—Realmente es sublime ese desden: es de lo más épico ese triunfo del espíritu sobre la muerte....
Los compañeros habian salido á paseo; mi artista tenia quehaceres que desempeñar, y yo aproveché la ocasion para abandonarme á mis sueños, visitando las islas.
Tomé solitario mi camino para la isla de Goat: salió como á mi paso ese torrente formado por la furia y el desencadenamiento de un mar.
A la entrada de la isla hay un puente de fierro, formado de un largo y amplio carril de gruesos vigones, y á los lados, tendidos arcos de cerca de tres varas de altura, con sus enverjados de fierro, pero los arcos desunidos, que dan al puente bellísimo aspecto.
La isla tendrá media legua de extension; la rodea amplia calzada por donde transitan caballos y carruajes. El conjunto tiene semejanza con la parte del bosque de Chapultepec que da al Molino del Rey: de trecho en trecho hay bancos de césped, asientos y glorietas, ocultándose cuidadosa la mano del arte para que resalte el aspecto grandioso y salvaje de aquel sitio delicioso.
Cuando llegué á la isla, habia varios paseantes; en uno de los puentes de madera se hallaba un jóven de rubia y ensortijada cabellera, escribiendo con su lápiz en uno de los pasamanos del puente.
Yo no sé por qué, del modo más inopinado, á la vista de aquel gallardo jóven, en cuyo semblante creia distinguir el reflejo de la inspiracion, me preocupó aquel episodio del Castillo de Chillon que refiere Dumas en sus "Impresiones de Viaje."
"Contemplaba el castillo en ruinas, dice poco más ó ménos, cuando un desconocido se adelantó á mí, penetró en uno de los calabozos, permaneció allí algunos minutos y salió con el emboce á los ojos; yo le seguí curioso con la vista, y me pareció que su andar era desigual; penetré al punto en que habia estado el desconocido.... busqué, inquirí si habia dejado alguna huella.... y ví recientemente grabado en la piedra, de una manera tosca é imperfecta, este nombre: BYRON."
Yo, sin ser Dumas por supuesto, me esperaba un desenlace semejante con aquel jóven desconocido.
Esperé á que concluyera de escribir.... concluyó en efecto.... apénas se alejó, cuando me acerqué á devorar con los ojos lo escrito.... Es de advertir que el puente es un punto de vista magnífico, desde donde se percibe parte del rio y la gran caida del Niágara.... Acerquéme: lo que habia escrito el yankee, porque yankee era mi ideal poético, era una cuenta de cueros de res, harina y sebo.... Dios me tuvo de su mano para no darme de bofetadas por mi desengaño!
Costeando entónces la isla por toda la calzada que da al rio, y cercano á otro descenso que tiene el nombre de Cueva de los vientos, nombre comun á varios puntos, encontré á un hombre que venia hácia mí fumando, y á quien pedí la lumbre: contestóme en correcto frances, y no faltó motivo para emprender conversacion.
Díjome mi nuevo conocido que los primeros visitadores de aquella isla fueron unos oficiales franceses, que en 1785 fueron conducidos allí por unos indios; que la isla la compró despues Mr. Noah, quien habia soñado hacer de aquel punto el refugio de todos los judíos del globo.
Con voz lúgubre é imponente me relató la historia de Francisco Abbot, llamado el Ermitaño:
"Apareció el misterioso personaje al Oeste de la isla de Goat, sin antecedente que diera á conocer su procedencia; formó una cabaña de ramas de árbol, y no se tenia conocimiento exacto de cómo proveia á su subsistencia, porque vivia en rigurosa incomunicacion.
"Durante el dia, y en general en el buen tiempo, no salia de su choza. Pero cuando las tempestades se desencadenaban, al brillo de los relámpagos y á los estampidos del trueno, salia de su cabaña, corria, levantando los brazos y lanzando gritos, á las orillas de los abismos, dando muestras de infinito placer.
