileco, Cuyoacoan, Iztapalapa é Huichilobusco y Mexicalcingo, é otros pueblos que por no me detener no nombro, y todos juntamente fueron contra Cortés, y á esta causa aflojaron algo los que daban guerra en Iztapalapa á Sandoval; y como todos los más de aquella ciudad en aquel tiempo estaban poblados en el agua, no les podia hacer mal ninguno, puesto que á los principios mató muchos de los contrarios; y como llevaba muy gran copia de amigos, con ellos cautivó y prendió mucha gente de aquellas poblaciones.

Dejemos al Sandoval, que quedó aislado en Iztapalapa, que no podia venir con su gente á Cuyoacoan si no era por una calzada que atravesaba por mitad de la laguna, y si por ella viniera, no hubiera bien entrado cuando le desbarataran los contrarios, por causa que por entrambas á dos partes del agua le habian de guerrear, y él no habia de ser señor de poderse defender, y á esta causa se estuvo quedo.

Dejemos al Sandoval, y digamos que como Cortés vió que se juntaban tantas flotas de canoas contra sus trece bergantines, las temió en gran manera, y eran de temer, porque eran más de cuatro mil canoas; y dejó el combate del peñol y se puso en parte de la laguna, para si se viese en aprieto poder salir con sus bergantines á lo largo y correr á la parte que quisiese, y mandó á sus capitanes que en ellos venian que no curasen de embestir ni apretar contra canoas ningunas hasta que refrescase más el viento de tierra, porque en aquel instante comenzaba á ventear; y como las canoas vieron que los bergantines reparaban, creian que de temor dellos lo hacian, y era verdad como lo pensaron, y entónces les daban mucha priesa los capitanes mejicanos, y mandaban á todas sus gentes que luego fuesen á embestir con nuestros bergantines; y en aquel instante vino un viento muy recio y muy bueno, y con buena priesa que se dieron nuestros remeros y el tiempo aparejado, mandó Cortés embestir con la flota de canoas, y trastornaron muchas dellas y prendieron y mataron muchos indios, y las demás canoas se fueron á recoger entre las casas que están en la laguna, en parte que no podian llegar á ellas nuestros bergantines; por manera que este fué el primer combate que se hubo por la laguna, é Cortés tuvo vitoria, gracias á Dios por todo, amen.

Y como aquello fué hecho, se fué con los bergantines hácia Cuyoacoan, adonde estaba asentado el Real de Cristóbal de Olí, y peleó con muchos escuadrones mejicanos que le esperaban en partes peligrosas, creyendo de tomarle los bergantines; y como le daban mucha guerra desde las canoas que estaban en la laguna y desde unas torres de ídolos, mandó sacar de los bergantines cuatro tiros, y con ellos daba guerra, y mataba y heria muchos indios; y tanta priesa tenian los artilleros, que por descuido se les quemó la pólvora, y aun se chamuscaron algunos dellos las caras y manos; y luego despachó Cortés un bergantin muy ligero á Iztapalapa al real de Sandoval para que trajesen toda la pólvora que tenia, y le escribió que de allí donde estaba no se mudase.

Dejemos á Cortés, que siempre tenia rebatos de mejicanos, hasta que se juntó en el real de Cristóbal de Olí, y en dos dias que allí estuvo siempre le combatian muchos contrarios; y porque yo en aquella sazon estaba en lo de Tacuba con Pedro de Albarado, diré lo que hicimos en nuestro real; y es que, como sentimos que Cortés andaba por la laguna, entramos por nuestra calzada adelante y con gran concierto, y no como la primera vez, y les llegamos á la puente, y los ballesteros y escopeteros con mucho concierto, tirando unos y armando otros, y á los de á caballo les mandó Pedro de Albarado que no entrasen con nosotros entre las calzadas; y desta manera estuvimos, unas veces peleando y otras poniendo resistencia no entrasen por tierra, porque cada dia teniamos refriegas, y en ellas nos mataron tres soldados; y tambien entendiamos en adobar los malos pasos.

Dejemos esto, y digamos cómo Gonzalo de Sandoval, que estaba en Iztapalapa, viendo que no les podia hacer mal á los de Iztapalapa, porque estaban en el agua, y ellos á él le herian sus soldados, acordó de se venir á unas casas é poblacion que estaban en el agua, que podian entrar en ellas, y les comenzó á combatir; y estándoles dando guerra, envió Guatemuz, gran señor de Méjico, á muchos guerreros á los ayudar y deshacer y abrir la calzada por donde habia entrado el Sandoval, para tomalles dentro y que no tuviesen por donde salir; y envió por otra parte mucha más gente de guerra; y como Cortés estaba con Cristóbal de Olí, é vieron salir gran copia de canoas hácia Iztapalapa, acordó de ir con los bergantines y con toda la capitanía de Cristóbal de Olí hácia Iztapalapa en busca de Sandoval; é yendo por la laguna con los bergantines y el Cristóbal de Olí por la calzada, vieron que estaban abriendo la calzada muchos mejicanos, y tuvieran por cierto que estaba allí en aquellas casas el Sandoval, y fueron con los bergantines é le hallaron peleando con el escuadron de guerreros que envió el Guatemuz, y cesó algo la pelea; y luego mandó Cortés á Gonzalo de Sandoval que dejase aquello de Iztapalapa é fuese por tierra á poner cerco á otra calzada que va desde Méjico á un pueblo que se dice Tepeaquilla, adonde ahora llaman Nuestra Señora de Guadalupe, donde hace y ha hecho muchos y admirables milagros.

É digamos cómo Cortés repartió los bergantines, y lo que más se hizo.