"Esto era á mediados de 1830: en 1831, en medio de una de esas escenas de terror, se lanzó á la corriente de la catarata, y su cuerpo, aunque muy mutilado, se encontró catorce millas más abajo de la caida, cerca del fuerte del Niágara."
Seguí en mi paseo: á mi derecha como que se recortaba el borde, presentando varias hundiciones ó claros en que se distinguian espantosas profundidades. Al inclinarme en una de ellas, contemplé agarrándome de las rocas, una escalerilla de palo con escalones débiles y volados, á una gran altura. Temiendo desvanecerme, me senté en el primero de los escalones, y así fuí descendiendo, sintiendo estremecerse de un modo alarmante la escalera; llegué á un descanso, de él se desprende en la roca viva un corredor con su fuerte barandal de madera: es un balcon suspendido sobre el rio ántes de bifurcarse y de caer, y desde donde se percibe en toda su grandiosa, su espléndida, su magnífica extension. Es más de una legua su anchura: desde aquel punto no se perciben con exactitud sus límites.
Arranca el tropel tempestuoso de las aguas desde el confin del distante horizonte, de donde parece saltar del cielo, que en aquel punto parece unido á la tierra: despues, en declive rapidísimo, aquel vacío que se torna mar; aquel éter que se liquida, centuplicando en reverberaciones la luz que se funde; aquella claridad que se hace corpórea, hija del desquiciamiento del mar, parece precipitarse como una columna compacta, entrando por entre lejanas arboledas, corriendo como si á su espalda se agitase el huracan.
A cierta distancia, el lecho del inmenso rio ya no es un cauce; es un océano de peñascos como montañas, de trozos de ruinas, de fragmentos de mundo, que han salvado de trecho en trecho del naufragio la tierra, y donde quedan como guerreando en pié, convulsos y terribles, gigantes árboles que abaten sus ramas como si pretendieran ahogar á sus piés la corriente procelosa.
Aquel esparcimiento de piedras y peñascos, disperso muro, inútil resistencia de las aguas, impotente conato de su detencion y aquietamiento, rompe en millares de olas la corriente, las aisla, las individualiza, y en su vertiginosa impetuosidad, aullan, gimen, prorumpen en alaridos intensísimos, se desgarran, vuelan en fracciones y producen una gritería de articulaciones, como una insurreccion, un tropel, un tumulto, una locura imposible de describirse ni alcanzarse con la imaginacion.
La luz en cambiantes infinitas, vuela sobre las olas desencadenadas, en que se perfila, se dora y se quiebra en desmoronamientos imposibles, estalla en chispas, se recoge y destiende en ráfagas deslumbradoras, miéntras el movimiento remeda la cabellera, el ojo, el brazo, la espalda de cuerpos hundiéndose, desarticulándose y esparciéndose en pedazos, que se trasforman en figuras fantásticas y espantables.
Parece que el mundo todo corre en fracciones en el torrente, y su ímpetu y su empuje son tales, que todo tiembla y se humilla en su alrededor. Parece que presienten su caida las aguas, y como que protestan, como que aullan, corriendo á su suplicio.
En la corriente de los siglos, en el impetuoso torrente del tiempo, ¿qué son las generaciones? ¿qué más da unas cuantas olas más ó ménos de esos que se llaman los dias y los años? ¡Miserable humanidad! ¡Risibles ensueños de inmortalidad mundana!
¿Qué es lo que impera en medio de este cataclismo? El infinito.... el infinito....! Dios.... Dios....!
Grande, profundísima impresion hizo en mí el Niágara; pero no sé por qué la vista de este torrente me sobrecogió más y me sentí grande cuando me llenaba de ella, la podia abarcar con mi alma y la superaba en mis aspiraciones á identificarme con la Eternidad y Dios......
Atravesé el corredor de madera y salté á una roca que está coronando la caida de la catarata: allí hay unos fierros en ángulo perfecto, estribando en fuertísimos pilares tambien de fierro: el balcon permite inclinarse sobre las aguas, recogiendo los últimos instantes del torrente al precipitarse en el abismo de la sombra pálida de la caida.
En aquel lugar, y no obstante que el viento me importunaba y los últimos rayos del sol caian sobre mí, revistiendo las olas en hirvientes corrientes de púrpura y de llama, trabé mi brazo á uno de los pilares, saqué mi cartera y escribí con mi lápiz los siguientes versos, que no tienen otro mérito que ser un desahogo de mi corazon:
EN EL NIÁGARA.
Eran las últimas horas del dia: con la luz del crepúsculo muriendo en los claros del distante horizonte, cobró el paisaje una majestad melancólica y sublime que embriagaba el alma con el infinito del amor y el ensueño.
Recorrí al paso, mejor dicho, ví las otras islas que llevan el nombre de "Las tres Hermanas" y otras, y regresé al hotel, rendido de sentir.
Recogido en mi cuarto, abrí mi cartera, y yo mismo me reí de las apuntaciones que hice frente á la "Herradura;" apuntaciones que son la prosa más pedestre que pude hallarme, á fuerza de buscar exactitud. Tiene la palabra mi prosaica cartera:
"Como si brotaran de un mundo desconocido, así se ven á lo léjos las aguas. Parece que se ha desquiciado el Océano.
"Abre sus brazos el agua y sorprende á las islas, que como que forcejean por huir de la corriente, dejando despedazados encajes á sus piés.
"Es deliciosa la vista de la espuma trémula y brillante sobre el verde oscuro de las aguas, que se redondean como cilindros de esmeralda en la parte superior de las rocas.
"El íris no lo ví como lo pintan, es decir, como un arco inmenso ciñendo la frente de la catarata; vuela en fragmentos, como si entre las aguas se hubiese despedazado el prisma.
"El abismo como que nos magnetiza y encadena, nos estira, da miedo, como que aprisiona.
"El estruendo es la voz del Niágara y como la revelacion de su grandeza.
"Al verse la catarata, se ve despeñar una inmensa cortina blanca y caer lentamente á plomo.
"El agua pierde su carácter: es como una inmensa y gruesa sábana con hondos pliegues.
"El torrente invade, batalla, se despedaza. La catarata sucumbe.... El agua verdiosa que corre á sus piés es cenagosa, vulgar, es la prosa; más aún, el bostezo.
"La gran catarata tiene realmente la figura de una escuadra: sobre ella se dobla el agua, se guillotina el rio. La corriente cae como en copos, en vellones formando canales, y cae con un rumor sordo que pone espanto en el alma."
Así como la intensidad de la impresion que produce la catarata no permite su prolongacion, así despues de haberse visto quiere volverse á ver de nuevo, como para iniciarse en sus intimidades, como sucede con el mar.
Yo queria que aquel espectáculo grandioso fuera para mí solo, hacerlo mio, absolutamente mio, como si se tratase de una querida.
Preocupado con este pensamiento, me puse de acuerdo con el portero del hotel, y á las dos de la mañana me hallaba en el pretil de ladrillo saliente que ya conocemos al comenzar nuestra excursion.
Allí ví un guardia con su farolillo, que me examinó con marcada desconfianza y me siguió constante.
La luna brillaba entre nubes, el grande estrépito retumbaba en las tinieblas, y las casas cerradas, y los caminos solitarios, y las copas de los árboles dominando sobre el abismo, ofrecian un cuadro de encanto indefinible. Volví al hotel, y allí escribí los versos que siguen y dediqué á mi excelente amigo Néstor Ponce de Leon:
AL NIÁGARA.
A la salida de la luz, saludé reverente al 5 de Mayo, con mi pintor entusiasta, que amaba la memoria de Juarez y que lo mencionaba unido siempre á Garibaldi, en ese idioma de cielo que hablaron el gran Dante y mi querido Ludovico Ariosto.